Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris Diari d'Agustí Prió. Mostrar tots els missatges
Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris Diari d'Agustí Prió. Mostrar tots els missatges

dimecres, 4 de febrer del 2026

Diario inédito de Agustí Prió (VII): Designado expendedor de la Bula de la Santa Cruzada

Carlistas catalanes en la «Guerra dels Matiners» o Segunda Guerra Carlista

 

Diario inédito de Agustí Prió (VII): Designado expendedor de la Bula de la Santa Cruzada


Las contradicciones del Concordato de 1851 entre la Santa Sede y el régimen liberal español


No todos los tesoros se hallan en cofres de plata ni en archivos polvorientos de palacio. A veces, un simple legajo olvidado en un cajón de una vieja biblioteca de un carlista basta para iluminar un tiempo entero. Así ha sucedido con el reciente descubrimiento, en el archivo familiar, de los documentos de nombramiento de mi antepasado Agustí Prió, vecino de Àger (la Noguera, diócesis de Urgell), como expendedor de la Bula de la Santa Cruzada en los días inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Carlista, o Guerra dels Matiners.



Este hallazgo, humilde en apariencia, nos abre una ventana privilegiada para contemplar cómo se tejió la postguerra tras aquella contienda fratricida que desgarró Cataluña y otras provincias fieles al Rey legítimo. Y es a partir de estos papeles —firmados, sellados y rubricados con la solemnidad de la época— que nace el presente artículo.


Porque en aquellos años turbulentos, cuando aún resonaban los ecos de los trabucos en las montañas y las familias lloraban a sus muertos, la Iglesia y el Estado no eran mundos separados, ni tampoco unidos o confundidos, sino distintos: dos columnas que sostenían el edificio social y tenían un mismo fin trascendente, la salvación de las almas. La Bula de la Santa Cruzada, que muchos hoy juzgarían como un simple instrumento piadoso, era en realidad una pieza clave en la reconstrucción del orden espiritual y político.


Los documentos de Agustí Prió nos muestran cómo, tras la guerra, la Santa Sede y el Estado liberal —enemigos en tantos frentes— buscaron un entendimiento práctico. El Concordato de 1851 dio forma legal a esta nueva «convivencia», permitiendo reactivar instituciones como la Bula, que concedía indulgencias a cambio de limosnas y servía para financiar obras de la Iglesia y sostener la vida parroquial en tiempos de escasez.


Pero lo más revelador del nombramiento de Agustí Prió no es sólo su función recaudadora. La estrategia era más profunda: el Estado liberal, necesitado de pacificar los territorios que habían sostenido la causa carlista, buscó integrar a muchas de sus élites locales ofreciéndoles cargos, honores y responsabilidades. La Iglesia, con su autoridad moral y su arraigo en cada pueblo, actuó como puente en esta reconciliación.


Sin embargo, los registros también muestran que no todo fue armonía. En los años inmediatamente posteriores al nombramiento de Prió, la recaudación de la Bula sufrió una caída brusca y repentina. ¿Qué la causó? 


El carlismo fue muy crítico con el Concordato de 1851. En el Periódico La Esperanza, en un editorial titulado «El Concordato» publicado el martes 9 de septiembre de 1851 (Núm. 229, página 1 - columna 1), pocos días después de conocerse la firma del Acuerdo, leemos:

«Nosotros, que no vemos en el Concordato sino la consagración de todas nuestras desgracias, la sanción de la usurpación más inicua, y la sentencia de muerte de la monarquía católica española, no podemos celebrar lo que es para nosotros motivo de llanto y de duelo... El gobierno de la reina ha conseguido que Roma le dé un título que no tenía: el de gobierno católico; pero este título, adquirido a trueque de condescendencias que hieren el dogma, no hará más que cubrirle de ridículo ante la Europa verdaderamente católica.»


Esta cita condensa perfectamente la posición carlista: reconocimiento del Concordato como hecho consumado por la Santa Sede, pero rechazo absoluto de su legitimidad política y denuncia de que «sanctiona la usurpación».


También Melchor Ferrer, en su Historia del Tradicionalismo Español (Tomo XXVII, páginas 88-89, Ediciones Trajano, Sevilla, 1959), nos indica:

«Los carlistas, fieles a su doctrina, consideraron el Concordato como un mal gravísimo, pues equivalía a un reconocimiento tácito de la legitimidad del régimen liberal... Aunque respetando la autoridad del Romano Pontífice, no podían admitir que los principios revolucionarios quedasen amparados con un pacto que parecía darles carta de naturaleza católica... La desamortización, sacrilegio según la doctrina de la Iglesia, aparecía con el Concordato como hecho consumado y apenas remediado».


Así, gracias al hallazgo de estos papeles antiguos de Agustín Prió —tan modestos como reveladores— podemos comprender mejor cómo fue la postguerra carlista en la España de mediados del siglo XIX: con fe, con política, con dinero, y también con contradicciones. Y cómo, en medio de todo ello, hombres como Agustí Prio i Carme se convirtieron en engranajes discretos pero esenciales.


Francesc Sánchez i Parés
, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau

 

 


 

dilluns, 29 de desembre del 2025

El peregrino de Àger: Agustí Prió y la gruta del misterio encarnado


 

El peregrino de Àger: Agustí Prió y la gruta del misterio encarnado


La lucha por la Tradición no es, en su esencia, una batalla política como las demás; es, también, una batalla espiritual donde la esperanza, fundada en la victoria de Cristo —el Niño del Pesebre que es Rey de Reyes—, nos asegura que las puertas del infierno no prevalecerán.



Se muestra la imagen de portada del libro «El Devoto Peregrino: Viaje de Tierra Santa», de 1656, conservado en la biblioteca de Agustí Prió, farmacéutico de Àger (localidad del prepirineo de Lérida) durante la Primera Guerra Carlista. Las láminas que acompañan el texto —el plano de la gruta de Belén y la descripción de los santuarios que la rodean— permiten imaginar cómo Agustí podía representarse el lugar del Nacimiento de Cristo: no como un concepto abstracto, sino como un espacio real, concreto, casi palpable. Este artículo quiere evocar precisamente esa mirada: la del creyente que contempla la gruta del Pesebre como el centro del mundo.

 

*******


En los años convulsos de la primera guerra carlista, mientras el estruendo de los cañones pretendía redefinir el alma de España, un farmacéutico de Àger, don Agustí Prió y Carme, encontraba refugio en las páginas de un Devocionario: El devoto peregrino de Tierra Santa. No era una huida del mundo, sino una inmersión más profunda en su verdad última. Desde su Àger natal, Agustí emprendió una peregrinación interior hacia el corazón geográfico de la fe, hacia Belén. En esa contemplación, Prió, hombre de ciencia y de fe, captó con singular claridad la esencia de lo que defendían, con las armas y con la vida, aquellos voluntarios realistas: no sólo una disputa dinástica, sino la defensa de un orden sagrado cuyo modelo eterno se revelaba en la humildad de una gruta.
 

La piedra de Belén: Dios en el tiempo y el espacio concretos

La primera lección que la gruta impartió a Agustí Prió fue la deslumbrante concreción de la Fe católica: un Dios que se encarna y nace en una cueva de Judea, en un tiempo concreto, en el año gobernado por César Augusto. Las láminas barrocas de su Devocionario, con sus detalles de columnas y lámparas, ilustraban un lugar real. Ésta es la piedra angular de la sensibilidad tradicionalista: la sacralidad se encarna en lo particular, en la tierra de los padres, en la costumbre inmemorial, en el rito heredado. Venerar una reliquia, custodiar un fuero o peregrinar a un santuario son actos que gritan contra el mundo moderno, empeñado en reducir al hombre a ciudadano abstracto y a la historia a un proceso material ciego. Para Prió, Belén era la prueba de que Dios había tocado la tierra, santificando para siempre lo local, lo histórico, lo tangible.



La Liturgia: la gruta que se hace altar

El espacio sagrado es el gran catequista. La descripción de la gruta en El devoto peregrino —con su altar sobre el pesebre, la columna de la Virgen, el sepulcro de los Inocentes— era para Prió una lección de liturgia viva. Cada elemento arquitectónico instruye, simboliza, eleva. La Santa Misa tradicional, que Prió sin duda vivió en su esplendor, es la cumbre de esta pedagogía divina. En su solemnidad hierática, en su latín sacro, hace presente aquí y ahora el único sacrificio de Cristo. Une en un único arco sagrado el Pesebre, la Cruz y la Gloria. Es el milagro perenne que convierte la parroquia más humilde en un santuario, y a la comunidad de fieles en piedras vivas de la Iglesia. Custodiar ese rito era, y es, custodiar la llave que abre la puerta del cielo en la tierra.
 

La Tradición: la unidad del orden creado

Esta vivencia de lo sagrado condujo a Prió a una visión integral, la que ofrece la Tradición católica. Ella nos da la llave para ver la unidad del designio divino, donde lo natural y lo sobrenatural, lo personal y lo social, forman un todo armónico. Nuestro lema «Dios, Patria, Rey» es la síntesis de este orden: Dios en el centro de todo; la Patria, no como construcción ideológica, sino como ámbito concreto de caridad, servicio y lealtad heredada; y el Rey legítimo, no como déspota, sino como padre y custodio del bien común, garante de las libertades concretas frente a la tiranía abstracta del estado revolucionario. La gruta de Belén, donde cielo y tierra se unen, es el modelo de este cosmos ordenado, antítesis radical de la fragmentación moderna que aísla al hombre de Dios, de su historia y de su prójimo.




Resistencia con esperanza

¿Qué impulsaba, pues, a un hombre como Agustí Prió a simpatizar con la causa carlista en tiempos de lucha y persecución? Era la misma fuerza que lo llevaba a meditar la gruta de Belén: la resistencia como custodia de lo sagrado. En una era que iniciaba su apostasía silenciosa, defender los símbolos, el rito, la autoridad legítima y la costumbre de los mayores se convertía en un acto de esperanza activa. La lucha por la Tradición no es, en su esencia, una batalla política como las demás; es, también, una batalla espiritual donde la esperanza, fundada en la victoria de Cristo —el Niño del Pesebre que es Rey de Reyes—, nos asegura que las puertas del infierno no prevalecerán. Agustí Prio, desde la quietud de su farmacia en Àger, armado con su devocionario y su fe, comprendió que la verdadera trinchera estaba en el corazón que sabe venerar, en el espíritu que reconoce, en el pesebre de piedra, el trono del universo.


Francesc Sánchez i Parés, Círcol Tradicionalista de Barcelona Ramon Parés y Vilasau

divendres, 20 de desembre del 2024

Diario inédito de Agustí Prió (V): Joan Castells, último general en jefe de los carlistas catalanes

Joan Castells, último general en jefe de los carlistas catalanes


 

Diario inédito de Agustí Prió (V):

Joan Castells, último general en jefe de los carlistas catalanes



El joven Joan Castells se unió en 1835 a los primeros carlistas. Participó también en la segunda y en la tercera guerra carlista, ascendiendo a General. Falleció en el exilio en Niza en 1891, cristianamente y fiel a la Causa por la que había luchado toda su vida.

 


Formado en Talarn, Joan Castells defendió valerosamente, junto con Agustí Prió i Carme, la villa de Áger, asediada por el bando liberal.

Joan Castells nació en Áger (Lérida) el año 1802. A principios de 1835 y al grito de ¡Viva Carlos V! se puso al frente de una partida con la cual organizó un Batallón cuyo mando se le confirió al año siguiente. Asistió a los ataques de Pla de Isobol, Hort, Berga, Vallsebre y Hostal de Farriols, ganando la Cruz de la Real y Militar Orden de San Fernando. A principios de Marzo de 1837 derrotó (al mando de dos batallones) a la División liberal de Niubó en las inmediaciones de la casa llamada Estany de Lloberoles, muriendo aquel jefe isabelino en el combate, y quedando en poder del jefe carlista Castell gran número de prisioneros (entre ellos 27 oficiales) por cuyo hecho de armas se concedió a nuestro valiente biografiado la Encomienda de la Real y Americana Orden de Isabel la Católica.

En el mes de Junio del mismo año, D. Joan Castells fue encargado por el General Marqués de la Solana del bloqueo de Berga. Nuestro hombre se distinguió en el asalto de dicha plaza y ya era Coronel cuando tomó el mando de todos los carlistas de Cataluña el General Conde de España, quien nombró Comandante General de la 2ª División (compuesta de 5 batallones) al Sr.  Castells, quien ganó el entorchado de Brigadier en la reñida acción de Áger que sostuvo contra el General en jefe liberal Barón de Meer.

Cita de B. De Artagan: «Principe heroico y soldados leales».

En el diario de Agusti Prió aparece narrado este episodio de la batalla librada en 1839. Agustí se encuentra entonces fortificado en el castillo y colegiata de Ager:

«Día 5 de enero: Continuamos bajando campanas.

»Día 6 de enero: Hemos terminado de esconder las campanas».


El Conde de España dio otro paso que disgustó a la gente de Ager. Eliminó la capitalidad. Por esta razón, hizo enviar a Berga todo el dinero que se administraba desde Áger y así como todos los documentos.


Continua narrando Agustí Prió:

«Día 12 de enero de 1839: Estamos a punto de desamparar las casas. Ha llegado Chicarró de Oliana y ha traído orden para que sean enviados todos los caudales y efectos hacia Berga. Estamos aturdidos.

Día 13 de enero: Se están preparando para la marcha, ya que dicen que en Vilanova de Meià hay dos batallones carlistas que están esperando los caudales y efectos de aquí.

Día 14 de enero: Esta noche han llegado unos 30 voluntarios de uno de los batallones que están en la Conca de Meià para recibir el dinero y documentos y marcharse mañana por la mañana. Nosotros nos quedaremos en la luna de Valencia. Los carlistas han arrasado e incendiado la población de Vilanova de Meià. Se confirma que los carlistas fortificarán Àger.

Día 15 de enero: Hoy se han ido Claverol, canónigos Serra y los voluntarios con todos los efectos y caudales.

Día 17 de enero: Esta tarde, cuando menos lo esperábamos, han llegado Joan Castell y Josep Borges con otras ocho tropas. Estábamos muy apurados y esto nos ha consolado.

Día 9 de febrero: Decían que las columnas habían marchado, en cambio acabamos de saber que el Barón de Meer (jefe de las tropas liberales en Cataluña) había partido hacia Agramunt y Balaguer. Incluso otros afirman que está en Les Avellanes con piezas de artillería de gran calibre. Mañana tendremos que huir.

Día 10 de febrero (domingo): He oido una misa entrecortada en la zona de Cabiscol y he ido a sacar trigo de la Regola y llevarlo a la Atmetlla. Se ha dado orden de formar a los Voluntarios Realistas a las tres de la tarde. La columna enemiga se entretiene apareando los caminos, para que pueda pasar la artillería y mañana ya los tendremos aquí. Se trabaja con fuerza en la fortificación y hoy hay orden de trabajar toda la noche. Ya se está escapando mucha gente.

Hemos sorteado a los Sres. Oficiales que deben quedar dentro del “fuerte” (Colegiata y “Reducto”) con el Coronel Castell. Son los capitanes Morell y Tarragó.

