divendres, 19 de setembre del 2025

La Mercè 2025, la Virgen y los titiriteros

Cartel de las fiestas de la Mercè 2025 aprobado por el Ayuntamiento de Barcelona, donde se presenta a la Virgen María como una cabaretera.

 

 

La Mercè 2025, la Virgen y los titiriteros


El cartel de la Mercè 2025 presenta a la Virgen María como una cabaretera. La fiesta mayor de Barcelona, como todas las de Catalunya, se ha secularizado: Ha perdido su sentido religioso. El Arzobispado dice que el cartel es irreverente, pero olvida su responsabilidad en dicha secularización.



«Debe haber alguna manera de revertir todo esto. Dar a conocer la verdad y exponer la manipulación de la que somos víctimas». Esto me decía, a la hora del almuerzo, mi marido. Acababa de ver un vídeo sobre las técnicas de manipulación que utilizan los medios, el gobierno, el Estado, el sistema.

—Yo lo escribo —le he dicho—. Intentar convencer al que no quiere escuchar, al que está tan programado o anestesiado, es un desgaste que en estos momentos no puedo ni quiero asumir.

Le expliqué aquello de las perlas y los cerdos, y también lo de sacudirse el polvo de las sandalias. Estoy entrenándome en estas prácticas cristianas. Un poco harta de que el catolicismo postconciliar se haya reducido a la paz, el amor y la misericordia del neo-evangelio buenista. Por eso, ahora estoy aquí, tecleando estas líneas, rezando para que lo que en mi cabeza es meridiano y claro lo sea mínimamente para ti, que lo lees.

Parece que la civilización occidental naufraga mientras la masa toca alegremente el violín, como en el Titanic. ¡Me niego! Prefiero, no por capricho, sino por necesidad, oír el zumbido de la espada cortando el aire y, de paso, la mentira, para desvelar la verdad. No es momento de dulces melodías, sino del retumbar de tambores de guerra. Porque, sin ánimo de ser desagradable, estamos en pleno combate. La Guerra de todas las guerras, de la cual surge todo lo anómalo, el error, lo malo, el desastre. Batalla espiritual desde la primera revolución del non serviam. Y el Enemigo se ha cuidado de hacernos creer que no existe ni Él ni la guerra, que la paz es el camino y destino. Y así vamos: frágiles, vulnerables, indefensos y alelados, tocando el violín mientras el barco se hunde, y el Enemigo se ceba, creando discordia, polarización, fragmentación y destrucción. Somos su alimento. Las emociones más bajas son néctar para Él. Pues no con mi consentimiento, ni mucho menos, silencio. Tecleo con firmeza y decisión, no con ánimo de encajar menguando la verdad, sino de defenderla.

Toda esta introducción para hablarte de un tema que me toca por muchos motivos: el cartel de la Mercè 2025, que —¿cómo no?— viene con su polémica. ¡Viva la polarización y la fragmentación! El tema me toca porque soy cristiana, de Barcelona, me llamo Eulàlia y no me sabe mal ser la co patrona desbancada por la Mercè. Mi madre se llamaba así, como su abuela de Cádiz. Y me siento interpelada porque el cartel es obra de un artista de Arenys de Mar, mi pueblo de adopción. Me enteré el otro día: Parece que el cartel ha despertado polémica... Sí, lo han dicho hoy por la tele... Lo he escuchado por la radio... Tampoco hay para tanto... A mí me gusta... Bla, bla, bla... En los pueblos, Radio Macuto es más fiable que los mainstream, que todo lo enredan y tuercen. Lo primero que hice al llegar a casa fue buscar en Google el controvertido cartel. Luego, un rastreo de las polémicas en marcha. El Arzobispado dice que es irreverente presentar a la Virgen como una vulgar cabaretera en lo alto de un carromato de titiriteros. Los partidos liberales de derecha se suman a la controversia y acusan al Ayuntamiento de no haber respetado el sentimiento religioso de los cristianos. El Ayuntamiento sale al paso diciendo que el cartel no tiene nada de religioso, y el artista defiende su arte. En su alegato, dice que se ha inspirado en la estética de los artistas callejeros, ambulantes y de circo de antaño. Que no se le pasó por la cabeza ni ha tenido intención de ofender ningún sentimiento religioso. ¡Faltaría más! Su única motivación fue despertar alegría y ligereza, buen rollito, vamos. Lo mismo que derrochaban y derramaban los titiriteros y artistas ambulantes. Me lo creo, y pongo la mano en el fuego que así es. 


En fin, la polarización ya está servida, para variar, en estos tiempos tan confusos como escatológicos. Apocalípticos.

Confieso que la estética del cartel me gusta, no puedo negarlo. Ciertamente me despierta alegría y ligereza. Buen rollo. Y no, no me siento ofendida. Y para nada me considero tibia.

A ver si me puedo explicar.

La Mercè, como todas las fiestas mayores de Catalunya, se ha secularizado, tal cual. Han perdido su sentido religioso. Lo escribo con pena, pero dar la espalda a la realidad me parece negligente y poco ayuda a enmendar nada. Un año tras otro, las fiestas en honor al patrón o patrona han ido convirtiéndose en eventos jocosos: la feria, los conciertos, los autos de choque, la música hortera, el algodón de azúcar, los fuegos artificiales, la resaca, el día no laborable que ojalá sea puente, y poco más. Por eso el cartel cumple esta función meramente epidérmica: fiesta y jolgorio. Sin más. Punto.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cómo hemos normalizado que todo sea tan escuálido, superficial, que se quede en una dimensión tan poco profunda?

Una vez los titiriteros pasaron por el pueblo, atrás quedaron las risas, el derroche de alegría y las pequeñas o grandes transgresiones. En su lugar: la resaca, el bajón, la rutina. Vuelta a empezar. Pero, ¿quién no necesita un tiempo de relajamiento del cuerpo y del alma? Los artistas, acróbatas, bailarinas y magos nos hicieron olvidar, por unos fugaces instantes, las penas, el peso de los días. ¡Adiós, hasta la vista! Con la música, a otra parte. Puede que, en los tiempos del carromato del controversial cartel, los titiriteros hicieran reír a nuestros bisabuelos o tatarabuelos. Quizá olvidaban por unos efímeros instantes la dureza de la hambruna o alguna guerra de las de bombas, metralla, muerte o calamidad. Cuando el traqueteo del carromato no era más que un recuerdo, un eco entre silencios, las risas desaparecían, pero no quedaban huérfanos.¡Qué va!. Más allá de la piel hay un mundo de tejidos profundos que forjan una estructura sin la cual la piel sería poco menos que un pañuelo chuchurrío.

Nuestros antepasados tenían fe, tenían a la Virgen, a la Mercè. Y las fiestas eran para Ella, para Dios, para honrar, agradecer, rezar e ir más profundo que la piel. ¡Faltaría más! Ni eran ni se sentían huérfanos: tenían un Padre y una Madre en el cielo.

A Ella recurrieron confiados, con ruegos, oraciones, velas y canciones. Quizá desafinadas, con la fe del carbonero, o incluso sin ella. Con pereza, o sin ella. Pero después del paso de los titiriteros, la risa no quedaba en un olvido estéril, vacío, porque la fe llenaba el espacio que ahora ocupa la polémica.

La historia ha sido suplantada por la narrativa de lo políticamente correcto. Y eso se paga caro. Sin raíces, sin tradición ni identidad, ¿quiénes somos? Hojas al viento. Intercambiables, prescindibles, manipulables. La masa ha devorado al hombre. ¿Se ve? ¿O todavía no?

A los del Ayuntamiento les diría que, ahora que está tan de moda ser solidario, resiliente, antiesclavista, inclusivo y demás palabros woke, podrían recuperar la verdadera historia de la Mercè. Porque lo tiene todo, no le falta de nada: rebosa generosidad, audacia, coraje, gracia, entrega... Virtudes que a lo woke le vienen demasiado grandes y de los que más valdría que volviéramos a beber, todos, y las generaciones venideras, como hicieron nuestros ancestros. Quizá analfabetos, brutos, letrados o eruditos, pero nunca deconstruídos.

¿Qué hay de malo en recordar cómo fue la historia de la Mercè?

 

Sant Pere Nolasc rescata cautivos cristianos esclavizados por los moros del norte de África.



Vamos a repasar un poco la memoria —que no el relato—. Al Rey Jaume se le apareció la Virgen. Lo mismo que a Sant Raimon de Penyafort y a Sant Pere Nolasc, con un único y contundente mensaje: crear una orden religiosa de mendicantes para liberar a los esclavos cristianos en el norte de África.

¿Acaso los muy políticamente correctos amigos de la siniestra no conciben que existieran esclavos más allá de los negros de los campos de algodón? Perdón por romper el relato del pensamiento único, el paradigma oficial. Pues sí, amigos: el Moro llenó de terror la cuenca del Mediterráneo entre la Edad Media y bien entrado el siglo XIX. Y eso es muchísimo. Sí, he dicho moro, porque lo peyorativo está en las mentes turbias de quien crea narrativas con espurias motivaciones.

Cuando digo terror, no exagero. Sin ir más lejos, en Arenys de Mar todavía quedan en pie tres Torres del Moro, y no en vano existe todavía el dicho «no hay moros en la costa». Las torres de vigilancia se conservan en toda la cuenca del Mediterráneo, no por gusto de los asustados habitantes de antaño, no por capricho ni por islamofobia. Sino por pánico y supervivencia.

¿De dónde creen que sale todo esto? Pues sí: los moros, sarracenos, berberiscos, el turco y demás piratas y corsarios atacaban las poblaciones costeras, sembrando el pánico entre sus habitantes. No respetaban nada ni a nadie. Se llevaban consigo esclavos: hombres, mujeres y niños. Cautivos en el norte de África, donde ahora está Marruecos, Argelia o Túnez. Dolor, miedo, familias rotas. Miles de esclavos, recogen los archivos y crónicas.

Pues bien: en ese colosal milagro en que la Virgen desciende, ante la mezcla de estupefacción y maravilla de los tres personajes, ellos obedecen. Sí: un rey como la copa de un pino, un jurista que ya lo quisieran muchos, y un mercader generoso. Un rey y dos santazos. Nuestros. Muy nuestros. Sí, nuestros ancestros no dudaban en obedecer las órdenes de la Virgen, la Mercè, la de las gracias. Y aquí viene lo bueno: se fundó la orden religiosa de los Mercedarios, que mendigaban limosna y viajaban al norte de África a liberar a los esclavos cristianos. Blancos. Y no me sabe mal hacer trizas el relato oficial del esclavo de los campos de algodón como si fuera el único con derecho a reivindicar su dolorosa memoria, venga de donde venga. No hay supremacía ni concurso de dolor, como las narrativas woke pretenden. Sacando vergonzoso partido de sangrantes y dolorosas heridas. La esclavitud es un desastre lo mires por donde lo mires. El color de piel no la determina; solo la maldad del esclavista.

Sigo. ¿Sabes? Todavía hay más. Cuando el dinero no alcanzaba, pagaban con su propia vida. Sí, has leído bien. Se intercambiaban para poder liberar al padre, a la madre de familia, al esposo, al hijo, a la hija o al vecino. Personas con nombre y apellido y no rimbombantes abstracciones.

¿Es o no solidaridad esto? Bien, los cristianos usamos otras palabras, menos progres.

Déjenme añadir, amigos del Ayuntamiento: ¿qué ONG supera eso? Porque, de nuevo: estudien un poco de historia. Ustedes no han inventado nada que previamente no haya surgido del «oscurantista» mundo católico. A la catolicidad le importa el hombre concreto, con nombres y apellidos. No se enreda con abstracciones de imposible encarnación. Somos los del Dios hecho hombre.

Y sí, amigos del Ayuntamiento: ¿qué hay de malo en recordar a los catalanes —barceloneses más concretamente— de qué material estamos hechos? Estos valores son los que tejen las fibras de nuestro ser. Las virtudes que nos hacen fuertes —que no resilientes—. La fe que mueve no solo montañas, sino corazones. Y convierte almas.

La gracia que tiende generosamente la mano y salva, uno a uno. Nadie queda atrás, salvo que no se deje tomar por un Amor tan grande. Más allá de la piel, hay una estructura que la sostiene y le da sentido y forma.

¿Acaso tienen miedo de que sus propagandas desaparezcan ante el fulgor de la verdad?

Y al Arzobispado le diría, respetuosamente: ¿En qué momento olvidaron que son sal y luz? ¿En qué momento se han convertido en melaza? La corrección política les ha confundido de barca. ¿Qué hacen a la deriva montados en la barca multicultural de una diversidad que, más que amor, parece azúcar, de lo edulcorada que es? No, eso no es cristianismo. La única barca que deben guiar es la de la Iglesia. ¿En qué momento perdieron la noción de la realidad? ¡Espabilen! Recuperen la verticalidad, la fuerza, el sabor y el brillo. No se rasguen las vestiduras si les digo: ¡recuperen la virilidad! ¡La fuerza! ¡La potencia! Una espiritualidad emasculada no penetra, y su fuerza se queda rozando la piel.

¡Clamen a los cuatro vientos quién es la Mercè! ¡En qué fe se ha fundado Barcelona! ¡De qué estamos hechos los catalanes! El coraje es lo que mueve las almas, aglutina a las personas, une, atrae y enamora. El miedo y la tibieza alejan, y a mí personalmente me llevan a la vergüenza y al hartazgo.

