
Carlistas catalanes en la «Guerra dels Matiners» o Segunda Guerra Carlista
Diario inédito de Agustí Prió (VII): Designado expendedor de la Bula de la Santa Cruzada
Las contradicciones del Concordato de 1851 entre la Santa Sede y el régimen liberal español
No todos los tesoros se hallan en cofres de plata ni en archivos polvorientos de palacio. A veces, un simple legajo olvidado en un cajón de una vieja biblioteca de un carlista basta para iluminar un tiempo entero. Así ha sucedido con el reciente descubrimiento, en el archivo familiar, de los documentos de nombramiento de mi antepasado Agustí Prió, vecino de Àger (la Noguera, diócesis de Urgell), como expendedor de la Bula de la Santa Cruzada en los días inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Carlista, o Guerra dels Matiners.
Este hallazgo, humilde en apariencia, nos abre una ventana privilegiada para contemplar cómo se tejió la postguerra tras aquella contienda fratricida que desgarró Cataluña y otras provincias fieles al Rey legítimo. Y es a partir de estos papeles —firmados, sellados y rubricados con la solemnidad de la época— que nace el presente artículo.
Porque en aquellos años turbulentos, cuando aún resonaban los ecos de los trabucos en las montañas y las familias lloraban a sus muertos, la Iglesia y el Estado no eran mundos separados, ni tampoco unidos o confundidos, sino distintos: dos columnas que sostenían el edificio social y tenían un mismo fin trascendente, la salvación de las almas. La Bula de la Santa Cruzada, que muchos hoy juzgarían como un simple instrumento piadoso, era en realidad una pieza clave en la reconstrucción del orden espiritual y político.
Los documentos de Agustí Prió nos muestran cómo, tras la guerra, la Santa Sede y el Estado liberal —enemigos en tantos frentes— buscaron un entendimiento práctico. El Concordato de 1851 dio forma legal a esta nueva «convivencia», permitiendo reactivar instituciones como la Bula, que concedía indulgencias a cambio de limosnas y servía para financiar obras de la Iglesia y sostener la vida parroquial en tiempos de escasez.
Pero lo más revelador del nombramiento de Agustí Prió no es sólo su función recaudadora. La estrategia era más profunda: el Estado liberal, necesitado de pacificar los territorios que habían sostenido la causa carlista, buscó integrar a muchas de sus élites locales ofreciéndoles cargos, honores y responsabilidades. La Iglesia, con su autoridad moral y su arraigo en cada pueblo, actuó como puente en esta reconciliación.
Sin embargo, los registros también muestran que no todo fue armonía. En los años inmediatamente posteriores al nombramiento de Prió, la recaudación de la Bula sufrió una caída brusca y repentina. ¿Qué la causó?
El carlismo fue muy crítico con el Concordato de 1851. En el Periódico La Esperanza, en un editorial titulado «El Concordato» publicado el martes 9 de septiembre de 1851 (Núm. 229, página 1 - columna 1), pocos días después de conocerse la firma del Acuerdo, leemos:
«Nosotros, que no vemos en el Concordato sino la consagración de todas nuestras desgracias, la sanción de la usurpación más inicua, y la sentencia de muerte de la monarquía católica española, no podemos celebrar lo que es para nosotros motivo de llanto y de duelo... El gobierno de la reina ha conseguido que Roma le dé un título que no tenía: el de gobierno católico; pero este título, adquirido a trueque de condescendencias que hieren el dogma, no hará más que cubrirle de ridículo ante la Europa verdaderamente católica.»
Esta cita condensa perfectamente la posición carlista: reconocimiento del Concordato como hecho consumado por la Santa Sede, pero rechazo absoluto de su legitimidad política y denuncia de que «sanctiona la usurpación».
También Melchor Ferrer, en su Historia del Tradicionalismo Español (Tomo XXVII, páginas 88-89, Ediciones Trajano, Sevilla, 1959), nos indica:
«Los carlistas, fieles a su doctrina, consideraron el Concordato como un mal gravísimo, pues equivalía a un reconocimiento tácito de la legitimidad del régimen liberal... Aunque respetando la autoridad del Romano Pontífice, no podían admitir que los principios revolucionarios quedasen amparados con un pacto que parecía darles carta de naturaleza católica... La desamortización, sacrilegio según la doctrina de la Iglesia, aparecía con el Concordato como hecho consumado y apenas remediado».
Así, gracias al hallazgo de estos papeles antiguos de Agustín Prió —tan modestos como reveladores— podemos comprender mejor cómo fue la postguerra carlista en la España de mediados del siglo XIX: con fe, con política, con dinero, y también con contradicciones. Y cómo, en medio de todo ello, hombres como Agustí Prio i Carme se convirtieron en engranajes discretos pero esenciales.
Francesc Sánchez i Parés, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau
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