Día 11 de febrero: Me he levantado al amanecer y hemos empezado a arreglar los paquetes que debemos llevarnos. He enviado a buscar las mulas a La Régola y allí ya saben que los cristinos están en Fontdepou. A pesar de ir deprisa, cuando hemos llegado a L’Ametlla, ya hemos oído tres cañonazos que han disparado desde Pui. Las imponentes masas de soldados han formado en el Cap de la Creu y han empezado a bajar. A las doce ha empezado la lucha a tiros y ahora que son las once de la noche y me encuentro en el Montsec de Cható, todavía sigue y es posible que dure toda la noche. Nuestra División se encuentra en Sta. Bárbara y en Colobó, con un batallón destacado en Coll d’Ares. El llarg de Copons se encuentra en las Torres de Cas. Me voy a descansar en el pajar.

Día 12 de febrero: La artillería liberal está disparando contra el “fuerte”, tirando con cinco piezas hasta ponerse el sol. Se han disparado 982 cañonazos. Al mediodía ya tenían abierta una brecha los cristinos en “La Botiga” y en la Sala Capitular. Les han hecho un asalto que los de dentro han resistido con mucho valor, ya sea a tiros o defendiéndose con la bayoneta. Los cristinos se han apoderado de la torre del Reducto  pero han tenido muchas bajas. Por la tarde ha habido dos ataques más y siempre los de dentro los han repelido victoriosamente. Ahora que son las siete de la tarde no se siente ningún disparo y estoy en gran conflicto porque no sé si se han rendido o escapado. Ya quisiera estar a mañana. Estoy agotado.

Día 12 de febrero: Se ha hecho de día y cuando me he levantado se oían los tiros que han durado toda la noche. Al salir el sol, la artillería de calibre grueso ha empezado a disparar.

Día 13 de febrero: He sabido, después de salir el sol, que toda la guarnición se había podido escapar, saliendo por la parte de Soldevila. La columna se ha marchado este mediodía y han quedado de guarnición 2.000 hombres. Los carlistas han pasado por el puente de la Baronia. Nosotros seguimos en el Montsec y esta tarde hemos tenido una gran alarma ya que nos han avisado de que los cristianos iban hacia Colobó. Era una falsa alarma ya que se trataba de las fuerzas del “cura de Viacamp”. He subido hasta el Montsec del Cabalé.

Día 14 de febrero: Esta mañana he bajado hasta Ametlla a ver lo que se decía. Únicamente que los cristinos han hecho correr la voz de que los habitantes de Àger vuelvan a las casas. Yo no voy a volver.

El general Castells y su Estado Mayor (1873)



B. de Artagan culmina así la biografía de Joan Castells:

«Al concluirse la primera guerra civil, emigró a Francia y luego a Inglaterra. En Agosto de 1847, entró de nuevo en Cataluña y se puso al frente de 200 voluntarios.

»A principios de Septiembre de 1875, fue nombrado Comandante General carlista de Cataluña, con el empleo de Teniente General, cuando ya no podía contar si no con harto escasas fuerzas para oponerse a los sesenta mil hombres que los alfonsinos habían reunido en el Principado.

»A pesar de todo, aun logró el General carlista Castells prolongar la guerra durante un par de meses, venciendo a la columna de Enrile en Agramunt, el Regimiento de América en Espinalvet y al de Reserva de Barcelona en Pobla de Lillet. Concluida la última campaña carlista, emigró a Francia nuestro ilustre biografiado y falleció cristianamente en Niza en Marzo de 1891».

Francesc Sánchez i Parés, Círcol Tradicionalista Ramon Parés y Vilasau (Barcelona)

 

El general Joan Castells y Rosell.



 

dimecres, 3 de juliol del 2024

Diario Inédito de Agustí Prió (IV): Carlistas en la Táuride

 


 

Diario Inédito de Agustí Prió (IV): Carlistas en la Táuride


La España del s. XIX en el contexto internacional: la Cuádruple Alianza liberal de 1834 contra la Santa Alianza.

 

Tras la segunda guerra carlista (1846—1849), medio millar de carlistas catalanes, exiliados en Francia, se alistaron a la Legión Extranjera francesa para luchar contra Rusia y Grecia en la Guerra de Crimea (1853—1856).


 

Estamos a día 15 de julio de 1837, con Agustí Prió. El día anterior, en la villa de Ager, todos sus habitantes estuvieron muy atribulados, pues temían una incursión de los liberales para cobrar las contribuciones. Ese día, Agustí escribe en su Diario:

«Gracias a Dios, son las diez de la noche y no ha habido la temida incursión.

Se han recibido muy buenas, como son la rendición de Berga (general Urbiztondo, día 11). También se han rendido los de Gironella y, entre un sitio y otro, se han conseguido 1.500 fusiles. La columna de Osorio ha sido derrotada y él, con cuatro compañeros, ha escapado a Francia por Puigcerdà. Han pasado por Solsona dos embajadores, uno ruso y uno inglés. Dicen que iban en busca del Rey. En Cataluña, se ha reconocido el tratado de Elliot».

¿Porque destaca Agustí el hecho de la visita de los embajadores ruso e inglés?

Debemos situar cómo se encuentra España dentro del contexto europeo tras la paz de Westfalia (1648), que supuso el inicio del desmembramiento de los imperios a favor de los estados-nación. En palabras de Elías de Tejada, la paz de Westfalia supuso «la ruptura definitiva del cuerpo místico cristiano», fue la última de las cinco rupturas —«como cinco puñales en la carne histórica de la Cristiandad»— que supusieron la muerte de la Cristiandad para dar paso a Europa, proceso que duró desde Lutero (1517) hasta la citada Paz de Westfalia (1648).

En el siglo XIX, la España liberal formaba parte de la Cuádruple Alianza de 1834, un acuerdo internacional firmado el 22 de abril de aquel año entre el Reino Unido, Francia, España y Portugal. En este tratado, los cuatro países se comprometieron a expulsar de Portugal al infante Miguel y de España al infante Carlos, ambos tradicionalistas. Con el inicio de la guerra carlista, en agosto de ese mismo año, se añadieron unos artículos adicionales al tratado, en los cuales las partes firmantes acordaron apoyar al gobierno liberal de facto en España. El Imperio austríaco, Rusia y Prusia —potencias defensoras del modelo de civilización cristiana, la Santa Alianza—, observaron que este tratado constituía una acción diplomática conjunta de las naciones firmantes para defender los modelos liberales de sus gobiernos en la escena internacional.

Con esto, España dejó de formar parte de la Santa Alianza, que ya estaba bastante desvirtuada. Además, marcó un hito importante el hecho de que dos países tradicionalmente rivales, como Francia y el Reino Unido, lograran llegar a un entendimiento mutuo.

La Cuádruple Alianza aseguró el respaldo de Francia y el Reino Unido a las reivindicaciones dinásticas de Isabel, mal llamada IIª, hija de Fernando VII de España, en oposición a Don Carlos María Isidro de Borbón. Este apoyo fue crucial para la derrota de los seguidores de Carlos en la primera guerra carlista y para la consolidación del régimen liberal.

La preocupación de Agustí Prió, seguramente, provenía de la esperanza en una ayuda internacional. Las potencias imperiales, Rusia incluida, jugaron en principio un papel diplomático, intentando unir a Gran Bretaña a una política de entendimiento común, que se demostró imposible a lo largo de la historia.

Lamentablemente, las esperanzas de Agustí resultaron vanas. España era de facto un protectorado inglés, y los heroicos voluntarios que surgieron entre las poblaciones campesinas tuvieron que emigrar a Francia para salvar la vida. ¿Qué les deparaba allí el destino?

Unos años más tarde, en 1853, estallaba otra guerra, en la hoy de nuevo torturada Crimea, que no era sino la continuación del gran «nuevo orden europeo» basado en la nación liberal, que habían diseñado los grandes financieros, aliados con la aristocracia güelfa, con capital en la City de Londres.

Durante la Guerra de Crimea, en la que los aliados (el Imperio Otomano, Reino Unido, Francia y el Reino de Cerdeña) lucharon contra Rusia. Francia envió varias tropas, incluyendo el Primer y Segundo Regimiento de Extranjeros. En estos regimientos estaban alistados unos 900 españoles, la mayoría de los cuales eran antiguos soldados carlistas que, debido a su precaria situación como refugiados en Francia, se habían unido a la Legión Extranjera francesa.

El Imperio Otomano era en este momento otro objetivo de la nueva Europa liberal, a la que se añade, como fue en época de las cruzadas, Tierra Santa y Jerusalén como capital, aunque, en un sentido inverso al tradicional que las potencias cristianas le tenían reservado.

El sultán Abdulhamid I tenía en su corte la gran influencia liberal promocionada por los «Jóvenes otomanos», organización oscura con probables ramificaciones en la secta herética criptojudia de los sabateanos. La familia Rothschild estaba también financiado la nueva estructura bancaria otomana como estado liberal. En Rusia, el Zar Nicolas I entendió que no había solución diplomática e inició la guerra, cuando creyó que le era más favorable.

Debido a las presiones internas, el Gobierno inglés envió una petición al zar Nicolás I para que cesara las hostilidades y se retirara de las provincias ocupadas. Ante la falta de respuesta por parte de Rusia, el 28 de marzo de 1854 se declaró oficialmente la guerra. El Reino de Cerdeña y Francia se unieron a la contienda, ya que Francia temía el aumento de la influencia británica en la región y tenía acuerdos con el Imperio Otomano para proteger a los católicos de Jerusalén. España, por su parte, declaró oficialmente su neutralidad, aunque antes del inicio del conflicto había enviado una comisión militar de observadores para analizar la situación y asistir a las operaciones en caso de que estallara la guerra. La delegación la encabeza el general Prim, natural de Reus (Tarragona), y masón.

El General Prim se sorprendió al encontrar a cientos de españoles alistados en la Legión Extranjera, principalmente en las compañías de Cazadores. ¿Quiénes eran aquellos compatriotas que, bajo bandera francesa, luchaban en las batallas más importantes y, por su valor, recibían muchas de las más altas condecoraciones? La respuesta se encontraba en los eventos ocurridos en España unos años antes. Tras la derrota de los partidarios de Carlos V, hermano del difunto Rey Fernando VII, en la Primera Guerra Carlista, en 1840, miles de seguidores del infante Don Carlos se exiliaron. Un nuevo intento fallido, conocido como la Segunda Guerra Carlista o Guerra de los Matiners, terminó de la misma manera en 1849. La penuria y el confinamiento en campos de concentración, sin un techo donde cobijarse y viviendo de la caridad, llevaron a muchos a alistarse en la Legión Extranjera. Eran veteranos de guerra y hombres acostumbrados a las dificultades, exactamente lo que la Legión necesitaba.

Prim, en sus memorias, cuando escribe sobre los voluntarios catalanes, narra:

«Las compañías de Voluntarios Catalanes enviadas por la noble y patriótica tierra de Roger de Flor como un valioso y estimado donativo al ejército de África, han desembarcado hace una hora. ¡Afortunados aventureros! Más afortunados que los Tercios Vascongados, a quienes hemos estado esperando en vano desde el inicio de la campaña, llegan a tiempo para enfrentar los mayores peligros y obtener los más gloriosos laureles de esta guerra. Son cerca de quinientos hombres. Llevan el traje tradicional de su país: pantalón y chaqueta de pana azul, barretina roja, botas amarillas, canana como cinturón, chaleco a rayas, pañuelo de colores anudado al cuello y una manta cruzada al hombro. Sus armas son el fusil y la bayoneta reglamentarios. Sus cantineras son bellísimas».

Una asombrosa descripción, coincidente con la que el Príncipe Félix Lichnowsky hizo de ellos en la batalla de Huesca. (Ver artículo anterior).

Ironías del destino, los que antaño lucharon por la Tradición, se veían ahora luchando en contra de aquellos de quienes esperaron ayuda unos años atrás.

Como hemos comentado, se intentó presentar también a la guerra de Crimea como una cruzada para proteger a los peregrinos de Tierra Santa. Francia, irónicamente, fue quien pretendió defender los intereses cristianos católicos en Tierra Santa, contra la Rusia ortodoxa. El Papa, por aquel entonces Pio IX se encontraba en una terrible situación con la pérdida de los Estados Pontificios, que le llevó a paradójicas alianzas con liberales para salvar lo posible, al menos en los iniciales años de su largo pontificado.

Rusia y Grecia, fueron aliadas, como potencias ortodoxas, en esta falsa «guerra santa» entre cristianos católicos y ortodoxos, en la que aún hoy nadie entiende cuál había sido la causa de los grandes disturbios en el Santo Sepulcro, si no es por ataques de falsa bandera con la intención de provocar un conflicto que facilitara el envío de tropas para mantener el orden. Es evidente los intereses del sionismo, como trasfondo de todo este entramado.

Para complicar aún más la situación, Nicolás I se vio obligado a adoptar una postura defensiva para proteger a los cristianos oprimidos dentro del Imperio Otomano, quienes eran tratados como ciudadanos de segunda clase y debían pagar impuestos especiales. Nicolás exigió que los cristianos ortodoxos del Imperio Otomano estuvieran bajo su protección. El antiguo problema de Palestina y Jerusalén, relacionado con el control del Santo Sepulcro, desencadenó un nuevo conflicto. Recordemos que en ese momento, los Santos Lugares se encontraban dentro del Imperio Otomano.

Un nuevo giro dentro de estas tensiones apareció con el ascenso de Napoleón III, que fue proclamado emperador de los franceses en 1852. Este nuevo gobernante al frente de Francia tenía grandes aspiraciones y pretendía restaurar la grandeza francesa de las décadas anteriores. Consideró que las tensiones y los conflictos en curso entre los otomanos y Rusia eran una forma de confirmar su legitimidad y prestigio, por lo que se apresuró a entrar en ellos. Para ello, Napoleón III se posicionó rápidamente en defensa de los intereses franceses y de las minorías católicas de Jerusalén. Esto se oponía directamente a los intereses rusos y a Nicolás I, que se posicionó en defensa de los cristianos ortodoxos orientales, a los que se sentía obligado a ayudar. En muchos sentidos, los rusos se sintieron incomprendidos. Muchos historiadores consideran que su política exterior fue totalmente errónea y mal gestionada, y que sus intenciones hacia los otomanos se entendieron mal. En el momento de la guerra de Crimea, el propio Nicolás I —al igual que los demás rusos— creía que sus intenciones de proteger a las minorías cristianas se habían interpretado de forma totalmente equivocada. Este fragmento de una carta que se conserva nos muestra una visión perfecta de la forma en que se percibía a los rusos en aquella época, siendo acusados (en cierto modo) de tener ambiciones expansionistas.

«Francia arrebata Argelia a Turquía, y casi todos los años Inglaterra se anexiona otro principado indio: nada de esto perturba el equilibrio de poder; pero cuando Rusia ocupa Moldavia y Valaquia, aunque solo temporalmente, eso perturba el equilibrio de poder. Francia ocupa Roma y se queda allí varios años en tiempos de paz: eso no es nada; pero a Rusia solo se le ocurre ocupar Constantinopla, y la paz de Europa se ve amenazada. Los ingleses declaran la guerra a los chinos (Primera Guerra del Opio), que, al parecer, les han ofendido: nadie tiene derecho a intervenir; pero Rusia está obligada a pedir permiso a Europa si se pelea con su vecino. Inglaterra amenaza a Grecia para que apoye las falsas pretensiones de un miserable judío y quema su flota: es una acción lícita; pero Rusia exige un tratado para proteger a millones de cristianos, y se considera que eso refuerza su posición en Oriente a costa del equilibrio de fuerzas. No podemos esperar de Occidente más que odio ciego y malicia...»
—Memorándum de Mijaíl Pogodin a Nicolás I, 1853.

Cabe destacar que, desde la IV cruzada contra Bizancio, al apoyo a los otomanos que conquistaron Constantinopla vino de la banca Veneciana, aliada con la aristocracia güelfa, que parece estar en el origen ideológico de esta gran revolución a lo largo de siglos. Y Rusia es, desde la caída de Constantinopla, la heredera de Bizancio: la tercera Roma.

La iglesia de Hagia Sophia ocupaba un lugar central en la vida religiosa de la Rusia zarista, una civilización que se consideraba la sucesora ortodoxa del Imperio Bizantino. Hagia Sophia era vista como la madre de la Iglesia Rusa, actuando como el vínculo histórico entre el mundo ortodoxo del Mediterráneo oriental y Tierra Santa. Según la Crónica Primaria, la primera historia registrada de los Rus de Kiev compilada por monjes en el siglo XI, los rusos se sintieron motivados a convertirse al cristianismo por la impresionante belleza visual de la Iglesia. Los emisarios del Gran Príncipe Vladimir, enviados a varios países en busca de la verdadera fe, informaron sobre Hagia Sophia diciendo: «No sabíamos si estábamos en el cielo o en la tierra. En la tierra no existe tal esplendor ni tal belleza y no tenemos palabras para describirlo. Sólo sabemos que Dios reside allí, entre ellos, y todos los servicios son más hermosos que las ceremonias de otras naciones. No podemos olvidar tanta belleza».

Durante todo el siglo XIX, la reivindicación de la Iglesia siguió siendo un objetivo fundamental y persistente para los nacionalistas y líderes religiosos rusos. Anhelaban conquistar Constantinopla y convertirla en la capital rusa («Zargrado») de un imperio ortodoxo que abarcaría desde Siberia hasta Tierra Santa. El Archimandrita Uspenski, el misionero más destacado del Zar que dirigió la misión eclesiástica enviada a Jerusalén en 1847, articuló esta visión diciendo: «Rusia ha recibido eternamente la misión de iluminar Asia y unir a los eslavos. Todas las razas eslavas, junto con Armenia, Siria, Arabia y Etiopía, se unirán para alabar a Dios en Santa Sofía».

No obstante, el origen del conflicto que finalmente desencadenó la guerra de Crimea fue la exigencia rusa de liderar y proteger a los cristianos del Imperio Otomano. Esta demanda se centraba en su aspiración de recuperar Hagia Sophia como la Iglesia Madre y convertir Constantinopla en la capital de un vasto imperio ortodoxo que uniera Moscú con Jerusalén.

Catalina la Grande logró incorporar Crimea con éxito al territorio de Rusia, asegurando la preservación de los vestigios de Quersoneso, un sitio sagrado y la cuna de la cristiandad eslava en la historia de Rusia. La antigua Táuride griega fue transformada en la Gubernia rusa de Táurida, fortaleciendo así los lazos de Rusia con el mundo antiguo y la herencia helénica de Bizancio.

En su primer viaje a Crimea, la Emperatriz Catalina describió la península como un lugar de ensueño, comparable a Las mil y una noches. De este modo, las tierras tártaras de Crimea adquirieron una importancia creciente en el imaginario ruso, especialmente en un período en el cual Rusia, a través de escritores, artistas y compositores, exploraba y definía el alma y la identidad de su pueblo.

A día de hoy, nos encontramos en un escenario que recuerda asombrosamente al que vivió Agustí Prió y sus correligionarios carlistas. Rusia ansía recuperar su esencia original y el espíritu de Bizancio. De nuevo. la tercera Roma es lo que fue, y es hoy el gran escollo del modelo globalista liberal, totalmente opuesto a la civilización cristiana Bizantina. Táurida es de nuevo el nexo, en litigio, de la segunda y la tercera Roma.

Francesc Sánchez Parés, Círcol Tradicionalista Ramon Parés y Vilasau (Barcelona)

divendres, 31 de maig del 2024

Diario inédito de Agustí Prió (III): Las batallas de Huesca y de Barbastro

Batalla de Huesca. Grabado, en: Luis Bordas, «Hechos históricos y memorables acaecidos en España...», página 269.


 

Diario inédito de Agustí Prió (III): Las batallas de Huesca y de Barbastro


«Batallas en las que la sangre de los jefes se mezcla con la de sus soldados, son siempre heroicas. Las de Huesca y Barbastro, lo fueron».



En artículos anteriores, hacíamos referencia al Diario manuscrito de Agustí Prió i Carme, farmacéutico de la villa de Áger (Lérida), donde nos relataba cómo, en 1835, la población fue liberada por el general Guergué durante la primera guerra carlista. 

Para situarnos geográficamente, vamos a usar el mapa del propio Agustí:

 

Mapa de España de Agustí Prió i Carme, editado en París.


Este mapa de España fue editado en París, lo que ya nos da una idea de lo predominante que era entonces la cultura liberal francesa.
Alrededor del mapa se encuentran imágenes de todos los reyes de España, desde Ataulfo a la «vigente», en el año 1833, María Cristina como «regente» y su hija Isabel.


Detalle del mapa de España de Agustí Prió.

 

Don Carlos, tras el fallecimiento de su hermano el Rey Fernando VII, no reconoció la sucesión a la Corona por abrazar ésta la revolución liberal. Carlos V lideró la oposición tradicionalista, por lo que en un primer momento sufrió exilió en Gran Bretaña, pero posteriormente consiguió cruzar Francia y entrar en España a través de Navarra, en 1834, desde donde lideró a los generales que le apoyaban.

Hacia mediados de agosto de 1835, el General Guergué, al mando de una expedición Navarra, atravesó rápidamente y sin apenas oposición el Alto Aragón, por Huesca y Benabarre, y se adentró en Lérida, como nos relata Agustí en su Diario desde Áger:


«19 de agosto de 1835, después de un largo sufrimiento y angustia, los cristinos abandonaron las población, después de la llegada de un ejército Navarro que, por la noche, derribó las murallas».

Expedición del General Guergué, 1835.


 
Tras dos años de incursiones y tomas de la villa de Áger por uno y otro bando, nos situamos ahora en 1837, cuando Agustí escribe:

«6 de junio de 1837. Hoy han entrado en Áger, de forma continua, heridos de las acciones de Huesca y Barbastro. Que, a esta hora, las diez de la noche, ya son más de mil, de modo que es muy difícil vivir aquí».

Recordemos que en Áger se ubicaba el hospital, el único en muchos kilómetros a la redonda, y Agustí Prió era el farmacéutico elaborador y proveedor de la región.

¿Qué estaba sucediendo?

Don Carlos había emprendido su expedición hacia Madrid. Su intención era atravesar los territorios que le eran más favorables y donde se le iba uniendo la población, favorable a su causa como había apreciado Guergué con su incursión. El objetivo principal de Don Carlos era unirse al grueso del ejercito contrarrevolucionario del General Cabrera en el Maestrazgo y continuar hasta Madrid, donde pensaba que sus partidarios le brindarían una rendición de la Ciudad prácticamente sin luchar.

Partió Don Carlos desde Estella el 15 de mayo y lo hizo manifestando que había llegado el momento de salvar la Patria de la revolución usurpadora e impía. Y expuso con claridad la visión de esta guerra civil como apéndice de la contrarrevolución europea: «vuestra conducta os granjeará el amor de los pueblos que venís a librar; ellos os apellidarán sus libertadores, y la Europa toda os admirará».



LA BATALLA DE HUESCA

Antonio Pirala, en su libro Historia de la guerra civil y los partidos liberal y carlista, Madrid, 1869, nos relata los hechos acaecidos en Huesca el día 24 de mayo de 1837:

«A este campo, que iba a serlo de sangrienta lucha, se adelantó muy de mañana, desde Almudévar, el coronel [liberal] Mendivil con veinte caballos, observando que los carlistas estaban más descuidados de lo que debían. Estos, en efecto, llegaron a Huesca a las doce de la mañana del 24 y fueron revistados por Don Carlos, quien salió de Lupiñán a las seis de la misma, pasó por Alerre y Cilla, cuyos habitantes se esmeraron en proclamarle, y se halló aquí con el coche del Obispo de Huesca, que no quiso aceptar para entrar en la ciudad».

Poco después, y tras una primera embestida del bando liberal, los carlistas toman la iniciativa:

«Pero se rehacen los defensores de Don Carlos, se generaliza la acción, crece su encarnizamiento, son constantes las repetidas cargas de caballería y a la bayoneta, ahogan los ayes de los heridos el chocar de los hierros, se olvida todo sentimiento de humanidad, y enrojécese el campo con la sangre de tanto valiente».

Sigue Pirala relatando la crudeza de la batalla, y la victoria final carlista:
«La pérdida de esta corta pero sangrienta batalla se ha calculado en cerca de dos mil hombres, entre muertos, heridos y prisioneros. Fue grande la saña con que se peleó: jefes y soldados que habían perdido sus caballos, cargaron a pie con espada o lanza en mano e hicieron proezas. Entre los heridos, lo fue de gravedad Iribarren que murió al día siguiente en Almudévar, con dolor de todo el ejército, que admiraba su heroísmo; con sentimiento de la patria, que contaba para su salvación con su patriotismo. Los carlistas, si bien no dejaron sobre el campo de batalla ningún jefe superior muerto, contaron entre sus heridos al general Sopelana, al brigadier don Pascual Real, al coronel don Manuel García Segovia, que murió días después en el hospital de Áger (Cataluña) a donde fue trasladado, al coronel Puértoles que falleció de resultas de la amputación de un muslo, al de la misma clase don José Hermosilla, muerto sin querer por sus mismos soldados; los capitanes, Puente, Prada y Salazar y no pocos extranjeros. La victoria de Huesca fue anunciada con una proclama, y una condecoración premió a los vencedores».

Veamos los comentarios de Agustí del día 7 de junio de 1837:

«Han muerto cuatro heridos ingresados ayer.
Día 11 de junio. Han partido hacia Peramola 200 de los heridos más leves.
Día 12 de junio: Hoy ha muerto un coronel y tres de la clase de tropa».

Podemos entonces deducir que el coronel fallecido, como nos relata Pirala, fue Manuel García Segovia.

Animados por la victoria, la expedición avanza hacia Barbastro. El Príncipe Félix Lichnowsky, general austriaco que acompañó a Don Carlos en su expedición, lo relata así:

«El 27 salimos de Huesca. Todos los asnos de la ciudad y de los contornos fueron requisados para el transporte de los heridos y colocados en el centro de la columna. Si la contemplación de los que sufren no fuera cosa tan triste, nos hubiéramos reído de buena gana de las escenas cómicas que ofrecía este cortejo. Sobre todo los granaderos presentaban un aspecto singular, encaramados en aquellas miserables monturas y arrastrando las piernas por el suelo.

Era de notar que la mayoría de los soldados navarros heridos lo estaban en el torso y los alaveses en las piernas. Los primeros habían defendido la ermita, que estaba rodeada de una tapia, mientras que los segundos lucharon a campo abierto.

Habíamos salido de Huesca a las cinco de la mañana; a las nueve atravesamos eI Alcanadre y, después de una fatigosa marcha, llegamos por la noche a Barbastro».

Desde Áger, partieron hacia Barbastro para unirse a Don Carlos, las tropas populares que se habían formado desde la entrada del general Guergue en 1835. Lichnowsky lo relata así:

«El 29, a mediodía, mientras que en el balcón del palacio del Marqués de Altasona, habitado por el Rey, fumábamos unos cigarros, se detuvieron en la plaza una docena de jinetes vestidos de una manera extraña, montados unos en hermosos caballos y otros en jacos miserables.

Iban seguidos por 30 ó 40 hombres a pie, cubiertos por grandes mantas en forma de toga romana; una especie de gorro frigio encarnado, cuyo extremo colgaba hacía atrás, cubría su cabeza;

Todos llevaban sobre los hombros buenos fusiles. El jefe de esta tropa era un hombre como de cincuenta años, de cabellos rojos, de cara bonachona y flemática, y más bien parecía un cervecero bávaro que un jefe de partida español. A pesar del mucho calor, llevaba un sobretodo pardo con pieles y las mangas bordadas como los uniformes de brigadier. Una colección de cintas y de cruces adornaba su pecho y pialaban este extraño atavío una montera de nutria en forma de melón, un ancho sable y un bastón con puño de oro.

Sobre la silla de su gran caballo negro llevaba una piel de oso adornada de una banda escarlata.

Cuando este singular personaje hizo su aparición en la sala de espera, no pudimos contener la risa.

Él se presentó con mucha gravedad, dando el nombre de Don Bartolomé Porredón, llamado el Ros de Eroles (el pelirrojo de Eroles), Brigadier del Rey y jefe de la primera División del ejército de Cataluña.

Cuando supo que se aproximaba nuestra expedición, había dejado los valles de Urgel para venir a nuestro encuentro.

A pesar de esta pomposa presentación, toda su división se reducía a cuatro batallones indisciplinados que apenas contaban 500 hombres cada uno.

Su vestimenta era la de los hombres que hablamos visto en la plaza. Porredón traía cartas de la Junta de Cataluña que contenían quejas contra el comandante general Royo y una brillante relación de fuerzas. Se había anunciado que esperaban al Rey en esta extensa y rica provincia 23 batallones y que el pueblo se sublevaría en masa a su presencia. Se había designado a Solsona, capital de uno de los distritos carlistas, como punto de reunión de todos los jefes catalanes que rehusaban obedecer a Royo pero que, a la voz del Rey, se apresurarían a unir sus fuerzas al grueso de la expedición.

Con este refuerzo, y siendo ya nuestro ejército superior al del enemigo, se podía pensar en amenazar las fértiles zonas de la costa o en marchar victoriosamente sobre el Ebro. Con la unión de Cabrera, sería posible transportar a Castilla el teatro de la guerra, llevándola al corazón de la Monarquía y amenazando Madrid».

Aunque estos brillantes planes fuesen reproducidos a diario por los catalanes y en ellos tuvieran puesta su confianza, se comenzó a vislumbrar la posibilidad de una excursión a Cataluña.

El General Oráa, al mando de la tropa liberal, consiguió llegar a Barbastro antes de que la expedición partiera.

Pero el enfrentamiento con ella se saldó con una nueva victoria para las tropas carlistas. El ejército expedicionario carlista salía de Aragón sin haber sufrido ningún contratiempo importante, «se ha escurrido como una serpiente —se decía— y ha repasado el Cinca como un pato; verdad es que llevan gran procesión de heridos, acémilas, obispos, canónigos y frailes y demás zarandajas que debían embarazarla mucho, pero lo ha realizado con tanto silencio que no ha podido percibirse».



LA BATALLA DE BARBASTRO

 

Expedición Real de Don Carlos, 1837.



El combate de Barbastro se tuvo como la más brillante victoria de esta expedición. Habían maniobrado grandes masas de una manera regular; y los dos viejos generales que se hallaron frente a frente parecían adivinarse, de modo que, apenas iniciados algunos movimientos en uno de los campos, surgía la respuesta en el otro.

Los dos bandos combatieron con gran encarnizamiento; fue horrible el momento en que las dos legiones extranjeras se atacaron a la bayoneta entre los olivos. Muchos de ellos se reconocieron, se llamaron en alemán o en francés y, antiguos camaradas, se desgarraban las entrañas.

Los españoles veían con una alegría feroz cómo los extranjeros se destrozaban mutuamente.

Por mi parte, confieso que este espectáculo me causó una sensación penosísima.

Esta victoria tuvo una gran importancia para el ejército real.

Una derrota, cuya primera consecuencia hubiera sido nuestra salida de Barbastro, Io habría aniquilado y, perseguidos por el enemigo, la corriente impetuosa del Cima hubiera sido nuestra tumba. Todas las probabilidades estaban contra nosotros; se había cometido una imprudencia al aceptar la batalla en posición tan desventajosa.

El resultado superó a todas las esperanzas y entonces, más que nunca, era el momento de acercarnos a Zaragoza o, cuando menos, al Ebro.

Desgraciadamente, esta victoria no hizo más que acentuar la obcecación y se persistió en ir a Cataluña. Muchos predijeron entonces un resultado funesto, predicción que no tardó mucho tiempo en ser una realidad.

Días más tarde, Agustí nos da esta nota, algo más positiva:

«20 de junio de 1837: Han muerto algunos heridos y se han ido otros ya curados.

29 de junio: Estos días han partido muchos soldados ya curados, y en Áger sólo quedan ya 400».

Tal fue la crueldad de esta batalla, que se impulsó el denominado «Covenio de Elliot» para tratar de mitigar el inhumano encarnizamiento, como hemos podido constatar en éste y en peores episodios.

Antonio Pirala nos deja este colofón de ambas batallas:

«Poco nos aclararía el examen de todas las causas que contribuyeron a la pérdida [para los liberales] de la batalla de Barbastro, después de la detenida narración que de ella dejamos hecha; pero no dejaremos de consignar que en todas las acometidas de los liberales se encontraron al frente con enemigos tan decididos a no perder un palmo de terreno, como a ganarle los que embestían. El valor entró en esta batalla por mucho, y negar el que emplearon los carlistas, seria parcialidad. Peleas en las que la sangre de los jefes se mezcla con la de sus soldados, son siempre heroicas. Las de Huesca y Barbastro, lo fueron».


Francesc Sánchez Parés
Círculo Tradicionalista Ramón Parés y Vilasau (Barcelona)

dimarts, 2 d’abril del 2024

Diari inèdit d’Agustí Prió i Carme (II): lo general Guergué allibera Àger


Áger. (Foto: blog «unculinquiet»).

 

Diari inèdit d’Agustí Prió i Carme (II): 

lo general Guergué allibera Àger


L'entusiasme al pas del general Guergué va ser tal, que la població s'anava allistant a l'exèrcit carlí.




A l'article anterior, Agustí Prió ens relatava els fets que van succeir a la Vila d’Àger el 19 d'agost de 1835, quan una guarnició carlina procedent de Navarra va alliberar la població:

«Aquesta població va estar sota una guarnició cristina fins al 19 d'agost de 1835, dia en què, després de grans sofriments, van deixar la població, després del setge d'un exèrcit navarrès que, de nit, va enderrocar les muralles».

Quines podien ser aquestes tropes?


General Guergué. (Foto: Gran Enciclopedia de Navarra)

 

Sabem que per aquestes dates el General Juan Antonio Guergué va capitanejar una expedició procedent de Navarra, la qual va ser l'intent de revitalitzar la guerra a Catalunya per part del comandament carlí.

En efecte, amb la intenció d'unificar les forces carlines catalanes, el general carlí Guergué va sortir d'Estella (Navarra) el 8 d'agost de 1835, amb 2.700 homes, cap al front de Catalunya. Mentrestant, el general Pastors, al capdavant de l'exèrcit liberal de Catalunya, va encomanar als generals Manuel Gurrea i Josep Conrad la intercepció dels carlins.

L'expedició navarresa de Guergué va arribar a Osca el 16 d'agost —on es va quedar Santocildes al comandament de la guarnició de la ciutat—, va passar per Barbastre, va arribar a Roda d’Isèbena on va derrotar una columna liberal procedent de Benasc, i va entrar a Catalunya a la fi d'agost.

El 25 d'agost va passar per Lleida, va intentar entrar a Olot —sense aconseguir-ho— al setembre i octubre, i va arribar triomfant a Girona amb nombrosos nous voluntaris. Amb ells, va deixar organitzades les forces catalanes en quatre zones: divisió de Girona amb Mataró i Vich, divisió de Manresa, divisió de Lleida i divisió de Tarragona. En total, més de 24.000 homes.

Aquesta expedició del general Guergué seria l'«exèrcit navarrès» del qual parla Agustí Prió en aquell text del seu Diari.

El record de l'expedició de Guergué quedaria gravat en la cultura popular. Així, trobem aquesta poesia que immortalitzaria la figura llegendària del general carlí galopant cap a Osca:

 

El General Guergué,


cuando fue a la guerra,


montado en su corcel


hace temblar la tierra.


De boina airosa, él 

saluda a su bandera;


de boina roja, él


saluda en su corcel.



Encara que no posseïm més evidències d'aquesta poesia popular, la veritat és que avui dia aquesta poesia ens ha arribat en forma de cançó satírica infantil, que sembla tenir cert ànim de ridiculitzar el seu protagonista:

El general Bum-Bum


quan se'n va a la guerra,


damunt del seu cavall


fa tremolar la terra.


Damunt del seu cavall,


galopa que galopa,


damunt del seu cavall,


galopa amunt i avall.

 



El cavall és de cartró,


aparteu les criatures,


el cavall és de cartró,


que no espanta ni fa por.


Encara que s'atribueix aquesta cançó al general Eugenio de Gaminde i Lafont, la sorprenent semblança ens fa pensar que podria estar inspirada en aquesta anterior poesia heroica dedicada a Guergué. En qualsevol cas, la intenció de ridiculitzar a un general tradicionalista per part del bàndol liberal, no és sinó una de les moltes estratègies d'enginyeria social que continuen encara succeint avui dia.

Seguint amb el nostre relat, l'alçament carlí va suscitar un gran fervor popular. Segons cita Melchor Ferrer a la HISTORIA DEL TRADICIONALISMO ESPAÑOL (T. IX, p. 140), l'entusiasme al pas del general Guegué va ser tal, que la població s'anava allistant a l'exèrcit carlí. A Talarn, on el Baró d’Eroles havia anteriorment organitzat la resistència, es van allistar a l'exèrcit 200 homes, la qual cosa probablement també va succeir en Àger.

Agustí Prió ens va deixar, com a mostra del patit a Àger durant la primera guerra carlina, els següents comentaris en el seu diari:

«Després del 19 d'agost de 1835 contínuament hem tingut tropes, siguin cristines o carlines, que han causat molts danys a la població».


Trobem entre la documentació amb la qual Agustí relata aquests anys el següent registre:

Documento del Diario inédito de Agustí Prió.


On es pot llegir «Regimiento Infi de Castilla n.º 16 Cantón de Áger».

Buscant en la història d'aquest regiment trobem el següent:

«Obedeciendo siempre a sus mandos naturales, el Regimiento Castilla n.º 16 siguió recorriendo el territorio español hasta la firma del Convenio de Vergara. Pero no acabó aquí el conflicto, ya que no todos los caudillos carlistas estaban de acuerdo con el convenio, entre ellos Ramón Cabrera, conocido como el “Tigre del Maestrazgo”. Ante esta situación, el “Castilla” libró batallas en las canteras de Utrillas y logró la victoria en la batalla de Arlabán. El 22 de mayo de 1840, el regimiento marchó hacia las proximidades de la localidad de Tremp, en Lérida, y al fuerte de Puebla de Segur, que eran atacadas por los carlistas. A finales de 1840 se reunió todo el regimiento en Cataluña, donde le sorprendió el final definitivo de la guerra, pero las dificultades no terminaron ahí. Por unas razones u otras, los altos cargos militares y políticos se olvidaron de abastecer al ejército, que se vio sumido en un estado de miseria. El soldado llegó a estar a media ración, ya que la corta asignación que tenía el Ejército llegaba “por manos de ávidos contratistas que no se avergonzaban en especular con la corta y sagrada asignación de las Tropas”. Durante este periodo, la pérdida de militares del Ejército de la Reina [sic] ascendió a más de 140.000 hombres en el transcurso de siete años, cantidad igual al número de tropas que estaban en pie cuando falleció Fernando VII».

I aquí tenim l'assignació dels 69 desgraciats que van formar la guarnició del castell d’Àger que, certament, no sembla particularment abundant:

Documento del Diario inédito de Agustí Prió.


Situats, doncs, en 1840, aquesta documentació podria pertànyer ja al final de la primera guerra carlina.

En següents articles comentarem el que Agustí ens relata que va succeir en aquest cruent període de set anys.

Francesc Sanchez i Parés
Círcol Tradicionalista Ramon Parés y Vilasau (Barcelona)


* * *



Diario inédito de Agustí Prió i Carme (II): 

el general Guergué libera Áger


El entusiasmo al paso del general Guegué fue tal, que la población se iba alistando en el ejército carlista.




En el artículo anterior, Agustí Prió nos relataba los hechos que sucedieron en la Villa de Áger el 19 de agosto de 1835, cuando una guarnición carlista procedente de navarra liberó la población:

«Esta población estuvo bajo una guarnición cristina hasta el 19 de agosto de 1835, día en que, después de grandes sufrimientos, dejaron la población, tras el asedio de un ejército navarro que, de noche, derribo las murallas».

¿Quiénes pudieron ser esas tropas?
 

General Guergué. (Foto: Gran Enciclopedia de Navarra)

 

Sabemos que por estas fechas el General Juan Antonio Guergué capitaneó una expedición procedente de Navarra, la cual fue el intento de revitalizar la guerra en Cataluña por parte del mando carlista.
 

En efecto, con la intención de unificar las fuerzas carlistas catalanas, el general carlista Guergué salió de Estella (Navarra) el 8 de agosto de 1835, con 2.700 hombres, hacia el frente de Cataluña. Mientras, el general Pastors, al frente del ejército liberal de Cataluña, encomendó a los generales Manuel Gurrea y Josep Conrad la interceptación de los carlistas.
 

La expedición navarra de Guergué llegó a Huesca el 16 de agosto —donde se quedó Santocildes al mando de la guarnición de la ciudad—, pasó por Barbastro, llegó a Roda de Isábena donde derrotó a una columna liberal procedente de Benasque, y entró en Cataluña a finales de agosto.
 

El 25 de agosto pasó por Lérida, intentó entrar en Olot —sin conseguirlo— en septiembre y octubre, y llegó triunfante a Gerona con numerosos nuevos voluntarios. Con ellos, dejó organizadas las fuerzas catalanas en cuatro zonas: división de Gerona con Mataró y Vich, división de Manresa, división de Lérida y división de Tarragona. En total, más de 24.000 hombres.
 

Esta expedición del general Guergué sería el «ejército navarro» del que habla Agustí Prió en este texto de su Diario.
 

El recuerdo de la expedición de Guergué quedaría grabado en la cultura popular. Así, encontramos esta poesía que inmortalizaría la figura legendaria del general carlista galopando hacia Huesca:
 

El General Guergué,


cuando fue a la guerra,


montado en su corcel


hace temblar la tierra.


De boina airosa, él


saluda a su bandera;


de boina roja, él


saluda en su corcel.


Aunque no poseemos más evidencias de esta poesía popular, lo cierto es que a día de hoy esta poesía nos ha llegado en forma de canción satírica infantil, que parece tener cierto ánimo de ridiculizar a su protagonista:
 

El general Bum-Bum


quan se'n va a la guerra,


damunt del seu cavall


fa tremolar la terra.


Damunt del seu cavall,


galopa que galopa,


damunt del seu cavall,


galopa amunt i avall.



 

El cavall és de cartró,


aparteu les criatures,


el cavall és de cartró,


que no espanta ni fa por.



Aunque se atribuye esta canción al general Eugenio de Gaminde y Lafont, el asombroso parecido nos hace pensar que podría estar inspirada en esta anterior poesía heroica dedicada a Guergué. En cualquier caso, la intención de ridiculizar a un general tradicionalista por parte del bando liberal, no es sino una de las muchas estrategias de ingeniería social que siguen aún sucediendo a día de hoy.
 

Siguiendo con nuestro relato, el alzamiento carlista suscitó un gran fervor popular. Según cita Melchor Ferrer en HISTORIA DEL TRADICIONALISMO ESPAÑOL (T. IX, p. 140), el entusiasmo al paso del general Guegué fue tal, que la población se iba alistando en el ejército carlista. En Talarn, donde el Barón de Eroles había anteriormente organizado la resistencia, se alistaron al ejército 200 hombres, lo que probablemente también sucedió en Áger.
 

Agustí Prió nos dejó, como muestra de lo sufrido en Áger durante la primera guerra carlista, los siguientes comentarios en su diario:

«Después del 19 de agosto de 1835 continuamente hemos tenido tropas sean cristinas o carlistas que han causado muchos daños a la población».


Encontramos entre la documentación con la que Agustí relata estos años el siguiente registro:


Documento del Diario inédito de Agustí Prió.

Donde se puede leer «Regimiento Infi de Castilla n.º 16 Cantón de Áger».
 

Buscando en la historia de este regimiento encontramos lo siguiente:
 

«Obedeciendo siempre a sus mandos naturales, el Regimiento Castilla n.º 16 siguió recorriendo el territorio español hasta la firma del Convenio de Vergara. Pero no acabó aquí el conflicto, ya que no todos los caudillos carlistas estaban de acuerdo con el convenio, entre ellos Ramón Cabrera, conocido como el “Tigre del Maestrazgo”. Ante esta situación, el “Castilla” libró batallas en las canteras de Utrillas y logró la victoria en la batalla de Arlabán. El 22 de mayo de 1840, el regimiento marchó hacia las proximidades de la localidad de Tremp, en Lérida, y al fuerte de Puebla de Segur, que eran atacadas por los carlistas. A finales de 1840 se reunió todo el regimiento en Cataluña, donde le sorprendió el final definitivo de la guerra, pero las dificultades no terminaron ahí. Por unas razones u otras, los altos cargos militares y políticos se olvidaron de abastecer al ejército, que se vio sumido en un estado de miseria. El soldado llegó a estar a media ración, ya que la corta asignación que tenía el Ejército llegaba “por manos de ávidos contratistas que no se avergonzaban en especular con la corta y sagrada asignación de las Tropas”. Durante este periodo, la pérdida de militares del Ejército de la Reina [sic] ascendió a más de 140.000 hombres en el transcurso de siete años, cantidad igual al número de tropas que estaban en pie cuando falleció Fernando VII».
 

Y aquí tenemos la asignación de los 69 desdichados que formaron la guarnición del castillo de Áger que, ciertamente, no parece particularmente abundante:


Documento del Diario inédito de Agustí Prió.


Situados, pues, en 1840, esta documentación podría pertenecer ya al final de la primera guerra carlista.

En siguientes artículos comentaremos lo que Agustí nos relata que sucedió en este cruento periodo de siete años.


                                
Francesc Sanchez i Parés
Círcol Tradicionalista Ramon Parés y Vilasau (Barcelona)