divendres, 13 de febrer del 2026

De Babilonia a Roma (XVI): Los libros de autoayuda y la dictadura de la felicidad


 

De Babilonia a Roma (XVI): Los libros de autoayuda y la dictadura de la felicidad


Al conseguir que creas que contigo te bastas y sobras y que no necesitas salvación, te hace sentir un falso poderío que te embauca con una falaz suerte de superpoder que no es más que tu triste ego intentando salir de la jaula



¿Te acuerdas del fruto que colgaba del árbol en el Edén? A Eva le pareció muy bueno y, claro, ante lo apetecible, uno no razona; actúa movido por cualquier impulso, menos por la razón sosegada y ponderada. Ante lo apetecible y agradable, la prudencia se difumina hasta desaparecer. La promesa de un atisbo de paraíso terrenal en formato placer a corto plazo es una tentación irresistible. Ese merecimiento que bautiza toda tentación. «Tus deseos son órdenes», nos susurra la serpiente. Y lo que se nos escapa es que el deseo lo inoculó ella. Veneno.

Pues eso es lo que pasa con este tipo de literatura, que no sin un poco de vergüenza confieso haber devorado, como quien se hincha a comer donuts. Son buenos, pero lejos de nutrir, destruyen y arrasan con la salud. Después de la literatura gnóstica y cristiana heterodoxa, apareció este tipo de literatura: la autoayuda.

En la Nueva Era todo se mezcla en un pomposo y arrogante sincretismo, como si de un buffet libre se tratara. Cada cual mete en su ensalada aquello que le parece más apetitoso; todo está permitido. ¿Te has fijado en los buffets de los hoteles? Veo con horror platos que rebosan comida imposible: langostinos, un filete, huevos rellenos, patatas fritas, paella, torreznos de Soria, sushi aderezado con salsa rosa, teriyaki y alioli. Vomitivo solo verlo. Indigesto. No se me ocurre una imagen más elocuente para el sincretismo nuevaerístico. No fue difícil encontrar en las estanterías de las librerías, junto a un evangelio apócrifo, El Curso de Milagros o Tus zonas erróneas de Dyer. Apetitosas. La enésima zanahoria que me iba a sacar del hoyo. La Nueva Era es mesiánica, no lo olvidemos. Las promesas falaces de un reino que se aleja conforme avanzamos. Lo dramático es que, de seguir caminando la ancha senda, hasta el verdadero paraíso cerrará sus puertas ante nuestra obstinación en el error. Éste es el verdadero drama.

Mira el fruto colgado del árbol y juzga tú si es o no apetecible: «El poder está dentro de ti… Eres más fuerte de lo que crees… Persigue tus sueños… La felicidad no es el destino, es el camino… Sonríe y la vida te sonreirá… Sé la mejor versión de ti mismo… La vida es un regalo, disfrútala al máximo… No hay fracaso, sólo experiencia… Todo lo que necesitas está dentro de ti…». ¿Te dan, o no, ganas de hincar el diente a tan suculento fruto? «Cómeme, cómeme», parece que susurran.

¿Quién no quiere sentir el poder en su interior? ¿O que la vida le sonría? ¿O ser la mejor versión de sí mismo? ¿Quién no quiere ser excelente? Y sí, me lo zampé entero. Por un lado, mi sufrimiento no encontraba consuelo. Por otro, mi lastimada mirada hacia mí misma, la inadecuación de mi ser, teñía cada espacio. Y por otro, la necesidad de ser mejor, no sólo eso, excelente. La indigestión, profecía que sí se iba a cumplir en mí, con el andar del tiempo, claro. Hasta que Jesús no sólo me ayudó, sino que me salvó. Él, no yo.

Una nueva zanahoria delante de mis morros que, conforme avanzaba como buena discípula en todas las recomendaciones, instrucciones y protocolos de los libros, paradójicamente se alejaba, con consecuencias desastrosas. Culpa y frustración a cada intento fallido. Me seguía sintiendo miserable, el dolor no desaparecía, la inadecuación crecía; en fin, nada mejoraba, salvo la culpa de no hacerlo bien, ¡con lo claras y concisas que son las consignas de estos libros! Te garantizan el resultado. ¿Cómo es posible que no funcionaran en mí? La demolición de la escasa autoestima. La culpa y frustración por ser tan lerda de no experimentar el gozo, poder y excelencia que los libros prometían. Los libros salvíficos y mesiánicos. Libros testimoniales, donde el hagiógrafo del enemigo relata su antes y después. Testimonio vivo del poder de su palabra. ¿Por qué le funcionaba al autor del libro y a mí no? Misterios…

Vamos por pasos. Recuerda: el Enemigo quiere que creas que eres como Juan Palomo, el de yo me lo guiso, yo me lo como. Es decir, tú te autoayudas, y donde hay un tú, hay un yo. La vida según «San Yo» es lo que quiere el Enemigo: que te sientas con el poder suficiente para ayudarte, que no salvarte. ¿Te acuerdas? Salvarse es de pringados, y salvarse requiere un a priori de humildad, un sentido de la contingencia y adhesión a Dios. ¡Non serviam! El Enemigo quiere que lo sirvas a él solo, que vayas caminito a la condenación, como la jaca a Jerez, cortando el aire; cuanto más veloz, mejor. Al conseguir que creas que contigo te bastas y sobras y que no necesitas salvación, te hace sentir un falso poderío que te embauca con una falaz suerte de superpoder que no es más que tu triste ego intentando salir de la jaula, de la que no tiene las llaves. Es más ridículo si cabe: la jaula tiene la puerta abierta. Jesús la mantiene abierta, gratuitamente, sin condiciones. La soberbia impide que la veas.

Los libros de autoayuda son mesiánicos; en ellos se contiene la salvación futura y el conocimiento que desata tu verdadero yo. Te permiten encender la chispa divina que mora en tu interior, activar tu divinidad interna, eliminar el dolor, erradicar el sufrimiento, que no es más que una muestra elocuente de tu escasa espiritualidad. Te prometen la excelencia como por arte de ensalmo. Sufrir es tan de pringados como necesitar salvación. ¡Manda narices! El mismísimo libro mesiánico que se arroga la misión salvífica te dice que no necesitas salvación, que tú puedes solo. Jesús, si por alguna extraña razón aparece —porque hay literatura de autoayuda muy espiritual—, no es más que un maestro ascendido que comparte panteón con Buda, Lao Tse, Confucio o la Pachamama. La ensalada de la que te hablé.

El tema de la culpa merece mención aparte. El Enemigo te quiere hacer creer que la culpa es una anomalía, y en realidad lo es. ¿Cuál es el tema aquí? Él pretende que no sientas la punzada de dolor en la conciencia de lo que está objetivamente mal. Te quiere flotando en el universo del relativismo, en el que no hay ni bien ni mal, de manera que todo está permitido: tú decides. Si sufres, es que no lo estás haciendo bien; eres mal alumno; te debes esforzar más, pulir tu ego hasta deconstruirlo. O dicho claramente, que pierdas la conciencia del mal. Simple y llanamente. Esto es perverso, porque el alma, que solo pertenece a Dios, por más atrapada e indigesta que esté con tanto fruto podrido, sigue sintiendo, y aparece la culpa: «Algo no hago bien, todavía vibro bajo, no soy suficientemente espiritual, no soy feliz…» Pero ésta es la culpa en la que te quiere sumido el Enemigo, el acusador, el que día y noche te recuerda lo malo y chungo que eres. ¿Se ve la perversión? El Enemigo te quiere en su dictadura de la «felicidad», la que promete como salvación todo libro de autoayuda.

Y claro, te preguntarás: ¿qué tiene de malo la felicidad? Nada, si está ordenada a Dios. ¿Te acuerdas? Todo radica en el orden o el desorden. La felicidad de Dios no es la del mundo, ni mucho menos. Es más, el mundo ni reconoce ni aprecia la felicidad de Dios. El mundo y Dios son antagonistas, desde el non serviam, no por maniqueísmo, sino por soberbia del Enemigo.

Junto a la dictadura de la felicidad está la brújula del corazón: «sigue a tu corazón, haz lo que el corazón te diga…» Sólo hay que recordar qué dice Jesús acerca de eso. A quien hay que seguir es a Dios, no al corazón. Pero claro, en la Nueva Era eso de Dios es complicado de identificar. ¿Cómo se sigue a una masa de energía y luz informe llamada Universo? ¿Cómo encender una latente chispa divina en el interior? ¿Dónde y quién tiene las cerillas? Sólo un Dios personal, con el que me puedo relacionar; un Dios que me ha creado a su imagen y semejanza y cuida de mí como una madre cuida a su hijo; un Dios que, por si no fuera suficiente, se ha hecho hombre y me muestra de forma muy concreta, no abstracta, cuál es el camino, la verdad y la vida. La puerta estrecha que me libera de la jaula dorada.

«Si esto te hace feliz, es lo que importa», me decía la gente bien intencionada cuando se enteraban de que había bajado la persiana de mi centro para siempre. «Eso hace feliz a Dios», contestaba yo; y, por las caras, sé que no entendían. El gozo de Dios es desbordante cuando lo escogemos a Él. Júbilo por un alma salvada es una fiesta en el cielo.

Me estuve «auto ayudando» durante casi una década. No encontré el poder dentro de mí, ni la chispa se encendió, ni vibré más alto, ni fluí ligera en mi experiencia terrenal, ni nada de nada. Y sí, confieso que en estos libros hay pequeñas verdades, pautas, patrones que son realmente sólidos. Pero quedan del todo invalidados al mezclarse con la mentira. Uno no puede estar con un pie en la verdad y el otro en la mentira. No por mucho tiempo. O con Dios o contra Él. Así nos anunció Jesús. La tibieza produce el vómito de Dios.

No fueron los libros de autoayuda ni su tiránica felicidad ni la brújula estropeada de mi maltrecho corazón. No. Fue Jesús mismo quien me tiró de los pelos para sacarme del fango. Cuando impartía una clase de yoga, precisamente. Pero eso ya llegará. A su debido tiempo.

Eulàlia Casas, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau


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