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dimecres, 11 de febrer del 2026

Huelga de profesores en Cataluña por mejoras salariales, reducción de ratios y estabilidad laboral


 

Huelga de profesores en Cataluña por mejoras salariales, reducción de ratios y estabilidad laboral



Resulta preocupante que la protesta no cuestione el marco ideológico de la actual ley educativa



Barcelona (Agencia FARO).— Hoy, 11 de febrero, fiesta de las Apariciones de Nuestra Señora de Lourdes, los docentes de los centros educativos públicos de Cataluña están secundando una huelga general de profesorado, convocada por las principales organizaciones sindicales del sector ante lo que califican de falta de avances significativos en las negociaciones con la Conselleria d’Educació de la Generalitat.

La protesta, que afecta a escuelas infantiles, centros de primaria y secundaria de todo el Principado, se produce después de varias semanas de movilizaciones y una manifestación unitaria en Barcelona el pasado 24 de enero, en la que miles de docentes reclamaron mejoras salariales y condiciones laborales más dignas.

Reivindicaciones de los convocantes


Los sindicatos que han impulsado la huelga —entre ellos USTEC·STEs, Aspepc·Sps, CC.OO., UGT y CGT— detallan varias demandas centrales:

  • Mejoras salariales para el profesorado, entre ellas el restablecimiento de una cláusula que actualice los salarios en función de la inflación y un incremento de los complementos retributivos, que según los sindicatos compensaría la pérdida de poder adquisitivo acumulada en los últimos años.   
  • Reducción de las ratios de alumnado por aula, consideradas actualmente «insostenibles» por parte de los docentes, que señalan que afectan negativamente tanto a la calidad educativa como a la carga de trabajo.
  • Aumento de plantillas para garantizar una atención adecuada al alumnado y disminuir la precariedad y la sobrecarga de labores no docentes.
  • Menos burocracia y trámites administrativos, que, según los sindicatos, desvían tiempo y recursos de la labor educativa.


Durante la jornada hay convocadas cinco manifestaciones. Una partirá de los Jardinets de Gràcia a las 12.20. A las 11.30 se convoca a los docentes de Tarragona en la Plaça Imperial Tarraco, a las 12 en el Pont del Dimoni de Girona, a las 12.30 en la Plaça Barcelona de Tortosa y a las 18 horas en la Plaça Ricard Vinyes de Lleida.

En defensa de la escuela catalana según la Tradición


Estas reivindicaciones del profesorado en Cataluña —salarios dignos, reducción de ratios y estabilidad laboral— son justas y merecen respaldo. La Tradición política catalana, profundamente municipalista y social, siempre reconoció la función del maestro como pilar del país real, no como simple ejecutor de consignas administrativas.

Pero resulta preocupante que la protesta no cuestione el marco ideológico de la actual ley educativa, impuesta desde instancias políticas y técnicas alejadas de la realidad de los centros. Ninguna mejora material corregirá un sistema que ha roto con la tradición pedagógica catalana, basada en la transmisión del saber, el esfuerzo, la autoridad del docente y el arraigo comunitario.

La llamada «inclusión» responde a una homogeneización forzada que rebaja niveles, desdibuja responsabilidades y vacía de contenido la enseñanza. En nombre de una igualdad abstracta, se debilita la cultura del mérito y se sacrifica la excelencia, perjudicando especialmente a los alumnos de entornos populares.

Igualmente errónea es la obligatoriedad de la escolarización prolongada en adolescentes, que impide a muchos jóvenes catalanes incorporarse tempranamente al aprendizaje de oficios, rompiendo la continuidad histórica entre familia, taller, municipio y gremio. Cataluña fue tierra de menestrales, artesanos y aprendices, donde el saber práctico y el saber intelectual convivían sin desprecio mutuo.

El actual sistema contribuye además al desmantelamiento del conocimiento: menos contenidos, menos memoria, menos exigencia. La escuela deja de ser espacio de transmisión cultural para convertirse en aparato de reeducación ideológica, desconectado de la lengua, la historia y las formas de vida del país real.

Frente a este modelo, es imprescindible una dignificación plena de la Formación Profesional, entendida como vía noble y central de formación humana y social. La FP responde al principio de subsidiariedad, fortalece los cuerpos intermedios y recupera la dignidad del trabajo bien hecho, tan propia de la tradición catalana.

Sin una revisión doctrinal profunda —sin volver a una escuela arraigada en la Tradición, en el municipio y en los cuerpos intermedios—, las huelgas docentes quedarán en meras reivindicaciones salariales. Y un país que olvida cómo educa, acaba olvidando quién es.

Agencia FARO / Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau





diumenge, 8 de febrer del 2026

Las misiones catalanas, peripecias de una profesora de religión (X): La invertebración satánica y la caballería cristiana

 

Las misiones catalanas, peripecias de una profesora de religión (X): La invertebración satánica y la caballería cristiana



En clase, los alumnos de secundaria no tienen columna vertebral. Bueno, sí, pero ya no les sostiene. No están sentados, sino derrumbados encima de sus pupitres. Sin forma. Derruidos, inermes. Laxos. Cansados. Aburridos, totalmente desparramados. (...) Su postura muestra su estado interior. Sin estructura, ni dirección. Sin verticalidad. El desparrame. Sin principios. Sólo emociones que se mueven como las olas del mar.




¿Te ha pasado alguna vez que algo que habías leído en numerosas ocasiones, de repente adquiere un significado relevante y profundo que se había escabullido de tu atención?  Eso experimenté el otro día. Mientras me duchaba, concretamente. El Espíritu Santo sopla cuando considera que es el momento más adecuado. No siempre es como pensamos, con las narices metidas en la Biblia, intentando escudriñar las palabras. ¡Qué va! Como la brisa que acarició el rostro de Elías en el Horeb, así acude el espíritu de Dios. Cuando camino por la calle, o estoy atrapada en la Autopista o me estoy duchando. Ni fuego, trueno, ni vendaval. Una suave caricia casi imperceptible. Así habla, dulce y con la fuerza que sólo la verdad revelada tiene. Hay que velar, siempre. Porque nunca se sabe. Sólo Él.

Pues bien, mientras sentía el agua caliente deslizarse agradablemente, ¡zas!, tuve un mayor entendimiento de un pasaje del Antiguo Testamento que nunca me llamó la atención especialmente. Es más, ni caso le hacía. No creía que tuviera mayor relevancia, dada la obviedad. Te explico. En estos últimos tiempos, estoy fascinada por Génesis 3, 1-7. A menudo, los cristianos pasamos demasiado rápido a los evangelios o el Nuevo testamento. Como si el Antiguo Testamento no fuera necesario, salvo por cierta cultura. Cuando me convertí, descubrí Génesis 3 y confieso que podría meditar en este pasaje toda mi vida. Entender la magnitud de la tragedia, el insondable horror de la caída. El significado profundo del pecado es la base para entender, comprender, celebrar el valor incalculable de la Cruz. Sin pecado, no hay salvación; y sin ésta, la Cruz si que es una absurda, no ya locura, sino ironía. Una tontería, sin ton ni son. La escena de Génesis es rica en la descripción del pecado y sus consecuencias, y a la vez muestra la impresionante misericordia de Dios, que lejos de humillar al desobediente, lo quiere salvar. El protoevangelio que se contiene en Génesis es de una extrema belleza. Y esperanza. Me encanta la promesa de aplastar la cabeza de la serpiente. Una y otra vez puedo recrear de mil formas este momento épico. Aplastar la cabeza de la serpiente como quien pisa una cucaracha. En cambio, siempre he pasado de largo por la condena a la serpiente, «te arrastrarás sobre tu vientre». Obvio, las serpientes se arrastran, siempre a toda prisa, el by pass a pisar la cabeza de este ser escurridizo, símbolo del Enemigo de Dios, por ende nuestro. Y en las prisas, obviar la condena: arrastrarse.

 


Pero el otro día, bajo la ducha entendí —bueno, el Espíritu Santo me hizo entender— la envergadura de este arrastrarse. No implica un mero castigo, el morder polvo, por chunga, mala, mentirosa, manipuladora y así en bucle. Entendí lo que significa arrastrarse, ¿por qué lo hace? ¿porque no tiene ni piernas ni pies? En realidad, no. Se arrastra porque es invertebrada. No tiene columna vertebral. De hecho, la semana pasada, los de primer curso tenían examen sobre los invertebrados. ¿Quizá aquí se abrió una ventanita a lo que iba a entender más tarde?

La serpiente se arrastra invertebrada, sin forma estructurada. Se cuela por cualquier rendija que encuentra. Y quien dice rendija, dice herida. «¡Ahora lo entiendo!», me decía fascinada. Mi mente, relacionando conceptos a una velocidad vertiginosa. «Claro, el enemigo es invertebrado, sinuoso, esto es obvio. Todo lo que produce, porque crear sólo lo hace Dios, es del todo invertebrado. Los frutos del enemigo no tienen estructura. Las rompe, las derriba, las liquida. El territorio del enemigo no tiene forma, porque no tiene esqueleto, ni nada que lo sujete. Es líquido, hasta el punto de evaporarse. Y llegado este momento, la nada. Ahí lo tenemos, los frutos malos del árbol malo».

Y entendí algo que me llama la atención desde que estoy de profe de reli. En clase, los alumnos de secundaria no tienen columna vertebral. Bueno, sí, pero ya no les sostiene. No están sentados, sino derrumbados encima de sus pupitres. Sin forma. Derruidos, inermes. Laxos. Cansados. Aburridos, totalmente desparramados. Qué más da que sean las ocho de la mañana y tengan sueño, o acaben de llegar del recreo y estén cansados, o sea lunes o viernes. Su postura es el desparrame, invertebración no solo física, sino mental. «¿Quieres sentarte bien por favor? ¡Levanta la cabeza!», ni se sabe cuántas veces tengo que repetir esta orden, tan obvia. «Estamos en un Instituto de secundaria, no en el sofá de casa». Y te miran con esa cara de cansancio infinito, incapaz de sostenerse por sí mismos. Invertebrados. Su postura muestra su estado interior. Sin estructura, ni dirección. Sin verticalidad. El desparrame. Sin principios. Sólo emociones que se mueven como las olas del mar. Agua sin nada que la contenga.  La invertebración disolvente del enemigo.

¡Cómo son las cosas! De qué forma el Espíritu Santo es creativo y pertinente. Estoy escribiendo este texto en el despacho del Instituto. Al otro lado de la mesa, tengo a los dos filósofos del Instituto hablando de la programación de la materia que los alumnos hacen en lugar de religión. Adivina el título del nuevo tema: «la vida sin géneros». Decía el profesor: «los alumnos se están volviendo muy  machistas. Esto es muy preocupante, hay que vigilar las violencias machistas». Vamos a ver y por orden. Este paréntesis, en tiempo real, me ha parecido muy elocuente. Sigo con el relato.

Quitaron el crucifijo de las aulas. Los alumnos tenían, encima de la pizarra, el recordatorio de quién legisla y gobierna. Quién ordena. Cristo en la Cruz, muriendo para dar vida. El dedo que señala el camino al cielo. Nuestro hogar, por cierto. El camino al cielo, las alturas. Sólo levantando la mirada, por ende la cabeza y, en consecuencia, en posición vertical vertebrada, se eleva la mirada al cielo. Y mirar arriba, es contemplar la Verdad, aunque no lo sepas. Pero ahí está.

Retirando de un soberbio manotazo al crucifijo, se ha producido el acto más tiránico que el acto promete evitar. La democracia de los muertos, en palabras de Chesterton. Se silenció la voz de nuestros antepasados. Su voz ya no es relevante. «¡A callar!» Las abuelas y las abuelas de las bisabuelas, y tatarabuelas de las madres, y la cadena que remonta al pasado, o mejor dicho, el origen. «¡A callar!» Romper con la Tradición, la verticalidad, la soberanía de Dios. Ya no es necesaria la Cruz, porque la salvación ya no es necesaria, hemos eliminado el pecado. Y la serpiente invertebrada, sinuosa se mueve impune entre los pupitres. Los chavales ya no miran a las alturas, y se desparramaron inertes hasta el mismísimo suelo. Sin crucifijo, desaparece el orden, el cielo y el infierno, el bien y el mal, «todo depende, todos tenemos nuestra verdad y hay que respetarlas», aunque sean absolutas barrabasadas. «¡Hay que respetar!»

Cayeron los pilares y los cimientos. La total invertebración propia del enemigo. La liquidación de las estructuras que nos fueron entregadas. «¡A callar abuelas; vosotras y vuestros ridículos rosarios y letanías!» El fin de la democracia de los muertos. Menudo reduccionismo, cuanta ignorancia en un solo gesto. Más allá de las proyecciones y clichés de los sesudos postmodernos, intelectuales sin intelecto, más allá del meme y la caricatura del católico nietzscheano, borrego dócil, sin poder ni fuerza, más allá de la ignorancia y la soberbia, Dios se levanta y nos levanta. De borregos nada, leones que sabemos rugir, con el grito que viene de Dios mismo. Fíjate tú, ahora, ¿quién es el débil?

Y así están los chavales, sin columna vertebral, emasculados, sin verticalidad, con miedo de su propia fuerza y virilidad. ¿Y las chicas? Más de lo mismo, guerra de sexos, que no de géneros, como el eminente filósofo que tengo enfrente, afirma orondo. Invertebración satánica que nos conduce al nihilismo, a la nada. El infierno terrenal, donde toda esperanza se queda en el umbral para no entrar jamás. Y en las aulas, el caos, la mala educación y el lamento quejumbroso del docente, que mira las consecuencias sin identificar las causas. «Ay si dejaras hablar a tu abuela, bisabuela, tu tatarabuelo…otro gallo nos cantaría!» ¡Cuántas voces contenía este humilde crucifijo retirado de las aulas!


Y, ¿yo? Con todo eso, ¿Qué hago? He decidido tomar cartas en el asunto. Me niego, como no podía de ser de otra forma, a validar el relato del invertebrado enemigo. Estoy creando una escuela de caballería cristiana. Les he dicho a los chavales de segundo curso que todo este trimestre vamos a trabajar duro. Como caballeros, como damas. Les he dicho que nuestro propósito no es la deconstrucción (bien, no con estas palabras), sino la santificación. Eso es lo que nos proponemos. ¡Ser santos! Me miran con cara de sorpresa, porque nunca se les había ocurrido tamaño emprendimiento. Ser tolerantes, eco-resilientes, sostenibles, pero... ¿santos? «Sí, señores, porque nuestro Dios es Santo». Les suena a chino y, a la vez, pulsa un resorte interno que estaba aletargado y saben reconocer como bueno. Porque, dicho de otra forma, están hartos de tanta ideología cursi. Porque ya no pueden más.

Vamos a trabajar con las virtudes. Y no el cliché ñoño de los valores cristianos pronunciados con sorna y la boca torcida. La virtud que viene de vir, fuerza. Sí, aquello que nos hace fuertes. No sólo físicamente, sino espiritualmente. Lo que nos permite con la ayuda de Dios, salir de la invertebración satánica, a nuestra dignidad que viene de lo alto. «Espalda recta, pecho enfrente, mirada clara, y acción». Porque, más temprano que tarde, necesitarán la fuerza para defender que el prado es verde. Chesterton, qué lúcido fuiste. Y qué profético.

Eulàlia Casas, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau

 

 

dissabte, 24 de gener del 2026

Las misiones catalanas, peripecias de una profesora de religión (IX): La tiranía de la felicidad


 

Las misiones catalanas, peripecias de una profesora de religión (IX): La tiranía de la felicidad


Hay que ponerse las gafas de Dios. Entender que la realidad se despliega con propósitos mucho más elevados y grandes, no accesibles para miradas despistadas como la mía.


Demasiadas veces me siento como Pedro hundiéndose en las aguas turbulentas. Si soy incómodamente honesta, también en la negación de Jesús. ¡Hay tantas formas de hacerlo! Tan sutiles algunas, casi imperceptibles. Negación, a fin de cuentas. Vuelvo al agua. Cuando pierdo el foco y el sentido de propósito, me enfango en el desastroso sistema educativo de niños emperadores que legislan incluso sobre mi vida. Un sistema que fagocita la creatividad, la pasión por la docencia, los momentos de contemplación gozosa. Una estructura que convierte al profesor en una caricatura hibridada entre un cheer leader, coach emocional, titiritero y Libro Gordo de Petete. Sobre todo, que los alumnos se entretengan y no se aburran. Lo de aprender, ya si eso…

Me hundo en estas aguas, me lamento, quiero un «plan B». Me peleo con el sistema como Quijote contra los gigantes. Me digo que desde que estoy en el Instituto estoy viviendo una de las peores etapas de mi vida. Una pesadilla. Lo siento en todo mi ser. Me hundo sin remedio en mi victimismo pueril. Quiero saltar del barco. Cuando, en realidad, he saltado y me hundo. Como Pedro.

Cuando decidí ser profesora de religión, hice como él: lanzarme alegre, valiente como un cruzado a conquistar tierras ocupadas. Las mentes de los adolescentes parasitadas de tanta ideología de muerte y estupidez. Como Pedro, me lancé de la barca de mi segura comodidad para caminar triunfante sobre las aguas revueltas.

«¡Voy a hablar de Dios a los alumnos, de Jesús y María, de la historia bien contada y no manipulada; eso haré!» Decidida como Pedro, impulsiva y un poco naïf. Y, como Pedro, me empecé a hundir cuando perdí de vista quién me sostiene. ¿Quién, sino Jesús, permite que camine sobre las aguas, en calma, marejada o en un tsunami?

 

Como Pedro, lo pierdo de vista a menudo. Demasiado. Confieso: soy débil. Me quejo y lamento. Y, como los hebreos, a quienes les parecía mejor la esclavitud de Egipto que la libertad del desierto. Recuerdo con nostalgia cuando era coach, conferenciante, profesora de yoga y recibía halagos, golpecitos en la espalda y reconocimiento. Nadie me trataba mal. Fíjate tú. ¿Para qué queremos más? Transitar la ancha carretera de la validación, el reconocimiento que engorda la vanidad y el «me merezco ser feliz».



Actualmente, la meta, el fin último de la humanidad, es la felicidad: el Edén al cual todos estamos llamados a experimentar. Como un grifo que emana un chorro de agua, la humanidad se vierte en este pseudoparaíso en la tierra. Una gran masa diluida en otra gran masa. ¡Menuda confusión! Y eso nada tiene que ver con la eternidad de nuestra alma, la beatitud más allá del gozo, el júbilo, la dicha. Imposible describirla, como imposible vivirla aquí, en la tierra. Dios nos salva uno a uno. El Enemigo primero nos diluye en un amasijo y nos condena confundidos en un todo.

Nuestro Mesías es trascendente, más allá. Vivir en el sí pero todavía no, es nuestra fe y esperanza. El Enemigo, en cambio, es el mesías inmanente de la felicidad edénica ahora y aquí. La tiranía de la sonrisa hueca. La máscara. No es el sistema educativo, no son los alumnos ni los tediosos claustros: es la tiranía engañosamente dulce en la que el enemigo nos encierra y somete sin que nos demos cuenta. Así me hundo, cuando la dictadura de la felicidad hueca me secuestra de nuevo. Confieso, pues, mi flojera. Y sigo.

Recalcular ruta implica, pues, tomar conciencia clara de que no soy profesora de religión para ser feliz. Es más: desde que bajé definitivamente la persiana de mi centro de yoga, coaching y terapias new age, entendí —muy duramente, por cierto— que mi felicidad no importa, sino la de Dios. ¿Qué lo hace feliz? ¿Qué pensó para mí? ¿Con qué propósito me creó?

Y con esta perorata introductoria no estoy haciendo un alarde de masoquismo cristiano: «Venga a sufrir en este valle de lágrimas, un poco de resignación cristiana, cuatro avemarías y a seguir sufriendo». No voy a dar el gusto a los anticristianos de cliché fácil.

Pues bien, cuando pierdo de vista por qué estoy en el Instituto como profesora de religión es cuando la desesperanza que el enemigo ansía para mí ocupa espacio. Dicho de otra forma, pedagógica: cuando miro la realidad desde mi mirada limitada, sesgada y contaminada por las ansias de felicidad hueca, la realidad me engulle y yo sufro. Un padecimiento estéril, que no sirve para nada ni a nadie.

Hay que ponerse las gafas de Dios. Entender que la realidad se despliega con propósitos mucho más elevados y grandes, no accesibles para miradas despistadas como la mía. Desde mi limitación, creía que ser profe de reli significaba dar clases a los chavales. Punto. Me visualizaba en el aula, con la pizarra a mi espalda y los alumnos atentos, mano alzada, preguntas profundas, curiosidad, respeto, aprendizaje sin fin. Como Platón o Sócrates o san Pablo en el Areópago. Así me perdía en vanas ensoñaciones propias de la tiranía de la felicidad. «Merezco ser feliz», no hay aseveración más demoníaca. Una llave certera que abre las puertas del infierno. La eterna guerra contra una realidad que es la que es ajena a nuestros deseos infantiles. Al enemigo le gusta la guerra y lo que nace de ella.

Pero este propósito miope no se corresponde para nada con los planes de Dios. Qué va. Estoy en el Instituto, como servidora inútil en realidad, para lo que Dios disponga, no lo que mi ansia de felicidad decida. El aterrizaje a la realidad casi me deja mellada.

Hace cosa de quince días lo entendí con mayor profundidad. De la nada recibí un WhatsApp de un compañero que tuve hace tres años en uno de los Institutos. Un joven —del que podría ser su madre—, profesor de Historia, con el que hice buenas migas. Atento, curioso y para nada me tiraba pullas anticristianas. Y eso es un tesoro. Charlábamos de camino al aparcamiento de esto o aquello. Nos quejábamos mucho, eso también. Es humanamente imposible no hacerlo. Y soltar la presión interna es pura supervivencia a veces.

Se fue del Instituto y nos seguíamos la pista de vez en cuando. Pero este último mensaje tenía una característica distinta: «Necesito ayuda espiritual». Un «¡ostras!» vino a mi mente, con una punzada de sana curiosidad y ganas de ser útil. Al parecer, su novia estaba teniendo serios problemas que ellos interpretaron como algo más que un simple achaque psicológico, ansiedad o depresión al uso. Algo distinto, que requería una solución acorde a lo que intuían. «Es que sólo tú puedes entender el problema y sólo te conozco a ti con contactos en la Iglesia para ayudarnos».

No voy a entrar en la problemática de la chica, por cierto, durísima. Obviamente, me puse en marcha cuanto antes. Contacté con un sacerdote, les di dos medallas de San Benito exorcizadas por los benedictinos de Silos, una botellita de agua bendita y un rosario de Jerusalén —«que os lo bendiga el sacerdote cuando vayáis»— y otros consejos más a la inexperta pareja: «Nada de piedras, cuarzos y cosas esotéricas; nada de curanderos que limpien el aura o las energías; nada de alcohol o películas chungas. ¿Sabéis el Padrenuestro? ¿El Avemaría? Pues en bucle y como si no hubiera un mañana. No tengáis miedo».

 

Me doy cuenta de que los profesores de religión estamos allí para algo más grande, en un ejército que Dios dispone a sus soldados estratégicamente. Para un roto o un descosido. Ponernos exquisitos no es lo que nos toca. Tampoco el masoquismo autodestructivo. Estamos en el Instituto para ser un faro, más o menos luminoso. Un dedo que señala a Dios. Para esparcir las semillas, que ni tan siquiera sabemos si van a germinar. Y no nos toca a nosotros saberlo.

Recuerdo ahora mismo el día que una compañera de Filosofía me dijo que acababa de morir su padre. «Mi madre lo incineró a toda prisa y ni funeral tuvo». Yo escuchaba sin decir ni mu. Ella me comentó: «Mi padre era muy creyente». Otro «¡ostras!» interior hizo que le preguntara: «¿Cómo se llamaba tu padre?» Recé por él y su alma durante un largo periodo de tiempo y ofrecía cada Misa a la que acudía. Quizá no es mucho a los ojos de mi mente inquieta, débil y presa de la dictadura de la felicidad, pero para el alma de este hombre incinerado velozmente es más de lo que alcanzo a imaginar.

Y, ahora que lo pienso, he rezado por las almas de muchos padres o madres de alumnos o maestros, incluso profesores, que han muerto. También un alumno, fue muy triste. Y sí, entiendo mejor lo que Dios quiere, aunque no siempre soy dócil y tengo la cerviz un poco tiesa. Como los hebreos murmuradores.

Hoy, a la vuelta de las vacaciones de Navidad, me he dado cuenta de que quizá algo ha cambiado en mí y en mis alumnos. Este grado de comprensión quizá me ha relajado y he dejado de empujar a Dios en mi voracidad de felicidad. Mis alumnos han sido inusitadamente correctos, sobre todo los de segundo curso. Me han hecho preguntas interesantísimas y agradecen las respuestas. No sé… un punto de inflexión, un pequeño milagro en mi confundida conciencia y percepción. Clamé auxilio, como Pedro, y Jesús me tendió la mano y me dejé salvar. Otra vez. Y las que hagan falta. Porque volverá a pasar. Lo sé.

Dejar que Dios sea Dios es todo lo que requiere esta vida, la que nos toque vivir, allí donde Él soberanamente disponga. Para la construcción del Reino, mi santificación y penitencia de tantos desatinos. Y también, cómo no, para que estos chavales sepan que tienen un amigo, un Dios muy cercano que se hizo hombre, que los sostiene de la mano, los guía y protege, aunque quizá no lo sepan. Que cuando sus video juegos, chándal nuevo, zapatillas carísimas, o novia o vete tú a saber, ya no satisfagan el vacío, se acuerden que Dios aguarda un pequeño gesto. Y más allá de los alumnos, toda oveja perdida, ya sea un profesor o la conserje. ¿Quién sabe? A mí no me toca saber, sólo confiar. Y dejar de murmurar.

Como Job, después de la reprimenda de Dios, por ahora voy a cerrar la boca y guardaré silencio. Hasta más ver.

Eulàlia Casas, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau.

dissabte, 3 de gener del 2026

Las misiones catalanas, peripecias de una profesora de religión (VIII): Tiernos brotes.

 

Las misiones catalanas, peripecias de una profesora de religión (VIII): Tiernos brotes

«¿Qué podéis perder viniendo a religión?» Silencio en el aula. Los ojos inquietos de un alumno buscaban la respuesta. La encontró, levantó la mano y dijo: «lo peor que puede pasar es “acabar creyendo” en Dios, pero esto en realidad es bueno».


¿Has visto con qué furia rompe el duro asfalto una flor diminuta? Me maravilla esta imagen. Mezcla de fe y esperanza, se unen a mi sobrecogimiento. La belleza siempre vence. Paseando por el pueblo o la ciudad, en más de una ocasión, me he detenido y agachado para observar. ¿Qué fuerza de la naturaleza es ésta? ¿Cómo es posible que un diminuto brote enfrente el peligro real de ser pisoteado? La fe del tierno brote desafiando el asfalto en la cuneta de la autopista es la que quiero. En medio del cemento gris, duro y sin atisbo de belleza, el tierno brote se abre paso para tener la última palabra. «¡Aquí estoy yo! Contra todo pronóstico, aun a riesgo de desaparecer bajo la suela de tus botas, la rueda de un camión o ser pasto de un intrépido caracol. Aun a riesgo de que no me veas». Ésta es la imagen de la fe que necesito. Dios mostrando su poder en lo cotidiano y ordinario. En lo inhóspito, casi en lo imposible e improbable. Allí donde no es esperada, la belleza está, aunque te tengas que agachar un poco. Bajarse a nivel de suelo. ¡Ahí está! A ras, abajo, ahí aguarda si miras y ves. Y lo más increíble, ni tan siquiera necesita tu mirada. No espera ni busca nada.

El martes de esta semana salí derrotada del instituto. Fue una jornada terrible; me sabe mal transmitir una sensación pesimista. No es la intención. En todo caso, mostrar con crudeza la realidad, sin paliativos ni maquillaje inútil. Dar a conocer las luchas internas que experimento en mi día a día. Cómo son las trincheras y el frente en el que combato. El duro cemento, el asfalto y el alquitrán. Y a pesar de que, humanamente, me siento pequeña, sé que no estoy sola. Esta es la esperanza que me sostiene, la fe en una promesa cierta. Como digo a mi nieta: al final ganan los buenos. 

Quiero mostrarte cómo, en este duro asfalto que es el instituto público catalán, irrumpen desafiantes tiernos brotes. Los puedo ver, casi sin agacharme, y los cuido como merece toda vida incipiente. Los celebro y agradezco. A Dios elevo mi mirada y gratitud. Disipan los nubarrones de desesperanza que asolan a cada momento esta distopía en la que se ha convertido el sistema educativo catalán, y me atrevo a decir español, y más allá de las fronteras de nuestra agonizante civilización europea. Actualmente, la cultura de la muerte tiñe de negrura todo rincón de nuestras vidas. Se subvenciona la muerte en detrimento de la vida. Y se recrudece en lo incipiente, como si no fuera ni vida ni merecedora de la misma

Te decía que salí por la puerta del instituto como quien huye de las plagas de Egipto. El éxodo. Una alumna, totalmente espachurrada en la silla, me contestó: «¿Y yo qué sé, brother?» Tuve que recordarle que soy su profesora, no su hermana. Mientras, en la esquina del fondo, otro pegaba a un compañero que, al parecer, se reía. «¿Queréis parar? ¿En qué momento os parece normal lo que está pasando? ¿En qué momento que te peguen es algo divertido?» Después de estar dos horas hablando del bullying y de tomar conciencia de que hemos normalizado cualquier aberración y maltrato, culminamos la clase con un alumno en el suelo porque le habían dado una patada en la espinilla. «¿Por qué has hecho esto?», pregunté, y la única respuesta, que no sólo exculpa sino que legitima, fue: «Me aburro». ¡Qué desastre! 

En momentos así me pregunto si estoy en el lugar correcto. Si sirve de algo mi labor. Si en realidad soy buena profesora. Salí por la puerta llena de dudas y pena. Fui a pasear por el bosque —ésta es la suerte del Instituto al que voy: la naturaleza—. Por la tarde tenía la evaluación de los míticos TDR (Treballs de Recerca) que los alumnos de segundo de Bachillerato deben realizar en Catalunya. Un peso extra que los profesores debemos soportar con estoicismo y entusiasmo. Lo primero lo hago, y más que estoicismo es una suerte de «no hay más remedio», una resignación que ni siquiera es cristiana. Lo del entusiasmo… no me sale, ni con esfuerzo. 

Mis dos alumnas hicieron una excelente investigación. Una sobre justicia y juventud; la otra, sobre neuromarketing. En la confirmación de sus hipótesis, ambas se dieron cuenta de algo alarmante: carecían de formación ético-moral seria y rigurosa. No se les había proporcionado nunca, ni a ellas ni al resto de jóvenes. No habían notado esta carencia hasta el desenlace de su investigación. Y esta ausencia de un tejido moral sólido que las cimentara en sus decisiones las dejaba frágiles, desnudas y presas de un sistema voraz. Estas reflexiones, desde mi mirada, son un tierno brote que hay que cuidar, nutrir, regar y permitir que crezca robusto. La sed y hambre de verdad. De Dios, sin ir más lejos. Aunque todavía no lo saben. 

En otra ocasión recuerdo que pregunté a unos chavales que probaban la clase de religión para saber si querían o no continuar, como quien prueba una chirimoya. En fin. La pregunta era: «¿Qué podéis perder viniendo a religión?» Silencio en el aula. Los ojos inquietos de un alumno buscaban la respuesta. La encontró y levantó la mano para bajarla de inmediato. «¿Qué ibas a decir?», pregunté con curiosidad. «Es que, en realidad, iba a decir algo que, pensándolo mejor, no es malo sino todo lo contrario. Iba a decir que lo peor que puede pasar es acabar creyendo en Dios, pero esto en realidad es bueno». El chico se quedó y cuidé ese tierno brotecito con mucho mimo. 

Otro tierno brote son todos los alumnos que se apuntan a religión por escapar de otra asignatura o porque piensan que allí se van a rascar la barriga a dos manos. Si lo llevo al terreno personal, sería como para ofenderse, pero, en realidad, con una mirada más divina, el hecho incontestable es que, por la razón que sea, están en el aula y yo les voy a hablar de Dios. Ésta es la realidad más allá de espurias intenciones que los movieron a mi materia. Cuido a estos alumnos como un huerto en primavera. Porque estos frágiles brotes puede que crezcan y den frutos. Solo Dios sabe. 

Un verano irrumpió en mi correo interno de Instagram un mensaje que decía: «Te quería agradecer todo lo que has hecho; me has reconciliado con Dios. Me he unido al grupo de jóvenes de la parroquia. Este verano voy a hacer el Camino de Santiago con ellos». Era una alumna de segundo de Bachillerato. Y de vez en cuando veo sus andanzas en sus stories juveniles, y los frutos no cesan. Como lo que me comentó el otro día una adolescente de cuarto: «¿Sabes que me he apuntado a catequesis para hacer la primera comunión? Mi abuela está emocionada». El ejército de abuelas siempre obtiene victorias desde sus trincheras ocultas. 

Tiernos brotes a cada rato; hay que agacharse mucho, a ras de suelo, mirar con mucha atención. Cada pregunta curiosa que formulan, el brillo de sus miradas cuando escuchan la respuesta. Ahora me acabo de acordar de un alumno de cuarto de secundaria. Éramos él y yo; no había más. Era desafiante, autista de altísimas capacidades, incomprendido y rechazado por el claustro de sesudos profesores. Se desregulaba emocionalmente y la liaba parda. Yo lo miraba y, es más, lo veía. Un delicado tallo rompiendo el hormigón armado del sistema. Le encantaban los videojuegos con simbología bíblica y de la Divina Comedia. Ante esta realidad, cuidar con ternura la luz que irrumpe en la oscuridad implica dejarse de remilgos y dar religión a partir del videojuego. Dos años de fructífera relación maestro-alumno. Devoraba cada información, preguntaba inquieto; eran clases raras, heterodoxas, pero entendí que atrapaban su atención. Me dijo que haría la primera comunión, para alegría de su abuela y de su padre. 

Cierro el escrito sabiendo que me olvido de tantísimos brotecitos. Se van a deslizar en mi memoria docente cuando ya haya enviado este humilde escrito. Lo sé, y aún en el anonimato, los honro y agradezco a Dios. Que no los nombre no significa que no existan. Muchos pasaron desapercibidos y eso hace que me vuelva muy cuidadosa, como un jardinero de un palacio real. No desatender mi mirada atenta, agacharme a ras de suelo para admirar la fuerza de la vida rompiendo el gris armazón de la indiferencia posmoderna. Todos somos y existimos ante la mirada amorosa de Dios, y, como colaboradores suyos, nuestra responsabilidad es descubrirla.

Dios trabaja en lo cotidiano, en lo escondido, en lo improbable.

Eulàlia Casas, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau


diumenge, 21 de desembre del 2025

Las misiones catalanas, peripecias de una profesora de religión (VII): ¡Que no nos roben la Navidad!


 

Las misiones catalanas, peripecias de una profesora de religión (VII): ¡Que no nos roben la Navidad!


Todas las canciones de Navidad del Instituto, en inglés: Mariah Carey, Georges Michael y John Lennon, que no falten. Y el organizador dijo: «Quería incluir alguna en catalán, pero claro, es que todas hablan del Niño Jesús»


Aviso al lector, las dos primeras frases de esta entrega, tiene dos rombos. Para los antiguos como yo, no se necesita explicación extra. Para los jóvenes, sepáis que hay un elemento de soez ordinariez y vulgar marranada sólo empezar. Disculpad, ésta es la realidad que manejo en mi día a día en los institutos. Vamos a ello.

Ante la imagen de la figura del rey negro practicando —lo siento por lo que voy a decir— una felación a la figura del pastor, hay dos posibles respuestas: una, «son adolescentes, ¿qué le vamos a hacer? Van como una moto. Todos hemos sido jóvenes…» La otra, que es la opción que tomé: «la clase termina aquí. Lo que acaba de pasar es grave». Fue más que una inocente o simple gamberrada. Hay líneas que no deben traspasarse. Ni cruzamos los que nos educamos bajo los dos rombos. Gamberros fuimos un rato, pero ciertas fronteras fueron respetadas. Faltaría más.

Las respuestas de los alumnos suelen ser: «¿pero, qué he hecho?» El cansino y diabólico mantra de quien no tiene claro lo que está bien y lo que está mal. Como era de esperar, este mantra fue la atónita —léase la ironía— queja de mi alumno, con cara de perpleja inocencia. Siempre respondo lo mismo: «No sé si me parece más grave lo que has hecho o que me preguntes qué has hecho». ¿Inocente hasta que se demuestre lo contrario? Para nada: mis ojos vieron todo el proceso, las risas y el cachondeo. Veredicto: culpable. Culpable y víctima juntos, cabe decir. Víctimas del sistema laicizante, desacralizado, adocenado, sin Dios, sin razón, sin raíz, sin sentido del bien y del mal. Cuando el hombre se convierte en masa, no tiene más guía que el luciferino enemigo. Borreguismo sin Dios. La deshumanización salvaje bajo la apariencia de poner al hombre en el centro del universo. La dictadura del relativismo operando con su fachada de progreso y bondad. Un cascarón vacío. Apariencias sin contenido. Decorados del escatológico teatro que se vive en los institutos a todo volumen.  Sin ley ni orden. ¡Todo vale! Mis deseos, mis derechos, mis privilegios. El caramelo envenenado que está estropeando a estos adolescentes. El dulzor, tarde o temprano, se vuelve amargo. Indigesto, insostenible incluso para el más progre.

Por cierto, te ubico; he aterrizado en esta pantalla en blanco sin contextualizar. Ésta fue mi última clase de religión antes del puente de la Inmaculada. Hace cuatro días, vamos. Con un grupo de segundo de la ESO complicado, por decirlo suavemente.

Durante el tiempo de Adviento explico todo lo que puedo —y me dejan— sobre la Navidad: la Virgen, San José, Jesús, los pastores, Herodes, los Reyes Magos, los inocentes, el ángel. Lo hago con las figuras del Belén; creamos escenas, diálogos. La única teología y religión viable de los postmodernos chavales.  Ellos participan, como si fueran unos improvisados «Pastorets». La clase se hace más amena, pedagógica y el mensaje llega. Pero con estos de segundo de la ESO, la cosa no fue bien. Apenas va ningún día. De manera que así terminé la clase. Sin más. Fin.

Hay que decir que, previamente, leímos juntos el fragmento del Evangelio en el que Jesús nos dice que, allí donde no se nos reciba o quiera escuchar, nos demos la vuelta y sacudamos el polvo de las sandalias. «¿Habéis entendido? Si no queréis escuchar, me callaré, sacudiré el polvo de mis sandalias y tan a gusto». De momento, considero que éste es el mejor Evangelio que pueden experimentar. Permitir la denigración y la indignidad de mi persona por cuatro adolescentes maleducados no es un ejemplo muy cristiano.

Y me pregunto entre triste y frustrada: ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? No solo a la escena marrana y sacrílega: ¿cómo hemos llegado al punto de tener un callo tan grueso que nada nos escandaliza? Voy a hilvanar algún cabo suelto a ver si logro llegar a algún tipo de conclusión. La madeja está tan enredada que apenas se vislumbra el hilo del cual tirar.  Escribo ni que sea para obtener un breve consuelo. Aunque no quisiera que estas letras fueran un desahogo estéril.

Para empezar, en el Instituto —y creo que en muchos en Catalunya— en el calendario no figuran las vacaciones de Navidad ni Semana Santa. Somos tolerantes y modernos, y aquí se hacen vacaciones de invierno y primavera. ¡Di que sí! Uno podría pensar y decir: «No seas quisquillosa, ¿qué más da?»; otros podrían ir más lejos: «Bueno, me parece una buena fórmula; así no se ofende a quien practica otra religión o no cree en Dios». Por cierto, el otro día un alumno musulmán me dijo que la Navidad es haram. Vaya por Dios. Mira tú qué cosas. El nivel de claudicación y cobardía cristiana seguro que ruboriza en tiempo presente a los valientes mártires de todos los tiempos. Menudo bochorno.

El tiempo es cosa de Dios, su creador; de manera que el calendario tiene sus fiestas religiosas. Tenía, porque ahora van desapareciendo poco a poco. El hombre se está apropiando de todo. También del tiempo de Dios y sus fiestas sagradas. El nuevo soberano: el hombre. Entronizado en su cátedra de oro chapado. Es el que legisla, ejecuta y juzga. Bien, se cree que lo hace, porque es movido por unos dedos invisibles. Un simple títere, sin más poder que el que el Enemigo le confiere. Pero no lo sabe. La ignorancia y la soberbia suelen darse la mano.

La Navidad, pues, en los Institutos se ha desacralizado. Como todo. Menos el alumno, sagrado, intocable, hacedor de su proceso de nulo aprendizaje.     

Recuerdo que el año pasado acudí a una convocatoria para que los profesores ensayaran canciones navideñas. Como toco flauta, pensé que sería divertido. El maestro de ceremonia, con su guitarra, dirigía el cotarro. Todas las canciones en inglés: Mariah Carey, Georges Michael y John Lennon, que no falten. En un momento dado dijo: «Quería incluir alguna en catalán, pero claro, es que todas hablan del Niño Jesús». Mientras lo escribo me parto de la risa. El sentido del humor, como mecanismo de defensa, me resulta lastimosamente útil en situaciones así.

Levanté el brazo, como alumna obediente: «Perdona, hasta donde yo sé, la Navidad celebra precisamente el nacimiento del Niño Jesús. Por eso lo encontramos en los villancicos». La obviedad fue tan aplastante que uno de los profesores autodenominado ateo me dio la razón. En fin, no soy una persona que guste de tener la razón; los que me conocen lo saben. Soy más bien del «team verdad», usando la jerga de mis alumnos.
 

Saturnales

 

¡Ah! que no se me olvide. Hace un par de años, el último día lectivo antes de las vacaciones de Navidad —que no de invierno— los chavales tuvieron una jornada festiva especial. Adivina: no había ninguna actividad navideña, menuda «antigualla». En esta ocasión se superaron con las Saturnales, como si estuviéramos en el Imperio romano precristiano. Saturno por aquí, Saturno por allí, tablillas con inscripciones paganas y demás. En fin, pilarín… Los paganos del siglo IV entendieron quién era el verdadero Logos —sangre, sudor y lágrimas mediante— para que en pleno siglo XXI volvamos a las Saturnales.

Sigo tejiendo los cabos enredados para que emerja algo coherente y con sentido. Hablando de las Saturnales y de la mano de alguien a quien admiro, Chesterton, cabe remarcar, recordar y recalcar lo que hizo el cristianismo temprano: «El cristianismo purificó el paganismo: quitó los demonios, pero conservó la alegría (o el encanto, o la magia)». Si volvemos de nuevo al paganismo sin entender que ya no es más que una reliquia del pasado, una antigualla real, nos vamos a hacer un lío descomunal. En ello estamos, de hecho.

Los primeros cristianos ordenaron esa alegría, el sentido del misterio y la adoración. Lo dirigieron hacia arriba, a Dios. Siguiendo a Chesterton de nuevo: con los pies en la tierra como los paganos, pero la cabeza en el cielo como los cristianos. Esas semillas de verdad —los sperma lógos— esparcidas por aquí y por allá, fueron reconocidas, honradas y alineadas a Dios. Único y verdadero.


¡Pongamos al alumno en el centro!


Y me pregunto: ¿qué semillas de verdad podemos ordenar ahora? ¿Cuál es la adoración? ¿A qué?  A uno mismo. ¡Pongamos al alumno en el centro de su proceso de aprendizaje! El resultado es nefasto. No sólo para mi ya perjudicado sistema nervioso, sino para la dignidad de estos alumnos. ¿Cuál va a ser la verdad de la que echar mano? La del caos, la del pecado, el mal. Y para eso no es necesaria prueba alguna. El patrón del mal operando a cara descubierta sin que nadie lo reconozca. La normalización de lo feo, falso, vacío. El infierno terrenal. Pocas pruebas necesita, el mal, se demuestra solo. Y pocos nos damos cuenta. Luchando heroicamente contra los que nos llaman pesimistas o profetas de calamidades. Católicos sonrientes y abrazadores emocionados nos señalan, «hay que ser optimistas, el pesimismo viene del enemigo». En fin…

Estoy viendo que hasta que no se toque fondo no habrá manera de volver a Dios: al orden, la razón y el sentido común. Hace unos minutos, una maestra de mates me decía: «Si al final no importa si crees en Dios o no, pero antes, incluso el más ateo sabía que ciertas cosas no estaban bien y merecían arrepentimiento y reparación. Ahora todo vale, y así nos va». Tocar con la punta de los dedos del pie el fondo permite hacer ciertas reflexiones. Atinadas. Mientras, la bandeja de entrada del correo arde con mails anunciando la enésima expulsión.

Desacralizando la realidad a través de detalles como los que he narrado, se está corriendo una peligrosa carrera cada vez más veloz. Si ya nada es sagrado, nosotros tampoco. ¿Dónde queda la dignidad? El hombre ya no tiene una misión trascendente, ordenada a Dios, sino inmanente, desordenada, en un carpe diem muy mal entendido. Un hedonismo que ha anestesiado a estos adolescentes, adormecido en su sensibilidad e intelecto. Vulnerables, manipulables, legisladores de su propio bien y mal. En una huida hacia adelante en pos del placer y su santo ombligo.

No hablar del niño Jesús en Navidad es demente, un disparate. Y no lo digo en plan «mira esta ultracatólica quejándose de estas tonterías. Déjanos ser libres. Son mis derechos. Yo decido, hago lo que quiero». Por cierto, algún día alguien debería explicarme qué quiere decir eso de «ultracatólico». No hablar de Jesús, María, José, el buey, la mula o los reyes en Navidad trae sus consecuencias. Amargas y amargantes.

En fin, desde que Eva mordió el  atractivo fruto que le prometió ser como Dios, vamos como pollos sin cabeza: dando círculos sobre nosotros mismos. Sin dirección. Sin rumbo. Sin dignidad. Sin cabeza, “sinrazón”. Pero Dios, tozudo, decide nacer cada año para poner orden y ponernos esa cabeza que nos permite recalcular la ruta, como un GPS. Trazar el itinerario con una dirección clara, en la noche más cerrada. Un destello de luz que rompe las tinieblas.

Dios ha nacido de una Virgen. ¡Menudo escándalo! Solo quien es capaz de agacharse para besar la tierna y divina mejilla del Niño puede recuperar la razón. Agacharse, arrodillarse, hacerse pequeño, humilde. Como los pastores. Como ellos. Mientras los estómagos agradecidos de los sabios y entendidos dormían plácidamente en sus mullidas camas.

El alma es sagrada, tanto como el cuerpo. No son azarosas, no caminan en círculos, sino que se encaminan decididas, siguiendo las huellas de los pastores de Belén. Al portal. A nosotros nos toca decidir qué huellas seguir. Esta es la verdadera libertad.

Quiero dejarte con buen sabor de boca: una alumna nueva de tercero quedó maravillada del relato de la Virgen y la Navidad. Su mirada recuperó el brillo de una verdad dormida que esperaba ser despertada. «Nadie me había contado todo esto...», me decía con ternura. Quizá el ángel también le ha susurrado y su corazón ha abierto la puerta a la Sagrada Familia y al Divino Hijo. Sólo Dios sabe…

Gloria in altissimis Deo, et in terra pax hominibus bonae voluntatis!

Eulàlia Casas, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau

diumenge, 7 de desembre del 2025

Las misiones catalanas, peripecias de una profesora de religión (VI): ¡En guardia! Llega la Navidad

Pesebre vacío

 

Las misiones catalanas, peripecias de una profesora de religión (VI): ¡En guardia! Llega la Navidad



El jefe de estudios del Instituto me dijo, ¡en septiembre!: «Este año mejor que no armes el Belén en el vestíbulo». Mi respuesta llegó en diciembre. La encontró en el vestíbulo con el Belén, más visible si cabe que el año anterior. Eso de la tolerancia me tiene un poco hastiada. «¡En pie de guerra! ¡Pon el Belén!»


 

De los creadores del «Feliz Ramadán», llega, redoble de tambores, ¡oh sorpresa!, la esperada y no menos aclamada «Felices vacaciones de invierno», o más moderno y progre si cabe, «Feliz solsticio». Vamos a ver cómo continúo, porque el tema se las trae, y tampoco quiero escribir desde la rabia, la tristeza o, peor todavía, la desesperanza. Aunque, pensándolo mejor, lo único que es pecado es lo último: la desesperación de quien no tiene fe. Y la ausencia de fe, eso sí que no puedo ni quiero permitírmelo. Escribiré, pues, con esperanza, que de momento viene apuntalada entre la rabia y la pena. Ésta es mi realidad, ahora y aquí. La ira santa de Dios, que me mueve a señalar todo lo que amenaza la verdad. La tristeza que me invita al recogimiento y al sagrado aislamiento del mundo para escuchar la voz de Dios en el silencio.
    

Valga este introito para decirte que la Navidad, desde niña, me ha gustado mucho. ¿A quién no? El uno de diciembre empezaba la cuenta atrás, el Adviento, que recuerdo con cariño. Tiempo de espera. Pero no una espera tediosa, como una cola en el banco, sino un tiempo para velar, estar atento y despierto. Las velas que se encendían semana a semana. Un calendario con purpurina con 24 ventanitas que escondían una modesta y sencilla imagen navideña. En mi época no había chocolatinas ni premios detrás de las minúsculas ventanitas. Nos emocionábamos con los dibujos de trineos, campanas o una estrella. La Navidad culminaba en la noche santa, misterio y asombro del nacimiento de Dios. La luz irrumpiendo en la oscuridad de la noche cerrada. La Misa del Gallo, el frío, el sueño en la bancada de la iglesia, los villancicos. Navidad era familia, el aroma insustituible de la escudella del día 25, el tió tan típico en Catalunya, el turrón y las burbujas del champán. La mezcla de olores tan dispares como el caldo, el pollo con ciruelas, el turrón de chocolate, el café recién hecho y el champán me descubre imágenes a buen recaudo en mi memoria. Indelebles. Como el niño Jesús, que nace a cada instante. El poema recitado en lo alto de la silla, durante la sobremesa, poco se habla de la prodigiosa memoria que teníamos de niños. La cabalgata de los Reyes Magos, y los nervios de la noche del cinco de enero. Magia de la buena, inocente y llena de calidez. Tantos recuerdos, que siguen vivos porque la tradición los mantiene para que mi nieta los entregue, cuando llegue el momento, a las generaciones que vendrán.
    

La Navidad no es sólo un día. Es un espíritu que impregna y da sentido a nuestras vidas, ya sea el día 24 de diciembre como el 2 de abril. La Navidad es Dios entre nosotros. Para quedarse. No se va al baúl de los adornos cuando termina después de Reyes. Dios no hace vacaciones. Permanece. Y, por concretar todavía más, la Navidad, en realidad, no son vacaciones. La alegría de la Navidad no es vacía, propia de la frivolidad de los anuncios de perfumes o las comidas de empresa. Es una alegría que nace en un portal de Belén, en un pesebre. Ésta es la alegría a la que estamos llamados a celebrar. Una cuna con el Niño Dios recién nacido y una tumba vacía. Ésta es la promesa cumplida que celebramos. De la cuna a la tumba. El misterio que salva y da sentido a todo. No son vacaciones, rotundamente no. Es santificar las fiestas. Es muy distinto.
    

Y con todo este espíritu navideño, con esta fuerza que sólo la alegría concede, me motivé en mi primera Navidad en el Instituto. ¡Cuántas cosas tenía que contar y compartir! Como profesora de religión, aprovecho el calendario litúrgico para explicar de dónde vienen las festividades, tradiciones y cultura. Es terrible constatar que los adolescentes no tienen ni idea de nada. Cero patatero.
    

Mi primer año, toda ilusionada, pregunté a los de segundo de la ESO, pensando que la obviedad hacía innecesaria la pregunta: «¿Qué celebramos por Navidad?». Silencio. Sigo cuestionando con la mirada. Kevin (un día hablaré de los nuevos nombres), un chaval de Honduras, dice vagamente: «Lo de Papá Noel, ¿no?». Mi cara debería ser un cromo. Disimulé y me hice la tonta. «Ah, sí, qué bien. ¿Y en el belén a quién ponemos?» Tenía las figuritas que había traído de casa para armar el belén en el vestíbulo. Saqué a la Virgen y a San José: «Ponemos a María aquí, a José aquí, y en la cuna… ¿Me puedes buscar a Papá Noel de bebé en la caja, Kevin?»
    

Justo en este momento, se dio cuenta de que algo fallaba, y su compañera tuvo su eureka y vino en su rescate: «¡El Niño Jesús! Celebramos el nacimiento de Jesús». ¡Madre del amor hermoso! Estamos peor de lo que imaginaba. En las Navidades de la rebelde masa de adolescentes, la cuna está vacía. Entre otras cosas, porque ni tan siquiera existe. Quedó eclipsada detrás de la oronda tripa de Papá Noel, las luces estridentes y los villancicos cursis en inglés. Entre tanto ruido, la cuna quedó en el olvido. Jesús sigue en un recóndito pesebre, entre pañales, vulnerable y divino, aguardando para que nos agachemos y lo acunemos entre nuestros brazos, para no soltarlo jamás. Y a mí me toca señalar con el dedo ese lugar. Este humilde gesto. A estos adolescentes sin raíz.
    

Éste es el nivel de los alumnos que eligen la asignatura de religión; imagina cómo es el resto. Ahora bien, todos tienen su calendario de Adviento, este año de no sé qué videojuego, y en cada ventanita, un código QR que regala no se sabe qué idiotez. Perdón por la grosería. Pero ya avisé: sigo enfadada. ¿Cómo hemos llegado a este punto en que hasta la Navidad se ha secularizado?
    

Ayer viernes, mientras conducía hacia el Instituto, entendí algo de una forma muy fuerte, viva y encarnada. En ciertas ocasiones, la toma de conciencia sobre algún tema la siento en la totalidad de mi ser. No es que tenga algún éxtasis que me incapacite, qué va, puedo seguir andando o conduciendo. Pero mi ser entiende algo fundamental. Así sopla el Espíritu Santo. Entendí, pues, que la materia de religión se va a convertir en una formación de trinchera, de resistencia, casi militar. De lucha. Porque, a veces, se nos olvida, pero estamos en guerra. Una contienda furibunda, sin piedad, que tiene como propósito la aniquilación de uno de los bandos. ¿Adivinas cuál? Una guerra con el final ya escrito, por cierto. Un instituto no es tierra de misiones como pensaba. En las misiones de antaño, al menos se adoraba a los dioses. Los paganos tenían un fuerte sentido del temor de Dios y del misterio y la adoración. Sólo era necesario ordenarla hacia el Dios verdadero. El bueno. Pero ahora, los adolescentes no adoran más que a sí mismos, como el resto del claustro. Un instituto es tierra quemada después de una cruenta batalla. El odio hacia lo cristiano, a Dios, Jesús, la Virgen. Toda raíz que recuerde quiénes somos de verdad, todo vestigio de nuestra identidad verdadera, todo fundamento de nuestra civilización occidental debe ser derrotado. Tierra quemada. De la catolicidad a la secularización. De la universalidad católica a la uniformidad cultural. Desde Teruel a Lima o Berlín, todo igual, sin distinción, sin raíz. Globalización lo llaman, la nueva religión del Dios sin rostro y su catecismo. Huérfanos de Dios. Sin padre ni madre, ni linaje. Como vulnerables terrones de azúcar, todos diluidos en una masa manipulable, sin espíritu ni vida. Sin raíz. Sin Dios. Sin humanidad. Sólo masa sin forma.
    

Como te decía, me vino este pensamiento después de ver esta semana la enésima barrabasada perpetrada, ya sea delante del Duomo de Milán, los bunkerizados mercados navideños alemanes, o la prohibición de encender luces en Manchester por orden de la alcaldesa musulmana. Ya no se trata de explicar la Navidad a mis alumnos para que tengan un mínimo de cultura. Se trata de formar nuevos soldados para defender nuestras tradiciones. «¡En pie de guerra!. Pon el belén, al niño Jesús, la Virgen y San José. Me conformo con eso, aunque no creas en Dios. Pero defiende esto antes de que sea demasiado tarde. ¡Hazlo! aunque no lo entiendas ni sientas. ¡Solo hazlo! Ocupa el espacio con la cuna y el niño, no lo dejes vacío, porque alguien lo va a llenar de otras cosas».
    

Y, por cierto, el acoso y derribo al verdadero sentido de la Navidad no sólo se vive y se sufre en lejanas ciudades, qué va. El guionista de la nueva película de terror que estamos viviendo escogió al jefe de estudios de uno de mis institutos para que me dijera, ¡en septiembre! —imagino que para asegurar las cosas—: «Este año mejor que no armes el Belén en el vestíbulo». El curso anterior, mi primer año en ese instituto, obviamente, con los alumnos, hicimos un belén que hizo las delicias de los demás alumnos. Vuelvo a septiembre y el jefe de estudios y sus delirantes exhortaciones. Mi silencio fue elocuente, porque ante tal absurdo, uno no puede más que callar y dejar al interlocutor que se enrede en su propia absurdidad. Defendió su desubicada indicación y me dijo: «Es que este año hay algún musulmán y se puede ofender con el Belén». En este instituto hay pocos musulmanes, entre otras cosas porque no hay estación de tren ni transporte público. No recuerdo qué le contesté, en realidad. Mi respuesta llegó en diciembre. La encontró en el vestíbulo con el belén, más visible si cabe que en el año anterior. Eso de la tolerancia me tiene un poco hastiada.
    

Elaboramos con los alumnos un cartel que pegamos en la pared donde rezaba: «Éste es el verdadero espíritu de Navidad; sin él, la Navidad es sólo consumismo». Elaboramos una serie de carteles, como si fueran globos de diálogo, en que se explica pedagógicamente qué es el belén, qué representa, cuál es su origen, para que todos los que pasen por el vestíbulo aprendan algo. Es enternecedor ver cómo a muchos alumnos, al ver el belén, se les despierta un sentimiento nuevo y entrañable. Un sentimiento que siempre estuvo allí y alguien arrebató. Muy genuino y olvidado.. A la vuelta de las vacaciones navideñas, en el vestíbulo de aquel gélido ocho de enero, retumba la voz del jefe de estudios: «Acuérdate de quitar el belén». En mi interior un «Dios dame paciencia», respondí con una radiante sonrisa; para ser fieles a la tradición, lo tendría que quitar por la Candelaria, pero tranquilo, lo harán los alumnos esta semana.
 

Me siento como un coronel de un ejército en lugar de una profesora de religión cuando se trata de enseñar sobre la Navidad. Hay que espabilar. Ponerse firmes. No claudicar. La única rendición permitida es a la voluntad de Dios. La rendición de la Virgen, la única actitud posible. Porque ya vamos tarde. Una Navidad sin la cuna en Belén no es más que un aquelarre de luz y color que diluye y desestructura mente, corazón y alma, para derribar nuestra civilización. Tal cual. Sin anestesia. Solo la verdad nos hace libres, y esta no siempre es bonita.
   

Ser profesor de religión es durísimo; el nivel de estulticia, indiferentismo, relativismo y cualquier -ismo que se te ocurra es la nada más absoluta. Convertir a cada adolescente en un nuevo inquilino de la gran masa en la que quieren convertir a la humanidad. Sin forma, sin cuerpo. Sin esencia, sin alma. Una suerte de plastilina moldeada por los dedos llenos de odio de ya-sabemos-quién. La destrucción y el odio a nuestra cultura tienen una rúbrica muy concreta.

La Navidad, el nacimiento del Niño Dios, aplasta la cabeza de la serpiente gracias al sí más estrepitoso que nunca se ha pronunciado antes. El sí de María, obediente, humilde, que pone de nuevo orden. ¡Gloria en el cielo y paz a los hombres de buena voluntad! Gracias a esta apartada cunita de Belén, todos estamos llamados a aplastar la cabeza de esta serpiente antigua. Y lo sabe. Y cuando guardemos de nuevo las figuritas, envueltas en papel de periódico, Jesús permanece en nuestros corazones, dispuestos y disponibles. Como la humilde cunita que lo hospedó por primera vez.
    

Dios me asista en esta heroica tarea un año más. Amén.
 

Eulàlia Casas, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau




dissabte, 22 de novembre del 2025

Las misiones catalanas, peripecias de una profesora de religión (V): Rezar por los alumnos

 

Las misiones catalanas, peripecias de una profesora de religión (V): Rezar por los alumnos



Yo no «pongo al alumno en el centro», como dice la Ley estatal y, últimamente, también el Papa. Yo pongo a Dios para que ponga orden. ¡Estaríamos buenos!

 

Me recordó a mis años de abogada, en los que perpetuamente estaba de guardia recorriendo comisarías y juzgados. Y, si te soy sincera, lo que he encontrado en muchas aulas poco difiere de lo que me encontré en aquellos ambientes policiales

 

Los Institutos en Catalunya son como pequeños reinos de Taifas. Se rigen por lo que llaman la autonomía de centros. Y sí, hay una Ley Orgánica de Educación a la que deben someterse pero, a la vez, existe este sentido de la independencia o soberanía propia de cada instituto. En la materia de religión, eso se nota. No es una cuestión menor. Si el director es creyente, como profesor de religión, estás de enhorabuena. Si no es creyente, ¡buena suerte! Yo he tenido ambas experiencias. Y también te diré que la probabilidad de caer en un instituto antirreligión es más probable que la otra. Los sesudos directores, la cuestión de Dios, la tienen superada. Son la élite intelectual de las mentes preclaras que han superado la «bobada» de tener fe. ¡Mucho mejor creer en la Agenda 2030! Es para partirse de la risa. Y continuar llorando. Mi primer instituto, el del Ramadán, entra dentro de la primera categoría. El director me recibió casi casi con banda y comité de recepción. Me dijo: «Yo estoy por la religión; lo considero un plus». Tampoco sé si eso lo convierte en creyente o no. Pero por lo que al profe de reli atañe, ofrece la garantía de que no va a obstaculizar la materia. Ni tratar al docente como un pringado. Luego me enteré de que esa semana una madre de una alumna de primero estaba a punto de entrar por registro una queja al Departament d'Educació, porque el Instituto llevaba más de un año sin profesor de religión. ¡Ole tú! Madre coraje donde las haya. Sea por la razón que sea, fui muy bien recibida por el director y me puso todas las facilidades para promocionar, en pleno mes de mayo, nuevas inscripciones. Ésta es la parte positiva de la descripción de mi primer día. Me dijo algo que no entendí en el momento: «Vas a estar aquí como de colonias». Luego comprendí a qué se refería. Te lo explico en breve.

Después de mi sonado primer día en el Instituto, vino el segundo, el tercero y así sumando días; en menos de una semana me di cuenta del pronóstico y el diagnóstico de la religión, del estado de la educación pública, los profesores y la devastación en las tiernas almas de esos adolescentes que, con cariño lo digo, de primeras, fáciles no son. Pero, con paciencia, llegas a amarlos y entender que no son más que víctimas de un sistema satánico. No se puede decir otra cosa que la realidad de lo que hay. El horario que me dieron era bastante patético; vine a sustituir a otra profesora, que no dejó buena huella, por cierto, y quizá de esto deberé hablar más adelante. Como decía, el horario era una birria, con un montón de espacios libres que se destinaron a hacer guardias. Cuando un profesor no acude al instituto por la razón que sea, su clase debe ser cubierta por el profesor que está de guardia. Me recordó mis años de abogada en los que perpetuamente estaba de guardia recorriendo comisarías y juzgados. Y si te soy sincera, lo que he encontrado en muchas aulas, poco difiere de lo que me encontré en aquellos ambientes policiales. Me di cuenta, pues, de que a nivel académico, en lo que la religión respecta, la cosa dejaba mucho que desear. Aquí es donde entendí lo que significaba estar de colonias. Todo mi entusiasmo, las grandes cosas de las que les hablaría a los alumnos, se quedó, básicamente, en recordar y recalcar las normas básicas de educación: «levanta la mano antes de hablar, no comas chicle, no interrumpas, no hagas ruidos raros, respeta a tus compañeros, no hagas payasadas, no puedes ir al lavabo por quinta vez en veinte minutos, para de dar golpecitos con el bolígrafo, deja de ensuciar la mesa con el pegamento…» Normas que deberían tener superadas en la primaria, hecho que para nada es así, tal como fui comprobando. Estos chavales, los que abundan en los institutos, son hijos del sistema materialista, hedonista, utilitarista. No tienen ninguna conciencia de que ellos también tienen una dimensión espiritual. Todo lo que relacionan con esta palabra, es la ouija o el Charly Charly. Tristemente, me pasé calentando silla en el aula de profesores, cuando no cubría ninguna guardia. La sensación interna de no ser útil, estar desaprovechada, no poder derramarme generosamente en dar clase, me hundió en la miseria. Sí, tal cual. Pero no retocé por mucho tiempo en el lodo. Entendí que el desánimo es justo lo que quiere el Enemigo, hacernos sentir inútiles, los tontos de religión, los que académicamente son poquita cosa. La irrelevancia más absoluta. Y en ese sentirnos inútiles, a veces nuestra dignidad viene tocada peligrosamente. Nuestro sentido del servicio y la misión menguado y a los ojos de los atareados profesores, el pobre de religión calienta silla mano sobre mano. Ésta es la sensación que experimenté y comprendí que en este desánimo o tristeza, lo que el Enemigo pretende es que abandonemos. Saltemos del barco en busca de otras ocupaciones con más solera, más validación o reconocimiento en el claustro. Al percatarme de ese sutil ataque casi imperceptible con firma del Enemigo, busqué estrategias para mantener mi dignidad, que de todos modos, es intocable. Al Enemigo le encanta confundirnos. Sentir que no valemos nada, que eso de la religión es una chorrada, que Dios nos abandona y le importamos un bledo. Y en realidad, tal tentación, ¿no es la que Jesús combatió en Getsemaní? La sabiduría de la cruz es necedad para el mundo.

Por otro lado, desanimando o perdiendo la esperanza, sentía que era una floja. Vamos a ver, San Pablo no fue siempre recibido con los brazos abiertos y vítores de entusiasmo, o me venía la imagen del apóstol Santiago abatido a orillas del Ebro, o San Bonifacio dudo que transitara un camino de rosas. En fin, ¿quién era yo para hacerme la víctima? Al menos no me matan como a tantos. Me ningunean, sí. Me matan en otro sentido, no incluyéndome en su mundo, pero, ¿realmente encajaba y encajo yo en ese sistema diabólico? No, por supuesto. Me hice pasar la flojera y el victimismo. Lo hago cada vez que asoma en el horizonte. Así como el momento palomitas me ayuda a la santa indiferencia, de la que mi amiga cómplice de llantos y trinchera me explicó.

¿Qué decidí hacer? Rezar. Como si no hubiera un mañana. Mientras conducía, en el coche, rezaba el rosario para mis alumnos, los profesores, el instituto. Cuando entraba por la puerta, volvía a las oraciones. Me visualizaba, y sigo haciéndolo, entrando de la mano del Arcángel Miguel. El ambiente es denso y he llegado a traer un frasco de agua bendita con la que rociaba el aula antes de empezar. Cuando paso por los caóticos pasillos (describir eso me llevaría mucho tiempo), rezo un silencioso Avemaría o Padre Nuestro. Hago lo mismo en las guardias o cuando mis alumnos de reli les da por ser unos maleducados. En bucle, rezo. Una y otra vez. Aunque sea visualizo a Jesús o la Virgen en medio del aula. Yo no «pongo al alumno en el centro», como dice la Ley y, últimamente, también el Papa. Yo pongo a Dios para que ponga orden. ¡Estaríamos buenos! También me encomiendo a las benditas almas del purgatorio, dialogo con ellas «vamos a ver, si por aquí hay alguna alma que puso obstáculo a la fe, contraria a a fe, perseguidora de la fe, hagamos trato, yo rezo por ti y tu me ayudas con estos alumnos y me ayudas para que más alumnos se inscriban».

Una de mis oraciones recurrentes es la del padre del hijo poseído: «¡dame más fe!» Por eso, Dios me ha colocado en tierra de misiones, justo para que mi fe madurara y se depurara. Para no confundirla con efervescencias emocionales, edulcoradas y de una felicidad epidérmica. No soy yo quien tiene que ser feliz, es más, no lo soy. Salgo del instituto cansada y hastiada, frustrada y triste en más de una ocasión. Enferma. No me gusta lo que veo y siento. Pero Dios sabe más que yo, lo que necesito, más allá de lo que deseo. NO es mi felicidad lo que está en juego, es la suya la que vale  Supe, entonces, Dios no mira lo externo, sino el corazón, y lo que a los ojos del mundo pueda parecer absurdo, un cristiano sabe que no es verdad. Pensé «a lo mejor todo lo que se nos pide en estos tiempos tan escatológicos como apocalípticos tiene que ver con rezar por todos ellos. ¿Quién debe rezar por esos críos?” ¡Y por los profesores?»

Más adelante descubría algo que me emocionó, el ejercito de abuelas que rezan por sus nietos. Poco se habla de ese ejercito anónimo de abuelas y abuelos que calladamente pero con ímpetu, fe, esperanza y mucho amor sostienen las generaciones venideras. Sepa el capitán de este glorioso ejercito, que tienen un nuevo soldado. El más bajo en la jerarquía, pero me tienen en sus filas.

Eulàlia Casas, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau

 


 


 

dissabte, 8 de novembre del 2025

Las misiones catalanas, peripecias de una profesora de religión (IV): El claustro

Cláustro del Monasterio de Pedralbes (Barcelona)
  

Las misiones catalanas, peripecias de una profesora de religión (IV): El claustro


La autoridad, ahora mismo, es el alumno, con sus libres y espontáneas ocurrencias. De manera que el profesor, despojado de la «patriarcal y opresiva» autoridad, ha decidido asimilarse a sus adolescentes alumnos: sus colegas y «amiguis».


El claustro. ¿Qué te evoca esta palabra? A mí, como católica, me traslada a uno de mis lugares favoritos: ese espacio perfecto, en los monasterios, donde recogerse en quietud, con el sonido del agua de la fuente, el piar de los pájaros, quizá el zumbido de algún insecto, el cielo que se adivina como un espacio abierto, evocando el hogar, la fragancia delicada del naranjo en flor, también un ciprés, las plantas medicinales. El silencio elocuente. Cada planta tiene su propósito, su orden, su lugar. Todo tiene un propósito ordenado a Dios. Cada sentido tiene cabida en ese lugar, tanto en la tierra como en el cielo. Para mí, el claustro es ese lugar y ese estado de recogimiento del alma: contemplación, oración, deambulación silenciosa, estudio, trabajo. Silencio. Y las piedras que hablan de tiempos tan remotos como eternos. Los tiempos de los hombres y el tiempo de Dios. En el claustro, Dios se hace muy presente. Se nota y se respira.


Cláustro del Monasterio de Poblet (Tarragona)


Pero desde que estoy de misiones en dos institutos públicos, la palabra claustro se impone con otro pesado significado. El recogimiento, el deambular orante, se transmuta en mal humor, pesadumbre, enfado, tedio. Pérdida de tiempo. ¿Cuál ha sido la evolución, o mejor dicho, involución de la palabra claustro en la educación? El claustro, noble espacio de los monasterios, trocitos de cielo en la tierra, ha vaciado del todo su esencia para ser una tortura. Lo siento. O ni tan siquiera eso. Hay que decirlo, y se dice. El claustro, en el instituto, es el conjunto de los profesores. Esa comunidad de docentes que, en mi imaginario, debería ser honorable, digna, noble. El docente como autoridad en toda su magnitud. La palabra claustro, en el instituto, tiene una dimensión que no viene representada por lo que conforma el grupo de docentes. Su aspecto es más de pandilla, peor todavía, de cuchipandi. Ésa es la imagen que irrumpe en mi mente en cada mal llamado claustro. ¿En qué momento de nuestra estrafalaria historia los docentes se han convertido en un conjunto de variopintos personajes? El profesor del siglo XXI, ni en mis sueños más locos de niña, se hubiera acercado a eso. Para ser justos, todavía queda alguno con la presencia suficiente para mostrar la dignidad que debería ostentar un profesor; para ser reclamo suficiente del respeto que la autoridad requiere, para dignificar no la profesión, sino la vocación. Uno no es profesor como por descarte. Debería ser una vocación, un llamado. Una pasión. Amor por el conocimiento, por uno mismo, por el alumno.

Me gustaría ser justa, ecuánime, caritativa en la descripción de los actuales claustros y sus dinámicas. En mi lógica mental, un profesor es la autoridad frente al alumno. Este digno y necesario revestimiento ha sido demolido por la actual ley, secundado por la Iglesia en el caso de la materia que imparto. La autoridad, ahora mismo, es el alumno, con sus libres y espontáneas ocurrencias. De manera que el profesor, despojado de la «patriarcal y opresiva» autoridad, ha decidido asimilarse a sus adolescentes alumnos: sus colegas y amiguis. Repito, todavía quedan honrosas excepciones a la distopía que acabo de describir. Tampoco estoy diciendo que un profesor deba ir a la última moda, ni esas frivolidades. El hábito no hace al monje —¿o sí?—. Pero sí debe mostrar su dignidad. Me acuerdo cuando celebraba juicios. No iba ataviada con alpargatas y minifalda. La toga me diferenciaba del resto, como la del juez con sus puñetas, el fiscal o el secretario. Debería haber un dress code en los institutos. He visto profesoras con minifaldas que parecen cinturones anchos, escotes de vértigo, shorts que uso para ir a la playa en agosto. Profesores en bermudas, camisas hawaianas o del Che. Cada cual luciendo sus sofisticados tatuajes, piercings, pelos rosas, verdes o lilas. El pañuelo de Palestina que no falte. Insignias multicolores del colectivo LGTBI y mil letras más. ¿Logras crear la imagen en tu mente? Yo lo veo y sufro cada día.

Por otro lado, el claustro es la reunión de la cuchipandi. Cuando veo en mi bandeja de entrada la convocatoria, me pongo tensa. Otra reunión de una hora y media que podría solucionarse con un simple WhatsApp. Son tediosas, repetitivas, cansinas. Por lo general, habla el director o la directora, el equipo directivo. Siempre se comunican las mismas cosas, un año tras otro. Es gracioso, porque luego los docentes vamos locos preguntando sobre esto o aquello en la inmediatez de nuestra jornada, cosas que ya se dijeron en claustro. Los profesores nos quejamos de que los alumnos hablan en clase, igual que el docente habla y no atiende en el claustro. Poesía. Para rellenar el tiempo, siempre hay algún profesor que habla de algún proyecto que está liderando. El nivel de vanidad académica es pasmoso, y lo más bochornoso es el grado de desapego de la realidad. El proyecto del claustro es propio de una civilizada escuela de Finlandia, y en las aulas, un meme. La venta de humo es una práctica muy extendida. Te prometo que no estoy exagerando en nada de lo que digo.


 
Mayo del 68, París

Voy a describirte dos claustros en concreto: el último, que me enfadó, ruborizó e indignó a partes iguales, y el de hace un par de años, en que tuve que desenvainar la espada. El primero que quiero describirte fue hace cosa de dos semanas: el solemne claustro de inicio de curso que se abre con una conferencia inaugural. Todavía tenía el recuerdo del del curso anterior, un experto en una suerte de feng shui académico que, a lo largo de su exposición, se reveló como un simple comercial de muebles de institutos. Sólo faltaba sacar el catálogo, la hoja de pedido y hacer la comanda colectiva. En fin. El curso anterior a éste tampoco fue para tirar cohetes: un chaval de no más de treinta años, de la Universidad Autónoma de Barcelona, nos pretendía vender las bondades de la nueva ley educativa. En fin.

Entre los docentes había una cierta expectativa en esta ocasión: la conferencia estaría a cargo de un insigne profesor recién jubilado. «Es muy bueno, es la caña, esta vez creo que estará muy bien». En mi interior, un escéptico: «ya, ya…» En verano, el atuendo de los docentes es más propio de un chiringuito que de una institución de enseñanza pública. Por cierto, quiero mencionar que los edificios de escuelas e institutos no son la representación de la belleza en la tierra. Son horrendos, la fealdad pluscuamperfecta. Tengo en mi recuerdo las Teresianas, Escolapios, Jesús María, Jesuitas de Barcelona: nobles edificios donde todo invita al orden y al noble arte de la educación. En fin, los bloques de hormigón armado en los que nos toca estar hacinados evocan más a un centro penitenciario que educativo.

Dicho esto, vamos al solemne claustro inicial. La cuchipandi con alpargatas y bermudas, minifalda y escote palabra de honor, sentados. Aparece en escena el profesor recién jubilado. Con estas reseñas, uno imagina un digno anciano, elegantemente vestido, con la bondad y sabiduría de quien se ha dedicado, cuerpo y alma, a educar a las jóvenes generaciones. Pero no. De nuevo, la realidad hace trizas lo que debería, por sentido común, ser. El insigne profesor, con su cola de caballo, sacado de alguna mani del mayo del 68, con canillas como piernas, al descubierto, con unos shorts más propios de Formentera, con un look de hippy de antaño,  compartiendo vermut con sus colegas académicos. En fin, ¿qué podía salir mal?

Después de fallidos chistes de la jocosa introducción, nos presentó el meollo de la revolucionaria exposición: el amor. Me puse en guardia a ver con qué nos sale. En religión, ¿qué imparto sino amor? Amor en mayúsculas. Cáritas, concretamente. Con cincel, escarpa y martillo debo abrirme paso en las mentes y corazones de estas pobres víctimas del sistema. Escarbar entre tanta ideología para hallar un espacio disponible a fin de que entre la luz. «Dios es amor. Dios te ha creado porque ha querido, no por error o por un descuido o porque se aburría o se derramó como una piñata. Dios ha invertido toda su inteligencia, libertad, voluntad y amor en moldear de la nada tu cuerpo y alma. Así de amado, así de amada eres tú. Y eso, que sepas, lo cambia todo. Tu dignidad es sagrada, tu libertad es tu identidad querida por Dios. Da la respuesta más elevada. El amor es la respuesta a todas tus preguntas». Y los alumnos agradecen este recordatorio que todo niño de los setenta tenía claro.

El amor que nos presentó el profesor escapado de una fiestuki en Formentera no fue ni tan siquiera una burda imitación del verdadero. Todo giró en torno a un sentimiento amoroso y las instrucciones para escoger pareja, no necesariamente heterosexual, ¡válgame el cielo! No hay que imponer a los chavales ni tan siquiera la idea de escoger pareja del sexo opuesto. ¡No seamos retrógrados! Hay que dejar la puerta libre y la vía expedita a la experimentación. Que se note que somos hijos del 68. Desde su cátedra de superioridad moral, se jactó sin pudor del orgullo que sentía cuando lograba romper alguna pareja que, a su parecer, no obedecía a los nuevos cánones del amor escritos de su puño y letra. Una hora y media de mi vida invertida en tamaña demencia. Y luego, quien adoctrina es el de religión. El mundo al revés.

Voy al otro claustro donde tuve que desenvainar la espada. Estaba yo sentada, luchando para no dormirme, cuando oigo la voz del director, como quien pide perdón por tener que ofertar la religión como materia. ¡Ojo! Levanté la oreja para escuchar mejor. Se añade una profesora de matemáticas —el sector duro de lo que es verdaderamente útil— y, con la autoridad moral de quien desprecia a Dios, suelta: «No entiendo qué pinta la religión en un instituto, y encima católica. ¡Para mayor inri!» Intervine porque no pude más. ¿Con qué desfachatez se atrevían a cuestionar que la religión estuviera ahí presente? ¿Acaso hago lo mismo con las mates o las lenguas? Vaya siempre el respeto por delante. «¿Pero qué tenéis en vuestra cabeza?», pensaba indignada. Buscando la manera de ser cortés, atiné a decir: «¿Qué pensáis, que voy a clase crucifijo en mano rociando de agua bendita a los chavales? La religión es cultura y no en vano Europa se llamó la Cristiandad durante más siglos que Europa. ¿No os dice nada eso?» Silencio en la sala, para variar. El profe de educación física, en un imperceptible susurro, me felicitó. Que, por cierto, si hay educación física, ¿por qué no espiritual?

Durante la siguiente semana, más de uno, a escondidas, como Nicodemo, me vino a felicitar. Ya es algo. En público, me quedé más sola que la una. Bien, Jesús en la cruz tampoco tuvo a una muchedumbre llorando, ¿no?

En el claustro del monasterio, Dios pone orden, y se nota. En el claustro del instituto, a Dios lo han mandado «al rincón de pensar», y también se nota. Sin orden, como pollos sin cabeza, los docentes se lamentan y lloran, se deprimen o enfadan. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Qué podemos hacer? ¿Te lo digo o te lo cuento, querido colega? Dios, en el rincón de pensar, sigue presente y deja hacer; quizá necesitamos tocar fondo. Todavía más. Y desde ese lodo, en el hondo abismo, finalmente mirar arriba para sacar a Dios del rincón de pensar y que ponga un poco de orden. Y de cordura.

Me he excedido, demasiadas palabras. Seguiría con gusto, pero no quiero aburrirte. Poco a poco. Continuará. Quiero mostrarte también los pequeños brotes que irrumpen a través del duro asfalto. Eso ocurre. Entre tanto llanto y barbarie, Dios se abre paso y florece.

Eulàlia Casas, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau

 

Mayo del 68, París