diumenge, 25 de gener del 2026

Crónica de la presentación en Barcelona de La restauración de la política católica, de Ruiz de Galarreta, por los carlistas valencianos Juan Oltra y P. Retamar

 

Crónica de la presentación en Barcelona de La restauración de la política católica, de Ruiz de Galarreta, por los carlistas valencianos Juan Oltra y P. Retamar


Instrumento de una acción política sostenida en el tiempo que toma por maestro y por referencia segura del tradicionalismo español —esto es, del carlismo— a don Alberto Ruiz de Galarreta


 

El jefe del Círculo Alberto Ruiz de Galarreta (Valencia), D. Juan Oltra, y su capellán, P. Juan Retamar, visitaron Barcelona para presentar el libro La restauración de la política católica, recopilación de artículos políticos de don Alberto Ruiz de Galarreta y Mocoroa, fundamental maestro carlista del siglo XX. La presentación tuvo lugar el pasado sábado 17 de enero de 2026, a las once y media de la mañana (11:30h.), en el Centro Cívico Pere Quart, de Barcelona, tal como se había anunciado, y estuvo organizada por el Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés.

Tras unas breves palabras de bienvenida por parte del jefe del Círculo de Barcelona, José Luis Escobedo, el P. Retamar presentó la extraordinaria figura de Ruiz de Galarreta con los hitos más importantes de su vida y expuso en su conjunto el proyecto editorial de publicación de sus obras reunidas. A continuación, don Juan Oltra introdujo las fuentes de los artículos contenidos en el primer volumen y los capítulos en los que éste se encuentra dividido, lo cual representa esquematizar la propia doctrina de don Alberto Ruiz de Galarreta. Finalmente, se dio un turno de preguntas y una tertulia con los asistentes, que continuó a partir de las dos de la tarde en un restaurante cercano, en agradable almuerzo y sabrosa tertulia, hasta bien entrada la tarde.


El P. Juan Retamar comenzó su exposición recordando la calificación de Ruiz de Galarreta como «el último carlista histórico» por parte de don Miguel Ayuso, en un obituario publicado en el diario ABC el 13 de septiembre de 2019. Alberto Ruiz de Galarreta formaba parte del selecto grupo de pensadores tradicionalistas —todos ya fallecidos, como Rafael Gambra, Juan Vallet de Goytisolo, Francisco Elías de Tejada, Álvaro d’Ors, Francisco Canals Vidal, Eugenio Vegas Latapie, etc.— que sintetizaron magisterio, apostolado y militancia política. El P. Retamar reconoció como un don de la Divina Providencia el haber conocido personalmente a Galarreta y disfrutado durante algunos años de su cercanía y amistad. Destacó algunos hitos importantes de su vida, comenzando por su nacimiento en San Sebastián (Guipúzcoa) en diciembre de 1922. Por motivos de edad, no pudo luchar en la Cruzada de 1936, como le hubiera gustado, y a diferencia de otros amigos como Gambra o Larramendi. De familia carlista por vía materna, su padre era comerciante y un apasionado de la fotografía. Al ser liberada San Sebastián, se afilió a la Agrupación Escolar Tradicionalista (AET) de la provincia de Guipúzcoa; contaba 15 años de edad. Terminada la guerra, la familia se trasladó a Valencia para que Alberto pueda iniciar la carrera de medicina, que terminó en 1946. En Valencia continuó vinculado a la Comunión Tradicionalista, siendo secretario del Requeté valenciano. El mismo año que concluyó sus estudios, don Alberto empezó el noviciado en la Compañía de Jesús, en Veruela (Zaragoza), pero los superiores concluyeron que no tenía vocación. Algo que él siempre llevó con cierto dolor y le hacía repetir que él no había sido infiel a Jesucristo. Regresó, pues, a Valencia, y tras un tiempo de discernimiento comenzó las oposiciones para entrar en el Cuerpo de Sanidad de la Armada, del cual se retiraría en 1985 como Coronel-Médico. En los primeros años en la Armada, fue destinado a buques, donde viajó y realizó distintas operaciones quirúrgicas en alta mar —muy avanzadas para la época— por las que recibió condecoraciones de honor. En 1955 fue destinado a Madrid, a la Policlínica del Ministerio de la Marina y, al mismo tiempo, al Colegio Mayor Jorge Juan. Así, don Alberto, ya asentado en la capital, empezó a frecuentar tertulias y a escribir sus primeros artículos; de hecho, no encontramos escritos suyos anteriores a este año. Realizó el doctorado en Historia de la Medicina, con un estudio sobre el doctor José Gómez Ocaña, dirigido por Pedro Laín Entralgo y publicado en el CSIC.

De la militancia carlista de don Alberto, el P. Retamar destacó su estrecha colaboración con don José María Valiente, secretario de la Comunión Tradicionalista (1955-1960) y luego Jefe Delegado (1960-1967) en sustitución de Manuel Fal Conde. Don Alberto entró muy pronto en contacto con el grupo que formaría la Ciudad Católica y la revista Verbo. Frecuentó la tertulia de «La Tropical» (nombre del restaurante de la calle Alcalá, donde se realizaba), en la que participaba Eugenio Mazón Verdejo, quien le presentó a Vegas Latapie y a Vallet de Goytisolo. También la tertulia de los jueves, en el domicilio de Antonio Pastor, de la revista ¿Qué pasa?, revista que quedaría como testigo escrito de la crisis postconciliar que sufriría la Iglesia en España en los siguientes años. En 1960 participó en el grupo que preparaba una acción contrarrevolucionaria en la Cuba castrista, pero, avisados por la inteligencia de Marina, suspendieron su participación: se trataba del frustrado desembarco en Bahía Cochinos de 1961. También animó en 1963 el documento de la Comunión Tradicionalista sobre la unidad religiosa, y en 1964 el Juramento de la Oliva.

Don Alberto fue muy crítico con la deriva conciliar de la «libertad religiosa». Escribió innumerables artículos sobre ello, al tiempo que realizó todo tipo de gestiones en defensa de la unidad católica y para aminorar el impacto del documento. En los años 70 y 80, tras el secuestro «hugonote» del Carlismo, cuya infiltración socialista siempre denunció, y aunque separado de la disciplina oficial, don Alberto siguió trabajando y conspirando. Tras la demostrada infecundidad política de las reuniones de 1986 para «la unificación del carlismo», a finales de 1990 participó en la reconstitución de la Comunión Tradicionalista en torno a S.A.R. Don Sixto de Borbón, de quien se honró de ser su servidor. En 2014, Don Sixto le concedió la Gran Cruz de la Orden de la Legitimidad Proscrita. 






Era un hombre de carácter jovial, con espíritu de niño que piensa su próxima travesura. Perseveró en la lucha hasta el final, de un modo alegre y sin hiel, sin amargura, sin derrotismo. Entusiasta, pero, a la vez, intransigente en los principios, especialmente en la unidad católica. Esta intransigencia nunca le impidió mantener toda suerte de relaciones «contubernales» para dirigir la acción a la afirmación de la unidad católica y, por eso, sin problema alguno, participó en todo tipo de revistas y publicaciones con tal que se hiciese patente su pensamiento y no quedase en silencio la tradición. Escribió más de 4.000 artículos, que firmó bajo múltiples seudónimos (Manuel de Santa Cruz, J. Ulibarri, P. Loidi, Aurelio de Gregorio, Dr. Fernández Arqueo, J. Macazaga, entre muchos otros). Además de su actividad como articulista, fue autor de la monumental obra en 33 volúmenes, Apuntes y documentos para la historia del tradicionalismo español, 1939-1966 (1979-1991), que continuó la ingente obra de Melchor Ferrer, que abarcaba hasta 1936.

El Círculo de Valencia se ha propuesto recoger, en al menos cinco volúmenes, los aspectos fundamentales de esos 4.000 artículos. Los tres primeros volúmenes estarían dedicados a sus escritos políticos. La restauración de la política católica es el primero de ellos; ya está en el horno el segundo, cuya noticia de su publicación podrá darse en poco tiempo; y el tercero se encuentra en elaboración. El cuarto volumen estará dedicado a contribuir a una «historia de los heterodoxos», para la cual resulta de gran ayuda el conjunto de textos que Galarreta dedicó a hacer seguimiento de las múltiples sectas y corrientes heréticas o paganizantes que entraron en España, especialmente (aunque no sólo) tras la aprobación de la Ley de Libertad religiosa en 1967. Por último, el volumen final estaría dedicado a los aspectos éticos, políticos y religiosos de la medicina, sobre los cuales el Dr. Ruiz de Galarreta escribió asiduamente. Por tanto, el plan de la obra trata de reflejar todos los temas relevantes y la diversidad de argumentos esgrimidos.




A continuación, tomó la palabra Juan Oltra para introducir las fuentes de los artículos contenidos en el primer volumen y los capítulos en los que éste se estructura, lo cual representa sintetizar la propia doctrina de don Alberto. En cuanto a las fuentes, Oltra destacó El Pensamiento Navarro, ¿Qué Pasa?, Siempre P’alante y Verbo, glosando algunos de los textos recogidos de cada cabecera en este primer volumen, y deteniéndose en un escueto comentario al estudio sobre «El tradicionalismo político y el régimen que cronológicamente siguió al 18 de julio», donde Galarreta ofrece una síntesis magistral que de algún modo complementa la obra de Rafael Gambra, Tradición o mimetismo. Ambos autores ofrecen un balance asaz crítico del régimen del General Franco, especialmente en lo tocante a la falsificación de la sociedad orgánica y la representación política.

El ponente, a continuación, pasó a desgranar los temas doctrinales. En este primer volumen se recogen seis capítulos y adelantó que el segundo, ya en ciernes, contendrá siete. El primer capítulo lleva por título «la política, oficio de alma». Se recogen textos donde don Alberto defiende la política en su concepción clásica y católica, como una realidad llamada a ser sacramental, a vehicular el orden cristiano y la unión del hombre con Dios y facilitar la vivencia de la Fe. Se divide en dos grandes temáticas: «meditaciones políticas» y «meditaciones para políticos». A continuación, el segundo capítulo se centra en la gran cuestión que abordó don Alberto durante toda su vida y que dio coherencia al resto de su obra: «la unidad católica», que ordena todo su pensamiento. En contraposición con esta cuestión, encontramos el tercer capítulo: «liberalismo y libertades de perdición». Que no fueron combatidas por Galarreta de un modo puramente «negativo» o «anti», sino poniendo constantemente como norte y guía la restauración del orden natural y cristiano al que la Revolución se opone.

Tras un cuarto capítulo donde se confronta el ser hispánico —«el genio católico de España»— con el europeísmo y los europeizantes, uno de los temas más constantes en su ejecutoria, se abren dos capítulos finales que recogen sus aportaciones históricas (que no historicistas, sino de marcado sabor filosófico y teológico) al esclarecimiento del significado político del 18 de julio y al estudio de la multisecular militancia carlista, fuente permanente de criterios y de prudencia.

Don Juan Oltra concluyó que con esta labor editorial no sólo se pretende recoger lo esencial del pensamiento de don Alberto, sino también los móviles de llevaron a don Alberto a escribir. Pues, en efecto, en todos sus escritos late una llamada apremiante a la acción ordenada. No en vano, entre sus aportes más específicos sobresalen las reflexiones en torno a la necesidad de fomentar vocaciones políticas. Con la mirada puesta en tal fin apareció la primera entrega de este proyecto editorial. De tal forma que no sólo se trata de un recuerdo piadoso a don Alberto, que lo es, por lo mucho que los carlistas le debemos, sino que es simultáneamente un instrumento de una acción política sostenida en el tiempo y que toma por maestro y por referencia segura del tradicionalismo español —esto es, del Carlismo— a don Alberto Ruiz de Galarreta y Mocoroa.

Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau

 





 

dissabte, 24 de gener del 2026

Las misiones catalanas, peripecias de una profesora de religión (IX): La tiranía de la felicidad


 

Las misiones catalanas, peripecias de una profesora de religión (IX): La tiranía de la felicidad


Hay que ponerse las gafas de Dios. Entender que la realidad se despliega con propósitos mucho más elevados y grandes, no accesibles para miradas despistadas como la mía.


Demasiadas veces me siento como Pedro hundiéndose en las aguas turbulentas. Si soy incómodamente honesta, también en la negación de Jesús. ¡Hay tantas formas de hacerlo! Tan sutiles algunas, casi imperceptibles. Negación, a fin de cuentas. Vuelvo al agua. Cuando pierdo el foco y el sentido de propósito, me enfango en el desastroso sistema educativo de niños emperadores que legislan incluso sobre mi vida. Un sistema que fagocita la creatividad, la pasión por la docencia, los momentos de contemplación gozosa. Una estructura que convierte al profesor en una caricatura hibridada entre un cheer leader, coach emocional, titiritero y Libro Gordo de Petete. Sobre todo, que los alumnos se entretengan y no se aburran. Lo de aprender, ya si eso…

Me hundo en estas aguas, me lamento, quiero un «plan B». Me peleo con el sistema como Quijote contra los gigantes. Me digo que desde que estoy en el Instituto estoy viviendo una de las peores etapas de mi vida. Una pesadilla. Lo siento en todo mi ser. Me hundo sin remedio en mi victimismo pueril. Quiero saltar del barco. Cuando, en realidad, he saltado y me hundo. Como Pedro.

Cuando decidí ser profesora de religión, hice como él: lanzarme alegre, valiente como un cruzado a conquistar tierras ocupadas. Las mentes de los adolescentes parasitadas de tanta ideología de muerte y estupidez. Como Pedro, me lancé de la barca de mi segura comodidad para caminar triunfante sobre las aguas revueltas.

«¡Voy a hablar de Dios a los alumnos, de Jesús y María, de la historia bien contada y no manipulada; eso haré!» Decidida como Pedro, impulsiva y un poco naïf. Y, como Pedro, me empecé a hundir cuando perdí de vista quién me sostiene. ¿Quién, sino Jesús, permite que camine sobre las aguas, en calma, marejada o en un tsunami?

 

Como Pedro, lo pierdo de vista a menudo. Demasiado. Confieso: soy débil. Me quejo y lamento. Y, como los hebreos, a quienes les parecía mejor la esclavitud de Egipto que la libertad del desierto. Recuerdo con nostalgia cuando era coach, conferenciante, profesora de yoga y recibía halagos, golpecitos en la espalda y reconocimiento. Nadie me trataba mal. Fíjate tú. ¿Para qué queremos más? Transitar la ancha carretera de la validación, el reconocimiento que engorda la vanidad y el «me merezco ser feliz».



Actualmente, la meta, el fin último de la humanidad, es la felicidad: el Edén al cual todos estamos llamados a experimentar. Como un grifo que emana un chorro de agua, la humanidad se vierte en este pseudoparaíso en la tierra. Una gran masa diluida en otra gran masa. ¡Menuda confusión! Y eso nada tiene que ver con la eternidad de nuestra alma, la beatitud más allá del gozo, el júbilo, la dicha. Imposible describirla, como imposible vivirla aquí, en la tierra. Dios nos salva uno a uno. El Enemigo primero nos diluye en un amasijo y nos condena confundidos en un todo.

Nuestro Mesías es trascendente, más allá. Vivir en el sí pero todavía no, es nuestra fe y esperanza. El Enemigo, en cambio, es el mesías inmanente de la felicidad edénica ahora y aquí. La tiranía de la sonrisa hueca. La máscara. No es el sistema educativo, no son los alumnos ni los tediosos claustros: es la tiranía engañosamente dulce en la que el enemigo nos encierra y somete sin que nos demos cuenta. Así me hundo, cuando la dictadura de la felicidad hueca me secuestra de nuevo. Confieso, pues, mi flojera. Y sigo.

Recalcular ruta implica, pues, tomar conciencia clara de que no soy profesora de religión para ser feliz. Es más: desde que bajé definitivamente la persiana de mi centro de yoga, coaching y terapias new age, entendí —muy duramente, por cierto— que mi felicidad no importa, sino la de Dios. ¿Qué lo hace feliz? ¿Qué pensó para mí? ¿Con qué propósito me creó?

Y con esta perorata introductoria no estoy haciendo un alarde de masoquismo cristiano: «Venga a sufrir en este valle de lágrimas, un poco de resignación cristiana, cuatro avemarías y a seguir sufriendo». No voy a dar el gusto a los anticristianos de cliché fácil.

Pues bien, cuando pierdo de vista por qué estoy en el Instituto como profesora de religión es cuando la desesperanza que el enemigo ansía para mí ocupa espacio. Dicho de otra forma, pedagógica: cuando miro la realidad desde mi mirada limitada, sesgada y contaminada por las ansias de felicidad hueca, la realidad me engulle y yo sufro. Un padecimiento estéril, que no sirve para nada ni a nadie.

Hay que ponerse las gafas de Dios. Entender que la realidad se despliega con propósitos mucho más elevados y grandes, no accesibles para miradas despistadas como la mía. Desde mi limitación, creía que ser profe de reli significaba dar clases a los chavales. Punto. Me visualizaba en el aula, con la pizarra a mi espalda y los alumnos atentos, mano alzada, preguntas profundas, curiosidad, respeto, aprendizaje sin fin. Como Platón o Sócrates o san Pablo en el Areópago. Así me perdía en vanas ensoñaciones propias de la tiranía de la felicidad. «Merezco ser feliz», no hay aseveración más demoníaca. Una llave certera que abre las puertas del infierno. La eterna guerra contra una realidad que es la que es ajena a nuestros deseos infantiles. Al enemigo le gusta la guerra y lo que nace de ella.

Pero este propósito miope no se corresponde para nada con los planes de Dios. Qué va. Estoy en el Instituto, como servidora inútil en realidad, para lo que Dios disponga, no lo que mi ansia de felicidad decida. El aterrizaje a la realidad casi me deja mellada.

Hace cosa de quince días lo entendí con mayor profundidad. De la nada recibí un WhatsApp de un compañero que tuve hace tres años en uno de los Institutos. Un joven —del que podría ser su madre—, profesor de Historia, con el que hice buenas migas. Atento, curioso y para nada me tiraba pullas anticristianas. Y eso es un tesoro. Charlábamos de camino al aparcamiento de esto o aquello. Nos quejábamos mucho, eso también. Es humanamente imposible no hacerlo. Y soltar la presión interna es pura supervivencia a veces.

Se fue del Instituto y nos seguíamos la pista de vez en cuando. Pero este último mensaje tenía una característica distinta: «Necesito ayuda espiritual». Un «¡ostras!» vino a mi mente, con una punzada de sana curiosidad y ganas de ser útil. Al parecer, su novia estaba teniendo serios problemas que ellos interpretaron como algo más que un simple achaque psicológico, ansiedad o depresión al uso. Algo distinto, que requería una solución acorde a lo que intuían. «Es que sólo tú puedes entender el problema y sólo te conozco a ti con contactos en la Iglesia para ayudarnos».

No voy a entrar en la problemática de la chica, por cierto, durísima. Obviamente, me puse en marcha cuanto antes. Contacté con un sacerdote, les di dos medallas de San Benito exorcizadas por los benedictinos de Silos, una botellita de agua bendita y un rosario de Jerusalén —«que os lo bendiga el sacerdote cuando vayáis»— y otros consejos más a la inexperta pareja: «Nada de piedras, cuarzos y cosas esotéricas; nada de curanderos que limpien el aura o las energías; nada de alcohol o películas chungas. ¿Sabéis el Padrenuestro? ¿El Avemaría? Pues en bucle y como si no hubiera un mañana. No tengáis miedo».

 

Me doy cuenta de que los profesores de religión estamos allí para algo más grande, en un ejército que Dios dispone a sus soldados estratégicamente. Para un roto o un descosido. Ponernos exquisitos no es lo que nos toca. Tampoco el masoquismo autodestructivo. Estamos en el Instituto para ser un faro, más o menos luminoso. Un dedo que señala a Dios. Para esparcir las semillas, que ni tan siquiera sabemos si van a germinar. Y no nos toca a nosotros saberlo.

Recuerdo ahora mismo el día que una compañera de Filosofía me dijo que acababa de morir su padre. «Mi madre lo incineró a toda prisa y ni funeral tuvo». Yo escuchaba sin decir ni mu. Ella me comentó: «Mi padre era muy creyente». Otro «¡ostras!» interior hizo que le preguntara: «¿Cómo se llamaba tu padre?» Recé por él y su alma durante un largo periodo de tiempo y ofrecía cada Misa a la que acudía. Quizá no es mucho a los ojos de mi mente inquieta, débil y presa de la dictadura de la felicidad, pero para el alma de este hombre incinerado velozmente es más de lo que alcanzo a imaginar.

Y, ahora que lo pienso, he rezado por las almas de muchos padres o madres de alumnos o maestros, incluso profesores, que han muerto. También un alumno, fue muy triste. Y sí, entiendo mejor lo que Dios quiere, aunque no siempre soy dócil y tengo la cerviz un poco tiesa. Como los hebreos murmuradores.

Hoy, a la vuelta de las vacaciones de Navidad, me he dado cuenta de que quizá algo ha cambiado en mí y en mis alumnos. Este grado de comprensión quizá me ha relajado y he dejado de empujar a Dios en mi voracidad de felicidad. Mis alumnos han sido inusitadamente correctos, sobre todo los de segundo curso. Me han hecho preguntas interesantísimas y agradecen las respuestas. No sé… un punto de inflexión, un pequeño milagro en mi confundida conciencia y percepción. Clamé auxilio, como Pedro, y Jesús me tendió la mano y me dejé salvar. Otra vez. Y las que hagan falta. Porque volverá a pasar. Lo sé.

Dejar que Dios sea Dios es todo lo que requiere esta vida, la que nos toque vivir, allí donde Él soberanamente disponga. Para la construcción del Reino, mi santificación y penitencia de tantos desatinos. Y también, cómo no, para que estos chavales sepan que tienen un amigo, un Dios muy cercano que se hizo hombre, que los sostiene de la mano, los guía y protege, aunque quizá no lo sepan. Que cuando sus video juegos, chándal nuevo, zapatillas carísimas, o novia o vete tú a saber, ya no satisfagan el vacío, se acuerden que Dios aguarda un pequeño gesto. Y más allá de los alumnos, toda oveja perdida, ya sea un profesor o la conserje. ¿Quién sabe? A mí no me toca saber, sólo confiar. Y dejar de murmurar.

Como Job, después de la reprimenda de Dios, por ahora voy a cerrar la boca y guardaré silencio. Hasta más ver.

Eulàlia Casas, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau.

divendres, 23 de gener del 2026

23 de enero: fiesta de San Raimundo de Peñafort, patrón de los juristas

Jaume Huguet II: Retablo de San Raimundo de Peñafort, 1601-1607, Museo de Arte Medieval (Vich)

 

23 de enero: fiesta de San Raimundo de Peñafort, patrón de los juristas


El Círculo de Barcelona organiza una visita y oración ante su sepulcro, hoy viernes por la tarde


El 23 de enero la Iglesia celebra, en su calendario tradicional, la festividad de San Raimundo de Peñafort (Penedés, 1175/1180 — Barcelona, 1275), cuyo sepulcro se puede venerar actualmente en una capilla lateral de la Catedral de Barcelona.

San Raimundo fue uno de los protagonistas de la época dorada de la Cristiandad. Brilló en el campo del Derecho Canónico, por sus Decretales, con las mismas proporciones que Santo Tomás de Aquino brilló en el campo de la Teología, por su Summa theologiæ. Su compilación jurídica fue el Derecho oficial de la Iglesia Universal durante casi 700 años, desde su promulgación por Gregorio IX en 1234 hasta la entrada en vigor del Código de Derecho Canónico de San Pío X en 1917.

El año pasado, el Círculo Tradicionalista de Barcelona publicó un artículo divulgativo sobre la vida y obra del santo barcelonés.

Este año, los carlistas catalanes organizamos una visita y oración ante su sepulcro, que tendrá lugar hoy viernes por la tarde. Interesados en asistir, pueden enviar un correo electrónico a: carlismobarcelona@gmail.com

Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau

dimecres, 21 de gener del 2026

La enfermedad del presidente de la «Generalitat» obliga a los socialistas catalanes a abrir la sucesión

Salvador Illa (dcha.) y Albert Dalmau (izq.), en el mal llamado «Parlament».

 

La enfermedad del presidente de la «Generalitat» obliga a los socialistas catalanes a abrir la sucesión


El presidente de la (mal llamada) Generalidad, Salvador Illa, deberá guardar reposo varias semanas, lo cual abre un debate interno sobre el liderazgo y la gestión gubernamental en su ausencia.


Barcelona (Agencia FARO).— La salud del presidente de la (mal llamada) Generalidad, Salvador Illa, ha generado una situación de incertidumbre política en Cataluña. Diagnosticado con una osteomielitis púbica, una inflamación ósea de origen infeccioso, su recuperación física se prevé larga. Los médicos estiman que deberá permanecer hospitalizado al menos dos semanas más, con una rehabilitación posterior de duración incierta.

Este hecho obliga al Partit dels Socialistes de Catalunya a plantearse cuestiones novedosas: la sucesión en el liderazgo del partido y la gestión del Govern sin su figura principal, en un año complejo por la negociación de los presupuestos y la proximidad de un nuevo ciclo electoral.

Un Govern en busca de la normalidad operativa


Para garantizar la continuidad del ejecutivo, el consejero de Presidencia, Albert Dalmau, mano derecha de Illa, asumió de inmediato las labores de despacho del presidente. El mensaje desde Palau es de «normalidad», con la celebración esta semana del Consejo Ejecutivo.

La prioridad inmediata es el desbloqueo de los Presupuestos de la Generalitat para 2026. Las cuentas llevan meses paradas por el veto de los socios de gobierno, ERC y los Comuns. La consejera de Economía, Alicia Romero, mantiene negociaciones intensivas con patronal y sindicatos para lograr un acuerdo marco. El objetivo del Govern es utilizar ese pacto social como palanca para aumentar la presión sobre sus socios y forzar la aprobación de las cuentas. Algunas fuentes apuntan a que la ausencia de Illa —quien provoca un rechazo visceral en sectores del independentismo más radical— podría incluso facilitar las negociaciones, al dar mayor protagonismo a perfiles considerados más técnicos y menos polarizantes, como el propio Dalmau o Romero.

El dilema sucesorio en el PSC


Más allá de la gestión diaria, la baja médica de Illa ha abierto de forma imprevista el melón sobre el futuro liderazgo del PSC. Illa ha concentrado en los últimos cinco años una autoridad casi indiscutida dentro del partido, sin haber designado un sucesor claro.

Las quinielas internas se mueven en un rosario de nombres, pero ninguno con el peso y el carisma del actual líder. En un primer nivel se menciona a la presidenta de la Diputación de Barcelona, Lluïsa Moret, y al propio Albert Dalmau, aunque se cuestiona su proyección o ascendencia dentro del partido.

Los perfiles que parecen sonar con más fuerza en este momento son aquellos que combinan experiencia de gobierno y peso orgánico: Ferran Pedret: Líder del grupo parlamentario del PSC, se le atribuye experiencia y oratoria. Núria Parlon: Consejera de Interior, ofrece un perfil femenino y de gestión, muy valorado en la actual corriente socialista. Sílvia Paneque: Consejera de Territorio y peso pesado del partido, aunque sufre cierto desgaste político.

Otros nombres que circulan son los de la consejera de Economía, Alicia Romero; la alcaldesa de Sabadell, Marta Farrés; o el eurodiputado Javi López. Se descarta, por proximidad de los comicios municipales, una opción como la del alcalde de Barcelona, Jaume Collboni. La recuperación de veteranos como Jordi Hereu o José Zaragoza tampoco parece contar con apoyo mayoritario.

Próximos desafíos


La primera prueba de fuego para el Govern en esta nueva etapa será la sesión de control en el Parlament prevista para la próxima semana, que supondrá el debut de Dalmau como President en funciones ante la cámara.

A medio plazo, todo dependerá de la evolución clínica de Salvador Illa. Si su recuperación se alarga más de lo previsto, el PSC se verá abocado a tomar decisiones orgánicas sobre su dirección, lo que podría llevar también a una recomposición del Govern. Por ahora, el partido prefiere esperar y confiar en la pronta recuperación de su líder, consciente de que su figura sigue siendo, a día de hoy, insustituible.

Colofón carlista: cuestión de legitimidad


Mientras los tecnócratas del PSC se reparten como un botín los despachos de la Generalitat y negocian presupuestos para seguir financiando su revolución contra Dios, el Carlismo levanta la bandera de la verdadera libertad.

¿Hablan de «sucesión»? Nosotros hablamos de legitimidad. La que no se vota en comités de partido, sino que dimana de la Ley de Dios y la sangre de los Reyes Legítimos.

¿Hablan de «presupuestos»? Nosotros hablamos del reparto foral y justo, no del robo fiscal liberal que ahora reparten como limosna.

Mientras ellos buscan a quién sentar en el sillón del presidente para continuar con sus políticas anticristianas, nosotros seguimos guardando el trono vacante del Rey Legítimo para construir una sociedad cristiana, com Déu mana.

Agencia FARO / Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau

divendres, 16 de gener del 2026

Nueva ley del alquiler de vivienda: Volviendo a tropezar en la misma piedra


 

Nueva ley del alquiler de vivienda: Volviendo a tropezar en la misma piedra


El problema de la vivienda no es sólo económico. Es más profundo. Es doctrinal y antropológico. La vivienda no es una mercancía cualquiera, sino un bien de arraigo, inseparable de la familia y de la estabilidad social.


Recientemente hemos sabido que la Generalitat vuelve a legislar sobre el alquiler de la vivienda con la convicción, tan moderna como infundada, de que los problemas reales se corrigen ajustando cifras en un índice administrativo. Ahora se limitan también los alquileres de temporada y por habitaciones, como si el mal residiera en el tipo de contrato y no en la realidad material que lo precede. Se presenta la medida como protección social, pero no es más que otra reiteración del mismo error doctrinal: atacar el precio, que es el síntoma, mientras se preservan intactas las causas de la escasez.

La vivienda es cara porque es escasa. No al revés. Y es especialmente escasa la vivienda para vivir, porque la destinada a otros usos está devorando gran parte de la oferta. El precio no es una causa autónoma, sino un efecto. Fijarlo por decreto no crea viviendas, del mismo modo que fijar el precio del pan no hace crecer el trigo. Con una diferencia: fijar el precio del trigo permite moderar el precio del pan, y prevenir la especulación. Pero aquí se pretende regular el efecto obviando su causa eficiente. El legislador persiste en la superstición de que la realidad obedece al boletín oficial. Lo cual no desprestigia la eventual eficacia de los controles de precio, pero los condiciona estrictamente a la lógica de la cadena causal que desemboca en el precio que se pretende controlar. De nuevo, la brillante distinción aristotélico-tomista: causa eficiente, causa final, causa material, causa formal: las grandes desconocidas del liberalismo, donde todo es mecánico, bien sea por la omnímoda voluntad individual (liberalismo “derechista”) o por la omnímoda iniciativa estatal – que no colectiva ni social -  (liberalismo “izquierdista” o mal llamado “social”).


Pero el problema no es sólo económico. Es más profundo. Es doctrinal y antropológico. La vivienda no es una mercancía cualquiera, sino un bien de arraigo, inseparable de la familia y de la estabilidad social. La tradición carlista entendió esta verdad con mayor realismo que los gobernantes contemporáneos. Para el pensamiento foral, la propiedad no era un fetiche liberal ni un botín estatal, sino un derecho concreto, enraizado en la costumbre y protegido por la comunidad. La vivienda era asunto del municipio, no de ingenieros sociales. El carlismo defendió siempre el municipio fuerte y la subsidiariedad real, porque sabía que sin arraigo no hay orden, y sin orden no hay justicia social posible.

Nada de esto aparece en la nueva normativa. El municipio queda relegado, mientras la Generalitat acumula índices, sanciones y definiciones cada vez más abstractas. Se legisla sobre contratos porque no se quiere legislar sobre suelo, burocracia, fiscalidad, especulación ni equilibrio territorial. Construir es caro, lento y fiscalmente castigado; rehabilitar, una carrera de obstáculos; poseer vivienda habitual, una fuente permanente de gravamen. Y luego se finge sorpresa ante la escasez.

A ello se suma una política territorial radicalmente antitradicional: la aceptación acrítica de la concentración masiva en grandes ciudades. Se vacía el territorio, se centralizan servicios, se fuerza a generaciones enteras a vivir donde no deberían, y después se intenta contener el resultado con controles de alquiler. Santo Tomás habría llamado a esto legislar sobre una anomalía, no sobre el orden natural.

Esta ley no es un error aislado. Es coherente con una cosmovisión equivocada que confunde justicia con control, doctrina con técnica y bien común con gestión administrativa. No es una ley de vivienda, sino otra ley contra la vivienda, porque ignora las causas reales de su carestía, y ahonda en todo aquello que la hace escasa.

Como tantas veces en la historia, el poder combate los efectos mientras protege las causas. Y luego se extraña de que la realidad —esa vieja carlista— no obedezca.

Gonzalo J. Cabrera

 


 


dimecres, 14 de gener del 2026

De Babilonia a Roma (XIV): Meditación Zen

Bernini: El Éxtasis de Santa Teresa, 1645-1652. Iglesia de Santa Maria della Vittoria, Roma.
 

 

De Babilonia a Roma (XIV): Meditación Zen


¿Cómo es posible que en la mismísima Iglesia Católica se blanqueen actualmente, sin ningún atisbo de pudor, estas prácticas tan dañinas?


 

Si pudiera escribir tal y como se produjeron mis incursiones en la Nueva Era, lo haría. Es imposible; debo seguir una secuencia cronológica para que se pueda entender, pero, en honor a la verdad, todo se sucedió de forma caótica. Sin orden ni lógica; dicho de otra forma, sin Logos. En el caos, el territorio del Enemigo. Y en el desorden se mueve de forma magistral. Sin ser visto, ni tan siquiera percibido.

¿Hace falta que te diga quién es el Logos? Jesús mismo, la encarnación de la Palabra, la segunda persona de la Trinidad: «Quien a mí me ve, ve al Padre… no se puede ir al Padre si no es por mí». Sin Jesús no hay Dios, ni Espíritu Santo, ni orden, ni lógica, ni nada. Bueno, corrijo: en la Nueva Era, la nada, en realidad, es el destino, a través del caos. Fundirse en el absurdo vacío. Sin Jesús, la Nada. Con Jesús, Todo. La Nada: el infierno en la tierra, persiguiendo una quimera falaz, el reino de los cielos terrenal.

Y de vacuidad va la entrega de hoy. Ya te comenté mi sed de Dios y cómo el Enemigo consiguió hacerme creer que cualquier camino era válido para acceder a Él. Comencé a retirar la palabra religión de mi vocabulario para introducir espiritualidad. Me parecía más pura, menos condicionada, más libre. ¡Qué espiritual me sentía, incauta de mí!

Como no podía ser de otra manera, llegó a mi vida la meditación. El Enemigo no se anda con chiquitas y me inicié a lo grande. Como león rugiente, acecha y se introduce a través de la herida, como siempre digo. También a través de alguna faceta buena, como la curiosidad. La vocación de servicio, que es como un denominador común en todos los nuevaeristas, por cierto, no lo olvidemos. En este caso, el Enemigo aprovechó mi necesidad de superación y disciplina. No me conformo con lo fácil o superficial. Por eso empecé por el sector duro de la meditación: ¡el zen!

La meditación zen vino a mi vida a través de una amiga psicóloga. ¿En qué consiste esta práctica meditativa? Para empezar, es una práctica oriental budista, ajena totalmente a nuestras raíces occidentales cristianas. En la Nueva Era, se asimila a Buda con Jesús como si fueran la misma cosa y, claro, sin formación alguna es fácil —y hasta atractivo y exótico— comprar el relato. El hermanamiento entre Oriente y Occidente, Buda y Jesús en armonía y beatitud. En fin. La enésima chorrada de ya sabemos quién.

La meditación zen tiene como propósito llegar a la iluminación a través de la meditación: la quietud, la atención plena, la respiración como vías. Y ya con eso no haría falta decir nada más. ¿A qué iluminación nos referimos? Básicamente, rápido y corto, convertir al practicante en una suerte de ameba espiritual que no reacciona ante nada, que ni siente ni padece. Fundirse en el todo, el vacío, como una gota en el vasto océano. Una vasta superficie sin orillas ni horizonte; solo abismo, cabe recordar.

Eliminar el sufrimiento, causante de todos los males; extirpar el deseo; vamos, lo dicho: ser poco menos que una ameba o una suerte de psicópata espiritual que sonríe beatíficamente ante el horror o la dicha. Ser un Buda inalterable. Todo pasa a través sin dejar huella: la pena, la ira, la alegría, la envidia. ¿Qué más da veinte que treinta? Sonrisa búdica y chimpún.

En aquellos tiempos yo sufría, y mucho, en realidad como el resto de mortales. Por eso la nueva zanahoria me pareció muy necesaria. Nos encontrábamos con mi amiga y su marido para practicar esta meditación, que consistía en sentarse en postura de loto, en el suelo. Cerrábamos los ojos y uno de ellos entonaba lo que luego supe que eran mantras. El primer día me parecían ridículos, ininteligibles, tan lejanos a mí. Pero si con eso el sufrimiento desaparecía, ¿qué más daba una dosis más de ridículo?

Las tandas de meditación eran de media hora; al final sonaba una campanita, abríamos los ojos en total silencio, estirábamos las piernas y vuelta a empezar. Me encantaría poder describir con todas las palabras cómo me sentaba esta práctica; me parecía tediosa, y no diré las demás palabras porque no quiero parecer vulgar. Un rollo patatero. Mi cuerpo quieto y mi cabeza a mil. Sonrisa búdica por fuera. Tsunami emocional por dentro. El cuerpo por un lado, la mente por otro, las emociones vete tú a saber. La fragmentación del ser. El caos. Si me picaba, no me rascaba; si me tiraba, no aflojaba; si me caía el moco, me aguantaba.

Ya te he comentado que el Enemigo lo tiene todo previsto: toda incomodidad es una rebelión del ego, con lo cual lo suyo es perseverar aunque no guste o incomode. Y ahí permanecía yo, tiesa como un palo, sin mover un músculo de mi cuerpo, centrando mi atención en la respiración y, de ahí, a la nada. Y suerte la mía, porque sé que en los monasterios zen hay que meditar cara a la pared, cosa que me evoca los castigos cuando era niña. Un muro desnudo, vacío. La mismísima imagen y semejanza del dios al que representa: la Nada. El océano cósmico en el cual la conciencia del meditador se asemeja hasta hacerse uno con él. El nihilismo enloquecedor. El dios sin rostro del que te he hablado en otras ocasiones. Dios sin Jesús. Nihil. Cuando el océano no tiene orilla, uno naufraga. Y sin horizonte, se desespera.

Es tan amable la filosofía zen y su práctica que, cuando el maestro se percata de que el practicante se despista, le arrea con una vara, sin previo aviso, en toda la espalda. ¡Zas! Qué amable el señor Buda. El contraste con Jesús, el Dios con rostro que me tiende la mano, no para arrear, sino para elevarme y salvarme.

El sufrimiento no desapareció, todo hay que decirlo, pero lo que sí iba implementándose en mí era una pátina de vanidad, un ego espiritual que me hacía sentir muy especial, distinta a los demás, que no eran capaces de mantenerse tiesos como un palo, aguantando la tos, el picor o, sencillamente, los pensamientos de puro sentido común que gritaban: «¡Lárgate de aquí y vete a dar un paseo por la playa!» En ocasiones meditábamos durante más de cuatro horas, con intervalos de media hora en los que estirábamos las piernas. ¡Hasta ocho horas! Marathon lo llamábamos. Toda una campeona estaba hecha.

Ahora sé que con Jesús uno no pretende eliminar el sufrimiento como si de Dios se tratara, sino que, a través de él, eres consciente de la fragilidad y, en tal estado de desgarradora contingencia, clamas a Dios para que te ayude a trajinar la propia cruz, como Jesús nos mostró primero. Y cuando el sufrimiento se comparte con Dios, se entrega; lejos de convertirte en una ameba que no se conmueve ni se afecta por nada, entras en comunión con Dios, capaz de llorar y reír como Jesús lo hizo.

Te animo a visionar el vídeo del padre Joseph, convertido al cristianismo; hay un momento que me tocó, y es cuando relata la forma en que murió Buda: replegado en sí mismo, con la sonrisa tipo «todo me resbala porque estoy iluminado», mirándose el ombligo, en comparación con la muerte de Jesús, desnudo y con los brazos abiertos, con el costado traspasado. Valgan estas dos imágenes para que se entienda todo.

Quiero acabar con la cerecita. Me vi obligada a participar en una jornada presencial en el Instituto de Ciencias Religiosas de Barcelona (dependiente del Arzobispado), donde estoy terminando mis estudios. Recuerdo que esta anécdota ya te la conté. Cuál fue mi sorpresa al comprobar que una de las ponentes era una sor, que no estaba allí para hablar de su vida conventual, sino por ser maestra zen de no se sabe qué antiguo linaje japonés. La sor, con la sonrisa de ameba búdica que tan bien conozco, hablaba de las bondades del zen. Me carcomía por dentro; no daba crédito, como si en la tradición católica no tuviéramos enormes testimonios de vida contemplativa y místicos heroicos.

En el descanso me encontré con un sacerdote que había conocido en Jerusalén, del que te hablaré más adelante. Él conocía bien mi trayectoria. Le comenté mi indignación y me animó a manifestar mi testimonio y rebatir a la sor. Así lo hice en el turno de preguntas. Sigue viva en mí la imagen del aula magna: la sor junto a los demás ponentes y directores de la universidad en la elevada tarima, yo en pie, me sentía diminuta, micrófono en mano, expresando respetuosamente mi estupor, mis dudas, mi confusión y mi malestar. Estaba nerviosa, me sentía vulnerable, porque en el fondo intuía la soberbia respuesta ¿Cómo podía ser que en la mismísima Iglesia Católica se blanquearan, sin ningún atisbo de pudor, tales prácticas tan dañinas? ¿Cómo la misma Iglesia, que como madre debe cuidar de sus hijos, cometía tal torpeza? Por no mencionar que, en este templo del saber —valga la ironía—, nos preparamos para ser profesores de religión. ¿Te imaginas al profe de reli enseñando meditación zen a los adolescentes? Yo es que flipo, como dirían ellos.

Como madre negligente, y después de mi intervención, sor rabiosa, me ridiculizó ante el auditorio. Me tildaron de soberbia, caprichosa y vanidosa. Me dio mucha pena y rabia. Tuvieron el privilegio de la última palabra, para mayor humillación mía. A la salida, distintas personas, individualmente, como Nicodemo en la noche, me felicitaron por mi valentía. Amiga sor, rezo por usted, para que se convierta y no pervierta más a las almas impresionables y mal formadas de tantos católicos que han comprado el relato de la multiculturalidad y la diversidad religiosa.

Dios nos llama por el nombre, nos extiende su mano para que nosotros la alcancemos y caminemos en amistad con Él, para compartir sufrimiento y dicha. Vivos y vibrantes, llorando o riendo, pero nunca amebas por encima del bien y del mal. Por la sangre de su Hijo nos salva, no por nuestros méritos, como podría tener un avanzado meditador zen. Nos salva por su amor, por gracia.  ¡Dios tiene rostro!

Eulàlia Casas, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau

dissabte, 3 de gener del 2026

Las misiones catalanas, peripecias de una profesora de religión (VIII): Tiernos brotes.

 

Las misiones catalanas, peripecias de una profesora de religión (VIII): Tiernos brotes

«¿Qué podéis perder viniendo a religión?» Silencio en el aula. Los ojos inquietos de un alumno buscaban la respuesta. La encontró, levantó la mano y dijo: «lo peor que puede pasar es “acabar creyendo” en Dios, pero esto en realidad es bueno».


¿Has visto con qué furia rompe el duro asfalto una flor diminuta? Me maravilla esta imagen. Mezcla de fe y esperanza, se unen a mi sobrecogimiento. La belleza siempre vence. Paseando por el pueblo o la ciudad, en más de una ocasión, me he detenido y agachado para observar. ¿Qué fuerza de la naturaleza es ésta? ¿Cómo es posible que un diminuto brote enfrente el peligro real de ser pisoteado? La fe del tierno brote desafiando el asfalto en la cuneta de la autopista es la que quiero. En medio del cemento gris, duro y sin atisbo de belleza, el tierno brote se abre paso para tener la última palabra. «¡Aquí estoy yo! Contra todo pronóstico, aun a riesgo de desaparecer bajo la suela de tus botas, la rueda de un camión o ser pasto de un intrépido caracol. Aun a riesgo de que no me veas». Ésta es la imagen de la fe que necesito. Dios mostrando su poder en lo cotidiano y ordinario. En lo inhóspito, casi en lo imposible e improbable. Allí donde no es esperada, la belleza está, aunque te tengas que agachar un poco. Bajarse a nivel de suelo. ¡Ahí está! A ras, abajo, ahí aguarda si miras y ves. Y lo más increíble, ni tan siquiera necesita tu mirada. No espera ni busca nada.

El martes de esta semana salí derrotada del instituto. Fue una jornada terrible; me sabe mal transmitir una sensación pesimista. No es la intención. En todo caso, mostrar con crudeza la realidad, sin paliativos ni maquillaje inútil. Dar a conocer las luchas internas que experimento en mi día a día. Cómo son las trincheras y el frente en el que combato. El duro cemento, el asfalto y el alquitrán. Y a pesar de que, humanamente, me siento pequeña, sé que no estoy sola. Esta es la esperanza que me sostiene, la fe en una promesa cierta. Como digo a mi nieta: al final ganan los buenos. 

Quiero mostrarte cómo, en este duro asfalto que es el instituto público catalán, irrumpen desafiantes tiernos brotes. Los puedo ver, casi sin agacharme, y los cuido como merece toda vida incipiente. Los celebro y agradezco. A Dios elevo mi mirada y gratitud. Disipan los nubarrones de desesperanza que asolan a cada momento esta distopía en la que se ha convertido el sistema educativo catalán, y me atrevo a decir español, y más allá de las fronteras de nuestra agonizante civilización europea. Actualmente, la cultura de la muerte tiñe de negrura todo rincón de nuestras vidas. Se subvenciona la muerte en detrimento de la vida. Y se recrudece en lo incipiente, como si no fuera ni vida ni merecedora de la misma

Te decía que salí por la puerta del instituto como quien huye de las plagas de Egipto. El éxodo. Una alumna, totalmente espachurrada en la silla, me contestó: «¿Y yo qué sé, brother?» Tuve que recordarle que soy su profesora, no su hermana. Mientras, en la esquina del fondo, otro pegaba a un compañero que, al parecer, se reía. «¿Queréis parar? ¿En qué momento os parece normal lo que está pasando? ¿En qué momento que te peguen es algo divertido?» Después de estar dos horas hablando del bullying y de tomar conciencia de que hemos normalizado cualquier aberración y maltrato, culminamos la clase con un alumno en el suelo porque le habían dado una patada en la espinilla. «¿Por qué has hecho esto?», pregunté, y la única respuesta, que no sólo exculpa sino que legitima, fue: «Me aburro». ¡Qué desastre! 

En momentos así me pregunto si estoy en el lugar correcto. Si sirve de algo mi labor. Si en realidad soy buena profesora. Salí por la puerta llena de dudas y pena. Fui a pasear por el bosque —ésta es la suerte del Instituto al que voy: la naturaleza—. Por la tarde tenía la evaluación de los míticos TDR (Treballs de Recerca) que los alumnos de segundo de Bachillerato deben realizar en Catalunya. Un peso extra que los profesores debemos soportar con estoicismo y entusiasmo. Lo primero lo hago, y más que estoicismo es una suerte de «no hay más remedio», una resignación que ni siquiera es cristiana. Lo del entusiasmo… no me sale, ni con esfuerzo. 

Mis dos alumnas hicieron una excelente investigación. Una sobre justicia y juventud; la otra, sobre neuromarketing. En la confirmación de sus hipótesis, ambas se dieron cuenta de algo alarmante: carecían de formación ético-moral seria y rigurosa. No se les había proporcionado nunca, ni a ellas ni al resto de jóvenes. No habían notado esta carencia hasta el desenlace de su investigación. Y esta ausencia de un tejido moral sólido que las cimentara en sus decisiones las dejaba frágiles, desnudas y presas de un sistema voraz. Estas reflexiones, desde mi mirada, son un tierno brote que hay que cuidar, nutrir, regar y permitir que crezca robusto. La sed y hambre de verdad. De Dios, sin ir más lejos. Aunque todavía no lo saben. 

En otra ocasión recuerdo que pregunté a unos chavales que probaban la clase de religión para saber si querían o no continuar, como quien prueba una chirimoya. En fin. La pregunta era: «¿Qué podéis perder viniendo a religión?» Silencio en el aula. Los ojos inquietos de un alumno buscaban la respuesta. La encontró y levantó la mano para bajarla de inmediato. «¿Qué ibas a decir?», pregunté con curiosidad. «Es que, en realidad, iba a decir algo que, pensándolo mejor, no es malo sino todo lo contrario. Iba a decir que lo peor que puede pasar es acabar creyendo en Dios, pero esto en realidad es bueno». El chico se quedó y cuidé ese tierno brotecito con mucho mimo. 

Otro tierno brote son todos los alumnos que se apuntan a religión por escapar de otra asignatura o porque piensan que allí se van a rascar la barriga a dos manos. Si lo llevo al terreno personal, sería como para ofenderse, pero, en realidad, con una mirada más divina, el hecho incontestable es que, por la razón que sea, están en el aula y yo les voy a hablar de Dios. Ésta es la realidad más allá de espurias intenciones que los movieron a mi materia. Cuido a estos alumnos como un huerto en primavera. Porque estos frágiles brotes puede que crezcan y den frutos. Solo Dios sabe. 

Un verano irrumpió en mi correo interno de Instagram un mensaje que decía: «Te quería agradecer todo lo que has hecho; me has reconciliado con Dios. Me he unido al grupo de jóvenes de la parroquia. Este verano voy a hacer el Camino de Santiago con ellos». Era una alumna de segundo de Bachillerato. Y de vez en cuando veo sus andanzas en sus stories juveniles, y los frutos no cesan. Como lo que me comentó el otro día una adolescente de cuarto: «¿Sabes que me he apuntado a catequesis para hacer la primera comunión? Mi abuela está emocionada». El ejército de abuelas siempre obtiene victorias desde sus trincheras ocultas. 

Tiernos brotes a cada rato; hay que agacharse mucho, a ras de suelo, mirar con mucha atención. Cada pregunta curiosa que formulan, el brillo de sus miradas cuando escuchan la respuesta. Ahora me acabo de acordar de un alumno de cuarto de secundaria. Éramos él y yo; no había más. Era desafiante, autista de altísimas capacidades, incomprendido y rechazado por el claustro de sesudos profesores. Se desregulaba emocionalmente y la liaba parda. Yo lo miraba y, es más, lo veía. Un delicado tallo rompiendo el hormigón armado del sistema. Le encantaban los videojuegos con simbología bíblica y de la Divina Comedia. Ante esta realidad, cuidar con ternura la luz que irrumpe en la oscuridad implica dejarse de remilgos y dar religión a partir del videojuego. Dos años de fructífera relación maestro-alumno. Devoraba cada información, preguntaba inquieto; eran clases raras, heterodoxas, pero entendí que atrapaban su atención. Me dijo que haría la primera comunión, para alegría de su abuela y de su padre. 

Cierro el escrito sabiendo que me olvido de tantísimos brotecitos. Se van a deslizar en mi memoria docente cuando ya haya enviado este humilde escrito. Lo sé, y aún en el anonimato, los honro y agradezco a Dios. Que no los nombre no significa que no existan. Muchos pasaron desapercibidos y eso hace que me vuelva muy cuidadosa, como un jardinero de un palacio real. No desatender mi mirada atenta, agacharme a ras de suelo para admirar la fuerza de la vida rompiendo el gris armazón de la indiferencia posmoderna. Todos somos y existimos ante la mirada amorosa de Dios, y, como colaboradores suyos, nuestra responsabilidad es descubrirla.

Dios trabaja en lo cotidiano, en lo escondido, en lo improbable.

Eulàlia Casas, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau