divendres, 16 de gener del 2026

Nueva ley del alquiler de vivienda: Volviendo a tropezar en la misma piedra


 

Nueva ley del alquiler de vivienda: Volviendo a tropezar en la misma piedra


El problema de la vivienda no es sólo económico. Es más profundo. Es doctrinal y antropológico. La vivienda no es una mercancía cualquiera, sino un bien de arraigo, inseparable de la familia y de la estabilidad social.


Recientemente hemos sabido que la Generalitat vuelve a legislar sobre el alquiler de la vivienda con la convicción, tan moderna como infundada, de que los problemas reales se corrigen ajustando cifras en un índice administrativo. Ahora se limitan también los alquileres de temporada y por habitaciones, como si el mal residiera en el tipo de contrato y no en la realidad material que lo precede. Se presenta la medida como protección social, pero no es más que otra reiteración del mismo error doctrinal: atacar el precio, que es el síntoma, mientras se preservan intactas las causas de la escasez.

La vivienda es cara porque es escasa. No al revés. Y es especialmente escasa la vivienda para vivir, porque la destinada a otros usos está devorando gran parte de la oferta. El precio no es una causa autónoma, sino un efecto. Fijarlo por decreto no crea viviendas, del mismo modo que fijar el precio del pan no hace crecer el trigo. Con una diferencia: fijar el precio del trigo permite moderar el precio del pan, y prevenir la especulación. Pero aquí se pretende regular el efecto obviando su causa eficiente. El legislador persiste en la superstición de que la realidad obedece al boletín oficial. Lo cual no desprestigia la eventual eficacia de los controles de precio, pero los condiciona estrictamente a la lógica de la cadena causal que desemboca en el precio que se pretende controlar. De nuevo, la brillante distinción aristotélico-tomista: causa eficiente, causa final, causa material, causa formal: las grandes desconocidas del liberalismo, donde todo es mecánico, bien sea por la omnímoda voluntad individual (liberalismo “derechista”) o por la omnímoda iniciativa estatal – que no colectiva ni social -  (liberalismo “izquierdista” o mal llamado “social”).


Pero el problema no es sólo económico. Es más profundo. Es doctrinal y antropológico. La vivienda no es una mercancía cualquiera, sino un bien de arraigo, inseparable de la familia y de la estabilidad social. La tradición carlista entendió esta verdad con mayor realismo que los gobernantes contemporáneos. Para el pensamiento foral, la propiedad no era un fetiche liberal ni un botín estatal, sino un derecho concreto, enraizado en la costumbre y protegido por la comunidad. La vivienda era asunto del municipio, no de ingenieros sociales. El carlismo defendió siempre el municipio fuerte y la subsidiariedad real, porque sabía que sin arraigo no hay orden, y sin orden no hay justicia social posible.

Nada de esto aparece en la nueva normativa. El municipio queda relegado, mientras la Generalitat acumula índices, sanciones y definiciones cada vez más abstractas. Se legisla sobre contratos porque no se quiere legislar sobre suelo, burocracia, fiscalidad, especulación ni equilibrio territorial. Construir es caro, lento y fiscalmente castigado; rehabilitar, una carrera de obstáculos; poseer vivienda habitual, una fuente permanente de gravamen. Y luego se finge sorpresa ante la escasez.

A ello se suma una política territorial radicalmente antitradicional: la aceptación acrítica de la concentración masiva en grandes ciudades. Se vacía el territorio, se centralizan servicios, se fuerza a generaciones enteras a vivir donde no deberían, y después se intenta contener el resultado con controles de alquiler. Santo Tomás habría llamado a esto legislar sobre una anomalía, no sobre el orden natural.

Esta ley no es un error aislado. Es coherente con una cosmovisión equivocada que confunde justicia con control, doctrina con técnica y bien común con gestión administrativa. No es una ley de vivienda, sino otra ley contra la vivienda, porque ignora las causas reales de su carestía, y ahonda en todo aquello que la hace escasa.

Como tantas veces en la historia, el poder combate los efectos mientras protege las causas. Y luego se extraña de que la realidad —esa vieja carlista— no obedezca.

Gonzalo J. Cabrera

 


 


dimecres, 14 de gener del 2026

De Babilonia a Roma (XIV): Meditación Zen

Bernini: El Éxtasis de Santa Teresa, 1645-1652. Iglesia de Santa Maria della Vittoria, Roma.
 

 

De Babilonia a Roma (XIV): Meditación Zen


¿Cómo es posible que en la mismísima Iglesia Católica se blanqueen actualmente, sin ningún atisbo de pudor, estas prácticas tan dañinas?


 

Si pudiera escribir tal y como se produjeron mis incursiones en la Nueva Era, lo haría. Es imposible; debo seguir una secuencia cronológica para que se pueda entender, pero, en honor a la verdad, todo se sucedió de forma caótica. Sin orden ni lógica; dicho de otra forma, sin Logos. En el caos, el territorio del Enemigo. Y en el desorden se mueve de forma magistral. Sin ser visto, ni tan siquiera percibido.

¿Hace falta que te diga quién es el Logos? Jesús mismo, la encarnación de la Palabra, la segunda persona de la Trinidad: «Quien a mí me ve, ve al Padre… no se puede ir al Padre si no es por mí». Sin Jesús no hay Dios, ni Espíritu Santo, ni orden, ni lógica, ni nada. Bueno, corrijo: en la Nueva Era, la nada, en realidad, es el destino, a través del caos. Fundirse en el absurdo vacío. Sin Jesús, la Nada. Con Jesús, Todo. La Nada: el infierno en la tierra, persiguiendo una quimera falaz, el reino de los cielos terrenal.

Y de vacuidad va la entrega de hoy. Ya te comenté mi sed de Dios y cómo el Enemigo consiguió hacerme creer que cualquier camino era válido para acceder a Él. Comencé a retirar la palabra religión de mi vocabulario para introducir espiritualidad. Me parecía más pura, menos condicionada, más libre. ¡Qué espiritual me sentía, incauta de mí!

Como no podía ser de otra manera, llegó a mi vida la meditación. El Enemigo no se anda con chiquitas y me inicié a lo grande. Como león rugiente, acecha y se introduce a través de la herida, como siempre digo. También a través de alguna faceta buena, como la curiosidad. La vocación de servicio, que es como un denominador común en todos los nuevaeristas, por cierto, no lo olvidemos. En este caso, el Enemigo aprovechó mi necesidad de superación y disciplina. No me conformo con lo fácil o superficial. Por eso empecé por el sector duro de la meditación: ¡el zen!

La meditación zen vino a mi vida a través de una amiga psicóloga. ¿En qué consiste esta práctica meditativa? Para empezar, es una práctica oriental budista, ajena totalmente a nuestras raíces occidentales cristianas. En la Nueva Era, se asimila a Buda con Jesús como si fueran la misma cosa y, claro, sin formación alguna es fácil —y hasta atractivo y exótico— comprar el relato. El hermanamiento entre Oriente y Occidente, Buda y Jesús en armonía y beatitud. En fin. La enésima chorrada de ya sabemos quién.

La meditación zen tiene como propósito llegar a la iluminación a través de la meditación: la quietud, la atención plena, la respiración como vías. Y ya con eso no haría falta decir nada más. ¿A qué iluminación nos referimos? Básicamente, rápido y corto, convertir al practicante en una suerte de ameba espiritual que no reacciona ante nada, que ni siente ni padece. Fundirse en el todo, el vacío, como una gota en el vasto océano. Una vasta superficie sin orillas ni horizonte; solo abismo, cabe recordar.

Eliminar el sufrimiento, causante de todos los males; extirpar el deseo; vamos, lo dicho: ser poco menos que una ameba o una suerte de psicópata espiritual que sonríe beatíficamente ante el horror o la dicha. Ser un Buda inalterable. Todo pasa a través sin dejar huella: la pena, la ira, la alegría, la envidia. ¿Qué más da veinte que treinta? Sonrisa búdica y chimpún.

En aquellos tiempos yo sufría, y mucho, en realidad como el resto de mortales. Por eso la nueva zanahoria me pareció muy necesaria. Nos encontrábamos con mi amiga y su marido para practicar esta meditación, que consistía en sentarse en postura de loto, en el suelo. Cerrábamos los ojos y uno de ellos entonaba lo que luego supe que eran mantras. El primer día me parecían ridículos, ininteligibles, tan lejanos a mí. Pero si con eso el sufrimiento desaparecía, ¿qué más daba una dosis más de ridículo?

Las tandas de meditación eran de media hora; al final sonaba una campanita, abríamos los ojos en total silencio, estirábamos las piernas y vuelta a empezar. Me encantaría poder describir con todas las palabras cómo me sentaba esta práctica; me parecía tediosa, y no diré las demás palabras porque no quiero parecer vulgar. Un rollo patatero. Mi cuerpo quieto y mi cabeza a mil. Sonrisa búdica por fuera. Tsunami emocional por dentro. El cuerpo por un lado, la mente por otro, las emociones vete tú a saber. La fragmentación del ser. El caos. Si me picaba, no me rascaba; si me tiraba, no aflojaba; si me caía el moco, me aguantaba.

Ya te he comentado que el Enemigo lo tiene todo previsto: toda incomodidad es una rebelión del ego, con lo cual lo suyo es perseverar aunque no guste o incomode. Y ahí permanecía yo, tiesa como un palo, sin mover un músculo de mi cuerpo, centrando mi atención en la respiración y, de ahí, a la nada. Y suerte la mía, porque sé que en los monasterios zen hay que meditar cara a la pared, cosa que me evoca los castigos cuando era niña. Un muro desnudo, vacío. La mismísima imagen y semejanza del dios al que representa: la Nada. El océano cósmico en el cual la conciencia del meditador se asemeja hasta hacerse uno con él. El nihilismo enloquecedor. El dios sin rostro del que te he hablado en otras ocasiones. Dios sin Jesús. Nihil. Cuando el océano no tiene orilla, uno naufraga. Y sin horizonte, se desespera.

Es tan amable la filosofía zen y su práctica que, cuando el maestro se percata de que el practicante se despista, le arrea con una vara, sin previo aviso, en toda la espalda. ¡Zas! Qué amable el señor Buda. El contraste con Jesús, el Dios con rostro que me tiende la mano, no para arrear, sino para elevarme y salvarme.

El sufrimiento no desapareció, todo hay que decirlo, pero lo que sí iba implementándose en mí era una pátina de vanidad, un ego espiritual que me hacía sentir muy especial, distinta a los demás, que no eran capaces de mantenerse tiesos como un palo, aguantando la tos, el picor o, sencillamente, los pensamientos de puro sentido común que gritaban: «¡Lárgate de aquí y vete a dar un paseo por la playa!» En ocasiones meditábamos durante más de cuatro horas, con intervalos de media hora en los que estirábamos las piernas. ¡Hasta ocho horas! Marathon lo llamábamos. Toda una campeona estaba hecha.

Ahora sé que con Jesús uno no pretende eliminar el sufrimiento como si de Dios se tratara, sino que, a través de él, eres consciente de la fragilidad y, en tal estado de desgarradora contingencia, clamas a Dios para que te ayude a trajinar la propia cruz, como Jesús nos mostró primero. Y cuando el sufrimiento se comparte con Dios, se entrega; lejos de convertirte en una ameba que no se conmueve ni se afecta por nada, entras en comunión con Dios, capaz de llorar y reír como Jesús lo hizo.

Te animo a visionar el vídeo del padre Joseph, convertido al cristianismo; hay un momento que me tocó, y es cuando relata la forma en que murió Buda: replegado en sí mismo, con la sonrisa tipo «todo me resbala porque estoy iluminado», mirándose el ombligo, en comparación con la muerte de Jesús, desnudo y con los brazos abiertos, con el costado traspasado. Valgan estas dos imágenes para que se entienda todo.

Quiero acabar con la cerecita. Me vi obligada a participar en una jornada presencial en el Instituto de Ciencias Religiosas de Barcelona (dependiente del Arzobispado), donde estoy terminando mis estudios. Recuerdo que esta anécdota ya te la conté. Cuál fue mi sorpresa al comprobar que una de las ponentes era una sor, que no estaba allí para hablar de su vida conventual, sino por ser maestra zen de no se sabe qué antiguo linaje japonés. La sor, con la sonrisa de ameba búdica que tan bien conozco, hablaba de las bondades del zen. Me carcomía por dentro; no daba crédito, como si en la tradición católica no tuviéramos enormes testimonios de vida contemplativa y místicos heroicos.

En el descanso me encontré con un sacerdote que había conocido en Jerusalén, del que te hablaré más adelante. Él conocía bien mi trayectoria. Le comenté mi indignación y me animó a manifestar mi testimonio y rebatir a la sor. Así lo hice en el turno de preguntas. Sigue viva en mí la imagen del aula magna: la sor junto a los demás ponentes y directores de la universidad en la elevada tarima, yo en pie, me sentía diminuta, micrófono en mano, expresando respetuosamente mi estupor, mis dudas, mi confusión y mi malestar. Estaba nerviosa, me sentía vulnerable, porque en el fondo intuía la soberbia respuesta ¿Cómo podía ser que en la mismísima Iglesia Católica se blanquearan, sin ningún atisbo de pudor, tales prácticas tan dañinas? ¿Cómo la misma Iglesia, que como madre debe cuidar de sus hijos, cometía tal torpeza? Por no mencionar que, en este templo del saber —valga la ironía—, nos preparamos para ser profesores de religión. ¿Te imaginas al profe de reli enseñando meditación zen a los adolescentes? Yo es que flipo, como dirían ellos.

Como madre negligente, y después de mi intervención, sor rabiosa, me ridiculizó ante el auditorio. Me tildaron de soberbia, caprichosa y vanidosa. Me dio mucha pena y rabia. Tuvieron el privilegio de la última palabra, para mayor humillación mía. A la salida, distintas personas, individualmente, como Nicodemo en la noche, me felicitaron por mi valentía. Amiga sor, rezo por usted, para que se convierta y no pervierta más a las almas impresionables y mal formadas de tantos católicos que han comprado el relato de la multiculturalidad y la diversidad religiosa.

Dios nos llama por el nombre, nos extiende su mano para que nosotros la alcancemos y caminemos en amistad con Él, para compartir sufrimiento y dicha. Vivos y vibrantes, llorando o riendo, pero nunca amebas por encima del bien y del mal. Por la sangre de su Hijo nos salva, no por nuestros méritos, como podría tener un avanzado meditador zen. Nos salva por su amor, por gracia.  ¡Dios tiene rostro!

Eulàlia Casas, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau

dissabte, 3 de gener del 2026

Las misiones catalanas, peripecias de una profesora de religión (VIII): Tiernos brotes.

 

Las misiones catalanas, peripecias de una profesora de religión (VIII): Tiernos brotes

«¿Qué podéis perder viniendo a religión?» Silencio en el aula. Los ojos inquietos de un alumno buscaban la respuesta. La encontró, levantó la mano y dijo: «lo peor que puede pasar es “acabar creyendo” en Dios, pero esto en realidad es bueno».


¿Has visto con qué furia rompe el duro asfalto una flor diminuta? Me maravilla esta imagen. Mezcla de fe y esperanza, se unen a mi sobrecogimiento. La belleza siempre vence. Paseando por el pueblo o la ciudad, en más de una ocasión, me he detenido y agachado para observar. ¿Qué fuerza de la naturaleza es ésta? ¿Cómo es posible que un diminuto brote enfrente el peligro real de ser pisoteado? La fe del tierno brote desafiando el asfalto en la cuneta de la autopista es la que quiero. En medio del cemento gris, duro y sin atisbo de belleza, el tierno brote se abre paso para tener la última palabra. «¡Aquí estoy yo! Contra todo pronóstico, aun a riesgo de desaparecer bajo la suela de tus botas, la rueda de un camión o ser pasto de un intrépido caracol. Aun a riesgo de que no me veas». Ésta es la imagen de la fe que necesito. Dios mostrando su poder en lo cotidiano y ordinario. En lo inhóspito, casi en lo imposible e improbable. Allí donde no es esperada, la belleza está, aunque te tengas que agachar un poco. Bajarse a nivel de suelo. ¡Ahí está! A ras, abajo, ahí aguarda si miras y ves. Y lo más increíble, ni tan siquiera necesita tu mirada. No espera ni busca nada.

El martes de esta semana salí derrotada del instituto. Fue una jornada terrible; me sabe mal transmitir una sensación pesimista. No es la intención. En todo caso, mostrar con crudeza la realidad, sin paliativos ni maquillaje inútil. Dar a conocer las luchas internas que experimento en mi día a día. Cómo son las trincheras y el frente en el que combato. El duro cemento, el asfalto y el alquitrán. Y a pesar de que, humanamente, me siento pequeña, sé que no estoy sola. Esta es la esperanza que me sostiene, la fe en una promesa cierta. Como digo a mi nieta: al final ganan los buenos. 

Quiero mostrarte cómo, en este duro asfalto que es el instituto público catalán, irrumpen desafiantes tiernos brotes. Los puedo ver, casi sin agacharme, y los cuido como merece toda vida incipiente. Los celebro y agradezco. A Dios elevo mi mirada y gratitud. Disipan los nubarrones de desesperanza que asolan a cada momento esta distopía en la que se ha convertido el sistema educativo catalán, y me atrevo a decir español, y más allá de las fronteras de nuestra agonizante civilización europea. Actualmente, la cultura de la muerte tiñe de negrura todo rincón de nuestras vidas. Se subvenciona la muerte en detrimento de la vida. Y se recrudece en lo incipiente, como si no fuera ni vida ni merecedora de la misma

Te decía que salí por la puerta del instituto como quien huye de las plagas de Egipto. El éxodo. Una alumna, totalmente espachurrada en la silla, me contestó: «¿Y yo qué sé, brother?» Tuve que recordarle que soy su profesora, no su hermana. Mientras, en la esquina del fondo, otro pegaba a un compañero que, al parecer, se reía. «¿Queréis parar? ¿En qué momento os parece normal lo que está pasando? ¿En qué momento que te peguen es algo divertido?» Después de estar dos horas hablando del bullying y de tomar conciencia de que hemos normalizado cualquier aberración y maltrato, culminamos la clase con un alumno en el suelo porque le habían dado una patada en la espinilla. «¿Por qué has hecho esto?», pregunté, y la única respuesta, que no sólo exculpa sino que legitima, fue: «Me aburro». ¡Qué desastre! 

En momentos así me pregunto si estoy en el lugar correcto. Si sirve de algo mi labor. Si en realidad soy buena profesora. Salí por la puerta llena de dudas y pena. Fui a pasear por el bosque —ésta es la suerte del Instituto al que voy: la naturaleza—. Por la tarde tenía la evaluación de los míticos TDR (Treballs de Recerca) que los alumnos de segundo de Bachillerato deben realizar en Catalunya. Un peso extra que los profesores debemos soportar con estoicismo y entusiasmo. Lo primero lo hago, y más que estoicismo es una suerte de «no hay más remedio», una resignación que ni siquiera es cristiana. Lo del entusiasmo… no me sale, ni con esfuerzo. 

Mis dos alumnas hicieron una excelente investigación. Una sobre justicia y juventud; la otra, sobre neuromarketing. En la confirmación de sus hipótesis, ambas se dieron cuenta de algo alarmante: carecían de formación ético-moral seria y rigurosa. No se les había proporcionado nunca, ni a ellas ni al resto de jóvenes. No habían notado esta carencia hasta el desenlace de su investigación. Y esta ausencia de un tejido moral sólido que las cimentara en sus decisiones las dejaba frágiles, desnudas y presas de un sistema voraz. Estas reflexiones, desde mi mirada, son un tierno brote que hay que cuidar, nutrir, regar y permitir que crezca robusto. La sed y hambre de verdad. De Dios, sin ir más lejos. Aunque todavía no lo saben. 

En otra ocasión recuerdo que pregunté a unos chavales que probaban la clase de religión para saber si querían o no continuar, como quien prueba una chirimoya. En fin. La pregunta era: «¿Qué podéis perder viniendo a religión?» Silencio en el aula. Los ojos inquietos de un alumno buscaban la respuesta. La encontró y levantó la mano para bajarla de inmediato. «¿Qué ibas a decir?», pregunté con curiosidad. «Es que, en realidad, iba a decir algo que, pensándolo mejor, no es malo sino todo lo contrario. Iba a decir que lo peor que puede pasar es acabar creyendo en Dios, pero esto en realidad es bueno». El chico se quedó y cuidé ese tierno brotecito con mucho mimo. 

Otro tierno brote son todos los alumnos que se apuntan a religión por escapar de otra asignatura o porque piensan que allí se van a rascar la barriga a dos manos. Si lo llevo al terreno personal, sería como para ofenderse, pero, en realidad, con una mirada más divina, el hecho incontestable es que, por la razón que sea, están en el aula y yo les voy a hablar de Dios. Ésta es la realidad más allá de espurias intenciones que los movieron a mi materia. Cuido a estos alumnos como un huerto en primavera. Porque estos frágiles brotes puede que crezcan y den frutos. Solo Dios sabe. 

Un verano irrumpió en mi correo interno de Instagram un mensaje que decía: «Te quería agradecer todo lo que has hecho; me has reconciliado con Dios. Me he unido al grupo de jóvenes de la parroquia. Este verano voy a hacer el Camino de Santiago con ellos». Era una alumna de segundo de Bachillerato. Y de vez en cuando veo sus andanzas en sus stories juveniles, y los frutos no cesan. Como lo que me comentó el otro día una adolescente de cuarto: «¿Sabes que me he apuntado a catequesis para hacer la primera comunión? Mi abuela está emocionada». El ejército de abuelas siempre obtiene victorias desde sus trincheras ocultas. 

Tiernos brotes a cada rato; hay que agacharse mucho, a ras de suelo, mirar con mucha atención. Cada pregunta curiosa que formulan, el brillo de sus miradas cuando escuchan la respuesta. Ahora me acabo de acordar de un alumno de cuarto de secundaria. Éramos él y yo; no había más. Era desafiante, autista de altísimas capacidades, incomprendido y rechazado por el claustro de sesudos profesores. Se desregulaba emocionalmente y la liaba parda. Yo lo miraba y, es más, lo veía. Un delicado tallo rompiendo el hormigón armado del sistema. Le encantaban los videojuegos con simbología bíblica y de la Divina Comedia. Ante esta realidad, cuidar con ternura la luz que irrumpe en la oscuridad implica dejarse de remilgos y dar religión a partir del videojuego. Dos años de fructífera relación maestro-alumno. Devoraba cada información, preguntaba inquieto; eran clases raras, heterodoxas, pero entendí que atrapaban su atención. Me dijo que haría la primera comunión, para alegría de su abuela y de su padre. 

Cierro el escrito sabiendo que me olvido de tantísimos brotecitos. Se van a deslizar en mi memoria docente cuando ya haya enviado este humilde escrito. Lo sé, y aún en el anonimato, los honro y agradezco a Dios. Que no los nombre no significa que no existan. Muchos pasaron desapercibidos y eso hace que me vuelva muy cuidadosa, como un jardinero de un palacio real. No desatender mi mirada atenta, agacharme a ras de suelo para admirar la fuerza de la vida rompiendo el gris armazón de la indiferencia posmoderna. Todos somos y existimos ante la mirada amorosa de Dios, y, como colaboradores suyos, nuestra responsabilidad es descubrirla.

Dios trabaja en lo cotidiano, en lo escondido, en lo improbable.

Eulàlia Casas, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau


dimecres, 31 de desembre del 2025

El campo catalán se levanta contra la gestión ganadera del DesGovern


 

El campo catalán se levanta contra la gestión ganadera del DesGovern


Unos 400 tractores, convocados por Unió de Pagesos, colapsan el Eje Transversal de Cataluña para exigir el control de la fauna salvaje en Cataluña


Barcelona (Agencia FARO).— El 29 de diciembre de 2025, lunes de la Octava de Navidad, cuando muchos están aún pensando en roscones y brindis navideños, los guardianes de la tierra catalana —els pagesos— han vuelto a tomar las riendas, esta vez para colapsar con sus tractores el Eix Transversal, la carretera rápida que atraviesa el interior de Cataluña desde Lleida a Girona.


Desde primeras horas de la mañana, y bajo el lema «Colapsemos el Eix Transversal», alrededor de 400 tractores arrancaron desde diversos puntos —como Riudellots de la Selva (Girona), Manresa (Barcelona), Cervera y Lleida— rumbo a Gurb (Osona), y formaron una caravana lenta pero inexorable que terminó cortando las carreteras C-17 y C-25 en ambos sentidos y provocando retenciones de 7 kilómetros.


La Unió de Pagesos (UP), sindicato convocante, ha protestado contra la mala gestión de la fauna cinegética —que devasta campos y transmite enfermedades a los rebaños— por parte del DesGovern y su incompetencia para manejar las crisis sanitarias que esta fauna provoca. Sin campo no hay país, y sin control de la fauna y de la sanidad animal, no hay viabilidad para la ganadería catalana. 


Mientras la Generalitat, como buen gobierno burócrata, prometía «un trabajo continuado y más recursos» para controlar la fauna cinegética —así salió a decir el conseller Òscar Ordeig aquella misma tarde—, los tractores han hablado con hechos: retenciones, carreteras cortadas y un mensaje claro: ni plagas ni papeles arreglan de verdad el campo si no hay voluntad política. 


Esta movilización representa la continuación de la lucha del campo del viejo continente en pie de guerra contra la Europa política, que lleva librándose desde hace años.


El espíritu de esta movilización recuerda a esos antiguos fueros en los que el campesino no pedía migajas, sino justicia: control real del exceso de fauna salvaje, revisión de protocolos sanitarios y medidas que eviten sacrificios masivos injustificados, indemnizaciones dignas, y hasta permisos excepcionales de caza para los propios agricultores.

 
Porque al final, como bien murmuran entre el polvo de sus neumáticos y el aire frío de invierno, estos hombres y mujeres no protestan por gusto, sino porque cada jabalí suelto y cada brote de enfermedad es un ataque a su linaje, su oficio y su honra.


Agencia FARO
/ Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau

 


 

dimarts, 30 de desembre del 2025

Presentación en Barcelona del libro «La restauración de la política católica», escritos políticos de don Alberto Ruiz de Galarreta

 

Presentación en Barcelona del libro «La restauración de la política católica», escritos políticos de don Alberto Ruiz de Galarreta




Por el jefe del Círculo Alberto Ruiz de Galarreta (Valencia), Juan Oltra, y de su capellán, P. Retamar. Tendrá lugar, D.m., el sábado 17 de enero de 2026, a las 11:30h., en el Centro Cívico Pere Quart, de Barcelona




El sábado 17 de enero, festividad de San Antonio Abad, el jefe del Círculo Alberto Ruiz de Galarreta, de Valencia, D. Juan Oltra, y el capellán del Círculo, P. Juan Retamar, visitarán Barcelona (D.m.) para presentar «La restauración de la política católica», el primer volumen de las obras reunidas del gran maestro carlista que da nombre a su Círculo valenciano. La presentación está organizada por el Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau.

El volumen ya fue presentado en Valencia el 5 de octubre de 2025 y en Madrid el día 25 de aquel mismo mes. Sin embargo, la calidad del autor, de los textos, de la edición y de los ponentes, aconseja continuar con la presentación en otros Círculos de la Comunión Tradicionalista.

 

Alberto Ruiz de Galarreta con S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón a la entrada del Monasterio de Santa María la Real de La Oliva el 25 de julio de 2005


Don Alberto Ruiz de Galarreta y Mocoroa nació en San Sebastián en 1922 y falleció en Valencia en 2019. Militante carlista desde su juventud, perteneció a la Agrupación Escolar Tradicionalista (AET) desde antes de la guerra civil. Fue médico militar en el cuerpo médico de la Armada Española, donde alcanzó el grado de coronel y posteriormente obtuvo el doctorado en Medicina con una tesis sobre historia de la medicina.

Escribió más de 4.000 artículos, que firmó bajo varios pseudónimos («Manuel de Santa Cruz», «J. Ulibarri», «Aurelio de Gregorio», «Dr. Felipe Fernández Arqueo», entre otros) y que publicó en numerosas revistas (Verbo, El Pensamiento Navarro, ¿Qué Pasa?, Boina Roja, Siempre P’alante, Guías, Iglesia-Mundo, entre otras).

 

Este primer volumen de sus obras reunidas recoge únicamente sus artículos de naturaleza política más relevantes y se reparten en seis capítulos: «La política, oficio del alma», «La unidad católica», «Liberalismo y libertades de perdición», «España contra Europa», «El 18 de julio y su posteridad» y «La historia del Carlismo, maestra de prudencia política».

Además de su actividad como articulista, Ruiz de Galarreta es también autor de la monumental obra, en 33 volúmenes, de Apuntes y documentos para la historia del tradicionalismo español, 1939-1966, (1979-1991), que continúa la ingente obra de Melchor Ferrer la cual abarca hasta 1936.

En la presentación de Barcelona del próximo 17 de enero, tal vez los ponentes y editores anticipen en primicia alguna información relevante acerca de la publicación del segundo volumen, en ciernes, de las obras reunidas de don Alberto Ruiz de Galarreta.

La presentación barcelonesa tendrá lugar, como se ha indicado, el sábado 17 de enero de 2026, D.m., a las once y media de la mañana, en el Centro Cívico Pere Quart, de Barcelona (c/ Comandante Benítez, número 6). Estará a cargo de Juan Oltra, Jefe del Círculo Cultural Alberto Ruiz de Galarreta (Valencia) y de su capellán, el P. Juan Retamar.

Rogamos que los interesados confirmen su asistencia enviando un correo electrónico a: carlismobarcelona@gmail.com

Agencia FARO / Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau

 


 

dilluns, 29 de desembre del 2025

El peregrino de Àger: Agustí Prió y la gruta del misterio encarnado


 

El peregrino de Àger: Agustí Prió y la gruta del misterio encarnado


La lucha por la Tradición no es, en su esencia, una batalla política como las demás; es, también, una batalla espiritual donde la esperanza, fundada en la victoria de Cristo —el Niño del Pesebre que es Rey de Reyes—, nos asegura que las puertas del infierno no prevalecerán.



Se muestra la imagen de portada del libro «El Devoto Peregrino: Viaje de Tierra Santa», de 1656, conservado en la biblioteca de Agustí Prió, farmacéutico de Àger (localidad del prepirineo de Lérida) durante la Primera Guerra Carlista. Las láminas que acompañan el texto —el plano de la gruta de Belén y la descripción de los santuarios que la rodean— permiten imaginar cómo Agustí podía representarse el lugar del Nacimiento de Cristo: no como un concepto abstracto, sino como un espacio real, concreto, casi palpable. Este artículo quiere evocar precisamente esa mirada: la del creyente que contempla la gruta del Pesebre como el centro del mundo.

 

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En los años convulsos de la primera guerra carlista, mientras el estruendo de los cañones pretendía redefinir el alma de España, un farmacéutico de Àger, don Agustí Prió y Carme, encontraba refugio en las páginas de un Devocionario: El devoto peregrino de Tierra Santa. No era una huida del mundo, sino una inmersión más profunda en su verdad última. Desde su Àger natal, Agustí emprendió una peregrinación interior hacia el corazón geográfico de la fe, hacia Belén. En esa contemplación, Prió, hombre de ciencia y de fe, captó con singular claridad la esencia de lo que defendían, con las armas y con la vida, aquellos voluntarios realistas: no sólo una disputa dinástica, sino la defensa de un orden sagrado cuyo modelo eterno se revelaba en la humildad de una gruta.
 

La piedra de Belén: Dios en el tiempo y el espacio concretos

La primera lección que la gruta impartió a Agustí Prió fue la deslumbrante concreción de la Fe católica: un Dios que se encarna y nace en una cueva de Judea, en un tiempo concreto, en el año gobernado por César Augusto. Las láminas barrocas de su Devocionario, con sus detalles de columnas y lámparas, ilustraban un lugar real. Ésta es la piedra angular de la sensibilidad tradicionalista: la sacralidad se encarna en lo particular, en la tierra de los padres, en la costumbre inmemorial, en el rito heredado. Venerar una reliquia, custodiar un fuero o peregrinar a un santuario son actos que gritan contra el mundo moderno, empeñado en reducir al hombre a ciudadano abstracto y a la historia a un proceso material ciego. Para Prió, Belén era la prueba de que Dios había tocado la tierra, santificando para siempre lo local, lo histórico, lo tangible.



La Liturgia: la gruta que se hace altar

El espacio sagrado es el gran catequista. La descripción de la gruta en El devoto peregrino —con su altar sobre el pesebre, la columna de la Virgen, el sepulcro de los Inocentes— era para Prió una lección de liturgia viva. Cada elemento arquitectónico instruye, simboliza, eleva. La Santa Misa tradicional, que Prió sin duda vivió en su esplendor, es la cumbre de esta pedagogía divina. En su solemnidad hierática, en su latín sacro, hace presente aquí y ahora el único sacrificio de Cristo. Une en un único arco sagrado el Pesebre, la Cruz y la Gloria. Es el milagro perenne que convierte la parroquia más humilde en un santuario, y a la comunidad de fieles en piedras vivas de la Iglesia. Custodiar ese rito era, y es, custodiar la llave que abre la puerta del cielo en la tierra.
 

La Tradición: la unidad del orden creado

Esta vivencia de lo sagrado condujo a Prió a una visión integral, la que ofrece la Tradición católica. Ella nos da la llave para ver la unidad del designio divino, donde lo natural y lo sobrenatural, lo personal y lo social, forman un todo armónico. Nuestro lema «Dios, Patria, Rey» es la síntesis de este orden: Dios en el centro de todo; la Patria, no como construcción ideológica, sino como ámbito concreto de caridad, servicio y lealtad heredada; y el Rey legítimo, no como déspota, sino como padre y custodio del bien común, garante de las libertades concretas frente a la tiranía abstracta del estado revolucionario. La gruta de Belén, donde cielo y tierra se unen, es el modelo de este cosmos ordenado, antítesis radical de la fragmentación moderna que aísla al hombre de Dios, de su historia y de su prójimo.




Resistencia con esperanza

¿Qué impulsaba, pues, a un hombre como Agustí Prió a simpatizar con la causa carlista en tiempos de lucha y persecución? Era la misma fuerza que lo llevaba a meditar la gruta de Belén: la resistencia como custodia de lo sagrado. En una era que iniciaba su apostasía silenciosa, defender los símbolos, el rito, la autoridad legítima y la costumbre de los mayores se convertía en un acto de esperanza activa. La lucha por la Tradición no es, en su esencia, una batalla política como las demás; es, también, una batalla espiritual donde la esperanza, fundada en la victoria de Cristo —el Niño del Pesebre que es Rey de Reyes—, nos asegura que las puertas del infierno no prevalecerán. Agustí Prio, desde la quietud de su farmacia en Àger, armado con su devocionario y su fe, comprendió que la verdadera trinchera estaba en el corazón que sabe venerar, en el espíritu que reconoce, en el pesebre de piedra, el trono del universo.


Francesc Sánchez i Parés, Círcol Tradicionalista de Barcelona Ramon Parés y Vilasau

diumenge, 28 de desembre del 2025

Crónica de la conferencia «Antoni Gaudí y la Tradición», en Barcelona el pasado 20 de diciembre

Vidrieras de la Sagrada Familia.
 

 

Crónica de la conferencia «Antoni Gaudí y la Tradición», en Barcelona el pasado 20 de diciembre



«La originalidad consiste en el retorno al origen, que es la naturaleza creada por Dios», solía repetir Antoni Gaudí




El pasado 20 de diciembre de 2025 —sábado de las Témporas de Adviento—,  tuvo lugar, en el Centro Cívico Pere Quart de Barcelona, la conferencia «Antoni Gaudí y la Tradición» a cargo de J. Escobedo, Jefe del Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramon Parés y Vilasau, tal como se había anunciado.

Tras el rezo del Ángelus por parte de un sacerdote diocesano, se inició la sesión, en la que se analizó la profunda imbricación entre la historia del catolicismo catalán y la obra del venerable Antoni Gaudí, situando a ésta como la culminación natural de un sustrato espiritual y cultural milenario. Así, el genio gaudiniano resulta ininteligible sin comprender la tradición católica catalana.

En efecto, el genio de Gaudí no brotó del vacío, sino de un humus espiritual fecundado por siglos —milenios— de Fe. La obra de Antoni Gaudí constituye una culminación material y simbólica de un sustrato católico catalán vivo y militante. Solamente adentrándonos en este sustrato, podemos comprender la concepción de Gaudí sobre el arte y la creación (en todos los sentidos del término).

En palabras de Joan Bassegoda: «Gaudí no se consideraba un inventor de formas, sino un intérprete de la naturaleza, que era para él el gran libro de la arquitectura. En una ocasión, dijo a un colaborador: "Yo no invento nada, me limito a copiar de la naturaleza. ¿Para qué inventar si ella tiene todas las respuestas?”».

La constante referencia al mundo natural como modelo es una de las claves de su obra. «Gaudí afirmaba que "el gran libro de la arquitectura es la naturaleza, y ese libro está siempre abierto ante nuestros ojos". De un simple árbol, explicaba, se puede aprender la estructura de una columna, el ángulo de las ramas y la resistencia de los materiales».

Y la conexión teológica entre la naturaleza y Dios es omnipresente en Gaudí. Esta cita de Bassegoda es particularmente reveladora: «Para Gaudí, la naturaleza era la obra de Dios y, por tanto, perfecta en sus formas y funciones. El arquitecto creía que su misión no era rivalizar con la creación, sino comprender su lógica divina y aplicarla. "La originalidad consiste en el retorno al origen, que es la naturaleza creada por Dios", solía repetir».

 

Antoni Gaudí visita las obras de la Sagrada Familia, rodeado de personalidades. (Ballell Maymí, Frederich, Arxiu Municipal de Barcelona).

 

Para comprender mejor aquel humus espiritual que culminó en la obra de Gaudí y en su concepción de arte y de la Creación, se repasó en primer lugar la historia del catolicismo en el territorio que hoy ocupa Cataluña y se dio especial atención a la vinculación inseparable entre Iglesia y Cataluña. A continuación, se detuvo en Gaudí como encarnación de la Cristiandad, tanto en su obra como en su vida. Y, finalmente, se observó la conexión de Gaudí con la Tradición, siendo el Templo de la Sagrada Familia un templo expiatorio contra la modernidad.

En cuanto al primer punto, el repaso de los orígenes apostólicos de la Iglesia en el territorio de la actual Cataluña sirvió para subrayar la vinculación inseparable entre Cataluña y la Iglesia. El origen histórico de Cataluña lo encontramos en el contexto de la Reconquista cristiana contra el Islam —específicamente en la Marca Hispánica, territorio de frontera y defensa de la Cristiandad— que se inició a partir del siglo IX por parte de los francos (Rey Ludovico Pío, hijo y sucesor de Carlomagno) y por parte de herederos de los visigodos e hispano-romanos que se habían refugiado al norte de los Pirineos tras la invasión musulmana de Hispania el siglo anterior. Por tanto, el elemento religioso es esencial para comprender la fundación de Cataluña, su naturaleza y su preservación. Así, referente al origen de Cataluña, el obispo Torras y Bages —maestro espiritual de Antoni Gaudí— consideraba el catolicismo como el principio sustancial y originario de la nacionalidad histórica catalana. Afirmaba que la libertad y la personalidad de Cataluña surgieron bajo el amparo y la guía de la Iglesia y mostraba cómo la Iglesia fue el marco esencial para el desarrollo de las instituciones y de la cultura catalanas: «Cataluña no se formó sino dentro de la Iglesia Católica y no tuvo, sino dentro de la Iglesia Católica, libertad y vida propia. La Iglesia fue su madre. Ella le dio la ley, la ciencia, las artes, la poesía; ella le dio su lengua, perfeccionando y haciendo de ella una lengua de cultura». Profundizando en ello, Torras y Bages subrayaba el carácter católico de la constitución histórica catalana: «Nuestras libertades públicas, nuestras libertades políticas, nuestras libertades sociales, son todas hijas de la Iglesia, son todas hijas del derecho cristiano». Sobre la unidad de la patria y la fe: «El principio de nuestra unidad es el principio católico. Lo que nos une, lo que nos da carácter propio y fuerza colectiva, es la fe que hemos recibido de nuestros padres». En definitiva, sin el impulso unificador y civilizador del cristianismo, Cataluña no hubiera nacido, no habría pasado de ser un pequeño grupo de condados establecido por el Imperio Carolingio como territorio de frontera y defensa, sin unidad, ni identidad, ni relevancia alguna. Además, la identificación entre Iglesia y Cataluña no se limita a su origen, sino también a su preservación: Torras y Bages estableció, sobre el porvenir de Cataluña, su conocida máxima de «Cataluña será cristiana o no será», tesis central de su principal obra La Tradició Catalana.

En el siglo XVI, tras la ruptura de la Cristiandad a causa del heresiarca Lutero, la vieja Cristiandad milenaria se mantuvo viva dentro de la Monarquía católica (conocida como Hispánica). En palabras de Elías de Tejada: «La Monarquía católica es la Cristiandad menor, la reducción a la mínima expresión del orbe cristiano, el último resto de la Cristiandad grande de los tiempos medievales, el único ámbito donde perviven inalteradas las esencias de la vieja Europa católica, mientras fuera de sus fronteras triunfan los ídolos de la Modernidad». Así, «frente a la Europa protestante que ha roto con la tradición católica, y frente a la Europa galicana que ha sometido la Iglesia al Estado, sólo la Monarquía hispánica ha mantenido incólume el depósito de la fe y las instituciones tradicionales». Pues bien, dentro de la Monarquía hispánica, Cataluña se caracterizó entre los siglos XVI y XIX por su vehemente oposición a la Modernidad. Tanto, que Elías de Tejada describió ese periodo como «los doscientos cincuenta años en los que Cataluña pelea contra Europa». Esta perseverante continuidad de la Cataluña tradicional a partir de la Edad Moderna fue ejemplificada por el carlista catalán Francisco Canals Vidal con el protagonismo de los catalanes en la cruzada de Lepanto (1571); en la liberación de Viena y Budapest (1683 y 1686); en la defensa del Pontificado frente al galicanismo por fray Rocabertí; en la defensa del tomismo por fray Boixadors; la guerra antijacobina y antinapoleónica (1793-1795); la tenacidad antiliberal en la guerra de la regencia de Urgel (1822), de los agraviados (1827) y carlistas (1833-1840; 1846-1849; 1872-1876), etc.


Las columnas del interior la Sagrada Familia se asemejan a un bosque


Seguidamente, se abordó el segundo punto de la conferencia: se mostró a Gaudí como encarnación de la Cristiandad, tanto en su vida como en su obra. Se tomaron como ejemplo los tres días previos a su fallecimiento: Antoni Gaudí murió tal como vivió, de forma austera y piadosa, en la más estricta pobreza —confundido con un mendigo e ingresado en la sala de pobres del Hospital— tras sufrir un accidente mientras iba camino de su oración diaria del Vía Crucis y adoración eucarística en el Oratorio de San José, el 7 de junio de 1926. Al no llevar documentos, y por su aspecto descuidado, fue confundido con un mendigo y recibió únicamente los primeros auxilios. «Iba mal vestido, con alpargatas y un viejo abrigo. No llevaba documentación, y su aspecto era tan humilde que los transeúntes lo tomaron por un pobre de solemnidad». Sólo al día siguiente fue reconocido por el capellán de la Sagrada Familia, mosén Gil Parés y Vilasau —hermano del carlista Ramon Parés y Vilasau, que da nombre al Círculo de Barcelona—, pero su estado era ya irreversible aunque seguía consciente. Gil Parés le propuso el traslado a una clínica privada, cosa que Gaudí rechazó: «Mi lugar está aquí, con los pobres». El 8 de junio, recibió el sacramento de la Extrema unción con plena lucidez; repitió: «Dios mío, misericordia; Virgen María, refugio nuestro, ayudadme». El 9 de junio, empeoró, pero conservaba la serenidad; pidió que le acercaran un crucifijo. El 10 de junio, a las cinco y media de la tarde, fijó la vista en el crucifijo y murmuró: «Amén»; expiró en paz, sin agonía visible. Contaba con 73 años de edad. Fue enterrado dos días después en la cripta del templo que había dedicado su vida a construir. «Su entierro fue una manifestación de duelo popular. Media Barcelona acompañó al genio desde el Hospital de la Santa Cruz hasta la Sagrada Familia, comprendiendo que enterraban no solo a un arquitecto, sino a un santo».

Su fallecimiento virtuoso fue el culmen de una vida coherente con su fe. En 1910 ya no aceptó ningún encargo profesional y, hasta su fallecimiento en 1926, se dedicó en exclusiva a la construcción del Templo Expiatorio de la Sagrada Familia en Barcelona. Durante esos dieciséis años, vivió en una habitación de la rectoría del templo con suma pobreza. El rector, Mosén Gil Parés, nos dio este testimonio, el más fidedigno, sobre la espiritualidad de Gaudí en su etapa de madurez: «La austeridad con que se trataba, sobre todo durante el último tercio de vida; era austerísimo en el vestir, en el comer, en el descanso. Oía la santa misa y comulgaba diariamente, y todos los días visitaba a Jesús sacramentado, y jamás faltaba en las grandes manifestaciones religiosas de la ciudad, o del templo. Las demás horas del día las pasaba en el trabajo y en la oración. Su esperanza en Dios le daba una completa paz y serenidad de espíritu en los momentos de adversidad “Dios lo quiere así —decía—; su Divina Providencia sabe lo que hace”».

Antoni Gaudí trascendió la figura romántica del «artista-genio» para erigirse en artífice al servicio de Dios. Para él, la arquitectura era un medio de santificación, no de autoexpresión. Su proceso creativo fue un acto de obediencia religiosa, donde la belleza arquitectónica surgía de la coherencia entre una vida ascética y la ortodoxia católica. Su pertenencia a asociaciones de espiritualidad josefinas (como la hoy desaparecida de la calle Caspe número 115, a donde se dirigía el día de su fatídico accidente) así como a círculos de artistas católicos (como el Circol de Sant Lluc, fundado por Torres y Bages), contribuyen a revelar en Gaudí una conciencia católica profunda y tradicional que se enraiza con los principios que dan origen a Cataluña en la Reconquista y que luego, en la edad moderna, combaten contra la Modernidad y la Revolución.
 

Antoni Gaudí, en la procesión de Corpus Christi, ante la Catedral de Barcelona


Finalmente, en tercer lugar, se mostró la Sagrada Familia como un Templo Expiatorio de la Modernidad. En efecto, este templo constituye una síntesis teológica en piedra. Su estructura orgánica —columnas arborescentes, bóvedas hiperboloides— refleja el Liber Naturae como revelación divina, mientras su iconografía narra la historia de la salvación desde la Creación hasta el Juicio Final. Gaudí erigió una contrarrevolución arquitectónica frente al racionalismo ilustrado y el laicismo moderno, rechazando las líneas rectas —«propias del hombre imperfecto»— por formas naturales que expresan la armonía de la Creación. Su método de trabajo, basado en gremios artesanales y financiado por donaciones populares, fue un rechazo explícito al modelo industrial proletarizado, encarnando un ideal social y político tradicional. Cada detalle —desde un pináculo hasta un mosaico— manifiesta la unidad entre lo natural y lo sobrenatural, y restituye así, en plena era moderna, el ideal de la Cristiandad encarnada.

En conclusión, la obra de Antoni Gaudí representa la culminación artística de una verdad metahistórica: Cataluña, desde su origen histórico en la Reconquista hasta su resistencia frente a la modernidad secularizante —«la Cataluña que pelea contra Europa», en palabras de Francisco Elías de Tejada y de Francisco Canals Vidal—, forjó una identidad espiritual donde fe y cultura eran indisociables. Gaudí, discípulo de Torras y Bages y devoto fiel de la Virgen de Montserrat, tradujo este sustrato en un lenguaje arquitectónico nuevo para expresar lo tradicional. Así, La Sagrada Familia es un proyecto expiatorio que responde al laicismo ilustrado con el lenguaje de la Creación, y al individualismo con la cosmovisión orgánica de la Cristiandad.

Gaudí demostró que la tradición, más allá de la mera repetición, es fidelidad en lo original, en el origen, en la naturaleza creada por Dios, en el orden  social y natural creado por Dios. Su legado perdura, ajeno a la nostalgia, como interrogante permanente: ¿es vigente la tradición? ¿Puede el hombre actual construir, como él hizo, «escuelas de oración» donde lo material sea transfigurado por lo eterno? La respuesta late en las bóvedas hiperboloides de su obra, donde cada piedra grita que la belleza salvará al mundo porque conduce al Autor de toda hermosura.

Terminada la exposición, se inició un turno de preguntas que, alcanzada la hora de cierre del Centro Cívico que nos acogía, continuó en un restaurante cercano con un almuerzo de hermandad y de celebración navideña entre los correligionarios catalanes. La jornada continuó, para aquellos que lo desearon, con el rezo del Rosario y la asistencia a Misa Tradicional en la capilla de la calle Vallespir, de Barcelona.

Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau

 

Casa Batlló (Barcelona)