dimarts, 30 de març de 2021

PARLAMENTOS PRONUNCIADOS EN LOS ACTOS POR LOS MÁRTIRES DE LA TRADICIÓN, CELEBRADOS EN BARCELONA

 

Parlamento I

Empiezo por decir lo que le dije en su momento al Presidente del Círculo Tradicionalista Ramón Parés y Vilasau: que debo de ser aquí la más advenediza. Mi acercamiento al Carlismo ha sido algo providencial. Me sincero ya, me confieso ya: no provengo de familia carlista, el Carlismo no ha estado en mi entorno, y, es más, fui una de esas alumnas que recibió de sus educadores la idea que el Carlismo es un absolutismo, y semejantes mitos por el estilo, que después he ido desmintiendo.

Posteriormente me desinteresé por la política, porque no veía ninguna lógica en la llamada democracia liberal, ya de jovencita no hallaba ninguna relación entre que un número determinado de personas opinaran algo y la verdad de ese algo, sino que el criterio de verdad debía ser lo que decían los medievales: la adecuación entre el enunciado y la cosa, entre el enunciado y la realidad; con lo cual me desmotivé de todo lo que observaba en mi entorno político, no solo por hastío vital, sino por la sinrazón presente a mi alrededor.

Con el tiempo descubrí unos programas, titulados «Lágrimas en la lluvia», que a lo mejor a alguno de Vds. les sonará. Y ahí yo misma empeze a resonar, fui como una especie de instumento que reverberaba con eso, porque me interesaba muchísimo todo lo que contaban, todos los temas que iban saliendo. Los veía por Internet y a partir de ese momento empecé a conocer algunas figuras del Carlismo como José Miguel Gambra o Miguel Ayuso. Comencé a leer sobre este tema y me fascinó. La casualidad (causalidad providencial o providencia casual) quiso que un día que yo estuviera en Madrid, y buscando en Internet dónde podía ir a una misa de la Hermandad de San Pío X, una misa tradicional, me acercara a la capilla de Santiago Apóstol. Era la primera vez que iba, y a la puerta me encontré a quien yo había visto en los programas: a José Miguel Gambra; le pregunté si era él, me dijo que sí, me emocioné muchísimo, le di las gracias por todo lo que me había enseñado, y él no entendía nada de lo que yo le estaba diciendo; me respondió: «¿Yo? ¿Qué le he enseñado yo a Vd., si no le conozco de nada?» El sacerdote que estaba a su lado luego supe que era el Padre José Ramón, en ese momento yo no le conocía de nada. En ese momento él me pidió el correo, tardamos en escribirnos, pero al fin le conté cómo había llegado a fascinarme todo este tema, cómo quería saber mucho más. Merced a la lectura, me logré identificar con el tradicionalismo como nunca me había identificado con nada, ya que me pareció la única opción católica propiamente dicha, la única opción de que la política pudiera ser de verdad el oficio de alma, como decía Sto. Tomás.

Así pues, a la hora de preparar este parlamento que se me sugirió hace poco, pensé «¿de qué voy a hablar, si no tengo yo ninguna experiencia en este tipo de parlamentos, nunca he estado en un acto de los mártires de la Tradición, el año pasado no pude asistir, aunque me escribieron, ya que por la situación sanitaria no se pudo hacer?» Me dije entonces «Hablaré de algo que yo haya reflexionado y que les pueda compartir». No sé si en lo político puedo acertar más que otros, pero intentaré hacer un vínculo entre dos ámbitos sobre los que he reflexionado bastante, aunque me queda muchísimo por aprender, son el ámbito teológico y el musical.

Y entonces redacté un escrito que en principio había de ser un artículo para La Esperanza, mas como tenía que reducirlo hasta el mínimo de una página, sobraba muchísimo material y me determiné a usarlo de guion para explicarles lo que yo había reflexionado, Vds. me dirán si les habrá resultado de interés o no.

Titulé mi escrito «De diablos y música»; trato de establecer un paralelismo entre la ética y los procedimientos musicales de composición con un lenguaje lo más asequible posible. Gracias al lenguaje poético, a través de la metáfora, se pueden vincular dos ámbitos distintos, que aparentemente no tienen relación, pues no siempre se ven claros los puntos de unión entre las realidades morales y artísticas. Sin embargo, resulta interesante examinarlos para conocer cómo el diablo obra en nosotros, y el mal va tejiendo sus caminos.

La relación entre la música y la ética está inventada desde hace mucho; de hecho Platón en la República tiene un pasaje en el que explica por boca de Adimanto que «la educación empieza en la música». En efecto, los griegos eran muy sensibles a la música, quizás más que nuestros modernos oídos, ya bastante sesgados. Tenían muchas más escalas y modos que nosotros, con los que componían las melodías, y que llamaban ἁρμονίαι [harmoníai]. Cada ἁρμονία, o escala, estaba asociada a un ϑος [ethos], es decir, a un carácter en el alma. Ya explicaba Aristóteles que si bien un acto sólo es un acto, un acto repetido es un hábito, y un hábito repetido conforma un carácter, de donde las músicas transmitían caracteres; por ello en función de los modos con los que estaban construidas los griegos parecía que desarrollaban un carácter u otro. Platón en un libro de la República pretende legislar contra esto, hasta el punto de crear una especie de purgatorio musical para las melodías que cree perniciosas; a título de ejemplo creo recordar que consideraba la mixolidia plañidera y mujeril (mujeril entendida como los aspectos negativos, contrarios lo varonil, sobrio, y virtuoso). En otras palabras, sostenía que algunas ἁρμονίαι producían un hábito de carácter nocivo, esto es, que producía ciudadanos frágiles, moliciosos, tendentes al vicio más que a la virtud, por ello la ciudad, o sea, el Estado, la πόλις había de propiciar buenas melodías y música, para que así se propiciaran ciudadanos virtuosos, no con un temple psicológico endeble y propenso al vicio, sino al contrario propenso a la virtud.

Después de esta breve descripción del purgatorio musical, quería explicar un mecanismo de la composición o de la llamada harmonía musical, que parece muy semejante a algunos con los que el mal influye en nosotros; lo describiré muy brevemente para los profanos en la materia. Son los acordes puente en la harmonía. Se trata de acordes que pertenecen a dos tonalidades, que los compositores usan para modular, para pasar de un tono a otro tono. ¿Y por qué los utilizan? Porque ese acorde, que es un conglomerado de sonidos, por decirlo así, tiene notas que son constitutivas del tono original y del tono de destino, con lo cual se genera en el oído una especie de deslizamiento harmónico o transición, por la que de un modo imperceptible el oído pasa de uno tono a otro sin darse cuenta. Encontrar esos acordes puente es un recurso de la composición muy utilizado por los compositores románticos, para producir así todo tipo de afectos, hasta llegar a la exacerbación de las pasiones y los sentimientos, pues eran unos maestros incuestionables del arte de los acordes puente: podían pasar de un estado calmado, sereno a un estado absolutamente pasional y desbordado, y de arrobamiento, o como lo quieran llamar.

Por consiguiente, estuve buscando esos «acordes puente», ya me entenderán, en la sociedad moderna y en las mentalidades modernas; encontré varios, de los que les contaré algunos. En primer lugar, como los diablos son así, tan torticeros y mendaces, parten de un todo original bueno y sano, por ejemplo la devoción a la oración y el recogimiento, que Santa Teresa en Las Moradas nos dice que debe tener como fin conformar nuestra voluntad con la de Dios. De dicho recogimiento se genera un acorde puente en el que se coge la parte por el todo, como el silencio, la interioridad y la introspección, y de ahí se pasa a la búsqueda del del «nirvana», la «new age», el yoga, etc., con lo cual el lugar de destino ya no es la oración, sino un lugar sin Dios. Este es uno de los que veo que funciona de un modo más penetrante, porque hallo mucha gente, que buscando la espiritualidad está cayendo en esto.

Otro me toca sufrirlo por el ámbito pedagógico. Partiendo de la idea original de que Dios creó el mundo y lo reconoció como bueno y de la diversidad de las cualidades, asignadas a todos, se genera una concepción en la cual se prescinde de algo que sucedió después de la Creación: la caída original, que hizo ser humano propendiente al mal. ¿Qué hace la pedagogía moderna? Coge solamente el «Y Dios vio que era bueno», «y la naturaleza es buena, y no tiene nada de malo»; y aparece un señor, llamado Rousseau, en el s. XVIII que establece una pedagogía basada en la suposición de que el individuo es bueno por naturaleza, sin ninguna maldad original, para dar lugar a una pedagogía postmoderna, como la que estamos sufriendo, en la cual no hay nada que corregir, todas las tendencias son buenas, sean las que sean, y evidentemente la permisividad a la que se está llegando es prácticamente libertinaje. A todo esto llegamos a través de una especie de transición casi inaudible: la condición naturalmente buena del hombre, olvidando la caída original.

El libre albedrío fue algo querido por Dios, para que le buscáramos y uniéramos nuestra voluntad a la suya, todo ello desarrollando las potencias que Él ha puesto en nuestra naturaleza. De este libre albedrío los diablos amasan de nuevo su fétida harina, hasta que obtienen el grumo de un nuevo acorde puente, y por medio de él pasan a otra noción completamente distinta del concepto de libertad: la de rebelarnos a Él y a nuestra naturaleza, a creernos dioses y a pretender «decidir» lo que debe ser nuestro cuerpo por medio de castraciones, quiméricos cambios de sexo.

Añadiría varios más, pero voy a seleccionarles solo uno, que me encontré ayer, cuando subía de la misa del Viacrucis, oficiada en mi localidad. Sucedió en la ilgesia de los franciscanos, donde se suelen tomar muy en serio la liturgia. Me me sorpendió mucho el sermón de uno de los padres franciscanos, a quien tengo mucha estima. En dicho sermón comentó algo muy atrevido que solo he visto en la Hermandad de San Pío X y poco más. Se trataba de un artículo que había salido, parece ser que en El País, sobre cómo la Iglesia, llamada de Satán, en Estados Unidos estaba estaba haciendo extraescolares, y actividades de todo tipo, para las cuales apelaba a la libertad religiosa. Al final se consiguió que por no aceptar esto algunos, se quitara el acto a Satán, pero también se omitieran actos dirigidos a Dios. Concluida la misa le pregunté «¿Pero, padre, no era la libertad religiosa un postulado del Concilio Vaticano II, que está aceptando ahora la Iglesia?» Y él me dijo «sí». Le respondí «¿Eso no es muy bueno, no? Porque eso conduce a que se pueda adorar a Satán y a Cristo al mismo tiempo, cosa que es incompatible». Él me respondió «Sí, pero hay una cosa buena, me dijo, que este aspecto (no parecía tenerlo muy claro) nos convenció de que la defensa de Dios la debíamos ya llevar a cabo los católicos, la Iglesia, y que no debía estar a cargo de un poder civil como el Capitolio o un parlamento o lo que fuera, sino que éramos los mismos cristianos los que debíamos defender a Dios». Era el fin de la misa, estaba todo con velas, en un ambiente muy recogido, yo no quería entrar en debate, pero lo último que le dije fue «Sí, pero, padre, tenga en cuenta que la sociedad educa al individuo, y si se educa al individuo para enseñarle que se puede defender una cosa y su contraria, esto es el lugar donde estamos». Y me contestó «Sí, es el lugar donde estamos». Y pensé: «Mira, otro acorde puente, voy a añadirlo a mi colección de acordes puentes». Si encontráis alguno, me lo referís, y lo añado. Termino.

Y así entre modulaciones de luces y sombras van ellos, los diablos, buscando la manera de urdir las sinfonías de nuestro vivir a su modo, pero sabemos también que la modulación puede hacerse en sentido contrario a la que ellos pretenden; y como no estamos solos podemos pedir el discernimiento y el empuje para guiar las voces a una nueva claridad. Que Dios nos dé este discernimiento y la fuerza para revertir el eco de aquel coro de oscuridades, y que, como rezó Sto. Tomás de Aquino, en ésta y en todas las modulaciones nos dé el acierto al empezar, dirección al progresar, y perfección al acabar.

 

 

Parlamento II

Reverendo Padre, miembros del Círculo Tradicionalista Ramón Parés y Vilasau, señoras y señores, en primer lugar muchas gracias por el interés que han tenido en venir a este acto y formar parte de él; ya llevábamos desde hacía algún tiempo intentándolo organizar, nos habíamos encontrado con varias dificultades y gracias a Dios esta vez en un tiempo relativamente breve, casi dos semanas, gracias sobre todo al vicepresidente del círculo, el alma de la organización, hemos conseguido celebrarlo. Muchas gracias, pues, a todos por su asistencia y por su ayuda.

El propósito de este acto es honrar a los Mártires de la Tradición, y además, en tanto que primer acto importante del renacido círculo tradicionalista de Barcelona de la Comunión Tradicionalista, queremos que sirva para presentarlo al público. Hasta ahora habíamos tenido reuniones, y si bien es verdad que a todos los que nos habían escrito interesados en venir les habíamos respondido e invitado, y unos habían podido venir a unas, otros a otras, siempre habían sido reducidas. El acto de hoy, pues, podríamos considerarlo una especie de presentación en sociedad. Pero estas dos cosas, honrar a los mártires y la presentación del círculo se confunden en una sola.

Carlos VII, quien fuera el titular de los derechos a la Corona de España y Rey legítimo a finales del s. XIX, estableció que se fundaran círculos regionales con nombres de carlistas locales que hubiesen sido relevantes para el lugar; por otra parte en una famosa carta al Marqués de Cerralbo le pedía que se celebrara el 10 de marzo una fiesta para honrar a los caídos en la lucha por Dios, la Patria y el Rey desde que empezaron las guerras contra la Revolución dentro de España. ¿Por qué el 10 de marzo? Fue la fecha en la que murió su abuelo Carlos V, hermano menor de Fernando VII.

En cuanto al nombre del círculo, elegimos el de Ramón Parés y Vilasau, y ello por dos motivos. En primer lugar porque era un hombre cuya vida transcurrió entre Barcelona y Tarrasa, de donde somos los que formamos parte del círculo y a donde se dirige su ámbito de acción; y en segundo lugar, porque por la vida que tuvo, y las ocupaciones a las que se dedicó, era una persona bastante corriente, que podía tener un trabajo y una manera de vivir muy parecida a la nuestra, y, por tanto, a la hora de fijarse en un modelo a seguir entendemos que es más fácil buscar a alguien semejante a nosotros, que v.g. San Simón el Estilita; lo que no significa que no podamos imitarle en algún sentido, pero es fuerza admitir que nos queda algo lejos un hombre que vivió una buena parte de su vida encima de una columna.

Ramón Parés y Vilasau nació a finales del s. XIX en Barcelona, en el año 1882, y murió en 1936 al principio de la Cruzada en Tarrasa a finales de agosto; era hijo de una familia barcelonesa, se casó, tuvo trece hijos, de los que lo sobrevivieron siete, y al poco de casarse se mudó a Tarrasa, donde trabajaba en lo que hoy día llamaríamos jefe de recursos humanos de las fábricas textiles de la época; una de ellas, si no me equivoco, sita en la Rambla de Tarrasa, es ahora un museo dedicado a las ciencias mecánicas.

Fundó en Tarrasa un círculo tradicionalista, así llamado simplemente, de donde nosotros hemos tomado el nombre del nuestro, a fin de honrar su memoria. Aparte de fundar el círculo, dirigió el somatén de la ciudad, fue consejero carlista en el Ayuntamiento de Tarrasa; en aplicación de la Rerum novarum de León XIII fundó la Cruz Roja en Tarrasa, al tiempo que la tenía muy presente en el cargo que ejercía en las fábricas textiles; dicho de otro modo, es un hombre para quien, el hecho de ser tradicionalista y profesarse católico hasta sus últimas consecuencias, impregnaba todo su día a día no solo laboral y público, sino también familiar.

Su familia, como muchas otras de la época, era una familia donde se rezaba el rosario cada día, se tenía la devoción de los primeros viernes y sábados de mes, así como se asistía a los ejercicios espirituales una vez al año; además le profesaba una gran devoción a la Inmaculada, y era portante del Santo Cristo de la Catedral de Tarrasa. Era un hombre que no vivía fuera del resto de la sociedad, no habitaba en una suerte de reserva de indios, sino que estaba inmerso en su lugar, en su tiempo, en el lugar donde trabajaba, tratando de influirlo todo para el Reinado social de Jesucristo. Andando el tiempo, llegó la II República, entonces se mudaron a Barcelona él y su familia. Al principio de la guerra por ser carlista le citaron a juicio, y de camino en la carretera de Tarrasa, entre Tarrasa y Sabadell, muy cerca ya de Tarrasa, fue asesinado por un tiro por los milicianos. Quiero leer sus últimas palabras antes de expirar, pues que me parecen muy relevantes para el día de hoy. Dijo así: «Muero por mis ideales religiosos y patrióticos, que no pueden ser abatidos por el plomo de vuestras balas. La España católica es inmortal, mis hijos lucharán por ella y la verán triunfante». Fue enterrado en el cementerio de Tarrasa, y acabada la guerra se celebraron sus funerales.

El círculo que él fundó no se dedicaba únicamente a la acción política, que también (ya hemos dicho que era concejal carlista en el Ayuntamiento de Tarrasa), sino que tenía una serie de secciones culturales, un orfeón, la sección de las margaritas, otra dedicada a la promoción del teatro, y otra de Socorro; es decir, todos los elementos de la cultura los querían para ponerlos a los pies de Cristo.

Así pues, con nuestro círculo, fundado por el gran interés en el Principado de Cataluña de S.A.R. D. Sixto Enrique de Borbón, y la misma Secretaría Política de la Comunión Tradicionalista, queremos rendirle un perpetuo homenaje a Ramón Parés y Vilasau, y por extensión al resto de mártires de la Tradición, de un modo muy singular en el día de hoy. De ahí que la presentación del círculo y el acto de memoria de los Mártires para nosotros sean una y la misma cosa.

El acto de hoy es un acto de piedad, es un acto de homenaje, pero también es un acto político muy necesario. En efecto, a la desaparición de los reinos cristianos durante el s. XIX y principios del XX, ha seguido la neutralización de toda esperanza humana que pudiera permitir su resurgimiento, el hundimiento de muchas instituciones, entre ellas la crisis que pasó el Carlismo en la que tiene un papel muy relevante lo que supuso el Concilio Vaticano II. Uno no puede pretender defender el Reinado social de Jesucristo y a la vez estar a favor de la libertad religiosa, declarar de palabra la guerra contra la libertad religiosa y el modernismo, como hacen algunas instituciones que se han querido tradicionales, pero en la práctica operar como si dicha guerra no existiera, intentando no contrariar a la jerarquía eclesiástica, cuando se trata de defender la doctrina católica: eso incompatible y solo lleva al fracaso.

En resumen, en tal estado nos encontramos: por un lado la defección de los propios eclesiásticos, y por otro lado el hundimiento de las instituciones y el hundimiento moral de muchas personas, que podían contribuir con su labor intelectual, profesional y de apostolado a la restauración del Reinado social de Jesucristo, o por lo menos poner una barrera a su destrucción, cosa esta de gran momento (siempre se ha dicho que el Carlismo nunca ha conseguido su propósito, pero, si uno observa la historia de España desde 1833 el Carlismo, aunque haya perdido muchas guerras, siempre ha opuesto un freno al liberalismo, y ha dificultado el avance de la Revolución). Toda esta situación, si de algo ha servido, es para que en nuestros días el avance del Nuevo Orden Mundial, ese nuevo orden satánico que promueve la masonería (y esa gente a la que siguen los masones, que no se pueden mencionar) esté más desbocado que nunca, pero todavía le quedan obstáculos, pues, si no, ya lo tendríamos totalmente implantado y no habría ninguna posibilidad de resistencia.

¿En qué consisten dichos obstáculos? No quedan ya comunidades políticas cristianas, las antiguas monarquías cristianas, apenas si existen instituciones en las que resguardarse, pero nos quedan nuestros lazos familiares y sociales, nuestras amistades: lo único que falta por destruir. La comunidad política cristiana, el orden político cristiano están fundados en la misma naturaleza humana. Ésta reclama la comunidad política como un elemento necesario para vivir y crecer según exige el ser humano en cuanto tal. Dicho de otra forma, el hombre de forma natural ama a sus semejantes a la vez que necesita suplir con ayuda de otros sus carencias; del amor a sus semejantes y su indigencia surge la unión que permite vivir en sociedad: unos se ocupan de unas cosas, otros de otras, etc.; de estos lazos nace la sociedad, no de un contrato, que se firmó no se sabe cuándo; no de despojarse de todo para que el Estado sea una especie de niñera que ha de satisfacer todos los caprichos. La comunidad política natural elevada por la gracia, que vivifica con la savia de la caridad cristiana los lazos naturales, es el cimiento del orden político cristiano.

Estos lazos a día de hoy son lo que se porfía por destruir. Más allá de cuanto se quiera pensar sobre qué ha provocado la situación sanitaria actual, los hechos son que se está aprovechando para aniquilar lo poco que nos quedaba, por ello este acto es necesario. Ciertamente, nuestra actividad no ha de quedarse aquí, pero el día de hoy es un buen punto de partida, ya que de estos lazos familiares, de estas amistades es de donde saldrá la reconstrucción del tejido social que formaba la sociedad tradicional. De estos lazos nacen los municipios bien entendidos, en lo profesional es de donde surgen los gremios, de donde se originan las instituciones educativas, no como una concesión de esa especie de artefacto que es el Estado, sino como algo exigido para que el hombre pueda vivir como tal, con todo aquello que le permita subsistir bien, preocupándose de su salvación eterna.

Por ello estamos aquí, para oponernos al solve et coagula de la masonería, ese disuelve y cuaja, ese disolver el orden antiguo y cuajarlo en uno nefando y satánico: la democracia liberal ha disuelto enteramente el orden cristiano, a la vez que hoy día con los experimentos sociales que sufrimos, y con la famosa Agenda 2030, está cuajando un nuevo orden mucho peor que nada antes visto. La destrucción de la sociedad es más profunda que en ninguna otra época: no estamos en guerra, pero cualitativamente el daño y corrupción es más terrible que nunca, porque de una guerra se puede recuperar uno, pero difícilmente de envenenar las mentes y las almas, y pervertir las inteligencias y los corazones, cuando todo ello se ha convertido en una norma de vida con la que hay que transigir, siquiera sea para moverse cotidianamente.

A este solve et coagula de la masonería, nosotros oponemos el Omnia instaurare in Christo de San Pío X, el restaurar todo en Cristo, lo que exige unos buenos principios; porque también los hay, y de hecho es un experimento que lleva quizá más de un siglo y medio en marcha, quienes con muy buena intención han querido separar elementos o bien de la Tradición de la Iglesia, o bien, en el caso concreto de España, de la tradición propia española, que defiende el Carlismo. Han querido desgajar partes de ella, porque les parecía que, suprimiendo cuanto les molestaba, podían encajar mejor con la corriente del siglo, con el espíritu del mundo, con la mentalidad de los tiempos, con el aggiornamento, o como se lo quiera llamar. ¿Qué ha quedado de todo eso? No hay más que ver cómo está la situación política y religiosa aquí mismo en Barcelona, cómo ha ido evolucionando en los últimos 40-50 años, todas esas instituciones, que tenían puestos importantes, y todavía los tienen, en la educación, en las universidades, en algunas agrupaciones políticas que de alguna forma u otra se han apartado de los principios de la Tradición, han acabado confundiéndose con el mundo moderno.

Y no es de extrañar, ya que conforme avanza la Revolución más hay que destruir de lo propio para adaptarse al mundo moderno, que elementos antiguos para conservar. Y, cuando digo antiguos, no quiero decir obsoletos, sino que poseen una vigencia perenne, además de opuestos a las novedades revolucionarias. La reconstrucción en los buenos principios es el objeto de la Comunión Tradicionalista; estos buenos principios, de los que hablaba el padre de una manera muy docta en la homilía, son Dios, la ley divina, el orden cristiano, que no puede dejar de tener una sociedad que realmente ame el bien común. Este orden cristiano ha de aplicarse a cada patria concreta, pues que cada pueblo tiene su idiosincrasia y carácter propios (ya decía Aristóteles que no hay una sola forma política única e igual para todo el mundo, sino que ésta se adapta a cada comunidad política), de donde se desprende la necesidad de los fueros, que dan cuerpo de ley a la variedad de costumbres saludables de cada reino de las Españas, cimentándolas en la ley divina, de modo que se asegura el bien común de la Patria; y todo esto, como el ser humano es un ser concreto, y por ende no vive de abstracciones, el Carlismo defiende que ha de encarnarse en una figura humana: la figura del rey.

Así pues, aunque la Comunión Tradicionalista podría parecer (y a veces algunos lo han querido considerar así) que vive un poco apartada de la realidad por aparentemente quedarse sólo en la labor intelectual y académica; es fuerza afirmar que esta labor es necesaria e imprenscindible, porque cuanto menos personas hay que vivan los principios de la Tradición, más necesario es recordarlos; cuando uno ya vive algo de manera natural, como parte de su día a día, no necesita plantearse muchas veces las causas o un examen profundo de lo que hace, sabiendo de dónde parte y a dónde va, y las razones importantes de su obrar, le basta, pero, cuando nos encontramos en una sociedad como la nuestra, en donde la inmensa mayoría no han conocido qué es la Tradición, se vuelve imprescindible esta labor de recordar y explicar cuáles son los principios de la Tradición, para después atacar los del mundo moderno.

Toda esta obra se realiza bajo los auspicios y la autoridad de S.A.R. D. Sixto Enrique de Borbón, sobre quien recaen actualmente los derechos sucesorios de la Corona española. El historiador Fernando Polo publicó en 1949 un interesante libro, intitulado ¿Quién es el Rey?; el autor confecciona un estudio bien planteado sobre los problemas sucesorios en la Corona española, que contiene a guisa de anexo las leyes de la antigua Monarquía que rigen este punto. Llega a la conclusión de que, como la rama isabelina está sin duda alguna excluida de la sucesión por liberal, no se ha de tener en cuenta; la rama de los Borbones de Nápoles, otra gran familia de los Borbones, por liberal y apoyar la rama liberal también está excluida de la sucesión. Quedaba la rama de los Borbón Parma, que se había mantenido íntegra e intachable en sus principios católicos, de tal manera que, al fallecer Alfonso Carlos, descendiente directo de Carlos V, el hermano menor de Fernando VII, automáticamente los derechos se transmiten a la Casa de Parma. El major natu en tiempos de Alfonso Carlos era Francisco Javier de Borbón Parma, padre de S.A.R. D. Sixto Enrique de Borbón. Tuvo dos hijos varones: Carlos Hugo y Sixto Enrique. Carlos Hugo, por haberse dejado contaminar del modernismo del Concilio Vaticano II, se volvió liberal y socialista, lo que supuso la pérdida inmediata de sus derechos sucesorios. Sin embargo, los hijos de Carlos Hugo eran niños muy pequeños cuando su padre perdió sus derechos al trono. Don Sixto Enrique se convirtió en regente mientras sus sobrinos pudieron tener derechos. Sin embargo, perdieron ellos también sus derechos a la sucesión por no aceptar los principios de la tradición española y actuar en conformidad con los tales. Restaba el otro hijo varón de S.M.C. D. Francisco Javier de Borbón, D. Sixto Enrique de Borbón, a cuyo cargo estuvo la regencia y está ahora la corona; por ello la Comunión está con D. Sixto Enrique, Duque de Aranjuez y Rey de España.

La Comunión ejerce una buena parte de su labor mediante los círculos, algunos con más actividad que otros. Con los círculos se llevan a cabo actos como este; existe también una gran labor cultural, llevada a cabo en diversos frentes y cuyo principal promotor es el Consejo de Estudios Hispánicos Felipe II; a todo lo cual se añade la labor informativa que efectúa el periódico La Esperanza, en el que los círculos tanto de España como de Ultramar colaboran sin cesar; y por último queda la invasión de las instituciones liberales.

La Secretaría Política decidió hace un tiempo fundar un partido político, no porque la Comunión sea un partido, sino como un simple instrumento, que se llama Candidatura Tradicionalista (CTRAD), por el que les animo a interesarse, a fin de que puedan contribuir a él en la medida de lo posible con el propósito de que, cuando crezca, se pueda entrar en las instituciones liberales con el objeto de paralizarlas desde dentro. Paralela corre la labor de formación de carlistas, pues no se pueden mover carlistas a la acción política, si estos carlistas no existen, uno no puede trabajar con algo que no existe, de ahí que la extensión de la Comunión Tradicionalista no sea tan grande como quisiéramos, pero en ciertos aspectos estamos mejor que algunos años atrás.

Con este acto, en conclusión, volvemos a recordar a la sociedad que el remedio profundo, el remedio completo, la solución verdadera a sus males es el Reinado social de Ntro. Sr. Jesucristo; mucho más importante que la salud física o la vida en este mundo. Se lo recordamos con nuestros actos, con nuestra labor, y ante ella levantamos la bandera de Dios, la Patria y el Rey. ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva España! ¡Viva D. Sixto Enrique de Borbón!

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