dissabte, 3 de gener del 2026

Las misiones catalanas, peripecias de una profesora de religión (VIII): Tiernos brotes.

 

Las misiones catalanas, peripecias de una profesora de religión (VIII): Tiernos brotes

«¿Qué podéis perder viniendo a religión?» Silencio en el aula. Los ojos inquietos de un alumno buscaban la respuesta. La encontró, levantó la mano y dijo: «lo peor que puede pasar es “acabar creyendo” en Dios, pero esto en realidad es bueno».


¿Has visto con qué furia rompe el duro asfalto una flor diminuta? Me maravilla esta imagen. Mezcla de fe y esperanza, se unen a mi sobrecogimiento. La belleza siempre vence. Paseando por el pueblo o la ciudad, en más de una ocasión, me he detenido y agachado para observar. ¿Qué fuerza de la naturaleza es ésta? ¿Cómo es posible que un diminuto brote enfrente el peligro real de ser pisoteado? La fe del tierno brote desafiando el asfalto en la cuneta de la autopista es la que quiero. En medio del cemento gris, duro y sin atisbo de belleza, el tierno brote se abre paso para tener la última palabra. «¡Aquí estoy yo! Contra todo pronóstico, aun a riesgo de desaparecer bajo la suela de tus botas, la rueda de un camión o ser pasto de un intrépido caracol. Aun a riesgo de que no me veas». Ésta es la imagen de la fe que necesito. Dios mostrando su poder en lo cotidiano y ordinario. En lo inhóspito, casi en lo imposible e improbable. Allí donde no es esperada, la belleza está, aunque te tengas que agachar un poco. Bajarse a nivel de suelo. ¡Ahí está! A ras, abajo, ahí aguarda si miras y ves. Y lo más increíble, ni tan siquiera necesita tu mirada. No espera ni busca nada.

El martes de esta semana salí derrotada del instituto. Fue una jornada terrible; me sabe mal transmitir una sensación pesimista. No es la intención. En todo caso, mostrar con crudeza la realidad, sin paliativos ni maquillaje inútil. Dar a conocer las luchas internas que experimento en mi día a día. Cómo son las trincheras y el frente en el que combato. El duro cemento, el asfalto y el alquitrán. Y a pesar de que, humanamente, me siento pequeña, sé que no estoy sola. Esta es la esperanza que me sostiene, la fe en una promesa cierta. Como digo a mi nieta: al final ganan los buenos. 

Quiero mostrarte cómo, en este duro asfalto que es el instituto público catalán, irrumpen desafiantes tiernos brotes. Los puedo ver, casi sin agacharme, y los cuido como merece toda vida incipiente. Los celebro y agradezco. A Dios elevo mi mirada y gratitud. Disipan los nubarrones de desesperanza que asolan a cada momento esta distopía en la que se ha convertido el sistema educativo catalán, y me atrevo a decir español, y más allá de las fronteras de nuestra agonizante civilización europea. Actualmente, la cultura de la muerte tiñe de negrura todo rincón de nuestras vidas. Se subvenciona la muerte en detrimento de la vida. Y se recrudece en lo incipiente, como si no fuera ni vida ni merecedora de la misma

Te decía que salí por la puerta del instituto como quien huye de las plagas de Egipto. El éxodo. Una alumna, totalmente espachurrada en la silla, me contestó: «¿Y yo qué sé, brother?» Tuve que recordarle que soy su profesora, no su hermana. Mientras, en la esquina del fondo, otro pegaba a un compañero que, al parecer, se reía. «¿Queréis parar? ¿En qué momento os parece normal lo que está pasando? ¿En qué momento que te peguen es algo divertido?» Después de estar dos horas hablando del bullying y de tomar conciencia de que hemos normalizado cualquier aberración y maltrato, culminamos la clase con un alumno en el suelo porque le habían dado una patada en la espinilla. «¿Por qué has hecho esto?», pregunté, y la única respuesta, que no sólo exculpa sino que legitima, fue: «Me aburro». ¡Qué desastre! 

En momentos así me pregunto si estoy en el lugar correcto. Si sirve de algo mi labor. Si en realidad soy buena profesora. Salí por la puerta llena de dudas y pena. Fui a pasear por el bosque —ésta es la suerte del Instituto al que voy: la naturaleza—. Por la tarde tenía la evaluación de los míticos TDR (Treballs de Recerca) que los alumnos de segundo de Bachillerato deben realizar en Catalunya. Un peso extra que los profesores debemos soportar con estoicismo y entusiasmo. Lo primero lo hago, y más que estoicismo es una suerte de «no hay más remedio», una resignación que ni siquiera es cristiana. Lo del entusiasmo… no me sale, ni con esfuerzo. 

Mis dos alumnas hicieron una excelente investigación. Una sobre justicia y juventud; la otra, sobre neuromarketing. En la confirmación de sus hipótesis, ambas se dieron cuenta de algo alarmante: carecían de formación ético-moral seria y rigurosa. No se les había proporcionado nunca, ni a ellas ni al resto de jóvenes. No habían notado esta carencia hasta el desenlace de su investigación. Y esta ausencia de un tejido moral sólido que las cimentara en sus decisiones las dejaba frágiles, desnudas y presas de un sistema voraz. Estas reflexiones, desde mi mirada, son un tierno brote que hay que cuidar, nutrir, regar y permitir que crezca robusto. La sed y hambre de verdad. De Dios, sin ir más lejos. Aunque todavía no lo saben. 

En otra ocasión recuerdo que pregunté a unos chavales que probaban la clase de religión para saber si querían o no continuar, como quien prueba una chirimoya. En fin. La pregunta era: «¿Qué podéis perder viniendo a religión?» Silencio en el aula. Los ojos inquietos de un alumno buscaban la respuesta. La encontró y levantó la mano para bajarla de inmediato. «¿Qué ibas a decir?», pregunté con curiosidad. «Es que, en realidad, iba a decir algo que, pensándolo mejor, no es malo sino todo lo contrario. Iba a decir que lo peor que puede pasar es acabar creyendo en Dios, pero esto en realidad es bueno». El chico se quedó y cuidé ese tierno brotecito con mucho mimo. 

Otro tierno brote son todos los alumnos que se apuntan a religión por escapar de otra asignatura o porque piensan que allí se van a rascar la barriga a dos manos. Si lo llevo al terreno personal, sería como para ofenderse, pero, en realidad, con una mirada más divina, el hecho incontestable es que, por la razón que sea, están en el aula y yo les voy a hablar de Dios. Ésta es la realidad más allá de espurias intenciones que los movieron a mi materia. Cuido a estos alumnos como un huerto en primavera. Porque estos frágiles brotes puede que crezcan y den frutos. Solo Dios sabe. 

Un verano irrumpió en mi correo interno de Instagram un mensaje que decía: «Te quería agradecer todo lo que has hecho; me has reconciliado con Dios. Me he unido al grupo de jóvenes de la parroquia. Este verano voy a hacer el Camino de Santiago con ellos». Era una alumna de segundo de Bachillerato. Y de vez en cuando veo sus andanzas en sus stories juveniles, y los frutos no cesan. Como lo que me comentó el otro día una adolescente de cuarto: «¿Sabes que me he apuntado a catequesis para hacer la primera comunión? Mi abuela está emocionada». El ejército de abuelas siempre obtiene victorias desde sus trincheras ocultas. 

Tiernos brotes a cada rato; hay que agacharse mucho, a ras de suelo, mirar con mucha atención. Cada pregunta curiosa que formulan, el brillo de sus miradas cuando escuchan la respuesta. Ahora me acabo de acordar de un alumno de cuarto de secundaria. Éramos él y yo; no había más. Era desafiante, autista de altísimas capacidades, incomprendido y rechazado por el claustro de sesudos profesores. Se desregulaba emocionalmente y la liaba parda. Yo lo miraba y, es más, lo veía. Un delicado tallo rompiendo el hormigón armado del sistema. Le encantaban los videojuegos con simbología bíblica y de la Divina Comedia. Ante esta realidad, cuidar con ternura la luz que irrumpe en la oscuridad implica dejarse de remilgos y dar religión a partir del videojuego. Dos años de fructífera relación maestro-alumno. Devoraba cada información, preguntaba inquieto; eran clases raras, heterodoxas, pero entendí que atrapaban su atención. Me dijo que haría la primera comunión, para alegría de su abuela y de su padre. 

Cierro el escrito sabiendo que me olvido de tantísimos brotecitos. Se van a deslizar en mi memoria docente cuando ya haya enviado este humilde escrito. Lo sé, y aún en el anonimato, los honro y agradezco a Dios. Que no los nombre no significa que no existan. Muchos pasaron desapercibidos y eso hace que me vuelva muy cuidadosa, como un jardinero de un palacio real. No desatender mi mirada atenta, agacharme a ras de suelo para admirar la fuerza de la vida rompiendo el gris armazón de la indiferencia posmoderna. Todos somos y existimos ante la mirada amorosa de Dios, y, como colaboradores suyos, nuestra responsabilidad es descubrirla.

Dios trabaja en lo cotidiano, en lo escondido, en lo improbable.

Eulàlia Casas, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau


Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada

Nota: Només un membre d'aquest blog pot publicar entrades.