dimecres, 17 de juliol del 2024

Aquelarre secesionista en la Parroquia de Arenys de Mar, durante sus fiestas patronales

 

 

Aquelarre secesionista en la Parroquia de Arenys de Mar, durante sus fiestas patronales


Tras el rezo de las Completas, una turba gritó de forma premeditada «i-inde-independència!» en el interior del Templo, mientras el párroco guardaba silencio micrófono en mano

 

El lunes 8 de julio de 2024, tres correligionarios —entre ellos quien escribe— nos encontrábamos en la localidad costera de Arenys de Mar (el Maresme) para disfrutar de la Fiesta Mayor de la localidad, celebrada en honor a San Zenón, militar romano martirizado en el sigo III y Santo Patrono del municipio.

Decidimos asistir al rezo de las Completas que a las diez de la noche tenía lugar en la Iglesia Parroquial de la localidad. Con motivo de la Fiesta Mayor, aquel día la Parroquia se encontraba abarrotada como nunca por una multitud en actitud festiva, irreverente, muchos de ellos vestidos de forma nada conveniente para asistir a un templo, y haciendo un ruido que dificultaba la oración… En definitiva, lo que podía esperarse en unas fiestas populares en esta descristianizada sociedad. No se les puede culpar, pues la formación y conocimientos religiosos de muchos de ellos son prácticamente inexistentes y en muchos de casos sin responsabilidad por su parte.

En ese ambiente febril de festividad mundana, se «rezaron» (es un decir) las Completas. Al no poder hacerlo con el recogimiento debido, al poco salimos por una puerta lateral. Mientras conversábamos a unos escasos metros del lugar, de repente se oyó una turba en el interior de la Iglesia que gritaba: «I - INDE - INDEPENDÈNCIA!!!!... I - INDE - INDEPENDÈNCIA!....»

Pensé: «no puede ser; no, otra vez no». Se agitaron en mi memoria los recuerdos de los años 2017 a 2019, cuando esos disturbios eran el pan de cada día. Les pregunté a los correligionarios: «¿Lo escucháis?» Entramos de nuevo en el Templo y, en efecto, se estaba produciendo un aquelarre secesionista en su interior. El párroco, bien por no esperarse algo así o bien por verse superado y amedrentado, guardó silencio a pesar de portar el micrófono en su mano. O, tal vez calló por no escuchar los disturbios, pues alguien de total confianza que se encontraba cerca suyo en aquel momento nos comentó, posteriormente, que desde el altar no se oía nada de eso y lo atribuía a unos jóvenes incontrolables que todos los años le dan quebraderos de cabeza.

Sin embargo, más tarde supimos por otra fuente que —tal como intuíamos— el alboroto fue premeditado. En efecto, entre los secesionistas ya circulaba antes del evento la voz de que al final de las Completas habría «una sorpresa».

Mientras se estaban produciendo aquellos disturbios en el interior de la Iglesia, a viva voz les recriminamos a sus autores que hicieran algo tan ignominioso en un lugar santo. Les grité dos veces «VISCA ESPANYA!!!» (junto con otro epíteto que, sin ser inmoral, no era adecuado decir en el Templo, como dije, y pido a Dios me perdone por ello; ni tampoco es adecuado repetir aquí). Otro miembro de nuestro grupo, una margarita, les gritó «Això és una vergonya! Això és la casa de Déu!». Pero nuestros gritos quedaron ensordecidos por los ruidos secesionistas de la multitud. Solamente nos escucharon las personas que nos rodeaban, quienes —sorprendidas— nos miraban en silencio.

Salimos indignados por la misma puerta lateral de la Iglesia, y comentamos el hecho a pocos metros el lugar. Casi al instante, abandonó también el Templo un personaje con una actitud chulesca y matona, observándome de arriba a abajo, con desdén. Pasó por nuestro lado mirándonos de reojo, se alejó unos pocos metros, y siguió mirándonos y murmurando con otros cómplices suyos —como si de Al Capone o de un proxeneta se tratase—. Al final, gracias a Dios, la cosa no llegó a mayores. Pude haber callado para «no buscarme (más) problemas», pero no. En 2017 y en 2019 (igual que en 2020) ya callé en ocasiones cosas que no debí callar y, esta vez, no me dio la gana callarme de nuevo. Hay límites que son sagrados y que no se puede tolerar que se traspasen, ni podemos ser perros mudos, sino que es necesario combatir sin tibiezas, porque claudicar significa regalar terreno al enemigo.

El laicismo —la máxima liberal repetida hoy hasta la saciedad por tantos eclesiásticos del «no hay que mezclar religión con política» (y que compran las llamadas derechas, tanto las «cobardes» como las autopercibidas «valientes»)— sólo ha servido para que el vacío dejado por los católicos en la política sea monopolizado por el anticristianismo, en sus distintas formas.

Han moldeado un «catolicismo» domesticado, débil y emasculado; inofensivo para dicho poder político anticristiano; y han regalado a los enemigos de Cristo el atrevimiento de ir a los templos a hacer apología de su ideologías infectas. Y, lo que es peor, de creerse con el derecho de hacerlo: creer que los templos les pertenecen y que pueden poner la religión verdadera al servicio de sus mezquinos intereses.

Me hace gracia que quienes afirman que hoy la Iglesia se beneficia de una «sana» separación con el poder político, y «transparencia» respecto de otras épocas según ellos «oscuras», y de que no hay que mezclar religión y política, son los mismos que suelen consentir de modo cómplice (quiero pensar que por simple cobardía y debilidad humana) con estos fenómenos, que son un ejemplo de manual de Césaro-papismo.

Igual de curioso me resulta que se acuse a los católicos que siguen la doctrina y liturgia tradicionales de ser elementos subversivos y creadores de «división», cuando los Obispos han consentido en incontables ocasiones la usurpación de los templos para aquelarres de una ideología que reparte carnés de buenos y malos catalanes, y ha convertido a la antaño proverbialmente católica Cataluña en el desierto espiritual que es a día de hoy, donde muchos, muchísimos, autóctonos tienen un conocimiento del Evangelio no superior al que pueda tener un pigmeo o un mongol.

Pidamos a San Zenón, que sufrió el martirio por seguir a Cristo en vez de la idolatría pagana de su tiempo, que no tenga en cuenta esta afrenta e interceda por Cataluña, la Hispanidad y toda la Iglesia Universal.

Lo requetè Francesch Antòniu, Círcol Tradicionalista Ramon Parés y Vilasau (Barcelona)

 

 

diumenge, 14 de juliol del 2024

Modestia y belleza: la importancia del velo femenino

 

Modestia y belleza: la importancia del velo femenino


La modestia femenina en el vestir, que debe ser especialmente patente estando en la iglesia y singularmente en el rostro, indica una actitud de recogimiento y adoración por la Majestad Divina.




La mantilla femenina o velo ha sido siempre un complemento inseparable de la mujer en las iglesias. Tristemente, como tantas cosas buenas, empezó a perderse a partir de los años 60, sin que la Iglesia lo indicase expresamente.

Sin embargo, muchas chicas y mujeres más mayores lo están recuperando, especialmente en las ceremonias de Misa Tradicional; pero todavía está lejos de ser usado por la mayoría de las mujeres que asisten a Misa.

El velo es un signo de modestia y castidad. En tiempos del Antiguo Testamento, descubrir la cabeza de una mujer era una manera de humillarla, o de castigar a las mujeres que transgredían la Ley. Una mujer hebrea nunca habría entrado en el Templo o en la sinagoga sin cubrirse la cabeza.

Esta práctica continuó en la Iglesia Católica. Así, San Pablo (I Corintios 11,6) indica que las mujeres deben usar el velo como signo de que la gloria de Dios, no la propia, es el centro del culto.

Así, la Tradición de la Iglesia siempre había considerado que la mujer, por su misma naturaleza física, puede provocar fácilmente la distracción de las demás personas que asisten a Misa: no sólo de hombres, sino también de otras mujeres, que inevitablemente pueden sentir interés en el peinado o el aspecto de otra mujer con vistas a imitarla, por ejemplo.

San Pablo también indica que el velo en la mujer es un signo externo del reconocimiento de, y sumisión a, la autoridad, tanto de Dios como de los esposos. Esto choca con el  actual mundo anticristiano, que busca romper tal autoridad. Sin embargo, esta visión —que el mundo anticristiano tomaría hoy como una consideración terriblemente «sexista»— es algo en realidad, normal y natural.

La modestia femenina en el vestir, que debe ser especialmente patente estando en la iglesia y singularmente en el rostro, indica una actitud de recogimiento y adoración por la Majestad Divina. En el uso del velo o mantilla, se refleja el orden divino invisible y lo hace visible. San Pablo presenta esto claramente como una ordenanza, ya que es la práctica de todas las iglesias.

Todo ello hace que el velo sea un complemento especialmente adecuado para estar en una iglesia. Y en realidad, no sólo en la iglesia, pero en Misa resulta especialmente aconsejable.

Una mujer con velo, con un vestido modesto, a ser posible, de tonos cromáticos no llamativos, va vestida de forma inmejorable para conjugar modestia, recogimiento y elegancia en Misa. Mucho mejor que muchas mujeres que van de cualquier manera y, lo que es peor, a veces de modo indecente, como si estuviesen en una terraza junto a la playa o en una discoteca.

Muchas mantillas están muy bien de precio y con sus encajes y adornos son a la vez modestas y muy elegantes; realzan la belleza femenina dando a la mujer un aire misterioso y muy atractivo.

Así que, chicas, ¡animaos a usar mantilla!

Lina C.,
@Ruah431
Círculo Tradicionalista Ramón Parés y Viasau (Barcelona)

divendres, 12 de juliol del 2024

Salvador Dalí, la fe i la tradició (IX)


 


Traducción al castellano, a continuación.


Salvador Dalí, la fe i la tradició (IX)


Mentre els surrealistes van destruir els mitjans de l’expressió per «avançar »vers el miratge d’una «llibertat» absoluta, impotent i aterridora, Dalí va recuperar la tradició clàssica, la tècnica i la finalitat última de l’operació artística: la persecució de la bellesa.



Abans de continuar avançant en la biografia de Salvador Dalí, i havent exposat ja la ruptura del geni empordanès amb la colla dels surrealistes francesos, volem fer una parada per a valorar, de més a la vora, la seva postura sobre l’art modern i la tradició.

Com ja hem repetit una bona munió de vegades, la primera etapa artística de Dalí, quan tot just començava a fer pintura de la mà de l’impressionisme francès, era radicalment oposada a la que va prosseguir en els anys efervescents del surrealisme.  

En el seu diari de joventut, exposa una concepció contrària a l’obsessió artística surrealista, que posteriorment criticarà sense gaire compassió ni gaire càrrec de consciència, entrada ja la seva maduresa.

«Jo no comprenc la música dels grans mestres, sí però que m’agrada; m’agrada endormiscar-me embriac d’art, al so de paraules que de tan hermoses no comprenem, però que consolen l’ànima i fan gaudir l’esperit enlairant-lo per damunt la vulgaritat i la pressa de viure. Aquesta incertitud somniadora em fa gaudir el cor d’una manera estranya, i res més desitjo. No aspiraré a comprendre més aquelles paraules dolçament hermoses, incomprensibles però que diuen la veritat en poesia. I ressuscita el que els mestres crearen.»

Els surrealistes francesos no comprendrien ni un borrall de tot això puix, per a ells, l’art era una eina més del projecte de la revolta contra la realitat, un fil tallant amb què esbudellar l’ordre social, la consciència de la persona i fins la mateixa realitat. La imatge surrealista s’independitza de la representativitat, abraonant-se sobre el món real per a sotmetre’l a l’alliberament que vol suposar la construcció etèria del superrealisme, un món meravellós on l’home té per trobar la seva llibertat.

La bellesa —per al pertorbat d’en Breton— era la suma de consciència de les perversions de cadascú; una convulsió que havia de somoure la tècnica i l’estètica per a esfondrar l’imperi de la bellesa, que la humanitat té sotmesa.

Salvador Dalí beu del mateix porró que aquesta gent i s’empassa gola avall aquestes idees delirants portant fins al paroxisme aquesta antiestètica de la modernitat. Ja hem esmentat prèviament els efectes nocius que sobre la seva vida va tenir el contacte amb els surrealistes francesos, les seves discrepàncies de fons i de forma i, finalment, la seva separació.

«Desde mi regreso de París, pintaba sin descanso una tela que debería llamarse Juego lúgubre, y en la cual me esforzaba en representar unos calzoncillos manchados de excremento. Poco a poco, todo mi universo se coloreaba de relumbres de locura y yo malgastaba mi genio en risas, esperma y visiones. Era tiempo que Gala me devolviera un alma.»

Malgrat que en Dalí es va fer sempre mantenir, quasi amb una exclusivitat nobiliària, el títol de surrealista, fou un cop superada aquesta etapa del surrealisme més violent i revolucionari que, rebutjant les idees efusives i disgregadores de la  revolució, recupera els esbossos traçats durant la seva joventut, reconstituint la seva doctrina estètica en particular i filosòfica en general.

«Soy el surrealista más surrealista que pueda darse, y sin embargo, entre yo y el grupo siempre existió un profundo equívoco. Breton, y con él Picasso, jamás tuvieron el menor gusto por la tradición verdadera, ningún sentido de ella. Ambos buscaron la sorpresa, el impacto, la emoción antes que el éxtasis. Son para mí unos intelectuales impotentes. Dimitieron por incapacidad de renovar el tema de lo interior; para ellos, lo pintoresco fue siempre más valioso que el orden creador, más el detalle que el conjunto, el análisis que la síntesis. Así, prefirieron muy pronto el arte bárbaro y especialmente el arte africano, al clasicismo, demasiado difícil de conquistar, de asumir, de superar.»

D’aquesta manera arriba Dalí, a la dècada de 1950, a publicar una crítica a l’art modern dins l’opuscle Los cornudos del viejo arte moderno. Entre les seves planes fa un al·legat en defensa i lloança de la tradició clàssica mentre arrossega pel llot l’art modern i renya els seus antics amics surrealistes.

Els interessats i els coneixedors en matèria d’art —que no és pas la nostra especialitat— segur que troben de profit la lectura complerta del manifest; a malgrat que hi ha pàgines que mereixerien de ser copiades en aquest article amb objecte de ser recordades, proposem un breu resum del seu contingut.

Salvador Dalí presenta l’artista modern, i especialment el seu admirador, com un beneït que porta banyes, un cornut que es desfà en lloances a la seva dama alhora que aquesta fa la nit dins l’amable jaç d’un amant o altre.

L’artista modern, com el jove poeta Arthur Rimbaud —qui deia que la bellesa s’havia ajagut a la seva falda i ja s’havia cansat d’ella— és un individu que s’ha deixat ensibornar per la lletjor, per la modernitat, per la tècnica i per l’abstracte. I com uns rosegadors de clavegueram, segons paraules de Dalí, aquesta mena d’artistes va començar a extasiar-se amb el que diuen una nova forma de bellesa no convencional, d’inconfessables atractius, la lletjor.

La nova operació artística de tota una generació es transformava, sota cobert de les idees detergents del seu temps, abandonant la tècnica i apartant la nosa del classicisme carrincló, cansat de perseguir la bellesa i disposat a l’adoració idolàtrica de la lletjor.

«Cada cuadro, cada cerámica, cada tapiz moderno que se respete, debe parecer recién salido de una excavación y simular los accidentes de la pátina y de la decrepitud truculenta. Y esto hasta un extremo que no se habrían permitido ni en la época de las añoradas «consolas Miguel Ángel», donde se contentaban con imitar modestas carcomas.»

Així com l’home rebutja l’herència i el bé en favor de la seva llibertat, també l’artista modern rebutja la constricció de la tècnica i de la bellesa en favor d’una nova llibertat creativa, que no entén gaire ningú a on els ha de menar.

«Praxíteles decía que la belleza de una obra de arte reside en la pizca de arcilla que el escultor que ha copiado a su modelo con fidelidad ha olvidado en sus propias uñas. Si usted es artista, ¡copie, copie! Siempre quedará algo. Siempre nace alguna cosa nueva.»

«No hay ninguna necesidad de deformar, de distorsionar, de trampear la realidad para expresar su arte. Ni Praxiteles ni Vermeer hacían trampas en ese punto. Y, pese a todo, tradujeron los sentimientos y las ideas más sublimes y completos. Siempre que un pintor manipula la realidad, es decir, cuando no fotografía el mundo exterior, es que posee un punto de vista muy endeble en relación con la naturaleza. Tiene un ojo caricaturesco. Su carácter predomina sobre la belleza, y con ello la obra resulta menos importante desde el punto de vista estético.»

L’originalitat es troba dins la tradició, ja ens havia enlluernat en Dalí amb aquest aforisme en altres articles; així mateix, ocorre amb l’art, espill humà de la bellesa.  

«Sobre la sorra de Portiligat vaig comprendre que el sol de Catalunya, que havia fet néixer dos genis, Ramon de Sibiuda autor d'una Teologia natural, i Gaudí, creador del gòtic mediterrani, era el mateix sol que feia explotar en mi l'àtom de l'absolut. Em vaig convertir en místic bo i mirant per la finestra el pas de les orenetes. Vaig comprendre que jo seria el salvador de la pintura moderna. Tot va resultar clar i evident: la forma és una reacció de la matèria sota coerció inquisitorial al voltant de l'espai dur. La llibertat és la informitat. La bellesa és l'espasme final d'un rigorós procés inquisitorial. Totes les roses neixen en una presó.»

Recordem el nostre estimat Miró qui, de representar la Passió de Nostre Senyor Jesucrist amagada entre els objectes de pagès a La masia, i de retratar la volta del cel dels vespres a Varengeville-sur-Mer a Constel·lacions, acaba per voler assassinar la pintura abocant cubells de negre damunt les teles que després esclafava sota els seus peus, estripava i fins deixava a mig cremar.

«Efectivamente, nada ha envejecido nunca más aprisa y de peor manera que lo que en un momento dado calificaron de moderno».

En la pintura mironiana de joventut, realista primer i reduïda després al simbolisme a través de la legítima operació artística de l’abstracció —deia Michel Leiris, ens sembla que encertadament, que la pintura de Miró era el camí més curt d’un misteri a l’altre— trobem un patrimoni que es perd amb els anys per aquest l’envelliment precoç, violent i vulgar del modernament estètic. Així, el jove introvertit de Mont-Roig que caminava afermat a terra, voltat de silenci, absort en la contemplació de la natura, i que somniava d’alçar la mà cap al cel per arribar als estels, acabarà per afirmar —ja de més gran, quasi a les portes de recuperar la forma moderna de l’art rupestre— que sentia un fàstic immens per la pintura.  

«Però no crec pas que Miró s’adonés ben bé —respon-li Dalí— que la pintura que anàvem a assassinar plegats era la pintura moderna.»


Ensems, en la font prèviament referenciada, Dalí es queda a gust repartint per a tothom i diu que quan en Le Corbusier li demana l’opinió pel que fa a la seva arquitectura, ell afirma sense embuts:

«Afirmé categóricamente que el último gran genio de la arquitectura se llamaba Gaudí, cuyo nombre, en catalán, significa «gozar», así como Dalí quiere decir «deseo». Le expliqué que el goce y el deseo son propios del catolicismo y del gótico mediterráneo, reinventados y llevados al paroxismo por Gaudí. Mientras me escuchaba, Le Corbusier parecía tragar sapos y culebras.»

«Quiero pedir a mis amigos Le Corbusier, Barr y Sweeney, y sobre todo a Malraux, que se detengan un momento a considerar cómo ha envejecido física y moralmente uno de esos papeles encolados, amarillos, anecdóticos, literarios y sentimentales de la época cubista. ¡Que lo comparen con el pequeño San Jorge de Rafael, que conserva la frescura de una rosa! Pero desconfío del resultado, ¡porque a esos cuatro sigue atrayéndoles demasiado el cataclismo!»

Davant del cataclisme que va suposar per l’art tota la generació contemporània a Salvador Dalí, que no té sinó per mèrit l’haver destruït els mitjans de l’expressió per avançar vers el miratge d’una llibertat absoluta, impotent i aterridora, el geni de l’Empordà es proposa de recuperar la tradició clàssica, la tècnica i la finalitat última de l’operació artística, la persecució de la bellesa; bellesa que molt té a veure amb les orenetes que persegueixen les hores gaies de l’estiu, allí on la llum retalla de més les nits.

«Els meus pares em batejaren amb el mateix nom del meu [difunt] germà —Salvador— i estava destinat, com el meu nom indica, no menys que a salvar la pintura del buit de l’art modern i a fer-ho en aquesta època abominable de catàstrofes mecàniques i mediocres en què tenim la desgràcia i l’honor de viure.»

«Una vez más le corresponderá a España ennoblecerlo todo a través de la fe religiosa y la belleza».

Salvador Dalí


Pere Pau, Círcol Tradicionalista Ramon Parés y Vilasau (Barcelona)


* * *




 

En castellano:


Salvador Dalí, la fe y la tradición (IX)


Mientras los surrealistas destruyeron los medios de la expresión para «avanzar» hacia el espejismo de una «libertad» absoluta, impotente y aterradora, Dalí recuperó la tradición clásica, la técnica y la finalidad última de la operación artística: la búsqueda de la belleza.




Antes de proseguir avanzando en la biografía de Salvador Dalí, y habiendo expuesto ya la ruptura del genio ampurdanés con la cuadrilla de los surrealistas franceses, queremos hacer una parada para valorar, más de cerca, su postura sobre el arte moderno y la tradición.

Como ya hemos repetido una buena cantidad de veces, la primera etapa artística de Dalí, cuando apenas empezaba a hacer pintura de la mano del impresionismo francés, era radicalmente opuesta a la que prosiguió en los años efervescentes del surrealismo.

En su diario de juventud expone una concepción contraria a la obsesión artística surrealista, que posteriormente criticará sin mucha compasión ni mucho cargo de conciencia, entrada ya su madurez.

«Yo no comprendo la música de los grandes maestros, pero sí que me gusta, me gusta adormecerme ebrio de arte, al sonido de palabras que de tan hermosas no comprendemos, pero que consuelan el alma y hacen disfrutar el espíritu elevándolo por encima de la vulgaridad y las prisas del vivir. Esta incertidumbre soñadora hace disfrutar a mi corazón de una manera extraña, y nada más deseo. No aspiraré a comprender nunca esas palabras dulcemente hermosas, incomprensibles, pero que dicen la verdad en poesía. Y resucita lo que los maestros crearon.»

Los surrealistas franceses no comprenderían ni una pizca de todo esto porque, para ellos, el arte era una herramienta más del proyecto de revolución contra la realidad, un hilo cortante con el que destripar el orden social, la conciencia de la persona y hasta la misma realidad. La imagen surrealista se independiza de la representatividad, abalanzándose sobre el mundo real para someterlo a la liberación que quiere suponer la construcción etérea del superrealismo, un mundo maravilloso donde el hombre debe encontrar su libertad.

La belleza —para el perturbado de Breton— era la suma de conciencia de las perversiones de cada cual; una convulsión que tenía que agitar la técnica y la estética para derrumbar el imperio de la belleza, que a la humanidad tiene sometida.

Salvador Dalí, conforme con esta gente, se traga todas estas ideas delirantes llevando hasta el paroxismo esta antiestética de la modernidad. Ya hemos mencionado previamente los efectos nocivos que sobre su vida tuvo el contacto con los surrealistas franceses, sus discrepancias de fondo y de forma y, finalmente, su separación.

«Desde mi regreso de París, pintaba sin descanso una tela que debería llamarse Juego lúgubre, y en la cual me esforzaba en representar unos calzoncillos manchados de excremento. Poco a poco, todo mi universo se coloreaba de relumbres de locura y yo malgastaba mi genio en risas, esperma y visiones. Era tiempo que Gala me devolviera un alma.»

A pesar de que el Dalí se hizo siempre mantener, casi con una exclusividad nobiliaria, el título de surrealista, fue una vez superada esta etapa del surrealismo más violento y revolucionario que, rechazando las ideas efusivas y disgregadoras de la revolución, recupera los esbozos trazados durante su juventud, reconstituyendo su doctrina estética en particular y filosófica en general.

«Soy el surrealista más surrealista que pueda darse, y sin embargo, entre yo y el grupo siempre existió un profundo equívoco. Breton, y con él Picasso, jamás tuvieron el menor gusto por la tradición verdadera, ningún sentido de ella. Ambos buscaron la sorpresa, el impacto, la emoción antes que el éxtasis. Son para mí unos intelectuales impotentes. Dimitieron por incapacidad de renovar el tema de lo interior; para ellos, lo pintoresco fue siempre más valioso que el orden creador, más el detalle que el conjunto, el análisis que la síntesis. Así, prefirieron muy pronto el arte bárbaro y especialmente el arte africano, al clasicismo, demasiado difícil de conquistar, de asumir, de superar.»

De este modo llega Dalí, en la década de 1950, a publicar una crítica al arte moderno dentro del opúsculo Los cornudos del viejo arte moderno. Entre sus páginas hace un alegato en defensa y alabanza de la tradición clásica mientras arrastra por el lodo al arte moderno y riñe a sus antiguos amigos surrealistas.

Los interesados y los conocedores en materia de arte —que no es nuestra especialidad— seguro que encuentran provecho en la lectura completa del manifiesto; no obstante, a pesar de que hay páginas que merecerían ser copiadas en este artículo con objeto de ser recordadas, proponemos un breve resumen de su contenido.

Salvador Dalí presenta al artista moderno, y especialmente a su admirador, como un bobo cornudo que se deshace en alabanzas a su dama a la vez que ésta pasa las noches en el amable lecho de uno u otro amante.

El artista moderno —como el joven poeta Arthur Rimbaud, quien decía que la belleza se había sentado en su regazo y ya se había cansado de ella— es un individuo que se ha dejado engañar por la fealdad, por la modernidad, por la técnica y por lo abstracto. Y, como unos roedores de alcantarillado —según palabras de Dalí—, este tipo de artistas empezó a extasiarse con lo que apodan como una nueva forma de belleza no convencional, de inconfesables atractivos; la fealdad.

La nueva operación artística de toda una generación se transformaba, bajo el amparo de las ideas detergentes de su tiempo, abandonando la técnica y apartando el estorbo del clasicismo ramplón, cansado de perseguir la belleza y dispuesto a la adoración idolátrica de la fealdad.

«Cada cuadro, cada cerámica, cada tapiz moderno que se respete, debe parecer recién salido de una excavación y simular los accidentes de la pátina y de la decrepitud truculenta. Y esto hasta un extremo que no se habrían permitido ni en la época de las añoradas “consolas Miguel Ángel”, donde se contentaban con imitar modestas carcomas.»

Así como el hombre rechaza la herencia y el bien en favor de su libertad, también el artista moderno rechaza la constricción de la técnica y de la belleza en favor de una nueva libertad creativa, que nadie logra entender hacía dónde les debe dirigir.

«Praxíteles decía que la belleza de una obra de arte reside en la pizca de arcilla que el escultor que ha copiado a su modelo con fidelidad ha olvidado en sus propias uñas. Si usted es artista, ¡copie, copie! Siempre quedará algo. Siempre nace alguna cosa nueva.»

«No hay ninguna necesidad de deformar, de distorsionar, de trampear la realidad para expresar su arte. Ni Praxíteles ni Vermeer hacían trampas en ese punto. Y, pese a todo, tradujeron los sentimientos y las ideas más sublimes y completos. Siempre que un pintor manipula la realidad, es decir, cuando no fotografía el mundo exterior, es que posee un punto de vista muy endeble en relación con la naturaleza. Tiene un ojo caricaturesco. Su carácter predomina sobre la belleza, y con ello la obra resulta menos importante desde el punto de vista estético.»

La originalidad se encuentra dentro de la tradición, ya nos había alumbrado Dalí con tal aforismo en anteriores artículos; así mismo ocurre también con el arte, espejo humano de la belleza.

«Sobre la arena de Portlligat comprendí que el sol de Cataluña, que ya había hecho nacer dos genios, Raimundo de Sabunde, autor de una Teología natural, y Gaudí, creador del gótico mediterráneo, ese mismo sol hacía explotar en mí el átomo de lo absoluto. Me convertí en místico mirando por la ventana el paso de las golondrinas. Comprendí que yo sería el salvador de la pintura moderna. Todo resultó claro y evidente: la forma es una reacción de la materia bajo coerción inquisitorial envolvente del espacio duro. La libertad es lo informe. La belleza es el espasmo final de un riguroso proceso inquisitorial. Todas las rosas nacen en una prisión.»

Recordamos nuestro estimado Miró quién, de representar la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo escondida entre los objetos de campesino en La masía, y de retratar el velo celeste de los anocheceres en Varengeville-sur-Mer en Constelaciones, acaba por querer asesinar la pintura vaciando cubos de negro encima de las telas que después pisoteaba, desgarraba y hasta dejaba a medio quemar.

«Efectivamente, nada ha envejecido nunca más aprisa y de peor manera que lo que en un momento dado calificaron de moderno».

En la pintura mironiana de juventud, realista primero y reducida después a la solemnidad del simbolismo a través de la legítima y elemental operación artística de la abstracción —decía Michel Leiris, nos parece que acertadamente, que esa pintura de Miró era el camino más corto de un misterio al otro— hallamos el patrimonio se pierde con los años en ese envejecimiento precoz, violento y vulgar de lo modernamente estético. Así, el joven introvertido de Mont-Roig que andaba enraizado en la tierra, envuelto en silencio, absorto en la contemplación de la naturaleza, y que soñaba con alzar la mano hacia el cielo para llegar a las estrellas, acabará por afirmar —ya de mayor, casi a las puertas de recuperar la forma moderna del arte rupestre— que sentía un asco inmenso por la pintura.

«Pero no creo que Miró se percatara —le responde Dalí— que la pintura que íbamos a asesinar juntos era la pintura moderna.»

A la vez, en la fuente previamente mencionada, Dalí se queda a gusto repartiendo para todos y cuenta cómo, cuando Le Corbusier le pide opinión al respecto de su arquitectura, él le contesta sin tapujos:

«Afirmé categóricamente que el último gran genio de la arquitectura se llamaba Gaudí, cuyo nombre, en catalán, significa «gozar», así como Dalí quiere decir «deseo». Le expliqué que el goce y el deseo son propios del catolicismo y del gótico mediterráneo, reinventados y llevados al paroxismo por Gaudí. Mientras me escuchaba, Le Corbusier parecía tragar sapos y culebras.»

«Quiero pedir a mis amigos Le Corbusier, Barr y Sweeney, y sobre todo a Malraux, que se detengan un momento a considerar cómo ha envejecido física y moralmente uno de esos papeles encolados, amarillos, anecdóticos, literarios y sentimentales de la época cubista. ¡Que lo comparen con el pequeño San Jorge de Rafael, que conserva la frescura de una rosa! Pero desconfío del resultado, ¡porque a esos cuatro sigue atrayéndoles demasiado el cataclismo!»

Ante el cataclismo que supuso para el arte toda la generación contemporánea a Salvador Dalí, que no tiene sino por mérito el haber destruido los medios de la expresión con tal de avanzar hacia el espejismo de una libertad absoluta, impotente y aterradora, el genio del Ampurdán se propone recuperar la tradición clásica, la técnica y la finalidad última de la operación artística, la persecución de la belleza; belleza que mucho tiene a ver con las golondrinas que persiguen las horas alegres del verano, allí donde la luz recorta de más las noches.

«Mis padres me bautizaron con el mismo nombre de mi [difunto] hermano —Salvador— y estaba destinado, como mi nombre indica, no menos que a salvar la pintura del vacío del arte moderno y a hacerlo en esta época abominable de catástrofes mecánicas y mediocres en la que tenemos la desgracia y el honor de vivir.»

«Una vez más le corresponderá a España ennoblecerlo todo a través de la fe religiosa y la belleza».


Salvador Dalí



Pere Pau, Círcol Tradicionalista Ramon Parés y Vilasau (Barcelona)









dimecres, 3 de juliol del 2024

Diario Inédito de Agustí Prió (IV): Carlistas en la Táuride

 


 

Diario Inédito de Agustí Prió (IV): Carlistas en la Táuride


La España del s. XIX en el contexto internacional: la Cuádruple Alianza liberal de 1834 contra la Santa Alianza.

 

Tras la segunda guerra carlista (1846—1849), medio millar de carlistas catalanes, exiliados en Francia, se alistaron a la Legión Extranjera francesa para luchar contra Rusia y Grecia en la Guerra de Crimea (1853—1856).


 

Estamos a día 15 de julio de 1837, con Agustí Prió. El día anterior, en la villa de Ager, todos sus habitantes estuvieron muy atribulados, pues temían una incursión de los liberales para cobrar las contribuciones. Ese día, Agustí escribe en su Diario:

«Gracias a Dios, son las diez de la noche y no ha habido la temida incursión.

Se han recibido muy buenas, como son la rendición de Berga (general Urbiztondo, día 11). También se han rendido los de Gironella y, entre un sitio y otro, se han conseguido 1.500 fusiles. La columna de Osorio ha sido derrotada y él, con cuatro compañeros, ha escapado a Francia por Puigcerdà. Han pasado por Solsona dos embajadores, uno ruso y uno inglés. Dicen que iban en busca del Rey. En Cataluña, se ha reconocido el tratado de Elliot».

¿Porque destaca Agustí el hecho de la visita de los embajadores ruso e inglés?

Debemos situar cómo se encuentra España dentro del contexto europeo tras la paz de Westfalia (1648), que supuso el inicio del desmembramiento de los imperios a favor de los estados-nación. En palabras de Elías de Tejada, la paz de Westfalia supuso «la ruptura definitiva del cuerpo místico cristiano», fue la última de las cinco rupturas —«como cinco puñales en la carne histórica de la Cristiandad»— que supusieron la muerte de la Cristiandad para dar paso a Europa, proceso que duró desde Lutero (1517) hasta la citada Paz de Westfalia (1648).

En el siglo XIX, la España liberal formaba parte de la Cuádruple Alianza de 1834, un acuerdo internacional firmado el 22 de abril de aquel año entre el Reino Unido, Francia, España y Portugal. En este tratado, los cuatro países se comprometieron a expulsar de Portugal al infante Miguel y de España al infante Carlos, ambos tradicionalistas. Con el inicio de la guerra carlista, en agosto de ese mismo año, se añadieron unos artículos adicionales al tratado, en los cuales las partes firmantes acordaron apoyar al gobierno liberal de facto en España. El Imperio austríaco, Rusia y Prusia —potencias defensoras del modelo de civilización cristiana, la Santa Alianza—, observaron que este tratado constituía una acción diplomática conjunta de las naciones firmantes para defender los modelos liberales de sus gobiernos en la escena internacional.

Con esto, España dejó de formar parte de la Santa Alianza, que ya estaba bastante desvirtuada. Además, marcó un hito importante el hecho de que dos países tradicionalmente rivales, como Francia y el Reino Unido, lograran llegar a un entendimiento mutuo.

La Cuádruple Alianza aseguró el respaldo de Francia y el Reino Unido a las reivindicaciones dinásticas de Isabel, mal llamada IIª, hija de Fernando VII de España, en oposición a Don Carlos María Isidro de Borbón. Este apoyo fue crucial para la derrota de los seguidores de Carlos en la primera guerra carlista y para la consolidación del régimen liberal.

La preocupación de Agustí Prió, seguramente, provenía de la esperanza en una ayuda internacional. Las potencias imperiales, Rusia incluida, jugaron en principio un papel diplomático, intentando unir a Gran Bretaña a una política de entendimiento común, que se demostró imposible a lo largo de la historia.

Lamentablemente, las esperanzas de Agustí resultaron vanas. España era de facto un protectorado inglés, y los heroicos voluntarios que surgieron entre las poblaciones campesinas tuvieron que emigrar a Francia para salvar la vida. ¿Qué les deparaba allí el destino?

Unos años más tarde, en 1853, estallaba otra guerra, en la hoy de nuevo torturada Crimea, que no era sino la continuación del gran «nuevo orden europeo» basado en la nación liberal, que habían diseñado los grandes financieros, aliados con la aristocracia güelfa, con capital en la City de Londres.

Durante la Guerra de Crimea, en la que los aliados (el Imperio Otomano, Reino Unido, Francia y el Reino de Cerdeña) lucharon contra Rusia. Francia envió varias tropas, incluyendo el Primer y Segundo Regimiento de Extranjeros. En estos regimientos estaban alistados unos 900 españoles, la mayoría de los cuales eran antiguos soldados carlistas que, debido a su precaria situación como refugiados en Francia, se habían unido a la Legión Extranjera francesa.

El Imperio Otomano era en este momento otro objetivo de la nueva Europa liberal, a la que se añade, como fue en época de las cruzadas, Tierra Santa y Jerusalén como capital, aunque, en un sentido inverso al tradicional que las potencias cristianas le tenían reservado.

El sultán Abdulhamid I tenía en su corte la gran influencia liberal promocionada por los «Jóvenes otomanos», organización oscura con probables ramificaciones en la secta herética criptojudia de los sabateanos. La familia Rothschild estaba también financiado la nueva estructura bancaria otomana como estado liberal. En Rusia, el Zar Nicolas I entendió que no había solución diplomática e inició la guerra, cuando creyó que le era más favorable.

Debido a las presiones internas, el Gobierno inglés envió una petición al zar Nicolás I para que cesara las hostilidades y se retirara de las provincias ocupadas. Ante la falta de respuesta por parte de Rusia, el 28 de marzo de 1854 se declaró oficialmente la guerra. El Reino de Cerdeña y Francia se unieron a la contienda, ya que Francia temía el aumento de la influencia británica en la región y tenía acuerdos con el Imperio Otomano para proteger a los católicos de Jerusalén. España, por su parte, declaró oficialmente su neutralidad, aunque antes del inicio del conflicto había enviado una comisión militar de observadores para analizar la situación y asistir a las operaciones en caso de que estallara la guerra. La delegación la encabeza el general Prim, natural de Reus (Tarragona), y masón.

El General Prim se sorprendió al encontrar a cientos de españoles alistados en la Legión Extranjera, principalmente en las compañías de Cazadores. ¿Quiénes eran aquellos compatriotas que, bajo bandera francesa, luchaban en las batallas más importantes y, por su valor, recibían muchas de las más altas condecoraciones? La respuesta se encontraba en los eventos ocurridos en España unos años antes. Tras la derrota de los partidarios de Carlos V, hermano del difunto Rey Fernando VII, en la Primera Guerra Carlista, en 1840, miles de seguidores del infante Don Carlos se exiliaron. Un nuevo intento fallido, conocido como la Segunda Guerra Carlista o Guerra de los Matiners, terminó de la misma manera en 1849. La penuria y el confinamiento en campos de concentración, sin un techo donde cobijarse y viviendo de la caridad, llevaron a muchos a alistarse en la Legión Extranjera. Eran veteranos de guerra y hombres acostumbrados a las dificultades, exactamente lo que la Legión necesitaba.

Prim, en sus memorias, cuando escribe sobre los voluntarios catalanes, narra:

«Las compañías de Voluntarios Catalanes enviadas por la noble y patriótica tierra de Roger de Flor como un valioso y estimado donativo al ejército de África, han desembarcado hace una hora. ¡Afortunados aventureros! Más afortunados que los Tercios Vascongados, a quienes hemos estado esperando en vano desde el inicio de la campaña, llegan a tiempo para enfrentar los mayores peligros y obtener los más gloriosos laureles de esta guerra. Son cerca de quinientos hombres. Llevan el traje tradicional de su país: pantalón y chaqueta de pana azul, barretina roja, botas amarillas, canana como cinturón, chaleco a rayas, pañuelo de colores anudado al cuello y una manta cruzada al hombro. Sus armas son el fusil y la bayoneta reglamentarios. Sus cantineras son bellísimas».

Una asombrosa descripción, coincidente con la que el Príncipe Félix Lichnowsky hizo de ellos en la batalla de Huesca. (Ver artículo anterior).

Ironías del destino, los que antaño lucharon por la Tradición, se veían ahora luchando en contra de aquellos de quienes esperaron ayuda unos años atrás.

Como hemos comentado, se intentó presentar también a la guerra de Crimea como una cruzada para proteger a los peregrinos de Tierra Santa. Francia, irónicamente, fue quien pretendió defender los intereses cristianos católicos en Tierra Santa, contra la Rusia ortodoxa. El Papa, por aquel entonces Pio IX se encontraba en una terrible situación con la pérdida de los Estados Pontificios, que le llevó a paradójicas alianzas con liberales para salvar lo posible, al menos en los iniciales años de su largo pontificado.

Rusia y Grecia, fueron aliadas, como potencias ortodoxas, en esta falsa «guerra santa» entre cristianos católicos y ortodoxos, en la que aún hoy nadie entiende cuál había sido la causa de los grandes disturbios en el Santo Sepulcro, si no es por ataques de falsa bandera con la intención de provocar un conflicto que facilitara el envío de tropas para mantener el orden. Es evidente los intereses del sionismo, como trasfondo de todo este entramado.

Para complicar aún más la situación, Nicolás I se vio obligado a adoptar una postura defensiva para proteger a los cristianos oprimidos dentro del Imperio Otomano, quienes eran tratados como ciudadanos de segunda clase y debían pagar impuestos especiales. Nicolás exigió que los cristianos ortodoxos del Imperio Otomano estuvieran bajo su protección. El antiguo problema de Palestina y Jerusalén, relacionado con el control del Santo Sepulcro, desencadenó un nuevo conflicto. Recordemos que en ese momento, los Santos Lugares se encontraban dentro del Imperio Otomano.

