divendres, 30 de gener del 2026

Crónica de la visita al sepulcro de San Raimundo de Peñafort, en Barcelona, el día de su fiesta litúrgica

Oración ante el sepulcro de San Raimundo de Peñafort, Catedral de Barcelona
 

Crónica de la visita al sepulcro de San Raimundo de Peñafort, en Barcelona, el día de su fiesta litúrgica


Patrón de los abogados y juristas. Es «el Santo Tomás de Aquino» del Derecho. Destacó no sólo por su sabiduría, sino también por sus virtudes, especialmente la humildad.



El pasado viernes, 23 de enero de 2026, fiesta de San Raimundo de Peñafort (según el calendario litúrgico tradicional), el Círculo Tradicionalista de Barcelona organizó una visita y oración ante su sepulcro —ubicado en una capilla lateral de la Catedral barcelonesa— y una peregrinación por algunos lugares del Casco Antiguo vinculados a la vida del santo, tal como se había anunciado aquí, aquí y aquí.

La visita se inició a las cuatro de la tarde, ante la puerta principal de la Catedral. Allí, se recordó la importancia de San Raimundo de Peñafort como actor fundamental en la construcción del orden social cristiano, tanto espiritual como material: es el santo que durante más largo tiempo permaneció en la ciudad (como estudiante, como canónigo, como fraile) y que, durante sus casi 100 años de vida, más influyó en la vida religiosa y política de la Barcelona de su tiempo —como consejero del Rey Jaime I el Conquistador, como Inquisidor de la Corona, como impulsor de la Reconquista (Valencia, Mallorca, etc.)—.

Era una época de construcción de la Cristiandad y nuestro santo fue uno de sus principales arquitectos espirituales e incluso materiales. Así, San Raimundo brilló en el campo del Derecho Canónico con la misma altura que Santo Tomás de Aquino en Teología. Por encargo del Papa Gregorio IX, compiló las Decretales, un cuerpo jurídico que fue ley universal de la Iglesia desde 1234 hasta 1917, cuando el Papa San Pío X promulgó el Código de Derecho Canónico.

Pero su grandeza no estuvo sólo en su sabiduría, sino en su heroica humildad, virtud que demostró con tres renuncias cruciales: en 1222, renunció a una prestigiosa canonjía catedralicia; en 1235, rechazó el Arzobispado de Tarragona que le ofrecía el Papa; y en 1240, dimitió del generalato de la Orden de Predicadores para buscar una vida de recogimiento, oración y estudio.


1. Sepulcro en la Catedral de Barcelona: La morada eterna


A continuación, ingresamos en la Catedral. En primer lugar, rezamos la visita al Santísimo Sacramento en la capilla del Cristo de Lepanto donde reposan, entre otros, el cuerpo incorrupto de San Olegario (1060-1137) y los restos del obispo Manuel Irurita (1876-1936), mártir de la Cruzada.

Después, nos dirigimos a la capilla lateral donde actualmente se ubica el sepulcro de San Raimundo de Peñafort. 

 

Sepulcro de San Raimundo de Peñafort, Catedral de Barcelona.


 


Allí, de rodillas, uno de los dos sacerdotes diocesanos que nos acompañaban rezó la siguiente oración:


¡Oh, glorioso San Raimundo de Peñafort!
Luz de la Cristiandad y baluarte de la justicia verdadera.
Patrono de juristas y abogados,
maestro insigne de la recta razón sometida a la Verdad,
conocedor profundo de las leyes que gobiernan a los hombres:
la Ley Divina, que procede de Dios;
la Ley Natural, grabada en los corazones;
y la ley positiva, que sólo es justa cuando se inclina obediente ante las dos primeras.

Tú, que serviste incansablemente al Reino de Cristo
al lado de papas, obispos y príncipes cristianos,
no para adular al poder, sino para corregirlo,
no para someter la verdad al mundo, sino al mundo a la verdad,
escucha, hijo ilustre de Santo Domingo,
nuestros ruegos por tu patria terrena
y por las tierras y pueblos que un día se proclamaron de Cristo
y hoy se avergüenzan de su Nombre.

Raimundo amado,
el Principado que tú contribuiste a ennoblecer y engrandecer
agoniza y amenaza ruina.
La Patria, desgajada de sus raíces,
y la sociedad, entregada a ídolos mudos,
caminan hacia la disolución y el olvido de Dios.
Las leyes ya no reconocen a Dios ni a la ley natural;
la justicia se ha vuelto instrumento del capricho;
la autoridad ha renegado de su deber;
la tradición es despreciada como lastre,
y el orden cristiano, paciente y fecundo,
ha sido sustituido por el caos ideológico y la mentira legal.
Los pueblos, privados de memoria y de esperanza,
son gobernados por normas injustas
y educados en el desprecio de la verdad.

Incluso la Iglesia visible, en esta tierra catalana antaño tan fiel y fecunda,
también se halla herida:
Los pastores han cambiado el báculo por el aplauso del mundo;
entregados a intrigas, vicios, desidia y mundanidad,
han abandonado a los rebaños a merced de los lobos.
La grey, otrora numerosa y firme en la fe,
ha quedado reducida a un resto pequeño, disperso y huérfano:
muchos huyeron, otros fueron degollados en el alma,
y no pocos se infectaron de la sarna del error y la tibieza.
Las pocas ovejas que aún resisten,
temerosas y agazapadas,
esperan el regreso —que parece no llegar—
de los buenos ministros y de los pastores fieles a Cristo.

Por ello, San Raimundo,
te suplicamos que intercedas ante el Señor,
tú que fuiste tan influyente en el Cielo como lo fuiste en la Tierra.
Ruega para que la ley vuelva a ser reflejo de la justicia,
la autoridad servicio,
y la Patria hogar ordenado bajo el Reinado social de Cristo.
Que Dios levante pastores santos,
juristas rectos y gobernantes temerosos de Su juicio.

Que, mediante tus ruegos,
el Divino Pastor nos conforte y sosiegue
con su vara y su callado,
para que la ansiedad y la desazón no se apoderen de nuestros corazones,
y para que no desfallezcamos en la hora de la prueba.

Haz que, purificada por el sufrimiento,
nuestra Patria recobre su alma cristiana;
que la sociedad, cansada de mentiras,
regrese humilde a los pies de la Cruz;
y que la Iglesia en esta tierra catalana vuelva a brillar sin manchas.

 

¡Por Dios, la Patria, los Fueros y el Rey!
Así sea.
Amén.


2. El primer Convento Dominico en el Call barcelonés: La llamada divina


De la Catedral nos dirigimos al corazón del antiguo barrio judío o Call. En la calle de Santo Domingo del Call (hoy renombrada por el gobierno izquierdista, borrando otra huella cristiana), se alzaba el primer convento de la Orden de Predicadores en Barcelona. Fue fundado en persona por Santo Domingo de Guzmán en 1219, en unas casas donadas por el piadoso Pedro Gruny.

 

Primer convento dominico en Barcelona, fundado en persona por Santo Domingo de Guzmán en 1219, y donde San Raimundo tomó el hábito dominico el 1º de abril de 1222.


Calle de Sant Domènech del Call (hoy, Carrer de Salomó ben Adret): Edificio actual en cuyo solar se hallaba el primer convento dominico de Barcelona fundado por Santo Domingo de Guzmán en persona en 1219.


Fue en este lugar de recogimiento inicial donde, tras regresar de sus estudios en Bolonia, San Raimundo, renunciando a la canonjía y privilegios que le ofrecían los Canónigos de la Catedral, tomó el hábito dominico el 1º de abril, Viernes Santo, de 1222.

Aquí, el brillante jurista cambió las honras del mundo por el sayal del fraile, dando su primera gran muestra de desprendimiento y humildad. En efecto, en aquel momento (1222) la Orden de Predicadores era una orden mendicante, sin propiedades, recién fundada (en 1216), con un fundador fallecido el año anterior (en 1221) en Bolonia (durante la estancia de San Raimundo en la misma ciudad italiana), y con un futuro incierto.

Este convento, sin embargo, pronto se quedó pequeño ante el fervor que despertaban las prédicas de los dominicos y el rezo de una nueva oración: el Santo Rosario, recién entregado por la Virgen a Santo Domingo diez años antes (en 1212) y que muchos fieles aún desconocían. Lo que nos lleva al siguiente hito de nuestra ruta.


3. La antigua parroquia de San Jaime: la nueva oración del Rosario


A pocos pasos del convento, llegamos a la actual Plaza de San Jaime. Este espacio, abierto en 1823 tras el derribo liberal de templos, ocupa el solar donde se erigía la parroquia de San Jaime, la más antigua de Barcelona.

 

Plaça de Sant Jaume: ubicación donde se encontraba la Parroquia de Sant Jaume, de origen inmemorial y derribada por la furia liberal iconoclasta en 1823, que con la demolición material buscaba demoler el orden social y espiritual cristianos.

 

Grabado de la antigua parroquia de Sant Jaume, demolida en 1823 por la furia iconoclasta liberal.



Era en este templo, hoy desaparecido, donde los primeros dominicos —y con ellos, muy probablemente, San Raimundo— acudían con los fieles a rezar el Santo Rosario. Esta devoción, entonces recién conocida y difundida por la Iglesia, encontró en esta comunidad un ferviente foco de propagación. En este lugar, la piedad mariana y la predicación se unían para fortalecer la fe del pueblo, en un siglo XIII que veía renacer la vida espiritual.

4. El antiguo Convento de Santa Catalina: La casa y tumba original


Nuestra última etapa nos lleva extramuros, descendiendo por la calle Llibretería (el antiguo Cardo Maximus de los romanos) y la calle de la Bòria (la antigua Via Francisca de los romanos y antigua carretera de Francia medieval), hasta la Plaza de Santa Caterina, donde hoy encontramos el horrible y bullicioso Mercado de Santa Caterina. Bajo su estrambóteica cubierta yace la memoria de lo que fue el gran Convento de Santa Catalina, construido a partir de 1223 en unos terrenos cedidos por el Rey Jaime I el Conquistador.

Portal del Carrer de Llibreteria, una de las cuatro puertas de la antigua Barcelona.

Barrio de la Bòria, que atravesamos —siguiendo la antigua Via Francisca— hacia Santa Caterina.



Este imponente convento gótico de dos claustros, consagrado en 1268, fue la obra material y el hogar de San Raimundo. Aquí se retiró tras sus renuncias; aquí vivió sus últimos 35 años de estudio, oración y asesoramiento a reyes; y aquí murió el 6 de enero de 1275, a la venerable edad de unos 100 años.

Su cuerpo fue sepultado en una capilla lateral de este convento, donde permaneció hasta que la furia iconoclasta liberal de 1837 lo demolió, junto con otros grandes conventos barceloneses, en un intento por borrar la memoria cristiana de la ciudad. Su cuerpo, trasladado a la Catedral, fue el que hoy veneramos en la capilla lateral que lleva su nombre.


Superposición del plano del antiguo Convento de Santa Caterina (derribado en 1837 por la furia liberal) sobre el actual y esperpéntico Mercado de Santa Caterina.


Plano del antiguo Convento de Santa Caterina, derribado por los liberales en 1837. Con el derribo material, buscaban un derribo social, espiritual y moral.

Grabado del antiguo Convento de Santa Caterina, derribado por los liberales en 1837. Se aprecia lo esbelto y enorme de su construcción.



Conclusión: Un legado imperecedero


Este recorrido no es un simple paseo histórico; es un testimonio de dos modelos de sociedad. La Barcelona del siglo XIII, con San Raimundo, era una ciudad que construía: levantaba conventos, compilaba leyes universales basadas en la justicia divina, reconquistaba tierras para la Cruz y tejía un orden social cristiano. La Barcelona del siglo XIX, en cambio, fue una ciudad que demolió sistemáticamente esos símbolos, intentando derribar con piedras el alma de un pueblo.

San Raimundo de Peñafort, patrón de juristas, es hoy un símbolo de que la verdadera grandeza nace de la humildad y el servicio, y un recordatorio de que las piedras pueden ser derribadas, pero el legado de quienes construyeron la Cristiandad perdura en la eternidad y guía los pasos de los fieles que, como nosotros hoy, buscan sus huellas.

Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau

 

dijous, 29 de gener del 2026

Reunión con el Prior de Montserrat sobre la cobarde retirada del monumento al Requeté

 

Reunión con el Prior de Montserrat sobre la cobarde retirada del monumento al Requeté


Publicamos, por primera vez, el contenido y los detalles de la reunión con el Prior de Montserrat durante el histórico acto del 29 de enero de 2022.


Fue una reunión improvisada, a petición del Prior. Duró más de una hora, en un clima correcto pero serio y grave.




El 29 de enero de 2022 tuvo lugar un histórico acto en Montserrat que reunió a medio millar de carlistas en protesta y desagravio por la cobarde retirada del monumento al Requeté, con la excusa de la Ley de (Des)memoria Democrática.

La crónica del acto publicada en su día ya informó que, tras la lectura del Manifiesto, éste fue «entregado en mano al Prior de la Abadía, P. Bernat Juliol, por parte de Helena Escolano y del presidente del Círculo Tradicionalista, J.L. Escobedo», pero no se dieron más detalles de este encuentro. Hoy, con ocasión del aniversario del acto, consideramos oportuno publicar, por primera vez, los detalles de la reunión.

Recordemos los antecedentes. La Abadía de Montserrat había retirado, sin aviso, el monumento al Requeté yacente que se emplazaba ante la Cripta-Mausoleo donde reposan para la eternidad los cuerpos de 319 requetés del Terç de la Mare de Déu de Montserrat. Poco después, el 15 de enero de 2022, el Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés, de la Comunión Tradicionalista, emitió un comunicado de repudio e impulsó el histórico acto de homenaje, protesta y desagravio, del 29 de enero de 2022. En este acto, nuestro capellán, mossèn Emmanuel Pujol, rezó el Vía Crucis ante la Cripta-Mausoleo; depositamos una ofrenda floral en el lugar donde se erigía el monumento retirado; a continuación, procesionamos en fila de a dos hasta la explanada de la Abadía, mientras entonábamos en gregoriano las Letanías de los santos; y, una vez en la explanada, nuestra margarita Helena Escolano leyó el manifiesto en el claustro gótico, junto a la entrada principal de la Abadía.



Habíamos previsto, tras la lectura del manifiesto, grapar en la puerta principal de la Abadía una copia del mismo en tamaño DIN A-3, a todo color y plastificada, que llevábamos preparada para tal efecto. Pero no fue necesario. Mientras se leían las últimas palabras del manifiesto, el jefe de seguridad de la Abadía y el comisario de los Mossos d’Esquadra en Montserrat informaron a José Luis Escobedo, jefe del Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés, que el Prior de Montserrat deseaba recibir a los responsables de acto, sin haber mediado petición por nuestra parte.

Así, José Luis Escobedo y Helena Escolano fuimos acompañados por el jefe de seguridad de la Abadía hasta una amplia sala de visitas donde nos esperaba el Prior de Montserrat, que en aquel momento era el P. Bernat Juliol i Galí. Esta sala se ubicaba en las plantas intermedias de la fachada principal, sobre la entrada a la Abadía, y contaba con unos ventanales que se asomaban a la explanada y al claustro gótico que, escasos minutos antes, había sido el escenario de nuestra lectura del manifiesto. De espaldas a los ventanales, un sofá de tres plazas, donde el P. Juliol invitó a sentarnos, y, en perpendicular, un sillón que él ocupó.

El Prior, P. Juliol, nos recibió con corrección pero, al mismo tiempo, con seriedad y gravedad. La reunión duró una hora larga y se desarrolló exclusivamente en catalán.

Tras los saludos de rigor, el P. Juliol nos comentó que, desde aquel mismo ventanal, había observado la llegada de nuestra procesión y había escuchado la lectura del manifiesto. Y nos trasladó su dolor por las contundentes palabras que había oído. «Contundentes, pero justas» —añadimos—, pues más nos había dolido a nosotros la cobarde retirada del monumento, como si su presencia fuera motivo de vergüenza.

El Prior justificó la retirada del monumento al Requeté por dos motivos. En primer lugar, para protegerlo de actos vandálicos: en diciembre anterior, unos desconocidos habían intentado decapitar con una radial la escultura en bronce del requeté yacente. Y, en segundo lugar, para anticiparse a la previsible retirada por parte de la Generalidad de Cataluña, tras la Resolución 154/XIV del Parlament de Catalunya aprobada en la Comisión de Justicia el 28 de octubre de 2021 (y publicada en el Butlletí Oficial del Parlament de Catalunya, BOPC, nº 151, de 9 de noviembre de 2021), que instaba a «retirar lo antes posible la escultura figurativa» del Requeté yacente de Montserrat por tratarse de un «monumento franquista» [sic]; era la culminación de las propuestas parlamentarias iniciadas en el año 2018 por los socialistas catalanes del PSC Eva Granados Galiano, y Ferran Pedret Santos (Butlletí Oficial del Parlament de Catalunya, BOPC, nº 126, de 16 de julio de 2018). Por estos motivos, la Abadía, de motu proprio, había retirado la escultura del requeté y la había depositado en sus almacenes, donde se «guardaba» en aquel momento.

Le respondimos que el monumento retirado homenajeaba a unos soldados catalanes heroicos que dieron su vida por defender la Fe. Estos soldados, los requetés, lucharon sin odio para defender la Tradición y la Religión porque amaban aquello que defendían: el orden social cristiano, que estaba siendo violentamente destruido por los revolucionarios sin Dios mediante todo tipo de persecuciones, atrocidades, crímenes y asesinatos contra los católicos, por odio a la Fe. Había requetés de toda condición social y edad: compartían trinchera padres e hijos, hermanos gemelos, e incluso hubo un caso de trillizos. Eran campesinos, obreros, estudiantes, profesionales, seminaristas, aristócratas o hijos de familias acomodadas. Muchos de ellos no hablaban castellano y los oficiales tenían que dar las órdenes en catalán para ser entendidos. Rezaban el Rosario en las trincheras y cada mañana, antes de la batalla, asistían a la Santa Misa y comulgaban.

Aquel odio antiguo de los revolucionarios sin Dios y contra Dios, es el mismo que resurge hoy día bajo la máscara de la «memoria democrática». Unido, esta vez, a una mal disimulada sed de venganza.

El Prior argumentó que debían cumplir las leyes civiles, entre ellas la de retirada del monumento. Le recordamos el ejemplo de Antígona, la protagonista de la tragedia griega de Sófocles. En efecto, Antígona, hija del fallecido Edipo, Rey de Tebas, desafió la ley del nuevo Rey Creonte que prohibía enterrar a su hermano Polinices —considerado «traidor»—, porque Antígona reconocía una ley más alta que la del poder humano: la Ley Divina, eterna y no escrita, que ordena dar sepultura a los muertos. Con plena conciencia del castigo, Antígona desobedeció el edicto real no por rebeldía política, sino por fidelidad religiosa y moral, aceptando la muerte antes que cometer impiedad. Su acto afirmó que la autoridad del Estado no es absoluta y que, cuando la ley de los hombres contradice la justicia sagrada, obedecer a Dios se convierte en un deber superior.

«Ay! Em poses en uns dilemes...», respondió el Prior.

Y continuamos. El acto de Antígona fue limitado, concreto y personal: no llamó a la rebelión, no cuestionó el trono ni la autoridad política... simplemente afirmó: «En esto, no obedezco». Así, su aparente desobediencia fue, en realidad, obediencia a una ley más alta; no fue anarquía. Antígona nos mostró cómo una pagana fue capaz de reconocer que la Ley divina está por encima de la ley humana.

El Prior, visiblemente incómodo y cambiando de tercio, nos animó a trasladar nuestras quejas «a los políticos» en general, y al Parlament en particular, así como a exponer nuestros argumentos públicamente en la prensa. Le respondimos que no participamos en las formas de poder partitocrático porque son parte del problema, ni colaboramos con la prensa liberal por su parcialidad y sesgo manipulador. Que fue la Abadía quien, de motu proprio, había retirado el monumento y por eso trasladábamos nuestra quejas a quienes habían actuado.

Nos recordó, de nuevo, que la Abadía había actuado para anticiparse a la ejecución de la resolución del Parlament que obligaba a retirar «monumentos franquistas» de Montserrat. Le corregimos: los requetés de 1936 no se alzaron «por Franco», sino a las órdenes del Rey Alfonso Carlos y en defensa del orden social tradicional que estaba siendo destruido violentamente por los revolucionarios ateos. Los desencuentros entre el carlismo y el régimen de Franco fueron profundos y constantes: incluso antes del 18 de julio, con las tensas negociaciones entre Fal Conde (Jefe Delegado del Rey Alfonso Carlos) y el general Mola (organizador del Alzamiento); tras el Alzamiento, en 1937, con el trágico Decreto de Unificación ordenado por Franco; y tras el término de la Cruzada, a causa del Estado centralizado, personalista y militar impuesto por el franquismo, que era totalmente opuesto a la sociedad tradicional, foral y orgánica basada en cuerpos intermedios, defendida siempre por el carlismo. Así, durante el régimen franquista, el carlismo fue marginado, vigilado y reprimido cuando intentó reorganizarse de forma independiente: Fal Conde, desterrado a Portugal en 1936; Don Javier de Borbón, expulsado de España; José María Valiente, marginado en la vida civil; Mauricio de Sivatte, encarcelado; entre muchísimos otros ejemplos.

La conversación devino circular: «Aneu al Parlament a exposar aquests arguments».

Tras una hora de conversación, el Prior se puso en pie. Le entregamos la copia del manifiesto en DIN A-3, a todo color y plastificada, que habíamos previsto grapar en la puerta principal de la Abadía, copia que fue recibida por el Prior. Y le invitamos a realizar una fotografía del encuentro, invitación que declinó. El jefe de seguridad de la Abadía, que esperaba en una sala adyacente, nos acompañó hasta la salida, en la explanada.

 


De aquellas jornadas, recordamos:

    •    Comunicado de la Comunión Tradicionalista del Principado de Cataluña con motivo de la retirada del monumento a los Requetés en Montserrat, publicado el 15 de enero de 2022.

    •    Video-reportaje completo del acto de protesta, publicado en el Canal de YouTube del Círculo de Barcelona.

    •    Video de avance.

    •    Mensaje de S.A.R. Don Sixto de Borbón.

    •    Introducción al rezo del Vía Crucis, por el Rvdo. P. D. Emmanuel Pujol.

    •    Lectura del Manifiesto en la explanada de Montserrat, por la margarita Helena Escolano.

    •    Canto del Oriamendi, al concluir el acto.

    •    La crónica del acto, publicada el mismo día en el diario La Esperanza.

    •    Un reportaje fotográfico publicado en el cuaderno de bitácora del Círculo barcelonés.

    •    El mensaje de agradecimiento del Círculo, publicado pocos días después.

 


 

Aquel día histórico, nuestros gritos resonaron en los peñascos de Montserrat:

Visca Crist Rei!

Visca l’Espanya Catòlica!

Visca Catalunya espanyola!   

Loor y glòria als màrtirs!



Helena Escolano, y
José Luis Escobedo,
Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau.

dimecres, 28 de gener del 2026

La casa pairal: de fills a fills

«Passadís encofurnat»

 

 

(Traducción al castellano, al final)

 

La casa pairal: de fills a fills


En Gaudí vol fer retornar a la ciutat, en les condicions modernes, l’antiga institució pairal, el nostre escambell, recordant-nos les seves condicions i la seva virtut.



—La casa del pare, la casa del pare —rondinava en Pere Veí, bo i senyant, amunt, amb dit apuntador, el trespol que cobria la llarga estesa de retrats i records que, coberts sota una pols lleugera, feien tota una vida, en aquell passadís encofurnat, tot atapeït d’andròmines velles i santes creus. La vida d’una família que, entre greus lliçons morals, amb vellarda vehemència, ens contava, fent volar les mans, aquell vell de poble. —Va morir aquí, al meu costat, els darrers dies no es va moure del llit. Ella ho era tot, la dona ho és tot, la resta de coses són de tercera categoria. Veieu, aquí hi ha una altra creu —tornava a assenyalar, mentre marxava pel corredor, de braços plegats.

Les veus de la nostra terra, els nostres narradors, han pronunciat, han descrit, han parlat de les coses velles, sempre de lluny, amb la llangor de l’enyorament, però amb l’afecció íntima, antiga, pròpia, d’allò que ve de dins.

Conta Martí Genís, que un dia que la muller i les criades feien dissabte, netejant les golfes de la casa —que és meva avui, i que fou casa pairal de Déu sap quants de mos avis—, elles remenant i espolsant coses velles —del color de la pols, sense més valor que el de la fusta vella—, van trobar, entre —una impressió de fred i tristesa—, el barret de tarot dels seus temps d’estudiant.

«Entendrit i melancòlic, quan ja va haver desaparegut de mos dits, i el noi xic se’l ficà al cap, arribant-li fins a mig cos [···] me’n vaig tornar al meu estudi, tot assaborint l’agredolç dels records que, tant sí com no em feren agafar la ploma, per a parlar d’aquell temps: essent la primera cosa que em vingué al pensament, aquell refrany de l’àvia, que Déu la perdó, no hi ha res averganyat que no sigui freturat (Sota un Tarot, Martí Genís, 1930).»

A la casa pairal, els objectes, els costums, les paraules, el silenci, tot, com entre els records, és d’una vellesa singular. Josep Pla diu que de la infància no en recorda res, però dedica paraules al carrer molt trist i llarg, la façana que donava a tramuntana, les habitacions, fredíssimes glacials, i el paisatge ordenat de feixes, de casa seva al carrer Nou.

En l’obra de Joaquim Raventós —Memòries d’un cabaler, la vida al camp—, es recull de forma singular l’esperit típic de la casa catalana, que ha sigut, com sentencia Torras i Bages, la composició social del país.

«Aquestes cases —escriu el senyor Raventós— que abrigades per la serra no pugen mai més del suau pujolet, ni baixen, tampoc, més avall del pla que domina la ribera, són les plàcides habitacions on s'engendraren les nostres pacífiques dinasties. En elles nasqueren els humanistes, els erudits, els savis, els prelats, els governants, els comerciants, els industrials. No existeix ni una sola d'aquestes cases que no posseeixi, en la seva història, algun home cèlebre.[···] D’una casa així nasqué aquell bisbe; d’aquesta altra, aquell monjo; aquell cèlebre polític nasqué en aquella; nascut en tal altra fou l’industrial que creà la fàbrica de vora del riu; de la de més enllà el comerciant que anà i vení varies vegades d’Amèrica.»

«Els mateixos hereus, la principalíssima missió dels quals és la continuació de la casa pairal.»

Es conserven poques notes escrites del mestre Antoni Gaudí, i entre les escasses pàgines, moltes d’elles dedicades a consideracions tècniques, hom troba unes ratlles  —inèdites— dedicades a la noble institució de la casa pairal.

Aquestes notes, el lector no les trobarà pretèrites, de novel·la, sinó que es presenten com a moderníssimes, d’una gran actualitat. Avui que la gent no troba on viure, i tot sovint ho ha de fer, per a cobrir-se de la necessitat, en condicions pròpies de la bèstia, llogant cambres o enterrant-se en locals de sota carrer; ara que el govern, per a sortir al pas d’aquestes circumstàncies tan miserables i poder encabir a la nostra terra més estrangers, planta grues i alça edificis; recordem, reproduïm, en aquest moment, les paraules, els apunts de Gaudí sobre la forma digna i noble del viure, sobre l’habitatge, sobre la nostra casa pairal.

«La casa és la petita nació de la família. [···] A la casa de la família se li ha donat el nom de casa pairal. [···] La necessitat de la casa pairal no és sols d’una època i d’una família determinada, és la necessitat de tothom i de sempre.

A la casa de la família se li ha dat el nom de casa pairal. Amb aquest nom, ¿qui no recorda algun bonic exemple al camp o a la ciutat? L'esperit de lucre i els canvis dels costums han fet desaparèixer de la nostra ciutat la major part de les cases pairals; les que resten gaudeixen d'una situació tan oprimida i insuficient, que acabarà amb elles.

La família independent té casa pròpia, la que no ho és, té casa de lloguer. La casa pròpia és el país natal, la de lloguer és el país de l’emigració. Per això la casa pròpia és l’ideal de tothom.

La independència de l'habitació, la bona orientació i l’abundància d'aire i de llum, de què freturen generalment les habitacions urbanes, es va a buscar en aquesta infinitat de torres que, pels contorns, donen el cas estrany que, la major part de les famílies, hi tenen les seves habitacions quotidianes. Per trobar aquestes qualitats, als habitants de les ciutats estrangeres no els condol d’apartar-se del centre d’aquestes, si bé això els ho permeten els nombrosos mitjans de comunicació, que afortunadament, nosaltres també comencem a tenir.

Just és, doncs, que aprofitem els mitjans que tenim, que pensem en la veritable habitació de la família, i que, ajuntant l'habitació urbana i la torre, en [re]neixi la casa pairal. A l'objecte, imaginem-nos una casa ni gran ni petita, una casa que en podríem dir ordinària, la qual, enriquint-la i engrandint-la, es convertirà en un palau; enxiquint-la i economitzant materials i adorns serà la modesta habitació de la família acomodada.

Afigurem-nos que en un solar de l'Eixampla, gran, segons les possibilitats del propietari, situat en un barri més o menys aristocràtic, segons la seva fortuna i posició, el rodeja una paret que sosté el terreny del jardí a l'altura suficient per no ser vist des del carrer, coronada per un calat (on es recolzen, a la caiguda del sol, els braços de les donzelles que hi van per veure els passants). Una llotgeta tocant a la porta interromp aquest terrat. Dins el solar, per un cantó, es desenrotlla una llarga rampa, camí de carruatges; pel davant, es presenta una escalinata des del cim de la qual es descobreix el jardí i, entre el fullatge de les albes i dels plàtans, la casa. Les habitacions, agrupades segons la necessitat de la seva orientació, formen un conjunt pintoresc, igual que les àmplies finestres dels dormitoris; el despatx i la sala de família, al migdia; el menjador d'hivern i les sales de visita, a ponent; i, al nord, l'estudi, el menjador d'estiu i les altres dependències. Separades d'aquesta agrupació, i en la mateixa direcció, hi ha la cuina i les seves dependències auxiliars. Entre el dormitori i l'estudi, ombrejat per acàcies i llorers, s’hi sorprèn un porxo ornat de terres cuites, que serveixen de niu als pardals dels voltants. A l'angle oposat hi veiem un hivernacle de ferro i cristall, jardí d'hivern que comunica amb les habitacions de rebre i que pot ser habilitat com a saló per a les grans festes familiars. A l'interior, per tot hi campeja la senzillesa per sistema, el bon gust per guia, i la satisfacció de les necessitats i de les comoditats per obligació. Tot és formal. S'hi troben representats els records de família, les gestes històriques, les llegendes de la terra, les delicades concepcions dels nostres poetes, els espectacles i escenes de la mare naturalesa, tot allò que té una significació i una estima. En una paraula: de fills a fills.

En fi, la casa que imaginem té dos objectes. Primer, per les seves condicions higièniques, fer éssers forts i robustos (d’aquells que en ella creixen i es desenvolupen) i, segon, mitjançant les condicions artístiques, dotar-los, dins del possible, de la nostra proverbial enteresa de caràcter. En un mot, fer dels fills que allí hi neixin veritables fills de la casa pairal.»

En Gaudí vol fer retornar a la ciutat, en les condicions modernes, l’antiga institució pairal, el nostre escambell, recordant-nos les seves condicions i la seva virtut.

La casa pairal no és una casa vella ni decrèpita: és l’arbre centenari que ha aixoplugat les generacions d’una nissaga, creixent amb elles, dreta, salubre i esvelta, i que encara, mentre es manté en vida, dona fruit. Nosaltres, que, com en Pere Veí, en som fills i hereus, no l’estimem pas per luxe ni comoditats, ans, hi hem patit fred, hi hem menjat pa dur i encara hi plorem les penes; l’estimem, i avui la reclamem, com s’estima una mare.

«Ho dic una vegada més; deixem en pau, d’una vegada, les velles pedres, els vestigis de la tradició. [···] No col·laborem més en la destrucció del temps [···] Ja n’hi ha prou» (Josep Pla, Els pagesos, 1952).

Dr. Pere Pau, Círcol Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau




* * *

(Traducción al castellano:)

La casa solariega: de hijos a hijos


Gaudí quiere devolver en la ciudad, en las condiciones modernas, la antigua institución solariega, nuestro escabel, recordándonos sus condiciones y su virtud.



—La casa del padre, la casa del padre —refunfuñaba Pere Veí mientras señalaba hacia arriba, con dedo apuntador, el techo que cubría el largo tendido de retratos y recuerdos que, cubiertos bajo un polvo ligero, recogían toda una vida, en aquel pasillo, como un cuchitril, apretujado de trastos viejos y antiguos recuerdos. La vida de una familia que, entre graves lecciones morales, con añeja vehemencia, nos contaba, haciendo volar las manos, aquel viejo de pueblo. —Murió aquí, a mi lado, los últimos días no se movió de la cama. Ella lo era todo, la mujer lo es todo, lo demás son cosas de tercera categoría. Veis, aquí hay otra cruz —volvía a señalar, mientras marchaba por el corredor, con los brazos cruzados.

Las voces de nuestra tierra, nuestros narradores, han pronunciado, han descrito, han hablado de las cosas viejas, siempre de lejos, con la decadencia de la nostalgia, pero con la afección íntima, antigua, propia, de lo que viene del interior.

Cuenta Martí Genís, que un día en que su mujer y las criadas hacían la limpieza semanal, adecentando las buhardillas de la casa —que es mía hoy, y que fue casa solariega de mis antepasados—, mientras ellas removían y desempolvaban cosas antiguas —del color del polvo, sin más valor que el de la madera vieja—, encontraron, entre —una impresión de frío y tristeza—, un sombrero de sus tiempos de estudiante.

«Enternecido y melancólico, cuando ya había desaparecido de mis manos, y el muchacho se lo puso en la cabeza, llegándole hasta medio cuerpo [···] me volví a mi estudio, saboreando el agridulce de los recuerdos que, tanto sí como no me hicieron tomar la pluma, para escribir de aquel tiempo: siendo, lo primero que me vino al pensamiento, aquel refrán de la abuela, a quien Dios la haya perdonado, que la necesidad obliga (Sota un Tarot, Martí Genís, 1930).»

En la casa solariega, los objetos, las costumbres, las palabras, el silencio, todo, como entre los recuerdos, es de una vejez singular. Josep Pla dice que de la infancia no recuerda nada, pero dedica palabras a la calle muy triste y larga, la fachada que daba a tramontana, las habitaciones, fríísimas glaciales, y el paisaje ordenado en bancales, de su casa en la calle Nueva.

En la obra de Joaquim Raventós —Memorias de un segundón, la vida en el campo—, se recoge de forma singular el espíritu típico de la casa catalana, que ha sido, como sentencia Torras y Bages, la composición social del país.

«Estas casas —escribe el señor Raventós— que abrigadas por la sierra no suben nunca más del suave turón, ni bajan, tampoco, más abajo del plan que domina la ribera, son las plácidas habitaciones donde se engendraron nuestras pacíficas dinastías. En ellas nacieron los humanistas, los eruditos, los sabios, los prelados, los gobernantes, los comerciantes, los industriales. No existe ni una sola de estas casas que no posea, en su historia, algún hombre célebre.[···] De una casa así nació aquel obispo; de esta otra, aquel monje; aquel célebre político nació en aquella; nacido en tal otra fue el industrial que creó la fábrica al borde del río; de la de más allá el comerciante que fue y vino varías veces de América.»

«Los mismos herederos, la principalísima misión de los cuales es la continuación de la casa solariega.»

Se conservan pocas notas escritas del maestro Antonio Gaudí, y entre las escasas páginas, muchas de ellas dedicadas a consideraciones técnicas, se encuentran unas líneas —inéditas— dedicadas en la noble institución de la casa solariega.

Estas notas, el lector no las encontrará pretéritas, de novela, sino que se presentan como modernísimas, de una gran actualidad. Hoy día, en que la gente no encuentra donde vivir, y a menudo lo tiene que hacer, para cubrirse de la necesidad, en condiciones propias de la bestia, alquilando recámaras o enterrándose en locales de a pie de calle; ahora que el gobierno, para salir al paso de estas circunstancias tan miserables y poder embutir en nuestra tierra más extranjeros, planta grúas y levanta edificios; recordamos, reproducimos, en este momento, las palabras, los apuntes de Gaudí sobre la forma digna y noble del vivir, sobre la vivienda, sobre nuestra casa solariega.

«La casa es la pequeña nación de la familia. [···] A la casa de la familia se le ha dado el nombre de casa solariega. *···] La necesidad de la casa solariega no es sólo de una época y de una familia determinada, es la necesidad de todos y desde siempre.

A la casa de la familia se le ha dado el nombre de casa solariega. Con este nombre, ¿quien no recuerda algún bello ejemplo del campo o de la ciudad? El espíritu de lucro y los cambios de las costumbres han hecho desaparecer de nuestra ciudad la mayor parte de las casas solariegas; las que quedan, disfrutan de una situación tan oprimida e insuficiente, que acabará con ellas.

La familia independiente tiene casa propia, la que no lo es, tiene casa de alquiler. La casa propia es el país natal, la de alquiler es el país de la emigración. Por eso la casa propia es el ideal de todo el mundo.

La independencia de la habitación, la buena orientación y la abundancia de aire y de luz, de que requieren generalmente las habitaciones urbanas, se va a buscar en esta infinidad de torres que, por los contornos, dan el caso extraño que, la mayor parte de las familias, tienen sus habitaciones cotidianas. Para encontrar estas cualidades, a los habitantes de las ciudades extranjeras no les pesa alejarse de ellas, si bien esto se lo permiten los numerosos medios de transporte, que afortunadamente, nosotros también empezamos a tener.

Justo es, pues, que aprovechemos los medios que tenemos, que pensemos en la verdadera habitación de la familia, y que, juntando la habitación urbana y la torre, [re]nazca la casa solariega. Al objeto, imaginémonos una casa ni grande ni pequeña, una casa que podríamos calificar de ordianria, la cual, enriqueciéndola y agrandándola, se convertirá en un palacio; empequeñeciéndola y economizando materiales y adornos será la modesta vivienda de la familia acomodada.

Imaginemos que en un solar del Ensanche, grande, según las posibilidades del propietario, situado en un barrio más o menos aristocrático, según su fortuna y posición, lo rodea una pared que sostiene el terreno del jardín a la altura suficiente para no ser visto desde la calle, coronada por una albardilla calada (donde se apoyan, en el ocaso, los brazos de las doncellas para ver a los pasantes). Un pequeño porche que da a la puerta interrumpe esta azotea. Dentro del solar, por un lado, se desenrolla una larga rampa, camino de carruajes; por delante, se presenta una escalinata desde cuya cumbre se descubre el jardín y, entre el follaje de las albas y de los plátanos, la casa. Las habitaciones, agrupadas según la necesidad de su orientación, forman un conjunto pintoresco, igual que las amplias ventanas de los dormitorios; el despacho y la sala de familia, a mediodía; el comedor de invierno y las salas de visita, a poniente; y, en el norte, el estudio, el comedor de verano y las otras dependencias. Separadas de esta agrupación, y en la misma dirección, hay la cocina y sus dependencias auxiliares. Entre el dormitorio y el estudio, sombreado por acacias y laureles, se sorprende un porche ornado de tierras cocidas, que sirven de nido a los gorriones de los alrededores. En el ángulo opuesto, vemos un invernadero de hierro y cristal, jardín de invierno que comunica con las habitaciones de recibir y que puede ser habilitado como salón para las grandes fiestas familiares. En el interior, campea la sencillez por sistema, el buen gusto por guía, y la satisfacción de las necesidades y de las comodidades por obligación. Todo es formal. Se encuentran representados los recuerdos de familia, las gestas históricas, las leyendas de la tierra, las delicadas concepciones de nuestros poetas, los espectáculos y escenas de la madre naturaleza, todo aquello que tiene una significación y un aprecio. En una palabra: de hijos a hijos.

En fin, la casa que imaginamos tiene dos objetos. Primero, por sus condiciones higiénicas, hacer personas fuertes y robustas (a quienes en ella crecen y se desarrollan) y, segundo, mediante las condiciones artísticas, dotarles, dentro del posible, de nuestra proverbial entereza de carácter. En una palabra, hacer de los hijos que allí nazcan verdaderos hijos de la casa solariega.»


Gaudí quiere devolver en la ciudad, en las condiciones modernas, la antigua institución solariega, nuestro escabel, recordándonos sus condiciones y su virtud.

La casa solariega no es una casa vieja ni decrépita: es el árbol centenario que ha guarecido las generaciones de una alcurnia, creciendo con ellas, erguido, salubre y esbelta, y que todavía, mientras se mantiene en vida, da fruto. Nosotros, que, como Pere Veí, somos hijos y herederos, no lo estimamos por lujo ni comodidad, sino que más bien, hemos padecido frío, hemos comido pan duro y todavía lloramos las penas; lo estimamos, y hoy la reclamamos, como se estima a una madre.

«Lo digo una vez más; dejemos en paz, de una vez, las viejas piedras, los vestigios de la tradición. [···] No colaboremos más en la destrucción del tiempo [···] Ya basta.» (Josep Pla, Los campesinos, 1952).

Dr. Pere Pau, Círcol Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau







dilluns, 26 de gener del 2026

Rutas guiadas de San Juan Bosco por Barcelona

  


Rutas guiadas de San Juan Bosco por Barcelona



Este año, 2 rutas: el viernes 30 por la tarde y el sábado 31 por la mañana, ambas en la Estación de Francia (Avda. Marqués de Argentera).



Con motivo de la festividad de San Juan Bosco, el próximo sábado 31 de enero, el Círculo de Barcelona organiza dos visitas guiadas siguiendo «los pasos de San Juan Bosco por Barcelona»:

* El viernes 30 de enero, a las cuatro de la tarde (16:00h.)

* El sábado 31 de enero, a las once y media de la mañana (11:30h.)

Don Bosco visitó Barcelona en 1886, durante un mes. Fue acogido calurosamente por los carlistas barceloneses. De hecho, la prensa carlista fue la única que recibió a Don Bosco como se merecía; en cambio, la prensa liberal —como La Vanguardia— recibió con burlas e insultos al santo.

Don Bosco era pro carlista, entusiasta del legítimo soberano de las Españas, Don Carlos VII, y son famosos sus sueños proféticos, entre los que hay alguno que predice el triunfo de la Causa de Dios, Patria, Fueros y Rey, como se comentará en la visita.

Esta visita guiada ya se realizó con notable éxito otros años, por lo que este 2026 se repetirá en dos días consecutivos, como se ha indicado.

Los interesados en asistir pueden enviar un correo electrónico a: carlismobarcelona@gmail.com

Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau

 

 


diumenge, 25 de gener del 2026

Crónica de la presentación en Barcelona de La restauración de la política católica, de Ruiz de Galarreta, por los carlistas valencianos Juan Oltra y P. Retamar

 

Crónica de la presentación en Barcelona de La restauración de la política católica, de Ruiz de Galarreta, por los carlistas valencianos Juan Oltra y P. Retamar


Instrumento de una acción política sostenida en el tiempo que toma por maestro y por referencia segura del tradicionalismo español —esto es, del carlismo— a don Alberto Ruiz de Galarreta


 

El jefe del Círculo Alberto Ruiz de Galarreta (Valencia), D. Juan Oltra, y su capellán, P. Juan Retamar, visitaron Barcelona para presentar el libro La restauración de la política católica, recopilación de artículos políticos de don Alberto Ruiz de Galarreta y Mocoroa, fundamental maestro carlista del siglo XX. La presentación tuvo lugar el pasado sábado 17 de enero de 2026, a las once y media de la mañana (11:30h.), en el Centro Cívico Pere Quart, de Barcelona, tal como se había anunciado, y estuvo organizada por el Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés.

Tras unas breves palabras de bienvenida por parte del jefe del Círculo de Barcelona, José Luis Escobedo, el P. Retamar presentó la extraordinaria figura de Ruiz de Galarreta con los hitos más importantes de su vida y expuso en su conjunto el proyecto editorial de publicación de sus obras reunidas. A continuación, don Juan Oltra introdujo las fuentes de los artículos contenidos en el primer volumen y los capítulos en los que éste se encuentra dividido, lo cual representa esquematizar la propia doctrina de don Alberto Ruiz de Galarreta. Finalmente, se dio un turno de preguntas y una tertulia con los asistentes, que continuó a partir de las dos de la tarde en un restaurante cercano, en agradable almuerzo y sabrosa tertulia, hasta bien entrada la tarde.


El P. Juan Retamar comenzó su exposición recordando la calificación de Ruiz de Galarreta como «el último carlista histórico» por parte de don Miguel Ayuso, en un obituario publicado en el diario ABC el 13 de septiembre de 2019. Alberto Ruiz de Galarreta formaba parte del selecto grupo de pensadores tradicionalistas —todos ya fallecidos, como Rafael Gambra, Juan Vallet de Goytisolo, Francisco Elías de Tejada, Álvaro d’Ors, Francisco Canals Vidal, Eugenio Vegas Latapie, etc.— que sintetizaron magisterio, apostolado y militancia política. El P. Retamar reconoció como un don de la Divina Providencia el haber conocido personalmente a Galarreta y disfrutado durante algunos años de su cercanía y amistad. Destacó algunos hitos importantes de su vida, comenzando por su nacimiento en San Sebastián (Guipúzcoa) en diciembre de 1922. Por motivos de edad, no pudo luchar en la Cruzada de 1936, como le hubiera gustado, y a diferencia de otros amigos como Gambra o Larramendi. De familia carlista por vía materna, su padre era comerciante y un apasionado de la fotografía. Al ser liberada San Sebastián, se afilió a la Agrupación Escolar Tradicionalista (AET) de la provincia de Guipúzcoa; contaba 15 años de edad. Terminada la guerra, la familia se trasladó a Valencia para que Alberto pueda iniciar la carrera de medicina, que terminó en 1946. En Valencia continuó vinculado a la Comunión Tradicionalista, siendo secretario del Requeté valenciano. El mismo año que concluyó sus estudios, don Alberto empezó el noviciado en la Compañía de Jesús, en Veruela (Zaragoza), pero los superiores concluyeron que no tenía vocación. Algo que él siempre llevó con cierto dolor y le hacía repetir que él no había sido infiel a Jesucristo. Regresó, pues, a Valencia, y tras un tiempo de discernimiento comenzó las oposiciones para entrar en el Cuerpo de Sanidad de la Armada, del cual se retiraría en 1985 como Coronel-Médico. En los primeros años en la Armada, fue destinado a buques, donde viajó y realizó distintas operaciones quirúrgicas en alta mar —muy avanzadas para la época— por las que recibió condecoraciones de honor. En 1955 fue destinado a Madrid, a la Policlínica del Ministerio de la Marina y, al mismo tiempo, al Colegio Mayor Jorge Juan. Así, don Alberto, ya asentado en la capital, empezó a frecuentar tertulias y a escribir sus primeros artículos; de hecho, no encontramos escritos suyos anteriores a este año. Realizó el doctorado en Historia de la Medicina, con un estudio sobre el doctor José Gómez Ocaña, dirigido por Pedro Laín Entralgo y publicado en el CSIC.

De la militancia carlista de don Alberto, el P. Retamar destacó su estrecha colaboración con don José María Valiente, secretario de la Comunión Tradicionalista (1955-1960) y luego Jefe Delegado (1960-1967) en sustitución de Manuel Fal Conde. Don Alberto entró muy pronto en contacto con el grupo que formaría la Ciudad Católica y la revista Verbo. Frecuentó la tertulia de «La Tropical» (nombre del restaurante de la calle Alcalá, donde se realizaba), en la que participaba Eugenio Mazón Verdejo, quien le presentó a Vegas Latapie y a Vallet de Goytisolo. También la tertulia de los jueves, en el domicilio de Antonio Pastor, de la revista ¿Qué pasa?, revista que quedaría como testigo escrito de la crisis postconciliar que sufriría la Iglesia en España en los siguientes años. En 1960 participó en el grupo que preparaba una acción contrarrevolucionaria en la Cuba castrista, pero, avisados por la inteligencia de Marina, suspendieron su participación: se trataba del frustrado desembarco en Bahía Cochinos de 1961. También animó en 1963 el documento de la Comunión Tradicionalista sobre la unidad religiosa, y en 1964 el Juramento de la Oliva.

Don Alberto fue muy crítico con la deriva conciliar de la «libertad religiosa». Escribió innumerables artículos sobre ello, al tiempo que realizó todo tipo de gestiones en defensa de la unidad católica y para aminorar el impacto del documento. En los años 70 y 80, tras el secuestro «hugonote» del Carlismo, cuya infiltración socialista siempre denunció, y aunque separado de la disciplina oficial, don Alberto siguió trabajando y conspirando. Tras la demostrada infecundidad política de las reuniones de 1986 para «la unificación del carlismo», a finales de 1990 participó en la reconstitución de la Comunión Tradicionalista en torno a S.A.R. Don Sixto de Borbón, de quien se honró de ser su servidor. En 2014, Don Sixto le concedió la Gran Cruz de la Orden de la Legitimidad Proscrita. 






Era un hombre de carácter jovial, con espíritu de niño que piensa su próxima travesura. Perseveró en la lucha hasta el final, de un modo alegre y sin hiel, sin amargura, sin derrotismo. Entusiasta, pero, a la vez, intransigente en los principios, especialmente en la unidad católica. Esta intransigencia nunca le impidió mantener toda suerte de relaciones «contubernales» para dirigir la acción a la afirmación de la unidad católica y, por eso, sin problema alguno, participó en todo tipo de revistas y publicaciones con tal que se hiciese patente su pensamiento y no quedase en silencio la tradición. Escribió más de 4.000 artículos, que firmó bajo múltiples seudónimos (Manuel de Santa Cruz, J. Ulibarri, P. Loidi, Aurelio de Gregorio, Dr. Fernández Arqueo, J. Macazaga, entre muchos otros). Además de su actividad como articulista, fue autor de la monumental obra en 33 volúmenes, Apuntes y documentos para la historia del tradicionalismo español, 1939-1966 (1979-1991), que continuó la ingente obra de Melchor Ferrer, que abarcaba hasta 1936.

El Círculo de Valencia se ha propuesto recoger, en al menos cinco volúmenes, los aspectos fundamentales de esos 4.000 artículos. Los tres primeros volúmenes estarían dedicados a sus escritos políticos. La restauración de la política católica es el primero de ellos; ya está en el horno el segundo, cuya noticia de su publicación podrá darse en poco tiempo; y el tercero se encuentra en elaboración. El cuarto volumen estará dedicado a contribuir a una «historia de los heterodoxos», para la cual resulta de gran ayuda el conjunto de textos que Galarreta dedicó a hacer seguimiento de las múltiples sectas y corrientes heréticas o paganizantes que entraron en España, especialmente (aunque no sólo) tras la aprobación de la Ley de Libertad religiosa en 1967. Por último, el volumen final estaría dedicado a los aspectos éticos, políticos y religiosos de la medicina, sobre los cuales el Dr. Ruiz de Galarreta escribió asiduamente. Por tanto, el plan de la obra trata de reflejar todos los temas relevantes y la diversidad de argumentos esgrimidos.




A continuación, tomó la palabra Juan Oltra para introducir las fuentes de los artículos contenidos en el primer volumen y los capítulos en los que éste se estructura, lo cual representa sintetizar la propia doctrina de don Alberto. En cuanto a las fuentes, Oltra destacó El Pensamiento Navarro, ¿Qué Pasa?, Siempre P’alante y Verbo, glosando algunos de los textos recogidos de cada cabecera en este primer volumen, y deteniéndose en un escueto comentario al estudio sobre «El tradicionalismo político y el régimen que cronológicamente siguió al 18 de julio», donde Galarreta ofrece una síntesis magistral que de algún modo complementa la obra de Rafael Gambra, Tradición o mimetismo. Ambos autores ofrecen un balance asaz crítico del régimen del General Franco, especialmente en lo tocante a la falsificación de la sociedad orgánica y la representación política.

El ponente, a continuación, pasó a desgranar los temas doctrinales. En este primer volumen se recogen seis capítulos y adelantó que el segundo, ya en ciernes, contendrá siete. El primer capítulo lleva por título «la política, oficio de alma». Se recogen textos donde don Alberto defiende la política en su concepción clásica y católica, como una realidad llamada a ser sacramental, a vehicular el orden cristiano y la unión del hombre con Dios y facilitar la vivencia de la Fe. Se divide en dos grandes temáticas: «meditaciones políticas» y «meditaciones para políticos». A continuación, el segundo capítulo se centra en la gran cuestión que abordó don Alberto durante toda su vida y que dio coherencia al resto de su obra: «la unidad católica», que ordena todo su pensamiento. En contraposición con esta cuestión, encontramos el tercer capítulo: «liberalismo y libertades de perdición». Que no fueron combatidas por Galarreta de un modo puramente «negativo» o «anti», sino poniendo constantemente como norte y guía la restauración del orden natural y cristiano al que la Revolución se opone.

Tras un cuarto capítulo donde se confronta el ser hispánico —«el genio católico de España»— con el europeísmo y los europeizantes, uno de los temas más constantes en su ejecutoria, se abren dos capítulos finales que recogen sus aportaciones históricas (que no historicistas, sino de marcado sabor filosófico y teológico) al esclarecimiento del significado político del 18 de julio y al estudio de la multisecular militancia carlista, fuente permanente de criterios y de prudencia.

Don Juan Oltra concluyó que con esta labor editorial no sólo se pretende recoger lo esencial del pensamiento de don Alberto, sino también los móviles de llevaron a don Alberto a escribir. Pues, en efecto, en todos sus escritos late una llamada apremiante a la acción ordenada. No en vano, entre sus aportes más específicos sobresalen las reflexiones en torno a la necesidad de fomentar vocaciones políticas. Con la mirada puesta en tal fin apareció la primera entrega de este proyecto editorial. De tal forma que no sólo se trata de un recuerdo piadoso a don Alberto, que lo es, por lo mucho que los carlistas le debemos, sino que es simultáneamente un instrumento de una acción política sostenida en el tiempo y que toma por maestro y por referencia segura del tradicionalismo español —esto es, del Carlismo— a don Alberto Ruiz de Galarreta y Mocoroa.

Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau

 





 

dissabte, 24 de gener del 2026

Las misiones catalanas, peripecias de una profesora de religión (IX): La tiranía de la felicidad


 

Las misiones catalanas, peripecias de una profesora de religión (IX): La tiranía de la felicidad


Hay que ponerse las gafas de Dios. Entender que la realidad se despliega con propósitos mucho más elevados y grandes, no accesibles para miradas despistadas como la mía.


Demasiadas veces me siento como Pedro hundiéndose en las aguas turbulentas. Si soy incómodamente honesta, también en la negación de Jesús. ¡Hay tantas formas de hacerlo! Tan sutiles algunas, casi imperceptibles. Negación, a fin de cuentas. Vuelvo al agua. Cuando pierdo el foco y el sentido de propósito, me enfango en el desastroso sistema educativo de niños emperadores que legislan incluso sobre mi vida. Un sistema que fagocita la creatividad, la pasión por la docencia, los momentos de contemplación gozosa. Una estructura que convierte al profesor en una caricatura hibridada entre un cheer leader, coach emocional, titiritero y Libro Gordo de Petete. Sobre todo, que los alumnos se entretengan y no se aburran. Lo de aprender, ya si eso…

Me hundo en estas aguas, me lamento, quiero un «plan B». Me peleo con el sistema como Quijote contra los gigantes. Me digo que desde que estoy en el Instituto estoy viviendo una de las peores etapas de mi vida. Una pesadilla. Lo siento en todo mi ser. Me hundo sin remedio en mi victimismo pueril. Quiero saltar del barco. Cuando, en realidad, he saltado y me hundo. Como Pedro.

Cuando decidí ser profesora de religión, hice como él: lanzarme alegre, valiente como un cruzado a conquistar tierras ocupadas. Las mentes de los adolescentes parasitadas de tanta ideología de muerte y estupidez. Como Pedro, me lancé de la barca de mi segura comodidad para caminar triunfante sobre las aguas revueltas.

«¡Voy a hablar de Dios a los alumnos, de Jesús y María, de la historia bien contada y no manipulada; eso haré!» Decidida como Pedro, impulsiva y un poco naïf. Y, como Pedro, me empecé a hundir cuando perdí de vista quién me sostiene. ¿Quién, sino Jesús, permite que camine sobre las aguas, en calma, marejada o en un tsunami?

 

Como Pedro, lo pierdo de vista a menudo. Demasiado. Confieso: soy débil. Me quejo y lamento. Y, como los hebreos, a quienes les parecía mejor la esclavitud de Egipto que la libertad del desierto. Recuerdo con nostalgia cuando era coach, conferenciante, profesora de yoga y recibía halagos, golpecitos en la espalda y reconocimiento. Nadie me trataba mal. Fíjate tú. ¿Para qué queremos más? Transitar la ancha carretera de la validación, el reconocimiento que engorda la vanidad y el «me merezco ser feliz».



Actualmente, la meta, el fin último de la humanidad, es la felicidad: el Edén al cual todos estamos llamados a experimentar. Como un grifo que emana un chorro de agua, la humanidad se vierte en este pseudoparaíso en la tierra. Una gran masa diluida en otra gran masa. ¡Menuda confusión! Y eso nada tiene que ver con la eternidad de nuestra alma, la beatitud más allá del gozo, el júbilo, la dicha. Imposible describirla, como imposible vivirla aquí, en la tierra. Dios nos salva uno a uno. El Enemigo primero nos diluye en un amasijo y nos condena confundidos en un todo.

Nuestro Mesías es trascendente, más allá. Vivir en el sí pero todavía no, es nuestra fe y esperanza. El Enemigo, en cambio, es el mesías inmanente de la felicidad edénica ahora y aquí. La tiranía de la sonrisa hueca. La máscara. No es el sistema educativo, no son los alumnos ni los tediosos claustros: es la tiranía engañosamente dulce en la que el enemigo nos encierra y somete sin que nos demos cuenta. Así me hundo, cuando la dictadura de la felicidad hueca me secuestra de nuevo. Confieso, pues, mi flojera. Y sigo.

Recalcular ruta implica, pues, tomar conciencia clara de que no soy profesora de religión para ser feliz. Es más: desde que bajé definitivamente la persiana de mi centro de yoga, coaching y terapias new age, entendí —muy duramente, por cierto— que mi felicidad no importa, sino la de Dios. ¿Qué lo hace feliz? ¿Qué pensó para mí? ¿Con qué propósito me creó?

Y con esta perorata introductoria no estoy haciendo un alarde de masoquismo cristiano: «Venga a sufrir en este valle de lágrimas, un poco de resignación cristiana, cuatro avemarías y a seguir sufriendo». No voy a dar el gusto a los anticristianos de cliché fácil.

Pues bien, cuando pierdo de vista por qué estoy en el Instituto como profesora de religión es cuando la desesperanza que el enemigo ansía para mí ocupa espacio. Dicho de otra forma, pedagógica: cuando miro la realidad desde mi mirada limitada, sesgada y contaminada por las ansias de felicidad hueca, la realidad me engulle y yo sufro. Un padecimiento estéril, que no sirve para nada ni a nadie.

Hay que ponerse las gafas de Dios. Entender que la realidad se despliega con propósitos mucho más elevados y grandes, no accesibles para miradas despistadas como la mía. Desde mi limitación, creía que ser profe de reli significaba dar clases a los chavales. Punto. Me visualizaba en el aula, con la pizarra a mi espalda y los alumnos atentos, mano alzada, preguntas profundas, curiosidad, respeto, aprendizaje sin fin. Como Platón o Sócrates o san Pablo en el Areópago. Así me perdía en vanas ensoñaciones propias de la tiranía de la felicidad. «Merezco ser feliz», no hay aseveración más demoníaca. Una llave certera que abre las puertas del infierno. La eterna guerra contra una realidad que es la que es ajena a nuestros deseos infantiles. Al enemigo le gusta la guerra y lo que nace de ella.

Pero este propósito miope no se corresponde para nada con los planes de Dios. Qué va. Estoy en el Instituto, como servidora inútil en realidad, para lo que Dios disponga, no lo que mi ansia de felicidad decida. El aterrizaje a la realidad casi me deja mellada.

Hace cosa de quince días lo entendí con mayor profundidad. De la nada recibí un WhatsApp de un compañero que tuve hace tres años en uno de los Institutos. Un joven —del que podría ser su madre—, profesor de Historia, con el que hice buenas migas. Atento, curioso y para nada me tiraba pullas anticristianas. Y eso es un tesoro. Charlábamos de camino al aparcamiento de esto o aquello. Nos quejábamos mucho, eso también. Es humanamente imposible no hacerlo. Y soltar la presión interna es pura supervivencia a veces.

Se fue del Instituto y nos seguíamos la pista de vez en cuando. Pero este último mensaje tenía una característica distinta: «Necesito ayuda espiritual». Un «¡ostras!» vino a mi mente, con una punzada de sana curiosidad y ganas de ser útil. Al parecer, su novia estaba teniendo serios problemas que ellos interpretaron como algo más que un simple achaque psicológico, ansiedad o depresión al uso. Algo distinto, que requería una solución acorde a lo que intuían. «Es que sólo tú puedes entender el problema y sólo te conozco a ti con contactos en la Iglesia para ayudarnos».

No voy a entrar en la problemática de la chica, por cierto, durísima. Obviamente, me puse en marcha cuanto antes. Contacté con un sacerdote, les di dos medallas de San Benito exorcizadas por los benedictinos de Silos, una botellita de agua bendita y un rosario de Jerusalén —«que os lo bendiga el sacerdote cuando vayáis»— y otros consejos más a la inexperta pareja: «Nada de piedras, cuarzos y cosas esotéricas; nada de curanderos que limpien el aura o las energías; nada de alcohol o películas chungas. ¿Sabéis el Padrenuestro? ¿El Avemaría? Pues en bucle y como si no hubiera un mañana. No tengáis miedo».

 

Me doy cuenta de que los profesores de religión estamos allí para algo más grande, en un ejército que Dios dispone a sus soldados estratégicamente. Para un roto o un descosido. Ponernos exquisitos no es lo que nos toca. Tampoco el masoquismo autodestructivo. Estamos en el Instituto para ser un faro, más o menos luminoso. Un dedo que señala a Dios. Para esparcir las semillas, que ni tan siquiera sabemos si van a germinar. Y no nos toca a nosotros saberlo.

Recuerdo ahora mismo el día que una compañera de Filosofía me dijo que acababa de morir su padre. «Mi madre lo incineró a toda prisa y ni funeral tuvo». Yo escuchaba sin decir ni mu. Ella me comentó: «Mi padre era muy creyente». Otro «¡ostras!» interior hizo que le preguntara: «¿Cómo se llamaba tu padre?» Recé por él y su alma durante un largo periodo de tiempo y ofrecía cada Misa a la que acudía. Quizá no es mucho a los ojos de mi mente inquieta, débil y presa de la dictadura de la felicidad, pero para el alma de este hombre incinerado velozmente es más de lo que alcanzo a imaginar.

Y, ahora que lo pienso, he rezado por las almas de muchos padres o madres de alumnos o maestros, incluso profesores, que han muerto. También un alumno, fue muy triste. Y sí, entiendo mejor lo que Dios quiere, aunque no siempre soy dócil y tengo la cerviz un poco tiesa. Como los hebreos murmuradores.

Hoy, a la vuelta de las vacaciones de Navidad, me he dado cuenta de que quizá algo ha cambiado en mí y en mis alumnos. Este grado de comprensión quizá me ha relajado y he dejado de empujar a Dios en mi voracidad de felicidad. Mis alumnos han sido inusitadamente correctos, sobre todo los de segundo curso. Me han hecho preguntas interesantísimas y agradecen las respuestas. No sé… un punto de inflexión, un pequeño milagro en mi confundida conciencia y percepción. Clamé auxilio, como Pedro, y Jesús me tendió la mano y me dejé salvar. Otra vez. Y las que hagan falta. Porque volverá a pasar. Lo sé.

Dejar que Dios sea Dios es todo lo que requiere esta vida, la que nos toque vivir, allí donde Él soberanamente disponga. Para la construcción del Reino, mi santificación y penitencia de tantos desatinos. Y también, cómo no, para que estos chavales sepan que tienen un amigo, un Dios muy cercano que se hizo hombre, que los sostiene de la mano, los guía y protege, aunque quizá no lo sepan. Que cuando sus video juegos, chándal nuevo, zapatillas carísimas, o novia o vete tú a saber, ya no satisfagan el vacío, se acuerden que Dios aguarda un pequeño gesto. Y más allá de los alumnos, toda oveja perdida, ya sea un profesor o la conserje. ¿Quién sabe? A mí no me toca saber, sólo confiar. Y dejar de murmurar.

Como Job, después de la reprimenda de Dios, por ahora voy a cerrar la boca y guardaré silencio. Hasta más ver.

Eulàlia Casas, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau.