
Duccio di Buoninsegna: Tentación en la montaña. 1308-1311, témpera sobre madera, 43 cm. x 46 cm.
De Babilonia a Roma (XV): Un pequeño paréntesis
La guerra está ganada, por más que el Enemigo te haga creer que estás solo, derrotado e indefenso.
Hoy quería escribir sobre los libros de autoayuda. Merecen su espacio especial en nuestra serie porque, a través de esta inofensiva literatura, el Enemigo se divierte como nunca. Parecen inocentes —¡ojo, como toda propuesta New Age!—, pero no lo son. Es más te digo, cuanto más inofensivo se presente algo, cuanto más bueno, más poder disolvente y destructor tiene. ¿Recuerdas lo apetecible que parecía el fruto prohibido? Ya sabemos a estas alturas que el Enemigo es un agente disolvente más potente que el salfumán y destructor como la sosa cáustica.
Pero no, no voy a hablar de esta edulcorada literatura, todavía. Voy a volver a hablar en exclusiva del Enemigo, en otros términos, que todavía no he hecho. ¿Cómo actúa cuando estás en comunión con la Verdad? ¿Cuando te acercas a Ella? ¿Cuando la defiendes? Voy a hacer un salto en el tiempo y me planto en los días que empecé a llamar las cosas por su nombre. Cuando finalmente me estaba dando cuenta del engaño de la Nueva Era y sopesar muy seriamente cerrar definitivamente mi centro de Yoga. Porque sí, en la Nueva Era, todo lo hice a lo grande. Mi centro era exitoso, tenía mi pequeña fama, y no es un orgullo para mi decir que era buena profesora de yoga y demás cosas que te contaré. Esos días merecen un trato especial. Hoy sólo quiero hablar de cómo el Enemigo actúa cuando siente que está siendo desenmascarado. Como un animal herido de muerte, se vuelve agresivo, violento, descarado, rabioso. Su odio y furia lo ciegan y va matando mosquitos a cañonazos. Te quiere disuadir de tu empeño en la búsqueda de la verdad. Se propone asustarte para que abandones. En otras palabras, te ataca. Es necesario saber esto, porque de lo contrario es muy fácil abandonar, rendirse. Te llena de dudas y miedo, para disolver la certeza de la Verdad.
Quizá se ha despertado en ti la imagen del diablo con cuernos y rabo, su tridente amenazante al punto de herirte. Nada de eso. Recuerda, es inteligente y actúa a nivel espiritual. No esperes sentir el azufroso rastro de tan sigiloso Enemigo. Al menos no de forma clara y evidente. A pesar, de que con entreno, uno ya las ve a venir con más anticipación.
¿Cómo lo hace en mí? Y seguro que en ti, que me lees. Pues bien, para empezar, me convertí definitivamente en el año 2020, en plena pandemia. Hoy es 21 de enero de 2026. Han pasado seis buenos años hasta que no he empezado a escribir sobre ello. ¿Por qué? ¿Porque no quería? ¿Porque se me acaba de ocurrir justo ahora? ¡Qué va! Mi intención siempre ha sido escribir sobre ello, difundirlo. Pues bien, el Enemigo se encarga de que no lo hagas. ¿Cómo? En mi caso, diciéndome que no vale la pena, que otros ya lo están haciendo, que lo que yo pueda aportar no tiene valor alguno. ¿Para qué dar la matraca sobre mi experiencia? ¡Cinco años en los que mi intención era escribir! ¡Cinco! Se dice rápido, pero los pensamientos intrusivos para que no lo hiciera eran una tortura. ¿Qué pasa? ¿Acaso soy floja? Sí y no. Sencillamente, siempre tenía otras cosas más urgentes que atender, como trabajar, descansar, estudiar… El Enemigo se encarga de dar credibilidad a los pensamientos que te inocula como si fueran veneno. ¡Ah, espera! Me dejo uno muy bueno: el perfeccionismo. Ése le encanta, no negaré que tener un propósito de hacer las cosas no solo bien, sino excelentes, es algo deseable. Pero cuando este perfeccionismo es paralizante, ¡ojo!, el Enemigo anda cerca. ¿Qué hacer con eso? Para empezar, identificar que no todo lo que pensamos y creemos es real. Para continuar, saber que puede ser obra de nuestro amiguito a fin de que algo que lo desenmascara lo ponga en modo ataque. Hay que entender, que no justificar su ira, además de perder mi alma, puede que con estos escritos evite que al menos no se pierda otra.
Y con este pensamiento llega el ataque: «¿Quién te has creído que eres tú?¿Qué patético me parece que pienses que puedes ayudar a nadie?» Es cansino, tanto como previsible. En realidad es una guerra. Te proporciono dos imágenes: una, de cuando yo era niña y miraba dibujos animados, siempre había un momento en que el protagonista tenía dudas y aparecía un angelito susurrando cosas buenas y un diablo gritando lo malo. El pobre protagonista se debatía entre el bien y el mal. Lástima que nosotros no podemos ver tan nítidamente estos personajes. La otra imagen me da mucha fuerza. No sé si has visto La Pasión de Cristo de Mel Gibson. Si no lo has hecho hazlo, deja esta lectura y mírala. La primera escena es brutal, mucho más elocuente que lo que te estoy torpemente narrando. El Enemigo, con susurros magnéticos tienta al mismísimo Hijo de Dios: «¿Quién eres tú para creer que vas a poder con esto? ¿Acaso podrás? ¿A quién le importa? ¿Para qué servirá tanto sufrimiento? Déjalo ir…» Y el momento estrella es cuando Jesús se pone en pie y pisa la serpiente. Con energía, viril, sin complejos ni matices. Al Enemigo se lo pisa sin mayor contemplación. Sin pedir disculpas ni caer en una misericordia, que no merece. Una de sus estrategias letales es hacerse la víctima para que te compadezcas. ¡Ojo, está mintiendo! Tú, pisa su cabeza; espachúrrala sin contemplaciones ni misericordia. A mí me sirve este momento, como un anclaje y recordatorio. Cuando los pensamientos son tan negativos y a la vez llevan aparejados la emoción tóxica, sé que es el momento de ponerme en pie y ¡zas! Pisar la cabeza del Enemigo. Este es nuestro poder. El que Dios, por la sangre derramada de su Hijo, nos regala.
¿Sabes por qué he sentido la necesidad de escribir sobre esto hoy? Básicamente porque desde el minuto cero en que empecé a escribir sobre la Nueva Era y sus patrones torticeros, el Enemigo no para de incordiar, aprovecha mi herida de inadecuación, auto invalidación, perfeccionismo, para decirme que lo que escribo no tiene calidad alguna. Que no sé escribir, que no sé juntar las palabras de forma correcta, que soy más mala que cualquier alumno de primero de la ESO. Mi tendencia a la comparación con los que sí son buenos es paralizante, me avergüenzo de mí misma, me hablo mal y realmente doy todo tipo de credibilidad a lo mal escritora que soy. Vivo con el pánico de que alguien me diga a la cara lo ridículos que son estos escritos. Me paraliza saber que en un momento u otro el director del periódico La Esperanza me escribirá para decirme que pare de publicar tanta bobada. Lamentablemente, podría seguir con el discurso del auto odio que me mantiene en la censura consentida por mí misma, desde que tengo uso de razón. Y sé que es el Enemigo dándome caña para que deje de escribir y me vaya a dar un paseo. No en vano, uno de sus nombres es el Acusador. Sé que le disgusta horrores que escriba sobre sus fechorías. Por eso, cada momento que me siento delante del ordenador, es un ponerse en pie y pisar con fuerza su cabeza. Y sí, puede que mi estilo no sea muy académico, ni perfecto, ni refinado, pero, ¡mira tú!, es mi forma, la única que sé, es genuino, sincero y sólo sé hacerlo así. El Enemigo quiere que no honremos nuestro ser, que es creación sagrada de Dios. A cada uno nos crea con sumo esmero y amor. Sabe cómo somos, nos ama y nos acepta tal cual nos ha creado. Sabe de nuestra herida, por eso nos adopta como hijos suyos, no a pesar de la caída, sino precisamente por ella. Sabe de nuestras luchas, agonías, desvíos, pifias y nos ama. Menudo acto de soberbia el nuestro que tiramos por la borda tal desborde de amor.
El Enemigo nos empuja a la comparación, el césped del vecino siempre es más verde que el nuestro. Quiere que nos odiemos, porque él nos odia y sabe que Dios nos ama. En fin, más vale que entendamos que estamos en guerra. De ahí, tanto empeño en la paz y el falso amor. Guerra a muerte con Él, desenmascararlo es el primer paso. Y acto seguido, encomendarse a Dios y todo su ejército para entrar en la batalla. La guerra está ganada, por más que el Enemigo te haga creer que estás solo, derrotado e indefenso.
Dios está al mando y no escoge a los más capacitados: a un simple pastor como Abraham, a un tartamudo como Moisés o a un enclenque David. Dios, en todo caso, nos capacita cuando nosotros correspondemos. Con lo cual, y dicho esto, victimismo incluido, voy a continuar, así me grite cada día lo mal que lo hago, lo ahogada que voy con mis estudios o desempeño en el Instituto. Así, a rastras, Dios me dará la fuerza para ponerme en pie y pisar la cabeza del gran acusador.
No te relato esto para hablar de mí, sino para mostrar un patrón que siempre funciona igual, en cualquier persona o circunstancia. Y ahora, voy a mandar este escrito, porque ya me lo conozco, nunca estará a la altura, ¿de quién?... Lo adivinaste. ¡Zas! Pisotón.
Eulàlia Casas, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau