dissabte, 24 de gener del 2026

Las misiones catalanas, peripecias de una profesora de religión (IX): La tiranía de la felicidad


 

Las misiones catalanas, peripecias de una profesora de religión (IX): La tiranía de la felicidad


Hay que ponerse las gafas de Dios. Entender que la realidad se despliega con propósitos mucho más elevados y grandes, no accesibles para miradas despistadas como la mía.


Demasiadas veces me siento como Pedro hundiéndose en las aguas turbulentas. Si soy incómodamente honesta, también en la negación de Jesús. ¡Hay tantas formas de hacerlo! Tan sutiles algunas, casi imperceptibles. Negación, a fin de cuentas. Vuelvo al agua. Cuando pierdo el foco y el sentido de propósito, me enfango en el desastroso sistema educativo de niños emperadores que legislan incluso sobre mi vida. Un sistema que fagocita la creatividad, la pasión por la docencia, los momentos de contemplación gozosa. Una estructura que convierte al profesor en una caricatura hibridada entre un cheer leader, coach emocional, titiritero y Libro Gordo de Petete. Sobre todo, que los alumnos se entretengan y no se aburran. Lo de aprender, ya si eso…

Me hundo en estas aguas, me lamento, quiero un «plan B». Me peleo con el sistema como Quijote contra los gigantes. Me digo que desde que estoy en el Instituto estoy viviendo una de las peores etapas de mi vida. Una pesadilla. Lo siento en todo mi ser. Me hundo sin remedio en mi victimismo pueril. Quiero saltar del barco. Cuando, en realidad, he saltado y me hundo. Como Pedro.

Cuando decidí ser profesora de religión, hice como él: lanzarme alegre, valiente como un cruzado a conquistar tierras ocupadas. Las mentes de los adolescentes parasitadas de tanta ideología de muerte y estupidez. Como Pedro, me lancé de la barca de mi segura comodidad para caminar triunfante sobre las aguas revueltas.

«¡Voy a hablar de Dios a los alumnos, de Jesús y María, de la historia bien contada y no manipulada; eso haré!» Decidida como Pedro, impulsiva y un poco naïf. Y, como Pedro, me empecé a hundir cuando perdí de vista quién me sostiene. ¿Quién, sino Jesús, permite que camine sobre las aguas, en calma, marejada o en un tsunami?

 

Como Pedro, lo pierdo de vista a menudo. Demasiado. Confieso: soy débil. Me quejo y lamento. Y, como los hebreos, a quienes les parecía mejor la esclavitud de Egipto que la libertad del desierto. Recuerdo con nostalgia cuando era coach, conferenciante, profesora de yoga y recibía halagos, golpecitos en la espalda y reconocimiento. Nadie me trataba mal. Fíjate tú. ¿Para qué queremos más? Transitar la ancha carretera de la validación, el reconocimiento que engorda la vanidad y el «me merezco ser feliz».



Actualmente, la meta, el fin último de la humanidad, es la felicidad: el Edén al cual todos estamos llamados a experimentar. Como un grifo que emana un chorro de agua, la humanidad se vierte en este pseudoparaíso en la tierra. Una gran masa diluida en otra gran masa. ¡Menuda confusión! Y eso nada tiene que ver con la eternidad de nuestra alma, la beatitud más allá del gozo, el júbilo, la dicha. Imposible describirla, como imposible vivirla aquí, en la tierra. Dios nos salva uno a uno. El Enemigo primero nos diluye en un amasijo y nos condena confundidos en un todo.

Nuestro Mesías es trascendente, más allá. Vivir en el sí pero todavía no, es nuestra fe y esperanza. El Enemigo, en cambio, es el mesías inmanente de la felicidad edénica ahora y aquí. La tiranía de la sonrisa hueca. La máscara. No es el sistema educativo, no son los alumnos ni los tediosos claustros: es la tiranía engañosamente dulce en la que el enemigo nos encierra y somete sin que nos demos cuenta. Así me hundo, cuando la dictadura de la felicidad hueca me secuestra de nuevo. Confieso, pues, mi flojera. Y sigo.

Recalcular ruta implica, pues, tomar conciencia clara de que no soy profesora de religión para ser feliz. Es más: desde que bajé definitivamente la persiana de mi centro de yoga, coaching y terapias new age, entendí —muy duramente, por cierto— que mi felicidad no importa, sino la de Dios. ¿Qué lo hace feliz? ¿Qué pensó para mí? ¿Con qué propósito me creó?

Y con esta perorata introductoria no estoy haciendo un alarde de masoquismo cristiano: «Venga a sufrir en este valle de lágrimas, un poco de resignación cristiana, cuatro avemarías y a seguir sufriendo». No voy a dar el gusto a los anticristianos de cliché fácil.

Pues bien, cuando pierdo de vista por qué estoy en el Instituto como profesora de religión es cuando la desesperanza que el enemigo ansía para mí ocupa espacio. Dicho de otra forma, pedagógica: cuando miro la realidad desde mi mirada limitada, sesgada y contaminada por las ansias de felicidad hueca, la realidad me engulle y yo sufro. Un padecimiento estéril, que no sirve para nada ni a nadie.

Hay que ponerse las gafas de Dios. Entender que la realidad se despliega con propósitos mucho más elevados y grandes, no accesibles para miradas despistadas como la mía. Desde mi limitación, creía que ser profe de reli significaba dar clases a los chavales. Punto. Me visualizaba en el aula, con la pizarra a mi espalda y los alumnos atentos, mano alzada, preguntas profundas, curiosidad, respeto, aprendizaje sin fin. Como Platón o Sócrates o san Pablo en el Areópago. Así me perdía en vanas ensoñaciones propias de la tiranía de la felicidad. «Merezco ser feliz», no hay aseveración más demoníaca. Una llave certera que abre las puertas del infierno. La eterna guerra contra una realidad que es la que es ajena a nuestros deseos infantiles. Al enemigo le gusta la guerra y lo que nace de ella.

Pero este propósito miope no se corresponde para nada con los planes de Dios. Qué va. Estoy en el Instituto, como servidora inútil en realidad, para lo que Dios disponga, no lo que mi ansia de felicidad decida. El aterrizaje a la realidad casi me deja mellada.

Hace cosa de quince días lo entendí con mayor profundidad. De la nada recibí un WhatsApp de un compañero que tuve hace tres años en uno de los Institutos. Un joven —del que podría ser su madre—, profesor de Historia, con el que hice buenas migas. Atento, curioso y para nada me tiraba pullas anticristianas. Y eso es un tesoro. Charlábamos de camino al aparcamiento de esto o aquello. Nos quejábamos mucho, eso también. Es humanamente imposible no hacerlo. Y soltar la presión interna es pura supervivencia a veces.

Se fue del Instituto y nos seguíamos la pista de vez en cuando. Pero este último mensaje tenía una característica distinta: «Necesito ayuda espiritual». Un «¡ostras!» vino a mi mente, con una punzada de sana curiosidad y ganas de ser útil. Al parecer, su novia estaba teniendo serios problemas que ellos interpretaron como algo más que un simple achaque psicológico, ansiedad o depresión al uso. Algo distinto, que requería una solución acorde a lo que intuían. «Es que sólo tú puedes entender el problema y sólo te conozco a ti con contactos en la Iglesia para ayudarnos».

No voy a entrar en la problemática de la chica, por cierto, durísima. Obviamente, me puse en marcha cuanto antes. Contacté con un sacerdote, les di dos medallas de San Benito exorcizadas por los benedictinos de Silos, una botellita de agua bendita y un rosario de Jerusalén —«que os lo bendiga el sacerdote cuando vayáis»— y otros consejos más a la inexperta pareja: «Nada de piedras, cuarzos y cosas esotéricas; nada de curanderos que limpien el aura o las energías; nada de alcohol o películas chungas. ¿Sabéis el Padrenuestro? ¿El Avemaría? Pues en bucle y como si no hubiera un mañana. No tengáis miedo».

 

Me doy cuenta de que los profesores de religión estamos allí para algo más grande, en un ejército que Dios dispone a sus soldados estratégicamente. Para un roto o un descosido. Ponernos exquisitos no es lo que nos toca. Tampoco el masoquismo autodestructivo. Estamos en el Instituto para ser un faro, más o menos luminoso. Un dedo que señala a Dios. Para esparcir las semillas, que ni tan siquiera sabemos si van a germinar. Y no nos toca a nosotros saberlo.

Recuerdo ahora mismo el día que una compañera de Filosofía me dijo que acababa de morir su padre. «Mi madre lo incineró a toda prisa y ni funeral tuvo». Yo escuchaba sin decir ni mu. Ella me comentó: «Mi padre era muy creyente». Otro «¡ostras!» interior hizo que le preguntara: «¿Cómo se llamaba tu padre?» Recé por él y su alma durante un largo periodo de tiempo y ofrecía cada Misa a la que acudía. Quizá no es mucho a los ojos de mi mente inquieta, débil y presa de la dictadura de la felicidad, pero para el alma de este hombre incinerado velozmente es más de lo que alcanzo a imaginar.

Y, ahora que lo pienso, he rezado por las almas de muchos padres o madres de alumnos o maestros, incluso profesores, que han muerto. También un alumno, fue muy triste. Y sí, entiendo mejor lo que Dios quiere, aunque no siempre soy dócil y tengo la cerviz un poco tiesa. Como los hebreos murmuradores.

Hoy, a la vuelta de las vacaciones de Navidad, me he dado cuenta de que quizá algo ha cambiado en mí y en mis alumnos. Este grado de comprensión quizá me ha relajado y he dejado de empujar a Dios en mi voracidad de felicidad. Mis alumnos han sido inusitadamente correctos, sobre todo los de segundo curso. Me han hecho preguntas interesantísimas y agradecen las respuestas. No sé… un punto de inflexión, un pequeño milagro en mi confundida conciencia y percepción. Clamé auxilio, como Pedro, y Jesús me tendió la mano y me dejé salvar. Otra vez. Y las que hagan falta. Porque volverá a pasar. Lo sé.

Dejar que Dios sea Dios es todo lo que requiere esta vida, la que nos toque vivir, allí donde Él soberanamente disponga. Para la construcción del Reino, mi santificación y penitencia de tantos desatinos. Y también, cómo no, para que estos chavales sepan que tienen un amigo, un Dios muy cercano que se hizo hombre, que los sostiene de la mano, los guía y protege, aunque quizá no lo sepan. Que cuando sus video juegos, chándal nuevo, zapatillas carísimas, o novia o vete tú a saber, ya no satisfagan el vacío, se acuerden que Dios aguarda un pequeño gesto. Y más allá de los alumnos, toda oveja perdida, ya sea un profesor o la conserje. ¿Quién sabe? A mí no me toca saber, sólo confiar. Y dejar de murmurar.

Como Job, después de la reprimenda de Dios, por ahora voy a cerrar la boca y guardaré silencio. Hasta más ver.

Eulàlia Casas, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau.

Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada

Nota: Només un membre d'aquest blog pot publicar entrades.