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dimecres, 25 de març del 2026

Els dies morats d’Antoni Gaudí




Els dies morats d’Antoni Gaudí


Sacrifici i penitència, la quaresma de 1894



El contemporani Jordi Elías assegura en un breu fragment de la seva obra biogràfica, dedicat a la vida amorosa de l’arquitecte, que, en un determinant moment, potser precipitat per la frustració o per la soledat, el sentiment amorós d’en Gaudí es transformaria en una vida religiosa d’una gran intensitat.

Si bé nosaltres defensem —com també sosté Cèsar Martinell— que el fervor del nostre beat no es pot reduir a una suposada conversió interessada per a cobrir-se de la necessitat, iniciem l’article amb aquesta afirmació perquè, en certa manera, recull amb encert la naturalesa del sentiment religiós d’Antoni Gaudí, intens com la més noble de les passions humanes.

No essent l’objectiu d’aquestes notes, aprofitem l’avinentesa, esbossada aquesta transició vital, per a dedicar unes paraules a la polèmica joventut del venerable arquitecte. L’any 1870, l’arqueòleg Eduard Toda, amb una participació no definida d’Antoni Gaudí, elabora un manifest de joventut per a la restauració del Reial Monestir de Santa Maria de Poblet —destruït amb l’exclaustració i la desamortització de Mendizábal.

En el seu preàmbul s’expressa, a malgrat d’aquesta noble intenció de restauració, un dipòsit d’idees progressistes i anticlericals propietat de l’època.  

 

«Poblet debe ser restaurado, sí; no debe volver a morar en él este ominoso poder de buitres que un día devoraron la conciencia del pueblo hispano para así ahogar el recuerdo de sus maldades, debe, para que forme singular contraste con sus antiguos días, ser erigido en sublime templo de la humanidad donde las ciencias y las artes tengan sus museos y academias.»

Si bé les paraules d’aquestes línies de significat dubtós —puix l’autor assenyala, posteriorment, en el cos del text, que si el Monestir fora ocupat per un grapat de monjos, aquest podria recuperar el goig del seu passat—, no es poden pas atribuir directament a en Gaudí —que endemés havia recollit per a si mateix alguns llibres pietosos de la biblioteca—, sorprèn trobar-hi lligat el seu nom, avui venerable.   

És ben coneguda també la sospitosa participació de Gaudí en les tertúlies nocturnes, anticlericals, que algú ha anomenat també de maçòniques, en una taula arraconada, en el Café Pelayo.

 

«[Gaudí] Era tan apasionadamente anticatólico que no vacilaba ante las más vocingleras manifestaciones de anticlericalismo. Parándose, por ejemplo, a la puerta de las iglesias para increpar los fieles con el grito entonces muy elocuente de borregos».



L’afirmació, d’en Feliu Elías, és interpretada i sentenciada per Martinell:

 

«Es posible que en lo transcrito el autor, como caricaturista que era y poco creyente —el mateix Elías es riuria de la posterior religiositat de Gaudí bo i dient que Nostre Senyor l’havia castigat amb la fe— hubiese cargado la nota irreligiosa, lo del rito nocturno blasfematorio, en una tertulia que frecuentaban a veces el canónigo Collel y el sacerdote Verdaguer, resulta caricaturesco.»

«Si existieran estas etapas antirreligiosas en el orden sobrenatural, la religiosidad de después tiene más valor. Al buen pastor y al padre del hijo pródigo les alegra más el retorno de la oveja perdida que la permanencia de las otras reses en el redil.»

«No sabemos el tiempo que duró esta etapa de su juventud ni se le conoce otra manifestación anticlerical que las ya referidas. […] Doy por seguro que Gaudí nunca se sintió desconectado de la religión.

La turbonada anticlerical fue cosa superpuesta que pudo adormecer, pero no extirpar los principios de la fe que Gaudí había heredado de sus mayores y fomentado en los años de la infancia y adolescencia, que suelen dejar huella en la vida.» 



Tot això —que per a Martinell era producte de l’atracció intel·lectual que les idees modernes del progrés i de la llibertat havien de produir naturalment en la joventut d’una ànima bondadosa— no té gaire entitat ni evidència. És cert que existeixen aquests testimonis —i, per tant, certa incertesa—, però, damunt d’aquests relats no s’hi poden asseure les afirmacions agosarades que acusen la joventut de Gaudí d’anticlerical i descreguda.

Joaquim Bassegoda —company d’estudi d’en Gaudí, testimoni sòlid— afirma que mai l’havia sentit parlar malament de la religió i que aquest mai havia interromput la participació en els sagraments a la Catedral de Barcelona.

El sentiment i la pràctica religiosa li foren sempre dominants, hagués participat de més o de menys en aquest moment d’agitació social. La vida i l’obra, privada o pública, que ocupen tota la maduresa de l’arquitecte, demostren una fe sòlida i contundent.

···


Relatem, d’endavant, un episodi poc conegut de la vida d’en Gaudí.

El beat era un solemne defensor de la mortificació corporal, bressol de l’alegria de l’ànima, i va contenir la seva vida amb els cinyells de l’esforç extrem, la sobrietat del menjar i l’exercici corporal.

 

«Cal estar ocupat tot el dia, intel·lectualment i manualment, caminant i fent exercici, tot a proporció de les forces que es tenen. Així es dorm tota la nit completa, i això és l’equilibri, la compensació, la vida. [···] Cal menjar, dormir i abrigar-se solament el necessari i fins que en sentim la necessitat». 



Ens servim del relat dels seus més propers col·laboradors, per a mostrar l’exemple més extrem d’aquesta convicció, la rigorosa mortificació dels dies morats de 1894. El 24 de març de 1951, al Diario de Barcelona, Ricard Opisso publica:

«Fue allá por los días de la cuadragésima de 1894 cuando nuestro arquitecto hacía ya unos días que no se acercaba por las obras. Sufría un agotamiento físico por haberse impuesto una demasiada rigurosa e inquebrantable abstinencia, junto con el cansancio que padecía hacía algún tiempo debido a sus intensas actividades e ingentes esfuerzos para poder llevar a cabo sus recientes y simultáneas construcciones.

Por aquellos días de Cuaresma de dicho año, el arquitecto quiso gozar las dulzuras de la contemplación, extremando con demasiado rigor la dieta cuadragesimal, más de lo que la iglesia prescribe, consagrándose por entero los ejercicios del espíritu y a las prácticas de la devoción, con serio quebranto de su salud. Su atribulado padre, a la sazón ya septuagenario, fue en busca del doctor Santaló, su fraternal amigo, todo fue en vano.

Así es que el bueno de su colaborador, el señor Berenguer iba a visitarlo casi a diario en su domicilio de la calle Diputació, para consultarle mil detalles respecto de sus obras. Tanto se fue agravando el señor Gaudí en su enfermedad que al fin todos los que formábamos el equipo técnico, que, dicho sea de paso, lo considerábamos poco menos que un dios, decidimos ir a visitarlo un domingo inicial de Semana Santa. Una vez hubimos llamado a la puerta de aquel cuarto piso, nos salió a abrir una jovencita de voz cantarina y cautivante, muy vivaracha y decidida a la vez. Al punto, y sin anunciar nuestra visita, nos hizo pasar a la habitación del señor Gaudí. Mas al llegar al umbral pronto nos detuvimos sin osar entrar. Tan mala fue la impresión que nos causó aquel mísero aposento, tan pelado y pobre de muebles estaba que incluso para hacer más inhóspito el ambiente de sus paredes pendían a trizas y a jirones grandes desempapaleduras del desteñido y mohoso papel con el orden tajante del señor Gaudí de que no se tocara para nada.

He dicho tan pelado y pobre de muebles, mas yo no sé hasta qué punto pueden llamarse muebles a un pobre camastro y a un liviano e inconfortable sofá de los llamados de Viena, de caracoleadas curvas, con el respaldo y el asiento de rejilla, que, a juzgar por la baraúnda de enredos y chirimbolos que en él había, servía de mesita de noche y de perchero a la vez. Recuerdo también que dentro de aquel revoltijo de cosas se veían varios números del periódico La Renaixença, además de un pequeño ejemplar del Kempis, su pasto espiritual. Y como presidiendo toda aquella ficticia miseria, encima del respaldo del sofá se veía un pequeño crucifijo sin valor artístico ninguno, con un termómetro al lado.

A todo esto la figura de Gaudí yacía postrada en aquel mísero camastro, con las manos blancas y enjuntas, todas piel y hueso, cruzadas sobre el pecho, pero no metido entre las sábanas como era de suponer, sino tendido encima de ellas y como si quisiera ir al cielo vestido y calzado.

Mas, a decir verdad, nunca como en aquellos instantes vi en el semblante exangüe de Gaudí, tanta nobleza y majestad de santo. Aquella su cabeza aureolada con el pelo y la barba de un rubio azafranado, con la boca entreabierta y entornados los ojos, aquellos sus ojos azules de reflejos metálicos y aquellas facciones tan finas como talladas a cincel, resultaban una cosa verdaderamente impresionante. Sin duda contribuía a ello que, no habiendo ni cortinajes ni visillos en el balcón, la luz entraba a raudales dando de lleno en su figura y dorando su semblante, más esclarecido por el resplandor que salía de su interior de su alma, de santo que por la luz que recibía de fuera. Por otra parte, tan absorto estaba, que daba la impresión de que ni los bríos de aquella vivaracha y desenvuelta sobrina en la irrupción nuestra no le importaban para nada, como si no nos viera y no estuviera con sus sentidos en la tierra, como muriéndose de no morir como nuestra santa Teresa de Jesús, en la expresión de su semblante se adivinaba un no sé qué de misterio, algo fuera del tiempo y del espacio.

Ante el temor de un desenlace fatal, el señor Rubió y el señor Berenguer decidieron ir en busca de su más entrañable amigo, el doctor Torras y Bages, que a la sazón vivía a dos pasos de allí, o sea, en el pasaje de Permanyer. Se dio la feliz casualidad de que lo encontraron en casa. Al poco rato aquel sabio sacerdote estaba en presencia de Gaudí. Eran de oír las atinadas reflexiones que, con gran interés, profundidad y piedad, salían de los labios de aquel otro santo varón y sabio filósofo a la vez.

Tras aquellas palabras de tan prelado sacerdote, dichas con afable y sublime llaneza, pero al mismo tiempo llenas de prudencia y alto juicio, comprendimos, tanto por la expresión de su semblante como por su respirar, que en el interior de Gaudí se libraba una batalla íntima entre continuar su sacrificio y expansión hacia Dios o bien obedecer las razones del sabio doctor, llenas de amor real y humano, al propio tiempo que ungidas de espiritualidad y divinas inspiraciones. Por fin nuestro genial arquitecto, apreciando todo el valor que contenían, reaccionó como por milagro de aquel profundo sopor en que había estado sumido y una expresión de sumo agradecimiento iluminó su semblante».


Acabem amb les paraules que el venerable Torras i Bages va pronunciar en aquel momento, recollides per Opisso, a la seva amistat, Antoni Gaudí:

«Bon amic Antoni, tot i que el sacrifici és sempre l’acte més heroic i meritori, per assolir la vida eterna, no per això és precís turmentar-se d’aquesta manera. La vida és curta i passa aviat! Un home no l’ha d’abandonar a la pròpia voluntat, sinó per la de Déu. I amb més raó en el vostre cas, que teniu la missió assenyalada en aquesta terra de dur a terme l’obra començada per desig de Déu i per a nodriment espiritual dels cristians».

«El sacrifici és l’única cosa fructífera».
—Antoni Gaudí


Dr. Pere Pau, Círcol Tradicionalista de Barcelona Ramon Parés y Vilasau.


*****




Los días de morado de Antoni Gaudí


Sacrificio y penitencia, la Cuaresma de 1894



El contemporáneo Jordi Elías asegura en un breve fragmento de su obra biográfica, dedicado a la vida amorosa del arquitecto, que, en un momento determinante, quizás precipitado por la frustración o por la soledad, el sentimiento amoroso de Gaudí se transformaría en una vida religiosa de una gran intensidad.

Si bien nosotros defendemos —como también sostiene Cèsar Martinell— que el fervor de nuestro venerable no se puede reducir a una supuesta conversión interesada para cubrirse de la necesidad, iniciamos el artículo con esta afirmación porque, en cierto modo, compilación con acierto la naturaleza del sentimiento religioso de Antoni Gaudí, intenso como la más noble de las pasiones humanas.

No siendo el objetivo de estas notas, aprovechamos la ocasión, esbozada esta transición vital, para dedicar unas palabras a la polémica juventud del venerable arquitecto. El año 1870, el arqueólogo Eduard Toda, con una participación no definida de Antoni Gaudí, elabora un manifiesto de juventud para la restauración del Real Monasterio de Santa Maria de Poblet —destruido con la exclaustración y la desamortización de Mendizábal.

En su preámbulo se expresa, a pesar de esta noble intención de restauración, un depósito de ideas progresistas y anticlericales propiedad de la época.

«Poblet debe ser restaurado, sí; no debe volver a morar en él este ominoso poder de buitres que un día devoraron la conciencia del pueblo hispano para así ahogar el recuerdo de sus maldades, debe, para que forme singular contraste con sus antiguos días, ser erigido en sublime templo de la humanidad donde las ciencias y las artes tengan sus museos y academias.»


Si bien las palabras de estas líneas de significado dudoso —pues el autor señala, posteriormente, en el cuerpo del texto, que si el Monasterio fuera ocupado por un puñado de monjes, este podría recuperar el gozo de su pasado—, no se podan atribuir directamente a Gaudí —quien, además, había recogido para sí mismo algunos libros piadosos de la biblioteca—, sorprende encontrar ligado su nombre, hoy venerable.

«[Gaudí] Era tan apasionadamente anticatólico que no vacilaba ante las más vocingleras manifestaciones de anticlericalismo. Parándose, por ejemplo, a la puerta de las iglesias para increpar los fieles con el grito entonces muy elocuente de borregos».


La afirmación, de Feliu Elías, es interpretada y sentenciada por Martinell:

«Es posible que en lo transcrito el autor, como caricaturista que era y poco creyente —el mismo Elías se reiría de la posterior religiosidad de Gaudí diciendo que Nuestro Señor le había castigado con la fe— hubiese cargado la nota irreligiosa, lo del rito nocturno blasfematorio, en una tertulia que frecuentaban a veces el canónigo Collel y el sacerdote Verdaguer, resulta caricaturesco.»

«Si existieran estas etapas antirreligiosas en el orden sobrenatural, la religiosidad de después tiene más valor. Al buen pastor y al padre del hijo pródigo les alegra más el retorno de la oveja perdida que la permanencia de las otras reses en el redil.»

«No sabemos el tiempo que duró esta etapa de su juventud ni se le conoce otra manifestación anticlerical que las ya referidas. […] Doy por seguro que Gaudí nunca se sintió desconectado de la religión.

La turbonada anticlerical fue cosa superpuesta que pudo adormecer, pero no extirpar los principios de la fe que Gaudí había heredado de sus mayores y fomentado en los años de la infancia y adolescencia, que suelen dejar huella en la vida.»


Lo antedicho —que para Martinell era producto de la atracción intelectual que las ideas modernas del progreso y de la libertad tenían que producir naturalmente en la juventud de una alma bondadosa— no tiene mucha entidad ni evidencia. Es cierto que existen estos testigos —y, por lo tanto, cierta incertidumbre—, pero, encima de estos relatos no se pueden sentar las afirmaciones osadas que acusen la juventud de Gaudí de anticlerical y descreída.

Joaquim Bassegoda —compañero de estudio de Gaudí, testigo sólido— afirma que nunca lo había oído hablar mal de la religión y que este nunca había interrumpido la participación en los sacramentos a la Catedral de Barcelona.

El sentimiento y la práctica religiosa le fueron siempre dominantes, hubiera participado de más o de menos en este momento de agitación social. La vida y la obra, privada o pública, que ocupan toda la madurez del arquitecto, demuestran una fe sólida y contundente.

***

Relatamos, a continuacón, un episodio poco conocido de la vida de Gaudí.

El venerable era un solemne defensor de la mortificación corporal, cuna de la alegría del alma, y contuvo su vida con los cinturones del esfuerzo extremo, la sobriedad de la comida y el ejercicio corporal.

«Hay que estar ocupado todo el día, intelectualmente y manualmente, andando y haciendo ejercicio, todo a proporción de las fuerzas que se tienen. Así se duerme toda la noche completa, y esto es el equilibrio, la compensación, la vida. [···] Hay que comer, dormir y abrigarse solo el necesario y hasta que sentimos la necesidad.»


Nos servimos del relato de sus más próximos colaboradores, para mostrar el ejemplo más extremo de esta convicción, la rigurosa mortificación de los días morados de 1894. El 24 de marzo de 1951, en el Diario de Barcelona, Ricard Opisso publica:
 

«Fue allá por los días de la cuadragésima de 1894 cuando nuestro arquitecto hacía ya unos días que no se acercaba por las obras. Sufría un agotamiento físico por haberse impuesto una demasiada rigurosa e inquebrantable abstinencia, junto con el cansancio que padecía hacía algún tiempo debido a sus intensas actividades e ingentes esfuerzos para poder llevar a cabo sus recientes y simultáneas construcciones.

Por aquellos días de Cuaresma de dicho año, el arquitecto quiso gozar las dulzuras de la contemplación, extremando con demasiado rigor la dieta cuadragesimal, más de lo que la iglesia prescribe, consagrándose por entero los ejercicios del espíritu y a las prácticas de la devoción, con serio quebranto de su salud. Su atribulado padre, a la sazón ya septuagenario, fue en busca del doctor Santaló, su fraternal amigo, todo fue en vano.

Así es que el bueno de su colaborador, el señor Berenguer iba a visitarlo casi a diario en su domicilio de la calle Diputació, para consultarle mil detalles respecto de sus obras. Tanto se fue agravando el señor Gaudí en su enfermedad que al fin todos los que formábamos el equipo técnico, que, dicho sea de paso, lo considerábamos poco menos que un dios, decidimos ir a visitarlo un domingo inicial de Semana Santa. Una vez hubimos llamado a la puerta de aquel cuarto piso, nos salió a abrir una jovencita de voz cantarina y cautivante, muy vivaracha y decidida a la vez. Al punto, y sin anunciar nuestra visita, nos hizo pasar a la habitación del señor Gaudí. Mas al llegar al umbral pronto nos detuvimos sin osar entrar. Tan mala fue la impresión que nos causó aquel mísero aposento, tan pelado y pobre de muebles estaba que incluso para hacer más inhóspito el ambiente de sus paredes pendían a trizas y a jirones grandes desempapaleduras del desteñido y mohoso papel con el orden tajante del señor Gaudí de que no se tocara para nada.

He dicho tan pelado y pobre de muebles, mas yo no sé hasta qué punto pueden llamarse muebles a un pobre camastro y a un liviano e inconfortable sofá de los llamados de Viena, de caracoleadas curvas, con el respaldo y el asiento de rejilla, que, a juzgar por la baraúnda de enredos y chirimbolos que en él había, servía de mesita de noche y de perchero a la vez. Recuerdo también que dentro de aquel revoltijo de cosas se veían varios números del periódico La Renaixença, además de un pequeño ejemplar del Kempis, su pasto espiritual. Y como presidiendo toda aquella ficticia miseria, encima del respaldo del sofá se veía un pequeño crucifijo sin valor artístico ninguno, con un termómetro al lado.

A todo esto la figura de Gaudí yacía postrada en aquel mísero camastro, con las manos blancas y enjuntas, todas piel y hueso, cruzadas sobre el pecho, pero no metido entre las sábanas como era de suponer, sino tendido encima de ellas y como si quisiera ir al cielo vestido y calzado.

Mas, a decir verdad, nunca como en aquellos instantes vi en el semblante exangüe de Gaudí, tanta nobleza y majestad de santo. Aquella su cabeza aureolada con el pelo y la barba de un rubio azafranado, con la boca entreabierta y entornados los ojos, aquellos sus ojos azules de reflejos metálicos y aquellas facciones tan finas como talladas a cincel, resultaban una cosa verdaderamente impresionante. Sin duda contribuía a ello que, no habiendo ni cortinajes ni visillos en el balcón, la luz entraba a raudales dando de lleno en su figura y dorando su semblante, más esclarecido por el resplandor que salía de su interior de su alma, de santo que por la luz que recibía de fuera. Por otra parte, tan absorto estaba, que daba la impresión de que ni los bríos de aquella vivaracha y desenvuelta sobrina en la irrupción nuestra no le importaban para nada, como si no nos viera y no estuviera con sus sentidos en la tierra, como muriéndose de no morir como nuestra santa Teresa de Jesús, en la expresión de su semblante se adivinaba un no sé qué de misterio, algo fuera del tiempo y del espacio.

Ante el temor de un desenlace fatal, el señor Rubió y el señor Berenguer decidieron ir en busca de su más entrañable amigo, el doctor Torras y Bages, que a la sazón vivía a dos pasos de allí, o sea, en el pasaje de Permanyer. Se dio la feliz casualidad de que lo encontraron en casa. Al poco rato aquel sabio sacerdote estaba en presencia de Gaudí. Eran de oír las atinadas reflexiones que, con gran interés, profundidad y piedad, salían de los labios de aquel otro santo varón y sabio filósofo a la vez.

Tras aquellas palabras de tan prelado sacerdote, dichas con afable y sublime llaneza, pero al mismo tiempo llenas de prudencia y alto juicio, comprendimos, tanto por la expresión de su semblante como por su respirar, que en el interior de Gaudí se libraba una batalla íntima entre continuar su sacrificio y expansión hacia Dios o bien obedecer las razones del sabio doctor, llenas de amor real y humano, al propio tiempo que ungidas de espiritualidad y divinas inspiraciones. Por fin nuestro genial arquitecto, apreciando todo el valor que contenían, reaccionó como por milagro de aquel profundo sopor en que había estado sumido y una expresión de sumo agradecimiento iluminó su semblante».


Acabamos con las palabras que el venerable Torras y Bages pronunció en aquel momento, recogidas por Opisso, a su amigo, Antoni Gaudí:

«Buen amigo Antoni, a pesar de que el sacrificio es siempre el acto más heroico y meritorio, para lograr la vida eterna, no por eso es preciso atormentarse de este modo. La vida es corta y pasa pronto! Un hombre no lo tiene que abandonar a la propia voluntad, sino por la de Dios. Y con más razón en vuestro caso, que tenéis la misión señalada en esta tierra de llevar a cabo la obra empezada por deseo de Dios y para nutrimento espiritual de los cristianos».

 

«El sacrificio es la única cosa fructífera».
—Antoni Gaudí


Dr. Pere Pau
, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau.

 

 

divendres, 27 de febrer del 2026

De Babilonia a Roma (XVII): Hoy toca Yoga


 

De Babilonia a Roma (XVII): Hoy toca Yoga


La compasión y el servicio son algo bueno, siempre y cuando estén ordenados a Dios. Sin orden, lo único que ahí había era cierta vanidad o soberbia, enmascarada por un afán de consolar a mi desolada compañera. Y en ese ayudar, el vacuo orgullo, asomaba la patita debajo de la puerta.



La Nueva Era es como una telaraña que con paciencia se va tejiendo sin que te des cuenta. Soberbia e ignorancia son los ingredientes que el Enemigo utiliza. Dicho desde otra perspectiva, tú vas tejiendo un entramado en el que te vas a quedar atrapado. Sin apenas saberlo ni sospecharlo. En ese tejer, se usan distintas hebras, como los distintos ingredientes de la indigesta ensalada que te describí en alguna de las entregas. El enemigo consigue que cada cual pavimente la senda que lo lleva a su propia condenación. Con la alegría vacía de quien ignora, no por desidia, sino por obstinación.

Una de las hebras más potentes que usé fue el yoga con todos sus satélites, variantes, derivadas y combinaciones. El título de esta entrega dice que hoy toca yoga, pero con un solo escrito no basta, quedas avisado. El yoga llenó mucho espacio en mi particular telaraña, puede que se fueran sucediendo distintas hebras, que iba desechando por inútiles, como pasó con el curso de Milagros o el reiki, por ejemplo. El yoga permanecía siempre y me sostuvo económicamente unos doce años. Tuve, no uno sino tres centros, exitosos, de referencia. El cierre fue un estrepitoso golpe para mis alumnos. Pero no quiero dar un salto en el tiempo tan brusco. No todavía.

Me debato si contar lo que es el yoga o cómo me inicié. Me decido por esto último. Quizá sea más liviano de contar y pueda inspirarte para entender que, en las trampas del enemigo, se cae de la forma más tonta. Ignorancia, ¿recuerdas? Pretendo con este relato desenmascarar el patrón que subyace. El enemigo siempre lo utiliza, ya sea en la new age o en la toma de cualquier decisión.

Ten en mente, la ignorancia; hace unas líneas te lo he advertido. Sin olvidar la misión de servicio, querer ser útil y necesitar pertenecer. Ignorancia, soberbia, herida y virtud. Los ingredientes que el enemigo maneja con maestría de trilero.

 A riesgo de ser repetitiva, te recuerdo que el Enemigo aprovecha nuestra debilidad y heridas así como nuestros aspectos más virtuosos.  Dios, de lo malo, hace lo bueno; el enemigo recorre el camino contrario, de lo bueno, lo malo. Y justo en este momento bajísimo y oscuro de mi vida entró, por la puerta de atrás, el yoga. Como un caballo de Troya virtuoso. Cuando me recuperaba de la muerte repentina de mi madre, murió mi hermana menor, con treinta y tres años. El mes de agosto de 2002 fue terrible. En un mes nos dejó, sus tres hijos demasiados pequeños no entendían nada y yo me morí un poco también. Aunque no lo sabía. Sobrellevar tanto dolor, pretender hacerlo solo, trae terribles consecuencias.

 Ante la devastación en general, yo escogí el papel familiar de sostenedora, la que con serenidad aguanta, a pesar de que la procesión iba por dentro. Ese aguantar fue ineficaz, se rompieron todas las costuras y todo se desbordó. Nadie se daba cuenta, tampoco yo. Al mes de morir Mireia, llegó la separación de un matrimonio realmente triste del cual ahora mismo no voy a hablar, pero lo haré. Si la muerte de mi hermana fue dura, no puedes ni imaginar lo que fue la separación. Me quedé sola, aislada, mi familia me abandonó, me dejó a mi suerte. El pueblo entero hablaba del escándalo que iba creciendo conforme el chisme se hacía más grande. Eso te lo cuento, por algo que vendrá más adelante.

Decidí ponerme en pie, recuperar la dignidad que mi familia y la comunidad me arrebató y la busqué en mi profesión. Ni te imaginas lo duro que trabajaba en aquellos tiempos, como abogada. Hacía guardias como si no hubiera un mañana y cuando ante la puerta de la sala de juicios me llamaban «señora letrada», me sentía digna; la toga negra también ayudaba a dar más credibilidad a esa dignidad que buscaba desesperadamente. Como si la dignidad la otorgara la profesión, menuda ingenuidad. La toga, la reputación en los juzgados operaron como un redentor ineficaz. La cuestión es que funcionaba, el enemigo da oxígeno cuando lo estima necesario. Una trampa mortal.

Empezó una nueva etapa. También conseguí un trabajo como profesora en la Escuela de Policía de Catalunya, detalles que compartiré en otro momento. Bien, éste era el escenario en el que me movía como podía. En todo este ajetreo, hacía deporte, iba al gimnasio, cerca de mi despacho en Barcelona. El movimiento me ha salvado de la locura o la depresión en no pocas ocasiones. Llevar mi atención al cuerpo, me permitía enfocarme en el presente y no tanto en mis pensamientos erráticos. La ansiedad y la tristeza se calmaban con el ejercicio. De hecho, es pura ciencia, no es magia.  

Por otro lado, los libros de autoayuda, como puedes suponer, seguían apareciendo como por arte de ensalmo en mi vida. Los devoraba buscando consuelo, rebuscando en el interior de mi psique el fallo, la tara que impedía mi felicidad.

Un viernes de una tarde de septiembre, recuerdo como si fuera ahora, hablábamos las compañeras de despacho sobre la muerte. Los viernes por la tarde son muy distendidos en los despachos de abogados. Yo, tenía cierta experiencia sobre la muerte, por desgracia. Una de ellas me hizo callar, «Ay Lali, que yuyu, dejemos el tema».  Al domingo siguiente, a la hora de la siesta, una llamada de una de las compañeras rompió el letargo: «que raro —pensé— quizá necesita que mañana le haga un juicio o algo…» Ni mucho menos, llorando me comunicó que el marido de la otra compañera acababa de morir repentinamente. Tenía 40 años.

Cogí el coche y como loca, veloz, me planté en su casa. Estaba fuera de sí. No lloraba, aullaba. En uno de los momentos de lucidez me dijo que me necesitaría, y yo sellé mi incondicional ayuda y sostén. Faltaría más. Obviamente quería ayudarla en un momento así, sobre la muerte y duelo, algo sabía. Tere, que hacía tres días le daba yuyu hablar de la muerte, debía lidiar con ella, le diera yuyu o no. Se encontraba sin herramientas. Su fe ni tan siquiera asomó para dar un mínimo de consuelo, con lo que empezó a probar, desesperadamente todo tipo de cosas: reiki, ayurveda, péndulo y finalmente, yoga.

Una tarde llegó radiante al despacho y me dijo: «Lali, me tienes que acompañar, te va a encantar, ya verás que paz». Y Lali, o sea yo, la acompañé, como cabía esperar.

Confieso que el yoga nunca me llamó la atención ni tan siquiera el nombre me parecía atrayente. El gimnasio me daba todo lo que necesitaba y el yoga lo sentía de alguna forma, raro. Era una práctica de personas frikies. No sé porqué, pero me resultaba antipático. Ahí el Espíritu Santo estaba pronto, pero yo preferí ayudar a Tere. A mi manera, no a la de Dios.

Fíjate, el Enemigo escogió uno de mis peores momentos para actuar con total impunidad, y a la vez se valió de algo bueno, mis ganas de ayudar y ser útil. La compasión y el servicio son algo bueno, siempre y cuando estén ordenados a Dios. Sin orden, lo único que ahí había era cierta vanidad o soberbia, enmascarada por un afán de consolar a mi desolada compañera. Y en ese ayudar, el vacuo orgullo, asomaba la patita debajo de la puerta.

Bien hubiera podido ser como el amigo que acompaña al inválido postrado en la camilla, abriendo el techo para que Jesús lo sanara. O, ¿por qué no el amigo del ciego para presentarlo a Jesús para que recobre la vista? Pues no, no fui este tipo de amiga, sino que me desparramé en la camilla, sin saberlo, para hundirnos las dos un poco más. Y me instalé en la ceguera junto a ella. Así actúa el enemigo, de lo bueno, hace lo malo.

 Y ya nos tienes, a Tere y a mí, a la hora de comer, bajando al Raval de Barcelona donde el yogui en cuestión me iba a guiar a la paz y beatitud. Parece mentira las malas decisiones que tomamos cuando no tenemos discernimiento ni la razón en buen estado. El supuesto centro de yoga se encontraba en el típico antiguo Barrio Chino barcelonés. Compartía rellano con una suerte de Pensión Lolita, por llamarlo de alguna forma eufemística. Cutre se queda corto, como palabra. El lugar era sórdido, el yogui, un hombre entrado en sus 60, no era el prototipo que yo ni esperaba y menos imaginaba. Parecía un empleado de banca jubilado, y mal encaminada no iba. Era profesor de autoescuela en chandal.

¿Puedes imaginar el cuadro? Era grotesco. Mi sensibilidad estética que busca la belleza se derrumbó. Hice de tripas corazón y me senté obedientemente, cerré los ojos y me dejé llevar. Lo que estaba en juego era mi amiga, no mi disgusto por el lugar ni por el profe de autoescuela yogui. Parece un meme. A pesar de lo ridículo y cutre, hay que decir que me sentí bien. Tampoco era tan complicado, me gusta el movimiento y la espiritualidad era y es el motor de mi vida. ¿Qué podría salir mal? Pues todo, en realidad. Me inscribí, junto a Tere. Estaba entusiasmada, por doble razón, por ayudar y por haber descubierto una unión sorprendente, cuerpo y espíritu: yoga.

Esta entrega iba de yoga. Pero también te he contado un montón de experiencias vitales, que leyéndolas de nuevo tienen más miga y enjundia de lo que a priori parece. De ahí se derivan no pocas hebras de mi telaraña particular. Y muy relevantes de hecho. Ya lo comprobarás. Ahora me debato si tirar de esos hilos o seguir con la explicación del yoga a la siguiente entrega.

Te dejo con la incógnita porque ni yo misma sé por dónde voy a tirar. De lo que sí podemos estar seguros, tú, querido lector y yo, que de yoga voy a escribir mucho más. De momento, basta meditar con las estrategias del enemigo para hacernos caer sin que nos demos cuenta, ni sospechemos.

¡Qué buena me sentía ayudando! ¡Cuánta paz después de las clases! ¡Bendita conexión con el Universo! A estas alturas, ya sabemos qué es este Universo, ¿no?
 
Continuaré relatando el demente tejido que en cada entrega se volverá más y más caótico. ¡Que Dios nos asista!

Eulàlia Casas
, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau


divendres, 13 de febrer del 2026

De Babilonia a Roma (XVI): Los libros de autoayuda y la dictadura de la felicidad


 

De Babilonia a Roma (XVI): Los libros de autoayuda y la dictadura de la felicidad


Al conseguir que creas que contigo te bastas y sobras y que no necesitas salvación, te hace sentir un falso poderío que te embauca con una falaz suerte de superpoder que no es más que tu triste ego intentando salir de la jaula



¿Te acuerdas del fruto que colgaba del árbol en el Edén? A Eva le pareció muy bueno y, claro, ante lo apetecible, uno no razona; actúa movido por cualquier impulso, menos por la razón sosegada y ponderada. Ante lo apetecible y agradable, la prudencia se difumina hasta desaparecer. La promesa de un atisbo de paraíso terrenal en formato placer a corto plazo es una tentación irresistible. Ese merecimiento que bautiza toda tentación. «Tus deseos son órdenes», nos susurra la serpiente. Y lo que se nos escapa es que el deseo lo inoculó ella. Veneno.

Pues eso es lo que pasa con este tipo de literatura, que no sin un poco de vergüenza confieso haber devorado, como quien se hincha a comer donuts. Son buenos, pero lejos de nutrir, destruyen y arrasan con la salud. Después de la literatura gnóstica y cristiana heterodoxa, apareció este tipo de literatura: la autoayuda.

En la Nueva Era todo se mezcla en un pomposo y arrogante sincretismo, como si de un buffet libre se tratara. Cada cual mete en su ensalada aquello que le parece más apetitoso; todo está permitido. ¿Te has fijado en los buffets de los hoteles? Veo con horror platos que rebosan comida imposible: langostinos, un filete, huevos rellenos, patatas fritas, paella, torreznos de Soria, sushi aderezado con salsa rosa, teriyaki y alioli. Vomitivo solo verlo. Indigesto. No se me ocurre una imagen más elocuente para el sincretismo nuevaerístico. No fue difícil encontrar en las estanterías de las librerías, junto a un evangelio apócrifo, El Curso de Milagros o Tus zonas erróneas de Dyer. Apetitosas. La enésima zanahoria que me iba a sacar del hoyo. La Nueva Era es mesiánica, no lo olvidemos. Las promesas falaces de un reino que se aleja conforme avanzamos. Lo dramático es que, de seguir caminando la ancha senda, hasta el verdadero paraíso cerrará sus puertas ante nuestra obstinación en el error. Éste es el verdadero drama.

Mira el fruto colgado del árbol y juzga tú si es o no apetecible: «El poder está dentro de ti… Eres más fuerte de lo que crees… Persigue tus sueños… La felicidad no es el destino, es el camino… Sonríe y la vida te sonreirá… Sé la mejor versión de ti mismo… La vida es un regalo, disfrútala al máximo… No hay fracaso, sólo experiencia… Todo lo que necesitas está dentro de ti…». ¿Te dan, o no, ganas de hincar el diente a tan suculento fruto? «Cómeme, cómeme», parece que susurran.

¿Quién no quiere sentir el poder en su interior? ¿O que la vida le sonría? ¿O ser la mejor versión de sí mismo? ¿Quién no quiere ser excelente? Y sí, me lo zampé entero. Por un lado, mi sufrimiento no encontraba consuelo. Por otro, mi lastimada mirada hacia mí misma, la inadecuación de mi ser, teñía cada espacio. Y por otro, la necesidad de ser mejor, no sólo eso, excelente. La indigestión, profecía que sí se iba a cumplir en mí, con el andar del tiempo, claro. Hasta que Jesús no sólo me ayudó, sino que me salvó. Él, no yo.

Una nueva zanahoria delante de mis morros que, conforme avanzaba como buena discípula en todas las recomendaciones, instrucciones y protocolos de los libros, paradójicamente se alejaba, con consecuencias desastrosas. Culpa y frustración a cada intento fallido. Me seguía sintiendo miserable, el dolor no desaparecía, la inadecuación crecía; en fin, nada mejoraba, salvo la culpa de no hacerlo bien, ¡con lo claras y concisas que son las consignas de estos libros! Te garantizan el resultado. ¿Cómo es posible que no funcionaran en mí? La demolición de la escasa autoestima. La culpa y frustración por ser tan lerda de no experimentar el gozo, poder y excelencia que los libros prometían. Los libros salvíficos y mesiánicos. Libros testimoniales, donde el hagiógrafo del enemigo relata su antes y después. Testimonio vivo del poder de su palabra. ¿Por qué le funcionaba al autor del libro y a mí no? Misterios…

Vamos por pasos. Recuerda: el Enemigo quiere que creas que eres como Juan Palomo, el de yo me lo guiso, yo me lo como. Es decir, tú te autoayudas, y donde hay un tú, hay un yo. La vida según «San Yo» es lo que quiere el Enemigo: que te sientas con el poder suficiente para ayudarte, que no salvarte. ¿Te acuerdas? Salvarse es de pringados, y salvarse requiere un a priori de humildad, un sentido de la contingencia y adhesión a Dios. ¡Non serviam! El Enemigo quiere que lo sirvas a él solo, que vayas caminito a la condenación, como la jaca a Jerez, cortando el aire; cuanto más veloz, mejor. Al conseguir que creas que contigo te bastas y sobras y que no necesitas salvación, te hace sentir un falso poderío que te embauca con una falaz suerte de superpoder que no es más que tu triste ego intentando salir de la jaula, de la que no tiene las llaves. Es más ridículo si cabe: la jaula tiene la puerta abierta. Jesús la mantiene abierta, gratuitamente, sin condiciones. La soberbia impide que la veas.

Los libros de autoayuda son mesiánicos; en ellos se contiene la salvación futura y el conocimiento que desata tu verdadero yo. Te permiten encender la chispa divina que mora en tu interior, activar tu divinidad interna, eliminar el dolor, erradicar el sufrimiento, que no es más que una muestra elocuente de tu escasa espiritualidad. Te prometen la excelencia como por arte de ensalmo. Sufrir es tan de pringados como necesitar salvación. ¡Manda narices! El mismísimo libro mesiánico que se arroga la misión salvífica te dice que no necesitas salvación, que tú puedes solo. Jesús, si por alguna extraña razón aparece —porque hay literatura de autoayuda muy espiritual—, no es más que un maestro ascendido que comparte panteón con Buda, Lao Tse, Confucio o la Pachamama. La ensalada de la que te hablé.

El tema de la culpa merece mención aparte. El Enemigo te quiere hacer creer que la culpa es una anomalía, y en realidad lo es. ¿Cuál es el tema aquí? Él pretende que no sientas la punzada de dolor en la conciencia de lo que está objetivamente mal. Te quiere flotando en el universo del relativismo, en el que no hay ni bien ni mal, de manera que todo está permitido: tú decides. Si sufres, es que no lo estás haciendo bien; eres mal alumno; te debes esforzar más, pulir tu ego hasta deconstruirlo. O dicho claramente, que pierdas la conciencia del mal. Simple y llanamente. Esto es perverso, porque el alma, que solo pertenece a Dios, por más atrapada e indigesta que esté con tanto fruto podrido, sigue sintiendo, y aparece la culpa: «Algo no hago bien, todavía vibro bajo, no soy suficientemente espiritual, no soy feliz…» Pero ésta es la culpa en la que te quiere sumido el Enemigo, el acusador, el que día y noche te recuerda lo malo y chungo que eres. ¿Se ve la perversión? El Enemigo te quiere en su dictadura de la «felicidad», la que promete como salvación todo libro de autoayuda.

Y claro, te preguntarás: ¿qué tiene de malo la felicidad? Nada, si está ordenada a Dios. ¿Te acuerdas? Todo radica en el orden o el desorden. La felicidad de Dios no es la del mundo, ni mucho menos. Es más, el mundo ni reconoce ni aprecia la felicidad de Dios. El mundo y Dios son antagonistas, desde el non serviam, no por maniqueísmo, sino por soberbia del Enemigo.

Junto a la dictadura de la felicidad está la brújula del corazón: «sigue a tu corazón, haz lo que el corazón te diga…» Sólo hay que recordar qué dice Jesús acerca de eso. A quien hay que seguir es a Dios, no al corazón. Pero claro, en la Nueva Era eso de Dios es complicado de identificar. ¿Cómo se sigue a una masa de energía y luz informe llamada Universo? ¿Cómo encender una latente chispa divina en el interior? ¿Dónde y quién tiene las cerillas? Sólo un Dios personal, con el que me puedo relacionar; un Dios que me ha creado a su imagen y semejanza y cuida de mí como una madre cuida a su hijo; un Dios que, por si no fuera suficiente, se ha hecho hombre y me muestra de forma muy concreta, no abstracta, cuál es el camino, la verdad y la vida. La puerta estrecha que me libera de la jaula dorada.

«Si esto te hace feliz, es lo que importa», me decía la gente bien intencionada cuando se enteraban de que había bajado la persiana de mi centro para siempre. «Eso hace feliz a Dios», contestaba yo; y, por las caras, sé que no entendían. El gozo de Dios es desbordante cuando lo escogemos a Él. Júbilo por un alma salvada es una fiesta en el cielo.

Me estuve «auto ayudando» durante casi una década. No encontré el poder dentro de mí, ni la chispa se encendió, ni vibré más alto, ni fluí ligera en mi experiencia terrenal, ni nada de nada. Y sí, confieso que en estos libros hay pequeñas verdades, pautas, patrones que son realmente sólidos. Pero quedan del todo invalidados al mezclarse con la mentira. Uno no puede estar con un pie en la verdad y el otro en la mentira. No por mucho tiempo. O con Dios o contra Él. Así nos anunció Jesús. La tibieza produce el vómito de Dios.

No fueron los libros de autoayuda ni su tiránica felicidad ni la brújula estropeada de mi maltrecho corazón. No. Fue Jesús mismo quien me tiró de los pelos para sacarme del fango. Cuando impartía una clase de yoga, precisamente. Pero eso ya llegará. A su debido tiempo.

Eulàlia Casas, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau


dijous, 12 de febrer del 2026

Santa Eulalia de Barcelona: símbolo de martirio, espejo de la tradición


 

Santa Eulalia de Barcelona: símbolo de martirio, espejo de la tradición


No es sólo una mártir antigua, sino un modelo perenne de coherencia entre fe y vida pública para nuestros días



Hoy, 12 de febrero, la Iglesia celebra la fiesta de Santa Eulàlia de Barcelona (siglos III-IV), una joven cristiana de Barcelona de 13 años de edad que, durante la persecución del emperador Diocleciano, se negó a renunciar a la fe. Tras ser sometida a crueles tormentos de los que milagrosamente salía indemne (fue expuesta desnuda a la intemperie, torturada con garfios,  quemada, etc.), murió mártir. Su cuerpo fue sepultado en las Arenas de Barcelona (donde posteriormente se construiría la iglesia de Santa María de las Arenas, actual basílica de Santa María del Mar) y trasladado en el siglo IX a la Catedral paleocristiana de Barcelona, hoy integrada en la actual Catedral gótica.

Santa Eulalia se erige como un símbolo poderoso y arquetípico. Su martirio constituye la defensa inquebrantable de la tradición católica frente a un poder estatal pagano y opresor, un ejemplo del que los carlistas podemos aprender. En efecto, la joven mártir encarna la resistencia civil y religiosa contra un orden anticristiano. Su martirio afirma la primacía de la fe frente al absolutismo del Estado. Ella encarna el derecho —y el deber— a no observar la ley civil cuando ésta exige traicionar los mandatos de la ley moral y divina. Su fortaleza ante el tormento evidencia la virtud de la fortaleza como testimonio público indispensable para la transformación cristiana de la sociedad. Este testimonio subraya que la fe tiene una dimensión pública y comunitaria, y que los cristianos están llamados a ser levadura en el mundo, incluso en contextos hostiles.

Además, al ser una santa profundamente local pero de culto universal, Eulalia refuerza el principio tradicional hispánico de la unidad católica, respetuosa con las identidades forales y regionales (como Cataluña), pero unida bajo una misma fe y un mismo trono legítimo. Se ilustra así la complementariedad entre lo local y lo universal: es una santa arraigada en Barcelona, pero su mensaje trasciende fronteras. Esto refleja el principio de subsidiaridad, que valora y fortalece las identidades particulares dentro de la unidad del cuerpo social, siempre ordenado al bien común.

Para ilustrar estos puntos, ofrecemos un fragmento de la narración de Fábrega Grau, basado en la «Passio Sancte Eulaliae», que recoge el diálogo en el que la joven santa increpa al pretor Daciano por perseguir a los cristianos:

—Juez inicuo —dijo Eulalia—, ¿de esta manera tan soberbia te atreves a sentarte para juzgar a los cristianos? ¿Es que no temes al Dios altísimo y verdadero que está por encima de todos tus emperadores y de ti mismo, el cual ha ordenado que todos los hombres que Él, con su poder, creó a imagen y semejanza, le adoren y sirvan a Él solamente? Ya sé que tú por obra del demonio tienes en tus manos el poder de la vida y de la muerte; pero eso poco importa.

Daciano, pasmado ante aquella intrepidez, mirándola fijamente le respondió desconcertado:

—Y —dijo Daciano—, ¿quién eres tú que de una manera tan temeraria te has atrevido, no sólo a presentarte espontáneamente ante el tribunal, sino que, además, engreída con una arrogancia inaudita, osas echar en cara del juez estas cosas contrarias a las decisiones imperiales?

Mas ella, con mayor firmeza de ánimo, y levantando la voz, dijo:

—Yo soy Eulalia, sierva de mi Señor Jesucristo, que es el Rey de los reyes y el Señor de los que dominan: por esto, porque tengo puesta en Él toda mi confianza, no dudé siquiera un momento en ir voluntariamente y sin demora a reprochar tu necia conducta, al posponer el verdadero Dios, a quien todo pertenece, cielos y tierra, mar e infiernos y cuanto hay en ellos, al diablo; y lo que es peor, que quieres obligar a hacer lo mismo a aquellos hombres que adoran al Dios verdadero y esperan conseguir así la vida eterna. Tú les obligas inicuamente, bajo la amenaza de muchos tormentos, a sacrificar a unos dioses que jamás existieron, que son el mismo demonio, con el cual todos vosotros que le adoráis, vais a arder otro día en el fuego eterno.


Invitamos a leer dos textos más, ya publicados en La Esperanza en años anteriores:

Un fragmento de la «Passio Sancte Eulaliae», en versión de Mn. Jaume Armengol, publicado el 2025 con motivo del día de su festividad.

Y la crónica extensa de la «ruta de Santa Eulalia de Barcelona», publicada el 2024 y correspondiente a la visita guiada por la ciudad romana y medieval siguiendo los pasos de la patrona de la ciudad con motivo del día de su festividad, organizada por el Círculo Tradicionalista de Barcelona aquel año.

Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramon Parés y Vilasau

 

 


 




dimarts, 10 de febrer del 2026

La hora de la magnanimidad - Sobre el anuncio de consagraciones episcopales de la FSSPX en 2026

Consagraciones episcopales en Ecône, 1988.


 

La hora de la magnanimidad

 

Gobernar no es tolerar indefinidamente una anomalía ni limitarse a condenarla cada vez que reaparece, sino remover la causa que la hace plausible.


El anuncio de nuevas ordenaciones episcopales por parte de la Fraternidad San Pío X ha reactivado, una vez más, el reflejo condicionado: hablar de desobediencia, de desafío a la autoridad, de un problema que habría que sofocar. Sin embargo, convendría hacerse una pregunta más incómoda: ¿por qué, después de más de treinta años, seguimos exactamente en el mismo punto?

La doctrina común y el derecho de la Iglesia reconocen el estado de necesidad. No se trata de una invención moderna ni de una coartada para espíritus indóciles, sino del reconocimiento de que puede llegar un momento en que los medios ordinarios de gobierno dejan de proteger de modo suficiente bienes espirituales esenciales. Conviene recordar esta obviedad antes de despachar el problema con fórmulas automáticas que, a fuerza de repetirse, ya no explican nada.

La situación que ha conducido a este nuevo anuncio no nace de un capricho reciente. Es el resultado de décadas de ambigüedad doctrinal, de reformas litúrgicas incesantes que han roto de hecho la continuidad del uso recibido, y de una inestabilidad disciplinar que hace difícil confiar en la palabra de la autoridad cuando lo concedido hoy puede ser revocado mañana. No se trata de negar la validez del magisterio ni de la liturgia reformada, sino de admitir honestamente que ambos han sido gestionados de tal modo que han generado una confusión objetiva y persistente, suficiente para que la postura de la SSPX no pueda ser despachada como infundada, caprichosa o carente de base jurídica y moral.

En este contexto, puede discutirse —y debe hacerse— si la reacción de la SSPX ha sido la más prudente o la más adecuada en sus formas concretas. Pero lo que ya no resulta razonable es fingir que se trata de una excentricidad gratuita, surgida en el vacío y sin fundamento alguno. Pero, cuando una excepción se prolonga durante treinta años, puede que el problema ya no sea sólo la excepción sino que no hay voluntad en quien debe remover sus causas.

Llegados aquí, la responsabilidad recae principalmente en la autoridad. Gobernar no es tolerar indefinidamente una anomalía ni limitarse a condenarla cada vez que reaparece, sino remover la causa que la hace plausible. Permitir las ordenaciones —o proponer una solución equivalente, estable y no revocable— no sería una capitulación ni un premio a la desobediencia, sino un acto de gobierno magnánimo.

La cuestión, por tanto, no es si habrá nuevas ordenaciones. Eso, a estas alturas, es casi un dato. La cuestión es si la Iglesia aprovechará este momento para actuar con verdadera magnanimidad.

¿Estará la Iglesia preparada, o tendremos que esperar treinta años más?

Lo sentenciós, Círcol Tradicionalista de Barcelona Ramon Parés y Vilasau

 

Peregrinación de la FSSPX a Roma, agosto de 2025.

 

diumenge, 1 de febrer del 2026

De Babilonia a Roma (XV): Un pequeño paréntesis

Duccio di Buoninsegna: Tentación en la montaña. 1308-1311, témpera sobre madera, 43 cm. x 46 cm.

 

De Babilonia a Roma (XV): Un pequeño paréntesis


La guerra está ganada, por más que el Enemigo te haga creer que estás solo, derrotado e indefenso.



Hoy quería escribir sobre los libros de autoayuda. Merecen su espacio especial en nuestra serie porque, a través de esta inofensiva literatura, el Enemigo se divierte como nunca. Parecen inocentes —¡ojo, como toda propuesta New Age!—, pero no lo son. Es más te digo, cuanto más inofensivo se presente algo, cuanto más bueno, más poder disolvente y destructor tiene. ¿Recuerdas lo apetecible que parecía el fruto prohibido?  Ya sabemos a estas alturas que el Enemigo es un agente disolvente más potente que el salfumán y destructor como la sosa cáustica.

Pero no, no voy a hablar de esta edulcorada literatura, todavía. Voy a volver a hablar en exclusiva del Enemigo, en otros términos, que todavía no he hecho. ¿Cómo actúa cuando estás en comunión con la Verdad? ¿Cuando te acercas a Ella? ¿Cuando la defiendes? Voy a hacer un salto en el tiempo y me planto en los días que empecé a llamar las cosas por su nombre. Cuando finalmente me estaba dando cuenta del engaño de la Nueva Era y sopesar muy seriamente cerrar definitivamente mi centro de Yoga. Porque sí, en la Nueva Era, todo lo hice a lo grande. Mi centro era exitoso, tenía mi pequeña fama, y no es un orgullo para mi decir que era buena profesora de yoga y demás cosas que te contaré. Esos días merecen un trato especial. Hoy sólo quiero hablar de cómo el Enemigo actúa cuando siente que está siendo desenmascarado. Como un animal herido de muerte, se vuelve agresivo, violento, descarado, rabioso. Su odio y furia lo ciegan y va matando mosquitos a cañonazos. Te quiere disuadir de tu empeño en la búsqueda de la verdad. Se propone asustarte para que abandones. En otras palabras, te ataca. Es necesario saber esto, porque de lo contrario es muy fácil abandonar, rendirse. Te llena de dudas y miedo, para disolver la certeza de la Verdad.

Quizá se ha despertado en ti la imagen del diablo con cuernos y rabo, su tridente amenazante al punto de herirte. Nada de eso. Recuerda, es inteligente y actúa a nivel espiritual. No esperes sentir el azufroso rastro de tan sigiloso Enemigo. Al menos no de forma clara y evidente. A pesar, de que con entreno, uno ya las ve a venir con más anticipación.

¿Cómo lo hace en mí? Y seguro que en ti, que me lees.  Pues bien, para empezar, me convertí definitivamente en el año 2020, en plena pandemia. Hoy es 21 de enero de 2026. Han pasado seis buenos años hasta que no he empezado a escribir sobre ello. ¿Por qué? ¿Porque no quería? ¿Porque se me acaba de ocurrir justo ahora? ¡Qué va! Mi intención siempre ha sido escribir sobre ello, difundirlo. Pues bien, el Enemigo se encarga de que no lo hagas. ¿Cómo? En mi caso, diciéndome que no vale la pena, que otros ya lo están haciendo, que lo que yo pueda aportar no tiene valor alguno. ¿Para qué dar la matraca sobre mi experiencia? ¡Cinco años en los que mi intención era escribir! ¡Cinco! Se dice rápido, pero los pensamientos intrusivos para que no lo hiciera eran una tortura. ¿Qué pasa? ¿Acaso soy floja? Sí y no. Sencillamente, siempre tenía otras cosas más urgentes que atender, como trabajar, descansar, estudiar… El Enemigo se encarga de dar credibilidad a los pensamientos que te inocula como si fueran veneno. ¡Ah, espera! Me dejo uno muy bueno: el perfeccionismo. Ése le encanta, no negaré que tener un propósito de hacer las cosas no solo bien, sino excelentes, es algo deseable. Pero cuando este perfeccionismo es paralizante, ¡ojo!, el Enemigo anda cerca. ¿Qué hacer con eso? Para empezar, identificar que no todo lo que pensamos y creemos es real. Para continuar, saber que puede ser obra de nuestro amiguito a fin de que algo que lo desenmascara lo ponga en modo ataque. Hay que entender, que no justificar su ira, además de perder mi alma, puede que con estos escritos evite que al menos no se pierda otra.

Y con este pensamiento llega el ataque: «¿Quién te has creído que eres tú?¿Qué patético me parece que pienses que puedes ayudar a nadie?»  Es cansino, tanto como previsible. En realidad es una guerra. Te proporciono dos imágenes: una, de cuando yo era niña y miraba dibujos animados, siempre había un momento en que el protagonista tenía dudas y aparecía un angelito susurrando cosas buenas y un diablo gritando lo malo. El pobre protagonista se debatía entre el bien y el mal. Lástima que nosotros no podemos ver tan nítidamente estos personajes. La otra imagen me da mucha fuerza. No sé si has visto La Pasión de Cristo de Mel Gibson. Si no lo has hecho hazlo, deja esta lectura y mírala. La primera escena es brutal, mucho más elocuente que lo que te estoy torpemente narrando. El Enemigo, con susurros magnéticos tienta al mismísimo Hijo de Dios: «¿Quién eres tú para creer que vas a poder con esto? ¿Acaso podrás? ¿A quién le importa? ¿Para qué servirá tanto sufrimiento? Déjalo ir…» Y el momento estrella es cuando Jesús se pone en pie y pisa la serpiente. Con energía, viril, sin complejos ni matices. Al Enemigo se lo pisa sin mayor contemplación. Sin pedir disculpas ni caer en una misericordia, que no merece. Una de sus estrategias letales es hacerse la víctima para que te compadezcas. ¡Ojo, está mintiendo! Tú, pisa su cabeza; espachúrrala sin contemplaciones ni misericordia.  A mí me sirve este momento, como un anclaje y recordatorio. Cuando los pensamientos son tan negativos y a la vez llevan aparejados la emoción tóxica, sé que es el momento de ponerme en pie y ¡zas! Pisar la cabeza del Enemigo. Este es nuestro poder. El que Dios, por la sangre derramada de su Hijo, nos regala.

¿Sabes por qué he sentido la necesidad de escribir sobre esto hoy? Básicamente porque desde el minuto cero en que empecé a escribir sobre la Nueva Era y sus patrones torticeros, el Enemigo no para de incordiar, aprovecha mi herida de inadecuación, auto invalidación, perfeccionismo, para decirme que lo que escribo no tiene calidad alguna. Que no sé escribir, que no sé juntar las palabras de forma correcta, que soy más mala que cualquier alumno de primero de la ESO. Mi tendencia a la comparación con los que sí son buenos es paralizante, me avergüenzo de mí misma, me hablo mal y realmente doy todo tipo de credibilidad a lo mal escritora que soy. Vivo con el pánico de que alguien me diga a la cara lo ridículos que son estos escritos. Me paraliza saber que en un momento u otro el director del periódico La Esperanza me escribirá para decirme que pare de publicar tanta bobada. Lamentablemente, podría seguir con el discurso del auto odio que me mantiene en la censura consentida por mí misma, desde que tengo uso de razón. Y sé que es el Enemigo dándome caña para que deje de escribir y me vaya a dar un paseo. No en vano, uno de sus nombres es el Acusador. Sé que le disgusta horrores que escriba sobre sus fechorías. Por eso, cada momento que me siento delante del ordenador, es un ponerse en pie y pisar con fuerza su cabeza. Y sí, puede que mi estilo no sea muy académico, ni perfecto, ni refinado, pero, ¡mira tú!, es mi forma, la única que sé, es genuino, sincero y sólo sé hacerlo así. El Enemigo quiere que no honremos nuestro ser, que es creación sagrada de Dios. A cada uno nos crea con sumo esmero y amor. Sabe cómo somos, nos ama y nos acepta tal cual nos ha creado. Sabe de nuestra herida, por eso nos adopta como hijos suyos, no a pesar de la caída, sino precisamente por ella. Sabe de nuestras luchas, agonías, desvíos, pifias y nos ama. Menudo acto de soberbia el nuestro que tiramos por la borda tal desborde de amor.

El Enemigo nos empuja a la comparación, el césped del vecino siempre es más verde que el nuestro. Quiere que nos odiemos, porque él nos odia y sabe que Dios nos ama. En fin, más vale que entendamos que estamos en guerra. De ahí, tanto empeño en la paz y el falso amor. Guerra a muerte con Él, desenmascararlo es el primer paso. Y acto seguido, encomendarse a Dios y todo su ejército para entrar en la batalla. La guerra está ganada, por más que el Enemigo te haga creer que estás solo, derrotado e indefenso.

Dios está al mando y no escoge a los más capacitados: a un simple pastor como Abraham, a un tartamudo como Moisés o a un enclenque David. Dios, en todo caso, nos capacita cuando nosotros correspondemos. Con lo cual, y dicho esto, victimismo incluido, voy a continuar, así me grite cada día lo mal que lo hago, lo ahogada que voy con mis estudios o desempeño en el Instituto. Así, a rastras, Dios me dará la fuerza para ponerme en pie y pisar la cabeza del gran acusador.
No te relato esto para hablar de mí, sino para mostrar un patrón que siempre funciona igual, en cualquier persona o circunstancia. Y ahora, voy a mandar este escrito, porque ya me lo conozco, nunca estará a la altura, ¿de quién?... Lo adivinaste. ¡Zas! Pisotón.

Eulàlia Casas, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau

dissabte, 31 de gener del 2026

31 de enero: festividad de San Juan Bosco. La donación del Tibidabo y los carlistas catalanes

Vista general del Templo del Tibidabo, en el punto más alto de Barcelona, y la ciudad a sus pies.
 

 

31 de enero: festividad de San Juan Bosco. La donación del Tibidabo y los carlistas catalanes



Donación del terreno del Tibidabo a Dom Bosco en 1886. Carlismo en la mayoría de los donantes. Traición del gobierno liberal de María Cristina.




En otras ocasiones, hemos comentado la visita que Don Bosco realizó a Barcelona en 1886, durante un mes, invitado por Doña Dorotea de Chopitea, y las relaciones del santo turinés con el carlismo.

Continuando con ello, a continuación nos centraremos en la donación de la montaña del Tibidabo a Don Bosco. Para ello, seguiremos al profesor Ramón Alberdi, SDB, en su obra Una ciudad para un santo.


La donación


El 5 de mayo de 1886, a las tres y media de la tarde, Don Bosco visitó la Basílica de la Merced para despedirse de la Virgen antes de regresar a Turín, al día siguiente, después de casi un mes de intensa y fructífera estancia en Barcelona.

«Una hora antes [de las 3:30 pm], esperaban junto a la puerta principal y laterales [de la Basílica de la Merced] muchas personas para tener el gusto de verle.

»Llegado que hubo el fundador de los Talleres Salesianos, pasó al presbiterio donde tomó asiento después de orar a la Santísima Virgen.

»La Escolanía, dirigida por don Buenaventura Frígola, ejecutó la Salve de violines. Concluida ésta, una comisión de propietarios del Tibidabo ofreció a Dom Bosco el terreno necesario para dedicar un santuario al Sagrado Corazón de Jesús, el cual aceptó gustoso impetrando bendiciones para los donantes y para cuantos contribuyan a tan santa obra. Pasó luego al centro del presbiterio, junto a la barandilla, desde donde dirigió su palabra al numeroso concurso.

»El reverendo cura párroco tradujo al castellano lo dicho en italiano por Dom Bosco, el cual dio la bendición especial que, por concesión del Papa, es extensiva a las familias de los presentes, enfermos, objetos piadosos, etc. Bendijo luego las medallas de Nuestra Señora de las Mercedes, y al poco rato salió saludando por numeroso gentío que llenaba la calle y plaza de la Merced». (Revista Popular, 13 de mayo, nº 805 (1886) 297-298).

A pesar del carácter privado de la visita, se congregó una gran cantidad de fieles y curiosos «desde una hora antes». Terminada la oración, tuvo lugar en la sacristía la mencionada donación que sería el punto central de la jornada. Con más detalle:

«Dom Bosco pasó a la sacristía y firmó la aceptación de la escritura de donación de unos terrenos situados en la montaña del Tibidabo hecha a su favor por los propietarios de dichos terrenos, para levantar allí un edificio dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, en el cual, además de haber culto diario, se construirá local suficiente par que puedan pasar terminadas de recreo o convalecencia los niños de los Talleres Salesianos.
»Y Dom Bosco dice haber prometido al Sumo Pontífice hacer todos los esfuerzos posibles para levantar, en una de las montañas que rodean nuestra capital, un monumento dedicado al Corazón de Jesús, como se ha hecho en Roma, París...» (Diario de Barcelona, jueves 6 de mayo de 1886, pág. 5235. Edición de la mañana).

La prensa liberal no evitó la ocasión para burlarse de la donación, como hizo durante todo el mes que duró la visita de Dom Bosco:

«Varios propietarios del Tibidabo ofrecieron a Dom Bosco unos terrenos para levantar en ellos un templo dedicado al Corazón de Jesús. Dom Bosco aceptó el donativo. El “santo” derramó lágrimas de agradecimiento, y los propietarios derramaron palmos de terreno». (El Diluvio, jueves 6 de mayo de 1886, pág. 3657. Edición de la tarde).


Barcelona, vista desde la cima del Tibidabo.



Desde algunos años atrás, se pensaba convertir la cumbre del Tibidabo en un lugar mundano, o acaso rematarla con una iglesia protestante. Para darle un destino más digno, un grupo de caballeros católicos compró la cumbre de la montaña barcelonesa. Les movía «su sentimiento cívico y su natural impulso religioso que, ciertamente, no deja de ser combativo y absolutamente íntegro: aquel lugar tan bello, tan privilegiado por su incomparable emplazamiento frente al mar, sobre la gran urbe mediterránea en plena expansión [...] debía quedar asegurado, no sólo para el presente sino para el futuro» (Alberdi). Levantaron una ermita y proyectaban construir un templo mayor, cuando llegó Dom Bosco a Barcelona y pensaron en él como impulsor del proyecto, pues Dom Bosco ya estaba construyendo en Roma una basílica dedicada al Sagrado Corazón de Jesús.

El impulsor de aquel grupo de caballeros católicos era Manuel María Pascual de Bofarull, casado con una hija de José María de Sentmenat, Jefe Regional de la Comunión Tradicionalista del Principado (1890-1896). Tanto los Bofarull como los Sentmenat provenían de una tradición antiliberal bien profunda.


Mosaico en la cúpula principal del Templo del Tibidabo, que recuerda el momento de la donación del terreno realizada en la Basílica de la Merced, el 5 de mayo de 1886.




Cúpula principal del Templo del Tibidabo.




Don Manuel María puso el documento de donación en manos de Dom Bosco y le dijo:

«Para perpetuar el recuerdo de vuestra visita a esta ciudad, se han reunido estos señores y, de común acuerdo, han determinado cederos la propiedad del monte Tibidabo, a fin de que en la cumbre del mismo, que amenazaba convertirse en un semillero de irreligión, se levante un santuario al Sagrado Corazón de Jesús para mantener firme e indestructible la religión, que con tanto celo y ejemplo nos habéis predicado y que es noble herencia de nuestro padres». (MB, XVIII, 113 — Memorie biografiche di Don Giovanni Bosco, raccolte dal sacerdote salesiano Giovanni Battista LeMoyne).

A lo cual, Dom Bosco respondió:

«Me hallo todo confuso por la inesperada y nueva prueba que me dais de vuestro sentimiento religioso y de vuestra piedad. Os lo agradezco, y sabed que en estos momentos sois instrumentos de la Divina Providencia porque cumplís sus inescrutables designios. Cuando salí de Turín, pensaba para mis adentros: “Ahora está casi terminada la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús de Roma; preciso es que estudie otra empresa para honrar y propagar esta salífera devoción”.

»Y una voz interior me dejaba tranquilo pensando que aquí podría satisfacer mi deseo; era una voz que me repetía: Tibi-dabo! Tibi-dabo! [Te-daré, Te-daré].

»Sí, señores: sois los instrumentos de la Divina Providencia; con vuestra ayuda muy pronto se levantará en ese monte un majestuoso santuario dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, en el cual todos podrán acercarse a los Santos Sacramentos y será un perpetuo recuerdo de vuestra caridad y de vuestro afecto a la Religión católica, de la que tantas y tan hermosas pruebas me habéis dado». (MB, XVIII, 113-114 — Memorie biografiche di Don Giovanni Bosco, raccolte dal sacerdote salesiano Giovanni Battista LeMoyne).

 

Los donantes

Alberdi nos facilita la lista de los propietarios donantes que figuran en el documento de donación: Delfín Artós, Álvaro M. Camín, Felipe Camps, Guillermo More y Bosch, Manuel M. Pascual, Mauricio Serrahima, Manuel Torrabadella, Felipe Vives, Álvaro Verdaguer, Carmen Garrigolas (Vda. de Torrent), Carmen Font (Vda. de Calafell), José Xiviyell.

Muchos de estos apellidos nos resultaban familiares, por lo que consultamos fuentes carlistas —fundamentalmente Jordi Canal Morell, El carlisme català dins l'Espanya de la Restauració, aunque también otras— y encontramos lo siguiente:

Maurici Sarrahima y Gatell (c. 1830 - 1900): Industrial textil y financiero barcelonés muy destacado, y dirigente carlista de primer nivel. Miembro de la Junta Superior Carlista de Cataluña, fue uno de los principales financiadores de la Causa, especialmente durante la Tercera Guerra Carlista (1872-1876). Su testamento y las actas notariales de préstamos al Rey Carlos VII son citados en estudios de historia económica.

Josep Xiviyell y Fargas (1823 - 1898): Industrial de Sabadell. Formó parte de las estructuras directivas de la Comunión Tradicionalista en Cataluña y fue un proveedor de fondos significativo. Su fábrica en Sabadell era un punto de referencia tradicionalista.

Manel Torrabadella y Llaurador (1841 - 1906): Industrial algodonero de Manresa. Figura clave del carlismo en la Cataluña interior. Fue diputado a Cortes por el Partido Integrista a finales del XIX. Su compromiso era político y activo.

Manel Maria Pascual y de Bofarull 1842 - 1913): Profundo vínculo familiar con el carlismo, tanto por familia materna (Bofarull) como por su esposa (hija del Jefe Regional de la Comunión Tradicionalista en el Principado de Cataluña quien, a su vez, también poseía una profunda tradición familiar antiliberal).

Felip Vives y de Ribot: Abogado y propietario agrícola de Igualada. Perteneció al entorno tradicionalista o carlista. Fuertes vínculos con el catolicismo político, aunque no llegó a ostentar cargos de responsabilidad.
 

Delfín Artós y de Roca (1825 - 1897): Empresario y mecenas católico. Miembro activo y benefactor de congregaciones y obras pías muy vinculadas al entorno tradicionalista. Apareció en la prensa carlista como patrocinador de publicaciones devocionales y antiliberales. Sin embargo, su carlismo era más cultural y religioso que político-militante.
 

Álvaro Verdaguer y de Durán: Comerciante de Barcelona. Figuró en directorios de comerciantes católicos y en actas de asociaciones como el Círculo de San José, un bastión del tradicionalismo barcelonés para la pequeña burguesía. Carlismo de base social en el pequeño comercio de Barcelona, menos visible que el de los grandes industriales.

Sin embargo, otros donantes no tenían relación con el carlismo o incluso eran opuestos,. Así, otras fuentes nos indican que Felip Camps i Soler, industrial de Sabadell, era liberal-progresista; Guillem More y Bosch, consignatario de indianos, pertenecía a una familia de la «aristocracia del dinero» barcelonesa, vinculado al Partido Conservador-liberal de Cánovas del Castillo; Álvaro Camín y Rodríguez, empresario asturiano-catalán, de la burguesía liberal... Sin embargo, la mayoría, como hemos visto, eran carlistas, ya fueran activos militantes o al menos vinculados a la Causa.


La traición de María Cristina


Después de la donación, Dorotea de Chopitea costeó los gastos de la pequeña ermita ubicada en la cumbre que, poco después de su consagración, quedaría solitaria y casi abandonada.

Pequeña ermita construida en la cima del Tibidabo poco después de la donación de 1886.

 




Con motivo de la Exposición Universal de Barcelona en 1888, el gobierno liberal quiso instalar un pabellón provisional en la cima del Tibidabo para que la usurpadora María Cristina contemplase, desde lo alto de la montaña, el panorama de la ciudad y sus contornos. A tal efecto, solicitó permito al P. Branda, superior salesiano en Barcelona, quien de buena fe se lo concedió.

Pero no se pueden hacer pactos con el diablo. Concluida la Exposición Universal, el gobierno liberal se negó a retirar el pabellón «provisional». Incluso una «Real» [sic] Orden declaró la cumbre del Tibidabo de «utilidad pública» para instalar un observatorio astronómico.

En 1889, llegó a Barcelona el P. Felipe Rinaldi, en sustitución del P. Branda. Al poco tiempo, se le exigió la firma de un documento de retrocesión de la donación realizada en 1886 a Dom Bosco... Después de aconsejarse, y poco amigo como era de pleitos con las autoridades, decidió firmar aunque con las debidas protestas y salvedades.

Se perdió así la donación de 1886 a Dom Bosco.

Pero la Providencia se abre paso también en medio de las tribulaciones. El arquitecto y astrónomo Emilio Font demostró que el Tibidabo no era el lugar oportuno para un observatorio astronómico, y en cambio sí lo era otra colina cercana. Su tesis fue admitida por el gobierno liberal, y el proyecto de la cima quedó arrinconado.

Aquel mismo año se fundó la Sociedad Anónima Tibidabo, que trató de adquirir todos los terrenos de la cumbre, incluso los inicialmente cedidos a Don Bosco. Ello, a pesar de la retrocesión forzada. Los PP. Hermida y Rinaldi se emplearon a fondo y consiguieron un acuerdo con la Sociedad Anónima, el 17 de septiembre de 1899, que estipulaba lo siguiente: la parte más importante de la cumbre quedaba en propiedad de Sociedad mercantil, a excepción de 6.000 metros cuadrados, que serían destinados a la construcción del Templo del Sagrado Corazón de Jesús. Por ese motivo, el Templo actualmente debe compartir la cumbre del Tibidabo con un parque de atracciones.


La construcción


La primera piedra de la Cripta se instaló el 28 de diciembre de 1902. En 1909, tras la Semana Trágica de Barcelona, se propuso convertir el Templo del Tibidado en expiatorio por los pecados de España. En 1911, se bendijo la Cripta solemnemente y se aprobó la declaración de Templo Nacional Expiatorio, atendiendo la propuesta de dos años atrás. En 1912, se instaló definitivamente la comunidad salesiana. En 1926, se consagraron los cinco altares de la Cripta. En 1936, los rojo-separatistas incendiaron y profanaron el Templo y martirizaron a algunos salesianos, mientras otros pudieron huir y esconderse. En 1939, tras la victoria de la Cruzada, se retomaron las obras. Y por fin, en 1952, el obispo Modrego bendijo el Templo.


El Templo del Tibidabo, iluminado en la noche, se eleva como el Sagrario de Barcelona.



En la actualidad, iluminado en la noche el punto más alto de la ciudad, el Templo del Tibidabo se eleva como el Sagrario de Barcelona. Desde las alturas, contempla el latido de la urbe entre la oscuridad y el mar, eternamente vigilante y eternamente acogido en el manto estrellado de su cielo. Y recuerda que incluso desde lo más bajo y oscuro, late un espacio para la esperanza y lo sagrado; basta con elevar la mirada a lo alto.

Josep de Losports, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau