divendres, 27 de març del 2026

De Babilonia a Roma (XVIII): La diosa


De Babilonia a Roma (XVIII): La diosa


En la Nueva Era, la feminidad no quiere tener la sabiduría de Dios, como Eva, sino que quiere algo más: sentarse en su mismísimo Trono. Ser «diosa» soberana de todo el Universo.



Lo lógico hubiera sido continuar con el yoga para seguir con el relato anterior. Quizá te sientas defraudado porque finalmente, hoy no toca yoga. El Enemigo no es lógico, sino caótico. Por eso me permito mostrarte el caos new age con entregas desordenadas. No hay orden en la Nueva Era. Por eso, si hoy esperabas más yoga, hoy no toca. Soy cansina repitiendo las estrategias del Enemigo, lo acepto. Pero la verdad es que me parece más necesario desenmascarar el patrón diabólico que abordar disciplinas nuevaeristas concretas. La especialidad del Enemigo es el disparatado universo de las emociones. El intelecto en modo autónomo, por libre, independizado de la Verdad. Los deseos se convierten en derechos. Las percepciones y sensaciones intentan construir la realidad. Basta desearlo con fuerza para que se haga la magia. El Enemigo es el mago. Pero, ¡oh sorpresa!, la realidad se acaba imponiendo al deseo, a la emoción y también a la buena intención. Por enésima vez, la zanahoria se aleja conforme uno camina.

Las hebras con las que se teje la telaraña se suceden de forma delirante, sin orden ni concierto. ¡A lo loco! Aunque, en la Nueva Era, a ese caos lo llamamos «fluir con el Universo». Libre, como el viento al albur de los caprichos del enemigo, sin saberlo. ¡Di que sí!

Usando la otra metáfora, uno va tomando lo que encuentra en el buffet libre espiritual, aquello que parece más apetecible en su delirante ensalada. Un langostino en tempura, junto a un croissant de crema, una torrija y un poco de nata montada. ¿Te acuerdas?  Vomitivo, pero así funciona.

En la anterior entrega, quizá te aburrí hablando demasiado sobre detalles de mi vida, pero ya te comenté que de ellos se desprenden no pocas hebras. El Enemigo siempre acecha, presta atención a los detalles aparentes o insignificancias de nuestra vida, decisiones y demás para meter baza. El Enemigo se mueve impune en lo imperceptible. Invisible. Cualquier ínfimo detallito sin importancia, para el enemigo, que todo lo escruta, sí es relevante. ¡Vamos si lo es!

Te comenté sobre la muerte de mi madre y la de mi hermana, a lo que, haciendo un salto de seis años adelante, murió la otra hermana. Me quedé como única mujer de la familia. Mi padre y mi hermano lloraban la muerte de esposa y hermanas. Yo, sola, aislada, lloraba a escondidas y me preguntaba ¿cómo es que todas las mujeres de la familia han muerto? ¿Qué pasa con lo femenino? ¿La feminidad? ¿Por qué me han abandonado? Buscaba respuestas. La salvación a través de ellas.

Nadie se daba cuenta del desgarro interior, salvo el Enemigo, claro está. A mayor drama, recuerda que me encontraba aislada, fuera de la familia por haber osado romper un matrimonio, fallido, nulo, dramático. ¿Qué me impedía guardar las apariencias? Vergüenza era lo que provocaba mi sola presencia a lo que sumaba mayor interrogante a todo lo que tenía que ver con la feminidad enferma hasta morir en mi familia. ¿Dónde estaba la herida de lo femenino?

La curiosidad, la sed de saber, encontrar respuestas que me dieran un mínimo consuelo fueron el motor, junto al dolor y una buena dosis de soberbia. Quería procurarme las respuestas por mí misma. ¿Te das cuenta cómo actúa el enemigo? Mis preguntas eran legítimas, mi dolor justificado, la curiosidad, también. Faltaba el orden, la Fe y la razón. ¡Y la esperanza! El Enemigo te convierte en un ser visceral, emocional, víctima y victimista, sentimentalista guiado por una intuición del todo errada. Y aquí, empezó una de las hebras más fuertes, junto al yoga, que tejieron la diabólica telaraña.

La Feminidad, lo femenino, la mujer, la Diosa. Eso dará para mucho, ya verás. Basta hoy una mera introducción para entender.

El Enemigo se nutre de heridas reales, para crear con estas, narrativas desordenadas y destructoras, que alejan de Dios, y por ende de cualquier solución real y consuelo eficaz. Tenía dos posibilidades, dos caminos, una encrucijada ante mí. ¿Cuál elegí? La más disparatada, la que nutría mi demente curiosidad, la que me alejaba de la razón, la emocional, la equivocada. Dos modelos de feminidad de los que tenía que escoger solo uno, por un lado, la feminidad pura, divina, sanadora, correcta, recta, fiable, racional y razonable. Por el otro, la que alimentaba como gasolina al fuego mi sed de saber, el desgarro de no tener respuestas, mi vanagloria por descifrar misterios absurdos y en definitiva, simple y llanamente, mi necesidad de supervivencia. No quiero morir, como ellas. Vida o muerte ante mí, y escogí la muerte, pensando, o mejor dicho sintiendo que hacía lo correcto. La Virgen santísima era la elección correcta. Pero yo no lo sabía. Mi entendimiento estaba nublado, borracho de sensaciones, percepciones, deseos, heridas.

Por otro lado, una pátina de pueril soberbia me hacía de nuevo continuar con los relatos fantasiosos, me sentía la responsable de sanar el árbol familiar maltrecho. ¿Te das cuenta? La herida como puerta de entrada, un don desordenado como la curiosidad, a la que se le añadió mi espíritu de servicio, mi amor por ayudar. Un cóctel que me embriagó, me nubló el entendimiento, de cuya resaca me costó recuperarme.

La Virgen, un modelo de lo femenino sano y un bálsamo, ni tan siquiera la consideré. Tenía una imagen del todo distorsionada, ñoña, cursi, de una mujer rubia con ojos azules vestida en azul celeste sin fuerza alguna. La imagen y opinión que entonces había desarrollado de la Iglesia y sus feligreses era de gente muy floja, cursi, edulcorada, infantilizada. Como Nietzsche, juzgaba sin entender. Yo quería ser mayor de edad, conseguir la madurez intelectual que el conocimiento proporciona. Mi nuevo dios, el conocimiento, falaz, mendaz más que acercarme al intelecto, me enredó todavía más, en un bosque espeso donde no hay camino, la maleza de cardos y espinos todo lo borra y el ramaje impide el paso de la luz.

Apareció pues en estos convulsos tiempos, la literatura femenina, por llamarla de alguna forma. Se sembró una semilla, que me atrevo a afirmar fue y sigue siendo de las más letales en la mujer. ¿Cuál era y sigue siendo el trilema? «A las mujeres se nos mantiene en la culpa como Eva, la impureza como la Magdalena y se nos entrega un modelo de santidad imposible de conseguir de María, con lo cual se vuelve a caer un la culpa». Una rueda en la que las mujeres llevan atrapadas eones enteros. ¿Solución? Superar los arquetipos enfermizos y elevarse con poderío por encima de ellos, con las mismas alas que Lilith se elevó furiosa cual demonio.

Lilith se erige en estos eriales femenino como un ídolo que se atrevió a desafiar a Adán y a Dios, en una palabra, al Heteropatriarcado. Leía todo tipo de libros en este sentido, algunos de antropología, historia, mitología sumeria, griega, celta. Cualquier propuesta, menos la católica que deseché por irrelevante.

Me quedé muy fascinada con los rituales de prostitución sagrada que se practicaban en el creciente fértil, me parecían coherentes, lógicas, eficaces, en las que la mujer tenía el poder de canalizar la potencia divina para ordenar y sanar al hombre. Hubo una derivación al respecto, la gnosis cristiana me introdujo en las prácticas del hieros gamos, los actos sexuales, con fines espirituales que se practicaban en la cuenca del Mediterráneo. La unión de los opuestos, para fundirse en un colosal orgasmo cósmico que sana a quien lo practica y observa. Leía y leía mientras mi fantasía de maga incipiente se alimentaba. En realidad, gnosis pura y dura. Ahora entiendo la desesperación de San Pablo predicando a las desmadradas iglesias en Corinto.

No me juzgues, sólo quiero que grabes a fuego los patrones a través de los que el Enemigo se apodera de nuestra razón.

Hay que añadir a la indigesta ensalada un sentimiento platónico de perfección, la nostalgia de que existe, en algún lugar, el Amor perfecto, la belleza pulcra, la verdad absoluta y yo debía hacer lo posible para salir de la caverna oscura y fundirme en este universo de pura perfección. De nuevo la gnosis con su dualidad maniquea. Desprecio del cuerpo, cárcel del alma y la chispa divina cautiva.

De esta entrega se van a desprender múltiples historias, experiencias, errores y sinsabores. De todas las prácticas que he picoteado, algunas durante mucho tiempo y con profundidad, la que refiere a la feminidad, me atrevo a afirmar que es la más devastadora. Arrasa como un tornado, la feminidad, precisamente. Paradojas del Enemigo promete justo lo contrario de lo que vas a obtener.

Volvamos por unos instantes a la escena donde todo se malogra. ¿Recuerdas? La majestuosa creación, Dios en las alturas bendiciéndola, proclamando a los cuatro vientos, no solo que es buena, es buenísima. Adán, el primer hombre, junto a su ayuda idónea, Eva. Muchas feministas protestan: «¡Abajo el Dios patriarcal! Nos negamos a nacer del hombre, de la costilla. Queremos liberarnos. Reivindicamos nuestra igualdad, derechos, autonomía, placer. No los necesitamos para nada. ¡Estaríamos mejor sin ellos!» Como puedes notar, he ido al extremo, aunque no tanto. Y sí, el texto sagrado nos dice, en una de sus versiones, la más poética, que Eva ciertamente nace del costado de Adán, sumido en un profundo sueño. No es que estuviera retozando en las praderas del paraíso, entregado a la molicie y desde este estado de pereza y holgazanería, inconsciente y alelado, surge Eva, sometida y servil.

