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dimecres, 25 de març del 2026

Els dies morats d’Antoni Gaudí




Els dies morats d’Antoni Gaudí


Sacrifici i penitència, la quaresma de 1894



El contemporani Jordi Elías assegura en un breu fragment de la seva obra biogràfica, dedicat a la vida amorosa de l’arquitecte, que, en un determinant moment, potser precipitat per la frustració o per la soledat, el sentiment amorós d’en Gaudí es transformaria en una vida religiosa d’una gran intensitat.

Si bé nosaltres defensem —com també sosté Cèsar Martinell— que el fervor del nostre beat no es pot reduir a una suposada conversió interessada per a cobrir-se de la necessitat, iniciem l’article amb aquesta afirmació perquè, en certa manera, recull amb encert la naturalesa del sentiment religiós d’Antoni Gaudí, intens com la més noble de les passions humanes.

No essent l’objectiu d’aquestes notes, aprofitem l’avinentesa, esbossada aquesta transició vital, per a dedicar unes paraules a la polèmica joventut del venerable arquitecte. L’any 1870, l’arqueòleg Eduard Toda, amb una participació no definida d’Antoni Gaudí, elabora un manifest de joventut per a la restauració del Reial Monestir de Santa Maria de Poblet —destruït amb l’exclaustració i la desamortització de Mendizábal.

En el seu preàmbul s’expressa, a malgrat d’aquesta noble intenció de restauració, un dipòsit d’idees progressistes i anticlericals propietat de l’època.  

 

«Poblet debe ser restaurado, sí; no debe volver a morar en él este ominoso poder de buitres que un día devoraron la conciencia del pueblo hispano para así ahogar el recuerdo de sus maldades, debe, para que forme singular contraste con sus antiguos días, ser erigido en sublime templo de la humanidad donde las ciencias y las artes tengan sus museos y academias.»

Si bé les paraules d’aquestes línies de significat dubtós —puix l’autor assenyala, posteriorment, en el cos del text, que si el Monestir fora ocupat per un grapat de monjos, aquest podria recuperar el goig del seu passat—, no es poden pas atribuir directament a en Gaudí —que endemés havia recollit per a si mateix alguns llibres pietosos de la biblioteca—, sorprèn trobar-hi lligat el seu nom, avui venerable.   

És ben coneguda també la sospitosa participació de Gaudí en les tertúlies nocturnes, anticlericals, que algú ha anomenat també de maçòniques, en una taula arraconada, en el Café Pelayo.

 

«[Gaudí] Era tan apasionadamente anticatólico que no vacilaba ante las más vocingleras manifestaciones de anticlericalismo. Parándose, por ejemplo, a la puerta de las iglesias para increpar los fieles con el grito entonces muy elocuente de borregos».



L’afirmació, d’en Feliu Elías, és interpretada i sentenciada per Martinell:

 

«Es posible que en lo transcrito el autor, como caricaturista que era y poco creyente —el mateix Elías es riuria de la posterior religiositat de Gaudí bo i dient que Nostre Senyor l’havia castigat amb la fe— hubiese cargado la nota irreligiosa, lo del rito nocturno blasfematorio, en una tertulia que frecuentaban a veces el canónigo Collel y el sacerdote Verdaguer, resulta caricaturesco.»

«Si existieran estas etapas antirreligiosas en el orden sobrenatural, la religiosidad de después tiene más valor. Al buen pastor y al padre del hijo pródigo les alegra más el retorno de la oveja perdida que la permanencia de las otras reses en el redil.»

«No sabemos el tiempo que duró esta etapa de su juventud ni se le conoce otra manifestación anticlerical que las ya referidas. […] Doy por seguro que Gaudí nunca se sintió desconectado de la religión.

La turbonada anticlerical fue cosa superpuesta que pudo adormecer, pero no extirpar los principios de la fe que Gaudí había heredado de sus mayores y fomentado en los años de la infancia y adolescencia, que suelen dejar huella en la vida.» 



Tot això —que per a Martinell era producte de l’atracció intel·lectual que les idees modernes del progrés i de la llibertat havien de produir naturalment en la joventut d’una ànima bondadosa— no té gaire entitat ni evidència. És cert que existeixen aquests testimonis —i, per tant, certa incertesa—, però, damunt d’aquests relats no s’hi poden asseure les afirmacions agosarades que acusen la joventut de Gaudí d’anticlerical i descreguda.

Joaquim Bassegoda —company d’estudi d’en Gaudí, testimoni sòlid— afirma que mai l’havia sentit parlar malament de la religió i que aquest mai havia interromput la participació en els sagraments a la Catedral de Barcelona.

El sentiment i la pràctica religiosa li foren sempre dominants, hagués participat de més o de menys en aquest moment d’agitació social. La vida i l’obra, privada o pública, que ocupen tota la maduresa de l’arquitecte, demostren una fe sòlida i contundent.

···


Relatem, d’endavant, un episodi poc conegut de la vida d’en Gaudí.

El beat era un solemne defensor de la mortificació corporal, bressol de l’alegria de l’ànima, i va contenir la seva vida amb els cinyells de l’esforç extrem, la sobrietat del menjar i l’exercici corporal.

 

«Cal estar ocupat tot el dia, intel·lectualment i manualment, caminant i fent exercici, tot a proporció de les forces que es tenen. Així es dorm tota la nit completa, i això és l’equilibri, la compensació, la vida. [···] Cal menjar, dormir i abrigar-se solament el necessari i fins que en sentim la necessitat». 



Ens servim del relat dels seus més propers col·laboradors, per a mostrar l’exemple més extrem d’aquesta convicció, la rigorosa mortificació dels dies morats de 1894. El 24 de març de 1951, al Diario de Barcelona, Ricard Opisso publica:

«Fue allá por los días de la cuadragésima de 1894 cuando nuestro arquitecto hacía ya unos días que no se acercaba por las obras. Sufría un agotamiento físico por haberse impuesto una demasiada rigurosa e inquebrantable abstinencia, junto con el cansancio que padecía hacía algún tiempo debido a sus intensas actividades e ingentes esfuerzos para poder llevar a cabo sus recientes y simultáneas construcciones.

Por aquellos días de Cuaresma de dicho año, el arquitecto quiso gozar las dulzuras de la contemplación, extremando con demasiado rigor la dieta cuadragesimal, más de lo que la iglesia prescribe, consagrándose por entero los ejercicios del espíritu y a las prácticas de la devoción, con serio quebranto de su salud. Su atribulado padre, a la sazón ya septuagenario, fue en busca del doctor Santaló, su fraternal amigo, todo fue en vano.

Así es que el bueno de su colaborador, el señor Berenguer iba a visitarlo casi a diario en su domicilio de la calle Diputació, para consultarle mil detalles respecto de sus obras. Tanto se fue agravando el señor Gaudí en su enfermedad que al fin todos los que formábamos el equipo técnico, que, dicho sea de paso, lo considerábamos poco menos que un dios, decidimos ir a visitarlo un domingo inicial de Semana Santa. Una vez hubimos llamado a la puerta de aquel cuarto piso, nos salió a abrir una jovencita de voz cantarina y cautivante, muy vivaracha y decidida a la vez. Al punto, y sin anunciar nuestra visita, nos hizo pasar a la habitación del señor Gaudí. Mas al llegar al umbral pronto nos detuvimos sin osar entrar. Tan mala fue la impresión que nos causó aquel mísero aposento, tan pelado y pobre de muebles estaba que incluso para hacer más inhóspito el ambiente de sus paredes pendían a trizas y a jirones grandes desempapaleduras del desteñido y mohoso papel con el orden tajante del señor Gaudí de que no se tocara para nada.

He dicho tan pelado y pobre de muebles, mas yo no sé hasta qué punto pueden llamarse muebles a un pobre camastro y a un liviano e inconfortable sofá de los llamados de Viena, de caracoleadas curvas, con el respaldo y el asiento de rejilla, que, a juzgar por la baraúnda de enredos y chirimbolos que en él había, servía de mesita de noche y de perchero a la vez. Recuerdo también que dentro de aquel revoltijo de cosas se veían varios números del periódico La Renaixença, además de un pequeño ejemplar del Kempis, su pasto espiritual. Y como presidiendo toda aquella ficticia miseria, encima del respaldo del sofá se veía un pequeño crucifijo sin valor artístico ninguno, con un termómetro al lado.

A todo esto la figura de Gaudí yacía postrada en aquel mísero camastro, con las manos blancas y enjuntas, todas piel y hueso, cruzadas sobre el pecho, pero no metido entre las sábanas como era de suponer, sino tendido encima de ellas y como si quisiera ir al cielo vestido y calzado.

Mas, a decir verdad, nunca como en aquellos instantes vi en el semblante exangüe de Gaudí, tanta nobleza y majestad de santo. Aquella su cabeza aureolada con el pelo y la barba de un rubio azafranado, con la boca entreabierta y entornados los ojos, aquellos sus ojos azules de reflejos metálicos y aquellas facciones tan finas como talladas a cincel, resultaban una cosa verdaderamente impresionante. Sin duda contribuía a ello que, no habiendo ni cortinajes ni visillos en el balcón, la luz entraba a raudales dando de lleno en su figura y dorando su semblante, más esclarecido por el resplandor que salía de su interior de su alma, de santo que por la luz que recibía de fuera. Por otra parte, tan absorto estaba, que daba la impresión de que ni los bríos de aquella vivaracha y desenvuelta sobrina en la irrupción nuestra no le importaban para nada, como si no nos viera y no estuviera con sus sentidos en la tierra, como muriéndose de no morir como nuestra santa Teresa de Jesús, en la expresión de su semblante se adivinaba un no sé qué de misterio, algo fuera del tiempo y del espacio.

Ante el temor de un desenlace fatal, el señor Rubió y el señor Berenguer decidieron ir en busca de su más entrañable amigo, el doctor Torras y Bages, que a la sazón vivía a dos pasos de allí, o sea, en el pasaje de Permanyer. Se dio la feliz casualidad de que lo encontraron en casa. Al poco rato aquel sabio sacerdote estaba en presencia de Gaudí. Eran de oír las atinadas reflexiones que, con gran interés, profundidad y piedad, salían de los labios de aquel otro santo varón y sabio filósofo a la vez.

Tras aquellas palabras de tan prelado sacerdote, dichas con afable y sublime llaneza, pero al mismo tiempo llenas de prudencia y alto juicio, comprendimos, tanto por la expresión de su semblante como por su respirar, que en el interior de Gaudí se libraba una batalla íntima entre continuar su sacrificio y expansión hacia Dios o bien obedecer las razones del sabio doctor, llenas de amor real y humano, al propio tiempo que ungidas de espiritualidad y divinas inspiraciones. Por fin nuestro genial arquitecto, apreciando todo el valor que contenían, reaccionó como por milagro de aquel profundo sopor en que había estado sumido y una expresión de sumo agradecimiento iluminó su semblante».


Acabem amb les paraules que el venerable Torras i Bages va pronunciar en aquel momento, recollides per Opisso, a la seva amistat, Antoni Gaudí:

«Bon amic Antoni, tot i que el sacrifici és sempre l’acte més heroic i meritori, per assolir la vida eterna, no per això és precís turmentar-se d’aquesta manera. La vida és curta i passa aviat! Un home no l’ha d’abandonar a la pròpia voluntat, sinó per la de Déu. I amb més raó en el vostre cas, que teniu la missió assenyalada en aquesta terra de dur a terme l’obra començada per desig de Déu i per a nodriment espiritual dels cristians».

«El sacrifici és l’única cosa fructífera».
—Antoni Gaudí


Dr. Pere Pau, Círcol Tradicionalista de Barcelona Ramon Parés y Vilasau.


*****




Los días de morado de Antoni Gaudí


Sacrificio y penitencia, la Cuaresma de 1894



El contemporáneo Jordi Elías asegura en un breve fragmento de su obra biográfica, dedicado a la vida amorosa del arquitecto, que, en un momento determinante, quizás precipitado por la frustración o por la soledad, el sentimiento amoroso de Gaudí se transformaría en una vida religiosa de una gran intensidad.

Si bien nosotros defendemos —como también sostiene Cèsar Martinell— que el fervor de nuestro venerable no se puede reducir a una supuesta conversión interesada para cubrirse de la necesidad, iniciamos el artículo con esta afirmación porque, en cierto modo, compilación con acierto la naturaleza del sentimiento religioso de Antoni Gaudí, intenso como la más noble de las pasiones humanas.

No siendo el objetivo de estas notas, aprovechamos la ocasión, esbozada esta transición vital, para dedicar unas palabras a la polémica juventud del venerable arquitecto. El año 1870, el arqueólogo Eduard Toda, con una participación no definida de Antoni Gaudí, elabora un manifiesto de juventud para la restauración del Real Monasterio de Santa Maria de Poblet —destruido con la exclaustración y la desamortización de Mendizábal.

En su preámbulo se expresa, a pesar de esta noble intención de restauración, un depósito de ideas progresistas y anticlericales propiedad de la época.

«Poblet debe ser restaurado, sí; no debe volver a morar en él este ominoso poder de buitres que un día devoraron la conciencia del pueblo hispano para así ahogar el recuerdo de sus maldades, debe, para que forme singular contraste con sus antiguos días, ser erigido en sublime templo de la humanidad donde las ciencias y las artes tengan sus museos y academias.»


Si bien las palabras de estas líneas de significado dudoso —pues el autor señala, posteriormente, en el cuerpo del texto, que si el Monasterio fuera ocupado por un puñado de monjes, este podría recuperar el gozo de su pasado—, no se podan atribuir directamente a Gaudí —quien, además, había recogido para sí mismo algunos libros piadosos de la biblioteca—, sorprende encontrar ligado su nombre, hoy venerable.

«[Gaudí] Era tan apasionadamente anticatólico que no vacilaba ante las más vocingleras manifestaciones de anticlericalismo. Parándose, por ejemplo, a la puerta de las iglesias para increpar los fieles con el grito entonces muy elocuente de borregos».


La afirmación, de Feliu Elías, es interpretada y sentenciada por Martinell:

«Es posible que en lo transcrito el autor, como caricaturista que era y poco creyente —el mismo Elías se reiría de la posterior religiosidad de Gaudí diciendo que Nuestro Señor le había castigado con la fe— hubiese cargado la nota irreligiosa, lo del rito nocturno blasfematorio, en una tertulia que frecuentaban a veces el canónigo Collel y el sacerdote Verdaguer, resulta caricaturesco.»

«Si existieran estas etapas antirreligiosas en el orden sobrenatural, la religiosidad de después tiene más valor. Al buen pastor y al padre del hijo pródigo les alegra más el retorno de la oveja perdida que la permanencia de las otras reses en el redil.»

«No sabemos el tiempo que duró esta etapa de su juventud ni se le conoce otra manifestación anticlerical que las ya referidas. […] Doy por seguro que Gaudí nunca se sintió desconectado de la religión.

La turbonada anticlerical fue cosa superpuesta que pudo adormecer, pero no extirpar los principios de la fe que Gaudí había heredado de sus mayores y fomentado en los años de la infancia y adolescencia, que suelen dejar huella en la vida.»


Lo antedicho —que para Martinell era producto de la atracción intelectual que las ideas modernas del progreso y de la libertad tenían que producir naturalmente en la juventud de una alma bondadosa— no tiene mucha entidad ni evidencia. Es cierto que existen estos testigos —y, por lo tanto, cierta incertidumbre—, pero, encima de estos relatos no se pueden sentar las afirmaciones osadas que acusen la juventud de Gaudí de anticlerical y descreída.

Joaquim Bassegoda —compañero de estudio de Gaudí, testigo sólido— afirma que nunca lo había oído hablar mal de la religión y que este nunca había interrumpido la participación en los sacramentos a la Catedral de Barcelona.

El sentimiento y la práctica religiosa le fueron siempre dominantes, hubiera participado de más o de menos en este momento de agitación social. La vida y la obra, privada o pública, que ocupan toda la madurez del arquitecto, demuestran una fe sólida y contundente.

***

Relatamos, a continuacón, un episodio poco conocido de la vida de Gaudí.

El venerable era un solemne defensor de la mortificación corporal, cuna de la alegría del alma, y contuvo su vida con los cinturones del esfuerzo extremo, la sobriedad de la comida y el ejercicio corporal.

«Hay que estar ocupado todo el día, intelectualmente y manualmente, andando y haciendo ejercicio, todo a proporción de las fuerzas que se tienen. Así se duerme toda la noche completa, y esto es el equilibrio, la compensación, la vida. [···] Hay que comer, dormir y abrigarse solo el necesario y hasta que sentimos la necesidad.»


Nos servimos del relato de sus más próximos colaboradores, para mostrar el ejemplo más extremo de esta convicción, la rigurosa mortificación de los días morados de 1894. El 24 de marzo de 1951, en el Diario de Barcelona, Ricard Opisso publica:
 

«Fue allá por los días de la cuadragésima de 1894 cuando nuestro arquitecto hacía ya unos días que no se acercaba por las obras. Sufría un agotamiento físico por haberse impuesto una demasiada rigurosa e inquebrantable abstinencia, junto con el cansancio que padecía hacía algún tiempo debido a sus intensas actividades e ingentes esfuerzos para poder llevar a cabo sus recientes y simultáneas construcciones.

Por aquellos días de Cuaresma de dicho año, el arquitecto quiso gozar las dulzuras de la contemplación, extremando con demasiado rigor la dieta cuadragesimal, más de lo que la iglesia prescribe, consagrándose por entero los ejercicios del espíritu y a las prácticas de la devoción, con serio quebranto de su salud. Su atribulado padre, a la sazón ya septuagenario, fue en busca del doctor Santaló, su fraternal amigo, todo fue en vano.

Así es que el bueno de su colaborador, el señor Berenguer iba a visitarlo casi a diario en su domicilio de la calle Diputació, para consultarle mil detalles respecto de sus obras. Tanto se fue agravando el señor Gaudí en su enfermedad que al fin todos los que formábamos el equipo técnico, que, dicho sea de paso, lo considerábamos poco menos que un dios, decidimos ir a visitarlo un domingo inicial de Semana Santa. Una vez hubimos llamado a la puerta de aquel cuarto piso, nos salió a abrir una jovencita de voz cantarina y cautivante, muy vivaracha y decidida a la vez. Al punto, y sin anunciar nuestra visita, nos hizo pasar a la habitación del señor Gaudí. Mas al llegar al umbral pronto nos detuvimos sin osar entrar. Tan mala fue la impresión que nos causó aquel mísero aposento, tan pelado y pobre de muebles estaba que incluso para hacer más inhóspito el ambiente de sus paredes pendían a trizas y a jirones grandes desempapaleduras del desteñido y mohoso papel con el orden tajante del señor Gaudí de que no se tocara para nada.

He dicho tan pelado y pobre de muebles, mas yo no sé hasta qué punto pueden llamarse muebles a un pobre camastro y a un liviano e inconfortable sofá de los llamados de Viena, de caracoleadas curvas, con el respaldo y el asiento de rejilla, que, a juzgar por la baraúnda de enredos y chirimbolos que en él había, servía de mesita de noche y de perchero a la vez. Recuerdo también que dentro de aquel revoltijo de cosas se veían varios números del periódico La Renaixença, además de un pequeño ejemplar del Kempis, su pasto espiritual. Y como presidiendo toda aquella ficticia miseria, encima del respaldo del sofá se veía un pequeño crucifijo sin valor artístico ninguno, con un termómetro al lado.

A todo esto la figura de Gaudí yacía postrada en aquel mísero camastro, con las manos blancas y enjuntas, todas piel y hueso, cruzadas sobre el pecho, pero no metido entre las sábanas como era de suponer, sino tendido encima de ellas y como si quisiera ir al cielo vestido y calzado.

Mas, a decir verdad, nunca como en aquellos instantes vi en el semblante exangüe de Gaudí, tanta nobleza y majestad de santo. Aquella su cabeza aureolada con el pelo y la barba de un rubio azafranado, con la boca entreabierta y entornados los ojos, aquellos sus ojos azules de reflejos metálicos y aquellas facciones tan finas como talladas a cincel, resultaban una cosa verdaderamente impresionante. Sin duda contribuía a ello que, no habiendo ni cortinajes ni visillos en el balcón, la luz entraba a raudales dando de lleno en su figura y dorando su semblante, más esclarecido por el resplandor que salía de su interior de su alma, de santo que por la luz que recibía de fuera. Por otra parte, tan absorto estaba, que daba la impresión de que ni los bríos de aquella vivaracha y desenvuelta sobrina en la irrupción nuestra no le importaban para nada, como si no nos viera y no estuviera con sus sentidos en la tierra, como muriéndose de no morir como nuestra santa Teresa de Jesús, en la expresión de su semblante se adivinaba un no sé qué de misterio, algo fuera del tiempo y del espacio.

Ante el temor de un desenlace fatal, el señor Rubió y el señor Berenguer decidieron ir en busca de su más entrañable amigo, el doctor Torras y Bages, que a la sazón vivía a dos pasos de allí, o sea, en el pasaje de Permanyer. Se dio la feliz casualidad de que lo encontraron en casa. Al poco rato aquel sabio sacerdote estaba en presencia de Gaudí. Eran de oír las atinadas reflexiones que, con gran interés, profundidad y piedad, salían de los labios de aquel otro santo varón y sabio filósofo a la vez.

Tras aquellas palabras de tan prelado sacerdote, dichas con afable y sublime llaneza, pero al mismo tiempo llenas de prudencia y alto juicio, comprendimos, tanto por la expresión de su semblante como por su respirar, que en el interior de Gaudí se libraba una batalla íntima entre continuar su sacrificio y expansión hacia Dios o bien obedecer las razones del sabio doctor, llenas de amor real y humano, al propio tiempo que ungidas de espiritualidad y divinas inspiraciones. Por fin nuestro genial arquitecto, apreciando todo el valor que contenían, reaccionó como por milagro de aquel profundo sopor en que había estado sumido y una expresión de sumo agradecimiento iluminó su semblante».


Acabamos con las palabras que el venerable Torras y Bages pronunció en aquel momento, recogidas por Opisso, a su amigo, Antoni Gaudí:

«Buen amigo Antoni, a pesar de que el sacrificio es siempre el acto más heroico y meritorio, para lograr la vida eterna, no por eso es preciso atormentarse de este modo. La vida es corta y pasa pronto! Un hombre no lo tiene que abandonar a la propia voluntad, sino por la de Dios. Y con más razón en vuestro caso, que tenéis la misión señalada en esta tierra de llevar a cabo la obra empezada por deseo de Dios y para nutrimento espiritual de los cristianos».

 

«El sacrificio es la única cosa fructífera».
—Antoni Gaudí


Dr. Pere Pau
, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau.

 

 

dilluns, 9 de febrer del 2026

Records de l’avi, estones a pagès



Records de l’avi, estones a pagès


«Fonedissos com els pensaments que no es pronuncien»


En una estona de repòs a l'ombra de la parra, asseguts cadascun en una soca escapçada, la dolça mossada d’una nespra madura. L’estiu. L’avi, enllà, a les feixes, el cruixit de la terra esberlada a cop de tràmec; i l’àvia, enfront, a l’era, que sosté de cap per avall, espaordit, un conill de color de plom.

···

Nosaltres, d’esquitllentes, coberts de silenci, ens endinsem al garatge. La fosca del cobert, l’olor de garrofes; de pressa, ajusto la porta, dansen, damunt nostre, els forcs d’all i les tires de ceba. A tentines, amb l’escassa llum del món que s’aprima dessota la porta, entre volves de palla, escorcollem el cofre de les eines, el llustre de la destral, l’aixada amb rivet de fang. El cobert de les gallines, la fusta corcada i l’olor de ploma vella, un lloc on les hores s’hi amaguen, com ous entre farcells de palla.  

La bassa bruta, d’aigua abandonada pels núvols; els capgrossos que hi suren com les noies joves a la mar, i que es fan fonedissos com els pensaments que no es pronuncien. L’aigua humiteja la terra, fa riure les flors. L’estona lenta de passeig, les converses rogalloses dels vells; la tebior i l’ombra del vespre, el somrís amable de la nit.

···

La primera claror apunta sobre l’estesa del camp, les mans assarmentades de l’àvia espremen les taronges; a la cambra de bany, els petons del cosmètic, la fragància del perfum. L’hivern. L’avi es cobreix d’abrigalls, una exhalació profunda que fumeja, la gebror que dorm sobre els herbeis.

Tintures de vespre, cel roent. L’àvia s’amoïna. Una sotragada estrident recorre el pany de tres punts, que grinyola en un crit de rovell. El món conté la respiració, un silenci rigorós, a punt de trencar-se en un clam desesperat. La veu de la vella, tremorosa —feu-se tard, l’avi no torna. Una corrent violenta d’aire irromp, la porta espetega; nosaltres quedem allí, sobre la fredor de les lloses, abocats a les vidrieres, amatents, escorcollant la immensitat de l’espai.

Els reclams de l’àvia, carregats d’angoixa, es fan llunyans; els vidres perden nitidesa, es carreguen de boira, la claror s’apaga i comença a fer fred. La melodia del telèfon distreu la seva atenció, ella em mira —truquen els pares—, però jo rebutjo amb la mirada, aguardem la tornada de l’àvia. Ella, espantada, tornada a abocar l’esguard sobre el bosc —hi veig ningú.

Se sent trontollar la clau dins del pany, tombar el pom i, segons després, el refregar a terra de la porta principal; m’alço, ella emperò, l’ordre abans rebuda, es mou gens de puesto. L’avi sembla que sosté el costat sobre l’àvia; a la butaca de braços, a tocar del braser i del crepitar violent de les flames abrandades, el cos moribund, la santa figura, de l’avi estimbat.

···

La carícia del vent que s'escorre entre els pàmpols, la flaira humida de la terra oberta, el llustre de la navalla, una convulsió agònica, degotalls de sang, i la mort. Ella que amaga la vista i, ambdós, sense dir-nos un mot, decidim d’anar-nos-en, bo i sentint, d'esquena, com s’estripa la pell del conill.


Dr. Pere Pau, Círcol Tradicionalista de Barcelona Ramon Parés y Vilasau

«Els camps tenen el nom que els donaren els vells.»
Josep Pla









dimecres, 28 de gener del 2026

La casa pairal: de fills a fills

«Passadís encofurnat»

 

 

(Traducción al castellano, al final)

 

La casa pairal: de fills a fills


En Gaudí vol fer retornar a la ciutat, en les condicions modernes, l’antiga institució pairal, el nostre escambell, recordant-nos les seves condicions i la seva virtut.



—La casa del pare, la casa del pare —rondinava en Pere Veí, bo i senyant, amunt, amb dit apuntador, el trespol que cobria la llarga estesa de retrats i records que, coberts sota una pols lleugera, feien tota una vida, en aquell passadís encofurnat, tot atapeït d’andròmines velles i santes creus. La vida d’una família que, entre greus lliçons morals, amb vellarda vehemència, ens contava, fent volar les mans, aquell vell de poble. —Va morir aquí, al meu costat, els darrers dies no es va moure del llit. Ella ho era tot, la dona ho és tot, la resta de coses són de tercera categoria. Veieu, aquí hi ha una altra creu —tornava a assenyalar, mentre marxava pel corredor, de braços plegats.

Les veus de la nostra terra, els nostres narradors, han pronunciat, han descrit, han parlat de les coses velles, sempre de lluny, amb la llangor de l’enyorament, però amb l’afecció íntima, antiga, pròpia, d’allò que ve de dins.

Conta Martí Genís, que un dia que la muller i les criades feien dissabte, netejant les golfes de la casa —que és meva avui, i que fou casa pairal de Déu sap quants de mos avis—, elles remenant i espolsant coses velles —del color de la pols, sense més valor que el de la fusta vella—, van trobar, entre —una impressió de fred i tristesa—, el barret de tarot dels seus temps d’estudiant.

«Entendrit i melancòlic, quan ja va haver desaparegut de mos dits, i el noi xic se’l ficà al cap, arribant-li fins a mig cos [···] me’n vaig tornar al meu estudi, tot assaborint l’agredolç dels records que, tant sí com no em feren agafar la ploma, per a parlar d’aquell temps: essent la primera cosa que em vingué al pensament, aquell refrany de l’àvia, que Déu la perdó, no hi ha res averganyat que no sigui freturat (Sota un Tarot, Martí Genís, 1930).»

A la casa pairal, els objectes, els costums, les paraules, el silenci, tot, com entre els records, és d’una vellesa singular. Josep Pla diu que de la infància no en recorda res, però dedica paraules al carrer molt trist i llarg, la façana que donava a tramuntana, les habitacions, fredíssimes glacials, i el paisatge ordenat de feixes, de casa seva al carrer Nou.

En l’obra de Joaquim Raventós —Memòries d’un cabaler, la vida al camp—, es recull de forma singular l’esperit típic de la casa catalana, que ha sigut, com sentencia Torras i Bages, la composició social del país.

«Aquestes cases —escriu el senyor Raventós— que abrigades per la serra no pugen mai més del suau pujolet, ni baixen, tampoc, més avall del pla que domina la ribera, són les plàcides habitacions on s'engendraren les nostres pacífiques dinasties. En elles nasqueren els humanistes, els erudits, els savis, els prelats, els governants, els comerciants, els industrials. No existeix ni una sola d'aquestes cases que no posseeixi, en la seva història, algun home cèlebre.[···] D’una casa així nasqué aquell bisbe; d’aquesta altra, aquell monjo; aquell cèlebre polític nasqué en aquella; nascut en tal altra fou l’industrial que creà la fàbrica de vora del riu; de la de més enllà el comerciant que anà i vení varies vegades d’Amèrica.»

«Els mateixos hereus, la principalíssima missió dels quals és la continuació de la casa pairal.»

Es conserven poques notes escrites del mestre Antoni Gaudí, i entre les escasses pàgines, moltes d’elles dedicades a consideracions tècniques, hom troba unes ratlles  —inèdites— dedicades a la noble institució de la casa pairal.

Aquestes notes, el lector no les trobarà pretèrites, de novel·la, sinó que es presenten com a moderníssimes, d’una gran actualitat. Avui que la gent no troba on viure, i tot sovint ho ha de fer, per a cobrir-se de la necessitat, en condicions pròpies de la bèstia, llogant cambres o enterrant-se en locals de sota carrer; ara que el govern, per a sortir al pas d’aquestes circumstàncies tan miserables i poder encabir a la nostra terra més estrangers, planta grues i alça edificis; recordem, reproduïm, en aquest moment, les paraules, els apunts de Gaudí sobre la forma digna i noble del viure, sobre l’habitatge, sobre la nostra casa pairal.

«La casa és la petita nació de la família. [···] A la casa de la família se li ha donat el nom de casa pairal. [···] La necessitat de la casa pairal no és sols d’una època i d’una família determinada, és la necessitat de tothom i de sempre.

A la casa de la família se li ha dat el nom de casa pairal. Amb aquest nom, ¿qui no recorda algun bonic exemple al camp o a la ciutat? L'esperit de lucre i els canvis dels costums han fet desaparèixer de la nostra ciutat la major part de les cases pairals; les que resten gaudeixen d'una situació tan oprimida i insuficient, que acabarà amb elles.

La família independent té casa pròpia, la que no ho és, té casa de lloguer. La casa pròpia és el país natal, la de lloguer és el país de l’emigració. Per això la casa pròpia és l’ideal de tothom.

La independència de l'habitació, la bona orientació i l’abundància d'aire i de llum, de què freturen generalment les habitacions urbanes, es va a buscar en aquesta infinitat de torres que, pels contorns, donen el cas estrany que, la major part de les famílies, hi tenen les seves habitacions quotidianes. Per trobar aquestes qualitats, als habitants de les ciutats estrangeres no els condol d’apartar-se del centre d’aquestes, si bé això els ho permeten els nombrosos mitjans de comunicació, que afortunadament, nosaltres també comencem a tenir.

Just és, doncs, que aprofitem els mitjans que tenim, que pensem en la veritable habitació de la família, i que, ajuntant l'habitació urbana i la torre, en [re]neixi la casa pairal. A l'objecte, imaginem-nos una casa ni gran ni petita, una casa que en podríem dir ordinària, la qual, enriquint-la i engrandint-la, es convertirà en un palau; enxiquint-la i economitzant materials i adorns serà la modesta habitació de la família acomodada.

Afigurem-nos que en un solar de l'Eixampla, gran, segons les possibilitats del propietari, situat en un barri més o menys aristocràtic, segons la seva fortuna i posició, el rodeja una paret que sosté el terreny del jardí a l'altura suficient per no ser vist des del carrer, coronada per un calat (on es recolzen, a la caiguda del sol, els braços de les donzelles que hi van per veure els passants). Una llotgeta tocant a la porta interromp aquest terrat. Dins el solar, per un cantó, es desenrotlla una llarga rampa, camí de carruatges; pel davant, es presenta una escalinata des del cim de la qual es descobreix el jardí i, entre el fullatge de les albes i dels plàtans, la casa. Les habitacions, agrupades segons la necessitat de la seva orientació, formen un conjunt pintoresc, igual que les àmplies finestres dels dormitoris; el despatx i la sala de família, al migdia; el menjador d'hivern i les sales de visita, a ponent; i, al nord, l'estudi, el menjador d'estiu i les altres dependències. Separades d'aquesta agrupació, i en la mateixa direcció, hi ha la cuina i les seves dependències auxiliars. Entre el dormitori i l'estudi, ombrejat per acàcies i llorers, s’hi sorprèn un porxo ornat de terres cuites, que serveixen de niu als pardals dels voltants. A l'angle oposat hi veiem un hivernacle de ferro i cristall, jardí d'hivern que comunica amb les habitacions de rebre i que pot ser habilitat com a saló per a les grans festes familiars. A l'interior, per tot hi campeja la senzillesa per sistema, el bon gust per guia, i la satisfacció de les necessitats i de les comoditats per obligació. Tot és formal. S'hi troben representats els records de família, les gestes històriques, les llegendes de la terra, les delicades concepcions dels nostres poetes, els espectacles i escenes de la mare naturalesa, tot allò que té una significació i una estima. En una paraula: de fills a fills.

En fi, la casa que imaginem té dos objectes. Primer, per les seves condicions higièniques, fer éssers forts i robustos (d’aquells que en ella creixen i es desenvolupen) i, segon, mitjançant les condicions artístiques, dotar-los, dins del possible, de la nostra proverbial enteresa de caràcter. En un mot, fer dels fills que allí hi neixin veritables fills de la casa pairal.»

En Gaudí vol fer retornar a la ciutat, en les condicions modernes, l’antiga institució pairal, el nostre escambell, recordant-nos les seves condicions i la seva virtut.

La casa pairal no és una casa vella ni decrèpita: és l’arbre centenari que ha aixoplugat les generacions d’una nissaga, creixent amb elles, dreta, salubre i esvelta, i que encara, mentre es manté en vida, dona fruit. Nosaltres, que, com en Pere Veí, en som fills i hereus, no l’estimem pas per luxe ni comoditats, ans, hi hem patit fred, hi hem menjat pa dur i encara hi plorem les penes; l’estimem, i avui la reclamem, com s’estima una mare.

«Ho dic una vegada més; deixem en pau, d’una vegada, les velles pedres, els vestigis de la tradició. [···] No col·laborem més en la destrucció del temps [···] Ja n’hi ha prou» (Josep Pla, Els pagesos, 1952).

Dr. Pere Pau, Círcol Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau




* * *

(Traducción al castellano:)

La casa solariega: de hijos a hijos


Gaudí quiere devolver en la ciudad, en las condiciones modernas, la antigua institución solariega, nuestro escabel, recordándonos sus condiciones y su virtud.



—La casa del padre, la casa del padre —refunfuñaba Pere Veí mientras señalaba hacia arriba, con dedo apuntador, el techo que cubría el largo tendido de retratos y recuerdos que, cubiertos bajo un polvo ligero, recogían toda una vida, en aquel pasillo, como un cuchitril, apretujado de trastos viejos y antiguos recuerdos. La vida de una familia que, entre graves lecciones morales, con añeja vehemencia, nos contaba, haciendo volar las manos, aquel viejo de pueblo. —Murió aquí, a mi lado, los últimos días no se movió de la cama. Ella lo era todo, la mujer lo es todo, lo demás son cosas de tercera categoría. Veis, aquí hay otra cruz —volvía a señalar, mientras marchaba por el corredor, con los brazos cruzados.

Las voces de nuestra tierra, nuestros narradores, han pronunciado, han descrito, han hablado de las cosas viejas, siempre de lejos, con la decadencia de la nostalgia, pero con la afección íntima, antigua, propia, de lo que viene del interior.

Cuenta Martí Genís, que un día en que su mujer y las criadas hacían la limpieza semanal, adecentando las buhardillas de la casa —que es mía hoy, y que fue casa solariega de mis antepasados—, mientras ellas removían y desempolvaban cosas antiguas —del color del polvo, sin más valor que el de la madera vieja—, encontraron, entre —una impresión de frío y tristeza—, un sombrero de sus tiempos de estudiante.

«Enternecido y melancólico, cuando ya había desaparecido de mis manos, y el muchacho se lo puso en la cabeza, llegándole hasta medio cuerpo [···] me volví a mi estudio, saboreando el agridulce de los recuerdos que, tanto sí como no me hicieron tomar la pluma, para escribir de aquel tiempo: siendo, lo primero que me vino al pensamiento, aquel refrán de la abuela, a quien Dios la haya perdonado, que la necesidad obliga (Sota un Tarot, Martí Genís, 1930).»

En la casa solariega, los objetos, las costumbres, las palabras, el silencio, todo, como entre los recuerdos, es de una vejez singular. Josep Pla dice que de la infancia no recuerda nada, pero dedica palabras a la calle muy triste y larga, la fachada que daba a tramontana, las habitaciones, fríísimas glaciales, y el paisaje ordenado en bancales, de su casa en la calle Nueva.

En la obra de Joaquim Raventós —Memorias de un segundón, la vida en el campo—, se recoge de forma singular el espíritu típico de la casa catalana, que ha sido, como sentencia Torras y Bages, la composición social del país.

«Estas casas —escribe el señor Raventós— que abrigadas por la sierra no suben nunca más del suave turón, ni bajan, tampoco, más abajo del plan que domina la ribera, son las plácidas habitaciones donde se engendraron nuestras pacíficas dinastías. En ellas nacieron los humanistas, los eruditos, los sabios, los prelados, los gobernantes, los comerciantes, los industriales. No existe ni una sola de estas casas que no posea, en su historia, algún hombre célebre.[···] De una casa así nació aquel obispo; de esta otra, aquel monje; aquel célebre político nació en aquella; nacido en tal otra fue el industrial que creó la fábrica al borde del río; de la de más allá el comerciante que fue y vino varías veces de América.»

«Los mismos herederos, la principalísima misión de los cuales es la continuación de la casa solariega.»

Se conservan pocas notas escritas del maestro Antonio Gaudí, y entre las escasas páginas, muchas de ellas dedicadas a consideraciones técnicas, se encuentran unas líneas —inéditas— dedicadas en la noble institución de la casa solariega.

Estas notas, el lector no las encontrará pretéritas, de novela, sino que se presentan como modernísimas, de una gran actualidad. Hoy día, en que la gente no encuentra donde vivir, y a menudo lo tiene que hacer, para cubrirse de la necesidad, en condiciones propias de la bestia, alquilando recámaras o enterrándose en locales de a pie de calle; ahora que el gobierno, para salir al paso de estas circunstancias tan miserables y poder embutir en nuestra tierra más extranjeros, planta grúas y levanta edificios; recordamos, reproducimos, en este momento, las palabras, los apuntes de Gaudí sobre la forma digna y noble del vivir, sobre la vivienda, sobre nuestra casa solariega.

«La casa es la pequeña nación de la familia. [···] A la casa de la familia se le ha dado el nombre de casa solariega. *···] La necesidad de la casa solariega no es sólo de una época y de una familia determinada, es la necesidad de todos y desde siempre.

A la casa de la familia se le ha dado el nombre de casa solariega. Con este nombre, ¿quien no recuerda algún bello ejemplo del campo o de la ciudad? El espíritu de lucro y los cambios de las costumbres han hecho desaparecer de nuestra ciudad la mayor parte de las casas solariegas; las que quedan, disfrutan de una situación tan oprimida e insuficiente, que acabará con ellas.

La familia independiente tiene casa propia, la que no lo es, tiene casa de alquiler. La casa propia es el país natal, la de alquiler es el país de la emigración. Por eso la casa propia es el ideal de todo el mundo.

La independencia de la habitación, la buena orientación y la abundancia de aire y de luz, de que requieren generalmente las habitaciones urbanas, se va a buscar en esta infinidad de torres que, por los contornos, dan el caso extraño que, la mayor parte de las familias, tienen sus habitaciones cotidianas. Para encontrar estas cualidades, a los habitantes de las ciudades extranjeras no les pesa alejarse de ellas, si bien esto se lo permiten los numerosos medios de transporte, que afortunadamente, nosotros también empezamos a tener.

Justo es, pues, que aprovechemos los medios que tenemos, que pensemos en la verdadera habitación de la familia, y que, juntando la habitación urbana y la torre, [re]nazca la casa solariega. Al objeto, imaginémonos una casa ni grande ni pequeña, una casa que podríamos calificar de ordianria, la cual, enriqueciéndola y agrandándola, se convertirá en un palacio; empequeñeciéndola y economizando materiales y adornos será la modesta vivienda de la familia acomodada.

Imaginemos que en un solar del Ensanche, grande, según las posibilidades del propietario, situado en un barrio más o menos aristocrático, según su fortuna y posición, lo rodea una pared que sostiene el terreno del jardín a la altura suficiente para no ser visto desde la calle, coronada por una albardilla calada (donde se apoyan, en el ocaso, los brazos de las doncellas para ver a los pasantes). Un pequeño porche que da a la puerta interrumpe esta azotea. Dentro del solar, por un lado, se desenrolla una larga rampa, camino de carruajes; por delante, se presenta una escalinata desde cuya cumbre se descubre el jardín y, entre el follaje de las albas y de los plátanos, la casa. Las habitaciones, agrupadas según la necesidad de su orientación, forman un conjunto pintoresco, igual que las amplias ventanas de los dormitorios; el despacho y la sala de familia, a mediodía; el comedor de invierno y las salas de visita, a poniente; y, en el norte, el estudio, el comedor de verano y las otras dependencias. Separadas de esta agrupación, y en la misma dirección, hay la cocina y sus dependencias auxiliares. Entre el dormitorio y el estudio, sombreado por acacias y laureles, se sorprende un porche ornado de tierras cocidas, que sirven de nido a los gorriones de los alrededores. En el ángulo opuesto, vemos un invernadero de hierro y cristal, jardín de invierno que comunica con las habitaciones de recibir y que puede ser habilitado como salón para las grandes fiestas familiares. En el interior, campea la sencillez por sistema, el buen gusto por guía, y la satisfacción de las necesidades y de las comodidades por obligación. Todo es formal. Se encuentran representados los recuerdos de familia, las gestas históricas, las leyendas de la tierra, las delicadas concepciones de nuestros poetas, los espectáculos y escenas de la madre naturaleza, todo aquello que tiene una significación y un aprecio. En una palabra: de hijos a hijos.

En fin, la casa que imaginamos tiene dos objetos. Primero, por sus condiciones higiénicas, hacer personas fuertes y robustas (a quienes en ella crecen y se desarrollan) y, segundo, mediante las condiciones artísticas, dotarles, dentro del posible, de nuestra proverbial entereza de carácter. En una palabra, hacer de los hijos que allí nazcan verdaderos hijos de la casa solariega.»


Gaudí quiere devolver en la ciudad, en las condiciones modernas, la antigua institución solariega, nuestro escabel, recordándonos sus condiciones y su virtud.

La casa solariega no es una casa vieja ni decrépita: es el árbol centenario que ha guarecido las generaciones de una alcurnia, creciendo con ellas, erguido, salubre y esbelta, y que todavía, mientras se mantiene en vida, da fruto. Nosotros, que, como Pere Veí, somos hijos y herederos, no lo estimamos por lujo ni comodidad, sino que más bien, hemos padecido frío, hemos comido pan duro y todavía lloramos las penas; lo estimamos, y hoy la reclamamos, como se estima a una madre.

«Lo digo una vez más; dejemos en paz, de una vez, las viejas piedras, los vestigios de la tradición. [···] No colaboremos más en la destrucción del tiempo [···] Ya basta.» (Josep Pla, Los campesinos, 1952).

Dr. Pere Pau, Círcol Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau







dilluns, 7 de juliol del 2025

La regió tradicional i el nacionalisme (i II): Una lliçó del mestre Francesc Canals Vidal

La Cataluña tradicional contrapuesta al moderno nacionalismo liberal.

 

La regió tradicional i el nacionalisme (i II): Una lliçó del mestre Francesc Canals Vidal


El veritable afecte per la pàtria neix, tal com diu el mestre Torras i Bages, consagrat per la religió —aquella mateixa Santa Fe que els nacionalistes amaguen sinó destrueixen— en el país nadiu.



En l’anterior article vàrem esbossar la definició de nació en termes de doctrina tradicional i tractàrem de descriure l’essència de la pàtria catalana. L’objectiu d’aquestes notes a continuació és confrontar aquesta primera exposició amb l’estrafeta doctrina nacionalista, sigui en la seva forma desintegradora o en la seva contraposada forma unitària.

La doctrina nacionalista —propagada ja sibil·linament per la primitiva empresa catalanista— és filla de l’abominable doctrina liberal; d’aquí que actualment s’hagi confós, en l’ideari de tants partits secessionistes, l’anomenada aspiració nacional amb el projecte revolucionari, i aquests no volen saber-ne res de l’una sense l’altre. Ensems que el liberalisme proclama l’absoluta sobirania de l’individu, excusat de la seva naturalesa i fins de la seva pròpia consciència, omnipotent per a la lliure determinació i la plena satisfacció de la seva voluntat; així mateix, el nacionalisme estableix que les nacions poden autodeterminar-se mal que sigui a costa de la perversió de l’esperit nacional.

Aquesta operació perversa i absurda de descompartimentar el ser de l’essència, de pretendre preservar i potenciar el ser tot reformant l’esperit essencial del subjecte —que ens pot, i ens ha de semblar, ja a priori absurda, encara més en el context de la reivindicació nacional— fou exposada, desvergonyidament, per un dels pares del nacionalisme català, Enric Prat de la Riba, en la seva obra La Nacionalitat Catalana:

«Una Catalunya lliure podria ser uniformista, centralitzadora, democràtica, absolutista, catòlica, lliurepensadora, unitària, federal, individualista, estatista, autonomista, imperialista, sense deixar de ser catalana. Són problemes interiors que es resolen en la consciència i en la voluntat del poble (Prat de la Riba, 2007a).»


«El nacionalismo —afegeix Canals—, como filosofía política y como corriente cultural, no sólo no se originó del modo de ser tradicional de Cataluña, sino que, según afirmó Rovira i Virgili con acierto, supone la penetración en Cataluña [...] de los ideales de la Revolución francesa injertados por el vehículo ambiental de la cultura romántica (Canals Vidal, 2018).»


La nació, el poble, el país, reiterem, són termes estrictament socials que fan referència —el naixement— al nostre origen, a la comunitat que ens ha engendrat. El terme pàtria —la terra dels pares— fa referència al patrimoni de què som fills, la terra amb tot allò que s’hi mou. El patriotisme és la virtut d’afecció filial, la pietat que hem de sentir pel nostre origen. Com l’amor a la família no es pot separar de l’amor de Déu, ni aquests poden entrar en contradicció puix els engendra un mateix principi, la nació no es pot escindir de la tradició, perquè aquesta constitueix la seva sang; és l’estreta i imprescindible relació entre el cos i el seu flux vital.

Trobem, en l’esmentada obra de Prat de la Riba, una definició de nació que ens resulta prou agradable per la seva semblança:

«La societat que dóna als homes tots aquests elements de cultura, que els lliga i forma de tots una unitat superior, un ésser col·lectiu informat per un mateix esperit, aquesta societat natural és la NACIONALITAT (Prat de la Riba, 2007b).»

La definició de nació podria ser en bona part compartida amb l’exposada pels primers catalanistes —i també podria ser sostinguda la seva reivindicació confront la concepció uniforme i monolítica de l’Estat que promou el centralisme— mes la discrepància és clara en desplegar la definició: els nacionalistes menyspreen l’esperit nacional i el prostitueixen; s’entretenen a exalçar —com si fossin arqueòlegs en el jaciment d’una civilització morta— allò que cadascú imagina com el pal de paller de la nacionalitat. I, arborant el principi de nacionalitats, és a dir, de l’autodeterminació, parlen de l’existència d’una voluntat col·lectiva que s’interroga sobre la seva naturalesa i pot modular i deformar el seu ésser segons els dictats de la seva voluntat sobirana. Per a ells, no som fills de la pàtria sinó llurs autors.

«Sent la nacionalitat una unitat de cultura, una ànima col·lectiva, amb un sentir, un pensar, i un voler propis, cada nacionalitat ha de tenir la facultat d’acomodar la seva conducta col·lectiva, això és, la seva política, al seu sentiment de les coses, al seu seny, al seu franc voler. Cada nacionalitat ha de tenir el seu Estat (Prat de la Riba, 2007c).»


La perspectiva de Canals, en termes tradicionals, és de rebuig total al principi de les nacionalitats; no accepta el concepte romàntic de la nació que necessita un Estat per a la seva existència ni tampoc admet el principi rígid de l’unitarisme. El tradicionalisme rebutja aquest argument fonamental per a les unificacions nacionals de l’Itàlia i l’Alemanya, concebuts en bona part, per a la desintegració revolucionària dels regnes i imperis de la Cristiandat.

L’Estat modern, usurpador de la comunitat política constituïda per a la consecució del bé comú, no és indispensable per a la pàtria. La concepció moderna de l’Estat, principi d’existència, absolut i ple sobirà de la societat humana, fa semblar que sí; però tantíssims exemples històrics ens ho poden discutir: la monarquia hispànica i el seu vast imperi, la corona britànica i les seves diverses nacions, els Estats Units d’una única nació americana, les nacions nòmades, sense terra pròpia.

L’Espanya —unitat de pobles diversos amb una tradició i finalitats comunes— és un organisme regional. La unitat exigeix i pressuposa la diversitat; les nacions espanyoles, amb llurs idees i sentiments, caràcter i costums, institucions i lleis, són totes agermanades per una mateixa causa final, que és el fonament d’una acció, d’una política comuna, d’una gesta que ens reclama. Però aquesta acció, que emana de diverses fonts, no pot ometre ni descuidar la seva constitució regional —l’essència de cada poble—, puix és l’origen mateix de la força i de la seva robusta vitalitat.
 

En cloure aquesta petita exposició, voldríem recordar que ningú no pot sentir veritable afecció pels conceptes artificials d’una Espanya nacional ni tampoc d’un Estat català —com ho demostra l’escassa productivitat i la magritud dels grupuscles nacionalistes, ja desproveïts del joc d’il·lusions amb què havien inflamat les masses—. El veritable afecte per la pàtria neix, tal com diu el mestre Torras i Bages, consagrat per la religió —aquella mateixa Santa Fe que els nacionalistes amaguen sinó destrueixen— en el país nadiu:

«La parròquia en què fou batejat, el cementiri en què reposen els ossos de sos pares, la veu amiga de la primera campana que oí en la vida, la creu que fita l'entrada del terme, els honrats costums de tendra pietat, les pures afeccions de família, en una paraula, un món espiritual (Torras i Bages, 1985)».


Dr. Pere Pau, Círcol Tradicionalista de Barcelona Ramon Parés y Vilasau



BIBLIOGRAFIA:

Canals Vidal, Francesc. (2018). Escritos políticos (II) - Obras Completas Francisco Canals Vidal. Editorial Balmes; Primera edició, Vol. 12, p.388.

Prat de la Riba, E. (2007a). La Nacionalitat Catalana. Escola d’Administració Pública de Catalunya; Edició facsímil, p. 44.

Íbid., p. 69.

Íbid., p. 101.

Torras i Bages, J. (1985). L’Església i el regionalisme i altres textos (1887-1899). Edicions de la magrana/Diputació de Barcelona; Primera edició, p. 54.





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La región tradicional y el nacionalismo (y II): Una lección del maestro Francisco Canals Vidal



El verdadero afecto por la patria nace, tal como enseña el maestro Torras y Bages, consagrado por la religión —aquella misma Santa Fe que los nacionalistas no sólo esconden sino que destruyen— en el país nativo.



En el anterior artículo esbozamos la definición de nación en términos de doctrina tradicional y tratamos de describir la esencia de la patria catalana. El objetivo de estas notas a continuación es confrontar esta primera exposición con la remedada doctrina nacionalista, sea en su forma desintegradora o en su contrapuesta forma unitaria.

La doctrina nacionalista —propagada ya sibilinamente por el primitivo catalanismo— es hija de la abominable doctrina liberal; eso explica que actualmente se haya confundido, en el ideario de tantos partidos secesionistas, la llamada aspiración nacional con el proyecto revolucionario, y estos no quieren saber nada de la primera sin el segundo. Al mismo tiempo, el liberalismo proclama la absoluta soberanía del individuo, excusado de su naturaleza y hasta de su propia conciencia, omnipotente para la libre determinación y la plena satisfacción de su voluntad; asimismo, el nacionalismo establece que las naciones pueden autodeterminarse aunque sea a expensas de la perversión del espíritu nacional.

Esta operación perversa y absurda de dividir el ser de la esencia, de pretender preservar y potenciar el ser reformando el espíritu esencial del sujeto —que nos puede, y nos tiene que parecer, ya a priori absurda, todavía más en el contexto de la reivindicación nacional— fue expuesta, desvergonzadamente, por uno de los padres del nacionalismo catalán, Enric Prat de la Riba, en su obra La Nacionalitat Catalana:

«Una Cataluña libre podría ser uniformizadora, centralizadora, democrática, absolutista, católica, librepensadora, unitaria, federal, individualista, estatista, autonomista, imperialista, sin dejar de ser catalana. Son problemas interiores que se resuelven en la conciencia y en la voluntad del pueblo (Prat de la Riba, 2007.ª).»

 

«El nacionalismo —añade Canals—, como filosofía política y como corriente cultural, no sólo no se originó del modo de ser tradicional de Cataluña, sino que, según afirmó Rovira i Virgili con acierto, supone la penetración en Cataluña [...] de los ideales de la Revolución francesa injertados por el vehículo ambiental de la cultura romántica (Canals Vidal, 2018).»


La nación, el pueblo, el país, reiteramos, son termas estrictamente sociales que hacen referencia —el nacimiento— a nuestro origen, en la comunidad que nos ha engendrado. El término patria —la tierra de los padres— hace referencia al patrimonio del que somos hijos, la tierra con todo aquello que se mueve. El patriotismo es la virtud de afección filial, la piedad que hemos que sentir por nuestro origen. Como el amor a la familia no se puede separar del amor de Dios, ni estos pueden entrar en contradicción pues los engendra un mismo principio, la nación no se puede escindir de la tradición, porque ésta constituye su sangre; es la estrecha e imprescindible relación entre el cuerpo y su flujo vital.

Encontramos, en la mencionada obra de Prat de la Riba, una definición de nación que nos resulta suficiente agradable por su parecido:

«La sociedad que da a los hombres todos estos elementos de cultura, que los liga y forma de todos una unidad superior, un ser colectivo informado por un mismo espíritu, esta sociedad natural es la NACIONALIDAD (Prat de la Riba, 2007b).»

La definición de nación podría ser en buena parte compartida con la expuesta por los primeros catalanistas —y también podría ser sostenida su reivindicación frente a la concepción uniforme y monolítica del Estado que promueve el centralismo— mas la discrepancia es clara al desplegar la definición: los nacionalistas desprecian el espíritu nacional y lo prostituyen; se entretienen en exaltar —como si fueran arqueólogos en el yacimiento de una civilización muerta— aquello que cada cual imagina como la piedra angular de la nacionalidad. Y, enarbolando el principio de nacionalidades, es decir, de la autodeterminación, hablan de la existencia de una voluntad colectiva que se interroga sobre su naturaleza y puede modular y deformar su ser según los dictados de su voluntad soberana. Para ellos, no somos hijos de la patria sino sus autores.

«Siendo la nacionalidad una unidad de cultura, una alma colectiva, con un sentir, un pensar, y un querer propios, cada nacionalidad ha que tener la facultad de acomodar su conducta colectiva, esto es, su política, a su sentimiento de las cosas, a su cordura, a su franco querer. Cada nacionalidad tiene que tener su Estado (Prat de la Riba, 2007c).»

La perspectiva de Canals, en términos tradicionales, es de rechazo total al principio de las nacionalidades; no acepta el concepto romántico de la nación que necesita un Estado para su existencia ni tampoco admite el principio rígido del unitarismo. El tradicionalismo rechaza este argumento fundamental para las unificaciones nacionales de la Italia y la Alemania, concebidos en buena parte para la desintegración revolucionaria de la Cristiandad.

El Estado moderno, usurpador de la comunidad política constituida para la consecución del bien común, no es indispensable para la patria. La concepción moderna del Estado, principio de existencia, absoluto y pleno soberano de la sociedad humana, podría parecer que sí; pero tantísimos ejemplos históricos nos lo pueden discutir: la monarquía hispánica y su vasto imperio, la corona británica y sus diversas naciones, los Estados Unidos de una única nación americana, las naciones nómadas sin tierra propia.

España —unidad de pueblos diversos con una tradición y finalidades comunes— es un organismo regional. La unidad exige y presupone la diversidad; los pueblos españoles, con sus ideas y sentimientos, carácter y costumbres, instituciones y leyes, son todos hermanados por una misma causa final, que es el cimiento de una acción, de una política común, de una gesta que nos reclama. Pero esta acción, que emana de varias fuentes, no puede omitir ni descuidar su constitución regional —la esencia de cada pueblo—, pues es el origen mismo de la fuerza y de su robusta vitalidad.

Al cerrar esta pequeña exposición, querríamos recordar que nadie puede sentir verdadera afección por los conceptos artificiales de una España nacional ni tampoco de un Estado catalán —como lo demuestra la escasa productividad y la poca entidad de los grupúsculos nacionalistas, desproveídos del juego de ilusiones con que habían inflamado a las masas—. El verdadero afecto por la patria nace, tal como enseña el maestro Torras y Bages, consagrado por la religión —aquella misma Santa Fe que los nacionalistas no sólo esconden sino que destruyen— en el país nativo:

«La parroquia en que fue bautizado, el cementerio donde reposan los huesos de sus padres, la voz amiga de la primera campana que escuchó en la vida, la cruz que señala la entrada del municipio, las honradas costumbres de tierna piedad, las puras afecciones de familia, en una palabra, un mundo espiritual (Torras y Bages, 1985)».

Dr. Pere Pau, Círcol Tradicionalista de Barcelona Ramon Parés y Vilasau



BIBLIOGRAFIA:

Canals Vidal, Francesc. (2018). Escritos políticos (II) - Obras Completas Francisco Canals Vidal. Editorial Balmes; Primera edició, Vol. 12, p.388.

Prat de la Riba, E. (2007a). La Nacionalitat Catalana. Escola d’Administració Pública de Catalunya; Edició facsímil, p. 44.

Íbid., p. 69.

Íbid., p. 101.

Torras i Bages, J. (1985). L’Església i el regionalisme i altres textos (1887-1899). Edicions de la magrana/Diputació de Barcelona; Primera edició, p. 54.

dijous, 19 de juny del 2025

La regió tradicional i el nacionalisme (I): Una lliçó del mestre Francesc Canals Vidal


 

(Traducción al castellano, al final)


La regió tradicional i el nacionalisme (I)


Una lliçó del mestre Francesc Canals Vidal


La pàtria catalana és la nostra forma particular i concreta d’ésser cristians, conjunt amb el fruit vernal de la seva existència, el patrimoni tradicional. L’aspecte d’un perfet cristià, en aquesta regió del Mediterrani, és l’aspecte genuí d’un català.



Tot sovint, en cercar una definició per a la nació, topem amb la dificultat, més aviat amb la insatisfacció, d’haver-nos d’aconformar amb una sentència extremadament sintètica que mira de recloure-la, o, contràriament, retopem amb una llista eterna d’elements esparsos i desconjuntats que malden per descompondre-la; en definitiva, moltes propostes incompletes i tantes definicions nefastes.

La nació és la forma més elevada i sintètica de la vida social, és la conclusió més alta que trobar la societat humana; i és, tota ella, viva, múltiple, complexa i particular, que es troba continguda dins de la nació.

Tothom adverteix l’existència de la família, tasta els fruits deliciosos de la seva ufanor o les amargues penes de la seva decadència; ocórrer exactament amb la nació, però en una magnitud de proporció colossal i faraònica, tothom sent i percep la nacionalitat, mes no sempre la intel·ligència humana és prou neta i clarivident com per a dibuixar-ne els contorns i descriure’n el contingut.

El mestre Francesc Canals defineix la nació, estrictament, com un terme social i cultural; un conjunt d’homes, una comunitat humana, que comparteix un conjunt d’atributs i caràcters. Una societat, un poble, que combrega un patrimoni, que és el mateix fonament d’una forma de vida col·lectiva, pròpia i particular.

La nació, el país i el poble són per a Canals una mateixa cosa, una reunió d’homes, una successió històrica, una gran nissaga, al voltant del cabal que és la pàtria. La naturalesa i la definició de la pàtria és variable segons la comunitat humana que s’estudia; així trobem com en alguns casos, la nació s’ha constituït encerclant un patrimoni de caràcter primordialment religiós, però en altres casos ho ha fet enrondant una raça, una llengua, una constitució política o, tal volta, un conglomerat de diversos d’aquests elements.

«País, etimológicamente referido al pagus o aldea, tiene una alusión originaria a la tierra natal, al ámbito local en que se arraiga la vida colectiva. Sería extraño que un catalán se llamase paisano de un gallego y más natural que alguien se considere tal de quien es originario de su mismo pueblo (Canals Vidal, 2018).»

La pàtria, que és la terra dels pares, té un rostre, unes faccions, una expressió, i, espontàniament, els seus fills la reconeixen i l’estimen. L’origen, la raça, el pensament i els costums, el llenguatge i la cultura, la religió i la moral, les lleis i les institucions, tots aquests elements configuren el rictus de la nostra pàtria, i formen el patrimoni de la nostra nació.

La pàtria és la tradició —sintetitza Torras i Bages—, i la tradició, el producte històric d’un poble, és tot això que hem esmentat i més, perquè amb tots aquests elements exteriors, molts de materials, ha viatjat, a través de les generacions, un principi vital, una saba, una sang, l’esperit mateix que els ha engendrat.

«El mismo término patria, que como el de nación alude a la descendencia respecto de nuestros padres y antepasados, no tiene por qué se admitido al modo en que se divulgó desde la Revolución Francesa, conexo con el mito de la unidad e indivisibilidad de la república. San Isidoro de Sevilla ponía como condición de la ley justa que fuese según la costumbre de la patria. Es claro que en España no podría haber ninguna ley que pudiese invocar una costumbre española, antes por el contrario, nuestro derecho civil, a pesar de la tendencia que tomó por el liberalismo de las Cortes de Cádiz, se ha visto obligado a respetar costumbres de diversas tierras, o países, o pueblos (Canals Vidal, 2018).»

La vida social de la nació, d’una complexitat orgànica inabastable, i la forma de la pàtria, d’una riquesa incommensurable, elles es troben determinades per un mateix esperit, un principi que les ha engendrat i les ha inspirat en cada moment de la història, en tots els racons de la geografia, des del cim més enlairat dels nostres munts fins al fons més pregon de les nostres valls.

La llengua primitiva, escampada originàriament per tota la regió, muda tantes variants i diccions segons sigui la contrada; la constitució jurídica i les institucions passen, marxen amb les centúries; la poesia i el sentiment varien segons l’estil de l’època; la raça es dissipa i es combina; cap d’aquests elements, a malgrat de la molta afecció que naturalment els hem de portar, constitueix l’essència, el germen de la pàtria.

L’essència de la nostra pàtria, l’esperit català, la causa i el propòsit de la seva existència, és, tal com sentencia el mestre Torras i Bages, l’esperit cristià. Catalunya i el cristianisme, ací, a la nostra terra, són una mateixa cosa; una no s'entén sense l’altre, són dos elements indestriables que es lligaren fortament, d’antuvi, en el naixement i la constitució del nostre poble.

La demostració pràctica d’aquesta circumstància es troba inscrita en la profunditat dels nostres caràcters nacionals, tots ells embaumats d’aquest perfum cristianíssim tan propi de la terra catalana. La llengua nostrada és farcida d’expressions religioses, amarada d’un significat profundament cristià que sempre ha abominat la blasfèmia; les citares de la lírica, en mans dels nostres religiosos, han cantat piadoses tonades; les nostres institucions i llurs constitucions han governat sota l’imperi de la llei divina i han comandat les grans empreses contra els enemistats de la fe; els grans prohoms de la terra s’han prostrat solemnement davant de Déu, molts d’ells han sigut coronats amb les glòries celestials; les grans diades del nostre poble, les heroiques gestes dels nostres predecessors, totes porten els motius honrosos de la causa de la nostra santa religió.

La pàtria catalana és la nostra forma particular i concreta d’ésser cristians, conjunt amb el fruit vernal de la seva existència, el patrimoni tradicional. L’aspecte d’un perfet cristià, en aquesta regió del Mediterrani, és l’aspecte genuí d’un català. Per això, el patriarca espiritual de Catalunya va rubricar, en el frontó de la façana gloriosa del nostre poble, que Catalunya serà cristiana o no serà.

Dr. Pere Pau, Círcol Tradicionalista de Barcelona Ramon Parés y Vilasau


BIBLIOGRAFIA
Canals Vidal, F. (2018). Escritos políticos (II) - Obras Completas Francisco Canals Vidal. Editorial Balmes, Ed.; Primera edició, Vol. 12, pg. 333.




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La región tradicional y el nacionalismo (I)


Una lección del maestro Francisco Canals Vidal

 

La patria catalana es nuestra forma particular y concreta de ser cristianos, junto con el fruto vernal de su existencia, el patrimonio tradicional. El aspecto de un perfecto cristiano, en esta región del Mediterráneo, es el aspecto genuino de un catalán.



A menudo, al buscar una definición para el concepto nación, nos encontramos con la dificultad —más bien con la insatisfacción— de tenernos que conformar con una sentencia extremadamente sintética que la recluye, o, al contrario, nos encontramos con una lista eterna de elementos dispersos que afanan en descomponerla; en definitiva, muchas propuestas incompletas y tantas definiciones nefastas.

La nación es la forma más elevada y sintética de la vida social, es la conclusión más alta de la sociedad humana; y es, toda ella, viva, múltiple, compleja y particular, contenida dentro de la nación.

Todos conocemos la existencia de la familia, saboreamos los frutos deliciosos de su lozanía o las amargas penas de su decadencia; lo mismo ocurre exactamente con la nación, pero en una magnitud de proporción colosal y faraónica: todos sentimos y percibimos la nacionalidad, pero no siempre la inteligencia humana es bastante limpia y clarividente como para dibujar los contornos y describir el contenido.

El maestro Canals Vidal define la nación, estrictamente, como un término social y cultural; un conjunto de hombres, una comunidad humana, que comparte un conjunto de atributos y caracteres. Una sociedad, un pueblo, que comulga un patrimonio, que es el mismo cimiento de una forma de vida colectiva, propia y particular.

La nación, el país y el pueblo son para Canals una misma cosa, una reunión de hombres, una sucesión histórica, un gran linaje, alrededor de un caudal que es la patria. La naturaleza y la definición de la patria es variable según la comunidad humana que se estudia; así encontramos cómo en algunos casos la nación se ha constituido rodeando un patrimonio de carácter primordialmente religioso, pero en otros casos lo ha hecho en torno a una raza, una lengua, una constitución política o, incluso, un conglomerado de varios de estos elementos.

«País, etimológicamente referido al pagus o aldea, tiene una alusión originaria a la tierra natal, al ámbito local en que se arraiga la vida colectiva. Sería extraño que un catalán se llamase paisano de un gallego y más natural que alguien se considere tal de quien es originario de su mismo pueblo (Canals Vidal, 2018).»

La patria, que es la tierra de los padres, tiene un rostro, unas facciones, una expresión, y, espontáneamente, sus hijos la reconocen y la estiman. El origen, el linaje, el pensamiento y las costumbres, el lenguaje y la cultura, la religión y la moral, las leyes y las instituciones, todos estos elementos configuran el rictus de nuestra patria, y forman el patrimonio de nuestra nación.

La patria es la tradición —sintetiza Torras y Bages—, y la tradición, el producto histórico de un pueblo, es todo esto que hemos mencionado y más, porque con todos estos elementos exteriores, muchos de ellos materiales, ha viajado, a través de las generaciones, un principio vital, una savia, una sangre, el espíritu mismo que los ha engendrado.

«El mismo término patria, que como el de nación alude a la descendencia respecto de nuestros padres y antepasados, no tiene por qué se admitido al modo en que se divulgó desde la Revolución Francesa, conexo con el mito de la unidad e indivisibilidad de la república. San Isidoro de Sevilla ponía como condición de la ley justa que fuese según la costumbre de la patria. Es claro que en España no podría haber ninguna ley que pudiese invocar una costumbre española, antes por el contrario, nuestro derecho civil, a pesar de la tendencia que tomó por el liberalismo de las Cortes de Cádiz, se ha visto obligado a respetar costumbres de diversas tierras, o países, o pueblos (Canals Vidal, 2018).»

La vida social de la nación, de una complejidad orgánica inabarcable, y la forma de la patria, de una riqueza inconmensurable, ellas se encuentran determinadas por un mismo espíritu, un principio que las ha engendrado y las ha inspirado en cada momento de la historia, en todos los rincones de la geografía, desde la cumbre más elevada de nuestros montes hasta el fondo más profundo de nuestros valles.

La lengua primitiva —esparcida originariamente por toda la región— muda tantas variantes y dicciones según sea la comarca; la constitución jurídica y las instituciones pasan, marchan con las centuria; la poesía y el sentimiento varían según el estilo de la época; la raza se disgrega y se combina; ninguno de estos elementos, a pesar de la mucha afección que naturalmente les debemos, constituye la esencia, el germen de la patria.

La esencia de nuestra patria, el espíritu catalán, la causa y el propósito de su existencia, es, tal como sentencia el maestro Torras y Bages, el espíritu cristiano. Cataluña y el cristianismo, aquí, en nuestra tierra, son una misma cosa; la primera no se entiende sin la segunda, son dos elementos inseparables que se ligaron fuertemente, por lo pronto, en el nacimiento y la constitución de nuestro pueblo.

La demostración práctica de esta circunstancia se encuentra inscrita en la profundidad de nuestros carácter es nacionales, empapados de este perfume cristianísimo tan propio de la tierra catalana. Nuestra lengua rebosa de expresiones religiosas, absorbida por un significado profundamente cristiano que siempre ha abominado de la blasfemia; las cítaras de la lírica, en manos de nuestros religiosos, han cantado piadosas tonadas; nuestras instituciones y sus constituciones han gobernado bajo el imperio de la ley divina y han dirigido las grandes empresas contra los enemigos de la Fe; los grandes prohombres de la tierra se han postrado solemnemente ante Dios, muchos de ellos han sido coronados con las glorias celestiales; las grandes fiestas de nuestro pueblo, las heroicas gestas de nuestros predecesores, todas llevan los motivos honrosos de la causa de nuestra santa religión.

La patria catalana es nuestra forma particular y concreta de ser cristianos, junto con el fruto vernal de su existencia, el patrimonio tradicional. El aspecto de un perfecto cristiano, en esta región del Mediterráneo, es el aspecto genuino de un catalán. Por eso, el patriarca espiritual de Cataluña rubricó, en el frontón de la fachada gloriosa de nuestro pueblo, que Cataluña será cristiana o no será.

Dr. Pere Pau, Círcol Tradicionalista de Barcelona Ramon Parés y Vilasau


BIBLIOGRAFIA
Canals Vidal, F. (2018). Escritos políticos (II) - Obras Completas Francisco Canals Vidal. Editorial Balmes, Ed.; Primera edició, Vol. 12, pg. 333.