El lamento, la queja victimista, es hueca. Y lo único hueco que queremos son las campanas de las iglesias: que suenen desacomplejadas, dignas, majestuosas; que vuelvan a llamar a la oración, a la fe, a la unión y al verdadero Amor. A la batalla, si es necesario. El fragor de la guerra no nos asusta. El silencio cobarde, sí.

¡Cambien de barca!

Vete tú a saber por qué caprichos del destino abandonaron la barca de la Iglesia y navegan a la deriva como polizones en la barca multicultural y diversa. ¡Retomen el timón! ¡Pastoreen a la grey! ¡Confirmen en la fe!

Y después de reírnos con los artistas del carromato, iremos juntos a encender una vela agradecida a la Mercè. A la Santa Misa solemne, unirnos en oración, líbranos de la esclavitud de nuestras propias tinieblas, miedos, complejos y corrección política. Amén.

Dejemos de autocensurarnos para no ofender. Sepan, unos y otros, que la catolicidad lo permite todo, esta es la gracia: de la profundidad de la fe a la liviandad de una carcajada cuando el payaso se cae de culo, y el asombro de cuando el mago saca el conejo de la chistera. Pero, previo a eso, debe surgir de nuestros tuétanos el asombro de saber qué imagen está al otro lado del espejo: un Dios que, a sabiendas de nuestra rebeldía, baja, se rebaja, se hace hombre para vivir entre nosotros. Y uno a uno, conformamos un Cuerpo Místico, que no masa informe. Hermanos, porque compartimos Padre. ¡Y qué Padre! Y en este Cuerpo, huesos, tendones, músculos, órganos, la piel lo recubre todo y nos permite sentir la vida, que es gracia y don. En este Cuerpo Místico todos somos bienvenidos. Basta un humilde sí.

Esta es la verdadera inclusión: los titiriteros, sí, siempre y cuando no perdamos el fundamento, la dirección y el orden. No hay más Evangelio que éste.

Déjense de estériles polémicas y pónganse al servicio: A Dios, lo que es de Dios; al César, lo que es del César.

Y cuando el fuego de artificio desaparezca en medio de la oscuridad junto al «¡Ooooohhhh!» embelesado, permanecerá el fuego divino: el del Espíritu Santo, que calladamente nos acunará en el más sublime Amor.

Alegría a flor de piel que brota del asombro del Misterio desde los tuétanos.

Eulàlia Casas, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau

 

La Virgen de la Merced, «princesa de Barcelona», y la familia mercedaria.


 

dimecres, 17 de setembre del 2025

De Babilonia a Roma (VII): La curiosidad que mata el gato, y el alma

Wright of Derby, Joseph (1771): The Alchemist in Search of the Philosopher's Stone. Óleo sobre lienzo. 127 × 101.6 cm. Derby Museum and Art Gallery, Derby, Inglaterra.

 

 

De Babilonia a Roma (VII): La curiosidad que mata el gato, y el alma



«Es desde la misma Iglesia y sus instituciones donde se aviva actualmente ese fuego [de la gnosis]. Con pena lo escribo».



Como te dije, cada uno de nosotros tiene su talón, la rendija por la que el Enemigo se cuela sin ser visto ni notado. Todos tenemos la nuestra, sin excepción. Viene a ser como el punto muerto de los camiones, ese espacio que escapa a la mirada y al retrovisor. Una de mis rendijas fue la curiosidad. He meditado acerca de ella. En realidad es un don, y he llegado a la conclusión de que no es ni bueno ni malo. ¡No te asustes! Con eso no te quiero decir que todo es relativo, sino que la curiosidad, como tantos otros dones, emociones, sentimientos, pensamientos, en realidad si están ordenados a Dios, son buenos. El no ordenarse a Dios es lo que convierte algo que podría ser muy bueno, en malísimo. De hecho, ¿recuerdas la escena del Edén? Pues no es más que eso, si la curiosidad se mueve en la dirección de Dios, de su mano y amistad, es maravillosa. Si la curiosidad es la de Eva, es un pecado, una transgresión, la soberbia pensando que puede superar en sabiduría a su propio Creador. Cuando algo no está ordenado en Dios, está desordenado en el Enemigo. Así de sencillo. Aquí pues, lo que está en juego es el orden o el caos. Con Dios hay orden, con el Enemigo desorden. El orden pertenece a Dios, ¿acaso no es Él el creador de lo visible e invisible? A veces desafío a mis alumnos «¿quién de vosotros tiraría su maravilloso móvil por el retrete?» A nadie, menuda bobada. Su finalidad no es para eso. Quien lo diseñó conoce bien qué debe o no debe hacerse con el móvil. El usuario respeta las instrucciones sin rechistar si lo quiere conservar. ¿Por qué somos más respetuosos con las instrucciones de un simple móvil que con las de nuestra propia vida y alma? Es imprescindible que este punto quede claro, porque es muy relevante.


La curiosidad pues, en mi caso fue la puerta por la que el Enemigo se coló. Al principio, ni te enteras, es muy sutil. Es como si un día, al salir de casa, no cierras la puerta con llave. Al siguiente la dejas entornada y al otro abierta de par en par. A las semanas, llegas a tu casa, y no sabes cómo, la encuentras llena de extraños sentados en el sofá del salón como si tal cosa. Como Pedro por su casa. ¿De quién es la culpa? Los okupas encontraron la puerta abierta y entraron, sin más. ¿Y quién los echa ahora? También te diré, que actualmente el tema okupa es delicado y la legislación es responsable de los desaguisados que lamentablemente demasiadas personas viven. Actualmente entran en casas cerradas a cal y canto, pero sirva de ejemplo, porque en estos tiempos escatológicos, el Enemigo también derriba todo obstáculo de la forma más violenta. Así pues, funciona. Él busca en nosotros la puerta entornada, un hueco, nuestro calcañar, algo que a priori no tiene nada de malo. Como buen trilero, lo confunde y desordena todo, se lo lleva a su terreno sin que la víctima se percate. Ya sabes, el fin justifica los medios y su fin es la condenación de las almas. De cuantas más mejor. Y en estos tiempos va a calzón quitado, su paciencia en realidad tiene un límite, porque el tiempo tampoco le pertenece. Se le está acabando. Va a cara descubierta porque la confusión es tal que ya no somos capaces de ver lo que tenemos delante de nuestros morros. Disonancia cognitiva seria el palabro técnico.