Un nuevo giro dentro de estas tensiones apareció con el ascenso de Napoleón III, que fue proclamado emperador de los franceses en 1852. Este nuevo gobernante al frente de Francia tenía grandes aspiraciones y pretendía restaurar la grandeza francesa de las décadas anteriores. Consideró que las tensiones y los conflictos en curso entre los otomanos y Rusia eran una forma de confirmar su legitimidad y prestigio, por lo que se apresuró a entrar en ellos. Para ello, Napoleón III se posicionó rápidamente en defensa de los intereses franceses y de las minorías católicas de Jerusalén. Esto se oponía directamente a los intereses rusos y a Nicolás I, que se posicionó en defensa de los cristianos ortodoxos orientales, a los que se sentía obligado a ayudar. En muchos sentidos, los rusos se sintieron incomprendidos. Muchos historiadores consideran que su política exterior fue totalmente errónea y mal gestionada, y que sus intenciones hacia los otomanos se entendieron mal. En el momento de la guerra de Crimea, el propio Nicolás I —al igual que los demás rusos— creía que sus intenciones de proteger a las minorías cristianas se habían interpretado de forma totalmente equivocada. Este fragmento de una carta que se conserva nos muestra una visión perfecta de la forma en que se percibía a los rusos en aquella época, siendo acusados (en cierto modo) de tener ambiciones expansionistas.

«Francia arrebata Argelia a Turquía, y casi todos los años Inglaterra se anexiona otro principado indio: nada de esto perturba el equilibrio de poder; pero cuando Rusia ocupa Moldavia y Valaquia, aunque solo temporalmente, eso perturba el equilibrio de poder. Francia ocupa Roma y se queda allí varios años en tiempos de paz: eso no es nada; pero a Rusia solo se le ocurre ocupar Constantinopla, y la paz de Europa se ve amenazada. Los ingleses declaran la guerra a los chinos (Primera Guerra del Opio), que, al parecer, les han ofendido: nadie tiene derecho a intervenir; pero Rusia está obligada a pedir permiso a Europa si se pelea con su vecino. Inglaterra amenaza a Grecia para que apoye las falsas pretensiones de un miserable judío y quema su flota: es una acción lícita; pero Rusia exige un tratado para proteger a millones de cristianos, y se considera que eso refuerza su posición en Oriente a costa del equilibrio de fuerzas. No podemos esperar de Occidente más que odio ciego y malicia...»
—Memorándum de Mijaíl Pogodin a Nicolás I, 1853.

Cabe destacar que, desde la IV cruzada contra Bizancio, al apoyo a los otomanos que conquistaron Constantinopla vino de la banca Veneciana, aliada con la aristocracia güelfa, que parece estar en el origen ideológico de esta gran revolución a lo largo de siglos. Y Rusia es, desde la caída de Constantinopla, la heredera de Bizancio: la tercera Roma.

La iglesia de Hagia Sophia ocupaba un lugar central en la vida religiosa de la Rusia zarista, una civilización que se consideraba la sucesora ortodoxa del Imperio Bizantino. Hagia Sophia era vista como la madre de la Iglesia Rusa, actuando como el vínculo histórico entre el mundo ortodoxo del Mediterráneo oriental y Tierra Santa. Según la Crónica Primaria, la primera historia registrada de los Rus de Kiev compilada por monjes en el siglo XI, los rusos se sintieron motivados a convertirse al cristianismo por la impresionante belleza visual de la Iglesia. Los emisarios del Gran Príncipe Vladimir, enviados a varios países en busca de la verdadera fe, informaron sobre Hagia Sophia diciendo: «No sabíamos si estábamos en el cielo o en la tierra. En la tierra no existe tal esplendor ni tal belleza y no tenemos palabras para describirlo. Sólo sabemos que Dios reside allí, entre ellos, y todos los servicios son más hermosos que las ceremonias de otras naciones. No podemos olvidar tanta belleza».

Durante todo el siglo XIX, la reivindicación de la Iglesia siguió siendo un objetivo fundamental y persistente para los nacionalistas y líderes religiosos rusos. Anhelaban conquistar Constantinopla y convertirla en la capital rusa («Zargrado») de un imperio ortodoxo que abarcaría desde Siberia hasta Tierra Santa. El Archimandrita Uspenski, el misionero más destacado del Zar que dirigió la misión eclesiástica enviada a Jerusalén en 1847, articuló esta visión diciendo: «Rusia ha recibido eternamente la misión de iluminar Asia y unir a los eslavos. Todas las razas eslavas, junto con Armenia, Siria, Arabia y Etiopía, se unirán para alabar a Dios en Santa Sofía».

No obstante, el origen del conflicto que finalmente desencadenó la guerra de Crimea fue la exigencia rusa de liderar y proteger a los cristianos del Imperio Otomano. Esta demanda se centraba en su aspiración de recuperar Hagia Sophia como la Iglesia Madre y convertir Constantinopla en la capital de un vasto imperio ortodoxo que uniera Moscú con Jerusalén.

Catalina la Grande logró incorporar Crimea con éxito al territorio de Rusia, asegurando la preservación de los vestigios de Quersoneso, un sitio sagrado y la cuna de la cristiandad eslava en la historia de Rusia. La antigua Táuride griega fue transformada en la Gubernia rusa de Táurida, fortaleciendo así los lazos de Rusia con el mundo antiguo y la herencia helénica de Bizancio.

En su primer viaje a Crimea, la Emperatriz Catalina describió la península como un lugar de ensueño, comparable a Las mil y una noches. De este modo, las tierras tártaras de Crimea adquirieron una importancia creciente en el imaginario ruso, especialmente en un período en el cual Rusia, a través de escritores, artistas y compositores, exploraba y definía el alma y la identidad de su pueblo.

A día de hoy, nos encontramos en un escenario que recuerda asombrosamente al que vivió Agustí Prió y sus correligionarios carlistas. Rusia ansía recuperar su esencia original y el espíritu de Bizancio. De nuevo. la tercera Roma es lo que fue, y es hoy el gran escollo del modelo globalista liberal, totalmente opuesto a la civilización cristiana Bizantina. Táurida es de nuevo el nexo, en litigio, de la segunda y la tercera Roma.

Francesc Sánchez Parés, Círcol Tradicionalista Ramon Parés y Vilasau (Barcelona)

diumenge, 30 de juny del 2024

Carta de Barcelona. Junio de 2024

 

Imagen del Sagrado Corazón que corona el Templo Expiatorio Nacional del Tibidabo (Barcelona).

 

Carta de Barcelona. Junio de 2024


Colaboraciones catalanas en el Periódico La Esperanza durante el mes de Junio de 2024





BOLETÍN POLÍTICO

Tras las «elecciones» (es un decir) autonómicas del 12 de mayo de 2024, se inicia el cambalache para la compra del cargo de «presidente» de la (mal llamada) Generalidad.

En este trueque mercantil, los secesionistas catalanes abandonan, de momento, la secesión, como nos informa Lo Mestre Titas. En efecto, el modelo de financiación autonómico —no la secesión, ni siquiera el referéndum— es la principal exigencia de ERC para investir al socialista Salvador Illa como presidente catalán.

En política española, el usurpador Felipe —mal llamado el VIº— sanciona (firma) la «Ley» (es un decir) de Amnistía, perpetrada por el gobierno de Pedro Sánchez. Se trata de un acto debido (sic), propio de estas Monarquías de plástico que coronan, a modo de adorno navideño, el árbol sin raíces de las repúblicas modernas. Los carlistas catalanes ya habíamos publicado un Manifiesto con motivo de la aprobación de Ley de Amnistía, en marzo pasado, y a él nos remitimos.

Otras «elecciones» (de esas que no eligen nada) han tenido lugar en junio: las europeas del día 9. En ellas, la abstención ha vuelto a ganar en el Principado de Cataluña, pero no hemos perdido el tiempo en preparar una crónica al respecto. En cambio, sí nos hemos hecho eco, gracias a Agencia Faro, de algo más importante: el cierre de la frontera francoespañola realizado de forma conjunta por agricultores españoles y franceses, pocos días antes de esos comicios. Por primera vez, los agricultores de ambos países protestaban juntos contra la Europa estatista que hace inviable nuestro campo, a causa del régimen burocrático «ecológico», de los acuerdos de libre comercio desiguales, y de los costes energéticos inflados por los impuestos.

Por último, y en vista de su actualidad, hemos rescatado un texto de Francisco Canals que sintetiza a la perfección el fenómeno del nacionalismo catalán, síntesis que se puede extrapolar, en lo esencial, a cualquier otro nacionalismo, como el español. Lo publicó en la revista Verbo, en 1996:

«El nacionalismo es al amor patrio lo que es un egocentrismo desordenado en lo afectivo, y pretendidamente auto justificado por una falsa filosofía, a aquel recto amor de sí mismo que se presupone incluso en el deseo de felicidad y en la esperanza teologal por la que nos orientamos a la bienaventuranza sobrenatural.

»Pero el amor propio desordenado puede llevar, como afirmó San Agustín a la rebeldía y al odio contra Dios. El nacionalismo, amor desordenado y soberbio de la “nación”, que se apoya con frecuencia en una proyección ficticia de su vida y de su historia, tiende a suplantar la tradición religiosa auténtica, y sustituirla por una mentalidad que conduce por su propio dinamismo a una “idolatría” inmanentista, contradictoria intrínsecamente con la aceptación de la trascendencia divina y del sentido y orientación sobrenatural de la vida cristiana».



CRÓNICA DEL PRINCIPADO


La margarita Lina —que realiza un encomiable apostolado sobre la modestia femenina en Instagram: @ruah431—, nos enseña que sin modestia femenina no hay sociedad posible. En efecto, la corrupción de la mujer, mediante la pérdida de la modestia femenina, es clave para entender la actual destrucción de nuestra sociedad:

«No es casualidad que todo el desastre en que se hundió la Iglesia y el mundo a partir de mediados de los 60, coincidiese exactamente con la pérdida de la modestia en la apariencia. El Enemigo sabía muy bien que ese cambio trascendental provocaría el hundimiento de la sociedad en la impureza, el pecado que más almas lleva al infierno, según dijo la Santísima Virgen en Fátima.

»De ahí vino la destrucción de la familia y después, la de los varones. Destruida la mujer en su decencia y dignidad auténtica, se destruyó la familia y los propios hombres, desconcertados, cayeron en la inmodestia y el afeminamiento. Destruida la mujer, destruida toda la sociedad. Las niños también gracias a todo ello son cada vez más precoces en la inmodestia y la impureza».


SECCIÓN RELIGIOSA

La Iglesia dedica Junio a la devoción al Sagrado Corazón Jesús, en cuya imagen se resume todo el Amor de Dios, en palabras de Mossèn Emmanuel Pujol: «Quiero rezar para que nuestra Patria, con los inmensos dones divinos de que dan muestra los hitos que ornan su historia de fe, y hoy tan afligida por haberse vuelto de espaldas a Dios, encuentre en el Corazón de Jesús el eficaz remedio que tantos pecadores han hallado a sus males y entre los cuales me cuento. Ojalá, como aquí lo esperamos muchos, el Corazón Sagrado de Jesús se digne servir de esta vieja Causa que en la primera hora de la Revolución se consagró por entero a Su servicio y que todavía hoy, por Su inmensa misericordia, persevera en la lucha para que Él reine. ¡Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío!»


HISTORIA DEL TRADICIONALISMO

El (desde este mes) Doctor Pere Pau continúa su magnífica serie histórica sobre Salvador Dalí, la fe y la tradición. Este mes de Junio nos ha ofrecido tres nuevas entregas, que se suman a las cinco anteriores.

Así, en la sexta entrega de su serie, observamos cómo el movimiento surrealista se puso al servicio de la Revolución, con la voluntad de arruinar definitivamente la familia, patria y religión. «Cada vez más introducido en el movimiento surrealista, Dalí se hace discípulo y esclavo de la locura revolucionaria, derrumbándose los cimientos de su concepción artística, reatornillando hasta la asfixia su vida y cargando de tensión la familia; haciendo que, incluso, el librepensador de su padre estuviera seriamente preocupado».

En la séptima entrega, encontramos que la etapa surrealista de Dalí será toda una tormenta para la familia. Su padre le deshereda, su madre fue menospreciada por su hijo, su hermana se escandaliza... Y Dalí sustituye a su familia por la cuadrilla de revolucionarios surrealistas. Como el mismo Dalí explicaría años después: «inmediatamente, le miré [a André Breton] como a un nuevo padre. Pensé entonces que se me ofrecía algo así como un segundo nacimiento. El grupo surrealista era, para mí, una especie de placenta nutricia y creía en el surrealismo como en las tablas de la ley».

Y en la octava entrega vemos cómo Dalí supera ese ambiente ponzoñoso gracias al amor de Gala, «el milagro de su vida, fue, probablemente, el catalizador de su ruptura con el grupo surrealista; ella, desde muy pronto, le advirtió que en ellos no encontraría todo lo que anhelaba y hasta alimentó las diferencias que fueron finalmente motivo de su ruptura. En cierto modo, ella hará un camino paralelo al de la vida de su marido y, morirá, en 1982, confortada por el auxilio de los últimos sacramentos».


Círculo Tradicionalista Ramón Parés y Vilasau (Barcelona)

dimecres, 26 de juny del 2024

Els secessionistes catalans abandonen, de moment, la secessió

 

Artur Mas, expresidente de la Generalitat, en el programa 'FAQs' de TV3, en 2021, reconoce que mintió a los catalanes cuando prometió en 2014 la secesión de Cataluña en 18 meses.



 

(En castellano, a continuación)
 

Els secessionistes catalans abandonen, de moment, la secessió


El model de finançament autonòmic —no la secessió, ni tan sols el referèndum— és la principal exigència d'ERC per a investir al socialista Salvador Illa com a president català


 

El 2014, el llavors president de la (mal anomenada) Generalitat, Artur Mas, va prometre la secessió de Catalunya en 18 mesos.

Les seves organitzacions pantalla, com Ara és l’hora, van prometre que al futur Estat català menjaríem «gelat per a postres cada dia», «que plouria només els dies de col·le»... I Carme Forcadell, llavors número 2 de Junts del Sí, va prometre que després de la secessió «les dones podrien fer de dones i les àvies no haurien de fer de cangurs».

El que va venir després, ja ho sabem: en comptes de gelat, va venir en Quim Torra. En comptes d'àvies, vam tenir a Carles Puigdemont a Waterloo. Fins i tot Artur Mas va haver d'admetre, a TV3, el 2021, que la seva promesa dels 18 mesos per a la secessió havia estat una mentida des del principi.

Les «eleccions» (per dir-ho així) del 2024 han liquidat aquesta estupidesa col·lectiva. Ara, els Junqueras i Puigdemons no parlen d'independència, ni tan sols de referèndum, sinó de... «finançament autonòmic!» Com en Jordi Pujol els anys 90.

En efecte, el que avui es negocia per a la investidura del socialista-maçó (valgui la redundància) Salvador Illa, el de les màscaretes del Covid, com a president de la Generalitat és el model de finançament. Aquesta és la principal exigència d'ERC per a investir al candidat socialista.

Puigdemont també exigeix el mateix, però per a aprovar els pressupostos generals de l'Estat de Pedro Sánchez, no per a la investidura d’Illa a la Generalitat.

Sigui com sigui, el marc és el mateix: els secessionistes abandonen, de moment, la seva reivindicació major, la secessió. I tornen a l'estratègia de Jordi Pujol el 1980, del peix al cove.

Lo Mestre Titas, Círcol Tradicionalista Ramon Parés i Vilasau (Barcelona)




***
 

Campaña de «Ara és l'hora» en 2014: En una Cataluña independiente, comeremos helados de postre cada día.


 

 

En castellano:
 

Los secesionistas catalanes abandonan, de momento, la secesión


El modelo de financiación autonómico —no la secesión, ni siquiera el referéndum— es la principal exigencia de ERC para investir al socialista Salvador Illa como presidente catalán



En 2014, el entonces presidente de la (mal llamada) Generalidad, Artur Mas, prometió la secesión de Cataluña en 18 meses.

Sus organizaciones pantalla, como Ara es l’hora, prometieron que en el futuro Estado catalán comeríamos «helado de postre cada día», «que llovería sólo los días de cole»... Y Carme Forcadell, entonces número 2 de Junts del Sí, prometió que tras la secesión «las mujeres podrán hacer de mujeres y las abuelas no tendrían que hacer de canguros».

Lo que vino después, ya lo sabemos: en vez de helado, vino Quim Torra. En vez de abuelas, tuvimos a Carlos Puigdemont en Waterloo. Incluso Artur Mas tuvo que admitir, en TV3, en 2021, que su promesa de los 18 meses para la secesión había sido una mentira desde el principio.

Las «elecciones» (es un decir) de 2024 han finiquitado esta estupidez colectiva. Ahora, los Junqueras y Puigdemones no hablan de independencia, ni siquiera de referéndum, sino de... «¡financiación autonómica!» Como Jordi Pujol en los años 90.

En efecto, lo que hoy se negocia para la investidura del socialista-masón (valga la redundancia) Salvador Illa, el de las mascarillas, como presidente de la Generalidad es el modelo de financiación. Ésa es la principal exigencia de ERC para investir al candidato socialista.

Puigdemont también exige lo mismo, pero para aprobar los presupuestos generales del Estado de Pedro Sánchez, no para la investidura de Illa en la Generalidad.

Sea como fuere, el marco es el mismo: los secesionistas abandonan, de momento, su reivindicación mayor, la secesión. Y vuelven a la estrategia de Jordi Pujol en 1980 del peix al cove.

Lo Mestre Titas, Círcol Tradicionalista Ramon Parés y Vilasau (Barcelona)

dijous, 20 de juny del 2024

Salvador Dalí, la fe i la tradició (VIII)


 

 

 (Traducción al español, a continuación)



Salvador Dalí, la fe i la tradició (VIII)


Gala, el miracle de la seva vida, va ser el catalitzador de la seva ruptura amb el grup surrealista; ella, des de molt aviat, va advertir-lo que en ells no hi trobaria tot el que anhelava. Ella morirà l’any 1982, confortada per l’auxili dels darrers sagraments.  



En l’anterior article havíem esmentat per primera vegada na Gala Dalí, una figura misteriosa, i encara més mitificada pel mateix Salvador Dalí, que té un paper rellevant en la reorientació de la seva vida.

L’Helena Ivanovna Diakonova, filla d’una família ben situada a la societat russa, era, des de l’any 1917, l’esposa de Paul Éluard. Tots dos havien fet coneixença en un sanatori suís per a tuberculosos i havien restat plegats des de llavors fent poesia. Quan Paul Éluard és convidat l’any 1929, juntament amb la resta dels surrealistes, al Cap de Creus, la seva esposa l’acompanya. És en aquesta ocasió que Salvador Dalí coneix Gala i s’inicia la seva relació.

«Me senté a sus pies, sofocado, pero atento como un perro a sus menores caprichos. Ignorando lo que nos rodeaba, sólo tenía ojos para ella. Mi mayor audacia fue rozarle la mano para sentir la sacudida eléctrica de nuestros deseos. No deseaba otra cosa que permanecer así eternamente a sus pies, con mi vida suspendida de su mirada. En sus pupilas había una pregunta, grave, y una llamada cuyo sentido yo no podía precisar, pese a mi genio intuitivo.»

No volem entretenir més el lector amb les descripcions que fa Salvador Dalí del seu enamorament a primera vista, de l’apassionament d’aquells dies —que ja el lector és ben conscient de la destresa del mateix per la literatura— però sí que volem incloure un darrer fragment per posar de manifest quina és la importància que Gala té per a Salvador Dalí, des de, pràcticament, la seva primera trobada.

«Si un amor es grande por las pruebas que supera y adquiere su temple en los obstáculos que derriba, entonces el nuestro es inalterable. En toda la historia de todos los tiempos, no se encontrará una desmesura y un equilibrio, una fuerza y una dulzura, un magnetismo y un volcán pasional más intensos en la vida de una pareja. Gala y Dalí encarnan el mito más fenomenal del amor que trasciende los seres, aniquila el vértigo del absurdo y proclama el orgullo y la calidad del genio humano. Sin el amor, sin Gala, yo no sería Dalí. Esta es una verdad que no cesaré nunca de gritar y vivir. Ella es mi sangre, mi Oxígeno.»

L’any mateix de la seva coneixença, Gala es divorcia de Paul Éluard per a restar, fins al final de la seva vida, amb Salvador Dalí. Es van unir civilment l’any 1932 i, l’any 1958, amb dispensa del Sant Pare Puis XII, van rebre el sagrament del matrimoni al Santuari de la Mare de Déu dels Àngels, un dels pocs actes de la vida del geni que aquest no va explotar publicitàriament.

Recuperant la jove parella allí on l’havíem deixat —subsistint pobrament en una barraca de pescadors de Port Lligat— Gala esdevé, molt aviat, la pedra mestra de la vida i l’obra d’en Dalí. Alhora que s’erigeix com la seva inspiració i la seva musa, s’encarrega de la gestió de la seva obra artística i del patrimoni que se’n deriva. Des de l’any 1930, les obres de Salvador Dalí seran totes rubricades amb la famosa signatura de Gala-Salvador Dalí.

«Jo, com totes les dones russes, personalment, intento ajudar el meu marit. Amb freqüència li serveixo de model, faig de secretària en tot el que es refereix a la part pràctica de la nostra vida, perquè ell, com veus, està totalment submergit en el món creatiu, en la feina. No és capaç d'ocupar-se d'aquestes ximpleries. Jo tampoc soc gaire brillant, però vivim com tots els artistes, treballem per al que és més important: la possibilitat per a un talent d'expressar-se.»

A malgrat que la immersió dins del cercle surrealista es manté durant una bona tira d’anys, en l’interior d’aquell barracot, i també en l’ànima de Salvador Dalí, comencen a marxar els engranatges d’un canvi substancial.

Com que tota meta exigeix una direcció, tampoc la realització de l’home pot prescindir d’una bastida moral; els surrealistes —a malgrat de considerar-se la subversió de la subversió, i més detergents que el lleixiu—, també van tenir, dins del seu grup, una ètica que els fou prou molsuda per a interposar-se denúncies entre ells, constituir tribunals i declarar excomunions del moviment —aquell mateix que es deia passar de costat a la moral—.

Així doncs, els qui volien deslliurar la consciència humana i revolucionar la ment —per a major contradicció de la seva doctrina, ells que eren pregoners del deliri i de la llibertat— acaben, l’any 1934, afartats de l’excentricitat i la indiferència política d’en Salvador Dalí, el jutgen en un tribunal surrealista i, darrere el bastó d’André Breton, l’expulsen definitivament.

Tal com havíem ja esmentat, la militància revolucionària dels surrealistes era clara i no solsament quedava reduïda a l’àmbit artístic sinó que es declarava servidor de la causa dels bolxevics. Salvador Dalí, que de jove era més que interessat en la lluita dels soviets i l’expansió de la revolució, ja en aquest moment afirma que es preocupa tant del marxisme com d’un pet —tot i que, almenys, el pet l’alleugereix i l’inspira—.

«Breton, hablando de política, me parecía un maestro de escuela enseñando el código de circulación a una manada de elefantes que atravesaban un almacén de porcelana. ¡La disciplina! ¡No tenía otra palabra en la boca! ¡Para un artista, eso era peor que la lepra!»

«Los miserables abortos, nacidos de células comunistas, que querían imponer su moral, su táctica, sus cortas ideas, sus ilusiones a Dalí, me hacían reventar de risa con sus pretensiones. Yo me alzaba de hombros. ¡Breton los bajaba humildemente en nombre del marxismo-leninismo!»

Dins del moviment surrealista hi havia un dogmatisme amagat, que Salvador Dalí —l’únic i veritable surrealista— s’entretenia a temptar i a discutir amb la seva obra. ¿Per què s’hauria de veure coaccionada l’obra artística d’un surrealista per aquells mateixos que l’havien creat deslligant-la de tot?

«En els somnis podia emprar sense limitacions el sadisme, els paraigües i les màquines de cosir, però menys per als profans, qualsevol element religiós, m’estava prohibit, fins i tot de caràcter místic. Si somiava, simplement, amb una madona de Rafael sense blasfèmies aparents, em prohibien que en parlés...»

«Ja tenia el pressentiment que, més endavant, la qüestió religiosa es plantejaria seriosament en la meva vida. A imitació de Sant Agustí que, mentre es lliurava al llibertinatge i als plaers orgiàstics, pregava a Déu que li atorgues la fe, jo invocava el cel.»

Advertint els límits que volia imposar-li el gust dels surrealistes francesos, en Dalí no desaprofita l’oportunitat de molestar-los posant el dit damunt la contradicció de la seva doctrina, rebec com ell sol, a la revolta sobre revolta.  

«En el mateix moment en què Breton no volia sentir parlar de religió, jo em disposava, per descomptat, a inventar-ne una de nova que seria, alhora, masoquista, onírica i paranoica. [...] Provava d’explicar-li que, si allò que nosaltres defensàvem era veritable, calia que hi afegíssim contingut místic i religiós. Ja en aquella època, pressentia que tornaríem humilment a la veritat de la religió catòlica, apostòlica i romana, que a poc a poc m’enlluernava amb la seva glòria.»

Quan l’horror de la Segona Guerra Mundial es començava a gestar per l’Europa, en Salvador Dalí —com dèiem abans, tot oblidant els límits del geni creador de l’artista— va publicar dues obres que van portar-lo al procés de 1934, al tribunal surrealista. En l’obra L’enigma de Guillem Tell (1933), en Dalí representa Vladimir Lenin, amb una natja tova i flàccida, sostinguda per una crossa, que es vol cruspir un nen. Més endavant, en les obres L’espectre i el fantasma (1934) i L’enigma de Hitler (1939), apareixen referències directes a la fascinació que desperta en Dalí el nazisme i, més concretament, la figura de Hitler.

«Em fascinaven els malucs tous i molsuts de Hitler, sempre tan ben aixafats dins del seu uniforme. [...] La carn molsuda de Hitler, que me la imaginava com la carn més divina d’una dona de cutis blanquíssim, em tenia del tot fascinat.»

«Hitler encarnaba para mí la imagen perfecta del gran masoquista que desencadenaba una guerra mundial por el solo placer de perderla y de enterrarse bajo las ruinas de un imperio.»

«No deixava de repetir, a qui em volgués escoltar, que el meu rampell hitlerià era de caràcter apolític, que l’obra que jo feia aflorar al voltant de la imatge feminitzada del Führer era d’un equívoc escandalós, que aquelles reproduccions estaven amarades de tant d’humor negre.»

La insistència del geni empordanès per la mística i la seva obra, incendiaria fins pels mateixos surrealistes, el van portar definitivament a una reunió extraordinària per a resoldre la seva situació.

«En verdad, la mascarada de ese proceso era tanto más paradójica cuanto que, sin duda, yo era el más surrealista del grupo —el único, quizá— y sin embargo, me acusaban de serlo demasiado. Unos clérigos, prisioneros de la escolástica, intentando refutar a un santo... ¡Historia tan vieja como las religiones!

«La veritat, una i indivisible, apareixia finalment a la llum del dia: ningú no podia ser un surrealista integral dins del grup que només responia a mòbils polítics partidistes.»

«Me encontraba frente a revolucionarios hechos de papel higiénico, acogotados por los prejuicios pequeño-burgueses y a los cuales los arquetipos de la moral clásica habían sellado con unas marcas indelebles.»

Feta efectiva la ruptura amb aquests éssers tenebrosos, el nostre artista de Figueres, a través d’aquesta dissecció del surrealisme, no va trigar a desfer-se de les seves cabòries i a retornar al camí abandonat uns anys endarrere.

«Soy el surrealista más surrealista que pueda darse, y, sin embargo, entre yo y el grupo siempre existió un profundo equívoco. Breton, y con él Picasso, jamás tuvieron el menor gusto por la tradición verdadera, ningún sentido de ella. Ambos buscaron la sorpresa, el impacto, la emoción antes que el éxtasis. Son para mí unos intelectuales impotentes».

Ens servim d’un fragment autobiogràfic, d’una petita defensa filosòfica daliniana, per a argumentar aquestes discrepàncies entre el nucli dels surrealistes francesos i el surrealisme —com es feia dir el mateix Dalí—  bo i donant transició a la seva nova etapa, la de la mística-nuclear.  

«Dalí era un racionalista integral que anhelava conèixer l’irracional, no pas per extreure un nou repertori literari i humà, sinó al contrari, per reduir i sotmetre aquest irracional, la conquesta del qual tot just encetava.»  

Gala, el miracle de la seva vida, va ser, probablement, el catalitzador de la seva ruptura amb el grup surrealista; ella, des de molt aviat, va advertir-lo que en ells no hi trobaria tot el que anhelava i fins va alimentar les diferències que foren finalment motiu de la seva ruptura. En certa manera, ella farà un camí paral·lel a la vida del seu marit i, morirà l’any 1982, confortada per l’auxili dels darrers sagraments.  

En una barraca plantada de panxa enlaire, al sol del Mediterrani, en aquella platja de Port Lligat, en Dalí es trobava com un nàufrag que s’agita desesperadament per fer-se amb un salvavides que el retorni a la superfície després de la immersió surrealista.  

«Fou allà, a Port Lligat, on vaig aprendre a empobrir-me, limitar i llimar els meus pensaments. [...] Una vida que era dura, sense metàfores, ni vi. Una vida amb la llum de l’eternitat. Les elucubracions de París, les llums de la ciutat i les joies de la Rue de la Paix, no podien resistir enfront d’aquella altra llum, total, centenària, pobre, serena i intrèpida com el front concís de Minerva.»
Salvador Dalí  

 

Pere Pau, Círcol Tradicionalista Ramon Parés y Vilasau (Barcelona)


* * *


 


 

En español:


Salvador Dalí, la fe y la tradición (VIII)


Gala, el milagro de su vida, fue el catalizador de su ruptura con el grupo surrealista; ella, desde muy pronto, le advirtió que en ellos no encontraría todo lo que anhelaba. Ella morirá, en 1982, confortada por el auxilio de los últimos sacramentos.



En el anterior artículo habíamos mencionado por primera vez a Gala Dalí, una figura misteriosa, y todavía más mitificada por el mismo Salvador Dalí, que tiene un papel relevante en la reorientación de su vida.

Helena Ivanovna Diakonova, hija de una familia bien situada en la sociedad rusa, era, desde el año 1917, la esposa de Paul Éluard. Habiéndose conocido en un sanatorio suizo para tuberculosos, estuvieron juntos desde entonces haciendo poesía. Cuando Paul Éluard es invitado en 1929, junto con el resto de los surrealistas, al Cap de Creus, su esposa lo acompaña. Es allí que Salvador Dalí conoce a Gala y se inicia su relación.

«Me senté a sus pies, sofocado, pero atento como un perro a sus menores caprichos. Ignorando lo que nos rodeaba, sólo tenía ojos para ella. Mi mayor audacia fue rozarle la mano para sentir la sacudida eléctrica de nuestros deseos. No deseaba otra cosa que permanecer así eternamente a sus pies, con mi vida suspendida de su mirada. En sus pupilas había una pregunta, grave, y una llamada cuyo sentido yo no podía precisar, pese a mi genio intuitivo.»

No queremos entretener más al lector con las descripciones que hace Salvador Dalí de su enamoramiento a primera vista, del apasionamiento de aquellos días —que ya el lector es bien consciente de la destreza de éste por la literatura— pero sí que queremos incluir un último fragmento para poner de manifiesto cuál es la importancia que Gala tiene para Salvador Dalí, desde, prácticamente, su primer encuentro.

«Si un amor es grande por las pruebas que supera y adquiere su temple en los obstáculos que derriba, entonces el nuestro es inalterable. En toda la historia de todos los tiempos, no se encontrará una desmesura y un equilibrio, una fuerza y una dulzura, un magnetismo y un volcán pasional más intensos en la vida de una pareja. Gala y Dalí encarnan el mito más fenomenal del amor que trasciende los seres, aniquila el vértigo del absurdo y proclama el orgullo y la calidad del genio humano. Sin el amor, sin Gala, yo no sería Dalí. Esta es una verdad que no cesaré nunca de gritar y vivir. Ella es mi sangre, mi Oxígeno.»

El año mismo de su encuentro, Gala se divorcia de Paul Éluard para permanecer, hasta el final de su vida, con Salvador Dalí. Se unieron civilmente en 1932 y, en 1958, con dispensa del Santo Padre Pío XII, recibieron el sacramento del matrimonio en el Santuario de la Mare de Déu dels Àngels, uno de los pocos actos de la vida del genio que éste no explotó publicitariamente.

Recuperando la joven pareja allí donde lo habíamos dejado —subsistiendo pobremente en una barraca de pescadores de Port Lligat— Gala se convierte, muy pronto, en la piedra maestra de la vida y obra de Dalí. A la vez que se erige como su inspiración y su musa, se encarga de la gestión de su obra artística y del patrimonio que se deriva. Desde el año 1930, las obras de Salvador Dalí serán todas rubricadas con la famosa firma de Gala-Salvador Dalí.

«Yo, como todas las mujeres rusas, personalmente, intento ayudar a mi marido. Con frecuencia le sirvo de modelo, hago de secretaria en todo lo que se refiere a la parte práctica de nuestra vida, porque él, como ves, está totalmente sumergido en el mundo creativo, en el trabajo. No es capaz de ocuparse de estas tonterías. Yo tampoco soy muy brillante, pero vivimos como todos los artistas, trabajamos para el que es más importante: la posibilidad para un talento de expresarse.»

A pesar de que la inmersión dentro del círculo surrealista se mantiene durante un buen puñado de años, en el interior de aquel barracón, y también en el alma de Salvador Dalí, empiezan a marchar los engranajes de un cambio sustancial.

Pues toda meta exige una dirección, la realización del hombre tampoco puede prescindir de un andamio moral; los surrealistas —muy a pesar de considerarse la subversión de la subversión, y más detergentes que la lejía—también tuvieron, dentro de su grupo, una ética que les fue suficiente carnosa como para interponerse denuncias entre ellos, constituir tribunales y declarar excomuniones del movimiento —aquel mismo que decía ser ajeno a la moral—.

Así pues, quienes querían liberar la conciencia humana y revolucionar la mente —para mayor contradicción de su doctrina, ellos que eran pregoneros del delirio y de la libertad— acaban, en 1934, hartados de la excentricidad y la indiferencia política de Salvador Dalí, lo juzgan en un tribunal surrealista y, tras el bastón de André Breton lo expulsan definitivamente.

Tal y como habíamos ya mencionado, la militancia revolucionaria de los surrealistas era clara y no solamente quedaba reducida al ámbito artístico, sino que se declaraba servidor de la causa de los bolcheviques. Salvador Dalí, que de joven estaba más que interesado en la lucha de los sóviets y la expansión de la revolución, ya en este momento afirma que se preocupa tanto del marxismo como de un pedo —a pesar de que, al menos, el pedo le aligera y le inspira—.

«Breton, hablando de política, me parecía un maestro de escuela enseñando el código de circulación a una manada de elefantes que atravesaban un almacén de porcelana. ¡La disciplina! ¡No tenía otra palabra en la boca! ¡Para un artista, eso era peor que la lepra!»

«Los miserables abortos, nacidos de células comunistas, que querían imponer su moral, su táctica, sus cortas ideas, sus ilusiones a Dalí, me hacían reventar de risa con sus pretensiones. Yo me alzaba de hombros. ¡Breton los bajaba humildemente en nombre del marxismo-leninismo!»

Dentro del movimiento surrealista había, escondido, un dogmatismo que Salvador Dalí —el único y verdadero surrealista— se entretenía a tentar y a discutir con su obra. ¿Por qué se tendría que ver coaccionada la obra artística de un surrealista por aquellos mismos que la habían creado desatándola de todo?

«En los sueños podía emplear sin limitaciones el sadismo, los paraguas y las máquinas de coser, pero menos para los profanos, cualquier elemento religioso, me estaba prohibido, incluso de carácter místico. Si soñaba, simplemente, con una madona de Rafael sin blasfemias aparentes, me prohibían que hablara...»

«Ya tenía el presentimiento que, más adelante, la cuestión religiosa se plantearía seriamente en mi vida. A imitación de San Agustín que, mientras se libraba al libertinaje y a los placeres orgiásticos, rogaba a Dios que le otorgas la fe, yo invocaba el cielo.»

Advirtiendo los límites que quería imponerle el gusto de los surrealistas franceses, Dalí no desaprovecha la oportunidad de molestarlos poniendo el dedo sobre la contradicción de su doctrina, burlón como él solo, a la revuelta sobre revuelta.

«En el mismo momento en que Breton no quería sentir hablar de religión, yo me disponía, por supuesto, a inventar una nueva que seria, a la vez, masoquista, onírica y paranoica. [...] Probaba de explicarle que, si aquello que nosotros defendíamos era verdadero, hacía falta que añadiéramos contenido místico y religioso. Ya en aquella época, presentía que volveríamos humildemente a la verdad de la religión católica, apostólica y romana, que despacio me deslumbraba con su gloria.»

Cuando el horror de la Segunda Guerra Mundial se empezaba a gestar por Europa, Salvador Dalí —como decíamos antes, olvidando los límites del genio creador del artista— publicó dos obras que lo llevaron al proceso de 1934, al tribunal surrealista. En la obra El enigma de Guillermo Tell (1933), Dalí representa a Vladimir Lenin, con una nalga blanda y flácida, sostenida por una muleta, que se quiere zampar a un niño. Más adelante, en las obras El espectro y el fantasma (1934) y El enigma de Hitler (1939), aparecen referencias directas a la fascinación que despierta en Dalí el nazismo y, más concretamente, la figura de Hitler.

«Me fascinaban las caderas blandas y rellenas de Hitler, siempre tan aplastadas dentro de su uniforme. [...] La carne abundante de Hitler, que me la imaginaba como la carne más divina de una mujer de cutis blanquísimo, me tenía del todo fascinado.»

«Hitler encarnaba para mí la imagen perfecta del gran masoquista que desencadenaba una guerra mundial por el solo placer de perderla y de enterrarse bajo las ruinas de un imperio.»

«No dejaba de repetir, a quien me quisiera escuchar, que mi pronto hitleriano era de carácter apolítico, que la obra que yo hacía aflorar alrededor de la imagen feminizada del Führer era de un equívoco escandaloso, que aquellas reproducciones estaban empapadas de tanto humor negro.»

La insistencia del genio ampurdanés por la mística y su obra, incendiaría hasta por los mismos surrealistas, le llevaron definitivamente a una reunión extraordinaria para resolver su situación.

«En verdad, la mascarada de ese proceso era tanto más paradójica cuanto que, sin duda, yo era el más surrealista del grupo —el único, quizá— y sin embargo, me acusaban de serlo demasiado. Unos clérigos, prisioneros de la escolástica, intentando refutar a un santo... ¡Historia tan vieja como las religiones!

«La verdad, una e indivisible, aparecía finalmente a la luz del día: nadie podía ser un surrealista integral dentro del grupo que solo respondía a móviles políticos partidistas.»

«Me encontraba frente a revolucionarios hechos de papel higiénico, acogotados por los prejuicios pequeño-burgueses y a los cuales los arquetipos de la moral clásica habían sellado con unas marcas indelebles.»

Consumada la ruptura con estos seres tenebrosos, nuestro artista de Figueras, a través de esta disección del surrealismo, no tardó a deshacerse de sus quebraderos de cabeza volviendo al camino abandonado unos años atrás.

«Soy el surrealista más surrealista que pueda darse, y sin embargo, entre yo y el grupo siempre existió un profundo equívoco. Breton, y con él Picasso, jamás tuvieron el menor gusto por la tradición verdadera, ningún sentido de ella. Ambos buscaron la sorpresa, el impacto, la emoción antes que el éxtasis. Son para mí unos intelectuales impotentes».

Nos servimos de un fragmento autobiográfico, de una pequeña defensa filosófica daliniana, para argumentar estas discrepancias entre el núcleo de los surrealistas franceses y el surrealismo —como se hacía decir el mismo Dalí— dando transición a su nueva etapa, la de la mística-nuclear.

«Dalí era un racionalista integral que anhelaba conocer lo irracional, no para extraer un nuevo repertorio literario y humano, sino al contrario, para reducir y someter este irracional, la conquista del cual apenas comenzaba.»

Gala, el milagro de su vida, fue, probablemente, el catalizador de su ruptura con el grupo surrealista; ella, desde muy pronto, le advirtió que en ellos no encontraría todo lo que anhelaba y hasta alimentó las diferencias que fueron finalmente motivo de su ruptura. En cierto modo, ella hará un camino paralelo al de la vida de su marido y, morirá, en 1982, confortada por el auxilio de los últimos sacramentos.

En una barraca plantada boca arriba, frente al sol del Mediterráneo, en aquella playa de Port Lligat, Dalí se hallaba como un náufrago que se agita desesperadamente para hacerse con un salvavidas que lo devuelva a flote después de la inmersión surrealista.

«Fue allí, en Port Lligat donde aprendí a empobrecerme, limitar y limar mis pensamientos […] Una vida que era dura, sin metáforas, ni vino. Una vida con la luz de la eternidad. Las elucubraciones de París, las luces de la ciudad y las joyas de la Rue de la Paix, no podían resistir esa otra luz, total, centenaria, pobre, serena e intrépida como la frente concisa de Minerva.»
 

Salvador Dalí




Pere Pau, Círcol Tradicionalista Ramon Parés y Vilasau (Barcelona)