dimecres, 14 de gener del 2026

De Babilonia a Roma (XIV): Meditación Zen

Bernini: El Éxtasis de Santa Teresa, 1645-1652. Iglesia de Santa Maria della Vittoria, Roma.
 

 

De Babilonia a Roma (XIV): Meditación Zen


¿Cómo es posible que en la mismísima Iglesia Católica se blanqueen actualmente, sin ningún atisbo de pudor, estas prácticas tan dañinas?


 

Si pudiera escribir tal y como se produjeron mis incursiones en la Nueva Era, lo haría. Es imposible; debo seguir una secuencia cronológica para que se pueda entender, pero, en honor a la verdad, todo se sucedió de forma caótica. Sin orden ni lógica; dicho de otra forma, sin Logos. En el caos, el territorio del Enemigo. Y en el desorden se mueve de forma magistral. Sin ser visto, ni tan siquiera percibido.

¿Hace falta que te diga quién es el Logos? Jesús mismo, la encarnación de la Palabra, la segunda persona de la Trinidad: «Quien a mí me ve, ve al Padre… no se puede ir al Padre si no es por mí». Sin Jesús no hay Dios, ni Espíritu Santo, ni orden, ni lógica, ni nada. Bueno, corrijo: en la Nueva Era, la nada, en realidad, es el destino, a través del caos. Fundirse en el absurdo vacío. Sin Jesús, la Nada. Con Jesús, Todo. La Nada: el infierno en la tierra, persiguiendo una quimera falaz, el reino de los cielos terrenal.

Y de vacuidad va la entrega de hoy. Ya te comenté mi sed de Dios y cómo el Enemigo consiguió hacerme creer que cualquier camino era válido para acceder a Él. Comencé a retirar la palabra religión de mi vocabulario para introducir espiritualidad. Me parecía más pura, menos condicionada, más libre. ¡Qué espiritual me sentía, incauta de mí!

Como no podía ser de otra manera, llegó a mi vida la meditación. El Enemigo no se anda con chiquitas y me inicié a lo grande. Como león rugiente, acecha y se introduce a través de la herida, como siempre digo. También a través de alguna faceta buena, como la curiosidad. La vocación de servicio, que es como un denominador común en todos los nuevaeristas, por cierto, no lo olvidemos. En este caso, el Enemigo aprovechó mi necesidad de superación y disciplina. No me conformo con lo fácil o superficial. Por eso empecé por el sector duro de la meditación: ¡el zen!

La meditación zen vino a mi vida a través de una amiga psicóloga. ¿En qué consiste esta práctica meditativa? Para empezar, es una práctica oriental budista, ajena totalmente a nuestras raíces occidentales cristianas. En la Nueva Era, se asimila a Buda con Jesús como si fueran la misma cosa y, claro, sin formación alguna es fácil —y hasta atractivo y exótico— comprar el relato. El hermanamiento entre Oriente y Occidente, Buda y Jesús en armonía y beatitud. En fin. La enésima chorrada de ya sabemos quién.

La meditación zen tiene como propósito llegar a la iluminación a través de la meditación: la quietud, la atención plena, la respiración como vías. Y ya con eso no haría falta decir nada más. ¿A qué iluminación nos referimos? Básicamente, rápido y corto, convertir al practicante en una suerte de ameba espiritual que no reacciona ante nada, que ni siente ni padece. Fundirse en el todo, el vacío, como una gota en el vasto océano. Una vasta superficie sin orillas ni horizonte; solo abismo, cabe recordar.

Eliminar el sufrimiento, causante de todos los males; extirpar el deseo; vamos, lo dicho: ser poco menos que una ameba o una suerte de psicópata espiritual que sonríe beatíficamente ante el horror o la dicha. Ser un Buda inalterable. Todo pasa a través sin dejar huella: la pena, la ira, la alegría, la envidia. ¿Qué más da veinte que treinta? Sonrisa búdica y chimpún.

En aquellos tiempos yo sufría, y mucho, en realidad como el resto de mortales. Por eso la nueva zanahoria me pareció muy necesaria. Nos encontrábamos con mi amiga y su marido para practicar esta meditación, que consistía en sentarse en postura de loto, en el suelo. Cerrábamos los ojos y uno de ellos entonaba lo que luego supe que eran mantras. El primer día me parecían ridículos, ininteligibles, tan lejanos a mí. Pero si con eso el sufrimiento desaparecía, ¿qué más daba una dosis más de ridículo?

Las tandas de meditación eran de media hora; al final sonaba una campanita, abríamos los ojos en total silencio, estirábamos las piernas y vuelta a empezar. Me encantaría poder describir con todas las palabras cómo me sentaba esta práctica; me parecía tediosa, y no diré las demás palabras porque no quiero parecer vulgar. Un rollo patatero. Mi cuerpo quieto y mi cabeza a mil. Sonrisa búdica por fuera. Tsunami emocional por dentro. El cuerpo por un lado, la mente por otro, las emociones vete tú a saber. La fragmentación del ser. El caos. Si me picaba, no me rascaba; si me tiraba, no aflojaba; si me caía el moco, me aguantaba.

Ya te he comentado que el Enemigo lo tiene todo previsto: toda incomodidad es una rebelión del ego, con lo cual lo suyo es perseverar aunque no guste o incomode. Y ahí permanecía yo, tiesa como un palo, sin mover un músculo de mi cuerpo, centrando mi atención en la respiración y, de ahí, a la nada. Y suerte la mía, porque sé que en los monasterios zen hay que meditar cara a la pared, cosa que me evoca los castigos cuando era niña. Un muro desnudo, vacío. La mismísima imagen y semejanza del dios al que representa: la Nada. El océano cósmico en el cual la conciencia del meditador se asemeja hasta hacerse uno con él. El nihilismo enloquecedor. El dios sin rostro del que te he hablado en otras ocasiones. Dios sin Jesús. Nihil. Cuando el océano no tiene orilla, uno naufraga. Y sin horizonte, se desespera.

Es tan amable la filosofía zen y su práctica que, cuando el maestro se percata de que el practicante se despista, le arrea con una vara, sin previo aviso, en toda la espalda. ¡Zas! Qué amable el señor Buda. El contraste con Jesús, el Dios con rostro que me tiende la mano, no para arrear, sino para elevarme y salvarme.

El sufrimiento no desapareció, todo hay que decirlo, pero lo que sí iba implementándose en mí era una pátina de vanidad, un ego espiritual que me hacía sentir muy especial, distinta a los demás, que no eran capaces de mantenerse tiesos como un palo, aguantando la tos, el picor o, sencillamente, los pensamientos de puro sentido común que gritaban: «¡Lárgate de aquí y vete a dar un paseo por la playa!» En ocasiones meditábamos durante más de cuatro horas, con intervalos de media hora en los que estirábamos las piernas. ¡Hasta ocho horas! Marathon lo llamábamos. Toda una campeona estaba hecha.

Ahora sé que con Jesús uno no pretende eliminar el sufrimiento como si de Dios se tratara, sino que, a través de él, eres consciente de la fragilidad y, en tal estado de desgarradora contingencia, clamas a Dios para que te ayude a trajinar la propia cruz, como Jesús nos mostró primero. Y cuando el sufrimiento se comparte con Dios, se entrega; lejos de convertirte en una ameba que no se conmueve ni se afecta por nada, entras en comunión con Dios, capaz de llorar y reír como Jesús lo hizo.

Te animo a visionar el vídeo del padre Joseph, convertido al cristianismo; hay un momento que me tocó, y es cuando relata la forma en que murió Buda: replegado en sí mismo, con la sonrisa tipo «todo me resbala porque estoy iluminado», mirándose el ombligo, en comparación con la muerte de Jesús, desnudo y con los brazos abiertos, con el costado traspasado. Valgan estas dos imágenes para que se entienda todo.

Quiero acabar con la cerecita. Me vi obligada a participar en una jornada presencial en el Instituto de Ciencias Religiosas de Barcelona (dependiente del Arzobispado), donde estoy terminando mis estudios. Recuerdo que esta anécdota ya te la conté. Cuál fue mi sorpresa al comprobar que una de las ponentes era una sor, que no estaba allí para hablar de su vida conventual, sino por ser maestra zen de no se sabe qué antiguo linaje japonés. La sor, con la sonrisa de ameba búdica que tan bien conozco, hablaba de las bondades del zen. Me carcomía por dentro; no daba crédito, como si en la tradición católica no tuviéramos enormes testimonios de vida contemplativa y místicos heroicos.

En el descanso me encontré con un sacerdote que había conocido en Jerusalén, del que te hablaré más adelante. Él conocía bien mi trayectoria. Le comenté mi indignación y me animó a manifestar mi testimonio y rebatir a la sor. Así lo hice en el turno de preguntas. Sigue viva en mí la imagen del aula magna: la sor junto a los demás ponentes y directores de la universidad en la elevada tarima, yo en pie, me sentía diminuta, micrófono en mano, expresando respetuosamente mi estupor, mis dudas, mi confusión y mi malestar. Estaba nerviosa, me sentía vulnerable, porque en el fondo intuía la soberbia respuesta ¿Cómo podía ser que en la mismísima Iglesia Católica se blanquearan, sin ningún atisbo de pudor, tales prácticas tan dañinas? ¿Cómo la misma Iglesia, que como madre debe cuidar de sus hijos, cometía tal torpeza? Por no mencionar que, en este templo del saber —valga la ironía—, nos preparamos para ser profesores de religión. ¿Te imaginas al profe de reli enseñando meditación zen a los adolescentes? Yo es que flipo, como dirían ellos.

Como madre negligente, y después de mi intervención, sor rabiosa, me ridiculizó ante el auditorio. Me tildaron de soberbia, caprichosa y vanidosa. Me dio mucha pena y rabia. Tuvieron el privilegio de la última palabra, para mayor humillación mía. A la salida, distintas personas, individualmente, como Nicodemo en la noche, me felicitaron por mi valentía. Amiga sor, rezo por usted, para que se convierta y no pervierta más a las almas impresionables y mal formadas de tantos católicos que han comprado el relato de la multiculturalidad y la diversidad religiosa.

Dios nos llama por el nombre, nos extiende su mano para que nosotros la alcancemos y caminemos en amistad con Él, para compartir sufrimiento y dicha. Vivos y vibrantes, llorando o riendo, pero nunca amebas por encima del bien y del mal. Por la sangre de su Hijo nos salva, no por nuestros méritos, como podría tener un avanzado meditador zen. Nos salva por su amor, por gracia.  ¡Dios tiene rostro!

Eulàlia Casas, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau

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