divendres, 27 de març del 2026

De Babilonia a Roma (XVIII): La diosa


De Babilonia a Roma (XVIII): La diosa


En la Nueva Era, la feminidad no quiere tener la sabiduría de Dios, como Eva, sino que quiere algo más: sentarse en su mismísimo Trono. Ser «diosa» soberana de todo el Universo.



Lo lógico hubiera sido continuar con el yoga para seguir con el relato anterior. Quizá te sientas defraudado porque finalmente, hoy no toca yoga. El Enemigo no es lógico, sino caótico. Por eso me permito mostrarte el caos new age con entregas desordenadas. No hay orden en la Nueva Era. Por eso, si hoy esperabas más yoga, hoy no toca. Soy cansina repitiendo las estrategias del Enemigo, lo acepto. Pero la verdad es que me parece más necesario desenmascarar el patrón diabólico que abordar disciplinas nuevaeristas concretas. La especialidad del Enemigo es el disparatado universo de las emociones. El intelecto en modo autónomo, por libre, independizado de la Verdad. Los deseos se convierten en derechos. Las percepciones y sensaciones intentan construir la realidad. Basta desearlo con fuerza para que se haga la magia. El Enemigo es el mago. Pero, ¡oh sorpresa!, la realidad se acaba imponiendo al deseo, a la emoción y también a la buena intención. Por enésima vez, la zanahoria se aleja conforme uno camina.

Las hebras con las que se teje la telaraña se suceden de forma delirante, sin orden ni concierto. ¡A lo loco! Aunque, en la Nueva Era, a ese caos lo llamamos «fluir con el Universo». Libre, como el viento al albur de los caprichos del enemigo, sin saberlo. ¡Di que sí!

Usando la otra metáfora, uno va tomando lo que encuentra en el buffet libre espiritual, aquello que parece más apetecible en su delirante ensalada. Un langostino en tempura, junto a un croissant de crema, una torrija y un poco de nata montada. ¿Te acuerdas?  Vomitivo, pero así funciona.

En la anterior entrega, quizá te aburrí hablando demasiado sobre detalles de mi vida, pero ya te comenté que de ellos se desprenden no pocas hebras. El Enemigo siempre acecha, presta atención a los detalles aparentes o insignificancias de nuestra vida, decisiones y demás para meter baza. El Enemigo se mueve impune en lo imperceptible. Invisible. Cualquier ínfimo detallito sin importancia, para el enemigo, que todo lo escruta, sí es relevante. ¡Vamos si lo es!

Te comenté sobre la muerte de mi madre y la de mi hermana, a lo que, haciendo un salto de seis años adelante, murió la otra hermana. Me quedé como única mujer de la familia. Mi padre y mi hermano lloraban la muerte de esposa y hermanas. Yo, sola, aislada, lloraba a escondidas y me preguntaba ¿cómo es que todas las mujeres de la familia han muerto? ¿Qué pasa con lo femenino? ¿La feminidad? ¿Por qué me han abandonado? Buscaba respuestas. La salvación a través de ellas.

Nadie se daba cuenta del desgarro interior, salvo el Enemigo, claro está. A mayor drama, recuerda que me encontraba aislada, fuera de la familia por haber osado romper un matrimonio, fallido, nulo, dramático. ¿Qué me impedía guardar las apariencias? Vergüenza era lo que provocaba mi sola presencia a lo que sumaba mayor interrogante a todo lo que tenía que ver con la feminidad enferma hasta morir en mi familia. ¿Dónde estaba la herida de lo femenino?

La curiosidad, la sed de saber, encontrar respuestas que me dieran un mínimo consuelo fueron el motor, junto al dolor y una buena dosis de soberbia. Quería procurarme las respuestas por mí misma. ¿Te das cuenta cómo actúa el enemigo? Mis preguntas eran legítimas, mi dolor justificado, la curiosidad, también. Faltaba el orden, la Fe y la razón. ¡Y la esperanza! El Enemigo te convierte en un ser visceral, emocional, víctima y victimista, sentimentalista guiado por una intuición del todo errada. Y aquí, empezó una de las hebras más fuertes, junto al yoga, que tejieron la diabólica telaraña.

La Feminidad, lo femenino, la mujer, la Diosa. Eso dará para mucho, ya verás. Basta hoy una mera introducción para entender.

El Enemigo se nutre de heridas reales, para crear con estas, narrativas desordenadas y destructoras, que alejan de Dios, y por ende de cualquier solución real y consuelo eficaz. Tenía dos posibilidades, dos caminos, una encrucijada ante mí. ¿Cuál elegí? La más disparatada, la que nutría mi demente curiosidad, la que me alejaba de la razón, la emocional, la equivocada. Dos modelos de feminidad de los que tenía que escoger solo uno, por un lado, la feminidad pura, divina, sanadora, correcta, recta, fiable, racional y razonable. Por el otro, la que alimentaba como gasolina al fuego mi sed de saber, el desgarro de no tener respuestas, mi vanagloria por descifrar misterios absurdos y en definitiva, simple y llanamente, mi necesidad de supervivencia. No quiero morir, como ellas. Vida o muerte ante mí, y escogí la muerte, pensando, o mejor dicho sintiendo que hacía lo correcto. La Virgen santísima era la elección correcta. Pero yo no lo sabía. Mi entendimiento estaba nublado, borracho de sensaciones, percepciones, deseos, heridas.

Por otro lado, una pátina de pueril soberbia me hacía de nuevo continuar con los relatos fantasiosos, me sentía la responsable de sanar el árbol familiar maltrecho. ¿Te das cuenta? La herida como puerta de entrada, un don desordenado como la curiosidad, a la que se le añadió mi espíritu de servicio, mi amor por ayudar. Un cóctel que me embriagó, me nubló el entendimiento, de cuya resaca me costó recuperarme.

La Virgen, un modelo de lo femenino sano y un bálsamo, ni tan siquiera la consideré. Tenía una imagen del todo distorsionada, ñoña, cursi, de una mujer rubia con ojos azules vestida en azul celeste sin fuerza alguna. La imagen y opinión que entonces había desarrollado de la Iglesia y sus feligreses era de gente muy floja, cursi, edulcorada, infantilizada. Como Nietzsche, juzgaba sin entender. Yo quería ser mayor de edad, conseguir la madurez intelectual que el conocimiento proporciona. Mi nuevo dios, el conocimiento, falaz, mendaz más que acercarme al intelecto, me enredó todavía más, en un bosque espeso donde no hay camino, la maleza de cardos y espinos todo lo borra y el ramaje impide el paso de la luz.

Apareció pues en estos convulsos tiempos, la literatura femenina, por llamarla de alguna forma. Se sembró una semilla, que me atrevo a afirmar fue y sigue siendo de las más letales en la mujer. ¿Cuál era y sigue siendo el trilema? «A las mujeres se nos mantiene en la culpa como Eva, la impureza como la Magdalena y se nos entrega un modelo de santidad imposible de conseguir de María, con lo cual se vuelve a caer un la culpa». Una rueda en la que las mujeres llevan atrapadas eones enteros. ¿Solución? Superar los arquetipos enfermizos y elevarse con poderío por encima de ellos, con las mismas alas que Lilith se elevó furiosa cual demonio.

Lilith se erige en estos eriales femenino como un ídolo que se atrevió a desafiar a Adán y a Dios, en una palabra, al Heteropatriarcado. Leía todo tipo de libros en este sentido, algunos de antropología, historia, mitología sumeria, griega, celta. Cualquier propuesta, menos la católica que deseché por irrelevante.

Me quedé muy fascinada con los rituales de prostitución sagrada que se practicaban en el creciente fértil, me parecían coherentes, lógicas, eficaces, en las que la mujer tenía el poder de canalizar la potencia divina para ordenar y sanar al hombre. Hubo una derivación al respecto, la gnosis cristiana me introdujo en las prácticas del hieros gamos, los actos sexuales, con fines espirituales que se practicaban en la cuenca del Mediterráneo. La unión de los opuestos, para fundirse en un colosal orgasmo cósmico que sana a quien lo practica y observa. Leía y leía mientras mi fantasía de maga incipiente se alimentaba. En realidad, gnosis pura y dura. Ahora entiendo la desesperación de San Pablo predicando a las desmadradas iglesias en Corinto.

No me juzgues, sólo quiero que grabes a fuego los patrones a través de los que el Enemigo se apodera de nuestra razón.

Hay que añadir a la indigesta ensalada un sentimiento platónico de perfección, la nostalgia de que existe, en algún lugar, el Amor perfecto, la belleza pulcra, la verdad absoluta y yo debía hacer lo posible para salir de la caverna oscura y fundirme en este universo de pura perfección. De nuevo la gnosis con su dualidad maniquea. Desprecio del cuerpo, cárcel del alma y la chispa divina cautiva.

De esta entrega se van a desprender múltiples historias, experiencias, errores y sinsabores. De todas las prácticas que he picoteado, algunas durante mucho tiempo y con profundidad, la que refiere a la feminidad, me atrevo a afirmar que es la más devastadora. Arrasa como un tornado, la feminidad, precisamente. Paradojas del Enemigo promete justo lo contrario de lo que vas a obtener.

Volvamos por unos instantes a la escena donde todo se malogra. ¿Recuerdas? La majestuosa creación, Dios en las alturas bendiciéndola, proclamando a los cuatro vientos, no solo que es buena, es buenísima. Adán, el primer hombre, junto a su ayuda idónea, Eva. Muchas feministas protestan: «¡Abajo el Dios patriarcal! Nos negamos a nacer del hombre, de la costilla. Queremos liberarnos. Reivindicamos nuestra igualdad, derechos, autonomía, placer. No los necesitamos para nada. ¡Estaríamos mejor sin ellos!» Como puedes notar, he ido al extremo, aunque no tanto. Y sí, el texto sagrado nos dice, en una de sus versiones, la más poética, que Eva ciertamente nace del costado de Adán, sumido en un profundo sueño. No es que estuviera retozando en las praderas del paraíso, entregado a la molicie y desde este estado de pereza y holgazanería, inconsciente y alelado, surge Eva, sometida y servil.

¡Hay que saber leer! Adán, en ese estado, indica la acción de Dios a través de su Santo Espíritu, el costado, bien cerca de su corazón, en igualdad de dignidad, pero no iguales. No sé si me explico. Hombre y mujer somos creados a imagen y semejanza de Dios, libres y responsables. ¡Ésa es la igualdad! Pero a la vista está que tenemos nuestras diferencias, o mejor dicho, complementariedad. Cosa que, en el asalto de las leyes básicas de la naturaleza y biología, algunos, se atreven a negar.

En fin, sigo, que me caliento y ahora no toca.

El Enemigo, rabioso, celoso y malvado, busca la manera de destruir, mentir, odiar, matar. Asesino y mentiroso desde el principio. Y eso es lo que hace: seducir a Eva, engañarla, prometerle la sabiduría de los dioses, su libertad; y Eva, ¡ñam! Y Adán, idem. Dios, desde las alturas, sabía que eso podía pasar; la libertad tiene estas cosas. Adán y Eva son expulsados del Paraíso, nadie está obligado a permanecer con Dios y obedecerlo si no quiere, ¿es justo, no?

De hecho, Dios llamó a Adán, no para reprenderlo, sino para darle la oportunidad de confesar la verdad y volver a la comunión con el creador. ¿Qué hizo Adán tapándose las vergüenzas? Pasarle la culpa a Eva y ésta a la serpiente. Total, Dios era el culpable por haber creado a Eva, a la serpiente y de paso la libertad.

¿Quién creó la culpa? Pero Dios, bueno y justo, no los deja a la deriva, qué va. En ese quiebre del diseño original, en que hombres y mujeres están destinados a cumplir una sagrada misión, multiplicarse, ser fecundos, gozar y cuidar la creación, todo se desbarata. Pero no es Dios el creador del desastre como pretenden tantos de muy mala fe. Porque de esa funesta escena surge el parir con dolor, el sudor de la frente, los cardos y espinos, la seducción vacua, la dominación, el deseo desordenado, la mentira, asesinato; en fin, ¿para qué voy a seguir?

El pecado se demuestra solito. Dios promete a la mujer que de ella vendrá la salvación, ¡de una mujer! Ya ves lo machista que es Dios, valga la ironía. De la descendencia de la mujer, tendremos el poder de pisar la cabeza de la serpiente ¡Zas! Como quien mata un molesto mosquito. Pero, atención, la serpiente, atacará en el calcañar. De ahí viene el especial odio del Enemigo hacia la mujer. Justo de ahí. Se ha cebado, se ha puesto las botas con la mujer, en todos los sentidos.

Y en la Nueva Era, bajo una envoltura mendaz de espiritualidad, bondad, belleza, creatividad y de paso reivindicación de la soberanía perdida, es donde se ha regodeado para mayor ignorancia de no pocas sacerdotisas, diosas, marías magdalenas, pacha mamas, brujas, alquimistas o curanderas. «¡La culpa es del Dios machirulo!! ¡No hay pecado, nada de lo que arrepentirse! ¡Retomemos el poder! Volvamos al matriarcado». Sobretodo en los últimos tiempos han proliferado las ramificaciones femeninas, y el Enemigo se lo pasa pipa viendo como jugamos a ser brujas, alquimistas, diosas entregadas a conjuros, hechizos, sanaciones, pócimas, elixires, magia y en realidad, a todo tipo de pecados. Tal cual. Sin paliativos.

Concluyo, la serpiente y la mujer, antagonistas sin ulterior explicación. El mundo y Dios, como el agua y el aceite. Esto es la guerra, y la mujer, instigada y herida por el enemigo, en lugar de unirse al fiat salvador de María, se alía con el Enemigo de la mano de las Astartés, Liliths y demás demonios. «Queremos recuperar nuestra soberanía, independizarnos  del patriarcado». ¡Cuánta ignorancia!

Lo que llaman el periodo de la Gran Madre fue una etapa muy oscura. En la incipiente humanidad prehistórica, se pensaba que la mujer se embarazaba como por arte de magia, sin intervención del hombre. La tripa crecía como por arte de ensalmo y por el mismo juego de birlibirloque, nacía un bebé. ¡Menudo poder y magia! ¡Cuánto misterio en lo femenino y sus ciclos! Y el hombre observaba atónito, perplejo y un poco en pánico. Hasta que la ciencia se impuso y por fin entendieron que la tripa no crecía por ningún poder misterioso sino por la intervención del hombre. Su semilla. El matriarcado que las de la feminidad sagrada reclaman, no es más que la ignorancia de la perfección del diseño divino. La vuelta a las cavernas. Y yo, con rubor explico, que he estado ahí, en este reclamo de la soberana feminidad sagrada, alquímica y mágica. ¡Cuánta tontería!

Volveré sin lugar a dudas sobre este tema, porque tiene mucha tela. La feminidad New Age es, me atrevo a afirmar, de lo peor. Destructiva y diabólica. En la Nueva Era, la feminidad no quiere tener la sabiduría de Dios, como Eva, sino que quiere sentarse en su mismísimo Trono. «Diosa» soberana de todo el Universo. Y lo que ignoran las aguerridas neo sacerdotisas, magas, brujas, curanderas, alquimistas y demás variantes, que su soberanía está sometida al Príncipe de este mundo. El Enemigo.

Que la Virgen aplaste la cabeza de tamaña serpiente.

Eulàlia Casas, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau

Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada

Nota: Només un membre d'aquest blog pot publicar entrades.