Junto a mi curiosidad sin límites, hay que añadir que estaba atravesando un momento vital muy delicado. Mi madre murió de forma repentina. Te voy a ahorrar detalles dramáticos de aquella Eulàlia desbordada, no solo por el trabajo, en aquel entonces era abogada, también cubrí a mi madre en el puesto que dejó vació en la clínica dental de mi padre. A eso le puedes sumar cinco hijos muy pequeños. ¿Te acuerdas cuando te dije que el Enemigo ataca cuando estás hecho unos zorros? Pues eso, yo era el caldo de cultivo ideal: la fragilidad, tristeza, agobio, sumado a la curiosidad hizo de mí un polvorín que explotaría en el momento menos pensado. Yo era una bomba de racimo que el Enemigo iba fabricando con paciencia. Al principio todo iba bien, leía todo libro cristiano que caía en mis manos sedientas de consuelo y verdad. Quería apaciguar la llama de la curiosidad que crecía sin mesura. Acudía a todas las conferencias, retiros, cursos bíblicos que el convento de franciscanos y la parroquia organizaban. Iba a misa, los sábados por la tarde. Me sentía del todo conectada con Dios, lo sabía cerca de mí y me sostenía en mi duelo. Puede que te preguntes ¿Dónde estaba el peligro? ¿Qué pasó para que todo se torciera? Estoy segura de que el Enemigo, paciente, sutil y mendaz fue acrecentando la fe y sobre todo el sentimiento de fe. No es lo mismo dar razones de nuestra fe que emocionarse con la fe. Hacer crecer la emocionalidad en detrimento de la razón es una de sus estrategias estrella. Ya le lo advertí.  Y puede que te sigues preguntando ¿Qué hay de malo en el sentir? ¿En la emoción? Como dije hace unas líneas, nada malo, salvo que no estén ordenados a Dios. Poco a poco, la razón y discernimiento menguan y el sentimiento y falsa devoción aumentan y justo ahí es donde Él acelera. Bajé la guardia y los libros que escogía, lo eran más por un sentimiento que por una elección razonada, y razonable. El sentimiento se transmuta en falsa intuición. Los libros no son escogidos con discernimiento sino que aparecen por arte de magia en los estantes de las librerías. La curiosidad quiere más, saber más y más. Los evangelios se quedaban cortos y aparecieron en el horizonte los evangelios y textos apócrifos. Hay que decir que muchos de ellos son preciosos y aunque no sean canónicos, de estos se han extraído muchos símbolos y escenas de la infancia de Jesús. Pero, después de los apócrifos y mezclados con estos, estaban los textos Gnósticos Te hablaré de la gnosis en la próxima entrega. Ahí está la clave y el germen del mal y de la Nueva Era, el Neo gnosticismo. El Enemigo te susurra lo apasionantes que son estos relatos y enseñanzas, crípticas, misteriosos y enrevesados que aguijonean el ego con más curiosidad, si cabe. La chispa viva de sed de conocimiento, sin orden ni dirección se convierte en un fuego que devora y destruye. Uno se siente el elegido por haber conseguido descifrar el misterio y rasgar el velo que cubre la Verdad, romperlo con uñas y dientes, de forma grosera y ávida de saber y meter las narices en los asuntos de Dios. La luz, sin mesura deslumbra, en ciega. ¿A quién se le ocurriría alimentar con un ternasco a un bebé de leche? Dios sabe los tempos, ya que es el creador del tiempo y sabe lo que necesitamos. El Enemigo va a su ritmo caótico, descompasado, sin orden lógico y te hace creer que tienes derecho a saber. ¡A saber ya! ¡Sapere aude! Sentaba cátedra Kant. Atrévete a saber, deja de ser un mermado intelectual. Dios es un rancio que te vela el entendimiento para que permanezcas alelado. Y yo no quería ser una lela, deseaba saber las últimas verdades y misterios, a cualquier precio. Quería la mayoría de edad intelectual. El conocimiento es bueno, me decía, mientras la llama amenazaba con descontrolarse.

Con estas lecturas emerge un nuevo Jesús, muy distinto al de los Evangelios. Es un Jesús que te habla a ti, la elegida, no por ser la oveja perdida que necesita salvación, si no a tu yo vanidoso, engreído y sediento de un conocimiento que solo ese Jesús te revela a ti porque eres especial. Exclusiva, una VIP espiritual. ¿Entiendes la sutileza y la perversidad? Ya no es Jesús que te salva, sino un conocimiento que Él te transmite por ser tan especial. ¿Sabes que el Enemigo usa muchos disfraces para engañar? Es tan perverso que no tiene pudor alguno en disfrazarse incluso de Jesús. Y comparte un conocimiento en exclusiva a los elegidos, los intelectualmente superiores. Y eso rompe con la catolicidad del Jesús de los evangelios, el de los pequeños,  los pastores de Belén, los humildes y limpios de corazón. El fiat de María se fractura en mil pedazos. La fe está en el conocimiento y no en Dios. El nuevo ídolo crece sin ser reconocido, si el conocimiento versa sobre Dios, ¿qué hay de malo en ello? Y así empecé, desde dentro de la Iglesia, con textos cristianos que poco a poco empezaron a diluirse en la gnosis cristiana. Si la fe nace del escuchar la Palabra, como dice San Pablo, también muere de escucharla sin orden. En la próxima entrega te hablaré más de ello, porque es desde la misma Iglesia e Instituciones donde se aviva ese fuego actualmente. Con pena lo escribo.


Eulàlia Casas, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramon Parés y Vilasau

 

 

dissabte, 13 de setembre del 2025

Los vecinos del barrio de Sants se manifiestan contra la delincuencia

Manifestación vecinal contra la inseguridad, en el barrio de Sants de Barcelona, el pasado 2 de septiembre de 2025.

 

 

Los vecinos del barrio de Sants se manifiestan contra la delincuencia


El fracaso liberal ahoga los barrios en la inseguridad



Barcelona (Agencia FARO).— Los vecinos de Sants-Montjuïch se manifestaron el pasado viernes 5 de septiembre por las calles de la Zona Franca contra la inseguridad que sufren en su barrio. Exigen mayor presencia policial y un endurecimiento de las sanciones a los incívicos.

 

Con el grito de «¡Basta ya de vivir con miedo!», los vecinos pusieron en evidencia el rotundo fracaso del modelo de sociedad impuesto por el liberalismo y sus administraciones, tanto del régimen del 78 como de la mal llamada Generalitat, artefacto moderno que usurpa el nombre de la institución tradicional, de la auténtica Generalitat.


Los manifestantes, ciudadanos de a pie hastiados de sufrir robos, vandalismo y una sensación creciente de impunidad, han señalado con razón a la dejación de las autoridades. Su protesta es la punta de lanza de un malestar profundo, el mismo que desde estas mismas páginas venimos denunciando: la ideología liberal, en su negación de toda moral objetiva y su culto al individuo desarraigado, es la causa primera de la delincuencia y la inseguridad ciudadana.


Como bien expuso el Círculo Tradicionalista de Barcelona recientemente, el liberalismo es la causa, no la solución, de la delincuencia actual: el sistema vigente ha creado el caldo de cultivo perfecto para la criminalidad. En efecto, al apartar a Dios y a la Ley Natural de la vida pública, al promover una «libertad» sin responsabilidad y un «progreso» sin referentes éticos, ha destruido los lazos comunitarios que antaño protegían a las personas. Donde antes había una comunidad unida por la fe, las tradiciones y la ayuda mutua, ahora solo hay un conglomerado de individuos aislados, presa fácil para los depredadores de turno.


El otro pilar de esta crisis, tal como detallamos, es la desidia cómplice de las administraciones. El Estado liberal, lejos de cumplir con su obligación primordial de proteger al débil, prefiere actuar como un mero gestor técnico, aplicando parches y protocolos inútiles, cuando no liberando directamente a delincuentes en una espiral de permisividad que solo beneficia a los malhechores. Mientras, las fuerzas de seguridad, brazo ejecutor de este régimen decadente, ven cómo sus manos están atadas por una maraña de leyes hechas más para proteger al criminal que a la víctima.


Los vecinos de Sants, como los de tantos otros barrios de España, intuyen la verdad que el régimen se empeña en ocultar: que su modelo de sociedad, basado en el materialismo y el negocio de la inmigración masiva e incontrolada, es insostenible. Claman por soluciones que el sistema no puede ofrecerles, porque su esencia liberal le impone mirar para otro lado.


Frente a esta desesperación, el Carlismo no ofrece meros parches policiales, sino una restauración completa del orden natural. Proponemos la única solución real: una Sociedad Tradicional y Orgánica, donde la autoridad, lejos de ser un ente lejano y burocrático, emane de las propias comunidades y se ejerza con deber cristiano de proteger el bien común. Donde la familia, el municipio y el gremio sean los pilares de un orden social que prevenga el delimento en vez de fomentarlo. Donde la justicia, inspirada en el Derecho Natural, actúe con firmeza para restablecer el orden y proteger a los suyos.


La manifestación de Sants es el grito de auxilio de un pueblo que se ahoga en el fracaso liberal. Es hora de que sepan que hay una alternativa, un camino de orden, libertad verdadera y seguridad: el de la España Tradicional y Carlista.


Agencia FARO / Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau

dimecres, 10 de setembre del 2025

Contra el racismo: la visión católica de la unidad del género humano

Anónimo cuzqueño: «Matrimonios de Martín de Loyola con Beatriz Ñusta y de Juan de Borja con Lorenza Ñusta de Loyola». 1718. Óleo sobre lienzo, 228 x 295 cm. Ubicación original: Iglesia de la Compañía de Jesús, Cuzco, Perú. Ubicación actual: Museo Pedro de Osma, Lima (Fundación Pedro y Angélica de Osma Gildemeister).
 

 

Contra el racismo: la visión católica de la unidad del género humano


El racismo biológico moderno es un producto del mundo protestante y tiene sus antecedentes en el judaísmo, en su autopercepción como «pueblo elegido»


Rechazar el racismo no implica defender un mundo homogéneo y desarraigado. Al contrario. Se distingue con claridad entre el racismo y el «amor a lo propio».


 

El racismo, doctrina que establece una superioridad natural y biológica de un grupo humano sobre otro —o, al menos, diferencias esenciales entre ellos—, choca frontalmente con el núcleo mismo del pensamiento tradicional español y católico. No es una simple cuestión de preferencia política; es un error antropológico de gravísimas consecuencias, una herejía moderna que niega la unidad del género humano, revelada por la Fe y defendida por la razón.

Don Francisco Elías de Tejada, en su magistral obra titulada El racismo, desmonta los cimientos de esta doctrina errónea con la precisión de un cirujano y la contundencia de un martillo. Para el carlismo, la sociedad no se constituye por la sangre o un abstracto «derecho del suelo», sino por la comunión en una Fe, una historia, un orden jurídico tradicional encarnado en los Fueros, y una monarquía legítima. La raza, como distinción determinante, es una quimera.

«El racismo es, ante todo, una herejía», afirma Elías de Tejada. Y lo es porque «niega la unidad del género humano, afirmada por el dogma católico en el dogma del pecado original y en la redención de Cristo, que todos contrajeron por la desobediencia de un hombre y todos fueron redimidos por el sacrificio de Otro Hombre.» He aquí el axioma irrebatible. Si todos los hombres, sin excepción, descendemos de Adán y Eva y todos somos redimidos por la Sangre de Cristo, ¿cómo afirmar que unos son esencialmente superiores a otros por su linaje? La Redención es universal. Cristo no murió por una sola raza, sino por toda la humanidad. Cualquier doctrina que segmente la humanidad en grupos de distinto valor ontológico es, por definición, anticristiana.

El pensador extremeño no se limita a la refutación teológica. Ataca el error de base científico: «Las supuestas razas puras son una entelequia. […] La humanidad es un concierto de mestizajes desde su mismo origen.» El carlismo, lejos de cualquier endiosamiento tribal, celebra la vocación universalista de España. Nuestra grandeza no reside en una pureza inexistente, sino en nuestra labor de evangelizar sociedades bajo el magisterio de la Cruz y la autoridad del Rey. El Imperio Español no fue un imperio de segregación, sino de «unidad en la fe católica, que acogía en su seno a indios, negros y amarillos, haciéndoles tan españoles como los hijos de Castilla o de Aragón», siempre que abrazaran la Fe y las leyes de la comunidad.

Don Francisco Elías de Tejada, en su magistral obra, no se limita a refutar el racismo; rastrea su origen y lo encuentra lejos de la ortodoxia católica. Desenmascara sus raíces en el mundo protestante y judío, mostrando su incompatibilidad radical con la cosmovisión católica.

El profesor extremeño señala que el racismo, como doctrina política, «nace en el siglo XVI, en el seno de las sectas calvinistas» de Norteamérica, utilizándose para justificar la esclavitud de los negros africanos. Fue una «doctrina forjada por los puritanos de Nueva Inglaterra para excusar su tráfico de esclavos». Éste es un punto determinante: el racismo biológico moderno es un producto del mundo cultural protestante, donde la predestinación calvinista buscó una justificación tangible y terrenal en la «raza» para su idea de un «pueblo elegido». Frente a esto, la España católica había desarrollado siglos antes, con las Leyes de Burgos y de Indias, un corpus jurídico que, aunque imperfecto, reconocía la humanidad y los derechos de los nativos americanos.

Asimismo, Elías de Tejada identifica un antecedente del racismo moderno en el judaísmo. Éste sostiene una idea de «pueblo elegido» basado en la sangre y la ley, y crea sí una barrera entre judíos y gentiles. Si embargo, el Cristianismo superó aquella barrera: San Pablo nos enseña que, tras Cristo, «ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer, porque todos sois uno en Cristo Jesús» (Gálatas 3,28). Así, San Pablo destruye cualquier pretensión de superioridad basada en un grupo humano sobre otro. Todos somos iguales en dignidad por ser bautizables, en potencia redimidos por la misma Sangre de Cristo y llamados a la misma salvación. La Fe Católica es universal y misionera, y no puede dejar de serlo.

Frente al modelo segregacionista anglosajón de origen protestante y antecedente judío, Elías de Tejada opone el modelo español de integración. La Reina Isabel la Católica estableció desde un principio que los indígenas eran «vasallos libres de la Corona de Castilla». Las Leyes de Indias, aunque a menudo incumplidas en la distancia, representaron un esfuerzo monumental por aplicar los principios de justicia y caridad cristiana, reconociendo el alma y los derechos de los pueblos conquistados. El resultado no fue un imperio de apartheid, sino un vasto proceso de mestizaje sin complejos que creó la realidad pluricontinental de la Hispanidad.

Nuestra grandeza, insiste Elías de Tejada, reside en esta labor: «El Imperio Español no fue un imperio de segregación, sino de unidad en la fe católica, que acogía en su seno a indios, negros y amarillos, haciéndoles tan españoles como los hijos de Castilla o de Aragón», siempre que abrazaran la Fe y las leyes de la comunidad. El «ser español» nunca fue una categoría étnica; fue, y para nosotros debe seguir siendo, una adhesión a una empresa cultural y religiosa común bajo la Monarquía Católica.

 

José Vivar y Valderrama: «Bautismo del gran cacique Cuauhtémoc por el Padre Bartolomé de Olmedo, siendo sus padrinos don Hernán Cortés y don Pedro de Alvarado». Primera mitad del siglo XVIII. Óleo sobre tela, 397 x 410 cm (gran formato). Museo Nacional de Historia, INAH, Ciudad de México.



 

Esta postura no es exclusiva de Elías de Tejada. Es el sentir de la Tradición.

Juan Vázquez de Mella, el Verbo de la Tradición, ya había afirmado que la Patria es una empresa común que trasciende lo biológico. Para Mella, la patria es un alma, un carácter espiritual forjado por la historia, la religión y las instituciones, no un agregado de genes.

Marcelino Menéndez Pelayo, en su Historia de los Heterodoxos Españoles, defendió el modelo español de integración frente a la leyenda negra, mostrando cómo el problema en América no fue la «raza», sino la lucha entre la concepción católica de los misioneros (que veían almas que salvar) y la concepción materialista de algunos colonos (que veían manos que explotar). Venció, aunque no sin lucha, la primera.

Rafael Gambra Ciudad enfatizó que el orden de la Cristiandad se basa en los «cuerpos intermedios» —la familia, el municipio, el gremio, la región— que organicen naturalmente la sociedad. Estos grupos se definen por la función, la proximidad y la lealtad, no por la raza. El racismo, como el comunismo, es un invento individualista que atomiza la sociedad, enfrentando a los hombres entre sí y destruyendo los lazos orgánicos que los unen, para luego someterlos a un Estado todopoderoso.

El carlismo, fiel a su realismo, no cae en la ingenuidad del universalismo abstracto que desprecia las identidades concretas. Rechazar el racismo no implica defender un mundo homogéneo y desarraigado. Al contrario. El mismo Elías de Tejada distingue con claridad entre el racismo y el «amor a lo propio».

Amar las propias tradiciones, la historia de uno, las costumbres de la tierra de sus padres, es virtuoso y natural. Es el principio de subsidiariedad y foralidad que defendemos: cada comunidad debe tener el derecho a vivir según su peculiar modo de ser, dentro de la unidad superior de la Hispanidad y la Cristiandad. El error del racista está en convertir ese amor legítimo en un odio hacia lo diferente y en basar ese amor en un mito biológico en lugar de en una realidad cultural e histórica.

El Fuero es la garantía contra ambos extremos: contra el racismo (porque el fuero no se aplica por sangre, sino por pertenencia a una comunidad histórica) y contra el cosmopolitismo disolvente (porque protege y ampara las particularidades de cada pueblo frente a un poder central uniformizador).

En conclusión, la postura carlista ante el racismo es nítida y se alza con firmeza sobre dos pilares: La Fe Católica, que proclama la unidad de todos los hombres como hijos de Dios y redimidos por Cristo, y manda amarlos a todos con caridad, comenzando por los más próximos; y la Tradición Española, que muestra en su historia un modelo de integración de pueblos bajo la fe católica, creando una civilización universalista y mestiza, la Hispanidad, que es nuestra verdadera «raza espiritual», nuestra comunidad de destino.

Frente a la barbarie racista y frente a su espejo deformante —el individualismo universalista que todo lo homogeniza—, el Carlismo opone la doctrina de la Caridad y el Amor a las patrias concretas, vertebradas en la monarquía federal, foral y tradicional. Como escribió Elías de Tejada, el verdadero antídoto no es otro «ismo» revolucionario, sino la restauración de la Cristiandad: «Sólo el retorno a los principios de la civilización cristiana podrá curar a los hombres contemporáneos de la peste racista.»

Josep de Losports, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau

 

Bourcier (grabador) y Edmond Morin (dibujante): «An Auction of Enslaved People in Richmond». 1861. Grabado (coloreado posteriormente). 25,5 × 36,8 cm. En Le Monde Illustré, 23 de marzo de 1861.

 

divendres, 5 de setembre del 2025

Illa y Puigdemont se reúnen en Bruselas y juegan a presidentes mientras Cataluña se desangra

Cataluña no hallará su ser en urnas (Salvador Illa) ni en exilios (Carles Puigdemont), sino en su ser: la Monarquía tradicional, católica y foral.

 

Illa y Puigdemont se reúnen en Bruselas y juegan a presidentes mientras Cataluña se desangra



Un «presidente oficial» y un «presidente en el exilio»: dos caretas de un mismo monstruo liberal. Cataluña no está en estos cambalaches personales, sino en sus Fueros.



Bruselas, emporio de la farsa europea, fue testigo de un nuevo sainete liberal. El pasado martes, 2 de septiembre, en la llamada Delegación de la Generalidad en Bruselas, se encontraron por primera vez, cara a cara, dos émulos de autoridad: Salvador Illa, criatura del sufragio adulterado y de las componendas de partido, y Carles Puigdemont, émulo de presidente en destierro dorado, que desde hace años juega a fantasma de una legitimidad inexistente. Dos presidentes, cero legitimidad; Cataluña no cabe en un sainete liberal.


Ambos se reunieron como si de hombres de Estado se tratase, cuando en realidad no son sino títeres del régimen demoliberal que todo lo envilece y nada cimenta. Dos caras de una misma moneda: Uno, con la investidura vacía que le otorgaron las Cortes profanadas por la partitocracia y el régimen liberal; el otro, con la vana pretensión de encarnar a Cataluña mientras se esconde en tierras extranjeras. Y mientras tanto, el pueblo catalán sigue confundido y burlado.


Ni una palabra hubo sobre la verdadera miseria que aflige al país: el campo arruinado, las familias acosadas por la ruina y la inmoralidad rampante, las ciudades entregadas a la inmigración sin freno, las familias jóvenes sin acceso a una vivienda, el aumento de la delincuencia, el páramo de la educación actual... 


La reunión entre los dos títeres se redujo a cambalaches personales y de partido, a un juego de sombras que sólo sirve para prolongar el reinado de la mentira.


Conviene recordarlo: Cataluña tuvo, tiene y tendrá otra legitimidad, la que dimana de Dios, de la Monarquía tradicional y de los Fueros que hicieron libres a nuestros padres. Frente a los teatrillos liberales de Bruselas, la voz de la Tradición resuena clara: ni Illa ni Puigdemont son Cataluña. Cataluña es católica y foral, aunque no lo sepa; y así se pondrá de manifiesto cuando acabe esta triste comedia del liberalismo.
 

Agencia FARO / Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau

dijous, 4 de setembre del 2025

Hispanidad frente a la Gran Sustitución

José Juárez: «Imagen y apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe». Óleo sobre lienzo. 1656. Monasterio de sor María Jesús de Ágreda, Ágreda (Soria).
 

 

Hispanidad frente a la Gran Sustitución


El problema de fondo es la apostasía de la mayoría de europeos, que han renegado de Cristo Rey. La reacción étnica o racial es un error y una concesión al enemigo. La respuesta carlista: la reconquista espiritual bajo la bandera de la Hispanidad, es decir, de la Cristiandad.


En los mentideros de la moderna Torre de Babel que pretenden construir los ingenieros sociales del globalismo, se nos acusa de alarmistas cuando señalamos la evidencia más palpable: España, y con ella toda Europa, se está suicidando.

No es una crisis económica o política lo que padecemos, sino una crisis religiosa, una apostasía de consecuencias civilizacionales. La llamada «inmigración masiva» no es la causa de nuestro mal, sino un síntoma letal de una enfermedad espiritual mucho más profunda.

La sustitución poblacional que avanza a marchas forzadas no se entiende desde parámetros raciales, sino religiosos y culturales. Es un error, y una concesión al enemigo, plantear la batalla en términos étnicos o raciales.

El problema de fondo es que Europa ha renegado de su alma, que es Cristo Rey. Lo dijo León XIII: al expulsar a Dios de la vida pública «se sigue tal diluvio de males que jamás había experimentado la humanidad tantos ni tan graves» (Sapientiae christianae, 1890). Hoy ese diluvio lo vemos en las calles de nuestras ciudades: desarraigo, nihilismo, inmigración masiva...

Como ya advirtiera el escritor Juan Manuel de Prada: «La inmigración masiva es utilizada como ariete para disolver las identidades nacionales y propiciar el advenimiento de un hombre-masa desarraigado, fácilmente manipulable por los poderes oligárquicos» (XL Semanal, 2018). Este "hombre-masa" es el producto final de una sociedad que ha expulsado a Dios de sus plazas, de sus leyes y de sus corazones.

La naturaleza aborrece el vacío. Un continente que ha tirado por la borda el legado de Roma y de Atenas; que ha convertido sus iglesias en museos y sus tradiciones en folklore para turistas; ese continente, inevitablemente, será ocupado por pueblos con fe (falsa), con convicciones (erróneas) y con una demografía vigorosa (y subvencionada por blancos europeos). Los musulmanes que llegan a nuestras costas no son el problema; son la consecuencia. El problema es la apostasía de los europeos que han preferido el becerro de oro del consumismo y el hedonismo en vez de a la Cruz que forjó nuestra civilización.

Monseñor Marcel Lefebvre ya señaló esta dinámica: «La reforma conciliar se inscribe en una voluntad de acomodación al mundo moderno… que conduce a la destrucción del Reino de Nuestro Señor». Esa destrucción, esa apostasía, abre la puerta a otros «reinos».

Frente a este panorama, algunos reaccionan planteando la batalla en términos étnicos o raciales (por no decir racistas o xenófobos), como los nacionalistas, los identitarios o los fascistas. Tal reacción no sólo es equivocada sino que alimenta al monstruo globalista, dandole más combustible para proseguir con la Gran Sustitución que aquellos pretenden combatir.

Quienes promueven esta reacción contraproducente ven en la Hispanidad un problema, o un vestigio de un pasado del que avergonzarse. Pero nada más lejos de la verdad. La Hispanidad sería parte de la solución. No la Hispanidad como una idea folklórica o un club de naciones liberales, sino la Hispanidad como Christianitas minor (Elías de Tejada): el resto de la antigua Cristiandad, es decir, católica, universal y misionera. La Hispanidad sería el antitóxico perfecto frente al globalismo sin alma que promueve la Gran Sustitución y también contra el racismo de quienes pretenden combatirla pero que, como tontos útiles, le hacen el juego. Mientras el proyecto europeo actual se basa en una burocracia voraz y en los mercados globalistas, el proyecto de la Hispanidad se cimentó, con sus luces y sus sombras, en la evangelización y en la creación de un espacio político unido por el Altar y el Trono.

Algunos nacionalistas o identitarios arguyen que la Hispanidad ya no existe, habiendo sido fagocitada por las sectas protestantes, por la mentalidad liberal y por la anticultura moderna (como el reageton). Pero ésas serían las consecuencias de una jerarquía Modernista que rechazó la predicación de Cristo para lanzarse a los brazos de una teología de falsa liberación, o para reducir la Fe al estrecho molde del mundo moderno. Son las consecuencias del modernismo conciliar que ellos mismos defienden, poniendo de nuevo «tronos a las causas y cadalsos a las consecuencias», en acertada sentencia de Vázquez de Mella. Un modernismo que, a pesar de lo que pueda parecernos hoy día, no prevalecerá.

La unidad religiosa es el más firme fundamento de la unidad política. La Hispanidad es ese espacio donde la integración no significa dilución en un multiculturalismo sin principios, sino adhesión a una comunidad superior de pueblos hermanados por una misma Fe y un mismo fin trascendente.

Debemos reabrir las puertas a la Gracia para revivir nuestra civilización. Debemos volver a las esencias que nos definieron: la Tradición, el Altar y el Trono. La Hispanidad, la Christianitas minor, no es un problema; es un faro que puede guiarnos de vuelta a puerto seguro en medio de esta tormenta que amenaza con hundir la nave de Occidente.

Por tanto, la respuesta carlista a la Gran Sustitución no es ni el repliegue xenófobo (como sostienen los  nacionalistas) ni el multiculturalismo relativista (como sostienen los globalistas), sino la reconquista espiritual. Reconquista bajo la bandera de la Hispanidad, es decir, bajo la Cruz.

Josep de Losports, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau

dimecres, 3 de setembre del 2025

De Babilonia a Roma (VI): El enemigo y la paciencia

Cabanel, Alexandre (1847): El ángel caído. Museo Fabre, Montpellier, Francia.
 

 

De Babilonia a Roma (VI): El enemigo y la paciencia


«Non serviam!»: Con estas dos palabras empieza la primera revolución.

 

La única paz que interesa aquí es la de Dios, y para ello, se requiere una espada.



Cada vez que estoy delante del ordenador, a punto de escribir una nueva entrega y meterme de lleno en la Nueva Era y sus ramificaciones, me doy cuenta de que todavía no es momento. Muero de ganas de hablarte del yoga, la meditación, el reiki, las energías, constelaciones familiares, astrología, sanaciones de todo tipo, espiritualidad femenina, eneagrama; la lista es larga y variada. Entiendo que sientas impaciencia por saber en qué consiste eso que tiene un nombre tan pretencioso como ridículo, porque de nuevo no tiene nada. Te pido que tengas un poco de paciencia, básicamente porque el Enemigo que ya te he presentado la tiene toda. ¿Qué quiere? Mandarte al infierno, con un plus de perversidad: que te entusiasmes con la idea de tu condenación. Para ser precisos, lo que quiere es que creas que con todas estas prácticas que te prometo te voy a explicar, te vas a salvar. Sí, eso es lo que pretende, que creas que eres el artífice de tu propia salvación. Y para ser todavía más precisos, que creas que para nada necesitas ser salvado. Creer en la salvación requiere humildad, el Enemigo es el rey de la soberbia, justo ese ingrediente que le hizo gritar Non serviam, no te serviré. Su intención es hacerte creer que estás solo, que no necesitas a nadie, que solamente tu voluntad basta. Quiere que creas que te bastas y sobras. Salvarse es de pringados. La Nueva Era es para los elegidos, los despiertos, los que saben el secreto de la iluminación, de los auto suficientes,, en una palabra, los soberbios. Lo digo con conocimiento de causa.  El Enemigo quiere, confundirte de tal manera que a lo bueno llames malo y a lo malo bueno. Lo pone todo patas arriba. Por eso, necesito al menos esta entrega para contarte un par de cuestiones sobre él. Disponer de ciertas señales claras en el mapa te serán muy útiles para identificar cuándo el Enemigo ronda para liarte y confundirte. El patrón siempre es el mismo, no es nada creativo, y casi prefiero detenerme una entrega en su patrón de estrategia que desmenuzar una a una las diferentes técnicas nuevaeristas. Te lo digo porque cada cinco minutos aparece una más nueva y eficaz que la anterior, la fórmula mejorada. La enésima mentira del Enemigo. Ya verás, ya. Por eso identificando el patrón, tienes todo el trabajo hecho, la Nueva Era va de original y novedosa, pero es repetitiva, previsible, siempre lo mismo, con distintos formatos. Es muy cansina.

No pararé de repetirlo, el Enemigo existe, te quiere para él, en su infierno, para toda la eternidad, y eso es mucho. El Enemigo fue un ángel, muy bello y cercano a Dios. El día que se enteró de que Dios crearía al hombre y a la mujer, que los amaría con un amor nunca antes escrito ni visto, se rebeló; los celos y la soberbia le cegaron el entendimiento y gritó lleno de rabia. «¡Non serviam! No te serviré en este plan absurdo, no pienso servir a estas ridículas criaturas de carne y hueso. ¡Non serviam!». Con estas dos palabras empieza la primera revolución, y en realidad, la Nueva Era; ya ves qué poco tiene de nueva y cuánto de vieja. ¡Non serviam! En estas dos palabras radica toda su estrategia. No servir a Dios, en eso consiste la Nueva Era, con el agravante de que creas que precisamente lo estás haciendo. Podría decir sin riesgo a equivocarme que la Nueva Era es el territorio del ego espiritual, la falsa humildad.


«El Enemigo cayó y [...] lloró, no con lágrimas de pena o arrepentimiento, sino de pura ira, impotencia, frustración; el odio se convierte en su motor».


El Enemigo cayó, sus alas dejaron de batir para elevarlo a las alturas y se dio de bruces con el suelo. Lloró, no con lágrimas de pena o arrepentimiento, sino de pura ira, impotencia, frustración; el odio se convierte en su motor. Y esa furia lo alimenta, como la gasolina al fuego. Un fuego que destruye, arrasa y te deja helado. Su empeño desde entonces es el acoso y derribo de las criaturas, hijos e hijas de Dios. Atacando a los hijos, se hiere al Padre. Y sepas, de nuevo, que tiene paciencia, inteligencia y rabia suficiente como para morir matando. La ira lo ciega, actúa con la astucia de la serpiente antigua; es Narciso, no ama más que su propia imagen, pero sabe disimular, porque todo lo que le importa es destruirte sin que te enteres. Vive con una impotencia que lo hace muy peligroso y además sabe que tiene los días contados. Tiene paciencia, sí, y en estos tiempos, también prisa para enemistarte con Dios, hacerte creer que es el obstáculo entre tú y tu felicidad. Te atacará en los momentos en que te sientas débil, miserable, triste, a través de tus heridas y debilidades. Te ataca en el talón, ese aspecto de ti que ni siquiera eres capaz de ver ni percibir. Dolorosas heridas de rechazo, abandono, humillación, traición e injusticia son la rendija por la que se cuela, como una serpiente. Es sutil, hipnótico, mentiroso; te va a seducir con verdades aparentes que ocultan la mentira. Te va a cautivar como a Eva, te adulará, te dirá que lo mereces todo, que tienes derecho a disfrutar de la vida, a ser feliz. Te susurrará palabras de poderío, merecimiento, disfrute, en un universo donde todo fluye y se magnetiza, en el que el dolor y sufrimiento no son bienvenidos, sino consecuencia de tu escasa espiritualidad. Y el fruto te parecerá apetecible, bueno y conveniente, y cuando muerdas, te tragarás junto a todo lo bueno, lo malo. Y esa pequeña, al principio, gota de maldad, de veneno, si no estás atento, irá creciendo dentro de ti. Bajarás la guardia y las alarmas, te harás condescendiente contigo mismo, echarás la culpa a cualquier cosa antes de hacerte responsable de tus heridas, y poco a poco se apoderará de ti. Pero a Dios nada le escapa. Está atento, te vigila, cuida y busca; como el padre del hijo pródigo, sale a tu encuentro para que vuelvas, eso sí, libremente a Él. Para ser salvado por El, no por tus propias fuerzas . sino por su Amor.

Por eso te recuerdo que el Enemigo es paciente, pero Dios todavía más; es el creador del tiempo. Con eso te lo digo todo. En conclusión, sepas que estás en guerra, a pesar de que se te diga que la paz es el camino; eso es cosa del Enemigo. Imagino que a estas alturas lo habrás identificado. Guerra total y a muerte con él. El mundo y Dios son como el agua y el aceite. Son antagonistas desde la revolución del non serviam. Por eso, no bajes la guardia y no caigas en discursos insulínicos de peace and love. La única paz que interesa aquí es la de Dios, y para ello, se requiere una espada.

Eulàlia Casas, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau.