Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris Opinió. Mostrar tots els missatges
Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris Opinió. Mostrar tots els missatges

dimarts, 6 d’octubre del 2026

Sobre el Congreso en favor del aborto en Barcelona

Sobre el Congreso en favor del aborto en Barcelona


Annibale Carracci: Cristo coronado de espinas (o La burla de Cristo), 1598-1600, Óleo sobre lienzo, 60 cm × 69,5 cm , Pinacoteca Nazionale di Bologna (Italia).


Díjole, pues, Pilato: «¿Con que Tú eres rey?» Contestó Jesús: «Tú lo dices: Yo soy rey. Yo para esto nací y para esto vine al mundo, a fin de dar testimonio a la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz».  Pilato le dijo: «¿Qué cosa es verdad?»  Jn (18, 37-38).


Se va a celebrar, en los primeros días de octubre, un congreso sobre el «derecho» al aborto en Barcelona. Al igual que el problema «rojo» del 36, no es sino una continuación y consecuencia del problema que sufrimos en nuestro suelo desde los primeros levantamientos del siglo XVIII, es decir, del liberalismo —que muta en apariencias, pero nunca en sus principios, que pretenden que la voluntad humana determina la realidad, y no la realidad la que debe ser comprendida por el hombre y operar según los fines y jerarquías propios de ésta—, concreción política de la doctrina protestante.

El único modo de justificar que alguien hace algo «malo» y por lo tanto que existan leyes objetivas que deban prohibirlo, es que la moral sea cognoscible por todos, y sea descubierto, no creado. Importa poco que lo que se defiende, sea sobre el papel un bien o no, si las razones no son las adecuadas. No es lo mismo defender que el asesinato deliberado o el abuso sexual es algo gravísimo porque lo dice la Constitución, porque la mayoría lo dice, porque corresponde a la «esencia de la patria» cierta moral o religión, o porque el monarca absoluto o caudillo de turno (o el Papa) lo dice, que sostener que hay un orden objetivo inmutable cuyo conocimiento nos es accesible a todos. No puede uno decirle a un hijo: «No mates a tu hermano porque no quiero que lo hagas», y luego pretender que no lo haga cuando, aunque la intención sea buena, el hecho es que con la justificación se ha negado que el deber venga impuesto por la realidad de las cosas y por tanto, la voluntad de la madre puede ser simplemente modificada por la voluntad del hijo o por el cambio de la voluntad de la madre, y, consecuentemente, matarlo.

La recta razón nos permite conocer cosas —no agotarlas— que también pueden ser conocidas por los demás (de otra forma, el conocimiento no sería posible y absolutamente todo sería subjetivo; cualquier defensa de cualquier causa se volvería arbitraria, al igual que cualquier condena de cualquier mal), y precisamente es ésta la que distingue al ser humano de cualquier otro ser que habite en el universo, la dotación de intelecto, y la posibilidad de obrar de modo racional, y no mediante impulsos e instintos. Todo ser humano es capaz de conocer, en el plano intelectual, que dos afirmaciones contrarias no pueden ser igualmente ciertas, o que un conjunto de cosas no puede ser menor que alguna de sus partes, y, en el plano de la voluntad, que asesinar o mentir está mal (=que opera contra la verdad conocida por el intelecto).

Es, pues, falaz pretender atacar el llamado «derecho» al aborto asumiendo principios que niegan de plano la posibilidad de la existencia de mal objetivo alguno. Esto es exactamente lo que hacen los movimientos que, negando la soberanía social de Jesucristo, negando el plano político dogmáticamente definido por el Magisterio de la Iglesia, la Tradición, y las Sagradas Escrituras, negando, en fin, que haya una verdad objetiva innegociable, tanto natural, como sobrenatural, sobre la que debe edificarse y someterse toda la vida política y social de los pueblos, pretenden sostener una causa que, de suyo, es legítima y loable, como lo es la lucha contra el asesinato de seres indefensos en el vientre de sus madres. Es más flagrante aún en el caso de España, teniendo a disposición la experiencia histórica que enseña que el aborto es una consecuencia del divorcio, el divorcio es una consecuencia de la Constitución del 78 y la Constitución del 78 es una consecuencia directa de la legislación y el gobierno liberal de Franco.

Para mayor elocuencia no puedo menos que citar al profesor Francisco Canals: «Mi maestro el P. Orlandis decía que los “católicos liberales”, y por tales tenía los “mal-minoristas”, elegían en lo político al modo como en los Ejercicios de San Ignacio de Loyola eligen aquellos que se sitúan en el “segundo binario”. Es decir, se pretende escoger la táctica moderada para mejor conseguir el “bien posible” y evitar “males mayores”, se invoca el “realismo” y el “posibilismo”, pero en el fondo se evita el riesgo y el sufrimiento, con frecuencia heroico, del esfuerzo sincero y real por el imperio práctico de la verdad política frente a la apostasía anticristiana revolucionaria». (1)  «Un tradicionalismo español sin carlismo se mueve en el orden de una consideración de la esencia sin la existencia, por afán de huir de lo concreto y singular. Pertenece así un “tradicionalismo” al orden del saber especulativo-práctico, y no al de la vida política. Pero lo activo y eficiente no es la esencia ni el saber de la esencia, sino el ser de las cosas, lo que olvida el racionalismo político. Aunque tal vez, este tradicionalismo de principios y de esencias es precisamente, en el plano concreto y político, no ya un racionalismo, sino una desfiguración y traición enervadora».  (2)

Ante todo, con este artículo no se pretende inducir a un inmovilismo —lejos de nosotros— sino formar las bases para la verdadera unidad política y una acción útil al bien común. En efecto, pactar con el diablo nunca será una solución, Vox, Falange, ACDP, CEU, Reconquista, CTC, Revuelta, 323 Imperial, DENAES, Sociedad Civil Catalana, democristianos, pietistas, identitarios, racialistas, neofascistas y demás instituciones y/o personas (cuya buena o mala intención no vamos a juzgar aquí) que participan, colaboran o sirven a causas que de suyo pueden parecernos loables en algunos de sus fines pero que no hacen sino ideologizar la realidad, asumir de hecho el liberalismo en uno u otro grado y modificar el núcleo necesario (la doctrina cristiana tradicional) para fundamentar las leyes y la existencia misma del bien y del mal lo que hacen es desparramar y hacer suyo el error pelagiano porque «separados de Mí no podéis hacer nada» (3), y «si repartiese mi hacienda toda, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, mas no tengo Caridad, nada me aprovecha» (4). Y ¿Qué es la Caridad, sino la íntima posesión de la Verdad íntegra y suave que es Cristo Nuestro Señor?

(1) Canals Vidal, F. (1993). «Balance de las tácticas moderadas en España». Verbo, (317-318), 883-895.
(2) Canals Vidal, F. (1971, 25 de mayo), El Pensamiento Navarro. Número 22310.
(3) Evangelio de Juan, 15,5.
(4) 1 carta a los Corintios 13,3.

Petit Serviola, Círcol Tradicionalista de Barcelona Ramon Parés y Vilasau.

dilluns, 16 de març del 2026

Crítica a eso que llaman tradicionalismo


 

Crítica a eso que llaman tradicionalismo

 

Es falso que el tradicionalista se desvincule del Magisterio, pues es gracias a este mismo Magisterio que tiene la garantía y la seguridad de lo que afirma y defiende.

 

 

Un sacerdote hace poco me envió un pequeño video de Instagram donde salía un influencer «católico» llamado Abel. En aquel video establecía una comparativa entre progresistas y tradicionalistas en la que pretendía hacer coincidir dos extremos opuestos y errados.

 
La transcripción del video dice lo siguiente:
 

Podría parecer que solo los progres son en la Iglesia los que interpretan a su manera el depósito de la fe y lo hacen a su conveniencia. Y caen en la teología liberal, para interpretarlo todo conforme a su mundanidad y a sus deseos carnales y a sus cosas. Pues resulta que no solo ahí pasa, sino que también hay gente que hace un menú de la fe y recoge de la Tradición con los deditos así, solo aquello que les interesa, es decir, también en los tradicionalistas o conservadores dentro de la Iglesia se da el riesgo de la teología liberal, es decir, de desvincularme del Magisterio de la Iglesia para yo creer a mi manera. Con lo cual lo que estás haciendo a Jesucristo mentiroso, porque las puertas del Hades han prevalecido sobre su Iglesia, y eres tú, según tú criterio y el de tu pequeña comunidad, el que tiene la verdad de forma residual, porque en la Iglesia se habría perdido. Esto es una pretensión tremenda que ha pasado muchas veces en la historia, porque, fijaos, se da una hermenéutica equivocada. En primer lugar, se considera todo el depósito de la fe como un monolito completo, inamovible, de verdad. Para el tradicionalista en general, no ha habido cambio en ningún punto de la doctrina desde el siglo I hasta básicamente el concilio Vaticano II. Esto no es más que fruto de la ignorancia, digamos. Fíjate que cuanto más lejos está una cosa o menos sabes de una cosa, más igual te parece todo. Me pasa un poco como los asiáticos de China para allá. Yo no soy capaz de distinguir un coreano, de un japonés, de un chino. Pues esto le pasa a la gente con las fuentes de la Tradición. Es la Tradición la que debe interpretar a la Tradición. Es el Magisterio el árbitro que se encarga establecer cuál es precisamente ese hilo dorado de la tradición. Poque la tradición no es un desarrollo acumulativo, que se va pegando y llevando como crustáceos en la ballena.

Primero de todo, habría que señalar que se es tradicionalista porque se es católico (contra lo que supone el video). Segundo, se comete la falacia del hombre de paja, pues se atribuye una cosa a los tradicionalistas que estos no defienden (1. Interpretar la fe por propia conveniencia. 2. Tomar de la Tradición lo que a uno le interesa. 3. Desvincularse del Magisterio de la Iglesia para creer a su manera).

Para un tradicionalista, la fe se interpreta desde el Magisterio de la Iglesia y no por conveniencia. No toma lo que le interesa sino lo que ha recibido. Pues sabe que la ley de la fe y la oración del católico debe caracterizarse por la fidelidad a la Sagrada Tradición. Los santos apóstoles ordenaron: «Si alguno os anuncia un Evangelio diferente del que habéis recibido (quod accepistis), sea anatema (Ga 1,9); «Os transmití lo mismo que yo recibí (tradidi quod et accepi)» (1 Co 15,3); «Observad las tradiciones (tenete traditiones) que habéis aprendido» (2 Ts 2,15); y «Combatid por la fe que ha sido entregada (semel traditae) a los santos de una vez por todas» (Judas 1,3). La Iglesia Romana siempre ha seguido este camino como el más seguro: «No se introduzca nada nuevo, sino solo lo que ya se ha transmitido» (nihil innovetur nisi quod traditum est) Papa Esteban I Ep. Ad. Cyprianum (apud. S. Cyprianum, Ep. 74).

Ahora bien, lo que señala el tradicionalista, desde el Magisterio, es que la función del Magisterio no es crear nuevas verdades, ni enseñar algo contrario a la Tradición (que es Palabra de Dios). Si esto se diera, propiamente no sería Magisterio, sino que estaríamos ante una opinión equivocada de una autoridad. En este sentido estaríamos hablando de un Magisterio auténtico no definitivo que está errado (P. Rodrigo Menéndez Piñar, El obsequio religioso. El asentimiento al Magisterio no definitivo, Toledo, 2020).

Por eso advierte el mismo Magisterio en sus dos concilios vaticanos:

«De hecho, el Espíritu Santo no fue prometido a los sucesores de Pedro para revelar, por su inspiración, una nueva doctrina, sino para guardar y dar a conocer fielmente, con su asistencia, la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la fe.» (Concilio Vaticano I, Constitución dogmática «Pastor aeternus»).

«Este Magisterio, evidentemente, no está sobre la palabra de Dios, sino que la sirve, enseñando solamente lo que le ha sido confiado, por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo la oye con piedad, la guarda con exactitud y la expone con fidelidad, y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como verdad revelada por Dios que se ha de creer.» (Concilio Vaticano II, Dei Verbum 10).

Por tanto, es falso que el tradicionalista se desvincule del Magisterio, pues es gracias a este mismo Magisterio que tiene la garantía y la seguridad de lo que afirma y defiende. 

El católico tradicional no coge lo que le interesa, sino que defiende lo que ha recibido de la Tradición. ¿Cómo y dónde reconocer esta Tradición? El criterio lo expresa de una vez para siempre S. Vicente de Leríns: la universalidad, la antigüedad, la unanimidad: «Lo que se ha enseñado siempre, en todas partes y por todos» «Id teneamus quod ubique, quod semper, quod ab omnibus creditum est» (San Vicente de Lerins, Commonitorium, cap. 23, núm. 16).

Por otra parte, tiene un grave problema Abel porque dice que la Tradición (en realidad, Abel dice “doctrina” y, antes, “depósito de la fe”, pero se refiere principalmente a la Tradición, según se deduce del ejemplo que le sigue sobre el desconocimiento de algo lejano y la distinción entre asiáticos) no es la misma en el siglo I y ahora. No sabe que toda la profundización teológica y la confirmación Magisterial se basan justamente en esa Tradición, la cual es de por sí inamovible y que debe ser preservada. La verdad no puede cambiar pues de lo contrario se transmutaría la fe y las costumbres. Por ello debe preservarse el mismo sentido:

«Hay que mantener siempre el sentido de los dogmas sagrados que una vez declaró la Santa Madre Iglesia y no se debe nunca abandonar bajo el pretexto o en nombre de un entendimiento más profundo. Que el entendimiento, el conocimiento y la sabiduría crezcan con el correr de las épocas y los siglos y que florezcan grandes y vigorosos, en cada uno y en todos, en cada individuo y en toda la Iglesia; pero esto solo de manera apropiada, esto es, en la misma doctrina, el mismo sentido y el mismo entendimiento (eodem sensu eademque sententia).» (Concilio Vaticano I, Dei Filius, c. 4).

Además, podría haberse molestado en especificar las clases de Tradición, pues al criticar la inamovilidad del depósito de la fe y, por tanto, de la Tradición, incluye, bajo este término, todo aquello que es de institución divina también, lo cual, evidentemente, no puede cambiarse. Es falso que pueda cambiar la doctrina de la Tradición ya que, además, algunas de sus verdades se han dogmatizado.

Finalmente, la supuesta pretensión que dice que tienen los tradicionalistas no es tal. Pues, según una saludable hermenéutica, existen ejemplos históricos de una resistencia legítima a las enseñanzas ambiguas y erróneas de pastores de la Iglesia, incluido el Papa. Así tenemos la crisis arriana del siglo IV, cuando la herejía infectó a casi todo el episcopado y, sin embargo, los laicos se mantuvieron fieles a la fe católica tradicional. De aquí que dijera el mismo cardenal San John Henry Newman:

«En ese tiempo de inmensa confusión, el dogma de la divinidad de nuestro Señor fue proclamado, impuesto, mantenido y (humanamente hablando) preservado, mucho más por la Ecclesia docta [laicos] que por la Ecclesia docens [jerarquía]... El cuerpo del episcopado fue infiel a su encargo, mientras que el cuerpo de los laicos fue fiel a su bautismo... Tanto el Papa como las grandes sedes patriarcales, metropolitanas y otras, así como los concilios generales, dijeron lo que no deberían haber dicho, o hicieron lo que oscureció y comprometió la verdad revelada; mientras que, por otra parte, fue el pueblo cristiano quien, bajo la Providencia, fue el apoyo eclesial de Atanasio, Hilario, Eusebio de Vercelli y otros grandes confesores solitarios, que habrían fracasado sin ellos» (Cardenal San John Henry Newman, The Arians of the Fourth Century, London Longmans, Green, and Co., 1908, pp. 465-466).

En esta misma línea, y bajo las virtudes de la gnome y de la epiqueya, se puede resistir y amonestar al Papa, como sostenía un antiguo tradicionalista, San Roberto Belarmino, (que, por cierto, sostenía que algún día un Papa podría intentar destruir la Iglesia sin que por ello prevalecieran las puertas del infierno), y como sostenía Santo Tomas de Aquino, respectivamente:

«Así como es lícito resistir al pontífice que agrede el cuerpo, también es lícito resistir al que agrede las almas o al que perturba el orden civil, o, sobre todo, al que intenta destruir la Iglesia. Digo que es lícito resistirle no haciendo lo que ordena e impidiendo que se ejecute su voluntad; pero no es lícito juzgarlo, castigarlo o destituirlo, ya que estos actos son propios de un superior» (San Roberto Belarmino, De Romano Pontifice, libro 2, cap. 29).

«Reprender a la cara y en público [Gal 2, 11] sobrepasa el modo de la corrección fraterna; por eso no hubiera reprendido Pablo a Pedro de no haberle sido de alguna manera igual en la defensa de la fe. [...] Con todo, hay que saber que, cuando hubiera peligro en la fe, aun en público han de corregir los súbditos a los prelados» (Santo Tomás de Aquino, Summa Theologuiae II-II, q. 33, a. 4, ad 2).

Podríamos concluir diciendo que eso que llaman tradicionalismo en el ámbito eclesial en parte es y en parte no es como dicen, secundum quid. Pues el tradicionalismo sí es defensa de una Tradición monolítica, inamovible y verdadera que debe ser custodiado por el Magisterio de la Iglesia según el mismo sentido y, por otra parte, no es como dicen, porque no se desvincula nunca del Magisterio y de la doctrina perenne que por todos, en todas partes y en todo tiempo, es creída en el seno de la Iglesia.

Montoya, un carlista egarenc
. Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau

dimecres, 11 de febrer del 2026

Huelga de profesores en Cataluña por mejoras salariales, reducción de ratios y estabilidad laboral


 

Huelga de profesores en Cataluña por mejoras salariales, reducción de ratios y estabilidad laboral



Resulta preocupante que la protesta no cuestione el marco ideológico de la actual ley educativa



Barcelona (Agencia FARO).— Hoy, 11 de febrero, fiesta de las Apariciones de Nuestra Señora de Lourdes, los docentes de los centros educativos públicos de Cataluña están secundando una huelga general de profesorado, convocada por las principales organizaciones sindicales del sector ante lo que califican de falta de avances significativos en las negociaciones con la Conselleria d’Educació de la Generalitat.

