
Oración ante el sepulcro de San Raimundo de Peñafort, Catedral de Barcelona
Crónica de la visita al sepulcro de San Raimundo de Peñafort, en Barcelona, el día de su fiesta litúrgica
Patrón de los abogados y juristas. Es «el Santo Tomás de Aquino» del Derecho. Destacó no sólo por su sabiduría, sino también por sus virtudes, especialmente la humildad.
El pasado viernes, 23 de enero de 2026, fiesta de San Raimundo de Peñafort (según el calendario litúrgico tradicional), el Círculo Tradicionalista de Barcelona organizó una visita y oración ante su sepulcro —ubicado en una capilla lateral de la Catedral barcelonesa— y una peregrinación por algunos lugares del Casco Antiguo vinculados a la vida del santo, tal como se había anunciado aquí, aquí y aquí.
La visita se inició a las cuatro de la tarde, ante la puerta principal de la Catedral. Allí, se recordó la importancia de San Raimundo de Peñafort como actor fundamental en la construcción del orden social cristiano, tanto espiritual como material: es el santo que durante más largo tiempo permaneció en la ciudad (como estudiante, como canónigo, como fraile) y que, durante sus casi 100 años de vida, más influyó en la vida religiosa y política de la Barcelona de su tiempo —como consejero del Rey Jaime I el Conquistador, como Inquisidor de la Corona, como impulsor de la Reconquista (Valencia, Mallorca, etc.)—.
Era una época de construcción de la Cristiandad y nuestro santo fue uno de sus principales arquitectos espirituales e incluso materiales. Así, San Raimundo brilló en el campo del Derecho Canónico con la misma altura que Santo Tomás de Aquino en Teología. Por encargo del Papa Gregorio IX, compiló las Decretales, un cuerpo jurídico que fue ley universal de la Iglesia desde 1234 hasta 1917, cuando el Papa San Pío X promulgó el Código de Derecho Canónico.
Pero su grandeza no estuvo sólo en su sabiduría, sino en su heroica humildad, virtud que demostró con tres renuncias cruciales: en 1222, renunció a una prestigiosa canonjía catedralicia; en 1235, rechazó el Arzobispado de Tarragona que le ofrecía el Papa; y en 1240, dimitió del generalato de la Orden de Predicadores para buscar una vida de recogimiento, oración y estudio.
1. Sepulcro en la Catedral de Barcelona: La morada eterna
A continuación, ingresamos en la Catedral. En primer lugar, rezamos la visita al Santísimo Sacramento en la capilla del Cristo de Lepanto donde reposan, entre otros, el cuerpo incorrupto de San Olegario (1060-1137) y los restos del obispo Manuel Irurita (1876-1936), mártir de la Cruzada.
Después, nos dirigimos a la capilla lateral donde actualmente se ubica el sepulcro de San Raimundo de Peñafort.
Sepulcro de San Raimundo de Peñafort, Catedral de Barcelona.
Allí, de rodillas, uno de los dos sacerdotes diocesanos que nos acompañaban rezó la siguiente oración:
¡Oh, glorioso San Raimundo de Peñafort!
Luz de la Cristiandad y baluarte de la justicia verdadera.
Patrono de juristas y abogados,
maestro insigne de la recta razón sometida a la Verdad,
conocedor profundo de las leyes que gobiernan a los hombres:
la Ley Divina, que procede de Dios;
la Ley Natural, grabada en los corazones;
y la ley positiva, que sólo es justa cuando se inclina obediente ante las dos primeras.
Tú, que serviste incansablemente al Reino de Cristo
al lado de papas, obispos y príncipes cristianos,
no para adular al poder, sino para corregirlo,
no para someter la verdad al mundo, sino al mundo a la verdad,
escucha, hijo ilustre de Santo Domingo,
nuestros ruegos por tu patria terrena
y por las tierras y pueblos que un día se proclamaron de Cristo
y hoy se avergüenzan de su Nombre.
Raimundo amado,
el Principado que tú contribuiste a ennoblecer y engrandecer
agoniza y amenaza ruina.
La Patria, desgajada de sus raíces,
y la sociedad, entregada a ídolos mudos,
caminan hacia la disolución y el olvido de Dios.
Las leyes ya no reconocen a Dios ni a la ley natural;
la justicia se ha vuelto instrumento del capricho;
la autoridad ha renegado de su deber;
la tradición es despreciada como lastre,
y el orden cristiano, paciente y fecundo,
ha sido sustituido por el caos ideológico y la mentira legal.
Los pueblos, privados de memoria y de esperanza,
son gobernados por normas injustas
y educados en el desprecio de la verdad.
Incluso la Iglesia visible, en esta tierra catalana antaño tan fiel y fecunda,
también se halla herida:
Los pastores han cambiado el báculo por el aplauso del mundo;
entregados a intrigas, vicios, desidia y mundanidad,
han abandonado a los rebaños a merced de los lobos.
La grey, otrora numerosa y firme en la fe,
ha quedado reducida a un resto pequeño, disperso y huérfano:
muchos huyeron, otros fueron degollados en el alma,
y no pocos se infectaron de la sarna del error y la tibieza.
Las pocas ovejas que aún resisten,
temerosas y agazapadas,
esperan el regreso —que parece no llegar—
de los buenos ministros y de los pastores fieles a Cristo.
Por ello, San Raimundo,
te suplicamos que intercedas ante el Señor,
tú que fuiste tan influyente en el Cielo como lo fuiste en la Tierra.
Ruega para que la ley vuelva a ser reflejo de la justicia,
la autoridad servicio,
y la Patria hogar ordenado bajo el Reinado social de Cristo.
Que Dios levante pastores santos,
juristas rectos y gobernantes temerosos de Su juicio.
Que, mediante tus ruegos,
el Divino Pastor nos conforte y sosiegue
con su vara y su callado,
para que la ansiedad y la desazón no se apoderen de nuestros corazones,
y para que no desfallezcamos en la hora de la prueba.
Haz que, purificada por el sufrimiento,
nuestra Patria recobre su alma cristiana;
que la sociedad, cansada de mentiras,
regrese humilde a los pies de la Cruz;
y que la Iglesia en esta tierra catalana vuelva a brillar sin manchas.
¡Por Dios, la Patria, los Fueros y el Rey!
Así sea.
Amén.
2. El primer Convento Dominico en el Call barcelonés: La llamada divina
De la Catedral nos dirigimos al corazón del antiguo barrio judío o Call. En la calle de Santo Domingo del Call (hoy renombrada por el gobierno izquierdista, borrando otra huella cristiana), se alzaba el primer convento de la Orden de Predicadores en Barcelona. Fue fundado en persona por Santo Domingo de Guzmán en 1219, en unas casas donadas por el piadoso Pedro Gruny.
Primer convento dominico en Barcelona, fundado en persona por Santo Domingo de Guzmán en 1219, y donde San Raimundo tomó el hábito dominico el 1º de abril de 1222.
Fue en este lugar de recogimiento inicial donde, tras regresar de sus estudios en Bolonia, San Raimundo, renunciando a la canonjía y privilegios que le ofrecían los Canónigos de la Catedral, tomó el hábito dominico el 1º de abril, Viernes Santo, de 1222.
Aquí, el brillante jurista cambió las honras del mundo por el sayal del fraile, dando su primera gran muestra de desprendimiento y humildad. En efecto, en aquel momento (1222) la Orden de Predicadores era una orden mendicante, sin propiedades, recién fundada (en 1216), con un fundador fallecido el año anterior (en 1221) en Bolonia (durante la estancia de San Raimundo en la misma ciudad italiana), y con un futuro incierto.
Este convento, sin embargo, pronto se quedó pequeño ante el fervor que despertaban las prédicas de los dominicos y el rezo de una nueva oración: el Santo Rosario, recién entregado por la Virgen a Santo Domingo diez años antes (en 1212) y que muchos fieles aún desconocían. Lo que nos lleva al siguiente hito de nuestra ruta.
3. La antigua parroquia de San Jaime: la nueva oración del Rosario
A pocos pasos del convento, llegamos a la actual Plaza de San Jaime. Este espacio, abierto en 1823 tras el derribo liberal de templos, ocupa el solar donde se erigía la parroquia de San Jaime, la más antigua de Barcelona.
Grabado de la antigua parroquia de Sant Jaume, demolida en 1823 por la furia iconoclasta liberal.
Era en este templo, hoy desaparecido, donde los primeros dominicos —y con ellos, muy probablemente, San Raimundo— acudían con los fieles a rezar el Santo Rosario. Esta devoción, entonces recién conocida y difundida por la Iglesia, encontró en esta comunidad un ferviente foco de propagación. En este lugar, la piedad mariana y la predicación se unían para fortalecer la fe del pueblo, en un siglo XIII que veía renacer la vida espiritual.
4. El antiguo Convento de Santa Catalina: La casa y tumba original
Nuestra última etapa nos lleva extramuros, descendiendo por la calle Llibretería (el antiguo Cardo Maximus de los romanos) y la calle de la Bòria (la antigua Via Francisca de los romanos y antigua carretera de Francia medieval), hasta la Plaza de Santa Caterina, donde hoy encontramos el horrible y bullicioso Mercado de Santa Caterina. Bajo su estrambóteica cubierta yace la memoria de lo que fue el gran Convento de Santa Catalina, construido a partir de 1223 en unos terrenos cedidos por el Rey Jaime I el Conquistador.
Portal del Carrer de Llibreteria, una de las cuatro puertas de la antigua Barcelona.
Barrio de la Bòria, que atravesamos —siguiendo la antigua Via Francisca— hacia Santa Caterina.
Este imponente convento gótico de dos claustros, consagrado en 1268, fue la obra material y el hogar de San Raimundo. Aquí se retiró tras sus renuncias; aquí vivió sus últimos 35 años de estudio, oración y asesoramiento a reyes; y aquí murió el 6 de enero de 1275, a la venerable edad de unos 100 años.
Su cuerpo fue sepultado en una capilla lateral de este convento, donde permaneció hasta que la furia iconoclasta liberal de 1837 lo demolió, junto con otros grandes conventos barceloneses, en un intento por borrar la memoria cristiana de la ciudad. Su cuerpo, trasladado a la Catedral, fue el que hoy veneramos en la capilla lateral que lleva su nombre.
Superposición del plano del antiguo Convento de Santa Caterina (derribado en 1837 por la furia liberal) sobre el actual y esperpéntico Mercado de Santa Caterina.
Plano del antiguo Convento de Santa Caterina, derribado por los liberales en 1837. Con el derribo material, buscaban un derribo social, espiritual y moral.
Grabado del antiguo Convento de Santa Caterina, derribado por los liberales en
1837. Se aprecia lo esbelto y enorme de su construcción.
Conclusión: Un legado imperecedero
Este recorrido no es un simple paseo histórico; es un testimonio de dos modelos de sociedad. La Barcelona del siglo XIII, con San Raimundo, era una ciudad que construía: levantaba conventos, compilaba leyes universales basadas en la justicia divina, reconquistaba tierras para la Cruz y tejía un orden social cristiano. La Barcelona del siglo XIX, en cambio, fue una ciudad que demolió sistemáticamente esos símbolos, intentando derribar con piedras el alma de un pueblo.
San Raimundo de Peñafort, patrón de juristas, es hoy un símbolo de que la verdadera grandeza nace de la humildad y el servicio, y un recordatorio de que las piedras pueden ser derribadas, pero el legado de quienes construyeron la Cristiandad perdura en la eternidad y guía los pasos de los fieles que, como nosotros hoy, buscan sus huellas.
Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau
Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada
Nota: Només un membre d'aquest blog pot publicar entrades.