Els dies morats d’Antoni Gaudí
Sacrifici i penitència, la quaresma de 1894
El contemporani Jordi Elías assegura en un breu fragment de la seva obra biogràfica, dedicat a la vida amorosa de l’arquitecte, que, en un determinant moment, potser precipitat per la frustració o per la soledat, el sentiment amorós d’en Gaudí es transformaria en una vida religiosa d’una gran intensitat.
Si bé nosaltres defensem —com també sosté Cèsar Martinell— que el fervor del nostre beat no es pot reduir a una suposada conversió interessada per a cobrir-se de la necessitat, iniciem l’article amb aquesta afirmació perquè, en certa manera, recull amb encert la naturalesa del sentiment religiós d’Antoni Gaudí, intens com la més noble de les passions humanes.
No essent l’objectiu d’aquestes notes, aprofitem l’avinentesa, esbossada aquesta transició vital, per a dedicar unes paraules a la polèmica joventut del venerable arquitecte. L’any 1870, l’arqueòleg Eduard Toda, amb una participació no definida d’Antoni Gaudí, elabora un manifest de joventut per a la restauració del Reial Monestir de Santa Maria de Poblet —destruït amb l’exclaustració i la desamortització de Mendizábal.
En el seu preàmbul s’expressa, a malgrat d’aquesta noble intenció de restauració, un dipòsit d’idees progressistes i anticlericals propietat de l’època.
«Poblet debe ser restaurado, sí; no debe volver a morar en él este ominoso poder de buitres que un día devoraron la conciencia del pueblo hispano para así ahogar el recuerdo de sus maldades, debe, para que forme singular contraste con sus antiguos días, ser erigido en sublime templo de la humanidad donde las ciencias y las artes tengan sus museos y academias.»
«[Gaudí] Era tan apasionadamente anticatólico que no vacilaba ante las más vocingleras manifestaciones de anticlericalismo. Parándose, por ejemplo, a la puerta de las iglesias para increpar los fieles con el grito entonces muy elocuente de borregos».
L’afirmació, d’en Feliu Elías, és interpretada i sentenciada per Martinell:
«Es posible que en lo transcrito el autor, como caricaturista que era y poco creyente —el mateix Elías es riuria de la posterior religiositat de Gaudí bo i dient que Nostre Senyor l’havia castigat amb la fe— hubiese cargado la nota irreligiosa, lo del rito nocturno blasfematorio, en una tertulia que frecuentaban a veces el canónigo Collel y el sacerdote Verdaguer, resulta caricaturesco.»«Si existieran estas etapas antirreligiosas en el orden sobrenatural, la religiosidad de después tiene más valor. Al buen pastor y al padre del hijo pródigo les alegra más el retorno de la oveja perdida que la permanencia de las otras reses en el redil.»«No sabemos el tiempo que duró esta etapa de su juventud ni se le conoce otra manifestación anticlerical que las ya referidas. […] Doy por seguro que Gaudí nunca se sintió desconectado de la religión.
La turbonada anticlerical fue cosa superpuesta que pudo adormecer, pero no extirpar los principios de la fe que Gaudí había heredado de sus mayores y fomentado en los años de la infancia y adolescencia, que suelen dejar huella en la vida.»
Tot això —que per a Martinell era producte de l’atracció intel·lectual que les idees modernes del progrés i de la llibertat havien de produir naturalment en la joventut d’una ànima bondadosa— no té gaire entitat ni evidència. És cert que existeixen aquests testimonis —i, per tant, certa incertesa—, però, damunt d’aquests relats no s’hi poden asseure les afirmacions agosarades que acusen la joventut de Gaudí d’anticlerical i descreguda.
Joaquim Bassegoda —company d’estudi d’en Gaudí, testimoni sòlid— afirma que mai l’havia sentit parlar malament de la religió i que aquest mai havia interromput la participació en els sagraments a la Catedral de Barcelona.
El sentiment i la pràctica religiosa li foren sempre dominants, hagués participat de més o de menys en aquest moment d’agitació social. La vida i l’obra, privada o pública, que ocupen tota la maduresa de l’arquitecte, demostren una fe sòlida i contundent.
···
Relatem, d’endavant, un episodi poc conegut de la vida d’en Gaudí.
El beat era un solemne defensor de la mortificació corporal, bressol de l’alegria de l’ànima, i va contenir la seva vida amb els cinyells de l’esforç extrem, la sobrietat del menjar i l’exercici corporal.
«Cal estar ocupat tot el dia, intel·lectualment i manualment, caminant i fent exercici, tot a proporció de les forces que es tenen. Així es dorm tota la nit completa, i això és l’equilibri, la compensació, la vida. [···] Cal menjar, dormir i abrigar-se solament el necessari i fins que en sentim la necessitat».
Ens servim del relat dels seus més propers col·laboradors, per a mostrar l’exemple més extrem d’aquesta convicció, la rigorosa mortificació dels dies morats de 1894. El 24 de març de 1951, al Diario de Barcelona, Ricard Opisso publica:
«Fue allá por los días de la cuadragésima de 1894 cuando nuestro arquitecto hacía ya unos días que no se acercaba por las obras. Sufría un agotamiento físico por haberse impuesto una demasiada rigurosa e inquebrantable abstinencia, junto con el cansancio que padecía hacía algún tiempo debido a sus intensas actividades e ingentes esfuerzos para poder llevar a cabo sus recientes y simultáneas construcciones.Por aquellos días de Cuaresma de dicho año, el arquitecto quiso gozar las dulzuras de la contemplación, extremando con demasiado rigor la dieta cuadragesimal, más de lo que la iglesia prescribe, consagrándose por entero los ejercicios del espíritu y a las prácticas de la devoción, con serio quebranto de su salud. Su atribulado padre, a la sazón ya septuagenario, fue en busca del doctor Santaló, su fraternal amigo, todo fue en vano.Así es que el bueno de su colaborador, el señor Berenguer iba a visitarlo casi a diario en su domicilio de la calle Diputació, para consultarle mil detalles respecto de sus obras. Tanto se fue agravando el señor Gaudí en su enfermedad que al fin todos los que formábamos el equipo técnico, que, dicho sea de paso, lo considerábamos poco menos que un dios, decidimos ir a visitarlo un domingo inicial de Semana Santa. Una vez hubimos llamado a la puerta de aquel cuarto piso, nos salió a abrir una jovencita de voz cantarina y cautivante, muy vivaracha y decidida a la vez. Al punto, y sin anunciar nuestra visita, nos hizo pasar a la habitación del señor Gaudí. Mas al llegar al umbral pronto nos detuvimos sin osar entrar. Tan mala fue la impresión que nos causó aquel mísero aposento, tan pelado y pobre de muebles estaba que incluso para hacer más inhóspito el ambiente de sus paredes pendían a trizas y a jirones grandes desempapaleduras del desteñido y mohoso papel con el orden tajante del señor Gaudí de que no se tocara para nada.He dicho tan pelado y pobre de muebles, mas yo no sé hasta qué punto pueden llamarse muebles a un pobre camastro y a un liviano e inconfortable sofá de los llamados de Viena, de caracoleadas curvas, con el respaldo y el asiento de rejilla, que, a juzgar por la baraúnda de enredos y chirimbolos que en él había, servía de mesita de noche y de perchero a la vez. Recuerdo también que dentro de aquel revoltijo de cosas se veían varios números del periódico La Renaixença, además de un pequeño ejemplar del Kempis, su pasto espiritual. Y como presidiendo toda aquella ficticia miseria, encima del respaldo del sofá se veía un pequeño crucifijo sin valor artístico ninguno, con un termómetro al lado.A todo esto la figura de Gaudí yacía postrada en aquel mísero camastro, con las manos blancas y enjuntas, todas piel y hueso, cruzadas sobre el pecho, pero no metido entre las sábanas como era de suponer, sino tendido encima de ellas y como si quisiera ir al cielo vestido y calzado.Mas, a decir verdad, nunca como en aquellos instantes vi en el semblante exangüe de Gaudí, tanta nobleza y majestad de santo. Aquella su cabeza aureolada con el pelo y la barba de un rubio azafranado, con la boca entreabierta y entornados los ojos, aquellos sus ojos azules de reflejos metálicos y aquellas facciones tan finas como talladas a cincel, resultaban una cosa verdaderamente impresionante. Sin duda contribuía a ello que, no habiendo ni cortinajes ni visillos en el balcón, la luz entraba a raudales dando de lleno en su figura y dorando su semblante, más esclarecido por el resplandor que salía de su interior de su alma, de santo que por la luz que recibía de fuera. Por otra parte, tan absorto estaba, que daba la impresión de que ni los bríos de aquella vivaracha y desenvuelta sobrina en la irrupción nuestra no le importaban para nada, como si no nos viera y no estuviera con sus sentidos en la tierra, como muriéndose de no morir como nuestra santa Teresa de Jesús, en la expresión de su semblante se adivinaba un no sé qué de misterio, algo fuera del tiempo y del espacio.Ante el temor de un desenlace fatal, el señor Rubió y el señor Berenguer decidieron ir en busca de su más entrañable amigo, el doctor Torras y Bages, que a la sazón vivía a dos pasos de allí, o sea, en el pasaje de Permanyer. Se dio la feliz casualidad de que lo encontraron en casa. Al poco rato aquel sabio sacerdote estaba en presencia de Gaudí. Eran de oír las atinadas reflexiones que, con gran interés, profundidad y piedad, salían de los labios de aquel otro santo varón y sabio filósofo a la vez.Tras aquellas palabras de tan prelado sacerdote, dichas con afable y sublime llaneza, pero al mismo tiempo llenas de prudencia y alto juicio, comprendimos, tanto por la expresión de su semblante como por su respirar, que en el interior de Gaudí se libraba una batalla íntima entre continuar su sacrificio y expansión hacia Dios o bien obedecer las razones del sabio doctor, llenas de amor real y humano, al propio tiempo que ungidas de espiritualidad y divinas inspiraciones. Por fin nuestro genial arquitecto, apreciando todo el valor que contenían, reaccionó como por milagro de aquel profundo sopor en que había estado sumido y una expresión de sumo agradecimiento iluminó su semblante».
«Bon amic Antoni, tot i que el sacrifici és sempre l’acte més heroic i meritori, per assolir la vida eterna, no per això és precís turmentar-se d’aquesta manera. La vida és curta i passa aviat! Un home no l’ha d’abandonar a la pròpia voluntat, sinó per la de Déu. I amb més raó en el vostre cas, que teniu la missió assenyalada en aquesta terra de dur a terme l’obra començada per desig de Déu i per a nodriment espiritual dels cristians».
«El sacrifici és l’única cosa fructífera».
—Antoni Gaudí
Dr. Pere Pau, Círcol Tradicionalista de Barcelona Ramon Parés y Vilasau.
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Los días de morado de Antoni Gaudí
Sacrificio y penitencia, la Cuaresma de 1894
El contemporáneo Jordi Elías asegura en un breve fragmento de su obra biográfica, dedicado a la vida amorosa del arquitecto, que, en un momento determinante, quizás precipitado por la frustración o por la soledad, el sentimiento amoroso de Gaudí se transformaría en una vida religiosa de una gran intensidad.
Si bien nosotros defendemos —como también sostiene Cèsar Martinell— que el fervor de nuestro venerable no se puede reducir a una supuesta conversión interesada para cubrirse de la necesidad, iniciamos el artículo con esta afirmación porque, en cierto modo, compilación con acierto la naturaleza del sentimiento religioso de Antoni Gaudí, intenso como la más noble de las pasiones humanas.
No siendo el objetivo de estas notas, aprovechamos la ocasión, esbozada esta transición vital, para dedicar unas palabras a la polémica juventud del venerable arquitecto. El año 1870, el arqueólogo Eduard Toda, con una participación no definida de Antoni Gaudí, elabora un manifiesto de juventud para la restauración del Real Monasterio de Santa Maria de Poblet —destruido con la exclaustración y la desamortización de Mendizábal.
En su preámbulo se expresa, a pesar de esta noble intención de restauración, un depósito de ideas progresistas y anticlericales propiedad de la época.
«Poblet debe ser restaurado, sí; no debe volver a morar en él este ominoso poder de buitres que un día devoraron la conciencia del pueblo hispano para así ahogar el recuerdo de sus maldades, debe, para que forme singular contraste con sus antiguos días, ser erigido en sublime templo de la humanidad donde las ciencias y las artes tengan sus museos y academias.»
«[Gaudí] Era tan apasionadamente anticatólico que no vacilaba ante las más vocingleras manifestaciones de anticlericalismo. Parándose, por ejemplo, a la puerta de las iglesias para increpar los fieles con el grito entonces muy elocuente de borregos».
«Es posible que en lo transcrito el autor, como caricaturista que era y poco creyente —el mismo Elías se reiría de la posterior religiosidad de Gaudí diciendo que Nuestro Señor le había castigado con la fe— hubiese cargado la nota irreligiosa, lo del rito nocturno blasfematorio, en una tertulia que frecuentaban a veces el canónigo Collel y el sacerdote Verdaguer, resulta caricaturesco.»«Si existieran estas etapas antirreligiosas en el orden sobrenatural, la religiosidad de después tiene más valor. Al buen pastor y al padre del hijo pródigo les alegra más el retorno de la oveja perdida que la permanencia de las otras reses en el redil.»«No sabemos el tiempo que duró esta etapa de su juventud ni se le conoce otra manifestación anticlerical que las ya referidas. […] Doy por seguro que Gaudí nunca se sintió desconectado de la religión.La turbonada anticlerical fue cosa superpuesta que pudo adormecer, pero no extirpar los principios de la fe que Gaudí había heredado de sus mayores y fomentado en los años de la infancia y adolescencia, que suelen dejar huella en la vida.»
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Relatamos, a continuacón, un episodio poco conocido de la vida de Gaudí.
El venerable era un solemne defensor de la mortificación corporal, cuna de la alegría del alma, y contuvo su vida con los cinturones del esfuerzo extremo, la sobriedad de la comida y el ejercicio corporal.
«Hay que estar ocupado todo el día, intelectualmente y manualmente, andando y haciendo ejercicio, todo a proporción de las fuerzas que se tienen. Así se duerme toda la noche completa, y esto es el equilibrio, la compensación, la vida. [···] Hay que comer, dormir y abrigarse solo el necesario y hasta que sentimos la necesidad.»
«Fue allá por los días de la cuadragésima de 1894 cuando nuestro arquitecto hacía ya unos días que no se acercaba por las obras. Sufría un agotamiento físico por haberse impuesto una demasiada rigurosa e inquebrantable abstinencia, junto con el cansancio que padecía hacía algún tiempo debido a sus intensas actividades e ingentes esfuerzos para poder llevar a cabo sus recientes y simultáneas construcciones.Por aquellos días de Cuaresma de dicho año, el arquitecto quiso gozar las dulzuras de la contemplación, extremando con demasiado rigor la dieta cuadragesimal, más de lo que la iglesia prescribe, consagrándose por entero los ejercicios del espíritu y a las prácticas de la devoción, con serio quebranto de su salud. Su atribulado padre, a la sazón ya septuagenario, fue en busca del doctor Santaló, su fraternal amigo, todo fue en vano.Así es que el bueno de su colaborador, el señor Berenguer iba a visitarlo casi a diario en su domicilio de la calle Diputació, para consultarle mil detalles respecto de sus obras. Tanto se fue agravando el señor Gaudí en su enfermedad que al fin todos los que formábamos el equipo técnico, que, dicho sea de paso, lo considerábamos poco menos que un dios, decidimos ir a visitarlo un domingo inicial de Semana Santa. Una vez hubimos llamado a la puerta de aquel cuarto piso, nos salió a abrir una jovencita de voz cantarina y cautivante, muy vivaracha y decidida a la vez. Al punto, y sin anunciar nuestra visita, nos hizo pasar a la habitación del señor Gaudí. Mas al llegar al umbral pronto nos detuvimos sin osar entrar. Tan mala fue la impresión que nos causó aquel mísero aposento, tan pelado y pobre de muebles estaba que incluso para hacer más inhóspito el ambiente de sus paredes pendían a trizas y a jirones grandes desempapaleduras del desteñido y mohoso papel con el orden tajante del señor Gaudí de que no se tocara para nada.He dicho tan pelado y pobre de muebles, mas yo no sé hasta qué punto pueden llamarse muebles a un pobre camastro y a un liviano e inconfortable sofá de los llamados de Viena, de caracoleadas curvas, con el respaldo y el asiento de rejilla, que, a juzgar por la baraúnda de enredos y chirimbolos que en él había, servía de mesita de noche y de perchero a la vez. Recuerdo también que dentro de aquel revoltijo de cosas se veían varios números del periódico La Renaixença, además de un pequeño ejemplar del Kempis, su pasto espiritual. Y como presidiendo toda aquella ficticia miseria, encima del respaldo del sofá se veía un pequeño crucifijo sin valor artístico ninguno, con un termómetro al lado.A todo esto la figura de Gaudí yacía postrada en aquel mísero camastro, con las manos blancas y enjuntas, todas piel y hueso, cruzadas sobre el pecho, pero no metido entre las sábanas como era de suponer, sino tendido encima de ellas y como si quisiera ir al cielo vestido y calzado.Mas, a decir verdad, nunca como en aquellos instantes vi en el semblante exangüe de Gaudí, tanta nobleza y majestad de santo. Aquella su cabeza aureolada con el pelo y la barba de un rubio azafranado, con la boca entreabierta y entornados los ojos, aquellos sus ojos azules de reflejos metálicos y aquellas facciones tan finas como talladas a cincel, resultaban una cosa verdaderamente impresionante. Sin duda contribuía a ello que, no habiendo ni cortinajes ni visillos en el balcón, la luz entraba a raudales dando de lleno en su figura y dorando su semblante, más esclarecido por el resplandor que salía de su interior de su alma, de santo que por la luz que recibía de fuera. Por otra parte, tan absorto estaba, que daba la impresión de que ni los bríos de aquella vivaracha y desenvuelta sobrina en la irrupción nuestra no le importaban para nada, como si no nos viera y no estuviera con sus sentidos en la tierra, como muriéndose de no morir como nuestra santa Teresa de Jesús, en la expresión de su semblante se adivinaba un no sé qué de misterio, algo fuera del tiempo y del espacio.Ante el temor de un desenlace fatal, el señor Rubió y el señor Berenguer decidieron ir en busca de su más entrañable amigo, el doctor Torras y Bages, que a la sazón vivía a dos pasos de allí, o sea, en el pasaje de Permanyer. Se dio la feliz casualidad de que lo encontraron en casa. Al poco rato aquel sabio sacerdote estaba en presencia de Gaudí. Eran de oír las atinadas reflexiones que, con gran interés, profundidad y piedad, salían de los labios de aquel otro santo varón y sabio filósofo a la vez.Tras aquellas palabras de tan prelado sacerdote, dichas con afable y sublime llaneza, pero al mismo tiempo llenas de prudencia y alto juicio, comprendimos, tanto por la expresión de su semblante como por su respirar, que en el interior de Gaudí se libraba una batalla íntima entre continuar su sacrificio y expansión hacia Dios o bien obedecer las razones del sabio doctor, llenas de amor real y humano, al propio tiempo que ungidas de espiritualidad y divinas inspiraciones. Por fin nuestro genial arquitecto, apreciando todo el valor que contenían, reaccionó como por milagro de aquel profundo sopor en que había estado sumido y una expresión de sumo agradecimiento iluminó su semblante».
Acabamos con las palabras que el venerable Torras y Bages pronunció en aquel momento, recogidas por Opisso, a su amigo, Antoni Gaudí:
«Buen amigo Antoni, a pesar de que el sacrificio es siempre el acto más heroico y meritorio, para lograr la vida eterna, no por eso es preciso atormentarse de este modo. La vida es corta y pasa pronto! Un hombre no lo tiene que abandonar a la propia voluntad, sino por la de Dios. Y con más razón en vuestro caso, que tenéis la misión señalada en esta tierra de llevar a cabo la obra empezada por deseo de Dios y para nutrimento espiritual de los cristianos».
«El sacrificio es la única cosa fructífera».
—Antoni Gaudí
Dr. Pere Pau, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau.
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