
Joaquín María Herrer y Rodríguez: Carlos V recibe en Yuste la visita de san Francisco de Borja. 1862. Óleo sobre lienzo, 150 x 250 cm. Museo del Prado, Madrid.

Los carlistas, vasallos de Cristo Rey
«Sin la Cruz de Cristo no hay Monarquía, no hay Españas, no hay Tradición, ni leyes ni soldados. Nosotros no servimos sólo a un Señor que no puede morir, sino a una Verdad que no puede morir»
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Reproducimos a continuación un parlamento preparado para la cena de Cristo Rey en Barcelona, el pasado 16 de octubre de 2026, que no pudo pronunciarse por causa mayor pero cuyo texto recogemos en estas páginas tal como se anunció en la crónica.
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Celebramos anticipadamente, por las ganas aceleradas que tenemos de servir a Nuestro Señor, la fiesta de la realeza de Cristo. En razón de lo cual hagamos memoria de lo que es la realeza y de lo que somos nosotros. Recordemos una historia ejemplar de un hombre que tomamos por ejemplo de vasallo de Cristo.
Nosotros debemos vivir y morir con aquel espíritu verdaderamente grande del insigne español San Francisco de Borja. Este ilustre caballero, flor de la nobleza de su mundo, vivió un desengaño tan auténtico que merece ser recordado todos los días, y el día de hoy con mayores razones.
Fue Francisco de Borja lo más granado de su tiempo, gentilhombre de la casa de Borgoña primero, gran privado del emperador don Carlos después, hasta ser nombrado por él Virrey de este Principado de Cataluña, y en tan alto grado fue colocado por su linaje y por sus virtudes, que cuando la emperatriz doña Isabel de Portugal falleció en Toledo en 1539, se le encomendó el honor de la comitiva fúnebre que habría de conducir su cuerpo desde la imperial ciudad del Tajo hasta su tumba en la Capilla Real de Granada, donde yacería con sus antepasados, nuestras Católicas majestades. Allá en Granada, descubierto por última vez el féretro de la emperatriz, fallecida en la flor de la vida, mujer de belleza celebérrima que ni con los pinceles de Tiziano se la hizo justicia, Francisco de Borja se dio cuenta del aparente patetismo de la vida de los hombres; visto el cuerpo sin vida de doña Isabel, totalmente abandonado a nuestros ojos de aquellas majestades, de aquellas posesiones, de los honores, de las hermosuras, de la realeza, provocó su visión que el caballero pronunciara las célebres palabras que cambiaron su vida: «Nunca volveré a servir a señor que se pueda morir».
Bien sirvió a nuestra patria y a nuestras majestades católicas muchos años, pero sin embargo su obra mayor fue la de santo varón de la Iglesia, sirviendo en los estandartes del Rey mayor a quien se puede servir, al rey de los reyes. Por amar la Monarquía sirvió primero a los reyes humanos, y después con ellos al Rey divino, que es quien da a la Monarquía su mejor y verdadera naturaleza.
Nosotros también queremos servir a tan alta majestad. Porque también queremos servir a lo que no se puede morir. Y por eso somos carlistas. Somos carlistas porque somos españoles y católicos, y es la Monarquía cristiana ese nuestro estandarte que nunca se muere. Es el mismo estandarte, emblema de la Cruz de Cristo, que trajo a nuestra tierra Santiago Apóstol, patrón de las Españas; fue el que portó el príncipe San Hermenegildo frente al arrianismo de su mundo; el que levantó contra la morisma en Covadonga la majestad de Pelayo; el que colocó de nuevo en Sevilla el rey San Fernando; el que devolvieron a Granada culminando la reconquista sus majestades los Católicos Isabel y Fernando; fue el mismo que el emperador don Carlos y la realeza de don Felipe pusieron en las leyes de sus miles de nuevos vasallos españoles al otro del mar; fue el mismo estandarte que brilló en Lepanto en las naves del príncipe don Juan, el mismo que esgrimieron nuestros soldados realistas frente a las miríadas de herejes; fue el que impreso en los corazones de nuestros proscritos monarcas luchó contra los revolucionarios liberales y sus socios napoleónicos; fue el que logró la victoria frente a las hordas rojas que lo odiaban en la misma medida en que odiaban a nuestra patria. Es el mismo que llevaron en el pecho quienes han querido, quieren y querrán servir al Rey de los Reyes, señor no ya sólo de la tierra, sino también de los mismos Cielos.
Esto que hacemos ahora parece una cosa muy modesta, la de reunirse unos pocos amigos, indignos de compartir el uniforme de batalla de tan ilustres antecesores. Sin embargo, Dios es Dios; ¿hay mejor Señor al que podamos servir? Aunque seamos un puñado, en lo mucho o en lo poco de nuestras vidas, obedecemos como soldados rasos siguiendo el ejemplo de los que fueron más que soldados. Vemos en estos días, donde la revolución se devora a sí misma, que hay algunos, quizás con honestos sentimientos, que pretenden combatirla supuestamente en el mismo espíritu que San Francisco de Borja y que nosotros con toda la Tradición, pero eso no es cierto. Sin la Cruz de Cristo no hay Monarquía, no hay Españas, no hay Tradición, ni leyes ni soldados. Nosotros no servimos sólo a un Señor que no puede morir, sino a una Verdad que no puede morir, y prueba de ello es que, antes de nosotros, muchos buenos hombres cayeron, pero el estandarte nunca cayó. Nosotros lo recibimos de manos de los que nos precedieron y proclamamos como ellos frente a los enemigos de la Cruz y de las Españas que Cristo vence, Cristo reina y Cristo impera.
Esta seña es la que de veras se enfrenta con la Revolución. Vendrán días en que seamos más que hoy, bajo la sombra de este real estandarte, porque el desengaño de nuestros paisanos va en aumento. Y quiera Dios que sea un desengaño auténtico, y tan tremendo como el de San Francisco de Borja, y volcando el alma, no acaben en medias tintas; que no acaben engañados sirviendo a la revolución disfrazada de conservadora de las cosas cristianas, con el uniforme de batalla que nos roban a los carlistas, sino que se unan a nuestra trinchera por la civilización española, por la Cristiandad, pues los únicos que lo hacen de veras portan boina colorada, mientras sirven a una mayúscula Monarquía.
Gabriel Sanz Señor, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau









