diumenge, 8 de febrer del 2026

Las misiones catalanas, peripecias de una profesora de religión (X): La invertebración satánica y la caballería cristiana

 

Las misiones catalanas, peripecias de una profesora de religión (X): La invertebración satánica y la caballería cristiana



En clase, los alumnos de secundaria no tienen columna vertebral. Bueno, sí, pero ya no les sostiene. No están sentados, sino derrumbados encima de sus pupitres. Sin forma. Derruidos, inermes. Laxos. Cansados. Aburridos, totalmente desparramados. (...) Su postura muestra su estado interior. Sin estructura, ni dirección. Sin verticalidad. El desparrame. Sin principios. Sólo emociones que se mueven como las olas del mar.




¿Te ha pasado alguna vez que algo que habías leído en numerosas ocasiones, de repente adquiere un significado relevante y profundo que se había escabullido de tu atención?  Eso experimenté el otro día. Mientras me duchaba, concretamente. El Espíritu Santo sopla cuando considera que es el momento más adecuado. No siempre es como pensamos, con las narices metidas en la Biblia, intentando escudriñar las palabras. ¡Qué va! Como la brisa que acarició el rostro de Elías en el Horeb, así acude el espíritu de Dios. Cuando camino por la calle, o estoy atrapada en la Autopista o me estoy duchando. Ni fuego, trueno, ni vendaval. Una suave caricia casi imperceptible. Así habla, dulce y con la fuerza que sólo la verdad revelada tiene. Hay que velar, siempre. Porque nunca se sabe. Sólo Él.

Pues bien, mientras sentía el agua caliente deslizarse agradablemente, ¡zas!, tuve un mayor entendimiento de un pasaje del Antiguo Testamento que nunca me llamó la atención especialmente. Es más, ni caso le hacía. No creía que tuviera mayor relevancia, dada la obviedad. Te explico. En estos últimos tiempos, estoy fascinada por Génesis 3, 1-7. A menudo, los cristianos pasamos demasiado rápido a los evangelios o el Nuevo testamento. Como si el Antiguo Testamento no fuera necesario, salvo por cierta cultura. Cuando me convertí, descubrí Génesis 3 y confieso que podría meditar en este pasaje toda mi vida. Entender la magnitud de la tragedia, el insondable horror de la caída. El significado profundo del pecado es la base para entender, comprender, celebrar el valor incalculable de la Cruz. Sin pecado, no hay salvación; y sin ésta, la Cruz si que es una absurda, no ya locura, sino ironía. Una tontería, sin ton ni son. La escena de Génesis es rica en la descripción del pecado y sus consecuencias, y a la vez muestra la impresionante misericordia de Dios, que lejos de humillar al desobediente, lo quiere salvar. El protoevangelio que se contiene en Génesis es de una extrema belleza. Y esperanza. Me encanta la promesa de aplastar la cabeza de la serpiente. Una y otra vez puedo recrear de mil formas este momento épico. Aplastar la cabeza de la serpiente como quien pisa una cucaracha. En cambio, siempre he pasado de largo por la condena a la serpiente, «te arrastrarás sobre tu vientre». Obvio, las serpientes se arrastran, siempre a toda prisa, el by pass a pisar la cabeza de este ser escurridizo, símbolo del Enemigo de Dios, por ende nuestro. Y en las prisas, obviar la condena: arrastrarse.

 


Pero el otro día, bajo la ducha entendí —bueno, el Espíritu Santo me hizo entender— la envergadura de este arrastrarse. No implica un mero castigo, el morder polvo, por chunga, mala, mentirosa, manipuladora y así en bucle. Entendí lo que significa arrastrarse, ¿por qué lo hace? ¿porque no tiene ni piernas ni pies? En realidad, no. Se arrastra porque es invertebrada. No tiene columna vertebral. De hecho, la semana pasada, los de primer curso tenían examen sobre los invertebrados. ¿Quizá aquí se abrió una ventanita a lo que iba a entender más tarde?

La serpiente se arrastra invertebrada, sin forma estructurada. Se cuela por cualquier rendija que encuentra. Y quien dice rendija, dice herida. «¡Ahora lo entiendo!», me decía fascinada. Mi mente, relacionando conceptos a una velocidad vertiginosa. «Claro, el enemigo es invertebrado, sinuoso, esto es obvio. Todo lo que produce, porque crear sólo lo hace Dios, es del todo invertebrado. Los frutos del enemigo no tienen estructura. Las rompe, las derriba, las liquida. El territorio del enemigo no tiene forma, porque no tiene esqueleto, ni nada que lo sujete. Es líquido, hasta el punto de evaporarse. Y llegado este momento, la nada. Ahí lo tenemos, los frutos malos del árbol malo».

Y entendí algo que me llama la atención desde que estoy de profe de reli. En clase, los alumnos de secundaria no tienen columna vertebral. Bueno, sí, pero ya no les sostiene. No están sentados, sino derrumbados encima de sus pupitres. Sin forma. Derruidos, inermes. Laxos. Cansados. Aburridos, totalmente desparramados. Qué más da que sean las ocho de la mañana y tengan sueño, o acaben de llegar del recreo y estén cansados, o sea lunes o viernes. Su postura es el desparrame, invertebración no solo física, sino mental. «¿Quieres sentarte bien por favor? ¡Levanta la cabeza!», ni se sabe cuántas veces tengo que repetir esta orden, tan obvia. «Estamos en un Instituto de secundaria, no en el sofá de casa». Y te miran con esa cara de cansancio infinito, incapaz de sostenerse por sí mismos. Invertebrados. Su postura muestra su estado interior. Sin estructura, ni dirección. Sin verticalidad. El desparrame. Sin principios. Sólo emociones que se mueven como las olas del mar. Agua sin nada que la contenga.  La invertebración disolvente del enemigo.

¡Cómo son las cosas! De qué forma el Espíritu Santo es creativo y pertinente. Estoy escribiendo este texto en el despacho del Instituto. Al otro lado de la mesa, tengo a los dos filósofos del Instituto hablando de la programación de la materia que los alumnos hacen en lugar de religión. Adivina el título del nuevo tema: «la vida sin géneros». Decía el profesor: «los alumnos se están volviendo muy  machistas. Esto es muy preocupante, hay que vigilar las violencias machistas». Vamos a ver y por orden. Este paréntesis, en tiempo real, me ha parecido muy elocuente. Sigo con el relato.

Quitaron el crucifijo de las aulas. Los alumnos tenían, encima de la pizarra, el recordatorio de quién legisla y gobierna. Quién ordena. Cristo en la Cruz, muriendo para dar vida. El dedo que señala el camino al cielo. Nuestro hogar, por cierto. El camino al cielo, las alturas. Sólo levantando la mirada, por ende la cabeza y, en consecuencia, en posición vertical vertebrada, se eleva la mirada al cielo. Y mirar arriba, es contemplar la Verdad, aunque no lo sepas. Pero ahí está.

Retirando de un soberbio manotazo al crucifijo, se ha producido el acto más tiránico que el acto promete evitar. La democracia de los muertos, en palabras de Chesterton. Se silenció la voz de nuestros antepasados. Su voz ya no es relevante. «¡A callar!» Las abuelas y las abuelas de las bisabuelas, y tatarabuelas de las madres, y la cadena que remonta al pasado, o mejor dicho, el origen. «¡A callar!» Romper con la Tradición, la verticalidad, la soberanía de Dios. Ya no es necesaria la Cruz, porque la salvación ya no es necesaria, hemos eliminado el pecado. Y la serpiente invertebrada, sinuosa se mueve impune entre los pupitres. Los chavales ya no miran a las alturas, y se desparramaron inertes hasta el mismísimo suelo. Sin crucifijo, desaparece el orden, el cielo y el infierno, el bien y el mal, «todo depende, todos tenemos nuestra verdad y hay que respetarlas», aunque sean absolutas barrabasadas. «¡Hay que respetar!»

Cayeron los pilares y los cimientos. La total invertebración propia del enemigo. La liquidación de las estructuras que nos fueron entregadas. «¡A callar abuelas; vosotras y vuestros ridículos rosarios y letanías!» El fin de la democracia de los muertos. Menudo reduccionismo, cuanta ignorancia en un solo gesto. Más allá de las proyecciones y clichés de los sesudos postmodernos, intelectuales sin intelecto, más allá del meme y la caricatura del católico nietzscheano, borrego dócil, sin poder ni fuerza, más allá de la ignorancia y la soberbia, Dios se levanta y nos levanta. De borregos nada, leones que sabemos rugir, con el grito que viene de Dios mismo. Fíjate tú, ahora, ¿quién es el débil?

Y así están los chavales, sin columna vertebral, emasculados, sin verticalidad, con miedo de su propia fuerza y virilidad. ¿Y las chicas? Más de lo mismo, guerra de sexos, que no de géneros, como el eminente filósofo que tengo enfrente, afirma orondo. Invertebración satánica que nos conduce al nihilismo, a la nada. El infierno terrenal, donde toda esperanza se queda en el umbral para no entrar jamás. Y en las aulas, el caos, la mala educación y el lamento quejumbroso del docente, que mira las consecuencias sin identificar las causas. «Ay si dejaras hablar a tu abuela, bisabuela, tu tatarabuelo…otro gallo nos cantaría!» ¡Cuántas voces contenía este humilde crucifijo retirado de las aulas!


Y, ¿yo? Con todo eso, ¿Qué hago? He decidido tomar cartas en el asunto. Me niego, como no podía de ser de otra forma, a validar el relato del invertebrado enemigo. Estoy creando una escuela de caballería cristiana. Les he dicho a los chavales de segundo curso que todo este trimestre vamos a trabajar duro. Como caballeros, como damas. Les he dicho que nuestro propósito no es la deconstrucción (bien, no con estas palabras), sino la santificación. Eso es lo que nos proponemos. ¡Ser santos! Me miran con cara de sorpresa, porque nunca se les había ocurrido tamaño emprendimiento. Ser tolerantes, eco-resilientes, sostenibles, pero... ¿santos? «Sí, señores, porque nuestro Dios es Santo». Les suena a chino y, a la vez, pulsa un resorte interno que estaba aletargado y saben reconocer como bueno. Porque, dicho de otra forma, están hartos de tanta ideología cursi. Porque ya no pueden más.

Vamos a trabajar con las virtudes. Y no el cliché ñoño de los valores cristianos pronunciados con sorna y la boca torcida. La virtud que viene de vir, fuerza. Sí, aquello que nos hace fuertes. No sólo físicamente, sino espiritualmente. Lo que nos permite con la ayuda de Dios, salir de la invertebración satánica, a nuestra dignidad que viene de lo alto. «Espalda recta, pecho enfrente, mirada clara, y acción». Porque, más temprano que tarde, necesitarán la fuerza para defender que el prado es verde. Chesterton, qué lúcido fuiste. Y qué profético.

Eulàlia Casas, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau

 

 

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