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diumenge, 18 d’octubre del 2026

Crónica de la conferencia sobre racismo celebrada en Barcelona


 

Crónica de la conferencia sobre racismo celebrada en Barcelona


Perspectivas histórica, filosófica y teológica



El viernes 16 de octubre, a las siete de la tarde, tuvo lugar en el Centre Cívic Pere Quart, en el distrito barcelonés de Les Corts, la conferencia «El racismo y su incompatibilidad con la fe católica y con el pensamiento tradicional hispánico», organizada por el Círculo Tradicionalista de Barcelona, de la Comunión Tradicionalista, tal como se había anunciado.

La conferencia se enmarcó en el ciclo «Problemas modernos y soluciones tradicionales», que ya ha abordado cuestiones de actualidad como las dificultades de acceso a la vivienda, el incremento de la delincuencia, entre otras. El ciclo pretende mostrar cómo muchos de los males de nuestro tiempo hunden sus raíces en la ruptura del orden social natural propiciada por el liberalismo y la Revolución, y cómo su remedio exige recuperar los principios perennes de la Tradición. Desde esta perspectiva, el tradicionalismo —encarnado en los países hispánicos en el carlismo— trasciende la mera reivindicación del pasado y la cuestión dinástica para ofrecer respuestas a los problemas del presente.


Una necesaria distinción: racismo e inmigración


La sesión comenzó con una precisión preliminar: el objeto de la conferencia era el racismo, no la inmigración masiva, como algunos habían entendido. Se trata de cuestiones distintas, aunque relacionadas; la segunda será objeto de otra conferencia dentro del mismo ciclo.

En este sentido, se señaló que algunos fundamentan su legítima preocupación por la inmigración masiva en argumentos racistas, cuando existen razones de mayor solidez doctrinal, como el derecho de una comunidad política a ordenar los flujos migratorios conforme al bien común, la consideración de la comunidad política como un bien que debe ser protegido o la virtud del patriotismo, entendida como una forma de la piedad y ordenada por la justicia. Asimismo, se advirtió de que otros instrumentalizan los problemas derivados de una inmigración masiva y desordenada para alimentar el racismo y difundir ideologías totalitarias.

Además de erróneo, el recurso al racismo resulta contraproducente para quienes pretenden defender la patria. Por una parte, proporciona argumentos a los globalistas que promueven una inmigración masiva; por otra, socava los propios fundamentos históricos, culturales y morales que se pretende preservar. En efecto, sustituye la defensa de la patria por la defensa de la raza, debilita los fundamentos históricos de la identidad española, convierte en enemigos a quienes no necesariamente lo son y facilita que se desacredite cualquier crítica a la inmigración masiva. Finalmente, contradice la concepción católica de la dignidad humana y de la evangelización.


El racismo antiespañol: algunos ejemplos históricos


Antes de entrar en el núcleo de la exposición, el ponente ofreció, a modo de exordio, diversos ejemplos históricos de prejuicios y discursos racistas contra los españoles.

Se recordó, en primer lugar, el tópico «África empieza en los Pirineos», atribuido popularmente al escritor francés Alexandre Dumas, y relacionado también con el prefacio de Les Orientales (1829), de Victor Hugo, en el que España aparece descrita como un país todavía oriental y parcialmente africano.

A continuación, se aludió a la propaganda antiespañola difundida por parte de la prensa estadounidense a mediados del siglo XIX, en el contexto de la expansión territorial de Estados Unidos al norte del Río Bravo a mediados del siglo XIX y, posteriormente, durante el arrebatamiento de Cuba, Puerto Rico y Filipinas en 1848. En estos contextos circularon representaciones despectivas de los españoles que los presentaban como un pueblo inferior, atrasado e incapaz de gobernarse por sí mismo o de portar la luz de la civilización.

También se abordó la xenofobia laboral que padecieron los emigrantes españoles en Alemania y Suiza durante las décadas de 1960 y 1970. En Alemania, a los trabajadores españoles se les aplicaron calificativos despectivos, entre ellos Messerstecher —literalmente, «el que apuñala con un cuchillo»—, que contribuían a difundir una imagen de los españoles como personas violentas y peligrosas. En Suiza, algunos establecimientos llegaron a exhibir avisos de: «prohibida la entrada a italianos y españoles». Esta discriminación ha sido recogida, entre otros testimonios, en el documental Les Espagnols en Suisse, producido por la RTS (Radio Télévision Suisse).

Por último, se recordó la llamada leyenda negra, cuya difusión se remonta a la Edad Moderna y que contribuyó a presentar a España como una nación bárbara, intolerante y despótica. Entre sus manifestaciones se encuentran los escritos polémicos de autores protestantes ingleses, que recurrieron a caracterizaciones denigratorias de los españoles y de su historia.




Tres perspectivas: histórica, filosófica y teológica


La exposición se articuló en tres bloques —histórico, filosófico y teológico— que permitieron abordar el problema del racismo desde distintas perspectivas complementarias.


1. Perspectiva histórica: de la tribu a la comunidad política y a la Cristiandad


En el primer bloque se examinó la evolución de las formas de organización política desde la Antigüedad. Al tratar la polis griega, se destacó la importancia del logos y de la participación en una comunidad política organizada mediante instituciones, leyes y responsabilidades compartidas, sin reducir la pertenencia a ella a los vínculos de parentesco.

En el caso romano, se subrayó el papel del Derecho en la configuración de la romanidad y en la integración progresiva de individuos y pueblos de procedencias diversas. Para ilustrarlo, se aludió a la monarquía romana arcaica, a la organización familiar agnaticia y a la evolución de la ciudadanía romana.

Con la expansión del cristianismo, la fe pasó a desempeñar un papel fundamental en la articulación de la comunidad social y política. La conversión de Recaredo en el año 589 constituyó un hito decisivo en la historia de España: la unidad católica proporcionó un vínculo espiritual capaz de superar las divisiones entre hispanorromanos y visigodos y de contribuir a la configuración de una comunidad histórica que no podía explicarse exclusivamente por el territorio, la etnia, la lengua, el Derecho o el poder político.

Esta perspectiva permitió interpretar también la Reconquista como un proceso de recuperación territorial y de afirmación de la Cristiandad en España, cuyo sentido no se agotaba en consideraciones étnicas. Del mismo modo, se presentó la obra de España en América como una empresa civilizadora en la que confluyeron la herencia clásica, el Derecho romano y el cristianismo, siendo la fe uno de los principales vínculos de integración entre pueblos de distintos orígenes.

Finalmente, se abordó la ruptura de la unidad religiosa de la Cristiandad occidental, iniciada en la Edad Moderna y marcada decisivamente por la Reforma protestante. En ese proceso fueron adquiriendo protagonismo otros principios de articulación colectiva, como la lengua, la soberanía y determinadas concepciones de la nación y de la pertenencia étnica.


2. Perspectiva filosófica: del pensamiento clásico a las teorías raciales modernas


El segundo bloque examinó el tratamiento de las diferencias entre los pueblos en la filosofía clásica y medieval, así como el surgimiento de las modernas teorías raciales.

Se señaló que Aristóteles relacionó determinadas diferencias entre los pueblos con factores geográficos y climáticos, mientras que santo Tomás de Aquino situó la diversidad humana dentro de un orden creado que no destruye la unidad fundamental del género humano. Desde esta perspectiva, la filosofía realista clásica no convirtió la raza, entendida como principio determinante de las capacidades morales e intelectuales o del destino histórico de los pueblos, en la clave explicativa de la realidad humana.

Frente a esta tradición, la modernidad dio lugar a diversas teorías racialistas. Se examinaron las ideas de Arthur de Gobineau, que atribuyó a la raza un papel decisivo en el auge y la decadencia de las civilizaciones; las de Houston Stewart Chamberlain, que ensalzó el elemento germánico como fundamento de los grandes logros de la historia europea; y las de Francis Galton, cuya defensa de la eugenesia trasladó determinadas concepciones de la herencia biológica al terreno de los proyectos de selección y mejora de la población. En el siglo XX, algunas de estas ideas se transformaron en criterios de exclusión, discriminación y persecución.

Para precisar el alcance del problema, se distinguieron tres afirmaciones diferentes: que existen diferencias físicas entre individuos y poblaciones; que algunos rasgos presentan componentes hereditarios; y que la raza determina las virtudes morales, las capacidades intelectuales o el destino histórico de un pueblo. Las dos primeras afirmaciones no demuestran la tercera. El error de las doctrinas racistas consiste precisamente en convertir la observación de determinadas diferencias en una supuesta jerarquía entre grupos humanos y en atribuirles capacidades o destinos colectivos por razón de su ascendencia.

Frente a estas doctrinas, se reivindicó el pensamiento tradicional hispánico, enraizado en las fuentes paulinas y tomistas, que rechaza que la dignidad o la valía de los hombres y de las naciones dependan del color de la piel, de los ojos o del cabello, o de características como el tamaño del cráneo.

La conclusión filosófica fue clara: el racismo constituye un reduccionismo, pues toma un aspecto de la realidad humana y lo convierte en la clave explicativa de toda la historia. El pensamiento tradicional hispánico, por el contrario, permite comprender a los pueblos atendiendo a la riqueza de su tradición, sus instituciones, su religión, su Derecho y su trayectoria histórica. De este modo, es posible defender la identidad histórica de España sin hacer de la ascendencia biológica su fundamento último.


3. Perspectiva teológica: unidad del género humano y universalidad de la Redención


El tercer bloque abordó los principios católicos de la unidad del género humano y de la universalidad de la Redención. Para ello, se leyeron y comentaron pasajes de la encíclica Mit brennender Sorge (1937), de Pío XI, y de la encíclica Summi Pontificatus (1939), de Pío XII.

De esta exposición se desprendieron tres conclusiones fundamentales: la fe católica no obliga a negar la identidad propia de los pueblos; tampoco impone un único modelo de política migratoria; pero sí impide convertir la raza en criterio de superioridad humana o justificar la negación de derechos fundamentales por razón de la ascendencia.



Conclusiones


La conferencia concluyó recordando el fin trascendente del hombre, llamado a la salvación eterna, y la visión de san Juan en el Apocalipsis, donde se contempla la multitud de los redimidos:

«Después de esto miré, y he aquí una gran muchedumbre, que nadie podía contar, de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas, y con palmas en las manos» (Apocalipsis 7, 9).

Y, asimismo:

«Porque fuiste degollado y con tu sangre compraste para Dios hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación» (Apocalipsis 5, 9).

Ambos pasajes recuerdan que la universalidad de la Redención no anula la diversidad de los pueblos, sino que la comprende dentro de una misma vocación sobrenatural.

A continuación, se abrió un turno de preguntas que se alargó durante más de una hora. Fue acompañado por dulces y bizcochos traídos por un destacado correligionario.


Próximos artículos


El ponente, José Luis Escobedo, anunció la próxima publicación de un artículo que desarrollará las cuestiones tratadas durante la conferencia.

Tras el acto, los asistentes acudieron a un restaurante cercano para participar en la cena en honor a Cristo Rey, organizada por el mismo Círculo Tradicionalista de Barcelona con motivo de su festividad litúrgica el próximo domingo 25 de octubre.

En los próximos días se publicará una nueva crónica de la cena.

Así mismo, otros artículos con los parlamentos pronunciados durante la celebración.



Agencia FARO / Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau

 



 

dimecres, 5 de novembre del 2025

La invasión bárbara: ¿Desgracia para la virtud cristiana?

 

 Saqueo de Roma por los visigodos, liderados por Alarico I, en el año 410 d.C.


 

La invasión bárbara: ¿Desgracia para la virtud cristiana?


«Durante más de quinientos años, la Iglesia salva lo que aún se puede salvar de la cultura humana. Ella va guiando a los bárbaros, o les conquista luego de la invasión»


Los pueblos han ido y venido a lo largo de los siglos. Esto ha sucedido de modos muy azarosos, desde las grandes migraciones prehistóricas, pasando por las del mundo antiguo, hasta fenómenos recientes como las migraciones de posguerra española o las masas de orientales que construyeron el ferrocarril en Norteamérica. En esa sucesión de pueblos, las verdades perduran, la realidad se altera, pero en tantas direcciones que en ocasiones los relatos de la caída de Roma parecen análogos a los del antiguo Egipto o al caso estadounidense actual —con sus últimos coletazos de tiranía para salvaguardar el imperio, pero con unas masas anárquicas y unos señores oclócratas y rapaces del bien común—.

Pero ¿Es el hombre para la Nación? No, es el Hombre para Dios y así:

Ad secundum sic proceditur. Videtur quod beatitudo aeterna non sit obiectum proprium spei. Illud enim homo non sperat quod omnem animi sui motum excedit, cum spei actus sit quidam animi motus. Sed beatitudo aeterna excedit omnem humani animi motum, dicit enim apostolus, I ad Cor. II, quod in cor hominis non ascendit. Ergo beatitudo non est proprium obiectum spei.

«En cuanto al segundo supuesto procedimiento, parece que la felicidad eterna no es el objeto propio de la esperanza. Pues el hombre no espera aquello que excede todo movimiento de su mente, ya que el acto de esperar es un cierto movimiento de la mente. Pero la felicidad eterna excede todo movimiento de la mente humana, pues el Apóstol dice (1 Cor. 2) que no asciende al corazón del hombre. Por lo tanto, la felicidad no es el objeto propio de la esperanza».

Santo Tomás (Summ. Theol., II-II, 17. 2 ad 2)



La esperanza, así, no es instrumento egoísta, cuanto teocéntrico, y sólo ahí puede hallar su razón de ser y así sólo acerca al hombre a los trascendentales que su alma busca de forma natural. Pero, así mismo, por oposición, vemos los errores de los herejes… de antaño y de ahora: «El error de los jansenistas y quietistas al afirmar que el obrar por la esperanza es inmoral o imperfecto, estriba en imaginarse que con ello deseamos a Dios como un bien para nosotros, subordinando a Dios a nuestra propia felicidad». (Royo Marín, Teol. Perf. Crist., L. II. C. 2: 251).

El pensar la realidad política del hombre —arte supremo de la carida— como supeditada a una felicidad individual, terrena e inmediata, y por ello sometida toda virtud y don del Espíritu y el Creador al Hombre, conduce ante todo a verdaderas monstruosidades. Es el caso aquí de ciertas elucubraciones étnicas que la Hispanidad sufre por doquier: desde los indigenismos —negrismo, rousseanismo, alienigenismo, celtiberismo, etc.—, los regionalismos —catalanismo, vasquismo, lombardismo, prusianismo, etc.—, las aculturaciones —el globalismo americano, la hispanidad como castización, europeización, etc.—, las invasiones heréticas incentivadas desde los alto gobiernos —Venezuela, Cuba, EEUU, España, Italia etc.—

Y, hecho este pórtico, queremos ceder la palabra a un viejo canónigo, de esos que ya muertos sabemos que las almas las gana para Dios y no para ellos mismos y sus sectas. Hacemos notar, en general, que es una obra saludable para el interesado en la sana doctrina católica en tres tomos de ligerísima lectura en forma de quaestio y respondeo.

Fuente: ESTEVE BLANES, Francisco (Canónigo). Objeciones contra la Religión. T. I. Mallorca, 1938. Pp.: 28-9:

 

17. Nos amenaza la invasión de la raza amarilla. ¿No arrollaran sus sectas el catolicismo? ¿No lo devastarán las hordas comunistas?

R.— Supongamos que los invasores lograran apoderarse de todos los países más civilizados, y dominarlos; el furor vandálico pasaría; y entonces, amansados y sosegados con su presa y más reflexivos, ¿no serían paso a paso cautivados por la cultura superior de los vencidos, que les mostraría ideales más delicados, nobles y excelsos que el simplista y rastrero materialismo?

Cuando los pueblos germánicos se echaron sobre el imperio romano y lo ocuparon, la Iglesia fue la educadora de las nuevas razas, transformándolas e imponiéndoles sus ideales.

«Durante más de quinientos años, dice Taine (Les origines de la France contemporaine, L'ancien régime), la Iglesia salva lo que aún se puede salvar de la cultura humana. Ella va guiando a los bárbaros, o les conquista luego de la invasión».

¿No haría lo mismo la Iglesia con los nuevos bárbaros, inculcándoles pacientemente, guiada por la Providencia, lo que unos ignoran y otros olvidan: el respeto al hombre en cuanto hombre, la dignidad de la conciencia, el sentimiento del deber, la excelencia de la vida interior, la verdadera libertad frente a la tiranía de los gobiernos, la alteza de la mujer defendida por el matrimonio-sacramento, el respeto al derecho y a la justicia, el aprecio del trabajo, la moral pública, la suavidad de costumbres, la verdadera solidaridad de todos los hombres, el valor de la vida futura, y tantos otros bienes que forman la más alta civilización del mundo, que es la cristiana?


Artur J. Llinares, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau

 




diumenge, 19 d’octubre del 2025

Gran éxito de Marcelo Gullo en las Reales Atarazanas de Barcelona el pasado sábado 18 de octubre


 

Gran éxito de Marcelo Gullo en las Reales Atarazanas de Barcelona el pasado sábado 18 de octubre



Alrededor de 200 personas desbordaron el Auditorio de las Atarazanas, reunidas para la presentación de su libro «Lepanto: cuando España salvó a Europa». Se agotaron los ejemplares puestos a la venta.




El profesor D. Marcelo Gullo presentó su libro «Lepanto: cuando España salvó a Europa», en las Reales Atarazanas de Barcelona el pasado sábado 18 de octubre,  festividad de San Lucas, evangelista, según lo anunciado.

A las once de la mañana, D. Marcelo entró en el Auditorio de las Atarazanas barcelonesas y se encontró un aforo desbordado por 200 personas expectantes. La sesión comenzó con unas breves palabras de bienvenida y agradecimiento, pronunciadas por D. José Luis Escobedo, Jefe del Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés, organizador del acto. Disculpó la ausencia del profesor D. Andrés Gambra, quien debería haber presentado la sesión, pero una enfermedad grave y repentina de un familiar impidió su asistencia. En cambio, tuvo la amabilidad de, en pocas horas, preparar y enviar un texto para su lectura, que fue muy dignamente leído en su nombre por nuestro correligionario D. Gabriel Sanz Señor. Reproducimos en este enlace el texto en su integridad.

La exposición de D. Marcelo Gullo duró una hora —que se hizo corta— en la cual evocó la batalla de Lepanto de 1571 de forma precisa y pedagógica, para luego extraer algunas claves con las que interpretar ciertos fenómenos de actualidad, como la islamización de Europa perpetrada en nuestros días. Una crónica completa y varios videos —que se publicarán en los próximas días— profundizarán en el contenido de la exposición del profesor Gullo. Tras la misma, se abrió un animado turno de preguntas.

A continuación, se rezó el Ángelus, dirigido por un sacerdote diocesano, miembro del Círculo, quien puso en pie a todo el Auditorio. Y se inició un turno de dedicatorias de libros y autorretratos, en el que los asistentes pudieron conversar en privado con el autor. Cerca de las dos de la tarde, se visitó la reproducción a escala real de la Galera Capitana desde la cual D. Juan de Austria y D. Lluís de Requesens dirigieron la batalla en 1571; visita que debemos a la gentileza del Museo Marítimo de Barcelona, que nos abrió sus puertas con gran generosidad. Tras esta visita, el acto se dio por concluido, y D. Marcelo y una veintena correligionarios y simpatizantes del Círculo de Barcelona almorzaron juntos en el restaurante de las mismas Atarazanas y departieron en sabrosa tertulia hasta la hora en que D. Marcelo debía tomar el tren de regreso a Madrid.

Una inolvidable jornada que esperamos se repita pronto. Mientras tanto, dentro de unos días se publicarán varios videos y una crónica completa de la exposición del profesor Gullo.


Agencia FARO / Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau










 





dimarts, 7 d’octubre del 2025

Lepanto y Cataluña

Josep Maria Xiró i Taltabull (1927): La batalla de Lepant, pintura mural, ubicada inicialmente en el Salón de Sant Jordi, de la Generalitat de Catalunya, pero escondido en 2023 por el desgobierno catalán.
 

 

Lepanto y Cataluña


La contribución catalana a la victoriosa y decisiva batalla de Lepanto, el 7 de octubre de 1571


 

Año del Señor de 1571. El sultán otomano Selim II amenazaba con someter toda la Cristiandad al Islam. Su poderío naval aterrorizaba las costas del Mediterráneo y parecía imparable.

Entonces, respondiendo al llamamiento del Papa San Pío V, la Monarquía Hispánica —junto a Venecia y a los Estados Pontificios— le hizo frente. La armada cristiana fue encomendada a un hombre de mando y de mar: el catalán Lluís de Requesens y Zúñiga, Comendador Mayor de Castilla y General de la Mar, tutor y preceptor de D. Juan de Austria, medio hermano del Rey Felipe II.

Don Lluís, hijo ilustre de la Cataluña leal, no era una figura decorativa. «Don Lluís de Requesens, el segundo al mando de Don Juan, era un hombre de considerable experiencia naval y política. Era él, y no Don Juan, quien realmente dirigía la escuadra»,  afirma el historiador John F. Guilmartin, en Gunpowder and Galleys, (Guilmartin, 1974, p. 127).  La dirección de Requesens en la armada era el testimonio vivo de que Cataluña constituía un territorio fundamental en la defensa de los principios y fines de la Hispanidad.

Pero la contribución catalana, leal y ferviente, a la batalla comenzó años antes, en el corazón mismo de Barcelona: les Drassanes Reials (las Reales Atarazanas). «En las Atarazanas de Barcelona se construyó, aparejó y armó la Real, capitana de la escuadra de la Santa Liga, y otras galeras que intervinieron en la batalla de Lepanto», así lo documenta el archivero e historiador José María Martínez-Hidalgo, en su obra Las Atarazanas de Barcelona, (Martínez-Hidalgo, 1991, p. 153). Esta embarcación poderosa no era un simple barco; era el símbolo de la autoridad real y el estandarte flotante de la Cruzada, forjada con maderas catalanas y la maestría de sus artesanos.

Una gesta de tal magnitud requiere no sólo de barcos, sino también de oro. El Principado de Cataluña, a través de sus Cortes, realizó una sustancial aportación económica para financiar la expedición. «Las Cortes Catalanas, reunidas en Monzón en 1563-64, concedieron a Felipe II un servicio de 1.000.000 de libras barcelonesas, una cantidad enorme que fue vital para armar la flota que años después triunfaría en Lepanto», nos indica Ernest Belenguer en su estudio Felipe II y el Mediterráneo (Belenguer, 1998, p. 342). Esta contribución económica manifiesta un compromiso institucional y no sólo popular; un esfuerzo colectivo del Principado por una causa que entendían como propia.

Y cuando las naves estuvieron listas y financiadas, hombres de las costas y tierras catalanas les dieron alma. En efecto, de los puertos de Palamós, Sant Feliu de Guíxols y de toda la costa gerundense, zarparon oficiales y marineros. El cronista contemporáneo Luis Cabrera de Córdoba, en su Historia de Felipe II, Rey de España, recoge la composición de la flota: «Fueron llegando a Mesina las galeras de España, Nápoles, Sicilia, Génova, Saboya y las del Príncipe Juan Andrea Doria, y las del Comendador Mayor Requesens, que eran las de Cataluña» (Cabrera de Córdoba, 1619, Libro IV, Capítulo VI).

Pero no sólo estaban en las galeras y en su tripulación. También soldados catalanes formaron parte de los famosos Tercios que embarcaron en ellas. El historiador Enrique Martínez Ruiz, en Los soldados del Rey, señala que «en los tercios de infantería española que combatieron en Lepanto, como el de Sicilia, se alistaban numerosos soldados de la Corona de Aragón, y muy particularmente de Cataluña» (Martínez Ruiz, 2008, p. 215). Incluso la Orden de Malta, con fuertes lazos catalanes, participó con naves armadas localmente. El historiador naval Cesáreo Fernández Duro, en su Armada Española, anota que «la galera “San Juan”, llamada también “de la Religión”, fue armada en Barcelona con caballeros y soldados de la lengua de Aragón» (Fernández Duro, 1972, p. 289).

La batalla fue un violento rugido de madera, fuego y acero. Y en medio de todo ello, en la Galera Real, viajaba un testigo silencioso: el Cristo de Lepanto. La tradición sobre el milagro durante la batalla está profundamente arraigada. El canónigo Jaume Cañellas, en su estudio El patrimoni escultòric de la Catedral de Barcelona, afirma: «La tradición popular, mantenida a lo largo de los siglos, explica esta inclinación por el impacto de una bala de cañón durante la batalla, que el Cristo esquivó milagrosamente. El impacto, no obstante, habría dejado esta huella en la talla» (Cañellas, 2007, p. 89). Este Crucifijo, que hoy se venera en la Catedral de Barcelona, es mucho más que una reliquia; es el símbolo tangible de que Lepanto fue, ante todo, una batalla ganada por la Fe. Su presencia en la Seo barcelonesa es el vínculo físico que une para siempre a Cataluña con el triunfo de la Cruz.

Tras la victoria, la propia Diputación del General del Principado de Cataluña encargó y exhibió pinturas conmemorativas. El historiador del arte Francesc M. Quílez y Corella estudió cómo «la celebración de Lepanto en el arte catalán fue inmediata y se mantuvo viva durante siglos en retablos y pinturas, como el de la Casa de la Ciudad de Tortosa» (Quílez i Corella, 2007, p. 78). Esto muestra que, en el siglo XVI, las instituciones catalanas se sentían plenamente partícipes del triunfo y lo asumían como propio.

Sin embargo, hoy asistimos a un doble fenómeno trágico y deliberado: por un lado, el ocultamiento de esta gesta y, por otro lado y simultáneamente, la invasión silenciosa de Europa por parte de quienes fueron derrotados en Lepanto. Ambos fenómenos están íntimamente vinculados por su odio anticristiano.

Así, el nacionalismo catalán, de origen liberal, en su obsesión por construir una «Catalunya de papel» (Torras y Bages), no puede tolerar la realidad histórica en la que Cataluña brilla como parte esencial y entusiasta de la Cristiandad, encarnada en la Monarquía Hispánica o Católica, como Christianitas minor tras la ruptura de Lutero (Elías de Tejada).

Esta operación de censura histórica llegó a su expresión más grotesca recientemente, cuando la (mal llamada) Generalidad de Cataluña retiró murales históricos que no encajaban con su ideología nacionalista.

Como carlistas, que defendemos las Españas forjadas en la diversidad de sus reinos y territorios unidos por la Cruz y la Corona, denunciamos este empeño miserable. La contribución catalana a la mayor victoria naval de la Cristiandad fue integral: sus astilleros, su almirante, su oro, sus soldados y su fervor. Olvidar o silenciar este hecho no es sólo una falsificación histórica; es traicionar la memoria de aquellos que, hace más de 450 años, ofrendaron su vida por una causa que consideraron la más noble: la defensa de la Cristiandad frente al Islam. Recordar a Lluís de Requesens, a las Atarazanas, a los marineros de Palamós, a los infantes del Tercio de Sicilia y al Cristo de Lepanto, no es un acto de nostalgia. Es un acto de justicia histórica y de resistencia. Es reafirmar que la verdadera esencia de Cataluña es su profunda Hispanidad, es decir, su catolicidad, que en Lepanto se vistió de gloria. Que nadie lo olvide ni lo oculte.

Y, por otro lado, Europa sufre en la actualidad una invasión silenciosa de aquellos que fueron derrotados en Lepanto. Invasión que, en nuestra opinión, se debe más a la apostasía y debilidad de los propios europeos que a la fortaleza del enemigo silencioso. Porque si los cristianos vencieron en Lepanto fue por su Fe: su verdadera fortaleza.

De todo ello, nos ilustrará nuestro amigo Marcelo Gullo el próximo 18 de octubre, en las Reales Atarazanas de Barcelona, con ocasión de la presentación de su libro Lepanto: cuando España salvó a Europa.

Josep de Losports, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau

 

Cristo de Lepanto que coronaba la nave capitana de la batalla de Lepanto y que se salvó milagrosamente de una bala de cañón. Expuesto en la Catedral de Barcelona.

 

divendres, 26 de setembre del 2025

«Espanyistan», què li pot retreure a la «hispanchidad»?

 

«Espanyistan», què li pot retreure a la «hispanchidad»?


Sembla que tots els crits contra la «hispanchidad» són per «una derecha unida» en la vessant més pràctica


No poques branques dels nacionalismes regionals han begut (erròniament) del carlisme. Encara més, fins i tot, avui dia, no els hi queda més recursos que acollir-se a les figures més ambivalents per a poder perllongar la «tradició nacional catalana» o altres fins on mai va ser-hi —vagueu l’obra de propera aparició vers els Mestres catalans del tradicionalisme dirigit pel Círcol Ramon Pares i Vilasau, el capítol redactat per un mateix dedicat a Francisco Elias de Tejada—. Així, com ha exposat de forma molt didàctica en @exploraciones.tx9, Sabino Arana va degenerar en el seu curs carlí al nacionalisme, però també es van donar a altres regions com al Principat i la ruptura d’en Bartomeu Colomines i Roca o amb figures com en Josep Pla, fill d’una il·lustre nissaga carlina per via materna, abandonada tot i que recordada en moltes ocasions (vagueu els primers capítols d’Un señor de Barcelona). 

Des de Madrid, però en realitat també a Catalunya, ha anat emergent un pensament arrelat com a mínim des dels anys dos mil —tot i que aquí no farem pas una recerca etimològica acurada—. La gran afluència d’americans a Espanya en realitat ha estat constant des de les independències. Si revisem país per país, ho podríem comprovar sense problema: deixem-ho amb l’exemple dels viatges de Rafael Altamira a Amèrica, l’auxili polític que va trobar a l’Espanya del 40 l’historiador mexicà Carlos Pereya, o la visita de Pi y Suñer a l’Argentina —com és evident, la causa carlina ja ni mereix mencions, amb els treballs d’Elias de Tejada, Goytisolo o fins a l’actualitat amb el professor Ayuso—. Jo mateix, tinc un tiet de Caracas, d’on ve una forta devoció a casa tant per la Verge de Coromoto, així com al Dr. Gregorio Hernández —santificat en breu— o les lectures d’Arturo Uslar Pietri —el preciós volum blanc amb rivets daurats de Cuéntame Venezuela—.

Com va popularitzar el patètic personatge de Don Recio a «Aquí no hay quien viva» o  Mauricio a la sèrie «Aida» —igualment patètic—. Ambdós representen a la classe burgesa: en un cas el tradicional taverner, per un altre un empresari que es dedica a la distribució de peix a petita escala —si be, com sempre recorda, no pas al consumidor final—. La burgesia Europea va voler liquidar la «noblesa»: com deia Kant a la seva Antropologia, aquesta no era més que el signe d’allò real que havia estat temps enrere: una interpretació evemerista ja massa vella com per a sorprendre ningú, excepte als professors universitaris, i no pocs docents d’institut. Aquesta burgesia apujada defensa en general la pau perpètua, i s’arma contra el militarisme —aquest pacifisme perpetu, que els mateixos capitalistes decideixen quan trencar com han demostrat els Estats Units de Nord-amèrica així com la Common Wealth—, es parla de participació tot i que excloent-hi lo més vulgar com ja plantejaran els il·lustrats. Aquesta era la raó per la qual el liberalisme primer va acusar d’efeminada a l’església per a després explicar a les dones que aquestes havien de fer igual que els homes: ho deia ben claret la senyora Victòria Kent al programa A fondo (28-01-1977), presentat per Joaquim Soler Serrano.

Com ha reflexionat fa poc un autor (Agamben, 2008: 47):

Les societats contemporànies es presenten així com cossos inerts travessats per processos gegantins de desobjectivació als quals no s’hi correspon cap subjectivació real. D’aquí l’eclipsi de la política, que pressuposava subjectes i identitats reals (el moviment obrer, la burgesia, etc.), i el triomf de l’oikonomia, és a dir, d’una pura activitat de govern que no pretén res més que reproduir-se.

Què fem quan ja no hi ha classes? Tots som iguals? Ens ho proposem? és d’ací d’on eixien les propostes homogeneïtzadores que tant i tant de mal han fet a Catalunya com va il·lustrar brillantment Juan Vallet de Goytisolo a les seves Reflexions sobre Catalunya (2006). Aquest és un «sentit comú» que ha mort. Les societats contemporànies no aspiren a res més que a «reproduir-se» tal com ho fa una indústria, en contra de la multiplicació d’éssers sempre lliure només sotmesa a les lleis de Déu —que només coneixem de forma parcial, cal sempre recordar els materialistes formals massa motivats amb els recursos econòmics que els hi procura l’estat lliberal—. La mort de Les Espanyes i sa substitució per España i el seu Estat ha sigut lent: tot un segle XIX ho dibuixa, en continuïtat amb l’absolutisme borbònic, després heretat pel franquisme y finalment pel parlamentarisme democràtic —fins al fonamentalisme—. 

Això mateix es pretén ara amb la Hispanitat. Fa poc s’han retolat uns gemecs amb el títol «Hispanidad o totalitarismo tradicional»: certament, en relació amb el ressorgir del tradicionalisme a tot Europa es podria fer una observació amistosa i tot... però en el cas Espanyol, això no opera perquè les nostres estructures polítiques estan desfetes: aquí no pot sorgir un «Moviment associatiu» polític d’aquest que tant agraden al lliberals. España i tota la hispanitat es caracteritza per un moviment associatiu d’un altre mena: el de la subsidiarietat... és d’aquí d’on venen els petits èxits de la nostra terra: fins i tot la masoneria ha d’introduir-se d’aquestes formes perquè si vol entre des de la verticalitat li és gairebé impossible anar més enllà de certes formes «contraculturals», però que en plena postmodernitat ja no els hi dona cap avantatge on un Reel de TikTok amb quatre fotos mal seleccionades de don Pelayo, don Sixto y algunes il·lustracions pintoresques es poden carregar milions d’euros en edicions i campanyes silencioses (vegis el cas a Catalunya a Font, 2003:  32-33). No obstant això, sembla que tots els crits contra la «hispanchidad» són per «una derecha unida» en la vessant més pràctica:
 


Aquell mateix moviment que va emprar Franco poc després de la Guerra Civil per a unificar sota la seva efígie totes les així dites «dretes» en un bloc únic. No cal recordar històries carlines, que ja estan més que excel·lentment recollides a la monumental obra de Ferrer. ¿Quines dretes? Com deia De Prada, la sionista, com deia Hughes «un Losantos Colectivo» que sap més de dòlars que de peles.

Ací només farem un dolç record: una part del suport que aquests castellanistes —recordem les veus de «Sobre el casticismo» d’Unamuno— estan trobant a les xarxes, no és res més que el despit a lo hispà. I així és que si hom grata, troba ràpidament relacions amb discurs d’allò «celtiber» i que suposadament encara batega als nostres cors... lleis romanes, camins llaurats per americà, Àfrica i Àsia, gastronomia amb estrelles Michelín d’aquestes famoses, grans modistes contemporanis com Cristòbal Balenciaga.

 
Ara no som hispans, sinó celtibers? Jo li dic paganisme a això... un paganisme que és hereu del liberalisme: són les bruixes les que, amb les narracions mítiques de Michelet —perquè no pot tindre cap altra consideració— van reprendre el model de la bruixa com a anti-institucional, com allò que s’oposa al metge, a l’alcalde i al sacerdot: felicitats, nois; heu donat moltes voltes per acabar ben vora a Irene Montero.



Per un altra banda, el concepte de «panchito» reflecteix una expressió, que certament es va donar igualment a les Amèriques: a l’Amèrica del meu rebesavi, als espanyols se’ls reduïa a «gallegos». És una mera qüestió d’imaginaris vers l’altre. Molt bé. No passa res. Al poble cal donar-li circ i pa... però no massa. Perquè aquells mateixos que deien «gallecs» als meus catalaníssims avantpassats, es referien a Espanya com la «madre patria». El que passa... és que poder amb els auges econòmics del passat segle no veiem com a americà se n’anava deshispanitzant a força de vendre el petroli veneçolà als iankis, el guano peruà o les terres rares argentines a canvi de coxes Lincoln, cassets de la Sony o electrodomèstics de la General Electric. ¿Els hi preocupa a aquesta gent aquesta qüestió? No pas, sinó poder seguir comprant ells mateixos aquestes coses.

Ells només saben veure defectes en l’altre. Busquen la puresa ibèrica, ja ni hispana. És en aquesta «essència» ideal on trobaran el seu ésser real. Però, de menters van comprant qualsevol discurs emergit d’un país totalment aliè com és França —i “le Maria” com a sinònim de cambreres domèstiques—, Holanda o la mateixa Gran Bretanya. Estan fent la revolució amb categories estrangeres: així mateix ho fa la Sílvia Orriols, per molt que li tinguem estima personal. El problema que ignoren és que Europa està tan desfeta de la seva tradició o més que Espanya: Espanya es va mantenir al marge de certes transformacions de les dues grans guerres a les quals si que van haver de sotmetre’s de forma immediata passió com Polònia, Itàlia, França o Àustria-Hongria. La mateixa Alemanya no ha fet més que defensar de forma cada cop més exaltada els seus valor tradicionals, però protestants —i emprant com a eina essencial les universitats, com ha il·lustrat recentment la traductora alemanya Nicole Holzenthal en narrar com va conèixer la figura de Gustavo Bueno-; i vers Itàlia la situació amb l’així dita «questione meridionalle» s’ha desenvolupat fins al punt de fer un pont per unir Sicília amb la península, curiós donat que Sicília té una llarga història sense «ponts moderns»—.

Són fills del feixisme, paro ara sí, d’un feixisme a l’europea, que beu del fonamentalisme cristià de finals del segle XIX que ja va donar lloc a moviments polítics de més que dubtosa qualitat: mirem el panorama actual on ens trobem. El pitjor de tot, com sempre, no són les idees. Són els fets: ells ens condemnaran: pura sorna i burla que no van a parar enlloc.


Refs.:

AGAMBEN, Giorgio (2008). Què vol dir ser contemporani?. Girona: Arcadia.

AA.VVA. (1969). Los mitos actuales. Actas de la VII Reunión de Amigos de la Ciudad Católica, celebrada en Barcelona en el Instituto filosófico La Balmesiana los días 1, 2 y 3 de noviembre de 1968. Madrid: Speiro.

 

Artur J. Llinares, Círcol Tradicionalista de Barcelona Ramon Parés y Vilasau

dimecres, 10 de setembre del 2025

Contra el racismo: la visión católica de la unidad del género humano

Anónimo cuzqueño: «Matrimonios de Martín de Loyola con Beatriz Ñusta y de Juan de Borja con Lorenza Ñusta de Loyola». 1718. Óleo sobre lienzo, 228 x 295 cm. Ubicación original: Iglesia de la Compañía de Jesús, Cuzco, Perú. Ubicación actual: Museo Pedro de Osma, Lima (Fundación Pedro y Angélica de Osma Gildemeister).
 

 

Contra el racismo: la visión católica de la unidad del género humano


El racismo biológico moderno es un producto del mundo protestante y tiene sus antecedentes en el judaísmo, en su autopercepción como «pueblo elegido»


Rechazar el racismo no implica defender un mundo homogéneo y desarraigado. Al contrario. Se distingue con claridad entre el racismo y el «amor a lo propio».


 

El racismo, doctrina que establece una superioridad natural y biológica de un grupo humano sobre otro —o, al menos, diferencias esenciales entre ellos—, choca frontalmente con el núcleo mismo del pensamiento tradicional español y católico. No es una simple cuestión de preferencia política; es un error antropológico de gravísimas consecuencias, una herejía moderna que niega la unidad del género humano, revelada por la Fe y defendida por la razón.

Don Francisco Elías de Tejada, en su magistral obra titulada El racismo, desmonta los cimientos de esta doctrina errónea con la precisión de un cirujano y la contundencia de un martillo. Para el carlismo, la sociedad no se constituye por la sangre o un abstracto «derecho del suelo», sino por la comunión en una Fe, una historia, un orden jurídico tradicional encarnado en los Fueros, y una monarquía legítima. La raza, como distinción determinante, es una quimera.

«El racismo es, ante todo, una herejía», afirma Elías de Tejada. Y lo es porque «niega la unidad del género humano, afirmada por el dogma católico en el dogma del pecado original y en la redención de Cristo, que todos contrajeron por la desobediencia de un hombre y todos fueron redimidos por el sacrificio de Otro Hombre.» He aquí el axioma irrebatible. Si todos los hombres, sin excepción, descendemos de Adán y Eva y todos somos redimidos por la Sangre de Cristo, ¿cómo afirmar que unos son esencialmente superiores a otros por su linaje? La Redención es universal. Cristo no murió por una sola raza, sino por toda la humanidad. Cualquier doctrina que segmente la humanidad en grupos de distinto valor ontológico es, por definición, anticristiana.

El pensador extremeño no se limita a la refutación teológica. Ataca el error de base científico: «Las supuestas razas puras son una entelequia. […] La humanidad es un concierto de mestizajes desde su mismo origen.» El carlismo, lejos de cualquier endiosamiento tribal, celebra la vocación universalista de España. Nuestra grandeza no reside en una pureza inexistente, sino en nuestra labor de evangelizar sociedades bajo el magisterio de la Cruz y la autoridad del Rey. El Imperio Español no fue un imperio de segregación, sino de «unidad en la fe católica, que acogía en su seno a indios, negros y amarillos, haciéndoles tan españoles como los hijos de Castilla o de Aragón», siempre que abrazaran la Fe y las leyes de la comunidad.

Don Francisco Elías de Tejada, en su magistral obra, no se limita a refutar el racismo; rastrea su origen y lo encuentra lejos de la ortodoxia católica. Desenmascara sus raíces en el mundo protestante y judío, mostrando su incompatibilidad radical con la cosmovisión católica.

El profesor extremeño señala que el racismo, como doctrina política, «nace en el siglo XVI, en el seno de las sectas calvinistas» de Norteamérica, utilizándose para justificar la esclavitud de los negros africanos. Fue una «doctrina forjada por los puritanos de Nueva Inglaterra para excusar su tráfico de esclavos». Éste es un punto determinante: el racismo biológico moderno es un producto del mundo cultural protestante, donde la predestinación calvinista buscó una justificación tangible y terrenal en la «raza» para su idea de un «pueblo elegido». Frente a esto, la España católica había desarrollado siglos antes, con las Leyes de Burgos y de Indias, un corpus jurídico que, aunque imperfecto, reconocía la humanidad y los derechos de los nativos americanos.

Asimismo, Elías de Tejada identifica un antecedente del racismo moderno en el judaísmo. Éste sostiene una idea de «pueblo elegido» basado en la sangre y la ley, y crea sí una barrera entre judíos y gentiles. Si embargo, el Cristianismo superó aquella barrera: San Pablo nos enseña que, tras Cristo, «ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer, porque todos sois uno en Cristo Jesús» (Gálatas 3,28). Así, San Pablo destruye cualquier pretensión de superioridad basada en un grupo humano sobre otro. Todos somos iguales en dignidad por ser bautizables, en potencia redimidos por la misma Sangre de Cristo y llamados a la misma salvación. La Fe Católica es universal y misionera, y no puede dejar de serlo.

Frente al modelo segregacionista anglosajón de origen protestante y antecedente judío, Elías de Tejada opone el modelo español de integración. La Reina Isabel la Católica estableció desde un principio que los indígenas eran «vasallos libres de la Corona de Castilla». Las Leyes de Indias, aunque a menudo incumplidas en la distancia, representaron un esfuerzo monumental por aplicar los principios de justicia y caridad cristiana, reconociendo el alma y los derechos de los pueblos conquistados. El resultado no fue un imperio de apartheid, sino un vasto proceso de mestizaje sin complejos que creó la realidad pluricontinental de la Hispanidad.

Nuestra grandeza, insiste Elías de Tejada, reside en esta labor: «El Imperio Español no fue un imperio de segregación, sino de unidad en la fe católica, que acogía en su seno a indios, negros y amarillos, haciéndoles tan españoles como los hijos de Castilla o de Aragón», siempre que abrazaran la Fe y las leyes de la comunidad. El «ser español» nunca fue una categoría étnica; fue, y para nosotros debe seguir siendo, una adhesión a una empresa cultural y religiosa común bajo la Monarquía Católica.

 

José Vivar y Valderrama: «Bautismo del gran cacique Cuauhtémoc por el Padre Bartolomé de Olmedo, siendo sus padrinos don Hernán Cortés y don Pedro de Alvarado». Primera mitad del siglo XVIII. Óleo sobre tela, 397 x 410 cm (gran formato). Museo Nacional de Historia, INAH, Ciudad de México.



 

Esta postura no es exclusiva de Elías de Tejada. Es el sentir de la Tradición.

Juan Vázquez de Mella, el Verbo de la Tradición, ya había afirmado que la Patria es una empresa común que trasciende lo biológico. Para Mella, la patria es un alma, un carácter espiritual forjado por la historia, la religión y las instituciones, no un agregado de genes.

Marcelino Menéndez Pelayo, en su Historia de los Heterodoxos Españoles, defendió el modelo español de integración frente a la leyenda negra, mostrando cómo el problema en América no fue la «raza», sino la lucha entre la concepción católica de los misioneros (que veían almas que salvar) y la concepción materialista de algunos colonos (que veían manos que explotar). Venció, aunque no sin lucha, la primera.

Rafael Gambra Ciudad enfatizó que el orden de la Cristiandad se basa en los «cuerpos intermedios» —la familia, el municipio, el gremio, la región— que organicen naturalmente la sociedad. Estos grupos se definen por la función, la proximidad y la lealtad, no por la raza. El racismo, como el comunismo, es un invento individualista que atomiza la sociedad, enfrentando a los hombres entre sí y destruyendo los lazos orgánicos que los unen, para luego someterlos a un Estado todopoderoso.

El carlismo, fiel a su realismo, no cae en la ingenuidad del universalismo abstracto que desprecia las identidades concretas. Rechazar el racismo no implica defender un mundo homogéneo y desarraigado. Al contrario. El mismo Elías de Tejada distingue con claridad entre el racismo y el «amor a lo propio».

Amar las propias tradiciones, la historia de uno, las costumbres de la tierra de sus padres, es virtuoso y natural. Es el principio de subsidiariedad y foralidad que defendemos: cada comunidad debe tener el derecho a vivir según su peculiar modo de ser, dentro de la unidad superior de la Hispanidad y la Cristiandad. El error del racista está en convertir ese amor legítimo en un odio hacia lo diferente y en basar ese amor en un mito biológico en lugar de en una realidad cultural e histórica.

El Fuero es la garantía contra ambos extremos: contra el racismo (porque el fuero no se aplica por sangre, sino por pertenencia a una comunidad histórica) y contra el cosmopolitismo disolvente (porque protege y ampara las particularidades de cada pueblo frente a un poder central uniformizador).

En conclusión, la postura carlista ante el racismo es nítida y se alza con firmeza sobre dos pilares: La Fe Católica, que proclama la unidad de todos los hombres como hijos de Dios y redimidos por Cristo, y manda amarlos a todos con caridad, comenzando por los más próximos; y la Tradición Española, que muestra en su historia un modelo de integración de pueblos bajo la fe católica, creando una civilización universalista y mestiza, la Hispanidad, que es nuestra verdadera «raza espiritual», nuestra comunidad de destino.

Frente a la barbarie racista y frente a su espejo deformante —el individualismo universalista que todo lo homogeniza—, el Carlismo opone la doctrina de la Caridad y el Amor a las patrias concretas, vertebradas en la monarquía federal, foral y tradicional. Como escribió Elías de Tejada, el verdadero antídoto no es otro «ismo» revolucionario, sino la restauración de la Cristiandad: «Sólo el retorno a los principios de la civilización cristiana podrá curar a los hombres contemporáneos de la peste racista.»

Josep de Losports, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau

 

Bourcier (grabador) y Edmond Morin (dibujante): «An Auction of Enslaved People in Richmond». 1861. Grabado (coloreado posteriormente). 25,5 × 36,8 cm. En Le Monde Illustré, 23 de marzo de 1861.

 

dijous, 4 de setembre del 2025

Hispanidad frente a la Gran Sustitución

José Juárez: «Imagen y apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe». Óleo sobre lienzo. 1656. Monasterio de sor María Jesús de Ágreda, Ágreda (Soria).
 

 

Hispanidad frente a la Gran Sustitución


El problema de fondo es la apostasía de la mayoría de europeos, que han renegado de Cristo Rey. La reacción étnica o racial es un error y una concesión al enemigo. La respuesta carlista: la reconquista espiritual bajo la bandera de la Hispanidad, es decir, de la Cristiandad.


En los mentideros de la moderna Torre de Babel que pretenden construir los ingenieros sociales del globalismo, se nos acusa de alarmistas cuando señalamos la evidencia más palpable: España, y con ella toda Europa, se está suicidando.

No es una crisis económica o política lo que padecemos, sino una crisis religiosa, una apostasía de consecuencias civilizacionales. La llamada «inmigración masiva» no es la causa de nuestro mal, sino un síntoma letal de una enfermedad espiritual mucho más profunda.

La sustitución poblacional que avanza a marchas forzadas no se entiende desde parámetros raciales, sino religiosos y culturales. Es un error, y una concesión al enemigo, plantear la batalla en términos étnicos o raciales.

El problema de fondo es que Europa ha renegado de su alma, que es Cristo Rey. Lo dijo León XIII: al expulsar a Dios de la vida pública «se sigue tal diluvio de males que jamás había experimentado la humanidad tantos ni tan graves» (Sapientiae christianae, 1890). Hoy ese diluvio lo vemos en las calles de nuestras ciudades: desarraigo, nihilismo, inmigración masiva...

Como ya advirtiera el escritor Juan Manuel de Prada: «La inmigración masiva es utilizada como ariete para disolver las identidades nacionales y propiciar el advenimiento de un hombre-masa desarraigado, fácilmente manipulable por los poderes oligárquicos» (XL Semanal, 2018). Este "hombre-masa" es el producto final de una sociedad que ha expulsado a Dios de sus plazas, de sus leyes y de sus corazones.

La naturaleza aborrece el vacío. Un continente que ha tirado por la borda el legado de Roma y de Atenas; que ha convertido sus iglesias en museos y sus tradiciones en folklore para turistas; ese continente, inevitablemente, será ocupado por pueblos con fe (falsa), con convicciones (erróneas) y con una demografía vigorosa (y subvencionada por blancos europeos). Los musulmanes que llegan a nuestras costas no son el problema; son la consecuencia. El problema es la apostasía de los europeos que han preferido el becerro de oro del consumismo y el hedonismo en vez de a la Cruz que forjó nuestra civilización.

Monseñor Marcel Lefebvre ya señaló esta dinámica: «La reforma conciliar se inscribe en una voluntad de acomodación al mundo moderno… que conduce a la destrucción del Reino de Nuestro Señor». Esa destrucción, esa apostasía, abre la puerta a otros «reinos».

Frente a este panorama, algunos reaccionan planteando la batalla en términos étnicos o raciales (por no decir racistas o xenófobos), como los nacionalistas, los identitarios o los fascistas. Tal reacción no sólo es equivocada sino que alimenta al monstruo globalista, dandole más combustible para proseguir con la Gran Sustitución que aquellos pretenden combatir.

Quienes promueven esta reacción contraproducente ven en la Hispanidad un problema, o un vestigio de un pasado del que avergonzarse. Pero nada más lejos de la verdad. La Hispanidad sería parte de la solución. No la Hispanidad como una idea folklórica o un club de naciones liberales, sino la Hispanidad como Christianitas minor (Elías de Tejada): el resto de la antigua Cristiandad, es decir, católica, universal y misionera. La Hispanidad sería el antitóxico perfecto frente al globalismo sin alma que promueve la Gran Sustitución y también contra el racismo de quienes pretenden combatirla pero que, como tontos útiles, le hacen el juego. Mientras el proyecto europeo actual se basa en una burocracia voraz y en los mercados globalistas, el proyecto de la Hispanidad se cimentó, con sus luces y sus sombras, en la evangelización y en la creación de un espacio político unido por el Altar y el Trono.

Algunos nacionalistas o identitarios arguyen que la Hispanidad ya no existe, habiendo sido fagocitada por las sectas protestantes, por la mentalidad liberal y por la anticultura moderna (como el reageton). Pero ésas serían las consecuencias de una jerarquía Modernista que rechazó la predicación de Cristo para lanzarse a los brazos de una teología de falsa liberación, o para reducir la Fe al estrecho molde del mundo moderno. Son las consecuencias del modernismo conciliar que ellos mismos defienden, poniendo de nuevo «tronos a las causas y cadalsos a las consecuencias», en acertada sentencia de Vázquez de Mella. Un modernismo que, a pesar de lo que pueda parecernos hoy día, no prevalecerá.

La unidad religiosa es el más firme fundamento de la unidad política. La Hispanidad es ese espacio donde la integración no significa dilución en un multiculturalismo sin principios, sino adhesión a una comunidad superior de pueblos hermanados por una misma Fe y un mismo fin trascendente.

Debemos reabrir las puertas a la Gracia para revivir nuestra civilización. Debemos volver a las esencias que nos definieron: la Tradición, el Altar y el Trono. La Hispanidad, la Christianitas minor, no es un problema; es un faro que puede guiarnos de vuelta a puerto seguro en medio de esta tormenta que amenaza con hundir la nave de Occidente.

Por tanto, la respuesta carlista a la Gran Sustitución no es ni el repliegue xenófobo (como sostienen los  nacionalistas) ni el multiculturalismo relativista (como sostienen los globalistas), sino la reconquista espiritual. Reconquista bajo la bandera de la Hispanidad, es decir, bajo la Cruz.

Josep de Losports, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau

diumenge, 20 de juliol del 2025

¿Es sorprendente el caso de Torre Pacheco? El Ejido responde 25 años después


 

¿Es sorprendente el caso de Torre Pacheco? El Ejido responde 25 años después



Se aniquila día a día el espíritu de un pueblo tan plural como el hispano para poder acomodarlo a las necesidades de lo que sea la UE, auspiciada por la verdadera Babel



La modernidad se ha preguntado mucho por la caldeada de «integrar» a grupos «minoritarios» en sus sistemas políticos y económicos liberales. Claro ejemplo de ello ha sido el indigenismo americano, y en no pocos casos americanista (Testem Benevolentiae Nostrae, 1899). Pasadas ya las pasiones algunos etnólogos han reflexionado al amparo del caso mexicano de Aguirre Beltrán:


El predominio de la visión del indio como «integrante» de una «región de refugio» fue tal que quedó poco espacio para considerar otras situaciones donde la población indígena se desarrolla sin la orientación peculiar de las políticas indigenistas como los casos de colonos suburbanos, de migrantes y chicanos en Estado Unidos, de comerciantes indígenas ambulantes, de albañiles transmigrantes o, en especial, nuevas identidades que buscan en el pasado indio la fundamentación de sus actuales reivindicaciones.


Nos explicaba Pedro Arrieta (1997: 93), como ya se hace notar en el artículo, esta integración política por vía del socialismo —en el sentido de fundamentalistamente o monomaniacamente sociológica—, ha seguido hasta el presente en los debates sobre derecho sea en el ámbito hispanohablante (Krotz, 2014) así como el lusoparlante (De Soua Santos, 2009). No puede negarse que el «desarrollismo» ha recibido sus críticas, más solo para conducir a un «postdesarrollismo» tan vacuo o más, inclusive, que el anterior —pues ahora, de lo vacuo se da lugar a estructuras, instituciones, categorías endebles y pútridas—. Arturo Escobar era preguntado por Andreu Viola de forma inteligente y pese que era capaz de afirmar que «el desarrollo ha sido, más que todo, promovido y pensado desde la razón instrumental anglosajona», la postmodernidad —incluso al ecologista que se ha pretendido así misma más «realista» y menos conductivista— solo permite desear «nuevas formas de entroncarse con el desarrollo, donde se nutren, lo cultural, en formas que tiendan más hacia el mejoramiento de las condiciones de vida de la gente dentro de su propia perspectiva y autonomía cultural y política» (Viola, 1999: 150 y 148). En España no poco de esto llegó al amparo de antropólogos exiliados como Claudi Esteva Fabregat, quienes además se dedicaron a negar el trabajo de tantos otros como Francisco Elías de Tejada y sus trabajos etnológico-jurídicos, Julio Caro Baroja (1) y su multidisciplinariedad etnográfica sin parangón o el trabajo silencioso pero de altísima calidad de Valdés del Toro —cuya demencia en sus últimos años, intuimos, facilitó una excusa eugenésica—.
 

No obstante esto, Claudi Esteva Fabregat es un ejemplo insigne de un antropólogo liberal —kantiano en realidad— que desarrolla su teoría al amparo del «mito marxista» (de Tejada, 1969), y analiza el desarrollo de las «sociedades industriales» —al amparo las más de las veces de autores anglosajones que analizaron el fenómeno industrial a principios de siglo XIX como Maine, Smith o Spencer—. Sumidos como están en una «dialéctica sintética» entre tesis y antítesis de calces —en una reproducción que no pocos han acusado de maniqueísmo— se exige un perpetuo «biculturalismo» (Esteva Fabregat, 1984): civil e indio, hombre y mujer, adolescentes y adultos, dueños y no dueños de los medios de producción, etc. etc., y así mismo entre nacionales y extranjeros, o si se quiere entre «oriundos» y «arribados» o «inmigrados». Y así debe aspirarse a una «dialéctica sintética» entre ambos grupos que genere una «novedad». Es la definición de «utopía» desde Owen y tantos otros previos en realidad… la misma torre de Babel.
 

Así, lo que vemos ahora en Torre Pacheco (Murcia) me ha recordado a algo que leí hace ya casi una década en un manual de antropología económica: El Ejido, un experimento del capitalismo moderno, de Ubaldo Martínez Veiga, catedrático de antropología en la UAM española.
 

Ambas regiones viven de una economía agrícola asfixiada por los mercados internacionales; así mismo, las bolsas de mano de obra distribuidas en núcleos urbanos llevan a contratar mano de obra inmigrada de África, dada la precariedad por la que se hace este «trasplante de poblaciones» o «colonización interior», no se integran de modo alguno —no se bautizan, no aprenden el idioma, no se sienten implicados en al vida comunitaria negando la religión—, una explotación descarada de esta mano de obra por falta de protección legal y social en general —recordemos que el Estado no es el principio y fin de toda forma de derecho—.
 

En el año 2000, dos marroquíes apuñalaron a dos personas en El Ejido, matando a una de ellas. En las horas presentes, estamos «solamente« ante una paliza. Mientras que en al año 2000 no existían los medios de comunicación digitales que existen a día de hoy, se organizaron movilizaciones masivas. Resurgía así la Ley del Talión, que exigía sangre sin negar una parte que sencillamente se hubiera conformado con el viejo y demasiado infravalorado destierro.
 

Los dos son pasajes auspiciados por el liberalismo político y económico. Aquello que empezó por acusar «la sopa de los conventos» de miserable, ha llenado de miseria las calles, convirtiendo a las personas-humanas en miserables que buscan la violencia, el caos… donde ese consenso garantizado en la Villa y Corte —y por extensión en todas las capitanías autonómicas: Barcelona, Vizcaya, Sevilla, Zaragoza, Santiago (2), etc. etc.— cuesta ya no la «paz social», ya no el «estado de bienestar», ya no la «seguridad/opinión pública»… nada de eso. Lo que se pone en juego es la existencia misma de los pueblos que han habitado y habitan un territorio concreto. Se aniquila día a día el espíritu de un pueblo tan plural como el hispano para poder acomodarlo a las necesidades de lo que sea la UE, auspiciada por la verdadera Babel.


¿AUTHORITAS, NON VERITAS, FACIT LEGEM?

 

Artur J. Llinares, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau




Bibliografía:
 

ARRIETA, P. (1998). “Dinámica étnica, modernización y ritual e el medio rural de México”. En: Quaderns de l’isntitut Català d’Antropologia. Nº 10. Pp.: 93-120.
 

CARO BAROJA, Julio (1974). “El hombre de campo y el campesino como objetos de especulación política”. En: De la superstición al ateísmo. Meditaciones antropológicas. Madrid: Taurus. Pp.: 123-148.
 

DE SOUSA SANTOS, B. (2009). Sociología jurídica crítica. Para un nuevo sentido común en el derecho. Madrid: Trotta, Bogotá: Lisa.
 

ELÍAS DE TEJADA (1969). “El mito del marxismo”. En: AA.VV. Los mitos actuales. Actas de la VIII Reunión de Amigos de la Ciudad Católica, celebrada en Barcelona en el Instituto Filosófico La Balmesiana, los días 1, 2 y 3 de noviembre de 1968. Pp.: 175-.194. Madrid: Speiro.
 

ESTEVA FABREGAT, C. (1984). Estado, etnicidad y biculturalismo. Barcelona: ediciones península.
(2018). Formas expresivas en antropología. México: Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones antropológicas y El colegio de Jalisco.
 

KROTZ, Esteban (2014) (Ed.). Antropología jurídica: perspectivas socioculturales en el estudio del derecho. Barcelona: editorial Anthropos.
 

MARTINEZ VEIGA, U. (2011). “El Ejido, un experimento del capitalismo moderno”. En: Paz Moreno Feliu (ed.). Entre las gracias y el molino satánico. Antropología económica. Madrid: UNED. Pp.: 339-343.

 

 

Notas:

(1)  Quien puede olvidar a Claudi Esteva afirmando que “surgió la etnohistoria como un resultado de la dinámica propia de la formación de antropólogos mexicanos” (2010: 13) arrumbando, porque no tiene otro nombre, primero de todo la producción de cientos de misioneros y eruditos de las Américas hispanas; pero ya depuse autores como Caro Baroja. Yo mismo, he de reconocer que me acerqué al carlismo pro este descendiente de la ilustre y anticlerical familia… este decía en sus años de vejez: “Sin duda, pensaba yo al conocer la base de esta discusión violenta, los carlistas de mi infancia eran unos terribles revolucionarios. Las tensiones son fuertes en cada pueblo que está dentro de un área de éstas llamadas de «desarrollo»” (véase todo el artículo, porque no tiene desperdicio: Caro Baroja, 1974: 145): Los carlistas no cedemos ¿Lo harán las Españas?

(2)  Véase el artículo de La Razón -desprendido de un informe general- sobre las aguas residuales de la ciudad que indican que “El análisis de aguas residuales establece que la cocaína y el cannabis son las más usadas en la capital gallega, apareciendo por primera vez la ketamina”. Véase en: << https://www.larazon.es/galicia/secretos-ocultos-aguas-santiago-drogas-consumo-nuevas-sustancias-p7m_2025032067dbfb23b425ef0001e4dbc5.html >>.