divendres, 27 de març del 2026

De Babilonia a Roma (XVIII): La diosa


De Babilonia a Roma (XVIII): La diosa


En la Nueva Era, la feminidad no quiere tener la sabiduría de Dios, como Eva, sino que quiere algo más: sentarse en su mismísimo Trono. Ser «diosa» soberana de todo el Universo.



Lo lógico hubiera sido continuar con el yoga para seguir con el relato anterior. Quizá te sientas defraudado porque finalmente, hoy no toca yoga. El Enemigo no es lógico, sino caótico. Por eso me permito mostrarte el caos new age con entregas desordenadas. No hay orden en la Nueva Era. Por eso, si hoy esperabas más yoga, hoy no toca. Soy cansina repitiendo las estrategias del Enemigo, lo acepto. Pero la verdad es que me parece más necesario desenmascarar el patrón diabólico que abordar disciplinas nuevaeristas concretas. La especialidad del Enemigo es el disparatado universo de las emociones. El intelecto en modo autónomo, por libre, independizado de la Verdad. Los deseos se convierten en derechos. Las percepciones y sensaciones intentan construir la realidad. Basta desearlo con fuerza para que se haga la magia. El Enemigo es el mago. Pero, ¡oh sorpresa!, la realidad se acaba imponiendo al deseo, a la emoción y también a la buena intención. Por enésima vez, la zanahoria se aleja conforme uno camina.

Las hebras con las que se teje la telaraña se suceden de forma delirante, sin orden ni concierto. ¡A lo loco! Aunque, en la Nueva Era, a ese caos lo llamamos «fluir con el Universo». Libre, como el viento al albur de los caprichos del enemigo, sin saberlo. ¡Di que sí!

Usando la otra metáfora, uno va tomando lo que encuentra en el buffet libre espiritual, aquello que parece más apetecible en su delirante ensalada. Un langostino en tempura, junto a un croissant de crema, una torrija y un poco de nata montada. ¿Te acuerdas?  Vomitivo, pero así funciona.

En la anterior entrega, quizá te aburrí hablando demasiado sobre detalles de mi vida, pero ya te comenté que de ellos se desprenden no pocas hebras. El Enemigo siempre acecha, presta atención a los detalles aparentes o insignificancias de nuestra vida, decisiones y demás para meter baza. El Enemigo se mueve impune en lo imperceptible. Invisible. Cualquier ínfimo detallito sin importancia, para el enemigo, que todo lo escruta, sí es relevante. ¡Vamos si lo es!

Te comenté sobre la muerte de mi madre y la de mi hermana, a lo que, haciendo un salto de seis años adelante, murió la otra hermana. Me quedé como única mujer de la familia. Mi padre y mi hermano lloraban la muerte de esposa y hermanas. Yo, sola, aislada, lloraba a escondidas y me preguntaba ¿cómo es que todas las mujeres de la familia han muerto? ¿Qué pasa con lo femenino? ¿La feminidad? ¿Por qué me han abandonado? Buscaba respuestas. La salvación a través de ellas.

Nadie se daba cuenta del desgarro interior, salvo el Enemigo, claro está. A mayor drama, recuerda que me encontraba aislada, fuera de la familia por haber osado romper un matrimonio, fallido, nulo, dramático. ¿Qué me impedía guardar las apariencias? Vergüenza era lo que provocaba mi sola presencia a lo que sumaba mayor interrogante a todo lo que tenía que ver con la feminidad enferma hasta morir en mi familia. ¿Dónde estaba la herida de lo femenino?

La curiosidad, la sed de saber, encontrar respuestas que me dieran un mínimo consuelo fueron el motor, junto al dolor y una buena dosis de soberbia. Quería procurarme las respuestas por mí misma. ¿Te das cuenta cómo actúa el enemigo? Mis preguntas eran legítimas, mi dolor justificado, la curiosidad, también. Faltaba el orden, la Fe y la razón. ¡Y la esperanza! El Enemigo te convierte en un ser visceral, emocional, víctima y victimista, sentimentalista guiado por una intuición del todo errada. Y aquí, empezó una de las hebras más fuertes, junto al yoga, que tejieron la diabólica telaraña.

La Feminidad, lo femenino, la mujer, la Diosa. Eso dará para mucho, ya verás. Basta hoy una mera introducción para entender.

El Enemigo se nutre de heridas reales, para crear con estas, narrativas desordenadas y destructoras, que alejan de Dios, y por ende de cualquier solución real y consuelo eficaz. Tenía dos posibilidades, dos caminos, una encrucijada ante mí. ¿Cuál elegí? La más disparatada, la que nutría mi demente curiosidad, la que me alejaba de la razón, la emocional, la equivocada. Dos modelos de feminidad de los que tenía que escoger solo uno, por un lado, la feminidad pura, divina, sanadora, correcta, recta, fiable, racional y razonable. Por el otro, la que alimentaba como gasolina al fuego mi sed de saber, el desgarro de no tener respuestas, mi vanagloria por descifrar misterios absurdos y en definitiva, simple y llanamente, mi necesidad de supervivencia. No quiero morir, como ellas. Vida o muerte ante mí, y escogí la muerte, pensando, o mejor dicho sintiendo que hacía lo correcto. La Virgen santísima era la elección correcta. Pero yo no lo sabía. Mi entendimiento estaba nublado, borracho de sensaciones, percepciones, deseos, heridas.

Por otro lado, una pátina de pueril soberbia me hacía de nuevo continuar con los relatos fantasiosos, me sentía la responsable de sanar el árbol familiar maltrecho. ¿Te das cuenta? La herida como puerta de entrada, un don desordenado como la curiosidad, a la que se le añadió mi espíritu de servicio, mi amor por ayudar. Un cóctel que me embriagó, me nubló el entendimiento, de cuya resaca me costó recuperarme.

La Virgen, un modelo de lo femenino sano y un bálsamo, ni tan siquiera la consideré. Tenía una imagen del todo distorsionada, ñoña, cursi, de una mujer rubia con ojos azules vestida en azul celeste sin fuerza alguna. La imagen y opinión que entonces había desarrollado de la Iglesia y sus feligreses era de gente muy floja, cursi, edulcorada, infantilizada. Como Nietzsche, juzgaba sin entender. Yo quería ser mayor de edad, conseguir la madurez intelectual que el conocimiento proporciona. Mi nuevo dios, el conocimiento, falaz, mendaz más que acercarme al intelecto, me enredó todavía más, en un bosque espeso donde no hay camino, la maleza de cardos y espinos todo lo borra y el ramaje impide el paso de la luz.

Apareció pues en estos convulsos tiempos, la literatura femenina, por llamarla de alguna forma. Se sembró una semilla, que me atrevo a afirmar fue y sigue siendo de las más letales en la mujer. ¿Cuál era y sigue siendo el trilema? «A las mujeres se nos mantiene en la culpa como Eva, la impureza como la Magdalena y se nos entrega un modelo de santidad imposible de conseguir de María, con lo cual se vuelve a caer un la culpa». Una rueda en la que las mujeres llevan atrapadas eones enteros. ¿Solución? Superar los arquetipos enfermizos y elevarse con poderío por encima de ellos, con las mismas alas que Lilith se elevó furiosa cual demonio.

Lilith se erige en estos eriales femenino como un ídolo que se atrevió a desafiar a Adán y a Dios, en una palabra, al Heteropatriarcado. Leía todo tipo de libros en este sentido, algunos de antropología, historia, mitología sumeria, griega, celta. Cualquier propuesta, menos la católica que deseché por irrelevante.

Me quedé muy fascinada con los rituales de prostitución sagrada que se practicaban en el creciente fértil, me parecían coherentes, lógicas, eficaces, en las que la mujer tenía el poder de canalizar la potencia divina para ordenar y sanar al hombre. Hubo una derivación al respecto, la gnosis cristiana me introdujo en las prácticas del hieros gamos, los actos sexuales, con fines espirituales que se practicaban en la cuenca del Mediterráneo. La unión de los opuestos, para fundirse en un colosal orgasmo cósmico que sana a quien lo practica y observa. Leía y leía mientras mi fantasía de maga incipiente se alimentaba. En realidad, gnosis pura y dura. Ahora entiendo la desesperación de San Pablo predicando a las desmadradas iglesias en Corinto.

No me juzgues, sólo quiero que grabes a fuego los patrones a través de los que el Enemigo se apodera de nuestra razón.

Hay que añadir a la indigesta ensalada un sentimiento platónico de perfección, la nostalgia de que existe, en algún lugar, el Amor perfecto, la belleza pulcra, la verdad absoluta y yo debía hacer lo posible para salir de la caverna oscura y fundirme en este universo de pura perfección. De nuevo la gnosis con su dualidad maniquea. Desprecio del cuerpo, cárcel del alma y la chispa divina cautiva.

De esta entrega se van a desprender múltiples historias, experiencias, errores y sinsabores. De todas las prácticas que he picoteado, algunas durante mucho tiempo y con profundidad, la que refiere a la feminidad, me atrevo a afirmar que es la más devastadora. Arrasa como un tornado, la feminidad, precisamente. Paradojas del Enemigo promete justo lo contrario de lo que vas a obtener.

Volvamos por unos instantes a la escena donde todo se malogra. ¿Recuerdas? La majestuosa creación, Dios en las alturas bendiciéndola, proclamando a los cuatro vientos, no solo que es buena, es buenísima. Adán, el primer hombre, junto a su ayuda idónea, Eva. Muchas feministas protestan: «¡Abajo el Dios patriarcal! Nos negamos a nacer del hombre, de la costilla. Queremos liberarnos. Reivindicamos nuestra igualdad, derechos, autonomía, placer. No los necesitamos para nada. ¡Estaríamos mejor sin ellos!» Como puedes notar, he ido al extremo, aunque no tanto. Y sí, el texto sagrado nos dice, en una de sus versiones, la más poética, que Eva ciertamente nace del costado de Adán, sumido en un profundo sueño. No es que estuviera retozando en las praderas del paraíso, entregado a la molicie y desde este estado de pereza y holgazanería, inconsciente y alelado, surge Eva, sometida y servil.

¡Hay que saber leer! Adán, en ese estado, indica la acción de Dios a través de su Santo Espíritu, el costado, bien cerca de su corazón, en igualdad de dignidad, pero no iguales. No sé si me explico. Hombre y mujer somos creados a imagen y semejanza de Dios, libres y responsables. ¡Ésa es la igualdad! Pero a la vista está que tenemos nuestras diferencias, o mejor dicho, complementariedad. Cosa que, en el asalto de las leyes básicas de la naturaleza y biología, algunos, se atreven a negar.

En fin, sigo, que me caliento y ahora no toca.

El Enemigo, rabioso, celoso y malvado, busca la manera de destruir, mentir, odiar, matar. Asesino y mentiroso desde el principio. Y eso es lo que hace: seducir a Eva, engañarla, prometerle la sabiduría de los dioses, su libertad; y Eva, ¡ñam! Y Adán, idem. Dios, desde las alturas, sabía que eso podía pasar; la libertad tiene estas cosas. Adán y Eva son expulsados del Paraíso, nadie está obligado a permanecer con Dios y obedecerlo si no quiere, ¿es justo, no?

De hecho, Dios llamó a Adán, no para reprenderlo, sino para darle la oportunidad de confesar la verdad y volver a la comunión con el creador. ¿Qué hizo Adán tapándose las vergüenzas? Pasarle la culpa a Eva y ésta a la serpiente. Total, Dios era el culpable por haber creado a Eva, a la serpiente y de paso la libertad.

¿Quién creó la culpa? Pero Dios, bueno y justo, no los deja a la deriva, qué va. En ese quiebre del diseño original, en que hombres y mujeres están destinados a cumplir una sagrada misión, multiplicarse, ser fecundos, gozar y cuidar la creación, todo se desbarata. Pero no es Dios el creador del desastre como pretenden tantos de muy mala fe. Porque de esa funesta escena surge el parir con dolor, el sudor de la frente, los cardos y espinos, la seducción vacua, la dominación, el deseo desordenado, la mentira, asesinato; en fin, ¿para qué voy a seguir?

El pecado se demuestra solito. Dios promete a la mujer que de ella vendrá la salvación, ¡de una mujer! Ya ves lo machista que es Dios, valga la ironía. De la descendencia de la mujer, tendremos el poder de pisar la cabeza de la serpiente ¡Zas! Como quien mata un molesto mosquito. Pero, atención, la serpiente, atacará en el calcañar. De ahí viene el especial odio del Enemigo hacia la mujer. Justo de ahí. Se ha cebado, se ha puesto las botas con la mujer, en todos los sentidos.

Y en la Nueva Era, bajo una envoltura mendaz de espiritualidad, bondad, belleza, creatividad y de paso reivindicación de la soberanía perdida, es donde se ha regodeado para mayor ignorancia de no pocas sacerdotisas, diosas, marías magdalenas, pacha mamas, brujas, alquimistas o curanderas. «¡La culpa es del Dios machirulo!! ¡No hay pecado, nada de lo que arrepentirse! ¡Retomemos el poder! Volvamos al matriarcado». Sobretodo en los últimos tiempos han proliferado las ramificaciones femeninas, y el Enemigo se lo pasa pipa viendo como jugamos a ser brujas, alquimistas, diosas entregadas a conjuros, hechizos, sanaciones, pócimas, elixires, magia y en realidad, a todo tipo de pecados. Tal cual. Sin paliativos.

Concluyo, la serpiente y la mujer, antagonistas sin ulterior explicación. El mundo y Dios, como el agua y el aceite. Esto es la guerra, y la mujer, instigada y herida por el enemigo, en lugar de unirse al fiat salvador de María, se alía con el Enemigo de la mano de las Astartés, Liliths y demás demonios. «Queremos recuperar nuestra soberanía, independizarnos  del patriarcado». ¡Cuánta ignorancia!

Lo que llaman el periodo de la Gran Madre fue una etapa muy oscura. En la incipiente humanidad prehistórica, se pensaba que la mujer se embarazaba como por arte de magia, sin intervención del hombre. La tripa crecía como por arte de ensalmo y por el mismo juego de birlibirloque, nacía un bebé. ¡Menudo poder y magia! ¡Cuánto misterio en lo femenino y sus ciclos! Y el hombre observaba atónito, perplejo y un poco en pánico. Hasta que la ciencia se impuso y por fin entendieron que la tripa no crecía por ningún poder misterioso sino por la intervención del hombre. Su semilla. El matriarcado que las de la feminidad sagrada reclaman, no es más que la ignorancia de la perfección del diseño divino. La vuelta a las cavernas. Y yo, con rubor explico, que he estado ahí, en este reclamo de la soberana feminidad sagrada, alquímica y mágica. ¡Cuánta tontería!

Volveré sin lugar a dudas sobre este tema, porque tiene mucha tela. La feminidad New Age es, me atrevo a afirmar, de lo peor. Destructiva y diabólica. En la Nueva Era, la feminidad no quiere tener la sabiduría de Dios, como Eva, sino que quiere sentarse en su mismísimo Trono. «Diosa» soberana de todo el Universo. Y lo que ignoran las aguerridas neo sacerdotisas, magas, brujas, curanderas, alquimistas y demás variantes, que su soberanía está sometida al Príncipe de este mundo. El Enemigo.

Que la Virgen aplaste la cabeza de tamaña serpiente.

Eulàlia Casas, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau

dimecres, 25 de març del 2026

Els dies morats d’Antoni Gaudí




Els dies morats d’Antoni Gaudí


Sacrifici i penitència, la quaresma de 1894



El contemporani Jordi Elías assegura en un breu fragment de la seva obra biogràfica, dedicat a la vida amorosa de l’arquitecte, que, en un determinant moment, potser precipitat per la frustració o per la soledat, el sentiment amorós d’en Gaudí es transformaria en una vida religiosa d’una gran intensitat.

Si bé nosaltres defensem —com també sosté Cèsar Martinell— que el fervor del nostre beat no es pot reduir a una suposada conversió interessada per a cobrir-se de la necessitat, iniciem l’article amb aquesta afirmació perquè, en certa manera, recull amb encert la naturalesa del sentiment religiós d’Antoni Gaudí, intens com la més noble de les passions humanes.

No essent l’objectiu d’aquestes notes, aprofitem l’avinentesa, esbossada aquesta transició vital, per a dedicar unes paraules a la polèmica joventut del venerable arquitecte. L’any 1870, l’arqueòleg Eduard Toda, amb una participació no definida d’Antoni Gaudí, elabora un manifest de joventut per a la restauració del Reial Monestir de Santa Maria de Poblet —destruït amb l’exclaustració i la desamortització de Mendizábal.

En el seu preàmbul s’expressa, a malgrat d’aquesta noble intenció de restauració, un dipòsit d’idees progressistes i anticlericals propietat de l’època.  

 

«Poblet debe ser restaurado, sí; no debe volver a morar en él este ominoso poder de buitres que un día devoraron la conciencia del pueblo hispano para así ahogar el recuerdo de sus maldades, debe, para que forme singular contraste con sus antiguos días, ser erigido en sublime templo de la humanidad donde las ciencias y las artes tengan sus museos y academias.»

Si bé les paraules d’aquestes línies de significat dubtós —puix l’autor assenyala, posteriorment, en el cos del text, que si el Monestir fora ocupat per un grapat de monjos, aquest podria recuperar el goig del seu passat—, no es poden pas atribuir directament a en Gaudí —que endemés havia recollit per a si mateix alguns llibres pietosos de la biblioteca—, sorprèn trobar-hi lligat el seu nom, avui venerable.   

És ben coneguda també la sospitosa participació de Gaudí en les tertúlies nocturnes, anticlericals, que algú ha anomenat també de maçòniques, en una taula arraconada, en el Café Pelayo.

 

«[Gaudí] Era tan apasionadamente anticatólico que no vacilaba ante las más vocingleras manifestaciones de anticlericalismo. Parándose, por ejemplo, a la puerta de las iglesias para increpar los fieles con el grito entonces muy elocuente de borregos».



L’afirmació, d’en Feliu Elías, és interpretada i sentenciada per Martinell:

 

«Es posible que en lo transcrito el autor, como caricaturista que era y poco creyente —el mateix Elías es riuria de la posterior religiositat de Gaudí bo i dient que Nostre Senyor l’havia castigat amb la fe— hubiese cargado la nota irreligiosa, lo del rito nocturno blasfematorio, en una tertulia que frecuentaban a veces el canónigo Collel y el sacerdote Verdaguer, resulta caricaturesco.»

«Si existieran estas etapas antirreligiosas en el orden sobrenatural, la religiosidad de después tiene más valor. Al buen pastor y al padre del hijo pródigo les alegra más el retorno de la oveja perdida que la permanencia de las otras reses en el redil.»

«No sabemos el tiempo que duró esta etapa de su juventud ni se le conoce otra manifestación anticlerical que las ya referidas. […] Doy por seguro que Gaudí nunca se sintió desconectado de la religión.

La turbonada anticlerical fue cosa superpuesta que pudo adormecer, pero no extirpar los principios de la fe que Gaudí había heredado de sus mayores y fomentado en los años de la infancia y adolescencia, que suelen dejar huella en la vida.» 



Tot això —que per a Martinell era producte de l’atracció intel·lectual que les idees modernes del progrés i de la llibertat havien de produir naturalment en la joventut d’una ànima bondadosa— no té gaire entitat ni evidència. És cert que existeixen aquests testimonis —i, per tant, certa incertesa—, però, damunt d’aquests relats no s’hi poden asseure les afirmacions agosarades que acusen la joventut de Gaudí d’anticlerical i descreguda.

Joaquim Bassegoda —company d’estudi d’en Gaudí, testimoni sòlid— afirma que mai l’havia sentit parlar malament de la religió i que aquest mai havia interromput la participació en els sagraments a la Catedral de Barcelona.

El sentiment i la pràctica religiosa li foren sempre dominants, hagués participat de més o de menys en aquest moment d’agitació social. La vida i l’obra, privada o pública, que ocupen tota la maduresa de l’arquitecte, demostren una fe sòlida i contundent.

···


Relatem, d’endavant, un episodi poc conegut de la vida d’en Gaudí.

El beat era un solemne defensor de la mortificació corporal, bressol de l’alegria de l’ànima, i va contenir la seva vida amb els cinyells de l’esforç extrem, la sobrietat del menjar i l’exercici corporal.

 

«Cal estar ocupat tot el dia, intel·lectualment i manualment, caminant i fent exercici, tot a proporció de les forces que es tenen. Així es dorm tota la nit completa, i això és l’equilibri, la compensació, la vida. [···] Cal menjar, dormir i abrigar-se solament el necessari i fins que en sentim la necessitat». 



Ens servim del relat dels seus més propers col·laboradors, per a mostrar l’exemple més extrem d’aquesta convicció, la rigorosa mortificació dels dies morats de 1894. El 24 de març de 1951, al Diario de Barcelona, Ricard Opisso publica:

«Fue allá por los días de la cuadragésima de 1894 cuando nuestro arquitecto hacía ya unos días que no se acercaba por las obras. Sufría un agotamiento físico por haberse impuesto una demasiada rigurosa e inquebrantable abstinencia, junto con el cansancio que padecía hacía algún tiempo debido a sus intensas actividades e ingentes esfuerzos para poder llevar a cabo sus recientes y simultáneas construcciones.

Por aquellos días de Cuaresma de dicho año, el arquitecto quiso gozar las dulzuras de la contemplación, extremando con demasiado rigor la dieta cuadragesimal, más de lo que la iglesia prescribe, consagrándose por entero los ejercicios del espíritu y a las prácticas de la devoción, con serio quebranto de su salud. Su atribulado padre, a la sazón ya septuagenario, fue en busca del doctor Santaló, su fraternal amigo, todo fue en vano.

Así es que el bueno de su colaborador, el señor Berenguer iba a visitarlo casi a diario en su domicilio de la calle Diputació, para consultarle mil detalles respecto de sus obras. Tanto se fue agravando el señor Gaudí en su enfermedad que al fin todos los que formábamos el equipo técnico, que, dicho sea de paso, lo considerábamos poco menos que un dios, decidimos ir a visitarlo un domingo inicial de Semana Santa. Una vez hubimos llamado a la puerta de aquel cuarto piso, nos salió a abrir una jovencita de voz cantarina y cautivante, muy vivaracha y decidida a la vez. Al punto, y sin anunciar nuestra visita, nos hizo pasar a la habitación del señor Gaudí. Mas al llegar al umbral pronto nos detuvimos sin osar entrar. Tan mala fue la impresión que nos causó aquel mísero aposento, tan pelado y pobre de muebles estaba que incluso para hacer más inhóspito el ambiente de sus paredes pendían a trizas y a jirones grandes desempapaleduras del desteñido y mohoso papel con el orden tajante del señor Gaudí de que no se tocara para nada.

He dicho tan pelado y pobre de muebles, mas yo no sé hasta qué punto pueden llamarse muebles a un pobre camastro y a un liviano e inconfortable sofá de los llamados de Viena, de caracoleadas curvas, con el respaldo y el asiento de rejilla, que, a juzgar por la baraúnda de enredos y chirimbolos que en él había, servía de mesita de noche y de perchero a la vez. Recuerdo también que dentro de aquel revoltijo de cosas se veían varios números del periódico La Renaixença, además de un pequeño ejemplar del Kempis, su pasto espiritual. Y como presidiendo toda aquella ficticia miseria, encima del respaldo del sofá se veía un pequeño crucifijo sin valor artístico ninguno, con un termómetro al lado.

A todo esto la figura de Gaudí yacía postrada en aquel mísero camastro, con las manos blancas y enjuntas, todas piel y hueso, cruzadas sobre el pecho, pero no metido entre las sábanas como era de suponer, sino tendido encima de ellas y como si quisiera ir al cielo vestido y calzado.

Mas, a decir verdad, nunca como en aquellos instantes vi en el semblante exangüe de Gaudí, tanta nobleza y majestad de santo. Aquella su cabeza aureolada con el pelo y la barba de un rubio azafranado, con la boca entreabierta y entornados los ojos, aquellos sus ojos azules de reflejos metálicos y aquellas facciones tan finas como talladas a cincel, resultaban una cosa verdaderamente impresionante. Sin duda contribuía a ello que, no habiendo ni cortinajes ni visillos en el balcón, la luz entraba a raudales dando de lleno en su figura y dorando su semblante, más esclarecido por el resplandor que salía de su interior de su alma, de santo que por la luz que recibía de fuera. Por otra parte, tan absorto estaba, que daba la impresión de que ni los bríos de aquella vivaracha y desenvuelta sobrina en la irrupción nuestra no le importaban para nada, como si no nos viera y no estuviera con sus sentidos en la tierra, como muriéndose de no morir como nuestra santa Teresa de Jesús, en la expresión de su semblante se adivinaba un no sé qué de misterio, algo fuera del tiempo y del espacio.

Ante el temor de un desenlace fatal, el señor Rubió y el señor Berenguer decidieron ir en busca de su más entrañable amigo, el doctor Torras y Bages, que a la sazón vivía a dos pasos de allí, o sea, en el pasaje de Permanyer. Se dio la feliz casualidad de que lo encontraron en casa. Al poco rato aquel sabio sacerdote estaba en presencia de Gaudí. Eran de oír las atinadas reflexiones que, con gran interés, profundidad y piedad, salían de los labios de aquel otro santo varón y sabio filósofo a la vez.

Tras aquellas palabras de tan prelado sacerdote, dichas con afable y sublime llaneza, pero al mismo tiempo llenas de prudencia y alto juicio, comprendimos, tanto por la expresión de su semblante como por su respirar, que en el interior de Gaudí se libraba una batalla íntima entre continuar su sacrificio y expansión hacia Dios o bien obedecer las razones del sabio doctor, llenas de amor real y humano, al propio tiempo que ungidas de espiritualidad y divinas inspiraciones. Por fin nuestro genial arquitecto, apreciando todo el valor que contenían, reaccionó como por milagro de aquel profundo sopor en que había estado sumido y una expresión de sumo agradecimiento iluminó su semblante».


Acabem amb les paraules que el venerable Torras i Bages va pronunciar en aquel momento, recollides per Opisso, a la seva amistat, Antoni Gaudí:

«Bon amic Antoni, tot i que el sacrifici és sempre l’acte més heroic i meritori, per assolir la vida eterna, no per això és precís turmentar-se d’aquesta manera. La vida és curta i passa aviat! Un home no l’ha d’abandonar a la pròpia voluntat, sinó per la de Déu. I amb més raó en el vostre cas, que teniu la missió assenyalada en aquesta terra de dur a terme l’obra començada per desig de Déu i per a nodriment espiritual dels cristians».

«El sacrifici és l’única cosa fructífera».
—Antoni Gaudí


Dr. Pere Pau, Círcol Tradicionalista de Barcelona Ramon Parés y Vilasau.


*****




Los días de morado de Antoni Gaudí


Sacrificio y penitencia, la Cuaresma de 1894



El contemporáneo Jordi Elías asegura en un breve fragmento de su obra biográfica, dedicado a la vida amorosa del arquitecto, que, en un momento determinante, quizás precipitado por la frustración o por la soledad, el sentimiento amoroso de Gaudí se transformaría en una vida religiosa de una gran intensidad.

Si bien nosotros defendemos —como también sostiene Cèsar Martinell— que el fervor de nuestro venerable no se puede reducir a una supuesta conversión interesada para cubrirse de la necesidad, iniciamos el artículo con esta afirmación porque, en cierto modo, compilación con acierto la naturaleza del sentimiento religioso de Antoni Gaudí, intenso como la más noble de las pasiones humanas.

No siendo el objetivo de estas notas, aprovechamos la ocasión, esbozada esta transición vital, para dedicar unas palabras a la polémica juventud del venerable arquitecto. El año 1870, el arqueólogo Eduard Toda, con una participación no definida de Antoni Gaudí, elabora un manifiesto de juventud para la restauración del Real Monasterio de Santa Maria de Poblet —destruido con la exclaustración y la desamortización de Mendizábal.

En su preámbulo se expresa, a pesar de esta noble intención de restauración, un depósito de ideas progresistas y anticlericales propiedad de la época.

«Poblet debe ser restaurado, sí; no debe volver a morar en él este ominoso poder de buitres que un día devoraron la conciencia del pueblo hispano para así ahogar el recuerdo de sus maldades, debe, para que forme singular contraste con sus antiguos días, ser erigido en sublime templo de la humanidad donde las ciencias y las artes tengan sus museos y academias.»


Si bien las palabras de estas líneas de significado dudoso —pues el autor señala, posteriormente, en el cuerpo del texto, que si el Monasterio fuera ocupado por un puñado de monjes, este podría recuperar el gozo de su pasado—, no se podan atribuir directamente a Gaudí —quien, además, había recogido para sí mismo algunos libros piadosos de la biblioteca—, sorprende encontrar ligado su nombre, hoy venerable.

«[Gaudí] Era tan apasionadamente anticatólico que no vacilaba ante las más vocingleras manifestaciones de anticlericalismo. Parándose, por ejemplo, a la puerta de las iglesias para increpar los fieles con el grito entonces muy elocuente de borregos».


La afirmación, de Feliu Elías, es interpretada y sentenciada por Martinell:

«Es posible que en lo transcrito el autor, como caricaturista que era y poco creyente —el mismo Elías se reiría de la posterior religiosidad de Gaudí diciendo que Nuestro Señor le había castigado con la fe— hubiese cargado la nota irreligiosa, lo del rito nocturno blasfematorio, en una tertulia que frecuentaban a veces el canónigo Collel y el sacerdote Verdaguer, resulta caricaturesco.»

«Si existieran estas etapas antirreligiosas en el orden sobrenatural, la religiosidad de después tiene más valor. Al buen pastor y al padre del hijo pródigo les alegra más el retorno de la oveja perdida que la permanencia de las otras reses en el redil.»

«No sabemos el tiempo que duró esta etapa de su juventud ni se le conoce otra manifestación anticlerical que las ya referidas. […] Doy por seguro que Gaudí nunca se sintió desconectado de la religión.

La turbonada anticlerical fue cosa superpuesta que pudo adormecer, pero no extirpar los principios de la fe que Gaudí había heredado de sus mayores y fomentado en los años de la infancia y adolescencia, que suelen dejar huella en la vida.»


Lo antedicho —que para Martinell era producto de la atracción intelectual que las ideas modernas del progreso y de la libertad tenían que producir naturalmente en la juventud de una alma bondadosa— no tiene mucha entidad ni evidencia. Es cierto que existen estos testigos —y, por lo tanto, cierta incertidumbre—, pero, encima de estos relatos no se pueden sentar las afirmaciones osadas que acusen la juventud de Gaudí de anticlerical y descreída.

Joaquim Bassegoda —compañero de estudio de Gaudí, testigo sólido— afirma que nunca lo había oído hablar mal de la religión y que este nunca había interrumpido la participación en los sacramentos a la Catedral de Barcelona.

El sentimiento y la práctica religiosa le fueron siempre dominantes, hubiera participado de más o de menos en este momento de agitación social. La vida y la obra, privada o pública, que ocupan toda la madurez del arquitecto, demuestran una fe sólida y contundente.

***

Relatamos, a continuacón, un episodio poco conocido de la vida de Gaudí.

El venerable era un solemne defensor de la mortificación corporal, cuna de la alegría del alma, y contuvo su vida con los cinturones del esfuerzo extremo, la sobriedad de la comida y el ejercicio corporal.

«Hay que estar ocupado todo el día, intelectualmente y manualmente, andando y haciendo ejercicio, todo a proporción de las fuerzas que se tienen. Así se duerme toda la noche completa, y esto es el equilibrio, la compensación, la vida. [···] Hay que comer, dormir y abrigarse solo el necesario y hasta que sentimos la necesidad.»


Nos servimos del relato de sus más próximos colaboradores, para mostrar el ejemplo más extremo de esta convicción, la rigurosa mortificación de los días morados de 1894. El 24 de marzo de 1951, en el Diario de Barcelona, Ricard Opisso publica:
 

«Fue allá por los días de la cuadragésima de 1894 cuando nuestro arquitecto hacía ya unos días que no se acercaba por las obras. Sufría un agotamiento físico por haberse impuesto una demasiada rigurosa e inquebrantable abstinencia, junto con el cansancio que padecía hacía algún tiempo debido a sus intensas actividades e ingentes esfuerzos para poder llevar a cabo sus recientes y simultáneas construcciones.

Por aquellos días de Cuaresma de dicho año, el arquitecto quiso gozar las dulzuras de la contemplación, extremando con demasiado rigor la dieta cuadragesimal, más de lo que la iglesia prescribe, consagrándose por entero los ejercicios del espíritu y a las prácticas de la devoción, con serio quebranto de su salud. Su atribulado padre, a la sazón ya septuagenario, fue en busca del doctor Santaló, su fraternal amigo, todo fue en vano.

Así es que el bueno de su colaborador, el señor Berenguer iba a visitarlo casi a diario en su domicilio de la calle Diputació, para consultarle mil detalles respecto de sus obras. Tanto se fue agravando el señor Gaudí en su enfermedad que al fin todos los que formábamos el equipo técnico, que, dicho sea de paso, lo considerábamos poco menos que un dios, decidimos ir a visitarlo un domingo inicial de Semana Santa. Una vez hubimos llamado a la puerta de aquel cuarto piso, nos salió a abrir una jovencita de voz cantarina y cautivante, muy vivaracha y decidida a la vez. Al punto, y sin anunciar nuestra visita, nos hizo pasar a la habitación del señor Gaudí. Mas al llegar al umbral pronto nos detuvimos sin osar entrar. Tan mala fue la impresión que nos causó aquel mísero aposento, tan pelado y pobre de muebles estaba que incluso para hacer más inhóspito el ambiente de sus paredes pendían a trizas y a jirones grandes desempapaleduras del desteñido y mohoso papel con el orden tajante del señor Gaudí de que no se tocara para nada.

He dicho tan pelado y pobre de muebles, mas yo no sé hasta qué punto pueden llamarse muebles a un pobre camastro y a un liviano e inconfortable sofá de los llamados de Viena, de caracoleadas curvas, con el respaldo y el asiento de rejilla, que, a juzgar por la baraúnda de enredos y chirimbolos que en él había, servía de mesita de noche y de perchero a la vez. Recuerdo también que dentro de aquel revoltijo de cosas se veían varios números del periódico La Renaixença, además de un pequeño ejemplar del Kempis, su pasto espiritual. Y como presidiendo toda aquella ficticia miseria, encima del respaldo del sofá se veía un pequeño crucifijo sin valor artístico ninguno, con un termómetro al lado.

A todo esto la figura de Gaudí yacía postrada en aquel mísero camastro, con las manos blancas y enjuntas, todas piel y hueso, cruzadas sobre el pecho, pero no metido entre las sábanas como era de suponer, sino tendido encima de ellas y como si quisiera ir al cielo vestido y calzado.

Mas, a decir verdad, nunca como en aquellos instantes vi en el semblante exangüe de Gaudí, tanta nobleza y majestad de santo. Aquella su cabeza aureolada con el pelo y la barba de un rubio azafranado, con la boca entreabierta y entornados los ojos, aquellos sus ojos azules de reflejos metálicos y aquellas facciones tan finas como talladas a cincel, resultaban una cosa verdaderamente impresionante. Sin duda contribuía a ello que, no habiendo ni cortinajes ni visillos en el balcón, la luz entraba a raudales dando de lleno en su figura y dorando su semblante, más esclarecido por el resplandor que salía de su interior de su alma, de santo que por la luz que recibía de fuera. Por otra parte, tan absorto estaba, que daba la impresión de que ni los bríos de aquella vivaracha y desenvuelta sobrina en la irrupción nuestra no le importaban para nada, como si no nos viera y no estuviera con sus sentidos en la tierra, como muriéndose de no morir como nuestra santa Teresa de Jesús, en la expresión de su semblante se adivinaba un no sé qué de misterio, algo fuera del tiempo y del espacio.

Ante el temor de un desenlace fatal, el señor Rubió y el señor Berenguer decidieron ir en busca de su más entrañable amigo, el doctor Torras y Bages, que a la sazón vivía a dos pasos de allí, o sea, en el pasaje de Permanyer. Se dio la feliz casualidad de que lo encontraron en casa. Al poco rato aquel sabio sacerdote estaba en presencia de Gaudí. Eran de oír las atinadas reflexiones que, con gran interés, profundidad y piedad, salían de los labios de aquel otro santo varón y sabio filósofo a la vez.

Tras aquellas palabras de tan prelado sacerdote, dichas con afable y sublime llaneza, pero al mismo tiempo llenas de prudencia y alto juicio, comprendimos, tanto por la expresión de su semblante como por su respirar, que en el interior de Gaudí se libraba una batalla íntima entre continuar su sacrificio y expansión hacia Dios o bien obedecer las razones del sabio doctor, llenas de amor real y humano, al propio tiempo que ungidas de espiritualidad y divinas inspiraciones. Por fin nuestro genial arquitecto, apreciando todo el valor que contenían, reaccionó como por milagro de aquel profundo sopor en que había estado sumido y una expresión de sumo agradecimiento iluminó su semblante».


Acabamos con las palabras que el venerable Torras y Bages pronunció en aquel momento, recogidas por Opisso, a su amigo, Antoni Gaudí:

«Buen amigo Antoni, a pesar de que el sacrificio es siempre el acto más heroico y meritorio, para lograr la vida eterna, no por eso es preciso atormentarse de este modo. La vida es corta y pasa pronto! Un hombre no lo tiene que abandonar a la propia voluntad, sino por la de Dios. Y con más razón en vuestro caso, que tenéis la misión señalada en esta tierra de llevar a cabo la obra empezada por deseo de Dios y para nutrimento espiritual de los cristianos».

 

«El sacrificio es la única cosa fructífera».
—Antoni Gaudí


Dr. Pere Pau
, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau.

 

 

dilluns, 16 de març del 2026

Crítica a eso que llaman tradicionalismo


 

Crítica a eso que llaman tradicionalismo

 

Es falso que el tradicionalista se desvincule del Magisterio, pues es gracias a este mismo Magisterio que tiene la garantía y la seguridad de lo que afirma y defiende.

 

 

Un sacerdote hace poco me envió un pequeño video de Instagram donde salía un influencer «católico» llamado Abel. En aquel video establecía una comparativa entre progresistas y tradicionalistas en la que pretendía hacer coincidir dos extremos opuestos y errados.

 
La transcripción del video dice lo siguiente:
 

Podría parecer que solo los progres son en la Iglesia los que interpretan a su manera el depósito de la fe y lo hacen a su conveniencia. Y caen en la teología liberal, para interpretarlo todo conforme a su mundanidad y a sus deseos carnales y a sus cosas. Pues resulta que no solo ahí pasa, sino que también hay gente que hace un menú de la fe y recoge de la Tradición con los deditos así, solo aquello que les interesa, es decir, también en los tradicionalistas o conservadores dentro de la Iglesia se da el riesgo de la teología liberal, es decir, de desvincularme del Magisterio de la Iglesia para yo creer a mi manera. Con lo cual lo que estás haciendo a Jesucristo mentiroso, porque las puertas del Hades han prevalecido sobre su Iglesia, y eres tú, según tú criterio y el de tu pequeña comunidad, el que tiene la verdad de forma residual, porque en la Iglesia se habría perdido. Esto es una pretensión tremenda que ha pasado muchas veces en la historia, porque, fijaos, se da una hermenéutica equivocada. En primer lugar, se considera todo el depósito de la fe como un monolito completo, inamovible, de verdad. Para el tradicionalista en general, no ha habido cambio en ningún punto de la doctrina desde el siglo I hasta básicamente el concilio Vaticano II. Esto no es más que fruto de la ignorancia, digamos. Fíjate que cuanto más lejos está una cosa o menos sabes de una cosa, más igual te parece todo. Me pasa un poco como los asiáticos de China para allá. Yo no soy capaz de distinguir un coreano, de un japonés, de un chino. Pues esto le pasa a la gente con las fuentes de la Tradición. Es la Tradición la que debe interpretar a la Tradición. Es el Magisterio el árbitro que se encarga establecer cuál es precisamente ese hilo dorado de la tradición. Poque la tradición no es un desarrollo acumulativo, que se va pegando y llevando como crustáceos en la ballena.

Primero de todo, habría que señalar que se es tradicionalista porque se es católico (contra lo que supone el video). Segundo, se comete la falacia del hombre de paja, pues se atribuye una cosa a los tradicionalistas que estos no defienden (1. Interpretar la fe por propia conveniencia. 2. Tomar de la Tradición lo que a uno le interesa. 3. Desvincularse del Magisterio de la Iglesia para creer a su manera).

Para un tradicionalista, la fe se interpreta desde el Magisterio de la Iglesia y no por conveniencia. No toma lo que le interesa sino lo que ha recibido. Pues sabe que la ley de la fe y la oración del católico debe caracterizarse por la fidelidad a la Sagrada Tradición. Los santos apóstoles ordenaron: «Si alguno os anuncia un Evangelio diferente del que habéis recibido (quod accepistis), sea anatema (Ga 1,9); «Os transmití lo mismo que yo recibí (tradidi quod et accepi)» (1 Co 15,3); «Observad las tradiciones (tenete traditiones) que habéis aprendido» (2 Ts 2,15); y «Combatid por la fe que ha sido entregada (semel traditae) a los santos de una vez por todas» (Judas 1,3). La Iglesia Romana siempre ha seguido este camino como el más seguro: «No se introduzca nada nuevo, sino solo lo que ya se ha transmitido» (nihil innovetur nisi quod traditum est) Papa Esteban I Ep. Ad. Cyprianum (apud. S. Cyprianum, Ep. 74).

Ahora bien, lo que señala el tradicionalista, desde el Magisterio, es que la función del Magisterio no es crear nuevas verdades, ni enseñar algo contrario a la Tradición (que es Palabra de Dios). Si esto se diera, propiamente no sería Magisterio, sino que estaríamos ante una opinión equivocada de una autoridad. En este sentido estaríamos hablando de un Magisterio auténtico no definitivo que está errado (P. Rodrigo Menéndez Piñar, El obsequio religioso. El asentimiento al Magisterio no definitivo, Toledo, 2020).

Por eso advierte el mismo Magisterio en sus dos concilios vaticanos:

«De hecho, el Espíritu Santo no fue prometido a los sucesores de Pedro para revelar, por su inspiración, una nueva doctrina, sino para guardar y dar a conocer fielmente, con su asistencia, la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la fe.» (Concilio Vaticano I, Constitución dogmática «Pastor aeternus»).

«Este Magisterio, evidentemente, no está sobre la palabra de Dios, sino que la sirve, enseñando solamente lo que le ha sido confiado, por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo la oye con piedad, la guarda con exactitud y la expone con fidelidad, y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como verdad revelada por Dios que se ha de creer.» (Concilio Vaticano II, Dei Verbum 10).

Por tanto, es falso que el tradicionalista se desvincule del Magisterio, pues es gracias a este mismo Magisterio que tiene la garantía y la seguridad de lo que afirma y defiende. 

El católico tradicional no coge lo que le interesa, sino que defiende lo que ha recibido de la Tradición. ¿Cómo y dónde reconocer esta Tradición? El criterio lo expresa de una vez para siempre S. Vicente de Leríns: la universalidad, la antigüedad, la unanimidad: «Lo que se ha enseñado siempre, en todas partes y por todos» «Id teneamus quod ubique, quod semper, quod ab omnibus creditum est» (San Vicente de Lerins, Commonitorium, cap. 23, núm. 16).

Por otra parte, tiene un grave problema Abel porque dice que la Tradición (en realidad, Abel dice “doctrina” y, antes, “depósito de la fe”, pero se refiere principalmente a la Tradición, según se deduce del ejemplo que le sigue sobre el desconocimiento de algo lejano y la distinción entre asiáticos) no es la misma en el siglo I y ahora. No sabe que toda la profundización teológica y la confirmación Magisterial se basan justamente en esa Tradición, la cual es de por sí inamovible y que debe ser preservada. La verdad no puede cambiar pues de lo contrario se transmutaría la fe y las costumbres. Por ello debe preservarse el mismo sentido:

«Hay que mantener siempre el sentido de los dogmas sagrados que una vez declaró la Santa Madre Iglesia y no se debe nunca abandonar bajo el pretexto o en nombre de un entendimiento más profundo. Que el entendimiento, el conocimiento y la sabiduría crezcan con el correr de las épocas y los siglos y que florezcan grandes y vigorosos, en cada uno y en todos, en cada individuo y en toda la Iglesia; pero esto solo de manera apropiada, esto es, en la misma doctrina, el mismo sentido y el mismo entendimiento (eodem sensu eademque sententia).» (Concilio Vaticano I, Dei Filius, c. 4).

Además, podría haberse molestado en especificar las clases de Tradición, pues al criticar la inamovilidad del depósito de la fe y, por tanto, de la Tradición, incluye, bajo este término, todo aquello que es de institución divina también, lo cual, evidentemente, no puede cambiarse. Es falso que pueda cambiar la doctrina de la Tradición ya que, además, algunas de sus verdades se han dogmatizado.

Finalmente, la supuesta pretensión que dice que tienen los tradicionalistas no es tal. Pues, según una saludable hermenéutica, existen ejemplos históricos de una resistencia legítima a las enseñanzas ambiguas y erróneas de pastores de la Iglesia, incluido el Papa. Así tenemos la crisis arriana del siglo IV, cuando la herejía infectó a casi todo el episcopado y, sin embargo, los laicos se mantuvieron fieles a la fe católica tradicional. De aquí que dijera el mismo cardenal San John Henry Newman:

«En ese tiempo de inmensa confusión, el dogma de la divinidad de nuestro Señor fue proclamado, impuesto, mantenido y (humanamente hablando) preservado, mucho más por la Ecclesia docta [laicos] que por la Ecclesia docens [jerarquía]... El cuerpo del episcopado fue infiel a su encargo, mientras que el cuerpo de los laicos fue fiel a su bautismo... Tanto el Papa como las grandes sedes patriarcales, metropolitanas y otras, así como los concilios generales, dijeron lo que no deberían haber dicho, o hicieron lo que oscureció y comprometió la verdad revelada; mientras que, por otra parte, fue el pueblo cristiano quien, bajo la Providencia, fue el apoyo eclesial de Atanasio, Hilario, Eusebio de Vercelli y otros grandes confesores solitarios, que habrían fracasado sin ellos» (Cardenal San John Henry Newman, The Arians of the Fourth Century, London Longmans, Green, and Co., 1908, pp. 465-466).

En esta misma línea, y bajo las virtudes de la gnome y de la epiqueya, se puede resistir y amonestar al Papa, como sostenía un antiguo tradicionalista, San Roberto Belarmino, (que, por cierto, sostenía que algún día un Papa podría intentar destruir la Iglesia sin que por ello prevalecieran las puertas del infierno), y como sostenía Santo Tomas de Aquino, respectivamente:

«Así como es lícito resistir al pontífice que agrede el cuerpo, también es lícito resistir al que agrede las almas o al que perturba el orden civil, o, sobre todo, al que intenta destruir la Iglesia. Digo que es lícito resistirle no haciendo lo que ordena e impidiendo que se ejecute su voluntad; pero no es lícito juzgarlo, castigarlo o destituirlo, ya que estos actos son propios de un superior» (San Roberto Belarmino, De Romano Pontifice, libro 2, cap. 29).

«Reprender a la cara y en público [Gal 2, 11] sobrepasa el modo de la corrección fraterna; por eso no hubiera reprendido Pablo a Pedro de no haberle sido de alguna manera igual en la defensa de la fe. [...] Con todo, hay que saber que, cuando hubiera peligro en la fe, aun en público han de corregir los súbditos a los prelados» (Santo Tomás de Aquino, Summa Theologuiae II-II, q. 33, a. 4, ad 2).

Podríamos concluir diciendo que eso que llaman tradicionalismo en el ámbito eclesial en parte es y en parte no es como dicen, secundum quid. Pues el tradicionalismo sí es defensa de una Tradición monolítica, inamovible y verdadera que debe ser custodiado por el Magisterio de la Iglesia según el mismo sentido y, por otra parte, no es como dicen, porque no se desvincula nunca del Magisterio y de la doctrina perenne que por todos, en todas partes y en todo tiempo, es creída en el seno de la Iglesia.

Montoya, un carlista egarenc
. Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau