dissabte, 23 de març del 2024

23 de marzo, San José Oriol, taumaturgo de Barcelona

 

 

23 de marzo, San José Oriol, taumaturgo de Barcelona



Recordatorio de la ruta organizada por el Círculo barcelonés 

presentación de una breve semblanza escrita por D. José Gros Raguer




El 23 de marzo se celebra la festividad de San José Oriol (Barcelona 1650 — 1702), taumaturgo de Barcelona y uno de los patronos menores de la ciudad.

El Círculo Ramón Parés, de Barcelona, organiza —como ya se anunció— una ruta por la Barcelona del siglo XVI siguiendo los pasos del santo, desde su nacimiento en el barrio de San Pedro hasta su sepultura en la Basílica de Santa María del Pino.

A continuación, se ofrece la siguiente semblanza escrita por D. José Gros Raguer.





 

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San José Oriol:

Breve semblanza


por José Gros Raguer




El niño ejemplar; el joven estudiante

José Oriol y Bogunyá, natural de Barcelona, fue hijo de padres honrados y modestos, llamados Juan y Gertrudis, y recibió las aguas bautismales en la parroquia de San Pedro de las Puellas. Cuando tenía un año y medio, falleció su padre; y habiendo quedado la viuda en suma pobreza, contrajo segundo matrimonio con Domingo Pujolar, hombre muy bueno y zapatero de oficio. Madre e hijo fueron, pues, a la casa del nuevo esposo, situada en la parroquia de Santa María del Mar. El cristiano zapatero amó al niño como hijo propio, a pesar de tener los suyos, y cuando tuvo la edad suficiente le hizo entrar de monaguillo en Santa María del Mar, donde aprendió a leer y escribir y también algo de solfeo. Distinguióse entre los demás monaguillos por su bondad y espíritu devoto. Pasaba muchos ratos arrodillado ante el altar del Santísimo y tenía un acendrado afecto a la Virgen. Estos fueron los rasgos principales de su piedad infantil.

Llegado a los doce o trece años, los beneficiados del venerable templo, viendo en él cualidades para los estudios, le enviaron a la Universidad o Estudi General, para que aprendiera la lengua latina y las principales letras humanas que allí se enseñaban. Fue por aquellos tiempos cuando falleció su padrastro, dejando a su madre como antes y con la carga de varios hijos. Mucho le ayudaron entonces los buenos sacerdotes de la Parroquia. Y les ayudó asimismo la antigua nodriza de José, llamada Catalina, y su marido, Antonio Bruguera, los cuales, viendo los apuros de Gertrudis, hospedaron en su casa de menestrales al jovencito. Le arreglaron un pequeño aposento en el desván, muy a propósito para la vida de recogimiento, estudio y oración que llevó siempre. No salía apenas del mismo, más que para ir a la iglesia o a las aulas. Al poco tiempo, sus estudios se convirtieron para él en carrera eclesiástica, pues con el fin de alcanzar el sacerdocio los hacía, sintiéndose llamado al mismo por el Señor.

En el transcurso de aquellos años, le probó Dios con varias enfermedades dolorosas, entre ellas la parálisis de una pierna, que le tuvo en cama largo tiempo. Pero las soportó con gran dulzura y, en cuanto le fue posible, no dejó de estudiar. Los cursos que siguió en la Universidad fueron los de Humanidades, Filosofía y Teología. Se especializó (y más tarde los continuó por cuenta propia) en los estudios de Moral y del idioma hebreo, en el cual fue versadísimo. Por lo que hace a la Moral, sabido es cuán necesario se hace su amplio conocimiento a quien quiera ser un buen confesor y director de almas. Y no menos sabido es que en ambos santos oficios brilló San José Oriol como un astro de primera magnitud. Terminados los cursos de la Facultad de Teología, obtuvo el título de Doctor.


Sacerdote penitente y santo preceptor

Tiene José veinticuatro años. Desea ser ordenado sacerdote, puesto que ya ha concluido sus estudios y alcanzó su doctorado. Pero se encuentra con dificultades para ello, pues la iglesia tenía dispuesto que nadie fuese ordenado si no poseía un patrimonio o un beneficio eclesiástico que respondiera a su sustentación, y él no cuenta con uno ni con otro. Sin embargo, el Obispo de Gerona, que conoce al santo y aprecia sus buenas dotes, le quiere proteger y facilitarle la ordenación. A este fin le confiere un beneficio incongruo, como dicen los eclesiásticos, es decir, que no da la renta suficiente pero esta insuficiencia la suple un bondadoso señor, don Marco Antonio Milans, obligándose a completarla con una pensión aceptable. Recibió el doctor Oriol el Presbiteriado el 30 de mayo de 1676 y celebró su Primera Misa en Canet de Mar el 29 de junio siguiente.

¡Designios de la divina Providencia! Con todo y haber recibido el Santo el sacerdocio y el beneficio canónico de manos del Prelado gerundense, no quiso el Señor que ni entonces ni en toda su vida ejerciera sus ministerios fuera de Barcelona. Tenía que ser siempre el modelo y el ornato refulgente del clero barcelonés, y el apóstol destinado a la evangelización de su ciudad natal. Al poco tiempo de su ordenación, se le ofreció el cargo de preceptor de los niños en una casa noble de nuestra urbe. Afligido por la estrechez en que tenían que vivir su madre y sus hermanastros, pareció que podía solicitar permiso al Obispo de Gerona para aceptar la plaza, viendo que así podría socorrerles con el sobrante de sus honorarios. Accedió el Prelado, conservándole, no obstante, el beneficio otorgado.

Para su austeridad y sencillez, significaba un verdadero sacrificio convivir con una familia de veras rica y dada a todas las comodidades. Pero como el único móvil de su aceptación había sido el de poder cumplir mejor sus obligaciones filiales, Dios le premió de un modo inesperado, llamándole milagrosamente a una vida de penitencia heroica en aquellas circunstancias tan poco favorables a la penitencia. Un día, en la regalada mesa de los señores, alargó el brazo para servirse un plato exquisito, pero una fuerza irresistible se lo retuvo, impidiéndole hacerlo; probó segunda y tercera vez, y sucedió lo mismo. Con lo cual su espíritu, celestialmente iluminado, comprendió que el Señor le llamaba a un ejercicio riguroso y perpetuo del ayuno. Desde aquel momento, comenzó a practicar una abstinencia tan rígida como la que en otros tiempos practicaron los solitarios del desierto, y perseveró en ella hasta la muerte. Renunció a la mesa señorial e hizo la resolución de ayunar toda la vida a pan y agua. Él mismo salía a comprarse el pan a fin de poderlo escoger del peor y más seco. Después, bebía agua de una de las fuentes de la ciudad. Los días festivos se permitía añadir al pan algunas hierbas, que iba a buscar en la montaña de Montjuich. En Navidad y Pascua, obedeciendo a sus confesores, que le ordenaban mitigase algo la penitencia, comía con el pan un arenque o lo aliñaba con aceite y un poco de vinagre.

Podemos decir que con la ejemplaridad de aquellas abstinencias inauguró el Doctor Oriol su apostolado en grande en Barcelona. Resultaban ellas más eficaces que elocuentes sermones. Las conocía toda la ciudad. Por esto no eran pocos lo que le llamaban el Doctor Pan y Agua. Era por ellas el Santo una continua exhortación a la mortificación cristiana.

Sólo en dos ocasiones, al parecer, quebrantó su ayuno, por deferencia razonable. Una vez, en casa de un amigo entrañable, comiendo un plato de fideos. Otra, en un convento, cuyas monjas le obligaron a tomar una taza de arroz con leche de almendras. Pero las dos veces, antes de comer echó cenizas sobre el alimento para que perdiera su sabor placentero. Se sabe que una Cuaresma no comió absolutamente nada, excepto los domingos, sosteniéndose milagrosamente con las especies y virtud divina de la Comunión. Hay que consignar, por fin, que su vida de ayuno la comenzó el Santo al año de su ordenación sacerdotal.


Beneficiado de Nuestra Señora del Pino

A los nueve años de desempeñar su cargo, lo dejó, con gran sentimiento de los señores y de sus hijos, que le hubieran querido retener para siempre. Pero había fallecido su madre, y no era ya precaria la situación de sus hermanastros, por lo cual se creyó relevado del deber de socorrerlos. Por otra parte, tenía el proyecto de visitar la Ciudad Eterna para venerar los sepulcros de los Apóstoles y ofrendar su homenaje al Padre Santo, que era a la sazón Inocencio XI, elevado en nuestros días al honor de los altares. Así pudo ejecutarlo. Obtenido el permiso de todos sus superiores y provisto de letras de recomendación altamente honoríficas, emprendió el viaje a pie y vestido de peregrino, en 1686. Estuvo en Roma ocho o nueve meses. Y el 24 de enero de 1687, el Papa le otorgó un beneficio en la parroquia del Pino de Barcelona, con lo cual el Doctor Oriol quedó definitivamente sujeto a la jurisdicción episcopal de su primer Prelado y desatado de su beneficio de Gerona.

Hasta su muerte, formará parte activa —sin interrupción notable ni vacación alguna— de tan preclara comunidad de Beneficiados, desde el día que tomó posesión, que fue el 11 de junio del año indicado. O sea, residió su cargo catorce años, nueve meses y doce días. Vivió siempre en los alrededores de la iglesia, pero nunca en casa o piso propios, sino en alguna buhardilla realquilada. Sus muebles y enseres eran pocos: una mesa de estudio, un banco y una estera para dormir, una silla de brazos, una caja de madera para la ropa, un Crucifijo para la oración, algunos libros, un cántaro y una palangana. Era extremadamente limpio. Se lavaba y cosía la ropa… No puede concebirse más sobriedad y modestia.

¿Qué decir de su caridad? Repartía a los pobres todo el dinero que no le era absolutamente necesario. Estando un día en el coro, manifestó cierta desazón que extrañó al beneficiado que se sentaba a su lado. Preguntole qué le pasaba, y contestó: «Es que me he encontrado un diablillo en el bolsillo». Era una moneda de plata que no sabía llevara encima y que, saliendo inmediatamente, fue a entregar a un mendigo, continuando después su rezo coral con la devoción acostumbrada. Frecuentaba los hospitales y cárceles; predicaba a los soldados; reunía a los niños en algún patio y les enseñaba el Catecismo; conversaba con los pobres, que tanto suelen agradecerlo del sacerdote; su rato con todos era siempre dulcísimo. Con esta suavidad conquistaba innumerables corazones. Su apostolado caritativo fue para Barcelona una bendición inmensa.

Digamos algo, finalmente, de su espíritu de oración y su vida extática. Se le veía rezar en diversas iglesias y por las calles. En su aposento, los raptos durante su meditación eran frecuentes, y muchas veces los acecharon por las rendijas varios sacerdotes y fieles. El Señor le sublimaba, levantándolo a menudo del suelo, despegándolo del pavimento, cuando se encontraba en alta contemplación y en actitud de plegaria.


Plan apostólico frustrado

Cuatro años antes de su muerte, encendido en grandes deseos de martirio y una inmensa caridad para con las almas de los infieles, resolvió el Santo partir otra vez a Roma y presentarse para que la Santa Sede le destinara a las Misiones de Oriente. Salió de Barcelona el 2 de abril de 1698. Un buen obrero, que le apreciaba mucho, quiso acompañarle un trecho. A pocas horas, entraron en una posada, donde el obrero comió con vivo apetito, creyendo que el Santo pagaría el gasto. En el momento del pago, se convenció de que el sacerdote peregrino no llevaba encima ni una sola moneda. Entonces, el Doctor Oriol, compadecido de su confusión, cogió un rábano de la mesa y lo fue cortando en rodajitas, que se convirtieron en las monedas necesarias.

Con muchas incomodidades, comiendo de caridad y caminando siempre a pie, llegó a Marsella, donde se puso gravemente enfermo; y durante su enfermedad se el apareció la Santísima Virgen y le mandó que regresara a Barcelona. Así lo hizo, por mar, embarcándose en una pequeña nave de un patrón de Blanes, que le profesó en adelante grande afecto, porque fue testigo de sus virtudes y también de un rapto maravilloso, a bordo, que le levantó en el aire con estupefacción de todos los tripulantes.


Las curaciones «de gracia»

Barcelona se alborozó de alegría al retorno del Doctor Oriol. Y desde entonces empezó un nuevo episodio de su vida —el último—, durante el cual se manifiesta a sus conciudadanos con un nuevo poder celestial: el de «curar de gracia», como se decía muy teológicamente, es decir, el de sanar a los enfermos por el don gratuito de Dios, mediante su bendición. Los prodigios podemos decir que fueron innumerables. La hora establecida para curar a los enfermos era terminadas las Vísperas en el coro del Pino, hacia las tres de la tarde. Revestido de sus hábitos corales, se dirigía el Santo a la sacristía de la capilla del Santísimo, hacía oración un cuarto de hora ante una imagen de San Pedro y salía hacia los enfermos, alineados en la barandilla del comulgatorio. Les hacía rezar tres Credos y tres Salves, les exhortaba al arrepentimiento y a la confianza en Dios y les manifestaba que él había recibido el don de curar las enfermedades del cuerpo para atraer a las almas al amor de Jesucristo. Acompañábale un monaguillo con el calderillo del agua bendita y el aspersorio. Puesto que tenía también el don de penetrar corazones, a algunos les aplazaba la curación hasta que se hubiera reconciliado con Dios, y a otros les dejaba sin curar porque así convenía a su bien espiritual. Pedía a todos su nombre; e imponiéndoles una mano sobre la cabeza, hacía la señal de la Cruz, diciendo: «En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo», y los rociaba con el agua. Algunas veces eran tantos los enfermos que acudían, que se hacía ayudar en el milagroso ministerio por el vicario de la iglesia, mosén Busquets, el cual, a su lado, obtenía los mismos efectos.

Muchos eran, en efecto, los enfermos que iban al Pino: unos, barceloneses; otros, venidos de diversas poblaciones de Cataluña. Algunas veces curó el Santo fuera del templo, y aun fuera de Barcelona. Con frecuencia las curaciones tenían el carácter de estupendos milagros. Entre ellos, alcanzaron singular resonancia la súbita curación de un muchacho de la calle del Hospital apodado el Trempat, evitándole la amputación de una pierna ya gangrenada; y la más instantánea de un deforme paralítico, llamado el Bergant, que pedía limosna a las puertas de la parroquia.


Postrera enfermedad y tránsito: glorificación

San José Oriol vivió cincuenta y un años y cuatro meses. Profetizó su próxima muerte y enfermó a principios de marzo de 1702, de pleuresía. Para poder recibir con mayor decoro el Santo Viático, pidió a un cuchillero de la calle de la Daguería una habitación donde poder pasar sus últimos días. Desahuciado de los médicos, recibidos los Sacramentos con gran consolación espiritual, rodeado de buena gente del barrio y de amigos sacerdotes y seglares, asistido por su confesor, carmelita de San José de Gracia, y por los Padres filipenses, dulcificada su agonía por la escolanía de la capilla del Palau, de cuyo maestro solicitó le fuese cantado el Stabat Mater en memoria de los Dolores de la Virgen, con la memoria de Jesús agonizante en la Cruz, expiró en las primeras horas de la madrugada del 23 del mismo marzo. No es para ser descrita la emoción del pueblo barcelonés a la noticia de su muerte. Y menos aún su apoteósico enterramiento. Conducido el cadáver en el lecho procesional de la Virgen Asunta del Pino, fue llevado a la iglesia y sepultado en la capilla de San Lorenzo, hoy de su nombre. Numerosos y brillantes fueron en seguida los milagros obtenidos por su intercesión.

Azarosas circunstancias de los tiempos retardaron el Decreto de Beatificación de José Oriol, dado por el papa Pío VII el 5 de septiembre de 1806. Un siglo más tarde, el 20 de mayo de 1909, el santo pontífice Pío X le canonizó con gran solemnidad, al mismo tiempo que a San Clemente Hofbauer, de Viena, sacerdote de muy semejante apostolado y hermana fisonomía espiritual.


José Gros Raguer

 

 


 



 

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