dilluns, 16 de març del 2026

Crítica a eso que llaman tradicionalismo


 

Crítica a eso que llaman tradicionalismo

 

Es falso que el tradicionalista se desvincule del Magisterio, pues es gracias a este mismo Magisterio que tiene la garantía y la seguridad de lo que afirma y defiende.

 

 

Un sacerdote hace poco me envió un pequeño video de Instagram donde salía un influencer «católico» llamado Abel. En aquel video establecía una comparativa entre progresistas y tradicionalistas en la que pretendía hacer coincidir dos extremos opuestos y errados.

 
La transcripción del video dice lo siguiente:
 

Podría parecer que solo los progres son en la Iglesia los que interpretan a su manera el depósito de la fe y lo hacen a su conveniencia. Y caen en la teología liberal, para interpretarlo todo conforme a su mundanidad y a sus deseos carnales y a sus cosas. Pues resulta que no solo ahí pasa, sino que también hay gente que hace un menú de la fe y recoge de la Tradición con los deditos así, solo aquello que les interesa, es decir, también en los tradicionalistas o conservadores dentro de la Iglesia se da el riesgo de la teología liberal, es decir, de desvincularme del Magisterio de la Iglesia para yo creer a mi manera. Con lo cual lo que estás haciendo a Jesucristo mentiroso, porque las puertas del Hades han prevalecido sobre su Iglesia, y eres tú, según tú criterio y el de tu pequeña comunidad, el que tiene la verdad de forma residual, porque en la Iglesia se habría perdido. Esto es una pretensión tremenda que ha pasado muchas veces en la historia, porque, fijaos, se da una hermenéutica equivocada. En primer lugar, se considera todo el depósito de la fe como un monolito completo, inamovible, de verdad. Para el tradicionalista en general, no ha habido cambio en ningún punto de la doctrina desde el siglo I hasta básicamente el concilio Vaticano II. Esto no es más que fruto de la ignorancia, digamos. Fíjate que cuanto más lejos está una cosa o menos sabes de una cosa, más igual te parece todo. Me pasa un poco como los asiáticos de China para allá. Yo no soy capaz de distinguir un coreano, de un japonés, de un chino. Pues esto le pasa a la gente con las fuentes de la Tradición. Es la Tradición la que debe interpretar a la Tradición. Es el Magisterio el árbitro que se encarga establecer cuál es precisamente ese hilo dorado de la tradición. Poque la tradición no es un desarrollo acumulativo, que se va pegando y llevando como crustáceos en la ballena.

Primero de todo, habría que señalar que se es tradicionalista porque se es católico (contra lo que supone el video). Segundo, se comete la falacia del hombre de paja, pues se atribuye una cosa a los tradicionalistas que estos no defienden (1. Interpretar la fe por propia conveniencia. 2. Tomar de la Tradición lo que a uno le interesa. 3. Desvincularse del Magisterio de la Iglesia para creer a su manera).

Para un tradicionalista, la fe se interpreta desde el Magisterio de la Iglesia y no por conveniencia. No toma lo que le interesa sino lo que ha recibido. Pues sabe que la ley de la fe y la oración del católico debe caracterizarse por la fidelidad a la Sagrada Tradición. Los santos apóstoles ordenaron: «Si alguno os anuncia un Evangelio diferente del que habéis recibido (quod accepistis), sea anatema (Ga 1,9); «Os transmití lo mismo que yo recibí (tradidi quod et accepi)» (1 Co 15,3); «Observad las tradiciones (tenete traditiones) que habéis aprendido» (2 Ts 2,15); y «Combatid por la fe que ha sido entregada (semel traditae) a los santos de una vez por todas» (Judas 1,3). La Iglesia Romana siempre ha seguido este camino como el más seguro: «No se introduzca nada nuevo, sino solo lo que ya se ha transmitido» (nihil innovetur nisi quod traditum est) Papa Esteban I Ep. Ad. Cyprianum (apud. S. Cyprianum, Ep. 74).

Ahora bien, lo que señala el tradicionalista, desde el Magisterio, es que la función del Magisterio no es crear nuevas verdades, ni enseñar algo contrario a la Tradición (que es Palabra de Dios). Si esto se diera, propiamente no sería Magisterio, sino que estaríamos ante una opinión equivocada de una autoridad. En este sentido estaríamos hablando de un Magisterio auténtico no definitivo que está errado (P. Rodrigo Menéndez Piñar, El obsequio religioso. El asentimiento al Magisterio no definitivo, Toledo, 2020).

Por eso advierte el mismo Magisterio en sus dos concilios vaticanos:

«De hecho, el Espíritu Santo no fue prometido a los sucesores de Pedro para revelar, por su inspiración, una nueva doctrina, sino para guardar y dar a conocer fielmente, con su asistencia, la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la fe.» (Concilio Vaticano I, Constitución dogmática «Pastor aeternus»).

«Este Magisterio, evidentemente, no está sobre la palabra de Dios, sino que la sirve, enseñando solamente lo que le ha sido confiado, por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo la oye con piedad, la guarda con exactitud y la expone con fidelidad, y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como verdad revelada por Dios que se ha de creer.» (Concilio Vaticano II, Dei Verbum 10).

Por tanto, es falso que el tradicionalista se desvincule del Magisterio, pues es gracias a este mismo Magisterio que tiene la garantía y la seguridad de lo que afirma y defiende. 

El católico tradicional no coge lo que le interesa, sino que defiende lo que ha recibido de la Tradición. ¿Cómo y dónde reconocer esta Tradición? El criterio lo expresa de una vez para siempre S. Vicente de Leríns: la universalidad, la antigüedad, la unanimidad: «Lo que se ha enseñado siempre, en todas partes y por todos» «Id teneamus quod ubique, quod semper, quod ab omnibus creditum est» (San Vicente de Lerins, Commonitorium, cap. 23, núm. 16).

Por otra parte, tiene un grave problema Abel porque dice que la Tradición (en realidad, Abel dice “doctrina” y, antes, “depósito de la fe”, pero se refiere principalmente a la Tradición, según se deduce del ejemplo que le sigue sobre el desconocimiento de algo lejano y la distinción entre asiáticos) no es la misma en el siglo I y ahora. No sabe que toda la profundización teológica y la confirmación Magisterial se basan justamente en esa Tradición, la cual es de por sí inamovible y que debe ser preservada. La verdad no puede cambiar pues de lo contrario se transmutaría la fe y las costumbres. Por ello debe preservarse el mismo sentido:

«Hay que mantener siempre el sentido de los dogmas sagrados que una vez declaró la Santa Madre Iglesia y no se debe nunca abandonar bajo el pretexto o en nombre de un entendimiento más profundo. Que el entendimiento, el conocimiento y la sabiduría crezcan con el correr de las épocas y los siglos y que florezcan grandes y vigorosos, en cada uno y en todos, en cada individuo y en toda la Iglesia; pero esto solo de manera apropiada, esto es, en la misma doctrina, el mismo sentido y el mismo entendimiento (eodem sensu eademque sententia).» (Concilio Vaticano I, Dei Filius, c. 4).

Además, podría haberse molestado en especificar las clases de Tradición, pues al criticar la inamovilidad del depósito de la fe y, por tanto, de la Tradición, incluye, bajo este término, todo aquello que es de institución divina también, lo cual, evidentemente, no puede cambiarse. Es falso que pueda cambiar la doctrina de la Tradición ya que, además, algunas de sus verdades se han dogmatizado.

Finalmente, la supuesta pretensión que dice que tienen los tradicionalistas no es tal. Pues, según una saludable hermenéutica, existen ejemplos históricos de una resistencia legítima a las enseñanzas ambiguas y erróneas de pastores de la Iglesia, incluido el Papa. Así tenemos la crisis arriana del siglo IV, cuando la herejía infectó a casi todo el episcopado y, sin embargo, los laicos se mantuvieron fieles a la fe católica tradicional. De aquí que dijera el mismo cardenal San John Henry Newman:

«En ese tiempo de inmensa confusión, el dogma de la divinidad de nuestro Señor fue proclamado, impuesto, mantenido y (humanamente hablando) preservado, mucho más por la Ecclesia docta [laicos] que por la Ecclesia docens [jerarquía]... El cuerpo del episcopado fue infiel a su encargo, mientras que el cuerpo de los laicos fue fiel a su bautismo... Tanto el Papa como las grandes sedes patriarcales, metropolitanas y otras, así como los concilios generales, dijeron lo que no deberían haber dicho, o hicieron lo que oscureció y comprometió la verdad revelada; mientras que, por otra parte, fue el pueblo cristiano quien, bajo la Providencia, fue el apoyo eclesial de Atanasio, Hilario, Eusebio de Vercelli y otros grandes confesores solitarios, que habrían fracasado sin ellos» (Cardenal San John Henry Newman, The Arians of the Fourth Century, London Longmans, Green, and Co., 1908, pp. 465-466).

En esta misma línea, y bajo las virtudes de la gnome y de la epiqueya, se puede resistir y amonestar al Papa, como sostenía un antiguo tradicionalista, San Roberto Belarmino, (que, por cierto, sostenía que algún día un Papa podría intentar destruir la Iglesia sin que por ello prevalecieran las puertas del infierno), y como sostenía Santo Tomas de Aquino, respectivamente:

«Así como es lícito resistir al pontífice que agrede el cuerpo, también es lícito resistir al que agrede las almas o al que perturba el orden civil, o, sobre todo, al que intenta destruir la Iglesia. Digo que es lícito resistirle no haciendo lo que ordena e impidiendo que se ejecute su voluntad; pero no es lícito juzgarlo, castigarlo o destituirlo, ya que estos actos son propios de un superior» (San Roberto Belarmino, De Romano Pontifice, libro 2, cap. 29).

«Reprender a la cara y en público [Gal 2, 11] sobrepasa el modo de la corrección fraterna; por eso no hubiera reprendido Pablo a Pedro de no haberle sido de alguna manera igual en la defensa de la fe. [...] Con todo, hay que saber que, cuando hubiera peligro en la fe, aun en público han de corregir los súbditos a los prelados» (Santo Tomás de Aquino, Summa Theologuiae II-II, q. 33, a. 4, ad 2).

Podríamos concluir diciendo que eso que llaman tradicionalismo en el ámbito eclesial en parte es y en parte no es como dicen, secundum quid. Pues el tradicionalismo sí es defensa de una Tradición monolítica, inamovible y verdadera que debe ser custodiado por el Magisterio de la Iglesia según el mismo sentido y, por otra parte, no es como dicen, porque no se desvincula nunca del Magisterio y de la doctrina perenne que por todos, en todas partes y en todo tiempo, es creída en el seno de la Iglesia.

Montoya, un carlista egarenc
. Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau

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