dilluns, 6 d’abril del 2026

Ignace Wils: El Zuavo pontificio que cruzó Europa para luchar y morir por la religión y por Carlos VII


Ignace Wils: El Zuavo pontificio que cruzó Europa para luchar y morir por la religión y por Carlos VII


«He partido para España con el fin de defender los derechos de Don Carlos, porque el Santo Padre encontrará en él un defensor cuando sea elevado al trono de España»



Fueron muchos los voluntarios extranjeros que llegaron a España para combatir en el Ejército Real durante la Tercera Guerra Carlista. Entre todos ellos destaca la figura casi legendaria del zuavo holandés Ignace Wils, a quien he descubierto gracias al magnífico libro de Agustín Pacheco y Francisco Javier Suárez de Vega, Wils y el Batallón de los Zuavos Carlistas, una obra que revela con detalle la grandeza de su vida y de su sacrificio.
 

Ignace Wils, nacido en Ravenstein (Países Bajos) el 11 de enero de 1849, procedía de una familia de sólida tradición católica y con raíces aristocráticas de origen francés. Su educación estuvo marcada por la influencia de los jesuitas — su tío era provincial— y desde la infancia mostró una profunda inclinación religiosa que lo llevó incluso a ingresar brevemente en un seminario, aunque pronto descubrió que su vocación no era el sacerdocio, sino el combate por una causa espiritual. Esta inclinación, firmemente enlazada con la defensa de la Iglesia, lo acompañaría toda su vida y orientaría todas sus decisiones posteriores.
 

Cuando sólo tenía 16 años viajó a Roma para alistarse como zuavo pontificio junto a su hermano August. Movido por el llamamiento del papa Pío IX para defender los Estados Pontificios, Wils se unió al famoso cuerpo de élite que acogía voluntarios católicos de todo el mundo y que representaba la última fuerza militar internacional organizada para defender físicamente la soberanía temporal del Papado.
 

Sin embargo, la estancia de Ignace en la península itálica estuvo marcada por una enfermedad que le mantuvo alejado del combate en los momentos álgidos de la guerra y que le impidió participar en la batalla de Mentana, donde los zuavos pontificios obtuvieron su victoria de mayor relevancia. Su recuperación coincidió con un período en el que tan apenas hubo actividad bélica. Fue en ese período en el que conocería a otro joven zuavo de su misma edad, el infante Alfonso Carlos de Borbón. La amistad que surgiría entre ambos, unida a su frustración por no haber podido entrar en combate, marcaría definitivamente el destino de Ignace.
 

Así, en 1869 intentó trasladarse clandestinamente a España para unirse a la causa carlista, animado por su amistad con el infante. Sin embargo, fue detenido por la policía francesa. Poco después tomó parte en la Guerra FrancoPrusiana, sirviendo en diversas unidades y llegando a alcanzar el grado de oficial tras su participación como guerrillero bajo el mando de Arnous-Rivière. Hecho prisionero en Metz tras la capitulación del mariscal Bazaine, consiguió escapar y reincorporarse al combate antes del final del conflicto, muestra clara de su determinación y carácter intrépido.
 

Tras la guerra volvió a Holanda, pero su fidelidad al infante Alfonso Carlos y a la causa católica contrarrevolucionaria lo impulsó de nuevo hacia España. Cuando estalló la Tercera Guerra Carlista (1872–1876), Wils se incorporó de inmediato al Ejército Real. En Cataluña se rencontró con su hermano August y con voluntarios extranjeros que, tras haber combatido en Italia y Francia, compartían la misma visión espiritual del conflicto. Como señala la historiografía reciente, muchos de estos hombres veían la lucha carlista como una prolongación de la defensa del Papado, un nuevo frente contra el liberalismo anticatólico surgido tras la Revolución Francesa.
 

En marzo de 1873 Alfonso Carlos creó el Batallón de Zuavos Carlistas, inspirado explícitamente en los zuavos pontificios, y lo puso bajo el mando de Ignace Wils. La unidad —compuesta mayoritariamente por españoles, pero con un núcleo de veteranos extranjeros— se convirtió rápidamente en un cuerpo de choque temido por su disciplina, valentía y cohesión interna. Wils imprimió en ellos el mismo espíritu de cuerpo, católico y transnacional, que había conocido en Roma. En sus directrices prohibió expresamente cualquier referencia a diferencias nacionales dentro del batallón, insistiendo en que era un cuerpo “sobre todo católico”, unido por la fe y no por la procedencia.
 

La campaña catalana de 1873 fue especialmente dura. En Alpens (9 de julio de 1873), Wils protagonizó una de las acciones más recordadas de la unidad: lideró personalmente el asalto a una masía fortificada, repleta de soldados liberales que resistían encarnizadamente. La acción, narrada en detalle por investigaciones recientes, demuestra su arrojo y su papel determinante en uno de los combates más sangrientos de la guerra en Cataluña.
 

Sin embargo, el episodio que lo elevaría a la categoría de héroe fue la toma de Igualada, el 18 de julio de 1873. La población, fortificada y defendida por numerosas barricadas, constituía un objetivo estratégico para asegurar el avance carlista en el interior catalán. La lucha fue feroz y se prolongó durante días. Cuando la artillería abrió finalmente una brecha, el batallón de zuavos recibió la orden de asaltar las barricadas.
 

Durante el asalto final, el abanderado del batallón cayó abatido. Wils, lejos de replegarse, tomó la bandera ensangrentada, la levantó ante sus hombres y avanzó hacia la barricada central. Allí fue alcanzado por dos disparos. En sus últimos instantes, antes de exhalar el último aliento, arrojó la bandera más allá de la barricada enemiga y pronunció las palabras que lo inmortalizaron:
 

«¡Ahí donde se encuentra la bandera, allí mismo se encuentran los zuavos!»

Su muerte galvanizó al batallón, que tomó la última defensa enemiga y aseguró la victoria carlista en Igualada. Tanto compañeros como adversarios republicanos reconocieron su heroísmo singular.
 

Tras su caída, Alfonso Carlos nombró comandante del batallón a su hermano August, lo que demuestra la estrecha relación de la familia Wils con la Guardia de Corps del infante y la confianza que inspiraban en la cúpula carlista.

 



Hoy, los restos de Ignace Wils reposan en Santa María de Pinós, un santuario aislado en las montañas catalanas, en el centro geográfico de Cataluña, donde una lápida recuerda al joven holandés que cruzó Europa para morir por Dios y por el rey legítimo.
 



En ella se puede leer:
 

«ACI ESPERA LA RESURRECCIO DE LA CARN EL QUE FOU COMANDANT DELS EXERCITS DE CARLES VII I CAPITA DE LA GUARDIA DE ZUAUS PONTIFICIS, IGNASI WILS, HOLANDES MORT HEROICAMENT EN LA PRESA D’IGUALADA A L’ASSALT D’UNA BARRICADA EL DIA 18 DE JULIOL DE MDCCCLXXIII. REPOSI EN LA PAU DEL SENYOR»

(«Aquí espera la resurrección de la carne el que fue comandante de los ejércitos de Carlos VII y capitán de la guardia de los Zuavos Pontificios, IGNACIO WILS, holandés muerto heroicamente en la toma de Igualada al asalto de una barricada el día 18 de Julio de MDCCCLXXIII. Descanse en la Paz del Señor.»)

La vida de Ignace encarna de forma paradigmática lo que describe a los mártires de la Tradición: una existencia consagrada a combatir los efectos devastadores de la Revolución y a defender la cristiandad frente a sus enemigos modernos. Su sacrificio en Igualada simboliza la unión entre fe, lealtad y honor que definía a los zuavos, tanto pontificios como carlistas.

Diego de Laliena, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau

Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada

Nota: Només un membre d'aquest blog pot publicar entrades.