¡Hay que saber leer! Adán, en ese estado, indica la acción de Dios a través de su Santo Espíritu, el costado, bien cerca de su corazón, en igualdad de dignidad, pero no iguales. No sé si me explico. Hombre y mujer somos creados a imagen y semejanza de Dios, libres y responsables. ¡Ésa es la igualdad! Pero a la vista está que tenemos nuestras diferencias, o mejor dicho, complementariedad. Cosa que, en el asalto de las leyes básicas de la naturaleza y biología, algunos, se atreven a negar.

En fin, sigo, que me caliento y ahora no toca.

El Enemigo, rabioso, celoso y malvado, busca la manera de destruir, mentir, odiar, matar. Asesino y mentiroso desde el principio. Y eso es lo que hace: seducir a Eva, engañarla, prometerle la sabiduría de los dioses, su libertad; y Eva, ¡ñam! Y Adán, idem. Dios, desde las alturas, sabía que eso podía pasar; la libertad tiene estas cosas. Adán y Eva son expulsados del Paraíso, nadie está obligado a permanecer con Dios y obedecerlo si no quiere, ¿es justo, no?

De hecho, Dios llamó a Adán, no para reprenderlo, sino para darle la oportunidad de confesar la verdad y volver a la comunión con el creador. ¿Qué hizo Adán tapándose las vergüenzas? Pasarle la culpa a Eva y ésta a la serpiente. Total, Dios era el culpable por haber creado a Eva, a la serpiente y de paso la libertad.

¿Quién creó la culpa? Pero Dios, bueno y justo, no los deja a la deriva, qué va. En ese quiebre del diseño original, en que hombres y mujeres están destinados a cumplir una sagrada misión, multiplicarse, ser fecundos, gozar y cuidar la creación, todo se desbarata. Pero no es Dios el creador del desastre como pretenden tantos de muy mala fe. Porque de esa funesta escena surge el parir con dolor, el sudor de la frente, los cardos y espinos, la seducción vacua, la dominación, el deseo desordenado, la mentira, asesinato; en fin, ¿para qué voy a seguir?

El pecado se demuestra solito. Dios promete a la mujer que de ella vendrá la salvación, ¡de una mujer! Ya ves lo machista que es Dios, valga la ironía. De la descendencia de la mujer, tendremos el poder de pisar la cabeza de la serpiente ¡Zas! Como quien mata un molesto mosquito. Pero, atención, la serpiente, atacará en el calcañar. De ahí viene el especial odio del Enemigo hacia la mujer. Justo de ahí. Se ha cebado, se ha puesto las botas con la mujer, en todos los sentidos.

Y en la Nueva Era, bajo una envoltura mendaz de espiritualidad, bondad, belleza, creatividad y de paso reivindicación de la soberanía perdida, es donde se ha regodeado para mayor ignorancia de no pocas sacerdotisas, diosas, marías magdalenas, pacha mamas, brujas, alquimistas o curanderas. «¡La culpa es del Dios machirulo!! ¡No hay pecado, nada de lo que arrepentirse! ¡Retomemos el poder! Volvamos al matriarcado». Sobretodo en los últimos tiempos han proliferado las ramificaciones femeninas, y el Enemigo se lo pasa pipa viendo como jugamos a ser brujas, alquimistas, diosas entregadas a conjuros, hechizos, sanaciones, pócimas, elixires, magia y en realidad, a todo tipo de pecados. Tal cual. Sin paliativos.

Concluyo, la serpiente y la mujer, antagonistas sin ulterior explicación. El mundo y Dios, como el agua y el aceite. Esto es la guerra, y la mujer, instigada y herida por el enemigo, en lugar de unirse al fiat salvador de María, se alía con el Enemigo de la mano de las Astartés, Liliths y demás demonios. «Queremos recuperar nuestra soberanía, independizarnos  del patriarcado». ¡Cuánta ignorancia!

Lo que llaman el periodo de la Gran Madre fue una etapa muy oscura. En la incipiente humanidad prehistórica, se pensaba que la mujer se embarazaba como por arte de magia, sin intervención del hombre. La tripa crecía como por arte de ensalmo y por el mismo juego de birlibirloque, nacía un bebé. ¡Menudo poder y magia! ¡Cuánto misterio en lo femenino y sus ciclos! Y el hombre observaba atónito, perplejo y un poco en pánico. Hasta que la ciencia se impuso y por fin entendieron que la tripa no crecía por ningún poder misterioso sino por la intervención del hombre. Su semilla. El matriarcado que las de la feminidad sagrada reclaman, no es más que la ignorancia de la perfección del diseño divino. La vuelta a las cavernas. Y yo, con rubor explico, que he estado ahí, en este reclamo de la soberana feminidad sagrada, alquímica y mágica. ¡Cuánta tontería!

Volveré sin lugar a dudas sobre este tema, porque tiene mucha tela. La feminidad New Age es, me atrevo a afirmar, de lo peor. Destructiva y diabólica. En la Nueva Era, la feminidad no quiere tener la sabiduría de Dios, como Eva, sino que quiere sentarse en su mismísimo Trono. «Diosa» soberana de todo el Universo. Y lo que ignoran las aguerridas neo sacerdotisas, magas, brujas, curanderas, alquimistas y demás variantes, que su soberanía está sometida al Príncipe de este mundo. El Enemigo.

Que la Virgen aplaste la cabeza de tamaña serpiente.

Eulàlia Casas, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau

dimecres, 25 de març del 2026

Els dies morats d’Antoni Gaudí




Els dies morats d’Antoni Gaudí


Sacrifici i penitència, la quaresma de 1894



El contemporani Jordi Elías assegura en un breu fragment de la seva obra biogràfica, dedicat a la vida amorosa de l’arquitecte, que, en un determinant moment, potser precipitat per la frustració o per la soledat, el sentiment amorós d’en Gaudí es transformaria en una vida religiosa d’una gran intensitat.

Si bé nosaltres defensem —com també sosté Cèsar Martinell— que el fervor del nostre beat no es pot reduir a una suposada conversió interessada per a cobrir-se de la necessitat, iniciem l’article amb aquesta afirmació perquè, en certa manera, recull amb encert la naturalesa del sentiment religiós d’Antoni Gaudí, intens com la més noble de les passions humanes.

No essent l’objectiu d’aquestes notes, aprofitem l’avinentesa, esbossada aquesta transició vital, per a dedicar unes paraules a la polèmica joventut del venerable arquitecte. L’any 1870, l’arqueòleg Eduard Toda, amb una participació no definida d’Antoni Gaudí, elabora un manifest de joventut per a la restauració del Reial Monestir de Santa Maria de Poblet —destruït amb l’exclaustració i la desamortització de Mendizábal.

En el seu preàmbul s’expressa, a malgrat d’aquesta noble intenció de restauració, un dipòsit d’idees progressistes i anticlericals propietat de l’època.  

 

«Poblet debe ser restaurado, sí; no debe volver a morar en él este ominoso poder de buitres que un día devoraron la conciencia del pueblo hispano para así ahogar el recuerdo de sus maldades, debe, para que forme singular contraste con sus antiguos días, ser erigido en sublime templo de la humanidad donde las ciencias y las artes tengan sus museos y academias.»

Si bé les paraules d’aquestes línies de significat dubtós —puix l’autor assenyala, posteriorment, en el cos del text, que si el Monestir fora ocupat per un grapat de monjos, aquest podria recuperar el goig del seu passat—, no es poden pas atribuir directament a en Gaudí —que endemés havia recollit per a si mateix alguns llibres pietosos de la biblioteca—, sorprèn trobar-hi lligat el seu nom, avui venerable.   

És ben coneguda també la sospitosa participació de Gaudí en les tertúlies nocturnes, anticlericals, que algú ha anomenat també de maçòniques, en una taula arraconada, en el Café Pelayo.

 

«[Gaudí] Era tan apasionadamente anticatólico que no vacilaba ante las más vocingleras manifestaciones de anticlericalismo. Parándose, por ejemplo, a la puerta de las iglesias para increpar los fieles con el grito entonces muy elocuente de borregos».



L’afirmació, d’en Feliu Elías, és interpretada i sentenciada per Martinell:

 

«Es posible que en lo transcrito el autor, como caricaturista que era y poco creyente —el mateix Elías es riuria de la posterior religiositat de Gaudí bo i dient que Nostre Senyor l’havia castigat amb la fe— hubiese cargado la nota irreligiosa, lo del rito nocturno blasfematorio, en una tertulia que frecuentaban a veces el canónigo Collel y el sacerdote Verdaguer, resulta caricaturesco.»

«Si existieran estas etapas antirreligiosas en el orden sobrenatural, la religiosidad de después tiene más valor. Al buen pastor y al padre del hijo pródigo les alegra más el retorno de la oveja perdida que la permanencia de las otras reses en el redil.»

«No sabemos el tiempo que duró esta etapa de su juventud ni se le conoce otra manifestación anticlerical que las ya referidas. […] Doy por seguro que Gaudí nunca se sintió desconectado de la religión.

La turbonada anticlerical fue cosa superpuesta que pudo adormecer, pero no extirpar los principios de la fe que Gaudí había heredado de sus mayores y fomentado en los años de la infancia y adolescencia, que suelen dejar huella en la vida.» 



Tot això —que per a Martinell era producte de l’atracció intel·lectual que les idees modernes del progrés i de la llibertat havien de produir naturalment en la joventut d’una ànima bondadosa— no té gaire entitat ni evidència. És cert que existeixen aquests testimonis —i, per tant, certa incertesa—, però, damunt d’aquests relats no s’hi poden asseure les afirmacions agosarades que acusen la joventut de Gaudí d’anticlerical i descreguda.

Joaquim Bassegoda —company d’estudi d’en Gaudí, testimoni sòlid— afirma que mai l’havia sentit parlar malament de la religió i que aquest mai havia interromput la participació en els sagraments a la Catedral de Barcelona.

El sentiment i la pràctica religiosa li foren sempre dominants, hagués participat de més o de menys en aquest moment d’agitació social. La vida i l’obra, privada o pública, que ocupen tota la maduresa de l’arquitecte, demostren una fe sòlida i contundent.

···


Relatem, d’endavant, un episodi poc conegut de la vida d’en Gaudí.

El beat era un solemne defensor de la mortificació corporal, bressol de l’alegria de l’ànima, i va contenir la seva vida amb els cinyells de l’esforç extrem, la sobrietat del menjar i l’exercici corporal.

 

«Cal estar ocupat tot el dia, intel·lectualment i manualment, caminant i fent exercici, tot a proporció de les forces que es tenen. Així es dorm tota la nit completa, i això és l’equilibri, la compensació, la vida. [···] Cal menjar, dormir i abrigar-se solament el necessari i fins que en sentim la necessitat». 



Ens servim del relat dels seus més propers col·laboradors, per a mostrar l’exemple més extrem d’aquesta convicció, la rigorosa mortificació dels dies morats de 1894. El 24 de març de 1951, al Diario de Barcelona, Ricard Opisso publica:

«Fue allá por los días de la cuadragésima de 1894 cuando nuestro arquitecto hacía ya unos días que no se acercaba por las obras. Sufría un agotamiento físico por haberse impuesto una demasiada rigurosa e inquebrantable abstinencia, junto con el cansancio que padecía hacía algún tiempo debido a sus intensas actividades e ingentes esfuerzos para poder llevar a cabo sus recientes y simultáneas construcciones.

Por aquellos días de Cuaresma de dicho año, el arquitecto quiso gozar las dulzuras de la contemplación, extremando con demasiado rigor la dieta cuadragesimal, más de lo que la iglesia prescribe, consagrándose por entero los ejercicios del espíritu y a las prácticas de la devoción, con serio quebranto de su salud. Su atribulado padre, a la sazón ya septuagenario, fue en busca del doctor Santaló, su fraternal amigo, todo fue en vano.

Así es que el bueno de su colaborador, el señor Berenguer iba a visitarlo casi a diario en su domicilio de la calle Diputació, para consultarle mil detalles respecto de sus obras. Tanto se fue agravando el señor Gaudí en su enfermedad que al fin todos los que formábamos el equipo técnico, que, dicho sea de paso, lo considerábamos poco menos que un dios, decidimos ir a visitarlo un domingo inicial de Semana Santa. Una vez hubimos llamado a la puerta de aquel cuarto piso, nos salió a abrir una jovencita de voz cantarina y cautivante, muy vivaracha y decidida a la vez. Al punto, y sin anunciar nuestra visita, nos hizo pasar a la habitación del señor Gaudí. Mas al llegar al umbral pronto nos detuvimos sin osar entrar. Tan mala fue la impresión que nos causó aquel mísero aposento, tan pelado y pobre de muebles estaba que incluso para hacer más inhóspito el ambiente de sus paredes pendían a trizas y a jirones grandes desempapaleduras del desteñido y mohoso papel con el orden tajante del señor Gaudí de que no se tocara para nada.

He dicho tan pelado y pobre de muebles, mas yo no sé hasta qué punto pueden llamarse muebles a un pobre camastro y a un liviano e inconfortable sofá de los llamados de Viena, de caracoleadas curvas, con el respaldo y el asiento de rejilla, que, a juzgar por la baraúnda de enredos y chirimbolos que en él había, servía de mesita de noche y de perchero a la vez. Recuerdo también que dentro de aquel revoltijo de cosas se veían varios números del periódico La Renaixença, además de un pequeño ejemplar del Kempis, su pasto espiritual. Y como presidiendo toda aquella ficticia miseria, encima del respaldo del sofá se veía un pequeño crucifijo sin valor artístico ninguno, con un termómetro al lado.

A todo esto la figura de Gaudí yacía postrada en aquel mísero camastro, con las manos blancas y enjuntas, todas piel y hueso, cruzadas sobre el pecho, pero no metido entre las sábanas como era de suponer, sino tendido encima de ellas y como si quisiera ir al cielo vestido y calzado.

Mas, a decir verdad, nunca como en aquellos instantes vi en el semblante exangüe de Gaudí, tanta nobleza y majestad de santo. Aquella su cabeza aureolada con el pelo y la barba de un rubio azafranado, con la boca entreabierta y entornados los ojos, aquellos sus ojos azules de reflejos metálicos y aquellas facciones tan finas como talladas a cincel, resultaban una cosa verdaderamente impresionante. Sin duda contribuía a ello que, no habiendo ni cortinajes ni visillos en el balcón, la luz entraba a raudales dando de lleno en su figura y dorando su semblante, más esclarecido por el resplandor que salía de su interior de su alma, de santo que por la luz que recibía de fuera. Por otra parte, tan absorto estaba, que daba la impresión de que ni los bríos de aquella vivaracha y desenvuelta sobrina en la irrupción nuestra no le importaban para nada, como si no nos viera y no estuviera con sus sentidos en la tierra, como muriéndose de no morir como nuestra santa Teresa de Jesús, en la expresión de su semblante se adivinaba un no sé qué de misterio, algo fuera del tiempo y del espacio.

Ante el temor de un desenlace fatal, el señor Rubió y el señor Berenguer decidieron ir en busca de su más entrañable amigo, el doctor Torras y Bages, que a la sazón vivía a dos pasos de allí, o sea, en el pasaje de Permanyer. Se dio la feliz casualidad de que lo encontraron en casa. Al poco rato aquel sabio sacerdote estaba en presencia de Gaudí. Eran de oír las atinadas reflexiones que, con gran interés, profundidad y piedad, salían de los labios de aquel otro santo varón y sabio filósofo a la vez.

Tras aquellas palabras de tan prelado sacerdote, dichas con afable y sublime llaneza, pero al mismo tiempo llenas de prudencia y alto juicio, comprendimos, tanto por la expresión de su semblante como por su respirar, que en el interior de Gaudí se libraba una batalla íntima entre continuar su sacrificio y expansión hacia Dios o bien obedecer las razones del sabio doctor, llenas de amor real y humano, al propio tiempo que ungidas de espiritualidad y divinas inspiraciones. Por fin nuestro genial arquitecto, apreciando todo el valor que contenían, reaccionó como por milagro de aquel profundo sopor en que había estado sumido y una expresión de sumo agradecimiento iluminó su semblante».


Acabem amb les paraules que el venerable Torras i Bages va pronunciar en aquel momento, recollides per Opisso, a la seva amistat, Antoni Gaudí:

«Bon amic Antoni, tot i que el sacrifici és sempre l’acte més heroic i meritori, per assolir la vida eterna, no per això és precís turmentar-se d’aquesta manera. La vida és curta i passa aviat! Un home no l’ha d’abandonar a la pròpia voluntat, sinó per la de Déu. I amb més raó en el vostre cas, que teniu la missió assenyalada en aquesta terra de dur a terme l’obra començada per desig de Déu i per a nodriment espiritual dels cristians».

«El sacrifici és l’única cosa fructífera».
—Antoni Gaudí


Dr. Pere Pau, Círcol Tradicionalista de Barcelona Ramon Parés y Vilasau.


*****




Los días de morado de Antoni Gaudí


Sacrificio y penitencia, la Cuaresma de 1894



El contemporáneo Jordi Elías asegura en un breve fragmento de su obra biográfica, dedicado a la vida amorosa del arquitecto, que, en un momento determinante, quizás precipitado por la frustración o por la soledad, el sentimiento amoroso de Gaudí se transformaría en una vida religiosa de una gran intensidad.

Si bien nosotros defendemos —como también sostiene Cèsar Martinell— que el fervor de nuestro venerable no se puede reducir a una supuesta conversión interesada para cubrirse de la necesidad, iniciamos el artículo con esta afirmación porque, en cierto modo, compilación con acierto la naturaleza del sentimiento religioso de Antoni Gaudí, intenso como la más noble de las pasiones humanas.

No siendo el objetivo de estas notas, aprovechamos la ocasión, esbozada esta transición vital, para dedicar unas palabras a la polémica juventud del venerable arquitecto. El año 1870, el arqueólogo Eduard Toda, con una participación no definida de Antoni Gaudí, elabora un manifiesto de juventud para la restauración del Real Monasterio de Santa Maria de Poblet —destruido con la exclaustración y la desamortización de Mendizábal.

En su preámbulo se expresa, a pesar de esta noble intención de restauración, un depósito de ideas progresistas y anticlericales propiedad de la época.

«Poblet debe ser restaurado, sí; no debe volver a morar en él este ominoso poder de buitres que un día devoraron la conciencia del pueblo hispano para así ahogar el recuerdo de sus maldades, debe, para que forme singular contraste con sus antiguos días, ser erigido en sublime templo de la humanidad donde las ciencias y las artes tengan sus museos y academias.»


Si bien las palabras de estas líneas de significado dudoso —pues el autor señala, posteriormente, en el cuerpo del texto, que si el Monasterio fuera ocupado por un puñado de monjes, este podría recuperar el gozo de su pasado—, no se podan atribuir directamente a Gaudí —quien, además, había recogido para sí mismo algunos libros piadosos de la biblioteca—, sorprende encontrar ligado su nombre, hoy venerable.

«[Gaudí] Era tan apasionadamente anticatólico que no vacilaba ante las más vocingleras manifestaciones de anticlericalismo. Parándose, por ejemplo, a la puerta de las iglesias para increpar los fieles con el grito entonces muy elocuente de borregos».


La afirmación, de Feliu Elías, es interpretada y sentenciada por Martinell:

«Es posible que en lo transcrito el autor, como caricaturista que era y poco creyente —el mismo Elías se reiría de la posterior religiosidad de Gaudí diciendo que Nuestro Señor le había castigado con la fe— hubiese cargado la nota irreligiosa, lo del rito nocturno blasfematorio, en una tertulia que frecuentaban a veces el canónigo Collel y el sacerdote Verdaguer, resulta caricaturesco.»

«Si existieran estas etapas antirreligiosas en el orden sobrenatural, la religiosidad de después tiene más valor. Al buen pastor y al padre del hijo pródigo les alegra más el retorno de la oveja perdida que la permanencia de las otras reses en el redil.»

«No sabemos el tiempo que duró esta etapa de su juventud ni se le conoce otra manifestación anticlerical que las ya referidas. […] Doy por seguro que Gaudí nunca se sintió desconectado de la religión.

La turbonada anticlerical fue cosa superpuesta que pudo adormecer, pero no extirpar los principios de la fe que Gaudí había heredado de sus mayores y fomentado en los años de la infancia y adolescencia, que suelen dejar huella en la vida.»


Lo antedicho —que para Martinell era producto de la atracción intelectual que las ideas modernas del progreso y de la libertad tenían que producir naturalmente en la juventud de una alma bondadosa— no tiene mucha entidad ni evidencia. Es cierto que existen estos testigos —y, por lo tanto, cierta incertidumbre—, pero, encima de estos relatos no se pueden sentar las afirmaciones osadas que acusen la juventud de Gaudí de anticlerical y descreída.

Joaquim Bassegoda —compañero de estudio de Gaudí, testigo sólido— afirma que nunca lo había oído hablar mal de la religión y que este nunca había interrumpido la participación en los sacramentos a la Catedral de Barcelona.

El sentimiento y la práctica religiosa le fueron siempre dominantes, hubiera participado de más o de menos en este momento de agitación social. La vida y la obra, privada o pública, que ocupan toda la madurez del arquitecto, demuestran una fe sólida y contundente.

***

Relatamos, a continuacón, un episodio poco conocido de la vida de Gaudí.

El venerable era un solemne defensor de la mortificación corporal, cuna de la alegría del alma, y contuvo su vida con los cinturones del esfuerzo extremo, la sobriedad de la comida y el ejercicio corporal.

«Hay que estar ocupado todo el día, intelectualmente y manualmente, andando y haciendo ejercicio, todo a proporción de las fuerzas que se tienen. Así se duerme toda la noche completa, y esto es el equilibrio, la compensación, la vida. [···] Hay que comer, dormir y abrigarse solo el necesario y hasta que sentimos la necesidad.»


Nos servimos del relato de sus más próximos colaboradores, para mostrar el ejemplo más extremo de esta convicción, la rigurosa mortificación de los días morados de 1894. El 24 de marzo de 1951, en el Diario de Barcelona, Ricard Opisso publica:
 

«Fue allá por los días de la cuadragésima de 1894 cuando nuestro arquitecto hacía ya unos días que no se acercaba por las obras. Sufría un agotamiento físico por haberse impuesto una demasiada rigurosa e inquebrantable abstinencia, junto con el cansancio que padecía hacía algún tiempo debido a sus intensas actividades e ingentes esfuerzos para poder llevar a cabo sus recientes y simultáneas construcciones.

Por aquellos días de Cuaresma de dicho año, el arquitecto quiso gozar las dulzuras de la contemplación, extremando con demasiado rigor la dieta cuadragesimal, más de lo que la iglesia prescribe, consagrándose por entero los ejercicios del espíritu y a las prácticas de la devoción, con serio quebranto de su salud. Su atribulado padre, a la sazón ya septuagenario, fue en busca del doctor Santaló, su fraternal amigo, todo fue en vano.

Así es que el bueno de su colaborador, el señor Berenguer iba a visitarlo casi a diario en su domicilio de la calle Diputació, para consultarle mil detalles respecto de sus obras. Tanto se fue agravando el señor Gaudí en su enfermedad que al fin todos los que formábamos el equipo técnico, que, dicho sea de paso, lo considerábamos poco menos que un dios, decidimos ir a visitarlo un domingo inicial de Semana Santa. Una vez hubimos llamado a la puerta de aquel cuarto piso, nos salió a abrir una jovencita de voz cantarina y cautivante, muy vivaracha y decidida a la vez. Al punto, y sin anunciar nuestra visita, nos hizo pasar a la habitación del señor Gaudí. Mas al llegar al umbral pronto nos detuvimos sin osar entrar. Tan mala fue la impresión que nos causó aquel mísero aposento, tan pelado y pobre de muebles estaba que incluso para hacer más inhóspito el ambiente de sus paredes pendían a trizas y a jirones grandes desempapaleduras del desteñido y mohoso papel con el orden tajante del señor Gaudí de que no se tocara para nada.

He dicho tan pelado y pobre de muebles, mas yo no sé hasta qué punto pueden llamarse muebles a un pobre camastro y a un liviano e inconfortable sofá de los llamados de Viena, de caracoleadas curvas, con el respaldo y el asiento de rejilla, que, a juzgar por la baraúnda de enredos y chirimbolos que en él había, servía de mesita de noche y de perchero a la vez. Recuerdo también que dentro de aquel revoltijo de cosas se veían varios números del periódico La Renaixença, además de un pequeño ejemplar del Kempis, su pasto espiritual. Y como presidiendo toda aquella ficticia miseria, encima del respaldo del sofá se veía un pequeño crucifijo sin valor artístico ninguno, con un termómetro al lado.

A todo esto la figura de Gaudí yacía postrada en aquel mísero camastro, con las manos blancas y enjuntas, todas piel y hueso, cruzadas sobre el pecho, pero no metido entre las sábanas como era de suponer, sino tendido encima de ellas y como si quisiera ir al cielo vestido y calzado.

Mas, a decir verdad, nunca como en aquellos instantes vi en el semblante exangüe de Gaudí, tanta nobleza y majestad de santo. Aquella su cabeza aureolada con el pelo y la barba de un rubio azafranado, con la boca entreabierta y entornados los ojos, aquellos sus ojos azules de reflejos metálicos y aquellas facciones tan finas como talladas a cincel, resultaban una cosa verdaderamente impresionante. Sin duda contribuía a ello que, no habiendo ni cortinajes ni visillos en el balcón, la luz entraba a raudales dando de lleno en su figura y dorando su semblante, más esclarecido por el resplandor que salía de su interior de su alma, de santo que por la luz que recibía de fuera. Por otra parte, tan absorto estaba, que daba la impresión de que ni los bríos de aquella vivaracha y desenvuelta sobrina en la irrupción nuestra no le importaban para nada, como si no nos viera y no estuviera con sus sentidos en la tierra, como muriéndose de no morir como nuestra santa Teresa de Jesús, en la expresión de su semblante se adivinaba un no sé qué de misterio, algo fuera del tiempo y del espacio.

Ante el temor de un desenlace fatal, el señor Rubió y el señor Berenguer decidieron ir en busca de su más entrañable amigo, el doctor Torras y Bages, que a la sazón vivía a dos pasos de allí, o sea, en el pasaje de Permanyer. Se dio la feliz casualidad de que lo encontraron en casa. Al poco rato aquel sabio sacerdote estaba en presencia de Gaudí. Eran de oír las atinadas reflexiones que, con gran interés, profundidad y piedad, salían de los labios de aquel otro santo varón y sabio filósofo a la vez.

Tras aquellas palabras de tan prelado sacerdote, dichas con afable y sublime llaneza, pero al mismo tiempo llenas de prudencia y alto juicio, comprendimos, tanto por la expresión de su semblante como por su respirar, que en el interior de Gaudí se libraba una batalla íntima entre continuar su sacrificio y expansión hacia Dios o bien obedecer las razones del sabio doctor, llenas de amor real y humano, al propio tiempo que ungidas de espiritualidad y divinas inspiraciones. Por fin nuestro genial arquitecto, apreciando todo el valor que contenían, reaccionó como por milagro de aquel profundo sopor en que había estado sumido y una expresión de sumo agradecimiento iluminó su semblante».


Acabamos con las palabras que el venerable Torras y Bages pronunció en aquel momento, recogidas por Opisso, a su amigo, Antoni Gaudí:

«Buen amigo Antoni, a pesar de que el sacrificio es siempre el acto más heroico y meritorio, para lograr la vida eterna, no por eso es preciso atormentarse de este modo. La vida es corta y pasa pronto! Un hombre no lo tiene que abandonar a la propia voluntad, sino por la de Dios. Y con más razón en vuestro caso, que tenéis la misión señalada en esta tierra de llevar a cabo la obra empezada por deseo de Dios y para nutrimento espiritual de los cristianos».

 

«El sacrificio es la única cosa fructífera».
—Antoni Gaudí


Dr. Pere Pau
, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau.

 

 

dilluns, 16 de març del 2026

Crítica a eso que llaman tradicionalismo


 

Crítica a eso que llaman tradicionalismo

 

Es falso que el tradicionalista se desvincule del Magisterio, pues es gracias a este mismo Magisterio que tiene la garantía y la seguridad de lo que afirma y defiende.

 

 

Un sacerdote hace poco me envió un pequeño video de Instagram donde salía un influencer «católico» llamado Abel. En aquel video establecía una comparativa entre progresistas y tradicionalistas en la que pretendía hacer coincidir dos extremos opuestos y errados.

 
La transcripción del video dice lo siguiente:
 

Podría parecer que solo los progres son en la Iglesia los que interpretan a su manera el depósito de la fe y lo hacen a su conveniencia. Y caen en la teología liberal, para interpretarlo todo conforme a su mundanidad y a sus deseos carnales y a sus cosas. Pues resulta que no solo ahí pasa, sino que también hay gente que hace un menú de la fe y recoge de la Tradición con los deditos así, solo aquello que les interesa, es decir, también en los tradicionalistas o conservadores dentro de la Iglesia se da el riesgo de la teología liberal, es decir, de desvincularme del Magisterio de la Iglesia para yo creer a mi manera. Con lo cual lo que estás haciendo a Jesucristo mentiroso, porque las puertas del Hades han prevalecido sobre su Iglesia, y eres tú, según tú criterio y el de tu pequeña comunidad, el que tiene la verdad de forma residual, porque en la Iglesia se habría perdido. Esto es una pretensión tremenda que ha pasado muchas veces en la historia, porque, fijaos, se da una hermenéutica equivocada. En primer lugar, se considera todo el depósito de la fe como un monolito completo, inamovible, de verdad. Para el tradicionalista en general, no ha habido cambio en ningún punto de la doctrina desde el siglo I hasta básicamente el concilio Vaticano II. Esto no es más que fruto de la ignorancia, digamos. Fíjate que cuanto más lejos está una cosa o menos sabes de una cosa, más igual te parece todo. Me pasa un poco como los asiáticos de China para allá. Yo no soy capaz de distinguir un coreano, de un japonés, de un chino. Pues esto le pasa a la gente con las fuentes de la Tradición. Es la Tradición la que debe interpretar a la Tradición. Es el Magisterio el árbitro que se encarga establecer cuál es precisamente ese hilo dorado de la tradición. Poque la tradición no es un desarrollo acumulativo, que se va pegando y llevando como crustáceos en la ballena.

Primero de todo, habría que señalar que se es tradicionalista porque se es católico (contra lo que supone el video). Segundo, se comete la falacia del hombre de paja, pues se atribuye una cosa a los tradicionalistas que estos no defienden (1. Interpretar la fe por propia conveniencia. 2. Tomar de la Tradición lo que a uno le interesa. 3. Desvincularse del Magisterio de la Iglesia para creer a su manera).

Para un tradicionalista, la fe se interpreta desde el Magisterio de la Iglesia y no por conveniencia. No toma lo que le interesa sino lo que ha recibido. Pues sabe que la ley de la fe y la oración del católico debe caracterizarse por la fidelidad a la Sagrada Tradición. Los santos apóstoles ordenaron: «Si alguno os anuncia un Evangelio diferente del que habéis recibido (quod accepistis), sea anatema (Ga 1,9); «Os transmití lo mismo que yo recibí (tradidi quod et accepi)» (1 Co 15,3); «Observad las tradiciones (tenete traditiones) que habéis aprendido» (2 Ts 2,15); y «Combatid por la fe que ha sido entregada (semel traditae) a los santos de una vez por todas» (Judas 1,3). La Iglesia Romana siempre ha seguido este camino como el más seguro: «No se introduzca nada nuevo, sino solo lo que ya se ha transmitido» (nihil innovetur nisi quod traditum est) Papa Esteban I Ep. Ad. Cyprianum (apud. S. Cyprianum, Ep. 74).

Ahora bien, lo que señala el tradicionalista, desde el Magisterio, es que la función del Magisterio no es crear nuevas verdades, ni enseñar algo contrario a la Tradición (que es Palabra de Dios). Si esto se diera, propiamente no sería Magisterio, sino que estaríamos ante una opinión equivocada de una autoridad. En este sentido estaríamos hablando de un Magisterio auténtico no definitivo que está errado (P. Rodrigo Menéndez Piñar, El obsequio religioso. El asentimiento al Magisterio no definitivo, Toledo, 2020).

Por eso advierte el mismo Magisterio en sus dos concilios vaticanos:

«De hecho, el Espíritu Santo no fue prometido a los sucesores de Pedro para revelar, por su inspiración, una nueva doctrina, sino para guardar y dar a conocer fielmente, con su asistencia, la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la fe.» (Concilio Vaticano I, Constitución dogmática «Pastor aeternus»).

«Este Magisterio, evidentemente, no está sobre la palabra de Dios, sino que la sirve, enseñando solamente lo que le ha sido confiado, por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo la oye con piedad, la guarda con exactitud y la expone con fidelidad, y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como verdad revelada por Dios que se ha de creer.» (Concilio Vaticano II, Dei Verbum 10).

Por tanto, es falso que el tradicionalista se desvincule del Magisterio, pues es gracias a este mismo Magisterio que tiene la garantía y la seguridad de lo que afirma y defiende. 

El católico tradicional no coge lo que le interesa, sino que defiende lo que ha recibido de la Tradición. ¿Cómo y dónde reconocer esta Tradición? El criterio lo expresa de una vez para siempre S. Vicente de Leríns: la universalidad, la antigüedad, la unanimidad: «Lo que se ha enseñado siempre, en todas partes y por todos» «Id teneamus quod ubique, quod semper, quod ab omnibus creditum est» (San Vicente de Lerins, Commonitorium, cap. 23, núm. 16).

Por otra parte, tiene un grave problema Abel porque dice que la Tradición (en realidad, Abel dice “doctrina” y, antes, “depósito de la fe”, pero se refiere principalmente a la Tradición, según se deduce del ejemplo que le sigue sobre el desconocimiento de algo lejano y la distinción entre asiáticos) no es la misma en el siglo I y ahora. No sabe que toda la profundización teológica y la confirmación Magisterial se basan justamente en esa Tradición, la cual es de por sí inamovible y que debe ser preservada. La verdad no puede cambiar pues de lo contrario se transmutaría la fe y las costumbres. Por ello debe preservarse el mismo sentido:

«Hay que mantener siempre el sentido de los dogmas sagrados que una vez declaró la Santa Madre Iglesia y no se debe nunca abandonar bajo el pretexto o en nombre de un entendimiento más profundo. Que el entendimiento, el conocimiento y la sabiduría crezcan con el correr de las épocas y los siglos y que florezcan grandes y vigorosos, en cada uno y en todos, en cada individuo y en toda la Iglesia; pero esto solo de manera apropiada, esto es, en la misma doctrina, el mismo sentido y el mismo entendimiento (eodem sensu eademque sententia).» (Concilio Vaticano I, Dei Filius, c. 4).

Además, podría haberse molestado en especificar las clases de Tradición, pues al criticar la inamovilidad del depósito de la fe y, por tanto, de la Tradición, incluye, bajo este término, todo aquello que es de institución divina también, lo cual, evidentemente, no puede cambiarse. Es falso que pueda cambiar la doctrina de la Tradición ya que, además, algunas de sus verdades se han dogmatizado.

Finalmente, la supuesta pretensión que dice que tienen los tradicionalistas no es tal. Pues, según una saludable hermenéutica, existen ejemplos históricos de una resistencia legítima a las enseñanzas ambiguas y erróneas de pastores de la Iglesia, incluido el Papa. Así tenemos la crisis arriana del siglo IV, cuando la herejía infectó a casi todo el episcopado y, sin embargo, los laicos se mantuvieron fieles a la fe católica tradicional. De aquí que dijera el mismo cardenal San John Henry Newman:

«En ese tiempo de inmensa confusión, el dogma de la divinidad de nuestro Señor fue proclamado, impuesto, mantenido y (humanamente hablando) preservado, mucho más por la Ecclesia docta [laicos] que por la Ecclesia docens [jerarquía]... El cuerpo del episcopado fue infiel a su encargo, mientras que el cuerpo de los laicos fue fiel a su bautismo... Tanto el Papa como las grandes sedes patriarcales, metropolitanas y otras, así como los concilios generales, dijeron lo que no deberían haber dicho, o hicieron lo que oscureció y comprometió la verdad revelada; mientras que, por otra parte, fue el pueblo cristiano quien, bajo la Providencia, fue el apoyo eclesial de Atanasio, Hilario, Eusebio de Vercelli y otros grandes confesores solitarios, que habrían fracasado sin ellos» (Cardenal San John Henry Newman, The Arians of the Fourth Century, London Longmans, Green, and Co., 1908, pp. 465-466).

En esta misma línea, y bajo las virtudes de la gnome y de la epiqueya, se puede resistir y amonestar al Papa, como sostenía un antiguo tradicionalista, San Roberto Belarmino, (que, por cierto, sostenía que algún día un Papa podría intentar destruir la Iglesia sin que por ello prevalecieran las puertas del infierno), y como sostenía Santo Tomas de Aquino, respectivamente:

«Así como es lícito resistir al pontífice que agrede el cuerpo, también es lícito resistir al que agrede las almas o al que perturba el orden civil, o, sobre todo, al que intenta destruir la Iglesia. Digo que es lícito resistirle no haciendo lo que ordena e impidiendo que se ejecute su voluntad; pero no es lícito juzgarlo, castigarlo o destituirlo, ya que estos actos son propios de un superior» (San Roberto Belarmino, De Romano Pontifice, libro 2, cap. 29).

«Reprender a la cara y en público [Gal 2, 11] sobrepasa el modo de la corrección fraterna; por eso no hubiera reprendido Pablo a Pedro de no haberle sido de alguna manera igual en la defensa de la fe. [...] Con todo, hay que saber que, cuando hubiera peligro en la fe, aun en público han de corregir los súbditos a los prelados» (Santo Tomás de Aquino, Summa Theologuiae II-II, q. 33, a. 4, ad 2).

Podríamos concluir diciendo que eso que llaman tradicionalismo en el ámbito eclesial en parte es y en parte no es como dicen, secundum quid. Pues el tradicionalismo sí es defensa de una Tradición monolítica, inamovible y verdadera que debe ser custodiado por el Magisterio de la Iglesia según el mismo sentido y, por otra parte, no es como dicen, porque no se desvincula nunca del Magisterio y de la doctrina perenne que por todos, en todas partes y en todo tiempo, es creída en el seno de la Iglesia.

Montoya, un carlista egarenc
. Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau

divendres, 27 de febrer del 2026

De Babilonia a Roma (XVII): Hoy toca Yoga


 

De Babilonia a Roma (XVII): Hoy toca Yoga


La compasión y el servicio son algo bueno, siempre y cuando estén ordenados a Dios. Sin orden, lo único que ahí había era cierta vanidad o soberbia, enmascarada por un afán de consolar a mi desolada compañera. Y en ese ayudar, el vacuo orgullo, asomaba la patita debajo de la puerta.