La protesta, que afecta a escuelas infantiles, centros de primaria y secundaria de todo el Principado, se produce después de varias semanas de movilizaciones y una manifestación unitaria en Barcelona el pasado 24 de enero, en la que miles de docentes reclamaron mejoras salariales y condiciones laborales más dignas.

Reivindicaciones de los convocantes


Los sindicatos que han impulsado la huelga —entre ellos USTEC·STEs, Aspepc·Sps, CC.OO., UGT y CGT— detallan varias demandas centrales:

  • Mejoras salariales para el profesorado, entre ellas el restablecimiento de una cláusula que actualice los salarios en función de la inflación y un incremento de los complementos retributivos, que según los sindicatos compensaría la pérdida de poder adquisitivo acumulada en los últimos años.   
  • Reducción de las ratios de alumnado por aula, consideradas actualmente «insostenibles» por parte de los docentes, que señalan que afectan negativamente tanto a la calidad educativa como a la carga de trabajo.
  • Aumento de plantillas para garantizar una atención adecuada al alumnado y disminuir la precariedad y la sobrecarga de labores no docentes.
  • Menos burocracia y trámites administrativos, que, según los sindicatos, desvían tiempo y recursos de la labor educativa.


Durante la jornada hay convocadas cinco manifestaciones. Una partirá de los Jardinets de Gràcia a las 12.20. A las 11.30 se convoca a los docentes de Tarragona en la Plaça Imperial Tarraco, a las 12 en el Pont del Dimoni de Girona, a las 12.30 en la Plaça Barcelona de Tortosa y a las 18 horas en la Plaça Ricard Vinyes de Lleida.

En defensa de la escuela catalana según la Tradición


Estas reivindicaciones del profesorado en Cataluña —salarios dignos, reducción de ratios y estabilidad laboral— son justas y merecen respaldo. La Tradición política catalana, profundamente municipalista y social, siempre reconoció la función del maestro como pilar del país real, no como simple ejecutor de consignas administrativas.

Pero resulta preocupante que la protesta no cuestione el marco ideológico de la actual ley educativa, impuesta desde instancias políticas y técnicas alejadas de la realidad de los centros. Ninguna mejora material corregirá un sistema que ha roto con la tradición pedagógica catalana, basada en la transmisión del saber, el esfuerzo, la autoridad del docente y el arraigo comunitario.

La llamada «inclusión» responde a una homogeneización forzada que rebaja niveles, desdibuja responsabilidades y vacía de contenido la enseñanza. En nombre de una igualdad abstracta, se debilita la cultura del mérito y se sacrifica la excelencia, perjudicando especialmente a los alumnos de entornos populares.

Igualmente errónea es la obligatoriedad de la escolarización prolongada en adolescentes, que impide a muchos jóvenes catalanes incorporarse tempranamente al aprendizaje de oficios, rompiendo la continuidad histórica entre familia, taller, municipio y gremio. Cataluña fue tierra de menestrales, artesanos y aprendices, donde el saber práctico y el saber intelectual convivían sin desprecio mutuo.

El actual sistema contribuye además al desmantelamiento del conocimiento: menos contenidos, menos memoria, menos exigencia. La escuela deja de ser espacio de transmisión cultural para convertirse en aparato de reeducación ideológica, desconectado de la lengua, la historia y las formas de vida del país real.

Frente a este modelo, es imprescindible una dignificación plena de la Formación Profesional, entendida como vía noble y central de formación humana y social. La FP responde al principio de subsidiariedad, fortalece los cuerpos intermedios y recupera la dignidad del trabajo bien hecho, tan propia de la tradición catalana.

Sin una revisión doctrinal profunda —sin volver a una escuela arraigada en la Tradición, en el municipio y en los cuerpos intermedios—, las huelgas docentes quedarán en meras reivindicaciones salariales. Y un país que olvida cómo educa, acaba olvidando quién es.

Agencia FARO / Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau





divendres, 16 de gener del 2026

Nueva ley del alquiler de vivienda: Volviendo a tropezar en la misma piedra


 

Nueva ley del alquiler de vivienda: Volviendo a tropezar en la misma piedra


El problema de la vivienda no es sólo económico. Es más profundo. Es doctrinal y antropológico. La vivienda no es una mercancía cualquiera, sino un bien de arraigo, inseparable de la familia y de la estabilidad social.


Recientemente hemos sabido que la Generalitat vuelve a legislar sobre el alquiler de la vivienda con la convicción, tan moderna como infundada, de que los problemas reales se corrigen ajustando cifras en un índice administrativo. Ahora se limitan también los alquileres de temporada y por habitaciones, como si el mal residiera en el tipo de contrato y no en la realidad material que lo precede. Se presenta la medida como protección social, pero no es más que otra reiteración del mismo error doctrinal: atacar el precio, que es el síntoma, mientras se preservan intactas las causas de la escasez.

La vivienda es cara porque es escasa. No al revés. Y es especialmente escasa la vivienda para vivir, porque la destinada a otros usos está devorando gran parte de la oferta. El precio no es una causa autónoma, sino un efecto. Fijarlo por decreto no crea viviendas, del mismo modo que fijar el precio del pan no hace crecer el trigo. Con una diferencia: fijar el precio del trigo permite moderar el precio del pan, y prevenir la especulación. Pero aquí se pretende regular el efecto obviando su causa eficiente. El legislador persiste en la superstición de que la realidad obedece al boletín oficial. Lo cual no desprestigia la eventual eficacia de los controles de precio, pero los condiciona estrictamente a la lógica de la cadena causal que desemboca en el precio que se pretende controlar. De nuevo, la brillante distinción aristotélico-tomista: causa eficiente, causa final, causa material, causa formal: las grandes desconocidas del liberalismo, donde todo es mecánico, bien sea por la omnímoda voluntad individual (liberalismo “derechista”) o por la omnímoda iniciativa estatal – que no colectiva ni social -  (liberalismo “izquierdista” o mal llamado “social”).


Pero el problema no es sólo económico. Es más profundo. Es doctrinal y antropológico. La vivienda no es una mercancía cualquiera, sino un bien de arraigo, inseparable de la familia y de la estabilidad social. La tradición carlista entendió esta verdad con mayor realismo que los gobernantes contemporáneos. Para el pensamiento foral, la propiedad no era un fetiche liberal ni un botín estatal, sino un derecho concreto, enraizado en la costumbre y protegido por la comunidad. La vivienda era asunto del municipio, no de ingenieros sociales. El carlismo defendió siempre el municipio fuerte y la subsidiariedad real, porque sabía que sin arraigo no hay orden, y sin orden no hay justicia social posible.

Nada de esto aparece en la nueva normativa. El municipio queda relegado, mientras la Generalitat acumula índices, sanciones y definiciones cada vez más abstractas. Se legisla sobre contratos porque no se quiere legislar sobre suelo, burocracia, fiscalidad, especulación ni equilibrio territorial. Construir es caro, lento y fiscalmente castigado; rehabilitar, una carrera de obstáculos; poseer vivienda habitual, una fuente permanente de gravamen. Y luego se finge sorpresa ante la escasez.

A ello se suma una política territorial radicalmente antitradicional: la aceptación acrítica de la concentración masiva en grandes ciudades. Se vacía el territorio, se centralizan servicios, se fuerza a generaciones enteras a vivir donde no deberían, y después se intenta contener el resultado con controles de alquiler. Santo Tomás habría llamado a esto legislar sobre una anomalía, no sobre el orden natural.

Esta ley no es un error aislado. Es coherente con una cosmovisión equivocada que confunde justicia con control, doctrina con técnica y bien común con gestión administrativa. No es una ley de vivienda, sino otra ley contra la vivienda, porque ignora las causas reales de su carestía, y ahonda en todo aquello que la hace escasa.

Como tantas veces en la historia, el poder combate los efectos mientras protege las causas. Y luego se extraña de que la realidad —esa vieja carlista— no obedezca.

Gonzalo J. Cabrera

 


 


dijous, 11 de desembre del 2025

La peste porcina africana como ejemplo de la crisis liberal

 

La peste porcina africana como ejemplo de la crisis liberal



La declaración de emergencia sanitaria por la Peste Porcina Africana (PPA) el 9 de diciembre de 2025 en Cataluña trasciende el ámbito veterinario: es un ejemplo de las contradicciones del régimen liberal, tanto en su versión centralista como en su derivación nacionalista-autonómica. Más concretamente, este episodio revela el fracaso de tres pilares del orden revolucionario liberal: la soberanía nacional abstracta, el centralismo administrativo, y la economía liberal desarraigada.

Crítica a la concepción liberal de la soberanía


La respuesta del Govern ha sido normativista, abstracta y despersonalizada. Ha dictado leyes y restricciones que proceden verticalmente de la Administración, ignorando las costumbres y la prudencia práctica de las comunidades afectadas. Así, se aplica el mismo protocolo a la macro-explotación industrial que a la granja familiar, violando el principio de justicia conmutativa. Y es que la «Cataluña» a la que protegen estas normas es una entidad jurídico-administrativa, no la red orgánica de personas, familias y corporaciones (gremios, cofradías, municipios) que constituyen la nación real.

Contraste carlista: En cambio, el carlismo propone considerar en los cuerpos intermedios naturales. Así, la competencia sanitaria animal debería residir primariamente en Juntas de Sanidad Locales de composición mixta (autoridad municipal, veterinarios prácticos, representantes gremiales), sometidas sólo a principios generales de salus populi desde instancias superiores (Reino, Corona). La eficacia nace del conocimiento directo y la responsabilidad vecinal, no de la planificación burocrática.

Crisis de la Autonomía


El Estatuto de Autonomía del Régimen del 78, lejos de realizar el ideal foral, ha creado un mini-Estado centralista que reproduce los vicios liberales «de Madrid» a escala reducida. La crisis de la PPA demuestra que el autonomismo es centralismo de segundo grado: La gestión se ha centralizado en «Barcelona», repitiendo el error que el foralismo históricamente combatió: la sustitución de la libertad concreta por la administración lejana. Los payeses de Segrià están hoy tan lejos de los consellers barceloneses como lo estaban de los ministros madrileños.

Contraste carlista: La verdadera autonomía es la foral. Es decir, el reconocimiento de la personalidad histórica y jurídica de cada Reino o territorio, con sus propias leyes, instituciones y competencias originarias, no transferidas por un Estado.

Crítica del modelo económico


La rápida propagación del virus tiene una causa estructural: el modelo de macro-explotación porcina intensiva, promovido por el capitalismo agrario y subvencionado por políticas comunitarias. Este modelo:

    1.    Rompe el vínculo tierra-animal-hombre, concentrando miles de cabezas en espacios reducidos, facilitando la propagación de patógenos.

 

    2.    Destruye la pequeña propiedad familiar y la ganadería de traspatio, pilares de la sociedad orgánica y garantes de la diversidad genética y la resiliencia sanitaria.

 

    3.    Convierte al campesino en empresario agroindustrial, sujeto a los vaivenes de un mercado global que hoy, con la prohibición de exportaciones, lo aniquila.



Contraste carlista: Frente a esto, el carlismo defiende la propiedad privada familiar ligada a la función social, el uso frugal de los recursos y la preeminencia del mercado local sobre el global. La crisis sanitaria es, en el fondo, una crisis del orden económico anti-natural. La solución no pasa sólo por controles, sino por un retorno a una economía agraria distribuida y a escala humana, protegida por aranceles comunitarios y regulada por gremios modernos que fijen estándares de calidad y densidad ganadera sostenibles.

Hacia una restauración orgánica


La Peste Porcina Africana evidencia que los sistemas basados en la soberanía de la voluntad individual o nacional abstracta terminan generando administraciones ineficaces, ideologizadas y alejadas de la realidad social concreta.

El carlismo, como doctrina restauradora del orden natural cristiano, propone un camino distinto:

    1.    Restitución de la soberanía social a los cuerpos intermedios naturales: familia, municipio, gremio, región histórica.


    2.    Gobierno prudencial ejercido por autoridades surgidas de (y vinculadas a) esas comunidades, no por una clase política profesional.


    3.    Economía al servicio del hombre, basada en la propiedad familiar y la cooperación corporativa, no en la especulación capitalista o la planificación estatal.



Solamente un orden político que reconozca la naturaleza social y comunitaria del hombre, y que estructure el poder de acuerdo con el principio de subsidiariedad, podrá gestionar crisis como la actual con eficacia, justicia y respeto a la dignidad de las personas y las comunidades que, hoy, sufren en silencio el fracaso de la modernidad.

Josep de Losports, Cercle Tradicionalista Ramon Parés y Vilasau

dijous, 13 de novembre del 2025

«Cremem la biblioteca de Montserrat! No hi és tot en català»

 

«Cremem la biblioteca de Montserrat! No hi és tot en català»


Commoció entre els nacionalistes catalans perquè l’Escolania de Montserrat ha cantat en castellà



Recentment, hem llegit, sentit i vist a molts que se sorprenen de l’heretgia a la nació catalana moderna de què a Montserrat es canti en castellà, i s’acusa de tirà o tirana a qui ho promogui, proposi o accepti —alguns encara estan dirimint a cada persona quanta culpa hi escau—.


No obstant això, per aquells que no mesurem la història en termes de memòria històrica, recordem que l’Abadia no només produeix música traïdora a la Catalunya catalanista. Montserrat produeix molts continguts culturals: la música és un, però l’espai en si edificat és el més destacat i la visió que ens facilita del paisatge; també hi ha hagut un treball en artesanies i menjars; i, finalment, per a un bibliòfil com jo, la seva editorial i impremta.


L’any 2005 es publicava, dins la respectadíssima col·lecció «Serra d’or», un assaig que celebrava els «Cinc-cents anys de Publicacions de l’Abadia de Montserrat». Un llibret petitó i breu, però preciós a parer nostre. Sent ganduls a propòsit, mirem només alguns textos que varen editar, publicar o imprimir a Montserrat en passar dels segles.



En destaquen primerament (pp. 11 i 12) l’edició de 1499 del Instrucio novitiorum, de sant Bonaventura. De 1500 es l’Exercitatorio de la vida spirutal, de l’abat García Jiménez de Cisneros (pp. 14 y 15). Però ja, per fi, a la pàgina 24 tenim una il·lustració preciosa de Montserrat i la Verge apareguda en una estampa que porta com títol La cofraria dela cambra angelical, dela gloriosa verge mara de monserrat del segle XVI. Segueixen les publicacions en llatí de 1518 del Diurnale Benedictium (p. 27), la de 1521 del Missale Benedictium (pp. 29 i 30), la de 1524 del Lectionarium Sanctorale (p. 32) i de 1522 la Vita Christi de Sant Bonaventura (pp. 37-9).  Passem ara al castellà amb l’edició de 1564 del Compendio breve de exercicios espirituales (p. 35) —imprès a Barcelona, per al monestir—; una Vida y conversión de Santa Magdalena de 1549 (p.41) i, més tardanament, al 1627, una Historia y milagros hechos a invocacion de nuestra señora de Montserrate (p. 49). Ja al segle XIX segueixen les traïcions a la nació moderna catalana: es publica Las ruinas de Monserrate (1815), així com el Compedio historial o relacion breve y verídica del portentoso santuario y cámara angelical de Nuestra Señora de Monserrate de 1860 (p. 60). També, però, apareix en aquest segle un bella traducció de Las glorias de María d'Alfonso M. de Ligorio: «encara que sian molts los que entenen la llengua Espanyola, emperò que sobrepuja los que la ignoran; majorment aquells sensills devots de Maria, que vihuen en las pagesies, casas foraneas, llogarrets, y pobles petits» (pp.: 60 y 62). Una altra edició catalana d’aquesta mateixa obra seria la que fes l’Editorial Balmes l’any 1950 a Barcelona: sí, en ple franquisme més repressiu de la postguerra.


Així, hem vist com Montserrat no només mereix «ser cremada» per cantar en castellà, i no en català. Veiem que en més d’una feina cultural centenària ha estat «traint» a la moderna nació catalana. Qui sap... quan canten en alemany també ho estan fent, però com el catalanisme no parla d’altra cosa que no sigui la llengua catalana per a defensar Catalunya, i la castellana per atacar a la hispanitat... no s’adonen d’una heretgia més d’aquest monestir mil·lenari. Que no surti d’aquí.





Artur J. Llinares, Círcol Tradicionalista de Barcelona Ramon Parés y Vilasau.

dimecres, 5 de novembre del 2025

La invasión bárbara: ¿Desgracia para la virtud cristiana?

 

 Saqueo de Roma por los visigodos, liderados por Alarico I, en el año 410 d.C.


 

La invasión bárbara: ¿Desgracia para la virtud cristiana?


«Durante más de quinientos años, la Iglesia salva lo que aún se puede salvar de la cultura humana. Ella va guiando a los bárbaros, o les conquista luego de la invasión»


Los pueblos han ido y venido a lo largo de los siglos. Esto ha sucedido de modos muy azarosos, desde las grandes migraciones prehistóricas, pasando por las del mundo antiguo, hasta fenómenos recientes como las migraciones de posguerra española o las masas de orientales que construyeron el ferrocarril en Norteamérica. En esa sucesión de pueblos, las verdades perduran, la realidad se altera, pero en tantas direcciones que en ocasiones los relatos de la caída de Roma parecen análogos a los del antiguo Egipto o al caso estadounidense actual —con sus últimos coletazos de tiranía para salvaguardar el imperio, pero con unas masas anárquicas y unos señores oclócratas y rapaces del bien común—.

Pero ¿Es el hombre para la Nación? No, es el Hombre para Dios y así:

Ad secundum sic proceditur. Videtur quod beatitudo aeterna non sit obiectum proprium spei. Illud enim homo non sperat quod omnem animi sui motum excedit, cum spei actus sit quidam animi motus. Sed beatitudo aeterna excedit omnem humani animi motum, dicit enim apostolus, I ad Cor. II, quod in cor hominis non ascendit. Ergo beatitudo non est proprium obiectum spei.

«En cuanto al segundo supuesto procedimiento, parece que la felicidad eterna no es el objeto propio de la esperanza. Pues el hombre no espera aquello que excede todo movimiento de su mente, ya que el acto de esperar es un cierto movimiento de la mente. Pero la felicidad eterna excede todo movimiento de la mente humana, pues el Apóstol dice (1 Cor. 2) que no asciende al corazón del hombre. Por lo tanto, la felicidad no es el objeto propio de la esperanza».

Santo Tomás (Summ. Theol., II-II, 17. 2 ad 2)



La esperanza, así, no es instrumento egoísta, cuanto teocéntrico, y sólo ahí puede hallar su razón de ser y así sólo acerca al hombre a los trascendentales que su alma busca de forma natural. Pero, así mismo, por oposición, vemos los errores de los herejes… de antaño y de ahora: «El error de los jansenistas y quietistas al afirmar que el obrar por la esperanza es inmoral o imperfecto, estriba en imaginarse que con ello deseamos a Dios como un bien para nosotros, subordinando a Dios a nuestra propia felicidad». (Royo Marín, Teol. Perf. Crist., L. II. C. 2: 251).

El pensar la realidad política del hombre —arte supremo de la carida— como supeditada a una felicidad individual, terrena e inmediata, y por ello sometida toda virtud y don del Espíritu y el Creador al Hombre, conduce ante todo a verdaderas monstruosidades. Es el caso aquí de ciertas elucubraciones étnicas que la Hispanidad sufre por doquier: desde los indigenismos —negrismo, rousseanismo, alienigenismo, celtiberismo, etc.—, los regionalismos —catalanismo, vasquismo, lombardismo, prusianismo, etc.—, las aculturaciones —el globalismo americano, la hispanidad como castización, europeización, etc.—, las invasiones heréticas incentivadas desde los alto gobiernos —Venezuela, Cuba, EEUU, España, Italia etc.—

Y, hecho este pórtico, queremos ceder la palabra a un viejo canónigo, de esos que ya muertos sabemos que las almas las gana para Dios y no para ellos mismos y sus sectas. Hacemos notar, en general, que es una obra saludable para el interesado en la sana doctrina católica en tres tomos de ligerísima lectura en forma de quaestio y respondeo.

Fuente: ESTEVE BLANES, Francisco (Canónigo). Objeciones contra la Religión. T. I. Mallorca, 1938. Pp.: 28-9:

 

17. Nos amenaza la invasión de la raza amarilla. ¿No arrollaran sus sectas el catolicismo? ¿No lo devastarán las hordas comunistas?

R.— Supongamos que los invasores lograran apoderarse de todos los países más civilizados, y dominarlos; el furor vandálico pasaría; y entonces, amansados y sosegados con su presa y más reflexivos, ¿no serían paso a paso cautivados por la cultura superior de los vencidos, que les mostraría ideales más delicados, nobles y excelsos que el simplista y rastrero materialismo?

Cuando los pueblos germánicos se echaron sobre el imperio romano y lo ocuparon, la Iglesia fue la educadora de las nuevas razas, transformándolas e imponiéndoles sus ideales.

«Durante más de quinientos años, dice Taine (Les origines de la France contemporaine, L'ancien régime), la Iglesia salva lo que aún se puede salvar de la cultura humana. Ella va guiando a los bárbaros, o les conquista luego de la invasión».

¿No haría lo mismo la Iglesia con los nuevos bárbaros, inculcándoles pacientemente, guiada por la Providencia, lo que unos ignoran y otros olvidan: el respeto al hombre en cuanto hombre, la dignidad de la conciencia, el sentimiento del deber, la excelencia de la vida interior, la verdadera libertad frente a la tiranía de los gobiernos, la alteza de la mujer defendida por el matrimonio-sacramento, el respeto al derecho y a la justicia, el aprecio del trabajo, la moral pública, la suavidad de costumbres, la verdadera solidaridad de todos los hombres, el valor de la vida futura, y tantos otros bienes que forman la más alta civilización del mundo, que es la cristiana?


Artur J. Llinares, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau

 




divendres, 17 d’octubre del 2025

El mite dels «Països Catalans»: quan els noms fan la cosa

 

El mite dels «Països Catalans»: quan els noms fan la cosa


El concepte «Països Catalans» transcendeix la lingüística i la cultura: és un projecte polític, nacionalista i revolucionari, que confón idioma amb comunitat política. «La llengua és la Pàtria», diu equivocadament Prat de la Riba.



* * *


Agencia FARO ens informa del nou mapa del temps de TV3. Arran d’aquesta notícia, Lo Mestre Titas ens envia el següent escrit que ell va publicar el 2011 a un blog personal seu.



* * *


«La unitat de tots el territoris de parla catalana seria més clara si hi hagués un terme que els englobés. Perquè els noms –ai!- fan la cosa».  (Joan Fuster, 1970).



A la gent de la meva generació, fills del pujolisme i del Club Súper 3, la noció dels Països Catalans resulta quelcom normal i quotidià. Des de petitons, per tot arreu hem vist el mapa del nostre imperi perdut: a la televisió pública quan surt l’home del temps; o a l’escola, penjat de la paret de l‘aula; o als llibres de text de socials, història, llengua; o als concerts de Sau i a les samarretes d’Els Pets.

És un ingredient habitual de la papilla nacionalista que ens han fet empassar: gaudir de (extasiar-se amb) la visió del mapa dels Països Catalans… Catalunya, València, Balears, Rosselló, la Franja i la ciutat italiana de l’Alguer… i també un poble de Múrcia de 670 habitants que es diu Carxe, i també les Illes Medes, i les Illes Formigues a Palamós.  Ay!  L’imperi perdut!  La Terra Promesa!!!  La qual serà heretada per «l’ànima col·lectiva», que va dir en Prat de la Riba, presumiblement després de fer ioga.


L’origen del mite


Tot i la nostra mil·lenària història, la primera vegada que trobem escrit els termes Països Catalans o Catalunya Gran fou a finals del s. XIX, en el context del naixement del nacionalisme català i de la seva inseparable historiografia romàntica. Des de bon començament, amb aquells termes es vol descriure no només un fet cultural i lingüístic («terres de llengua catalana», de forma similar als francesos amb la seva Francofonia), sinó un projecte polític que aglutinaria aquelles terres. Així, per exemple, el 1886, Narcís Roca i Farreras a la revista L’Arch de Sant Martí feia referència a la «simpatia de tots els Països Catalans d’ençà i d’enllà de l’Ebre, d’ençà i d’enllà dels Pirineus Orientals». O el mateix Prat de la Riba, quan escriu «la llengua és la Pàtria», a La Nacionalitat Catalana (1906).

El terme es va recuperar als anys 30 del segle XX. Així, el maig de 1934 trobem el manifest «Desviacions en els conceptes de llengua i de Pàtria», signat entre d’altres per Pompeu Fabra, Rovira i Virgili, Massó-Torrents, Pere Bohigas… Hi podem llegir: «La nostra Pàtria, per a nosaltres, és el territori on es parla la llengua catalana (…). L’afebliment i la desaparició del sentiment d’unitat coincideix amb els temps de decadència, i no cal dir que la nació que ens governa des de forma ha procurat –i procura encara-, per tots els mitjans, fomentar i accentuar la divergència entre els Països Catalans».  A més, a aquesta dècada, es concreta com a projecte polític tal i com observem en els programes d’alguns partits (Unió Democràtica) i en alguns escriptors (J. Carbonell i Gener).

Malgrat aquests antecedents, el mite pròpiament dit neix als anys 60 del segle XX en el context de la (virtual) oposició al franquisme per part del nacionalisme català:

Primer, trobem la tasca de reidentificació «nacional», en el context dit de lluita antifranquista, engegada per un grup d’intel·lectuals nacionalistes, com ara Max Cahner i Joan Fuster, i finançada per Òmnium Cultural. Es tracta d’un projecte de construcció identitari basat en la llengua catalana com a pal de paller d’aquesta identitat.

Segon, a aquest projecte identitari li hem de posar un nom. Joan Fuster, al seu conegut opuscle Qüestió de noms (1962), recupera aquella terminologia decimonònica que hem vist als antecedents.

Tercer, ara que ja tenim nom, hem de començar a definir el contingut i significat d’aquest nom. Aquí trobem, primer, el Congrés de Cultura Catalana (1976-1977) que el defineix, al seu Manifest, com a «comunitat de cultura que s’ha desenvolupat al llarg d’una història de més de mil anys, una comunitat bàsicament homogènia i específica, conscient que ho és i amb la voluntat de continuar essent-ho». Immediatament, aquesta comunitat de cultura esdevé projecte polític a molts programes electorals de partits els quals, fins i tot, ens governen.

En definitiva, és a les darreres dècades del franquisme (anys 60-70) quan neix —impulsat per alguns intel·lectuals burgesos— un projecte reidentitari-lingüístic, d’arrel nacionalista català, al qual se li cerca un nom per a, després, definir i donar forma al concepte. Un cop definit, és el moment d’intentar fer realitat el mite de País: cal engegar el projecte d’uns Països Catalans.


La definició del mite


Hem vist com el Manifest de la cultura catalana (1977) definia els «Països Catalans» segons aquests quatre següents: a) comunitat de cultura; b) base història de més de mil anys; c) homogènia i específica; d) conscient de ser-ho i voluntat de continuar.  Podem fer els comentaris següents:

a) Comunitat de cultura:

Llengua i Pàtria són elements inseparables en el nacionalisme català: ho hem vist amb Prat de la Riba,  quan va sentenciar que «la llengua és la Pàtria», a La Nacionalitat Catalana (1906); o Pompeu Fabra, Rovira i Virgili i d’altres intel·lectuals firmants del manifest de 1934 Desviacions en els conceptes de llengua i de Pàtria amb el paràgraf ja citat, que comença dient: «La nostra Pàtria, per a nosaltres, és el territori on es parla la llengua catalana (…)».

A més, esdevé projecte polític a programes electorals de diversos partits, com ara la UDC dels anys 30, o actualment a partits que ens han governat fa poc com ERC, el qual afirma que «la Nació Catalana ha estat dividida en diferents territoris per imperatius polítics: la Catalunya Nord, el Principat, la Franja de Ponent, el País Valencià, les Balears i Pitiüses, Andorra. Aquest esquarterament, fruit de més de 300 anys d’opressió per part dels Estats espanyol i francès, ha fet que els diferents territoris hagin viscut ignorant-se els uns als altres o, en el pitjor dels casos, ignorant la seva pròpia identitat» (article 13 de la Declaració ideològica d’ERC, XIX Congrés Nacional, 19/12/1993).

Trobem declaracions similars a d’altres partits i coalicions, com ara les CUP, Solidaritat, Reagrupament, PSAN, etc, i fan pedagogia popular d’aquest projecte polític tot coregent eslògans com ara «sense València no hi ha independència», o «Volem, volem, volem independència, volem Països Catalans».

Per tant, podem afirmar sense equivocar-nos que el concepte «Països Catalans» transcendeix la lingüística i la cultura: és un projecte polític.


b) Base històrica:

«Més de mil anys d’història tenen els Països Catalans», diuen aquests intel·lectuals nacionalistes el quals acaben de definir un projecte teòric i que ara es disposen a fer-lo realitat.  És un exemple d’historiografia romàntica en ple segle XX, tot el contrari de la historiografia científica. I també un anacronisme: llegir la història amb les ulleres nacionalistes contemporànies que acaben de fabricar.

Els «Països Catalans» no han existit mai com a subjecte polític. Es refereixen a la Corona d’Aragó, però això és una cosa ben diferent: és el conjunt de regnes que van estar sotmesos al Rei d’Aragó, entre els segles XII i XV, on trobem no només els territoris de llengua catalana, sinó també altres regnes com ara l’Aragó mateix, València parcialment, Sicília, Còrsega, Sardenya, Nàpols i els ducats d’Atenes i Neopàtria. És a dir, no és la llengua l’eix vertebrador de la Corona d’Aragó sinó la submissió a la jurisdicció d’un Rei, criteri propi de l’Edat Mitjana, la qual hem de llegir amb els seus propis ulls –i no pas amb els nostres criteris contemporanis– si no volem caure en anacronisme.

Però més important em sembla la auto-identitat que tenien els habitants del Principat, la qual era marcadament hispànica. Se sentien hereus de la hispània romana i visigoda, i havien anomenat, segles enrere, el seu bressol com a «Marca Hispànica», no pas catalana. Aquesta identitat profundament hispànica la trobem en Jaume I el Conqueridor, on podem llegir a la seva Crònica, tot referint-se al seu pare, que «el Nostre pare el rei Pere va ser el més franc de quants va haver-hi a Espanya» (Crònica, 6). Parlant del noble català Guillem de Cervera diu que era «d’aquells més savis homes d’Espanya» (34). Es refereix a les seves forces militars com «les forces de les millors d’Espanya» (21). En un altre capítol (el 392) diu que Catalunya «és el millor regne d’Espanya» y «la més honrada terra d’Espanya». En repetides ocasions es refereix Jaume I als «cinc regnes d’Espanya», es a dir, Lleó, Castella, Navarra, Aragó i Portugal.

El mateix podem llegir a la Crònica de Bernat Desclot, quan narra un viatge del Comte de Barcelona a Alemanya per tal d’entrevistar-se amb l’Emperador. Es presenta tot dient: «Senyor, jo soc un cavaller d’Espanya». I es presenta a l’Emperadriu dient: «Jo soc un Comte d’Espanya a qui diuen el Comte de Barcelona». L’Emperador diu al seu seguici: «… han vingut dos cavallers d’Espanya, de la terra de Catalunya» (Desclot, Cap. VIII).

I és que Catalunya ja tenia identitat pròpia molt abans què nasqués el nacionalisme al s. XIX, i abans de què es dibuixés cap projecte identitari basat en la llengua com a pal de paller d’aquesta identitat. La identitat mil·lenària catalana troba el seu origen en el procés de reunificació i reconquesta peninsular medieval, corrent històric marcadament hispànic. Que Wifré el Pilós visqués a la «Marca Hispànica», no pas catalana, és significatiu. I que Jaume I s’autodefinís a les seves Cròniques com a un dels cinc reis d’Espanya, juntament amb Lleó, Castella, Navarra i Portugal, és determinant.

c) Homogènia i específica:


Emprar aquests dos adjectius el 1977, podria semblar la manifestació d’un desig i no pas la descripció d’un fet. Però llegit amb els ulls actuals [del 2011], això és la constatació de l’error nacionalista: avui, hem vist caure molts dels «fets diferencials» que ens eren específics i que ens homogeneïtzaven a tots plegats com a membres de la mateixa tribu. Els catalans no som ni més honrats ni més nets que els de la Meseta (aquí la corrupció també és possible), ni més llestos, ni més alts. Demografia, geopolítica, globalització, multiculturalitat, són reptes homogenis… però de l’aldea global.

L’únic fet homogeni i específic el trobem, no als Països Catalans, sinó al Principat i a les Províncies Vasques: l’existència comuna d’un nacionalisme identitari, autodestructiu i empobridor, que renega dels seus orígens històrics, i que ha trobat en l’odi a Espanya l’únic combustible per anar empenyent els dies, justificar el cul a les poltrones, i malversar impunement sota l’ombra de la senyera.

d) Conscients de ser-ho, i voluntat de permanència en el futur:


Ni som ni volem ser.  Trenta anys després del Manifest, queda clar que els andorrans volen ser andorrans, i que ni valencians, ni illencs, ni algueresos, ni rossellonesos, volen ser catalans. Els habitants de Carxe, a Múrcia, tampoc. Perquè no ho són, i no ho han estat mai de catalans –excepció feta del rossellonesos-.

Marc Prenafeta explicava que a l’Alguer, durant els actes commemoratius del cinquantenari de «lo retrobament» entre Catalunya i l’Alguer, es parlava català barceloní i poc alguerès. No hi eren les autoritats alguereses, sinó només les de la Generalitat, que van anar tots plegats a l’Alguer un cap de setmana a fer discursos inacabables sobre l’Alguer i Catalunya, presentacions de llibres, degustacions gastronòmiques, regates esportives… finançat tot per la Generalitat, és clar.  Com un cap de setmana a una masia rural amb els amics, però gratis i amb nivell.

També observem indiferència a la Catalunya Nord, on tot i les nombroses associacions civils procatalanes, el suport social és quasi residual: a darreres eleccions, hem vist com el candidat de Convergència al Rosselló, Jordi Vera, ha estat el menys votat al seu cantó, amb només 93 vots! Els guanyadors, la UPM de Sarkozy i el FN de Le Pen.

A València trobem, més que indiferència, resistència i antipatia envers el projecte dels Països Catalans, no només entre les classes populars sinó també entre les dirigents, tot i les quantioses subvencions que la Generalitat catalana atorga al projecte (Eliseu Climent i muller).

I és que això dels Països Catalans és «tot per als Països Catalans, però sense els Països Catalans»:  un projecte impulsat per l’élit nacionalista del Principat, que no respon a cap realitat ni reclamació social, ni tampoc gaudeix del suport de les élits locals valencianes, alguereses, etc.

Conclusió

A les darreres dècades del franquisme (anys 60-70 del s. XX), alguns intel·lectuals nacionalistes —d’arrel romàntica decimonònica— impulsen un projecte de reidentificació «nacional» on troben en la llengua catalana l’eix vertebrador, el pal de paller, de la identitat catalana.  Són finançats per Òmnium Cultural i són, entre d’altres, Max Cahner i Joan Fuster.

Tot cercant un nom per al projecte, troben el terme «Països Catalans» (Joan Fuster, Qüestió de noms, 1962), emprat per primera vegada a finals del XIX.

Un cop trobat el nom, han de definir i donar forma al concepte, la qual cosa fan al Congrés de Cultura Catalana (1976-1977), el Manifest del qual defineix els Països Catalans com a «comunitat de cultura que s’ha desenvolupat al llarg d’una història de més de mil anys, una comunitat bàsicament homogènia i específica, conscient que ho és i amb la voluntat de continuar essent-ho».

Finalment, un cop tenim nom i l’hem definit, arriba l’hora de fer realitat el mite de País: és el moment d’engegar el projecte d’uns Països Catalans, la qual cosa succeeix a partir d’aquell Congrés de 1977.

En la seva execució, el projecte ha estat rebut amb indiferència o inclús —com és el cas de València— amb resistència i antipatia. I és que es tracta d’un projecte ideat per les élits del Principat, però que no respon a cap realitat ni reclamació social, ni tampoc gaudeix del suport de les élits locals valencianes, mallorquines, etc, com ha quedat palès trenta anys més tard. «Tot per els Països Catalans, però sense els Països Catalans».

I és que el projecte pateix defectes estructurals: en primer lloc, els impulsors han confós el fet cultural i lingüístic amb l’organització política: ja Prat de la Riba va dir que «la llengua és la Pàtria», ergo si parlem la mateixa llengua des de Salses fins a Guardamar, doncs és difícil per a ells superar aquella confusió.  En segon lloc, han substituït la identitat catalana mil·lenària —de profunda empremta hispànica— per la lingüística, la qual cosa tampoc ajuda a superar la confusió esmentada. Finalment, ni la història ni el realitat els donen pas la raó: valencians i mallorquins, majoritàriament, no són ni volen ser catalans, perquè no ho han estat mai: la Corona d’Aragó era una altra cosa, tot i que els impulsors del projecte alegin a Jaume I com a pare espiritual d’un projecte que s’han inventat ells.

Lo Mestre Titas, Círcol Tradicionalista de Barcelona Ramon Parés y Vilasau


_________________________________________________________________






Traducción al castellano:


El mito de los «Países Catalanes»: cuando los nombres hacen la cosa



El concepto «Países Catalanes» trasciende la lingüística y la cultura: es un proyecto político, nacionalista y revolucionario, que confunde idioma con comunidad política. «La lengua es la Patria», dice equivocadamente Prat de la Riba.


* * *


Agencia FARO nos informa del nuevo mapa del tiempo de TV3. Con motivo de esta noticia, Lo Mestre Titas nos envia el siguiente escrito que él publicó en 2011 en su blog personal.


* * *


«La unidad de todos el territorios de habla catalana sería más clara si hubiera un término que los englobara. Porque los nombres –¡ay!- hacen la cosa».  (Joan Fuster 1970)


A los de mi generación, hijos del pujolismo y del Club Súper 3, la noción de los Países Catalanes nos resulta algo normal y cotidiano. Desde pequeñitos, por todas partes, hemos visto el mapa de nuestro «imperio perdido»: en la televisión pública cuando sale el hombre del tiempo; o en la escuela, colgado de la pared del aula; o en los libros de texto de sociales, historia, lengua; o en los conciertos de Sau y en las camisetas de Els Pets.

Es un ingrediente habitual de la papilla nacionalista que nos han hecho tragar: disfrutar de (extasiarse con) la visión del mapa de los Países Catalanes… Cataluña, Valencia, Baleares, Rosellón, la Franja y la ciudad italiana de Alguer… y también un pueblo de Murcia de 670 habitantes que se llama Carxe, y también las Islas Medas, y las Islas Hormigas en Palamós. ¡Ay!  ¡El imperio perdido! ¡La Tierra Prometida!!! Que será heredada por «el alma colectiva», como dijo en Prat de la Riba, presumiblemente después de hacer yoga.

El origen del mito


A pesar de nuestra milenaria historia, la primera vez que encontramos por escrito los términos Países Catalanes o Gran Cataluña fue a finales del s. XIX, en el contexto del surgimiento del nacionalismo catalán y de su inseparable historiografía romántica. Desde buen comienzo, con aquellos términos se quiso describir no sólo un hecho cultural y lingüístico («tierras de lengua catalana», de forma similar a los franceses con su Francofonía), sino un proyecto político que aglutinaría aquellas tierras. Así, por ejemplo, en 1886, Narcís Roca i Farreras en la revista L’Arch de Sant Martí hacía referencia a la «simpatía de todos los Países Catalanes de un lado y el otro el Ebro, de un lado y el otro de los Pirineo Orientales». O el mismo Prat de la Riba, cuando escribe «la lengua es la Patria», en La Nacionalidad Catalana (1906).

El término se recuperó en los años 30 del siglo XX. Así, en mayo de 1934 encontramos el manifiesto «Desviaciones en los conceptos de lengua y de Patria», firmado entre otros por Pompeu Fabra, Rovira i Virgili, Massó-Torrents, Pere Bohigas… podemos leer: «Nuestra Patria, para nosotros, es el territorio donde se habla la lengua catalana (…). El debilitamiento y la desaparición del sentimiento de unidad coincide con los tiempos de decadencia, y no hay que decir que la nación que nos gobierna ha procurado –y procura todavía-, por todos los medios, fomentar y acentuar la divergencia entre los Países Catalanes». Además, en esta década, se concreta como proyecto político tal y cómo observamos en los programas de algunos partidos (Unió Democràtica) y en algunos escritores (J. Carbonell i Gener).

A pesar de estos antecedentes, el mito propiamente dicho nace en los años 60 del siglo XX en el contexto de la (virtual) oposición al franquismo por parte del nacionalismo catalán: 



Primero, encontramos la tarea de reidentificació «nacional» en el contexto dicho de lucha antifranquista, puesta en marcha por un grupo de intelectuales nacionalistas, como por ejemplo Max Cahner y Joan Fuster, y financiada por Òmnium Cultural. Se trata de un proyecto de construcción identitario basado en la lengua catalana como piedra angular de esta identidad.

Segundo, a este proyecto identitario le tenemos que poner un nombre. Joan Fuster, en su conocido opúsculo Cuestión de nombres (1962), recupera aquella terminología decimonónica que hemos visto en los antecedentes.

Tercero, ahora que ya tenemos nombre, debemos empezar a definir el contenido y significado de ese nombre. Aquí encontramos, primero, el Congreso de Cultura Catalana (1976-1977) que lo define, en su Manifiesto, como «comunidad de cultura que se ha desarrollado a lo largo de una historia de más de mil años, una comunidad básicamente homogénea y específica, consciente de que lo es y con la voluntad de continuar siéndolo». Inmediatamente, esta comunidad de cultura deviene proyecto político en muchos programas electorales de partidos los cuales, incluso, nos gobiernan.

En definitiva, es durante las últimas décadas del franquismo (años 60-70) cuando nace —impulsado por algunos intelectuales burgueses— un proyecto reidentitario–lingüístico, de raíz nacionalista catalán, al cual se le busca un nombre para, después, definir y dar forma su concepto. Una vez definido, es el momento de intentar hacer realidad el mito de País: de poner en marcha el proyecto de unos «Países Catalanes».



 

La definición del mito


Hemos visto como el Manifiesto de la cultura catalana (1977) definía los «Países Catalanes» según estos cuatro elementos: a) comunidad de cultura; b) base histórica de más de mil años; c) homogénea y específica; d) consciente de serlo y voluntad de continuar. Podemos hacer los comentarios siguientes:

a) Comunidad de cultura:

Lengua y Patria son elementos inseparables en el nacionalismo catalán: lo hemos visto con Prat de la Riba, cuando escribió «la lengua es la Patria» en La Nacionalidad Catalana (1906); o Pompeu Fabra, Rovira i Virgili y otros intelectuales firmantes del manifiesto de 1934 Desviaciones en los conceptos de lengua y de Patria con el párrafo ya citado, que empieza diciendo: «Nuestra Patria, para nosotros, es el territorio donde se habla la lengua catalana (…)».

Además, deja de ser una simple comunidad de cultura para convertirse en proyecto político, al incluirse tal concepto en programas electorales de varios partidos, como por ejemplo la UDC de los años 30, o actualmente en partidos que nos han gobernado hace poco como ERC, el cual afirma que «la Nación Catalana ha sido dividida en diferentes territorios por imperativos políticos: la Cataluña Norte, el Principado, la Franja de Ponente, el País Valenciano, las Baleares y Pitiüses, Andorra. Este desmembramiento, fruto de más de 300 años de opresión por parte de los Estados español y francés, ha hecho que los diferentes territorios hayan vivido ignorándose los unos en los otros o, en el peor de los casos, ignorando su propia identidad» (artículo 13 de la Declaración ideológica de ERC, XIX Congreso Nacional, 19/12/1993).

Encontramos declaraciones similares a otros partidos y coaliciones, como por ejemplo las CUP, Solidaritat, Reagrupament, PSAN, etc, y hacen pedagogía popular de este proyecto político cantando eslóganes como por ejemplo «sin Valencia no hay independencia», o «Queremos, queremos, queremos independencia, queremos Países Catalanes».

Por lo tanto, podemos afirmar sin equivocarnos que el concepto «Países Catalanes» trasciende la lingüística y la cultura: es un proyecto político.

b) Base histórica:

«Más de mil años de historia tienen los Países Catalanes», dicen estos intelectuales nacionalistas, quienes acaban de definir un proyecto teórico y ahora se disponen a hacerlo realidad. Es un ejemplo de historiografía romántica en pleno siglo XX, todo el contrario de la historiografía científica. Y también un anacronismo: leer la historia con las gafas nacionalistas contemporáneas que acaban se acaban de comprar.

Los «Países Catalanes» no han existido nunca como sujeto político. Los impulsores del proyecto se refieren a la Corona de Aragón, pero ésta es otra cosa: se trata el conjunto de reinos que estuvieron sometidos al Rey de Aragón, entre los siglos XII y XV, donde encontramos no sólo el territorios de lengua catalana, sino también otras reinos como por ejemplo la propia Aragón, Valencia parcialmente, Sicilia, Córcega, Cerdeña, Nápoles y los ducados de Atenas y Neopatria. Es decir, no es la lengua el eje vertebrador de la Corona de Aragón sino la sumisión a la jurisdicción de un Rey, criterio propio de la Edad Media, la cual tenemos que leer con sus propios ojos —y no con nuestros criterios contemporáneos— si no queremos caer en anacronismo.

Pero más importante me parece la auto-identidad que tenían los habitantes del Principado, la cual era marcadamente hispánica. Se sentían herederos de la hispania romana y visigoda, y habían denominado, siglos atrás, su cuna como «Marca Hispánica», no catalana. Esta identidad profundamente hispánica la encontramos en Jaime I el Conquistador, donde podemos leer en su Crónica, refiriéndose en su padre, que «nuestro padre el rey Pedro fue el más franco de cuántos hubo en España» (Crónica, 6). Hablando del noble catalán Guillermo de Cervera dice que era «de aquellos más sabios hombres de España» (34). Se refiere a sus fuerzas militares como «las fuerzas de las mejores de España» (21). En otro capítulo (el 392) dice que Cataluña «es el mejor reino de España» y «la más honrada tierra de España». En repetidas ocasiones se refiere Jaime I a los «cinco reinos de España», estos son: León, Castilla, Navarra, Aragón y Portugal.

Lo mismo podemos leer en la Crónica de Bernat Desclot, cuando narra un viaje del Conde de Barcelona a Alemania para entrevistarse con el Emperador. Se presenta diciendo: «Señor, yo soy un caballero de España». Y se presenta a la Emperatriz diciendo: «Yo soy un Conde de España a quien dicen el Conde de Barcelona». El Emperador dice a su séquito: «… han venido dos caballeros de España, de la tierra de Cataluña» (Desclot, Cap. VIII).

Y es que Cataluña ya tenía identidad propia mucho antes de que naciera el nacionalismo en el s.XIX, y antes de que se esbozara ningún proyecto identitario basado en la lengua como piedra angular de esta identidad. La identidad milenaria catalana encuentra su origen en el proceso de reunificación y reconquista peninsular medieval, corriente histórica marcadamente hispánica. Que Guilfredo el Belloso viviera en la «Marca Hispánica», no catalana, es significativo. Y que Jaime I se autodefiniera en sus Crónicas como uno de los cinco reyes de España, junto con León, Castilla, Navarra y Portugal, es determinante.

c) Homogénea y específica:



Emplear estos dos adjetivos en 1977, podría parecer la manifestación de un deseo y no la descripción de un hecho. Pero leído en 2011, esto es la constatación del error nacionalista: hoy, hemos visto caer muchos de los «hechos diferenciales» que nos eran específicos y que nos homogeneizaban a todos juntos como miembros de la misma tribu. Los catalanes no somos ni más honrados ni más limpios que los de la Meseta (aquí la corrupción también es posible), ni más listos, ni más altos. Demografía, geopolítica, globalización, multiculturalidad, son retos homogéneos… pero de la aldea global.

El único hecho homogéneo y específico lo encontramos, no en los Países Catalanes, sino en el Principado y en las Provincias Vascas: la existencia común de un nacionalismo identitario, autodestructivo y empobrecedor, que reniega de sus orígenes históricos, y que ha encontrado en el odio a España el único combustible para ir pasando los días, para justificar el mantenimiento de sus posaderas en las poltronas, y para malversar impunemente bajo la sombra de la senyera.

d) Conscientes de serlo, y voluntad de permanencia en el futuro:

Ni somos ni queremos ser. Treinta años después del Manifiesto, queda claro que los andorranos quieren ser andorranos, y que ni valencianos, ni mallorquines, ni alguerenses ni roselloneses, quieren ser catalanes. Los habitantes de Carche, en Murcia, tampoco. Porque no lo son, y no lo han sido nunca catalanes –excepto los roselloneses-.

Marc Prenafeta explicaba que en Alguer, durante los actos conmemorativos del concuentenario de «lo retrobament» (el reencuentro) entre Cataluña y el Alguer, se hablaba catalán barcelonés y poco alguerés. No estaban las autoridades algueresas, sino sólo las de la Generalitat, que fueron todos juntos al Alguer un fin de semana a hacer discursos inacabables sobre el Alguer y Cataluña, presentaciones de libros, degustaciones gastronómicas, regatas deportivas… financiado todo por la Generalitat, por supuesto. Como un fin de semana en una casa rural con los amigos, pero gratis y con nivel.

También observamos indiferencia en la Cataluña Norte, donde a pesar de las numerosas asociaciones civiles procatalanas, el apoyo social es casi residual: en últimas elecciones, hemos visto como el candidato de Convergència en el Rosselló, Jordi Vera, ha sido el menos votado en su propio cantón, con sólo 93 votos! Los ganadores, la UPM de Sarkozy y el FN de Le Pen.

En Valencia encontramos —más que indiferencia–— activa resistencia y antipatía hacia el proyecto de los Países Catalanes, no sólo entre las clases populares sino también entre las dirigentes, a pesar de las cuantiosas subvenciones que la Generalitat catalana otorga al proyecto (Eliseu Climent y esposa).

Y es que esto de los Países Catalanes es «todo para los Països Catalans, pero sin los Països Catalans»: un proyecto impulsado por el élite nacionalista del Principado, que no responde a ninguna realidad ni reclamación social, ni tampoco disfruta del espaldarazo de las élites locales valencianas, algueresas, etc.

Conclusión


En las últimas décadas del franquismo (años 60-70 del s. XX), algunos intelectuales nacionalistas —de raíz romántica decimonònica— impulsan un proyecto de reidentificación «nacional» donde encuentran en la lengua catalana el eje vertebrador, la piedra angular, de la identidad catalana. Están financiados por Òmnium Cultural y son, entre otros, Max Cahner y Joan Fuster.

Buscando un nombre para el proyecto, encuentran el término «Países Catalanes» (Joan Fuster, Cuestión de nombres, 1962), empleado por primera vez a finales del XIX.

Una voz encontrado el nombre, tienen que definir y dar forma al concepto, lo cual realizan en el Congreso de Cultura Catalana (1976-1977), cuyo Manifiesto final define los Países Catalanes como «comunidad de cultura que se ha desarrollado a lo largo de una historia de más de mil años, una comunidad básicamente homogénea y específica, consciente que lo es y con la voluntad de continuar siéndolo».

Finalmente, una vez tenemos nombre y lo hemos definido, llega la hora de hacer realidad el mito de País: es el momento de poner en marcha el proyecto de unos Países Catalanes, lo cual sucede a partir de aquel Congreso de 1977.

En su ejecución, el proyecto ha sido recibido con indiferencia o incluso —cómo es el caso de Valencia— con resistencia y antipatía. Y es que se trata de un proyecto ideado por las élites del Principado, pero que no responde a ninguna realidad ni reclamación social, ni tampoco disfruta del espaldarazo de las élites locales valencianas, mallorquinas, etc, cómo ha quedado patente treinta años más tarde. «Todo para los Países Catalanes, pero sin los Países Catalanes».

Y es que el proyecto sufre defectos estructurales: en primer lugar, los impulsores han confundido el hecho cultural y lingüístico con la organización política: ya Prat de la Riba dijo que «la lengua es la Patria», ergo si hablamos la misma lengua desde Salses hasta Guardamar, pues es difícil para ellos superar aquella confusión. En segundo lugar, han sustituido la identidad catalana milenaria —de profunda impronta hispánica— por la lingüística, lo cual tampoco ayuda a superar la confusión mencionada. Finalmente, ni la historia ni la realidad les da la razón: valencianos y mallorquines, mayoritariamente, no son ni quieren ser catalanes, porque no lo han sido nunca: la Corona de Aragón era otra cosa, a pesar de que los impulsores del proyecto invoquen a Jaime I como padre espiritual de un proyecto que se han inventado ellos.

Lo Mestre Titas, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau