De Babilonia a Roma (XVI): Hoy toca Yoga
La compasión y el servicio son algo bueno, siempre y cuando estén ordenados a Dios. Sin orden, lo único que ahí había era cierta vanidad o soberbia, enmascarada por un afán de consolar a mi desolada compañera. Y en ese ayudar, el vacuo orgullo, asomaba la patita debajo de la puerta.
La Nueva Era es como una telaraña que con paciencia se va tejiendo sin que te des cuenta. Soberbia e ignorancia son los ingredientes que el Enemigo utiliza. Dicho desde otra perspectiva, tú vas tejiendo un entramado en el que te vas a quedar atrapado. Sin apenas saberlo ni sospecharlo. En ese tejer, se usan distintas hebras, como los distintos ingredientes de la indigesta ensalada que te describí en alguna de las entregas. El enemigo consigue que cada cual pavimente la senda que lo lleva a su propia condenación. Con la alegría vacía de quien ignora, no por desidia, sino por obstinación.
Una de las hebras más potentes que usé fue el yoga con todos sus satélites, variantes, derivadas y combinaciones. El título de esta entrega dice que hoy toca yoga, pero con un solo escrito no basta, quedas avisado. El yoga llenó mucho espacio en mi particular telaraña, puede que se fueran sucediendo distintas hebras, que iba desechando por inútiles, como pasó con el curso de Milagros o el reiki, por ejemplo. El yoga permanecía siempre y me sostuvo económicamente unos doce años. Tuve, no uno sino tres centros, exitosos, de referencia. El cierre fue un estrepitoso golpe para mis alumnos. Pero no quiero dar un salto en el tiempo tan brusco. No todavía.
Me debato si contar lo que es el yoga o cómo me inicié. Me decido por esto último. Quizá sea más liviano de contar y pueda inspirarte para entender que, en las trampas del enemigo, se cae de la forma más tonta. Ignorancia, ¿recuerdas? Pretendo con este relato desenmascarar el patrón que subyace. El enemigo siempre lo utiliza, ya sea en la new age o en la toma de cualquier decisión.
Ten en mente, la ignorancia; hace unas líneas te lo he advertido. Sin olvidar la misión de servicio, querer ser útil y necesitar pertenecer. Ignorancia, soberbia, herida y virtud. Los ingredientes que el enemigo maneja con maestría de trilero.
A riesgo de ser repetitiva, te recuerdo que el Enemigo aprovecha nuestra debilidad y heridas así como nuestros aspectos más virtuosos. Dios, de lo malo, hace lo bueno; el enemigo recorre el camino contrario, de lo bueno, lo malo. Y justo en este momento bajísimo y oscuro de mi vida entró, por la puerta de atrás, el yoga. Como un caballo de Troya virtuoso. Cuando me recuperaba de la muerte repentina de mi madre, murió mi hermana menor, con treinta y tres años. El mes de agosto de 2002 fue terrible. En un mes nos dejó, sus tres hijos demasiados pequeños no entendían nada y yo me morí un poco también. Aunque no lo sabía. Sobrellevar tanto dolor, pretender hacerlo solo, trae terribles consecuencias.
Ante la devastación en general, yo escogí el papel familiar de sostenedora, la que con serenidad aguanta, a pesar de que la procesión iba por dentro. Ese aguantar fue ineficaz, se rompieron todas las costuras y todo se desbordó. Nadie se daba cuenta, tampoco yo. Al mes de morir Mireia, llegó la separación de un matrimonio realmente triste del cual ahora mismo no voy a hablar, pero lo haré. Si la muerte de mi hermana fue dura, no puedes ni imaginar lo que fue la separación. Me quedé sola, aislada, mi familia me abandonó, me dejó a mi suerte. El pueblo entero hablaba del escándalo que iba creciendo conforme el chisme se hacía más grande. Eso te lo cuento, por algo que vendrá más adelante.
Decidí ponerme en pie, recuperar la dignidad que mi familia y la comunidad me arrebató y la busqué en mi profesión. Ni te imaginas lo duro que trabajaba en aquellos tiempos, como abogada. Hacía guardias como si no hubiera un mañana y cuando ante la puerta de la sala de juicios me llamaban «señora letrada», me sentía digna; la toga negra también ayudaba a dar más credibilidad a esa dignidad que buscaba desesperadamente. Como si la dignidad la otorgara la profesión, menuda ingenuidad. La toga, la reputación en los juzgados operaron como un redentor ineficaz. La cuestión es que funcionaba, el enemigo da oxígeno cuando lo estima necesario. Una trampa mortal.
Empezó una nueva etapa. También conseguí un trabajo como profesora en la Escuela de Policía de Catalunya, detalles que compartiré en otro momento. Bien, éste era el escenario en el que me movía como podía. En todo este ajetreo, hacía deporte, iba al gimnasio, cerca de mi despacho en Barcelona. El movimiento me ha salvado de la locura o la depresión en no pocas ocasiones. Llevar mi atención al cuerpo, me permitía enfocarme en el presente y no tanto en mis pensamientos erráticos. La ansiedad y la tristeza se calmaban con el ejercicio. De hecho, es pura ciencia, no es magia.
Por otro lado, los libros de autoayuda, como puedes suponer, seguían apareciendo como por arte de ensalmo en mi vida. Los devoraba buscando consuelo, rebuscando en el interior de mi psique el fallo, la tara que impedía mi felicidad.
Un viernes de una tarde de septiembre, recuerdo como si fuera ahora, hablábamos las compañeras de despacho sobre la muerte. Los viernes por la tarde son muy distendidos en los despachos de abogados. Yo, tenía cierta experiencia sobre la muerte, por desgracia. Una de ellas me hizo callar, «Ay Lali, que yuyu, dejemos el tema». Al domingo siguiente, a la hora de la siesta, una llamada de una de las compañeras rompió el letargo: «que raro —pensé— quizá necesita que mañana le haga un juicio o algo…» Ni mucho menos, llorando me comunicó que el marido de la otra compañera acababa de morir repentinamente. Tenía 40 años.
Cogí el coche y como loca, veloz, me planté en su casa. Estaba fuera de sí. No lloraba, aullaba. En uno de los momentos de lucidez me dijo que me necesitaría, y yo sellé mi incondicional ayuda y sostén. Faltaría más. Obviamente quería ayudarla en un momento así, sobre la muerte y duelo, algo sabía. Tere, que hacía tres días le daba yuyu hablar de la muerte, debía lidiar con ella, le diera yuyu o no. Se encontraba sin herramientas. Su fe ni tan siquiera asomó para dar un mínimo de consuelo, con lo que empezó a probar, desesperadamente todo tipo de cosas: reiki, ayurveda, péndulo y finalmente, yoga.
Una tarde llegó radiante al despacho y me dijo: «Lali, me tienes que acompañar, te va a encantar, ya verás que paz». Y Lali, o sea yo, la acompañé, como cabía esperar.
Confieso que el yoga nunca me llamó la atención ni tan siquiera el nombre me parecía atrayente. El gimnasio me daba todo lo que necesitaba y el yoga lo sentía de alguna forma, raro. Era una práctica de personas frikies. No sé porqué, pero me resultaba antipático. Ahí el Espíritu Santo estaba pronto, pero yo preferí ayudar a Tere. A mi manera, no a la de Dios.
Fíjate, el Enemigo escogió uno de mis peores momentos para actuar con total impunidad, y a la vez se valió de algo bueno, mis ganas de ayudar y ser útil. La compasión y el servicio son algo bueno, siempre y cuando estén ordenados a Dios. Sin orden, lo único que ahí había era cierta vanidad o soberbia, enmascarada por un afán de consolar a mi desolada compañera. Y en ese ayudar, el vacuo orgullo, asomaba la patita debajo de la puerta.
Bien hubiera podido ser como el amigo que acompaña al inválido postrado en la camilla, abriendo el techo para que Jesús lo sanara. O, ¿por qué no el amigo del ciego para presentarlo a Jesús para que recobre la vista? Pues no, no fui este tipo de amiga, sino que me desparramé en la camilla, sin saberlo, para hundirnos las dos un poco más. Y me instalé en la ceguera junto a ella. Así actúa el enemigo, de lo bueno, hace lo malo.
Y ya nos tienes, a Tere y a mí, a la hora de comer, bajando al Raval de Barcelona donde el yogui en cuestión me iba a guiar a la paz y beatitud. Parece mentira las malas decisiones que tomamos cuando no tenemos discernimiento ni la razón en buen estado. El supuesto centro de yoga se encontraba en el típico antiguo Barrio Chino barcelonés. Compartía rellano con una suerte de Pensión Lolita, por llamarlo de alguna forma eufemística. Cutre se queda corto, como palabra. El lugar era sórdido, el yogui, un hombre entrado en sus 60, no era el prototipo que yo ni esperaba y menos imaginaba. Parecía un empleado de banca jubilado, y mal encaminada no iba. Era profesor de autoescuela en chandal.
¿Puedes imaginar el cuadro? Era grotesco. Mi sensibilidad estética que busca la belleza se derrumbó. Hice de tripas corazón y me senté obedientemente, cerré los ojos y me dejé llevar. Lo que estaba en juego era mi amiga, no mi disgusto por el lugar ni por el profe de autoescuela yogui. Parece un meme. A pesar de lo ridículo y cutre, hay que decir que me sentí bien. Tampoco era tan complicado, me gusta el movimiento y la espiritualidad era y es el motor de mi vida. ¿Qué podría salir mal? Pues todo, en realidad. Me inscribí, junto a Tere. Estaba entusiasmada, por doble razón, por ayudar y por haber descubierto una unión sorprendente, cuerpo y espíritu: yoga.
Esta entrega iba de yoga. Pero también te he contado un montón de experiencias vitales, que leyéndolas de nuevo tienen más miga y enjundia de lo que a priori parece. De ahí se derivan no pocas hebras de mi telaraña particular. Y muy relevantes de hecho. Ya lo comprobarás. Ahora me debato si tirar de esos hilos o seguir con la explicación del yoga a la siguiente entrega.
Te dejo con la incógnita porque ni yo misma sé por dónde voy a tirar. De lo que sí podemos estar seguros, tú, querido lector y yo, que de yoga voy a escribir mucho más. De momento, basta meditar con las estrategias del enemigo para hacernos caer sin que nos demos cuenta, ni sospechemos.
¡Qué buena me sentía ayudando! ¡Cuánta paz después de las clases! ¡Bendita conexión con el Universo! A estas alturas, ya sabemos qué es este Universo, ¿no?
Continuaré relatando el demente tejido que en cada entrega se volverá más y más caótico. ¡Que Dios nos asista!
Eulàlia Casas, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau
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