La Nueva Era es como una telaraña que con paciencia se va tejiendo sin que te des cuenta. Soberbia e ignorancia son los ingredientes que el Enemigo utiliza. Dicho desde otra perspectiva, tú vas tejiendo un entramado en el que te vas a quedar atrapado. Sin apenas saberlo ni sospecharlo. En ese tejer, se usan distintas hebras, como los distintos ingredientes de la indigesta ensalada que te describí en alguna de las entregas. El enemigo consigue que cada cual pavimente la senda que lo lleva a su propia condenación. Con la alegría vacía de quien ignora, no por desidia, sino por obstinación.

Una de las hebras más potentes que usé fue el yoga con todos sus satélites, variantes, derivadas y combinaciones. El título de esta entrega dice que hoy toca yoga, pero con un solo escrito no basta, quedas avisado. El yoga llenó mucho espacio en mi particular telaraña, puede que se fueran sucediendo distintas hebras, que iba desechando por inútiles, como pasó con el curso de Milagros o el reiki, por ejemplo. El yoga permanecía siempre y me sostuvo económicamente unos doce años. Tuve, no uno sino tres centros, exitosos, de referencia. El cierre fue un estrepitoso golpe para mis alumnos. Pero no quiero dar un salto en el tiempo tan brusco. No todavía.

Me debato si contar lo que es el yoga o cómo me inicié. Me decido por esto último. Quizá sea más liviano de contar y pueda inspirarte para entender que, en las trampas del enemigo, se cae de la forma más tonta. Ignorancia, ¿recuerdas? Pretendo con este relato desenmascarar el patrón que subyace. El enemigo siempre lo utiliza, ya sea en la new age o en la toma de cualquier decisión.

Ten en mente, la ignorancia; hace unas líneas te lo he advertido. Sin olvidar la misión de servicio, querer ser útil y necesitar pertenecer. Ignorancia, soberbia, herida y virtud. Los ingredientes que el enemigo maneja con maestría de trilero.

 A riesgo de ser repetitiva, te recuerdo que el Enemigo aprovecha nuestra debilidad y heridas así como nuestros aspectos más virtuosos.  Dios, de lo malo, hace lo bueno; el enemigo recorre el camino contrario, de lo bueno, lo malo. Y justo en este momento bajísimo y oscuro de mi vida entró, por la puerta de atrás, el yoga. Como un caballo de Troya virtuoso. Cuando me recuperaba de la muerte repentina de mi madre, murió mi hermana menor, con treinta y tres años. El mes de agosto de 2002 fue terrible. En un mes nos dejó, sus tres hijos demasiados pequeños no entendían nada y yo me morí un poco también. Aunque no lo sabía. Sobrellevar tanto dolor, pretender hacerlo solo, trae terribles consecuencias.

 Ante la devastación en general, yo escogí el papel familiar de sostenedora, la que con serenidad aguanta, a pesar de que la procesión iba por dentro. Ese aguantar fue ineficaz, se rompieron todas las costuras y todo se desbordó. Nadie se daba cuenta, tampoco yo. Al mes de morir Mireia, llegó la separación de un matrimonio realmente triste del cual ahora mismo no voy a hablar, pero lo haré. Si la muerte de mi hermana fue dura, no puedes ni imaginar lo que fue la separación. Me quedé sola, aislada, mi familia me abandonó, me dejó a mi suerte. El pueblo entero hablaba del escándalo que iba creciendo conforme el chisme se hacía más grande. Eso te lo cuento, por algo que vendrá más adelante.

Decidí ponerme en pie, recuperar la dignidad que mi familia y la comunidad me arrebató y la busqué en mi profesión. Ni te imaginas lo duro que trabajaba en aquellos tiempos, como abogada. Hacía guardias como si no hubiera un mañana y cuando ante la puerta de la sala de juicios me llamaban «señora letrada», me sentía digna; la toga negra también ayudaba a dar más credibilidad a esa dignidad que buscaba desesperadamente. Como si la dignidad la otorgara la profesión, menuda ingenuidad. La toga, la reputación en los juzgados operaron como un redentor ineficaz. La cuestión es que funcionaba, el enemigo da oxígeno cuando lo estima necesario. Una trampa mortal.

Empezó una nueva etapa. También conseguí un trabajo como profesora en la Escuela de Policía de Catalunya, detalles que compartiré en otro momento. Bien, éste era el escenario en el que me movía como podía. En todo este ajetreo, hacía deporte, iba al gimnasio, cerca de mi despacho en Barcelona. El movimiento me ha salvado de la locura o la depresión en no pocas ocasiones. Llevar mi atención al cuerpo, me permitía enfocarme en el presente y no tanto en mis pensamientos erráticos. La ansiedad y la tristeza se calmaban con el ejercicio. De hecho, es pura ciencia, no es magia.  

Por otro lado, los libros de autoayuda, como puedes suponer, seguían apareciendo como por arte de ensalmo en mi vida. Los devoraba buscando consuelo, rebuscando en el interior de mi psique el fallo, la tara que impedía mi felicidad.

Un viernes de una tarde de septiembre, recuerdo como si fuera ahora, hablábamos las compañeras de despacho sobre la muerte. Los viernes por la tarde son muy distendidos en los despachos de abogados. Yo, tenía cierta experiencia sobre la muerte, por desgracia. Una de ellas me hizo callar, «Ay Lali, que yuyu, dejemos el tema».  Al domingo siguiente, a la hora de la siesta, una llamada de una de las compañeras rompió el letargo: «que raro —pensé— quizá necesita que mañana le haga un juicio o algo…» Ni mucho menos, llorando me comunicó que el marido de la otra compañera acababa de morir repentinamente. Tenía 40 años.

Cogí el coche y como loca, veloz, me planté en su casa. Estaba fuera de sí. No lloraba, aullaba. En uno de los momentos de lucidez me dijo que me necesitaría, y yo sellé mi incondicional ayuda y sostén. Faltaría más. Obviamente quería ayudarla en un momento así, sobre la muerte y duelo, algo sabía. Tere, que hacía tres días le daba yuyu hablar de la muerte, debía lidiar con ella, le diera yuyu o no. Se encontraba sin herramientas. Su fe ni tan siquiera asomó para dar un mínimo de consuelo, con lo que empezó a probar, desesperadamente todo tipo de cosas: reiki, ayurveda, péndulo y finalmente, yoga.

Una tarde llegó radiante al despacho y me dijo: «Lali, me tienes que acompañar, te va a encantar, ya verás que paz». Y Lali, o sea yo, la acompañé, como cabía esperar.

Confieso que el yoga nunca me llamó la atención ni tan siquiera el nombre me parecía atrayente. El gimnasio me daba todo lo que necesitaba y el yoga lo sentía de alguna forma, raro. Era una práctica de personas frikies. No sé porqué, pero me resultaba antipático. Ahí el Espíritu Santo estaba pronto, pero yo preferí ayudar a Tere. A mi manera, no a la de Dios.

Fíjate, el Enemigo escogió uno de mis peores momentos para actuar con total impunidad, y a la vez se valió de algo bueno, mis ganas de ayudar y ser útil. La compasión y el servicio son algo bueno, siempre y cuando estén ordenados a Dios. Sin orden, lo único que ahí había era cierta vanidad o soberbia, enmascarada por un afán de consolar a mi desolada compañera. Y en ese ayudar, el vacuo orgullo, asomaba la patita debajo de la puerta.

Bien hubiera podido ser como el amigo que acompaña al inválido postrado en la camilla, abriendo el techo para que Jesús lo sanara. O, ¿por qué no el amigo del ciego para presentarlo a Jesús para que recobre la vista? Pues no, no fui este tipo de amiga, sino que me desparramé en la camilla, sin saberlo, para hundirnos las dos un poco más. Y me instalé en la ceguera junto a ella. Así actúa el enemigo, de lo bueno, hace lo malo.

 Y ya nos tienes, a Tere y a mí, a la hora de comer, bajando al Raval de Barcelona donde el yogui en cuestión me iba a guiar a la paz y beatitud. Parece mentira las malas decisiones que tomamos cuando no tenemos discernimiento ni la razón en buen estado. El supuesto centro de yoga se encontraba en el típico antiguo Barrio Chino barcelonés. Compartía rellano con una suerte de Pensión Lolita, por llamarlo de alguna forma eufemística. Cutre se queda corto, como palabra. El lugar era sórdido, el yogui, un hombre entrado en sus 60, no era el prototipo que yo ni esperaba y menos imaginaba. Parecía un empleado de banca jubilado, y mal encaminada no iba. Era profesor de autoescuela en chandal.

¿Puedes imaginar el cuadro? Era grotesco. Mi sensibilidad estética que busca la belleza se derrumbó. Hice de tripas corazón y me senté obedientemente, cerré los ojos y me dejé llevar. Lo que estaba en juego era mi amiga, no mi disgusto por el lugar ni por el profe de autoescuela yogui. Parece un meme. A pesar de lo ridículo y cutre, hay que decir que me sentí bien. Tampoco era tan complicado, me gusta el movimiento y la espiritualidad era y es el motor de mi vida. ¿Qué podría salir mal? Pues todo, en realidad. Me inscribí, junto a Tere. Estaba entusiasmada, por doble razón, por ayudar y por haber descubierto una unión sorprendente, cuerpo y espíritu: yoga.

Esta entrega iba de yoga. Pero también te he contado un montón de experiencias vitales, que leyéndolas de nuevo tienen más miga y enjundia de lo que a priori parece. De ahí se derivan no pocas hebras de mi telaraña particular. Y muy relevantes de hecho. Ya lo comprobarás. Ahora me debato si tirar de esos hilos o seguir con la explicación del yoga a la siguiente entrega.

Te dejo con la incógnita porque ni yo misma sé por dónde voy a tirar. De lo que sí podemos estar seguros, tú, querido lector y yo, que de yoga voy a escribir mucho más. De momento, basta meditar con las estrategias del enemigo para hacernos caer sin que nos demos cuenta, ni sospechemos.

¡Qué buena me sentía ayudando! ¡Cuánta paz después de las clases! ¡Bendita conexión con el Universo! A estas alturas, ya sabemos qué es este Universo, ¿no?
 
Continuaré relatando el demente tejido que en cada entrega se volverá más y más caótico. ¡Que Dios nos asista!

Eulàlia Casas
, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau


divendres, 13 de febrer del 2026

De Babilonia a Roma (XVI): Los libros de autoayuda y la dictadura de la felicidad


 

De Babilonia a Roma (XVI): Los libros de autoayuda y la dictadura de la felicidad


Al conseguir que creas que contigo te bastas y sobras y que no necesitas salvación, te hace sentir un falso poderío que te embauca con una falaz suerte de superpoder que no es más que tu triste ego intentando salir de la jaula



¿Te acuerdas del fruto que colgaba del árbol en el Edén? A Eva le pareció muy bueno y, claro, ante lo apetecible, uno no razona; actúa movido por cualquier impulso, menos por la razón sosegada y ponderada. Ante lo apetecible y agradable, la prudencia se difumina hasta desaparecer. La promesa de un atisbo de paraíso terrenal en formato placer a corto plazo es una tentación irresistible. Ese merecimiento que bautiza toda tentación. «Tus deseos son órdenes», nos susurra la serpiente. Y lo que se nos escapa es que el deseo lo inoculó ella. Veneno.

Pues eso es lo que pasa con este tipo de literatura, que no sin un poco de vergüenza confieso haber devorado, como quien se hincha a comer donuts. Son buenos, pero lejos de nutrir, destruyen y arrasan con la salud. Después de la literatura gnóstica y cristiana heterodoxa, apareció este tipo de literatura: la autoayuda.

En la Nueva Era todo se mezcla en un pomposo y arrogante sincretismo, como si de un buffet libre se tratara. Cada cual mete en su ensalada aquello que le parece más apetitoso; todo está permitido. ¿Te has fijado en los buffets de los hoteles? Veo con horror platos que rebosan comida imposible: langostinos, un filete, huevos rellenos, patatas fritas, paella, torreznos de Soria, sushi aderezado con salsa rosa, teriyaki y alioli. Vomitivo solo verlo. Indigesto. No se me ocurre una imagen más elocuente para el sincretismo nuevaerístico. No fue difícil encontrar en las estanterías de las librerías, junto a un evangelio apócrifo, El Curso de Milagros o Tus zonas erróneas de Dyer. Apetitosas. La enésima zanahoria que me iba a sacar del hoyo. La Nueva Era es mesiánica, no lo olvidemos. Las promesas falaces de un reino que se aleja conforme avanzamos. Lo dramático es que, de seguir caminando la ancha senda, hasta el verdadero paraíso cerrará sus puertas ante nuestra obstinación en el error. Éste es el verdadero drama.

Mira el fruto colgado del árbol y juzga tú si es o no apetecible: «El poder está dentro de ti… Eres más fuerte de lo que crees… Persigue tus sueños… La felicidad no es el destino, es el camino… Sonríe y la vida te sonreirá… Sé la mejor versión de ti mismo… La vida es un regalo, disfrútala al máximo… No hay fracaso, sólo experiencia… Todo lo que necesitas está dentro de ti…». ¿Te dan, o no, ganas de hincar el diente a tan suculento fruto? «Cómeme, cómeme», parece que susurran.

¿Quién no quiere sentir el poder en su interior? ¿O que la vida le sonría? ¿O ser la mejor versión de sí mismo? ¿Quién no quiere ser excelente? Y sí, me lo zampé entero. Por un lado, mi sufrimiento no encontraba consuelo. Por otro, mi lastimada mirada hacia mí misma, la inadecuación de mi ser, teñía cada espacio. Y por otro, la necesidad de ser mejor, no sólo eso, excelente. La indigestión, profecía que sí se iba a cumplir en mí, con el andar del tiempo, claro. Hasta que Jesús no sólo me ayudó, sino que me salvó. Él, no yo.

Una nueva zanahoria delante de mis morros que, conforme avanzaba como buena discípula en todas las recomendaciones, instrucciones y protocolos de los libros, paradójicamente se alejaba, con consecuencias desastrosas. Culpa y frustración a cada intento fallido. Me seguía sintiendo miserable, el dolor no desaparecía, la inadecuación crecía; en fin, nada mejoraba, salvo la culpa de no hacerlo bien, ¡con lo claras y concisas que son las consignas de estos libros! Te garantizan el resultado. ¿Cómo es posible que no funcionaran en mí? La demolición de la escasa autoestima. La culpa y frustración por ser tan lerda de no experimentar el gozo, poder y excelencia que los libros prometían. Los libros salvíficos y mesiánicos. Libros testimoniales, donde el hagiógrafo del enemigo relata su antes y después. Testimonio vivo del poder de su palabra. ¿Por qué le funcionaba al autor del libro y a mí no? Misterios…

Vamos por pasos. Recuerda: el Enemigo quiere que creas que eres como Juan Palomo, el de yo me lo guiso, yo me lo como. Es decir, tú te autoayudas, y donde hay un tú, hay un yo. La vida según «San Yo» es lo que quiere el Enemigo: que te sientas con el poder suficiente para ayudarte, que no salvarte. ¿Te acuerdas? Salvarse es de pringados, y salvarse requiere un a priori de humildad, un sentido de la contingencia y adhesión a Dios. ¡Non serviam! El Enemigo quiere que lo sirvas a él solo, que vayas caminito a la condenación, como la jaca a Jerez, cortando el aire; cuanto más veloz, mejor. Al conseguir que creas que contigo te bastas y sobras y que no necesitas salvación, te hace sentir un falso poderío que te embauca con una falaz suerte de superpoder que no es más que tu triste ego intentando salir de la jaula, de la que no tiene las llaves. Es más ridículo si cabe: la jaula tiene la puerta abierta. Jesús la mantiene abierta, gratuitamente, sin condiciones. La soberbia impide que la veas.

Los libros de autoayuda son mesiánicos; en ellos se contiene la salvación futura y el conocimiento que desata tu verdadero yo. Te permiten encender la chispa divina que mora en tu interior, activar tu divinidad interna, eliminar el dolor, erradicar el sufrimiento, que no es más que una muestra elocuente de tu escasa espiritualidad. Te prometen la excelencia como por arte de ensalmo. Sufrir es tan de pringados como necesitar salvación. ¡Manda narices! El mismísimo libro mesiánico que se arroga la misión salvífica te dice que no necesitas salvación, que tú puedes solo. Jesús, si por alguna extraña razón aparece —porque hay literatura de autoayuda muy espiritual—, no es más que un maestro ascendido que comparte panteón con Buda, Lao Tse, Confucio o la Pachamama. La ensalada de la que te hablé.

El tema de la culpa merece mención aparte. El Enemigo te quiere hacer creer que la culpa es una anomalía, y en realidad lo es. ¿Cuál es el tema aquí? Él pretende que no sientas la punzada de dolor en la conciencia de lo que está objetivamente mal. Te quiere flotando en el universo del relativismo, en el que no hay ni bien ni mal, de manera que todo está permitido: tú decides. Si sufres, es que no lo estás haciendo bien; eres mal alumno; te debes esforzar más, pulir tu ego hasta deconstruirlo. O dicho claramente, que pierdas la conciencia del mal. Simple y llanamente. Esto es perverso, porque el alma, que solo pertenece a Dios, por más atrapada e indigesta que esté con tanto fruto podrido, sigue sintiendo, y aparece la culpa: «Algo no hago bien, todavía vibro bajo, no soy suficientemente espiritual, no soy feliz…» Pero ésta es la culpa en la que te quiere sumido el Enemigo, el acusador, el que día y noche te recuerda lo malo y chungo que eres. ¿Se ve la perversión? El Enemigo te quiere en su dictadura de la «felicidad», la que promete como salvación todo libro de autoayuda.

Y claro, te preguntarás: ¿qué tiene de malo la felicidad? Nada, si está ordenada a Dios. ¿Te acuerdas? Todo radica en el orden o el desorden. La felicidad de Dios no es la del mundo, ni mucho menos. Es más, el mundo ni reconoce ni aprecia la felicidad de Dios. El mundo y Dios son antagonistas, desde el non serviam, no por maniqueísmo, sino por soberbia del Enemigo.

Junto a la dictadura de la felicidad está la brújula del corazón: «sigue a tu corazón, haz lo que el corazón te diga…» Sólo hay que recordar qué dice Jesús acerca de eso. A quien hay que seguir es a Dios, no al corazón. Pero claro, en la Nueva Era eso de Dios es complicado de identificar. ¿Cómo se sigue a una masa de energía y luz informe llamada Universo? ¿Cómo encender una latente chispa divina en el interior? ¿Dónde y quién tiene las cerillas? Sólo un Dios personal, con el que me puedo relacionar; un Dios que me ha creado a su imagen y semejanza y cuida de mí como una madre cuida a su hijo; un Dios que, por si no fuera suficiente, se ha hecho hombre y me muestra de forma muy concreta, no abstracta, cuál es el camino, la verdad y la vida. La puerta estrecha que me libera de la jaula dorada.

«Si esto te hace feliz, es lo que importa», me decía la gente bien intencionada cuando se enteraban de que había bajado la persiana de mi centro para siempre. «Eso hace feliz a Dios», contestaba yo; y, por las caras, sé que no entendían. El gozo de Dios es desbordante cuando lo escogemos a Él. Júbilo por un alma salvada es una fiesta en el cielo.

Me estuve «auto ayudando» durante casi una década. No encontré el poder dentro de mí, ni la chispa se encendió, ni vibré más alto, ni fluí ligera en mi experiencia terrenal, ni nada de nada. Y sí, confieso que en estos libros hay pequeñas verdades, pautas, patrones que son realmente sólidos. Pero quedan del todo invalidados al mezclarse con la mentira. Uno no puede estar con un pie en la verdad y el otro en la mentira. No por mucho tiempo. O con Dios o contra Él. Así nos anunció Jesús. La tibieza produce el vómito de Dios.

No fueron los libros de autoayuda ni su tiránica felicidad ni la brújula estropeada de mi maltrecho corazón. No. Fue Jesús mismo quien me tiró de los pelos para sacarme del fango. Cuando impartía una clase de yoga, precisamente. Pero eso ya llegará. A su debido tiempo.

Eulàlia Casas, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau


dijous, 12 de febrer del 2026

Santa Eulalia de Barcelona: símbolo de martirio, espejo de la tradición


 

Santa Eulalia de Barcelona: símbolo de martirio, espejo de la tradición


No es sólo una mártir antigua, sino un modelo perenne de coherencia entre fe y vida pública para nuestros días



Hoy, 12 de febrero, la Iglesia celebra la fiesta de Santa Eulàlia de Barcelona (siglos III-IV), una joven cristiana de Barcelona de 13 años de edad que, durante la persecución del emperador Diocleciano, se negó a renunciar a la fe. Tras ser sometida a crueles tormentos de los que milagrosamente salía indemne (fue expuesta desnuda a la intemperie, torturada con garfios,  quemada, etc.), murió mártir. Su cuerpo fue sepultado en las Arenas de Barcelona (donde posteriormente se construiría la iglesia de Santa María de las Arenas, actual basílica de Santa María del Mar) y trasladado en el siglo IX a la Catedral paleocristiana de Barcelona, hoy integrada en la actual Catedral gótica.

Santa Eulalia se erige como un símbolo poderoso y arquetípico. Su martirio constituye la defensa inquebrantable de la tradición católica frente a un poder estatal pagano y opresor, un ejemplo del que los carlistas podemos aprender. En efecto, la joven mártir encarna la resistencia civil y religiosa contra un orden anticristiano. Su martirio afirma la primacía de la fe frente al absolutismo del Estado. Ella encarna el derecho —y el deber— a no observar la ley civil cuando ésta exige traicionar los mandatos de la ley moral y divina. Su fortaleza ante el tormento evidencia la virtud de la fortaleza como testimonio público indispensable para la transformación cristiana de la sociedad. Este testimonio subraya que la fe tiene una dimensión pública y comunitaria, y que los cristianos están llamados a ser levadura en el mundo, incluso en contextos hostiles.

Además, al ser una santa profundamente local pero de culto universal, Eulalia refuerza el principio tradicional hispánico de la unidad católica, respetuosa con las identidades forales y regionales (como Cataluña), pero unida bajo una misma fe y un mismo trono legítimo. Se ilustra así la complementariedad entre lo local y lo universal: es una santa arraigada en Barcelona, pero su mensaje trasciende fronteras. Esto refleja el principio de subsidiaridad, que valora y fortalece las identidades particulares dentro de la unidad del cuerpo social, siempre ordenado al bien común.

Para ilustrar estos puntos, ofrecemos un fragmento de la narración de Fábrega Grau, basado en la «Passio Sancte Eulaliae», que recoge el diálogo en el que la joven santa increpa al pretor Daciano por perseguir a los cristianos:

—Juez inicuo —dijo Eulalia—, ¿de esta manera tan soberbia te atreves a sentarte para juzgar a los cristianos? ¿Es que no temes al Dios altísimo y verdadero que está por encima de todos tus emperadores y de ti mismo, el cual ha ordenado que todos los hombres que Él, con su poder, creó a imagen y semejanza, le adoren y sirvan a Él solamente? Ya sé que tú por obra del demonio tienes en tus manos el poder de la vida y de la muerte; pero eso poco importa.

Daciano, pasmado ante aquella intrepidez, mirándola fijamente le respondió desconcertado:

—Y —dijo Daciano—, ¿quién eres tú que de una manera tan temeraria te has atrevido, no sólo a presentarte espontáneamente ante el tribunal, sino que, además, engreída con una arrogancia inaudita, osas echar en cara del juez estas cosas contrarias a las decisiones imperiales?

Mas ella, con mayor firmeza de ánimo, y levantando la voz, dijo:

—Yo soy Eulalia, sierva de mi Señor Jesucristo, que es el Rey de los reyes y el Señor de los que dominan: por esto, porque tengo puesta en Él toda mi confianza, no dudé siquiera un momento en ir voluntariamente y sin demora a reprochar tu necia conducta, al posponer el verdadero Dios, a quien todo pertenece, cielos y tierra, mar e infiernos y cuanto hay en ellos, al diablo; y lo que es peor, que quieres obligar a hacer lo mismo a aquellos hombres que adoran al Dios verdadero y esperan conseguir así la vida eterna. Tú les obligas inicuamente, bajo la amenaza de muchos tormentos, a sacrificar a unos dioses que jamás existieron, que son el mismo demonio, con el cual todos vosotros que le adoráis, vais a arder otro día en el fuego eterno.


Invitamos a leer dos textos más, ya publicados en La Esperanza en años anteriores:

Un fragmento de la «Passio Sancte Eulaliae», en versión de Mn. Jaume Armengol, publicado el 2025 con motivo del día de su festividad.

Y la crónica extensa de la «ruta de Santa Eulalia de Barcelona», publicada el 2024 y correspondiente a la visita guiada por la ciudad romana y medieval siguiendo los pasos de la patrona de la ciudad con motivo del día de su festividad, organizada por el Círculo Tradicionalista de Barcelona aquel año.

Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramon Parés y Vilasau

 

 


 




dimecres, 11 de febrer del 2026

Huelga de profesores en Cataluña por mejoras salariales, reducción de ratios y estabilidad laboral


 

Huelga de profesores en Cataluña por mejoras salariales, reducción de ratios y estabilidad laboral



Resulta preocupante que la protesta no cuestione el marco ideológico de la actual ley educativa



Barcelona (Agencia FARO).— Hoy, 11 de febrero, fiesta de las Apariciones de Nuestra Señora de Lourdes, los docentes de los centros educativos públicos de Cataluña están secundando una huelga general de profesorado, convocada por las principales organizaciones sindicales del sector ante lo que califican de falta de avances significativos en las negociaciones con la Conselleria d’Educació de la Generalitat.

La protesta, que afecta a escuelas infantiles, centros de primaria y secundaria de todo el Principado, se produce después de varias semanas de movilizaciones y una manifestación unitaria en Barcelona el pasado 24 de enero, en la que miles de docentes reclamaron mejoras salariales y condiciones laborales más dignas.

Reivindicaciones de los convocantes


Los sindicatos que han impulsado la huelga —entre ellos USTEC·STEs, Aspepc·Sps, CC.OO., UGT y CGT— detallan varias demandas centrales:

  • Mejoras salariales para el profesorado, entre ellas el restablecimiento de una cláusula que actualice los salarios en función de la inflación y un incremento de los complementos retributivos, que según los sindicatos compensaría la pérdida de poder adquisitivo acumulada en los últimos años.   
  • Reducción de las ratios de alumnado por aula, consideradas actualmente «insostenibles» por parte de los docentes, que señalan que afectan negativamente tanto a la calidad educativa como a la carga de trabajo.
  • Aumento de plantillas para garantizar una atención adecuada al alumnado y disminuir la precariedad y la sobrecarga de labores no docentes.
  • Menos burocracia y trámites administrativos, que, según los sindicatos, desvían tiempo y recursos de la labor educativa.


Durante la jornada hay convocadas cinco manifestaciones. Una partirá de los Jardinets de Gràcia a las 12.20. A las 11.30 se convoca a los docentes de Tarragona en la Plaça Imperial Tarraco, a las 12 en el Pont del Dimoni de Girona, a las 12.30 en la Plaça Barcelona de Tortosa y a las 18 horas en la Plaça Ricard Vinyes de Lleida.

En defensa de la escuela catalana según la Tradición


Estas reivindicaciones del profesorado en Cataluña —salarios dignos, reducción de ratios y estabilidad laboral— son justas y merecen respaldo. La Tradición política catalana, profundamente municipalista y social, siempre reconoció la función del maestro como pilar del país real, no como simple ejecutor de consignas administrativas.

Pero resulta preocupante que la protesta no cuestione el marco ideológico de la actual ley educativa, impuesta desde instancias políticas y técnicas alejadas de la realidad de los centros. Ninguna mejora material corregirá un sistema que ha roto con la tradición pedagógica catalana, basada en la transmisión del saber, el esfuerzo, la autoridad del docente y el arraigo comunitario.

La llamada «inclusión» responde a una homogeneización forzada que rebaja niveles, desdibuja responsabilidades y vacía de contenido la enseñanza. En nombre de una igualdad abstracta, se debilita la cultura del mérito y se sacrifica la excelencia, perjudicando especialmente a los alumnos de entornos populares.

Igualmente errónea es la obligatoriedad de la escolarización prolongada en adolescentes, que impide a muchos jóvenes catalanes incorporarse tempranamente al aprendizaje de oficios, rompiendo la continuidad histórica entre familia, taller, municipio y gremio. Cataluña fue tierra de menestrales, artesanos y aprendices, donde el saber práctico y el saber intelectual convivían sin desprecio mutuo.

El actual sistema contribuye además al desmantelamiento del conocimiento: menos contenidos, menos memoria, menos exigencia. La escuela deja de ser espacio de transmisión cultural para convertirse en aparato de reeducación ideológica, desconectado de la lengua, la historia y las formas de vida del país real.

Frente a este modelo, es imprescindible una dignificación plena de la Formación Profesional, entendida como vía noble y central de formación humana y social. La FP responde al principio de subsidiariedad, fortalece los cuerpos intermedios y recupera la dignidad del trabajo bien hecho, tan propia de la tradición catalana.

Sin una revisión doctrinal profunda —sin volver a una escuela arraigada en la Tradición, en el municipio y en los cuerpos intermedios—, las huelgas docentes quedarán en meras reivindicaciones salariales. Y un país que olvida cómo educa, acaba olvidando quién es.

Agencia FARO / Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau